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sábado, 7 de enero de 2023

10 Obras literarias del 2022

1. Las frías noches de la infancia (Errata naturae), de Tezer Ozlu.

2. Tiempo sin lluvia (Chai Editora), de Cynan Jones.

3. El caballo ciego (Muñeca infinita), de Kay Boyle

4. Cosas pequeñas como esas (Eterna Cadencia), de Claire Keegan

5. Hombres fatales. Metamorfosis del deseo masculino en la literatura y el cine (Acantilado), de Elisenda Julibert

6. Los abandonos (Sexto piso), de Russell Banks.

7. Rendición. En busca de la existencia en un planeta dañado (Errata naturae), de Joanna Pocock.

8. Caso clínico (Impedimenta), de Graeme Macrae Burnett.

9. La vida después (Chai Editora), de Donald Antrim

10. Sin fallos (Blatt & Ríos), de Lee Child.

viernes, 2 de diciembre de 2022

De cada quinientos un alma (Eterna Cadencia), de Ana Paula Maia

 

El caos es silencioso. Se mueve insospechadamente. Penetra por habituales resquicios que ignoramos. Se instala al igual que un organismo vivo y su instinto es expandirse, atravesando capa tras capa hasta enraizarse. Cuando nos damos cuenta, es quien dicta las órdenes y los próximos movimientos. Ni muertos, ni impotentes, estamos dominados. En De cada quinientos un alma (Eterna Cadencia), de la brasileña Ana Paula Maia, una obra sobre el caos expandiéndose en nuestra realidad, como si la borrara, en forma de apocalipsis, hay dos pasajes breves que destacan sobremanera. Ambos están conectados con la profundidad en cuanto abismo, como si los cimientos de nuestra realidad se hubieran resquebrajado, desmoronado, y nos absorbiera, ya definitivamente, el caos que es nuestro basamento inmanente. Un abismo insondable está relacionado con un puente cuya construcción no fue concluida, porque, progresivamente, se precipitaron en su vacío los trabajadores. La conexión no fue realizada, como esta especie humana no lo ha logrado después de tantos siglos con su entorno, más bien lo contrario, se ha obcecado en su degradación. En la segunda circunstancia, un hombre, en un navío, dice oír voces que proceden de las profundidades del mar, antes de dejarse caer como si una fuerza imperiosa le arrastrara. Un hombre, cocinero, que acababa de matar a toda la tripulación. Son secuencias que evocan The happening (2008), de M Night Shyalaman, una de esas películas visionarias que fue denostada en su momento. Seguimos yendo hacia atrás en nuestro gradual suicidio colectivo por la degradación que estamos realizando en nuestro entorno, por la celeridad con que lo degradamos, ya que consumimos al doble de velocidad de su capacidad de regeneración. Hasta que la Tierra no resista más y se resquebraje definitivamente.

De cada quinientos un alma es otra de las numerosas obras, en las últimas décadas, que se hacen eco de nuestro desastre, como especie, con la metáfora del apocalipsis. No hay zombies sino contaminados que son purgados como desechos. La realidad se trastorna. Hay lugares en los que subitamente ha desaparecido la gente. Quedan los residuos de las acciones no concluidas. También hay espacios que parecen reconfigurarse. Los dos pasajes citados, y la incógnita sobre qué es la causa de ese apocalipsis en progreso, también evoca la literatura de Arthur Machen, Edgar Allan Poe o H.P. Lovecraft, pero no se alude a deidades paganas ni arcanos sino a la más convencional imagineria cristiana, sustentada en la dualidad, de Cielo e Infierno y Dios y Diablo. Al fuera de campo hay que dotarlo de nombre, o hablar del caos con alguna imagineria, como ejemplifica la plaga de langostas. Sea lo inconcebible o lo mundano la causa del fenómeno anómalo, el ser humano y su naturaleza dañina y virulenta siempre está en el centro del remolino. Los tres hombres avanzan por la ruta intentando contener el horror de un inminente apocalipsis que si no es consumado por la ira de los cielos, inevitablemente será consumado por la ira de los hombres.

Tres hombres familiariazados con la muerte, dos por su trabajo en un matadero, y otro, ex sacerdote, por recoger animales muertos en la carretera, son los tres protagonistas que se desplazan por las vías de una realidad cuyas coordenadas parecen dislocadas. Lo que importa es mantenerse en el flujo continuo de la vida hasta que ella se extinga. No saben cuál puede ser la dirección que tomar, ya que es imprevisible lo que les puede deparar aquella por la que opten, como no saben cuánto es el tiempo del que disponen. Vacío y cadáveres parecen ser los componentes de la ecuación de realidad desmontada que recorren. El código de circulación en la realidad ha variado de modo drástico. No saben quién puede ser la amenaza, y cuál puede ser la justificación. Si la piedad tiene sentido o es el único fundamento que puede sostener la incertidumbre de lo que quede de vida. La narración es breve. No se extravía en circunvalaciones. Ni siquiera busca catarsis. La narración, la vida, se interrumpe sin extenderse en percances que crearan la ilusión de dilatación, como una prorroga sin fin. Al fin y al cabo, es lo que estamos decididos a hacer, interrumpir esta realidad aunque nos digamos que vivimos en una realidad de permanente suministro, que no es sino virtual, mera proyección conveniente, por indiferencia o autoengaño. Pero los cielos se están abriendo, y es un abismo que nos atrae aunque neguemos que lo sea. ¿No es el caos el propio ser humano?

lunes, 7 de marzo de 2022

Cosas pequeñas como esas (Eterna cadencia), de Claire Keegan

 

Con ella, siempre era lo mismo, pensó Furlong; siempre ambos iban mecánicamente al siguiente trabajo que tenían por delante, sin pausa. ¿Cómo serían las cosas, se preguntó, si se dieran tiempo de pensar y de hacer un alto?¿Sus vidas serían diferentes o muy parecidas, o simplemente perderían el control sobre sí mismos? En esta breve y exquisita coreografía de frases (pues es música de palabras más que registro de acciones y diálogos) que es Cosas pequeñas como esa (Eterna cadencia), de la escritora irlandesa Claire Keegan (1968), su protagonista, Furlong, casado y con cinco hijas, y con una estructura de rutinas como cinta corredera de vida, comienza, a sus cuarenta años, a mirar alrededor con más detenimiento. Eleva la cabeza, y deja de ser, como tantos humanos, un astado que simplemente se deja llevar por el piloto automático de la costumbre o de la preocupación por el mantenimiento y la supervivencia. Se despierta y mira a su esposa, que yace a su lado, baja a la cocina, y mira a través de la ventana las pequeñas escenas de lo que sucedía. Comienza preguntarse sobre sí mismo, sobre su relación con la realidad. Para su esposa, Elaine, todo es más sencillo. Para alguien como ella, para quien todo ya está encajado en su sitio, guste o no guste, la tendencia de Furlong a buscarle tres pies al gato puede parecerle como la historia del mosquetero Porthos que, tras colocar explosivo en un subterráneo, mientras corría, para alejarse de la onda expansiva, comenzó a preguntarse cómo daba un paso detrás de otro, lo que ralentizó su carrera, por lo que recibió el impacto de esa onda expansiva. Para Elaine, simplemente, siempre hay alguien a quien le toca sacar la paja corta. Pero para Furlong la vida no puede reducirse solo a hablar, apaciblemente, de cosas pequeñas como esas, como quien procura olvidar, porque puede hacerte ralentizar el paso, lo fácil que era perderlo todo. Somos vulnerables y frágiles, pero hay que crear ilusiones que ejerzan la función de corazas, y asi sentir que se dispone del control. Pero ¿Si te quieres salir del raíl implicaría pérdida de control o simplemente otra dirección quizá más perceptiva y consecuente?

Furlong comienza a pensar que vive en el tiempo, que hay un pasado que pudo haber sido de otra manera, y que el futuro no es solo el de las programadas actividades previstas, lo que convierte al tiempo en un falso presente, pues el futuro mismo es una extensión de ese presente continuo de curso mecánico que extrae la consciencia del tiempo para sentir que se está protegido de las posibles amenazas que pongan en peligro la estabilidad de la familia, la célula o parcela fundamental de vida. Debe importarnos solo lo propio, que permanezca intacto, y que disfrute del mínimo suministro que haga disfrutar de una vida cómoda. Pero Furlong no sentía que estuviese llegando a ninguna parte o haciendo ningún tipo de progreso y no podía dejar de preguntarse a veces para qué servían los días. Incluso se pregunta cómo podría ser su vida en otro lugar, otra posible narrativa de vida, porque siente que su vida se ha abocado a meramente abrir una y otra vez las mismas puertas sin llegar realmente a ninguna parte, como quien repite una y otra vez el mismo gesto en un bucle sin fin.

Pero Furlong no se tropieza con sus mismas interrogantes. No piensa en lo que pudiera haber hecho, no piensa en las posibles narrativas de su vida, porque sabe que podría encasquillar su mismo presente. Solo puede conducir a la amargura. Disponemos de una sola oportunidad, este tiempo del que disponemos. Enseguida recuperó el control y llegó a la conclusión de que nunca se volvía a lo que había pasado; a cada uno se le daban días y oportunidades que no volvían a tenerse (...) lo peor que podría haber pasado también ya estaba detrás de él; aquello no hecho, lo que podría haber sido, eso con lo que habría tenido que vivir el resto de su vida. Furlong toma consciencia de que la dirección de su mirada no tiene que ir a su pasado, ni atascarse en ese mecánico futuro programado, ni encasquillarse en su mero ombligo, del que su familia es parte consustancial. Es necesario mirar alrededor, contemplar las otras vidas, sentir esas otras vidas. Y Furlong, se preguntó algo que muchos prefieren relegar a un segundo término porque importa sobre todo lo propio, porque esta sociedad, sea en 1985, cuando transcurre la acción de la novela, u hoy en día, que es consecuencia aún infecciosa de aquella década (pues se ha agudizado esta sociedad del bienestar que camufla su condición vírica en ese engañosa denominación), se preguntó qué sentido tenía estar vivo sin ayudarse los unos a los otros. Furlong dilucida si se preocupa de la pragmática, aún más considerando que tiene cinco hijas que mantener, o si se preocupa de quien, como cierta chica, madre soltera, interna en un asilo de las magdalenas de Irlanda, alguien a quien le toca sacar la paja corta, necesita el apoyo de alguien que no prefiera mirar hacia otro lado porque ya tiene suficiente con lo suyo. ¿Por qué vivir solo preocupado de la propia paja?

miércoles, 22 de diciembre de 2021

12 Libros 2021

 

12. La serpiente Cósmica (Errata naturae), de Jeremy Narby

11. Un tratado de estética japonesa (Alpha Decay), de Donald Richie
10. Se ahogarán en las lágrimas de sus madres (Nórdica libros), de Johannes Anyuru
9. El héroe (Blatt & Ríos), de Lee Child
8. El club de los desayunos filosóficos (Acantilado), de Laura J. Snyder
7. La desaparición de Adele Bedeau (Impedimenta), de Graeme Macrae Burnet
6. Un reflejo velado en el cristal (Hoja de lata), de Helen McCloy
5. Aprender a vivir y a morir en el Antropoceno (Errata naturae), de Roy Scranton
4.  Coníferas (Acantilado), de Marta Carnicero Herranz
3. Rápido, tu vida (Errata naturae), de Sylvie Schenk
2. Filosofía felina (Sexto piso), de John Gray
1. El corazón de las tinieblas (Eterna cadencia), de Joseph Conrad

viernes, 8 de octubre de 2021

El triángulo de invierno (Eterna cadencia), de Julia Deck

                             

Julia Deck piensa que la normalidad es más peligrosa que la locura porque es más global; es una presión que se ejerce sobre toda la gente y es complicado porque necesitamos una norma para entendernos como sociedad; pero esa norma no va hacia lo individual, con lo cual hay un diálogo tenso entre los individuos y las normas. La normalidad, según las coordenadas de realidad que habitamos, se supone que es faro pero quizá es más bien espesura, o maraña, por cómo la configuramos de acuerdo a la conveniencia, como un código de circulación que habilite las inercias. Pero esa conveniencia puede ser la de otros, o la de esa entidad difusa denominada sistema (de vida). Somos actores en una función, y a veces nos toca el papel de peones o esbirros, nos acoplamos a un guion, pero puede que, al de un tiempo, nos sintamos como si no encajáramos como debiera, como si la talla de la realidad fuera más estrecha. Y nos preguntamos si no es cuestión de cuál es el empleo del que disponemos sino de para qué “nos emplean”. No recuerda cuándo dejó de trabajar ahí, solo recuerda el estupor, el aturdimiento provocado por esas jornadas pasadas delante de la pantalla, levantando la frente solo para consultar el reloj de pared en el que las agujas no querían avanzar, la esfera con grandes números en la que ella se perdía. El triángulo de invierno (Eterna cadencia), de la escritora francesa Julia Deck, se traza sobre la implosión de un desajuste, o sobre la brecha que la imaginación busca para sentir que no se siente asfixiar en la realidad asignada. Es el sueño de quien quisiera ser otra, y aún más, de quien quisiera que la realidad pudiera ajustarse a sus designios, así que por qué no imaginar que se es escritora. Mi nombre lo usa una actriz de una película de Eric Rohmer, Arielle Dombasle, que interpreta el papel de la novelista Berenice Beauvirage. La protagonista carece de empleo, y como ninguno de los puestos de trabajos que le ofrecen la atrae decide optar por el sueño de un papel que se salga del cuadro de lo normal.

Esa opción Implica, por añadidura, imaginar una posible realidad definida por la exuberancia de acontecimientos de la que parece desprovista la realidad rutinaria de esa vida normal que más bien parece un hueco que se agranda, sin contornos, o una casilla que se estrecha hasta lograr que nos sintamos confinados en un restringido escenario de vida cuyas pautas no son las propias sino ajenas. Así que usted tiene alguna idea acerca de sí misma, basada en una práctica cotidiana, costumbres, una manera de experimentar las emociones, entonces no es que se sienta bien con su psique – solo las revistas de las salas de espera aspiran a semejantes cumbres -, sino que se siente como en casa dentro de su cráneo. Y resulta que ahora tiene que cambiar de lugar, salir de su más íntima guarida para fijar el domicilio en otro lugar, en la cabeza de Berenice Beauvirage, de quien usted no sabe nada salvo que en la pantalla parecía una mujer que valdría la pena encarnar, con una vida fácil, un amante seductor, mucho dinero.

Berenice era uno de los personajes de El árbol, el alcalde y la mediateca (1993). La protagonista de El triángulo de invierno también integra un triángulo sentimental, pero más que árboles hay puertos, y no es un alcalde sino un ingeniero quien le atrae. La cuestión es que ser otra implica atar cabos, y la protagonista aparenta pero pronto su apariencia se revela como una mera pantalla ilusoria. Ella tiene que eludir constantemente las respuestas que él busca conseguir indirectamente, por ejemplo, cuando exclama Mira, tengo ganas de leer una novela, vayamos a la librería, me podrás aconsejar, y ella se esfuerza en buscar una estratagema (…) Como si la periodista fuera capaz de descubrir cosas de las que ella misma no tenía idea, como si pudiera revelar a todos la impostura o peor, el monstruo que dormía en Berenice detrás de la ausencia de recuerdos. Además, se pregunta si se corresponde lo que realmente siente con lo que quiere sentir. Se desplaza a la deriva en el personaje creado, porque cuando los papeles que adoptamos no son un traje al que nos ajustamos sino una condición flotante, no se es sino el reflejo de un cortocircuito, como un foco que ciega (a una misma). Una impostura que es un descosido, un espacio en blanco que asemeja a una mera mancha, la ilusión de la vestimenta, los retoques aproximados, el cuerpo incómodo en esa ropa, bordando una historia a la que no se adhiere. Pero ¿cómo ser otra, o cómo ser quien se preferiría ser? La pantalla necesita de trazos. ¿Cómo se inventa si hasta ese momento era una invención de origen difuso (ese código de circulación denominado normalidad), una invención de la que quiere desprenderse como una cáscara que se siente pesada? No parece fácil ser quienes preferíamos ser. Cuando dejamos de ser inercia nos convertimos en territorio desconocido, y puede temerse como un apagón repentino de la corriente. El resultado no es la construcción de lo real, encontrarse con quien uno es o puede ser, si se recoge el hilo que guía hacia el centro del propio laberinto, sino la colisión con la configuración de la realidad, esa que se velaba tras la denominación de normalidad, como una mera ilusión, una ficción, como podía ser otra. Entonces le entró la duda: ¿acaso esas estaciones no serían decorados, y los pasajeros en los andenes, actores de reparto que tomarían el primer tren en dirección opuesta? Tal vez los habían contratado para mantenerla en la ilusión de esas ciudades, engañarla con el espejismo de su existencia. Queda la opción de simplemente encogerse en la cómoda inercia. Siguen pasando los días como si ella se hubiese limitado a vivir desde siempre una vida de mujer discreta y maleable, poco exigente con respecto al trabajo. O probar en el menú de las posibilidades de las fantasías con las que se sueña, esto es, variar de personaje.

miércoles, 19 de mayo de 2021

Corazón de las tinieblas (Eterna cadencia), de Joseph Conrad

                           

Para él, el significado de un episodio no estaba adentro, en el interior, sino afuera, envolviendo el relato, del mismo modo que el resplandor circunda la luz, como esos halos neblinosos que a veces se hacen visibles por la iluminación espectral de la luz de la luna. Ese él, Marlow, un marino, pero a diferencia de lo que suelen ser la mayoría de los marinos, también un vagabundo, es el narrador dentro de la narración, un relato de una excepcional experiencia que comparte con unos concretos oyentes. Es significativa la excepcionalidad del narrador, lo es el propio contexto, o de modo más específico, desde qué lugar narra o evoca, y a quiénes les narra su experiencia umbral (de conocimiento). Los subtextos, o capas del texto, sutiles como halos neblinosos, pueden ser múltiples, como es el caso de esta singular obra, aventura y ceremonia del conocimiento, que transciende todo molde, Corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, de la que Eterna Cadencia ofrece una nueva traducción (con numerosas y reveladoras notas). Corazón de tinieblas, publicada originariamente en 1899, es un relato tan concreto como alegórico, un viaje específico, en el interior del África colonizada, a través del río Congo, a finales del siglo XIX, y un viaje abstracto, el viaje hacia el núcleo de la vida. Ese yo que narra, que un narrador indefinido nos presenta en Londres, junto al río Tamesis, es alguien que se desmarca de una corriente humana predominante, y colonizadora, esos Individuos comunes y corrientes que se ocupaban de sus asuntos con la certeza de su perfecta seguridad, me resultaba ofensivo como los escandalosos alardeos de locura ante un peligro que no se puede comprender. Hombres que colonizan, hombres que no quieren comprender, hombres que alardean con suficiencia de su control de la realidad aparente, los hombres de la Compañía (esa que ha derivado en nuestro siglo en esta dictadura económica que aceptamos dóciles, sea por resignación o conveniencia, según la posición que se detente). El viaje que realizó Marlow fue hacia alguien que era su antimateria, Kurtz, el responsable de la Estación Interior de la Compañía. El relato se narra desde Londres, donde ya se encuentra el corazón de tinieblas. Los ríos Tamesis y Congo son los mismos, o están conectados. La ubicación de una ciudad monstruosa, una sombra amenazadora que brillaba bajo la luz del sol, un resplandor horripilante bajo las estrellas (…) Y eso también ha sido uno de los lugares más oscuros de la tierra.

Este es el relato del viaje hacia el reverso de esa magnificencia colonizadora, su sombra oscura y pútrida. No es un viaje hacia la oscuridad, sino hacia el reflejo de su oscuridad disimulada bajo sus racionalizaciones y justificaciones, bajo su devoción por la eficiencia, bajo su suficiencia y sus instrumentales certezas. O como escribiría, diez años después, GK Chesterton, en La esfera y la cruz: No pensé que salieran huellas de la oscura caverna de le eficiencia. Conrad explora esa caverna, como la piel que se vuelve del revés. África es esa piel vuelta del revés de Londres, o de lo que este representa. El territorio en el que se extiende el virus de la Compañía, su depredadora voracidad. El territorio de un desquiciamiento: En la vacía inmensidad de la tierra, el cielo y el agua, allí estaba la nave, disparando al continente (…) Había algo de insano en el procedimiento, una sensación de lúgubre payasada en el espectáculo. Ese absurdo terrible que, en Apocalipsis now (1979), de Francis Coppola, su magnífica traslación al cine, aunque en otra época y lugar, la década de los sesenta del siglo XX y en Vietnam, encuentra su equivalente en aquel coronel de nombre Kilgore (Robert Duvall), que portaba un sombrero de la caballería estadounidense, mientras arrasan un poblado vietnamita con napalm (un olor que adora), y obliga a unos soldados a practicar el surf. Es el territorio del abuso, del empleo abusivo de la mano de obra: Medio borradas por la penumbra, en todas las actitudes de dolor, el abandono y la desesperación (…) no eran enemigos, no eran criminales, en ese momento no eran nada terrenal, salvo sombras negras de la enfermedad y el hambre, que yacían confusamente en la penumbra verdosa. Traídos desde todos los rincones de la cosa, con toda la legalidad de los trabajos temporarios. Es el territorio de las intrigas y maniobras mezquinas competitivas entre seres que son meras máscaras vacías (de porcentajes). Mataban el tiempo murmurando e intrigando unos contra otros de manera estúpida. En esa Estación había clima de conspiración, pero, claro, no pasaba de eso. Era tan irreal como todo lo demás, como la pretensión filantrópica de toda la empresa,  como su cháchara, como su gobierno, como su programa de trabajo. El único sentimiento real era el deseo de ser nombrado en un puesto comercial donde hubiera marfil, como para ganar un porcentaje. Programas, porcentajes, irrealidad, conspiraciones: el proceloso escenario empresarial. Kurtz es la supuración y el grito de horror que brota del interior de esa infección que representa un sistema económico que se ha ido propagando, con el afianzamiento de la sociedad industrial, durante ya más de un siglo, hasta convertir esa supuración en nuestro medio ambiente (el de nuestra enajenación e inconsciencia depredadora).

Corazón de las tinieblas es también un viaje hacia el núcleo de la vida, que podría haberse titulado como otra magistral y única obra, Viaje al fin de la noche, de Louis Ferdinand Celine. Se inicia en los espacios en blanco en los que damos los primeros pasos en la vida. Había dejado de ser un espacio en blanco de encantador misterio, un parche blanco que hacía soñar a un niño. Se había convertido en un lugar de tinieblas. Prosigue en una espesura de incógnitas e interrogantes. Observar una costa mientras el barco se desliza es como pensar en un enigma. Y se va internando en una espesura cada vez más difusa, quizá procelosa, quizá escurridiza, desde luego no nítida como una línea recta, sino retorcida como una maraña, o una espiral. Durante un tiempo, sentí que todavía pertenecía a un mundo de hechos claros: pero esa sensación no iba a durar. Surgía algo que la alejaba (…) Penetrábamos cada vez más adentro del corazón de las tinieblas (…) estábamos imposibilitados de comprender lo que nos rodeaba; nos deslizábamos como fantasmas, asombrados y secretamente horrorizados, como lo estarían los hombres cuerdos ante un brote de entusiasmo en un manicomio. No podíamos comprender por qué estábamos demasiado lejos, ni recordar por qué estábamos viajando en la noche de los primeros tiempos, de aquellas épocas que había pasado, dejando una señal….pero ningún recuerdo. Hay un momento en que ya resulta difícil precisar la misma circunstancia. ¿Qué yo percibe, cuál es mi propia consistencia, cuál es mi mirada?  Yo no sabía si estaba parado sobre el suelo o si flotaba en el aire (…) Me preguntaba si la quietud en la faz de la inmensidad que nos contemplaba a ambos significaba una llamada o una amenaza ¿Qué éramos nosotros o qué nos habíamos perdido allí? ¿Podríamos manejar esa cosa muda, o era ella la que iba a dominarnos? La mirada se perfila, precisa, a la vez que, paradójicamente, se pone en cuestión y los contornos parecen difuminarse al evidenciarse la inconsistencia o falacia de los límites.

El viaje en sí (de la vida) se pone en interrogantes. ¿Para qué nuestros forcejeos? ¿Son los propósitos predeterminados, como quien ejerce de resorte en una aplicación predeterminada, meras funciones en un engranaje? ¿Nos percibimos con precisión o somos lo que creemos que somos, una pantalla que se interpone como filtro? ¿Actuamos de acuerdo a lo que queremos, hemos sido capaces de ser consecuentes al respecto? La vida es un chiste: una misteriosa disposición de lógica despiadada para un propósito inútil. Lo más que se puede esperar de ella es algún conocimiento de uno mismo – que llega demasiado tarde – y una cosecha de remordimientos inextinguibles. Pero si desmontas esos límites con los que simplemente colonizamos, cuando los convertirnos en funciones convenientes, o meros espejismos de certezas y costumbres y rutinas sobre las que edificamos las coordenadas de la vida roturada cotidiana, nos confrontamos con el miedo, porque los márgenes son también brechas hacia el abismo, territorios inestables en los que, al desprendernos de la pulsión de control, miramos de frente a la vida y a lo que somos, y eso implica luchar contra las propias inconsistencias y contradicciones, no ser autoindulgente, así como batallar contra los impulsos oscuros del instinto que también somos (que pueden brotar de la retención, el resentimiento, la frustración, como meramente de la posibilidad de tener: la voracidad de la codicia que fácilmente puede desbocarse). La singladura de la vida pugna con su posibilidad de convertirse en deriva. Y los límites pueden ser camuflaje de arenas movedizas. Por eso, Marlow no es solo marino, sino vagabundo. El viaje hacia la Estación Interior, o Espacio interior, es la inmersión en la mirada, o mente, que representa Kurtz, las alumbradoras oscuras turbulencias paradójicas. Vi el inconcebible misterio de un alma que no supo de control, ni de fe, ni de miedo, luchando sin embargo ciegamente contra sí misma (…) Era un hombre extraordinario. Al fin y al cabo, ésa era la expresión de algún tipo de creencia: había en ella candor, convicción, una nota vibrante de rebeldía en su susurro, el rostro horrorizado de una verdad atisbada(…) había dado esa última zancada, había traspasado el límite, mientras que a mí se me había permitido retirar mi pie vacilante. Y tal vez en eso esté toda la diferencia; tal vez toda la sabiduría, toda la verdad y toda la sinceridad estén comprimidas en ese inapreciable momento del tiempo en que atravesamos el umbral de lo invisible. ¿En qué medida somos capaces de atravesar ese umbral de lo invisible? ¿En qué medida consideramos dar esa zancada que supone transgredir contornos y límites, como quien se reinicia en los espacios en blanco antes de los nombres (y los porcentajes y los programas)? El curso de la vida está constituido por materia escurridiza. Las mareas pueden ser remolinos. Es imposible transmitir la sensación de vida de cualquier época de la existencia, de su esencia sutil y penetrante. Vivimos como soñamos: solos. Corazón de las tinieblas lo logra transmitir mediante el excepcional dominio del arte de la sutil insinuación de los halos neblinosos.

sábado, 20 de marzo de 2021

El desaparecido (Eterna cadencia), de Franz Kafka

                           
Castillos, procesos, condenas, metamorfosis, desapariciones. Los títulos de la obra de Franz Kafka condensan los conceptos de su perspectiva sobre la relación con la realidad (o formas de sentirla y habitarla). El desaparecido (Eterna cadencia), de Franz Kafka, se conoció durante un tiempo como América, bautizada de ese modo por Max Brod, hasta que se comprobó que El desaparecido era el título de trabajo de Kafka. La escribió tras La condena, y durante su dilatado, e intermitente, proceso de escritura, escribió La metamorfosis; tras otro largo parón de año y medio, la retomó cuando elaboraba El proceso. Este es el relato de una desaparición o de una metamorfosis en un hombre insecto integrado en un sistema. Tan integrado que asume como aspiración su funcional servicio al sistema. Y cuando Karl tuviera un puesto en su oficina, entonces no se ocuparía de otra cosa que no fuera su trabajo de oficina (…) pensaría solo en el interés de su empresa, a cuyo servicio se pondría, y se someterá a todos los trabajos, incluso aquellos que rechazaran otros oficinistas como indignos para ellos. El desaparecido se escribió hace un siglo pero refleja nuestro presente de sumisos hombres insectos que cumplen su cometido o función dentro del sistema, aunque su amoldamiento, o enajenación, sea justificada por la mera supervivencia. Nuestro sistema económico laboral es un sistema que procrea desapariciones. Más que las cualificaciones importa la aplicación a la plantilla de una actitud, tanto en ambición como en adaptación y sumisión. Karl estudió para ser ingeniero. Ese es su nivel de preparación. Pero en Estados Unidos aceptará cualquier función servil, cualquier labor aunque sea en el escalafón más bajo, sea ascensorista o lacayo, porque considera que la dirección será siempre el ascenso. Aunque se embarranque en esa posición intercambiable con tantos peones insectos del sistema. La ilusión de una posible dirección vertical en ascenso determina la asunción de la horizontalidad de un rasero que pueda camuflar una condena.

El laberinto es un embudo que se angosta en la obra de Kafka. Se inicia la narración en el barco que llega a Estados Unidos, pasaje en el que quedan ya definidas las abisales diferencias entre un arriba y un abajo, como reflejan un fogonero o su acaudalado tío. Arriba y abajo, descensos y ascensos, humillaciones e intercambios interesados.  Será ascensorista en un hotel, en donde sufrirá la degradación no solo de ser despedido sino de no ser comprendido. Sabía que a todo lo que dijera le cambiarían el sentido que él había querido dar y que decidir lo bueno o lo malo quedaba en manos de la forma en que lo juzgasen. La realidad es un escenario que se enmaraña con las actitudes susceptibles u obtusas, como representa el jefe de conserjería. Eres como te presentas, pero también la percepción que tienen de ti- Quién sabe lo que puedes representar para otros. Tu realidad puede convertirse en la distorsión que otros determinan quién sabe por qué causa. Previamente ya sufre una singular experiencia de realidad de trampantojos (con respecto a lo que pretenden o no de él) en una mansión. Hay múltiples direcciones en el interior de los castillos, y no resulta fácil discernir cuáles son reales y cuáles meros reflejos. Habla como si no supiera nada de la gran casa, los pasillos interminables, la capilla, las habitaciones vacías, la oscuridad por todas partes.

El trayecto de la narración se dirige hacia la zona más angosta de un embudo, un confinamiento en un piso en donde será un prisionero al que quieren relegar a lacayo. No hay mucha diferencia entre ambos términos, ni tampoco con el de empleado de oficina satisfecho con su posición servil y complaciente. Esa es su metamorfosis de degradación. La asunción de que no es nada sin conflicto alguno, a diferencia de cómo se sentía al llegar. Tenía grandes expectativa en su música, en la posibilidad de ejercer una influencia en la vida estadounidense (…) pero cuando miraba hacia la calle, veía que todo seguía igual y solo era un pequeño trozo de un gran ciclo que uno no podía detener por sí solo sin conocer todas las fuerzas que actuaban sobre el mismo. Karl asumirá que no ejerce influencia alguna sino que es una micra de polvo sin resonancia en el vasto universo, una figura desvalida que no será comprendida, que será utilizada, o despreciada. Su voluntad parece tener poca capacidad de influencia. No tiene eco, sino que él se convierte en eco. Cuando llega a Estados Unidos se encuentra con un escenario que se presentaba como una mezcla, compuesta por principios siempre renovados que se disgregaban unos en otros, de figuras humanas deformes y techos de vehículos de todo tipo, de la que a su vez se elevaba una nueva mezcla, multiplicada y aún más bestial, de ruido, polvo y olores. Karl desaparecerá como otro ruido, otro olor u otra mota de polvo. Un empleado sumiso convencido de la utilidad de su sometimiento que soñará algún día que es una cucaracha sin saber que ya lo es.

lunes, 9 de noviembre de 2020

Anagramas (Eterna cadencia), de Lorrie Moore

                       

La vida es triste. Aquí hay alguien. En un punto puede sentirse la distancia de un abismo. El aíre frio de la falta de ese nexo anhelado. La continuidad de dos frases condensa una colisión, un desajuste. La yuxtaposición se establece sobre la paradoja. La afirmación de la segunda no niega, ni contrarresta, la primera. Anagramas (Eterna cadencia), la primera novela de Lorrie Moore (1957), publicada originariamente en 1986, se gesta y se expande en la hendidura entre esas dos frases, en la interrogante implícita en su convivencia, en su continuidad y falta de nexo, en la constatación de la desbordante crudeza de la primera cuando se sostiene la mirada sin apartarla. Siempre sentí que la vida es simplemente una serie de humillaciones personales aliviadas, ocasionalmente, por la humillaciones de otros. ¿O también se conjuga con una incapacidad para lograr encajar las contrariedades y decepciones? A veces, cualquier cosa aparte de los dibujos animados es demasiado real para mí. En cierto momento, la protagonista se dice que quizá sobredimensiona lo que le ocurre, porque superpone lo que le afecta sobre el discernimiento. La protagonista siente que la realidad la desborda, como múltiples corrientes que surgieran de diferentes direcciones, y se entremezclaran, y reemplazaran, con lo que el preciso discernimiento sobre una misma y sobre el devenir de los acontecimientos se escurre como si siempre la realidad, inadvertida en los oscuros recovecos en los que se incuba, la adelantara con un gesto burlón. Las cosas, sin embargo, raras veces sucedían de la forma en que las entendías. La mayor parte de las veces, tan solo emergían paralelamente a lo que pensabas que estaba pasando y luego se hundían azarosamente en otra dirección. La emoción complementaria es la sensación de irrelevancia. Los acontecimientos no se controlan y una es nada, una mínima partícula en un abarrotado universo. ¿Qué relevancia puede disponer? Los gritos internos de la frustración y el desamparo son nada en el griterío de una bandada de pájaros que oscila en el universo con apariencia de coreografía. Pero quizá solo sea un caos que aparenta orden, como los vaivenes y las tormentas de su propio interior. Las partículas no tenían ningún valor. La mirada de cerca no tenía ningún uso particular (…) entre lo grande y lo pequeño, entre lo cercano y lo lejano, no había sabiduría ni tregua posible.

Y se pregunta ¿cómo nos relacionamos? Un cómo que es un por qué. Si se siente en el papel pintado la fisura que pregunta si se ha establecido esa relación como pudiera haber sido otra ya no hay pared que haga sentir que la realidad protege de las corrientes frías de las interrogantes agudas como un filo. No hay cinta adhesiva alguna sino la mera ilusión de un prestidigitación que hemos preferido crear como pantalla protectora. La gente no se casaba porque hubiera encontrado a alguien. No era una búsqueda del tesoro. Era más bien como el juego de las sillas: donde fuera que estuvieras cuando la música de estar soltero paraba, allí tenías sentarte (…) ¿hacia dónde va el amor? Cuando algo que has pegado en la pared se cae ¿qué ha sucedido con la cinta adhesiva? Esa intemperie y ese desvalimiento también se refleja en la fractura y la escisión, en la diversidad de narrativas que parecen conducir a un mismo destino que es la dirección sin propósito, un callejón sin salida, un bucle, una recta que no cesa en la nada. La novela se divide en varias narrativas, en la que se combinan los personajes de distinto modo, como distintas circunstancias, con distintas ocupaciones y relaciones entre ellos. Como si la realidad  fuera un ensayo y prueba de distintas narrativas que acaban en una bifurcación que no se transitará, o que no será nunca recorrida, porque la realidad, o el curso de la vida, también es la piel muerta de las narrativas no encauzadas. Y también los posibles reflejos imaginarios, como ella se apoya en una hija imaginaria o una amiga imaginaria, los fantasmas o las supuraciones de la decepción. En el diccionario mandíbula abultada viene justo antes de maníaco, pero en la vida no existen esas pistas. De repente, sin razón alguna, podrías empezar a babear, a aullar de mala manera a la luna. Podrías empezar a citar a tu madre, con voz alta y con convicción. Podrías perder a tus amigos por la más prosaica de las muertes. Un día podrías despertarte y encontrarte enseñando en una universidad municipal; no habría habido nada para advertirte. Podrías decirle a tus estudiantes cosas como: “Solo hay un tema válido en la literatura: la vida te decepcionará”.

Las máscaras protegen. El recorrido en la intemperie necesita de alforjas que ejerzan de coraza sino se encuentra la residencia del aquí hay alguien. Las heridas se disimulan e incluso se recubren con la apariencia de su antimateria, la vulnerabilidad se presenta como suficiencia, la fragilidad se torna amenaza de daño. La función del disfraz es la de convencer al mundo de que no estás ahí, o de que, su lo estás, no deberían comerte. Te camuflas como una profesora arrogante, como una amante arrogante, como una perra arrogante, simplemente para seguir dando vueltas y sobrevivir. La década de los ochenta, en la que transcurre la novela, también generó monstruos, como los yuppies, aunque estos eran la máscara conjugada con el vacío de una burbuja, el depredador que no se preocupa de lo que sienta nadie, la neutralización de toda empatía, la extirpación de toda pregunta que pueda hacer perder el paso para la consecución de un objetivo (es la sublimación de la línea recta que es flecha que no duda en dañar), aunque precisamente la finalidad de la interrogante sea encontrar la coherencia y consistencia en la sucesión de esos pasos (la sinuosidad que abre ángulos), la articulación de un sentido en las ficciones que nos traman y en las que no sentimos que encajemos, de ahí el desconcierto y la desorientación, la sensación de que no logramos articular siquiera lo que realmente sentimos porque las emociones yacen confundidas en una corriente revuelta. No sé cómo hablar con la gente. La vida del resto de las personas es muchísimo más complicada y eso hace que no sepa qué decirles. Discuto, Hago chistes y me callo como un muerto, Canto canciones de Broadway. Solo soy una idiota de Tomaston. Entre tantos espejos retorcidos, y la sensación de personaje en una función o representación que pudiera haber sido otra, preguntándose si se es como se pudiera haber sido o no se ha logrado siquiera entrever, hay una certeza, la sensación de residencia que es núcleo en la singladura de la vida, sea esta una deriva, una precipitación o un decurso, ese excepcional encuentro que se desea fuera lo más duradero posible: Me abraza adormecido, es pura piel y poción, y yo caigo en sus brazos como una niña, esa monotonía encantadora que es el amor, el secreto de los cuerpos, privado como el dolor.