1. Las frías noches de la infancia (Errata naturae), de Tezer Ozlu. 2. Tiempo sin lluvia (Chai Editora), de Cynan Jones. 3. El caballo ciego (Muñeca infinita), de Kay Boyle 4. Cosas pequeñas como esas (Eterna Cadencia), de Claire Keegan 5. Hombres fatales. Metamorfosis del deseo masculino en la literatura y el cine (Acantilado), de Elisenda Julibert 6. Los abandonos (Sexto piso), de Russell Banks. 7. Rendición. En busca de la existencia en un planeta dañado (Errata naturae), de Joanna Pocock. 8. Caso clínico (Impedimenta), de Graeme Macrae Burnett. 9. La vida después (Chai Editora), de Donald Antrim 10. Sin fallos (Blatt & Ríos), de Lee Child.
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sábado, 7 de enero de 2023
lunes, 6 de junio de 2022
Las frías noches de la infancia (Errata naturae), de Tezer Ozlu
Quiero abrirme a algo, correr hacia algún lugar, abarcar el mundo. Intuyo que el mundo es muy distinto a como nos lo hacen vivir, a como nos lo han enseñado. La excepcional Las frías noches de la infancia (Errata naturae), de la escritora turca Tezer Ozlu (1942-1986) es una obra para quienes han sentido, o no han dejado de sentir, que los contornos de la realidad eran demasiado estrechos. Aunque parezca indicarlo su título no es una obra centrada en el periodo de tiempo de la infancia, sino una obra sobre, o para, quienes en la infancia no pensaban o sentían que el entorno en que habían nacido, o en el que eran educados, era el único encuadre de la vida sino unos límites que transgredir o atravesar para conocer otros mundos, que parecían tan lejanos. Tezer observaba los autobuses que iban y venían y pensaba en lo que no conocía. La realidad no era la circulación que conocía por hábito y rutina, como si fuera un basamento incuestionable. Tezer leía El bulevar de la niebla y se sentía como los barcos que aún no zarpan, y se sienten varados. Soñaba con puertos en la distancia. Y esa nostalgia de lo que no se conoce desgarra como un ansia que colisiona con un techo bajo. Tezer veía El mensajero (1970), de Joseph Losey, y sentía como su piel, por dentro y por fuera, se erizaba con la multiplicidad de enigmas que se insinuaban como posibilidades en la secuencia en la que el niño protagonista contemplaba, desde lo alto de la mansión, la distante luna, lo que era decir el amplio universo. Las frías noches de la infancia no es para los que aceptan dócilmente unos límites dados en los que integrarse como un código de circulación en el que desplazarse por la vida con la inercia de lo previsible. Es para quienes desde pronta edad se preguntaron por qué debería asumir, y convertir en parte de su propia piel, lo que se consideraba en su entorno, familiar y social, como natural, como norma. Es para quienes se han sentido como la protagonista de la magnífica Lucy in the sky (2019), de Noah Hawley, cuando contempla la Tierra desde el espacio, y siente esa suma de estructuras, rutinas y (aparente) continuidad de lo que se denomina, consensuadamente, como realidad, no solo pequeña e insignificante sino como una ficción cuya película se descascarilla y deja ver su arbitrariedad. ¿En qué elemento nos desplazamos, cuál habitamos?
Las frías noches de la infancia es una obra para quienes, a veces, pierden pie y se ven arrastrados por la apatía que es reflejo de una impotencia o incapacidad para superar unos límites que se sienten como barrotes que son marea impetuosa. No se alimentan de emociones y sentimientos. Creen en lo que hacen. Mientras defienden la <<revolución>> intentan proteger el lugar que ocupan en el fluir de un orden determinado (…) ¿Qué es el ser humano? ¿Qué es el mundo? ¿Qué son las dimensiones o la evolución? ¿Quién soy?¿Qué soy? Tezer fue ingresada en un sanatorio psiquiátrico cuando tenía veinticinco años. Las preguntas que intentaban descifrar la realidad, y a la vez abrirla en canal como una ilusión que es espejismo, como una falsa estructura que no abre nuestras mentes sino que las domestica, mecaniza e incluso atrofia, se apelotonaron en su mente, y atropellaron sus emociones. Tezer no supo lidiar con ese malestar, y su sublevación no fue digerida como aguda interrogante sino como síntoma de una avería para el dócil cuerpo funcional que debe ser un ser social que simplemente debe pensar en cómo encajar en el engranaje social. La vida es algo que nos plantan delante como un cuerpo extraño que, por ahora, hay que aceptar y entender. Solo más tarde podremos vivirla y descubrir su verdad (…) constantemente estamos preparándonos para una vida complaciente. Pero ¿con qué?. Tezer quería la felicidad de una vida que no se apoya las cosas. Tezer quería buscar, sentir, en la experiencia de la vida esa transcendencia que no se encuentra en los constreñidos límites que configuran nuestra conforme vida de rutinas e inercias en la que, como cuerpos placados, solo forcejeamos para que nuestra posición sea la más confortable y la menos precaria. Es una vida sustentada, y tramada, en y sobre cosas. Como las somos nosotros. ¿Habrá mucha gente que, en un breve instante infinito, transcienda todo tipo de sucesos, la esencia de la existencia humana, el tiempo y los sentimientos? No lo sé. Hay instantes que van más allá del tiempo, los hechos, los sentimientos, las montañas, los árboles de ancho tronco y largas ramas, el Mediterráneo verde azulado, los océanos que lo prolongan, el cielo estrellado que se finde con los océanos en el horizonte y el sol que se eleva por encima de las montañas.
Para quien siente y piensa que nos atoramos demasiado en límites, o que el ser humano tiende, como criatura pragmática que es, a instituir límites que poder controlar, la vivencia de los sentimientos y de las sensaciones se revela como el núcleo de la vida, ese momento de la sensación verdadera, como reflejaba el título de la excelente novela de Peter Handke, en el que experimentas la pletórica plenitud. Pero Tezer también se pregunta por qué lo complicamos todo tanto, porque las relaciones sentimentales derivan en escenarios de conflictos, discrepancias y desencuentros. Por qué puede resultar tan complicada esa conciliación. ¿Por qué somos incapaces de resolver nuestras crisis?¿Por qué nos esforzamos en ser hombre y mujer, esposa y esposa, sin ser amigo?¿Es así como hay que ser con veintipocos años? (…) A nuestra gente se le impide desde que son niños que amen, que acaricien. Se les pervierte. Se les descarría. Los cuerpos no son caricias, conversaciones de piel, sino cuerpos que poseer o que son poseídos, conductores instrumentales de un pulso de egos. Pese a esa perplejidad, pese a esos límites emocionales que tendemos a interponer, o que no logramos superar en nosotros mismos, como si no supiéramos articular las emociones y privilegiáramos nuestra vertiente reptiliana, que es impulso, instinto y reacción, Tezer aún sueña con esa posibilidad de una plenitud. Esa promesa del más hermoso logro del que es capaz el ser humano, esa conexión o sintonía con otra persona, en donde fluyen y se conjugan cuerpos y emociones. Me han enseñado el sacramento de la belleza, de amar a alguien, de acariciar la piel de alguien, de unirse a alguien, y disfrutar de dicho sacramento (…) Este momento que consagra la unión de dos personas. Infinito. Este momento que reconcilia todos los instantes de la existencia. La vida humana debería ser la esencia de infinitud que existe en la unión de dos personas (…) la conmoción que experimentan dos personas al abrazarse debería ser la esencia del universo.
viernes, 20 de mayo de 2022
Historia de la ultraizquierda (Errata naturae), de Christophe Bourseiller
Historia de la ultraizquierda (Errata naturae), del escritor francés Christophe Bourseiller (1957), es el relato desorganizado de un conjunto de coaliciones minúsculas, de movimientos provisionales y de polvo de estrellas (…) ultraizquierda, provocadores, alborotadores, autónomos, zadistas, situacionistas, consejistas, marxistas libertarios... Bourseiller lo compara con un relato de Jorge Luis Borges, un repaso detallado y minucioso, desde el siglo XIX hasta nuestros días, que parece una ficción, sobre una forma de vanguardia en los confines de la política y el arte (…) viveros de ideas nuevas que ponían, y aún ponen, en cuestión, sin complacencia, unas ficciones, las estructuras de unos sistemas socio políticos, incluso las que se supone representaban la revolución o transformación. Para definir su enfoque utiliza la expresión aguijón. Como el de quienes, en los años veinte o treinta, calificaban a la Unión Soviética como capitalismo de Estado, en donde la dictadura del proletariado había sido sustituida por la dictadura del partido, que actuaba de modo inclemente (o más bien fulminante con los opositores). En los años veinte destaca particularmente al unionista alemán Otto Ruhle, relacionado con la vertiente menos pactante del KAPD (partido comunista obrero de alemana), quien señalaba la condición fundamental de los comites de base, los cuales prefiguran los consejos obreros. Un sistema dialéctico donde no hay cúpulas o jerárquias. Al respecto, fue fundamental la figura del holandés Anton Panneloek, quien publicó en 1946, Los consejos obreros. Consideraba que la lucha contra el nacional socialismo era la lucha contra el gran capital alemán. Más allá de enarbolamientos ideológicos, uniformes o cartillas normativas, la sustancia siniestra seguía siendo el capital. A pesar de sus aparentes diferencias, fascismo y democracia se perciben como productos del mismo sistema capitalista, puesto que las relaciones entre clases y de explotación son las mismas en ambos casos. Estos grupos, o estas mentes, periféricas en el sistema, desnudaban una ficción sustentada sobre falsas oposiciones, o aparentes diferencias de sistemas, fuera la unión soviética, el nacional socialismo alemán, una monarquía o la democracia estadounidense, representante sin disimulos del capitalismo. No se es menos pobre en un país libre que bajo un yugo policial (…) ¿Las relaciones de fuerza vinculadas a la existencia de clases quedan así disimuladas bajo las apariencias que varían según el país y las necesidades locales o circunstanciales? Pannekoek, de modo específico, apuntaba que las variaciones externas, que afectan al modo de vida, el manifiesto desarrollo de la técnica o la mecanización que se produce desde mediados del siglo XX, no disimula la vertiente (o el virus) fundamental del sistema capitalista, la ley del beneficio.
A finales de los cincuenta comienza a disponer de relevancia la Internacional situacionista, que se centraba primordialmente en el ámbito cultural, aunque como señalaba la figura principal, Guy Debord, su política es una crítica rigurosa de lo que denominaba <<la sociedad del espectáculo>>, una característica fundamental del sistema capitalista, por la que el estudiante, como consumidor ostentoso cultural, es un producto de la sociedad moderna, en el mismo nivel que Godard y la coca cola. Según Debord el espectáculo, como modo de dominación del capitalismo, que de este modo no es necesario que recurra a la tiranía manifiesta, es un mecanismo de interferencia que oculta la realidad de las relaciones entre clases. Esto es, la sociedad real vive a través de un filtro irreal. El monoteísmo judeo cristiano se ha visto sustituido por un politeísmo de las mercancías culturales. La influencia de la Internacional situacionista fue fundamental en los movimientos del mayo del 68, al fin y al cabo rebelión contra la sociedad de consumo y crítica de la vida cotidiana (o de las ficciones que se asumían como realidad), pero sus enfoques, más radicales, no encajaron, o no fueron los que se acogieron como inspiración. Dos décadas después, cuando en 1988 publicó Comentarios sobre la sociedad del espectáculo, su perspectiva estaba ya teñida de desesperanza. Su planteamiento crítico era más amplio al no circunscribirse a la sociedad capitalista. Destacaba cinco primordiales características en nuestra sociedad: “la innovación tecnológica incesante, la fusión de la economía y el estado, el secreto generalizado, la falsedad sin respuesta, un presente perpetuo”. Era fundamental la noción del secreto, como constatación de la sutil dictadura corporativa que sufrimos (sin que pensemos que vivamos en una dictadura): Detrás del escenario en el que se debaten los títeres, los verdaderos amos, a los que jamás ha votado nadie, mueven los hilos del mundo. Ya señalaba cómo nos hemos convertido en espejos o reflejos que pensamos que no lo somos, característica, o condición, que se ha acentuado con el apuntalamiento de la red virtual en nuestra vida. Somos cada vez más ficciones protésicas, fotocopias, teledirigidas como autómatas, aunque con la convicción de que dirigimos nuestras vidas. La tiranía es más efectiva cuando no aparenta que lo es.
lunes, 18 de abril de 2022
Rendición. En busca del sentido de la existencia en un planeta dañado (Errata naturae), de Joanna Pocock
Un término más adecuado para <<crisis de la mediana de edad>> es la palabra <<apatía>>, menos rimbombante pero tal vez más precisa. A determinada edad, simplemente nos aburrimos de nuestro ritmo de vida, sea el que sea (…) Nos hartamos de nuestro espacio vital y de que la luz ilumine la misma pared todas las tardes (…) Comenzamos a percatarnos de que tenemos más pasado que futuro: Lo conocido eclipsa lo desconocido. Nos aterrorizamos y planeamos la huida. En la excelente Sundown (2021), de Michel Franco, que se estrena el próximo mes, el protagonista, encarnado por Tim Roth, simplemente se deja ir, como un madero a la deriva. Rompe con su vida, renuncia a todos los privilegios y todas las cuantiosas posesiones. La escritora canadiense Joanna Pocock (1965) tomó otra decisión con respecto a la necesidad de un reinicio para su vida. Se trasladó con su esposo y su hija de ocho años de Inglaterra a Estados Unidos, y durante dos años vivió en Montana. Pero no optó por dejarse llevar a la deriva. No se preocupó solo de sí misma, o de su parcela de vida, de qué haría con ella, como si la realidad fuera primordialmente lo que le afecta a ella. Su reinicio implicaba un reenfoque sobre su relación con la realidad como conjunto, y sobre las consecuencias de sus y nuestros actos. Por eso, se dedicó a encuestar a la realidad, a la perspectiva y actitud de los demás con respecto a nuestra relación con nuestro planeta. Quería averiguar cómo compaginar una vida productiva con ese dolor intenso por la muerte del planeta y por la rápida extinción de las especies. Se preguntó qué podemos hacer como colectivo, en vez de simplemente justificarse, como hacen muchos, en que ya se tiene suficiente con preocuparse con la propia supervivencia y que, al fin y al cabo, qué puede influir lo que haga cada uno en todo (como si nuestras acciones y omisiones no se sumaran). No queremos mirar más allá de nuestas confortables pantallas. Joanna es una de las excepciones. Mientras tecleaba en mi Macbook Pro, era muy consciente del arsénico y del cobre de su interior, probablemente extraídos en Chile. Sabía que la obtención de esos elementos mataba pueblos enteros y contaminaba ríos. En la República del Congo, niños de siete años extraen el cobalto de la tierra con sus manos desnudas. La duración de sus vidas se reduce para que aumente la de mi batería. Y de esa mirada que se alza y mira de frente nació la magnífica Rendición. En busca del sentido de la existencia en un planeta dañado (Errata naturae).
miércoles, 23 de marzo de 2022
La manufactura de la muerte. La historia de H.H. Holmes, el primer asesino en serie de América (Errata Naturae), de Alexandra Midal
H.H. Holmes, antes de ser ejecutado en 1896, confesó haber matado a 27 personas, lo que no implica que necesariamente sea cierto. Pudieron ser más. Aunque él mismo reconociera que le cogió gusto tras realizar los primeros asesinatos, la motivación fundamental para realizar esos crímenes era el enriquecimiento mediante la manipulación y apropiación fraudulenta de seguros de vida, bienes, acciones y herencias. El cálculo y la estrategia era su motriz. Incluso disponía de un equivalente a una factoría en la edificación, que bautizó como El castillo, erigido entre 1891 y 1892, que disponía de eficaces instrumentos de asesinato y limpieza en habitaciones sin ventana, cámara de gas o incinerador para quemar cuerpos, en el que ejecutó al mismo diseñador, convertido por combinación de aceite y vapor literalmente en nada. Sacó incluso beneficio de los esqueletos ya que los vendía a instituciones sanitarias. En La manufactura de la muerte. La historia de H.H. Holmes, el primer asesino en serie de América (Errata Naturae), Alexandra Midal no enfoca en la vertiente siniestra de la abyección, sino en su relación con el paradigma funcionalista (que se inscribe a la perfección en la perspectiva de la mecanización moderna y su puesta en práctica) como una expresión de la serialidad en la que convergen la cadena de montaje y la invención del término <<asesino en serie>>. O también dicho de otro modo, en cómo la dinámica de criminal de Holmes aplica una estructura de la racionalidad y la eficacia aplicadas a lo vivo en una dinámica proveniente de un centro para el tratamiento industrial del ganado en Chicago (en donde, en 1871, ya se ejecutaban 70.000 cabezas de ganado al día). Según Midal, no es casual que el primer asesino en serie que se conoce con tal denominación surgiera en paralelo a la Revolución industrial. El primer asesino en serie de la historia de Estados Unidos pone en evidencia las consecuencias de una mecanización incontrolable y desvela su parte más cruenta.
En las páginas introductorias establece una sugerente asociación con el cine Charles Chaplin, quien había realizado una incisiva obra sobre la cadena de montaje, como vector consustancial y paradigmático, en la sociedad capitalista, en Tiempos modernos (1936), y que enfocaría al asesino en serie de Monsieur Verdoux (1947), como un hombre que trataba a las mujeres como si fueran objetos y las sometía a una circulación económica basada en el consumo, la desaparición, y la rentabilización de su capital. Había comprendido la dimensión monstruoso del asesino, idéntica a la del esquema establecido por Holmes varios años antes. Holmes era una figura fraudulenta, y seductora, que sabía cómo jugar con las apariencias, substrato fundamental de la dinámica persuasiva de la economia capitalista. Ni siquiera se llamaba Holmes. Adoptó ese apellido porque admiraba a Sherlock Holmes. Reflejaba su suficiencia. Aunque acabara cometiendo los errores que determinaron su detención, durante ocho años realizó múltiples crímenes, estableciendo una eficiente cadena de montaje, en la que incluso extraía beneficio de los residuos, o <<la pérdida creadora>>, como era el caso de los esqueletos. De la misma manera que su dinámica anticipaba la inmaterialidad de los intercambios financieros que define la fluidez circulatoria del capitalismo. La abstracción de los cuerpos desmembrados y descuartizados, a menudo recompuestos en esqueletos, refleja el orden abstracto del beneficio. Para Holmes los cuerpos eran meros instrumentos o mercancías. Por lo tanto, los otros no eran singularidades, sino cosas. El capitalismo se funda en la cosificación y la funcionalidad. La cosificación de los seres vivos resulta de la conexión entre eficacia y mecanización facilitada por la Revolución Industrial (…) la estandarización de los seres vivos una vez que el funcionalismo se ha erigido en garante de las actividades humanas (…) El asesino en serie expone el horror latente en los principios de racionalidad y ergonomía, pero desvela también cómo la violencia del asesino responde a la violencia inherente a la estandarización. La práctica de Holmes puede leerse como una especie de réplica, en el sentido sísmico del término, de la industrialización impuesta a lo vivo. Somos seres estandarizados, con nuestro correspondiente código de barras. Nuestra <<muerte>>, en cuanto neutralización, homogeneización y anulación, es más discreta y silenciosa.
La manufactura de la muerte concluye con la extensa confesión que fue publicada en la prensa. También sacó beneficio de la confesión de sus crímenes. Sus ínfulas de demiurgo, de mente aguda que sabía cómo manipular a los demás, epítome del exitoso estratega empresarial, se combinaban con la convicción en sus atributos de personaje singular. Como tal traspasaba esa línea de la enajenación mediante la que establecía las versiones convenientes, de sí mismo y de los hechos, como el más emprendedor de los empresarios moldea la realidad de acuerdo a sus intereses y propósitos. El dominio de la realidad, el control utilitarista de los otros (como sus diversos cómplices o subordinados), se basa en la sugestión que genera el control del relato. Su misma confesión podría interpretarse no como tal sino como una teatralización conveniente en la que él era el personaje protagonista. Nací con el mal dentro. Me era tan imposible no matar como para el poeta acallar el canto de su inspiración. No podía morir sin dar la imagen que prefería proyectar de sí mismo como sabía cómo proyectar la más conveniente y eficiente para seducir a unos y otras de modo tan exitoso durante tantos años. Era un individuo que de forma consciente desarrolla series y patrones productivos guiados por la convicción y la ideología que le orienta en la búsqueda de su propio beneficio. El capitalismo encuentra en el rendimiento su marco; en el diseño industrial, una expresión privilegiada; y en el asesino en serie, un estado de su producción.
lunes, 28 de febrero de 2022
Memorial Drive. Recuerdos de una hija (Errata naturae), de Natasha Trethewey
En la savia de la dieffenbachia que rezuma de las hojas y los tallos hay una toxina. A veces se la llama <<caña muda>>, porque puede provocar una incapacidad temporal para hablar. <<Me he quedado muda>>decimos cuando el miedo o una impresión fuerte o el asombro nos dejan sin palabras (…) Yo entonces no podía entender la metáfora inherente a la planta – mi relación con mi madre- ni lo que con el tiempo significaría que ella me hubiera asignado la tarea de cuidarla y me hubiera advertido de los peligros que eso suponía. Lo real y la metáfora. La vivencia y la literatura que, en Memorial Drive. Recuerdos de una hija (Errata naturae), de Natasha Trethewey (1966), es confrontación y reflexión. La metáfora como ingenio expresivo y condensación reflexiva. La caña muda se revelaba como iluminadora metáfora, como la parálisis del sueño, ese desajuste que se produce cuando la mente despierta antes que el cuerpo, y con desesperación sentimos que no podemos movernos, y por ende, que nuestra vulnerabilidad es más acusada. Tal vez esa desvinculación sea una metáfora de la manera en que viví todos aquellos años: la mente consciente intentaba pasar página, pero el cuerpo se resistía. Durante décadas Natasha vivió con el asesinato de su madre como un tumor larvado que debía extirpar con la confrontación directa, y la exposición, a la par que reflexión, a través de la creación literaria, que ejerció de inmersión alquimica en las profundas oscuridades de una herida no cicatrizada, aún palpitante como infección.
La inmersión contextualiza con suma precisión, con la coreografía de los círculos concéntricos que amplía la perspectiva al conjunto para enfocar con más concreción el fenómeno específico (una herida que se hace eco de otras heridas, como si estuviera constituida por distintas capas de heridas, tanto individuales como colectivas). El primer circulo concéntrico nos sitúa en el contexto de una sociedad como la estadounidense que, aún en 1965, cuando la madre de Natasha, que había sido una niña negra en el sur profundo, acorralada y atada a un mundo limitado por leyes segregacionistas, cumplía 21 años. Un año después, nacería Natasha, quien durante su infancia pronto comprendería las diversas realidades con que me encontraría: los hechos dolorosos y opresivos de un territorio que aceptaría con enorme lentitud la integración racial, por mucho que ahora fuese lo que dictara la ley. Las leyes no modifican ni las mentalidades ni la percepción. Las actitudes de muchos blancos seguían siendo igual de despectivas u hostiles. Y en su caso se acrecentaba por el hecho de que su padre era blanco. Las reacciones no eran las mismas cuando estaba sola con su padre que cuando estaba con su madre, o con ambos juntos. Y Natasha empezó a sentir una profunda sensación de no encajar, de no pertenecer a ningún lugar. ¿Qué era ella si el trato de los demás era diferente según con quién de sus progenitores estuviera?¿Sobre qué criterios inconsistentes se fundan muchos comportamientos humanos? Su padre era escritor. Su educación, por lo tanto, su vida estaba basada en el lenguaje de la alegoría y la metáfora, como una singular ilusión de hogar, o residencia, en cuanto fundamento de concepción de vida. La metáfora y la alegoría como lucidez, ingenio y coherencia. El mundo dibujado con precisión, aunque implica la revelación de sus inconsistencias y desatinos. Aunque tampoco libere de la fragilidad. Natasha se sentía como Casandra, como la llamaba su padre, pero eso implicaba la difícil confrontación con una vida de posibles infortunios. La asunción es un desgarrado tránsito.
La ruptura del matrimonio de sus padres derivó en otro cruce de caminos que condujo a una infausta colisión. La nueva relación que estableció su madre fue con la del tipo de hombre que no acepta que el mundo le contrarie ni frustre, y eso implica que no acepta que su pareja disponga de una circunstancia personal, laboral, más exitosa, y por supuesto, que sea rechazado o abandonado por ella. El mundo debe acoplarse a sus necesidades y demandas. Por lo tanto, la pareja debe ser una figura que complazca su ego. Debe cumplir la réplica adecuada. Sino surgen los celos o el despecho. Y en su caso la enajenación se convirtió en un tumor de tal calibre, en un virus tan irreductible, que supuró en muerte anunciada y ejecución cumplida. La violencia, física y emocional, era tónica de una relación que impedía toda posible forcejeo por liberarse de esa opresión constrictiva. Durante ocho años la relación se dilató como una resistencia. Pero la pasajera reclusión en la cárcel no fue suficiente. La intervención de la ley no fue suficiente (aunque también fuera negligente). La enajenación fue implacable. O vivía, muerta en vida, como su prisionera en una relación o moría. Ella se rebeló y murió. Los fragmentos de lo real, las dos últimas conversaciones telefónicas (grabadas para que sirvieran de prueba para su nueva detención) son demoledoras. La desnudez de lo irresoluble, la desnudez de la obcecada enajenación, con la que el diálogo y razonamiento es posible, porque su sentido de la empatía es nulo. Es la enajenación de quien se siente más víctima que dañino porque su concepción de la realidad es la hipertrofia de tanta actitud humana que concibe el mundo o los demás en función de su yo. Su desquiciamiento había alcanzado ese grado en que si la realidad, o la voluntad de los otros, no le concedía lo que demandaba o necesitaba simplemente lo eliminaba. Aquel hombre vivía en la fantasía de su enajenación, y con otra concepción de la realidad que habita su propia dimensión no hay posible contacto ni entendimiento. Entremedias, la mirada desesperada de la hija que, durante décadas, se sintió culpable de la muerte de su madre, porque un gesto suyo, cuando él acudió a uno de sus partidos de baloncesto, la salvó de que, en ese momento, él la matara (para hacer de ese modo daño a su madre). La hija, durante décadas, larvó como un lamento o grito mudo, la desolación por la pérdida de su madre, como si se hubiera quedado atrapada en el ámbar del pasado, en la habitación donde la línea de tiza dibujaba el contorno del cadáver de su madre ya irremisiblemente ausente en su vida. Quedó cautiva en un pasado que se infectó con la culpa, como si aquel gesto que evitó su propia muerte hubiera supuesto la condena de su madre. Entonces no sabía hasta qué punto esa escena me perseguiría a lo largo de los años, pensando que mi actitud hacia él había sido una especie de traición a mi madre. ¿Había notado, en ese momento, había notado primero con el cuerpo, que lo que yo había hecho iba a cambiar el curso de los acontecimientos? La enajenación que necesita que la realidad sea como él la dicta, la culpabilidad que forcejea con la impotencia de que la realidad no haya podido ser como hubiera deseado.
miércoles, 16 de febrero de 2022
Memoria del amor (Errata natura), de Kirsten Thorup
El curso de la vida se compartimenta en diversas fases. No es una cuestión solo de cambio biológico, crecimiento y deterioro. Es una cuestión de sucesiva adopción de roles. El niño no solo se convierte en adulto, sino que dispone de una imagen de cómo actúa un adulto o qué representa el adulto. La identidad es un cambio de relevos con la adopción de sucesivos roles. Quien ha sido hija se puede convertir en madre. No es solo cuestión de parir sino de cómo ejercer de madre. Tener un hijo implica educar, una transmisión de valores, de formas de relacionarse con el entorno y los demás, eres (o eso se supone) autoridad, modelo, guía instructora. Crecemos y nos ponemos distintos sombreros interiores según modelos transmitidos, a los que se supone que debemos ajustarnos. Se cambia de papel, y pareciera que muchos olvidaran lo que fueron (quien quizá sufrió como hija ahora es una madre que quizá sufre con su hija; quizá somos más autómatas que seres capaces de ponernos en la piel de otros, incluso en la de quien fuimos en el pasado). Personajes de una ficción que sentimos como la realidad (que debe ser). En la primera parte de Memoria del amor (Errata natura), de la escritora danesa Kirsten Thorup (1942), Tara es moldeada, o es influida, por su entorno, por su familia, por la institución educativa. La vida se hila con la fe y la representación. La religión o el nacionalismo son otros escenarios que se pueden ajustar, o que pueden influir, como sombrero interior. Nos convertimos en actores que se creen ese guion como realidad, o como fundamento inspirador. Si abundan las interrogantes, la confusión reina. La realidad no solo se convierte en una inestable dimensión de modelos (que pudieran haber sido otros), sino que el yo se pregunta por qué es como es y por qué es percibido de un modo tan distinto a como una misma se ve. ¿Cómo era posible, entonces, que viese en mí a una persona altiva que yo no encontraba por ninguna parte? Me invadió la vertiginosa sensación de no ser quien yo no creía (…) me había mostrado quién era, una joven sin pulir que se encontraba a sí misma en las personalidades de los otros (…) mucho más tarde, cuando aprendí a contemplarme con los ojos de los demás y verme en tercera persona, todo lo que quedaba de mí era lo que mis profesores favoritos habían visto: una actriz.
Si te sientes fundamentalmente actriz en la realidad desnuda como escenario de ficciones, que otros adoptan en cambio como certeza, y por tanto costumbre con un código de circulación que denominan realidad, te conviertes en una figura desplazada, vacilante, que ejerce torpemente los sucesivos roles a los que nos acoplamos en el curso de la vida. Tara se siente una criatura ansiosa de distinguir entre su ser y el mundo circundante, y con un ego infinito que lo ocupaba todo (…) en su impotencia había seguido siendo una persona a medias que había tenido una hija, pero no era madre. La segunda parte, más extensa, ya que ocupa cuatro cinco partes de la novela, alterna las perspectivas de madre e hija, Tara y Siri. Una relación que más bien parece colisión. Las relaciones se establecen en buena medida por las ideas que nos hacemos de los otros, y por lo que representan para nosotros. Por lo tanto, pueden, incluso durante bastante tiempo, ser más lo que proyectamos que lo que son. La idea que tenía de Siri era y sería una proyección de sus propias emociones y complejos. Pese a todo, aún no había perdido la esperanza de que un día llegaran a tratarse de un modo natural, no forzado. Siri, artista, que usa su cuerpo como fundamental pieza expresiva, se rebela contra quien considera que es más bien un influjo perjudicial, una representación de un caos frente al que se crea su particular escenario de ficción, su mismo arte, como una burbuja en la que se protege de las perturbaciones de lo real, ya que para ella, la realidad no es ese escenario o esa pantalla (de costumbres y concepciones consensuadas con las que funcionamos como autómatas) sino una serie de añicos con los que el arte, cuerpo desnudo que es proceso de formación, se convierte en herramienta de reconstitución (un reajuste de relación con la realidad, que ni se subordina, por cuanto es propia y singular, y además con la coherencia de la naturaleza sustancial, no impostada como los escenarios de costumbres que asumimos dócilmente como realidad).
Pero, como en el caso de su madre, a su vez, Siri se pregunta cómo es ella, cómo es percibida por los demás. Porque somos tanto como nos sentimos como cómo somos percibidos por los demás. Y en ocasiones, el desajuste puede ser radical. No nos vemos en la percepción de los otros, o nos hace interrogarnos sobre cómo somos realmente. ¿Es que ya ni ella misma sabía quién era?¿O el efecto que producía en los demás?¿No había coincidencia alguna entre su percepción de sí misma y la manera en que la veían otras personas? Por eso, para ella, su logro en el escenario artístico es la consecución de esa conexión esclarecedora, desnuda, con ella misma. De repente, era lo que era, con todo lo incomprensible que llevaba dentro y a su alrededor. Pero, a la vez se pregunta ¿Acaso era incapaz de poner sus sentimientos en palabras y obras que llegasen a los demás?¿Es que no conseguía expresarlos más que en su arte? Interrogantes que no difieren de las de su madre, quien, como tantos, no logra expresar, articular, con claridad y precisión cómo siente. Un desajuste, una dificultad, que condiciona tantas relaciones, por cuanto propicia los malentendidos, las interpretaciones insuficientes, mediatizadas tanto por la imprecisión a la hora de expresarnos como de percibir a los otros. Una y otra son seres en busca de esa conexión, que implica actitud consecuente, con uno mismo, los otros y la realidad circundante, y con la que nos exponemos de modo directo, sin buscar la autoindulgente protección de la doblez y los subterfugios, de la confortable amargura del nihilismo (que legitima la impotencia y la frustración) y la satisfacción de los caprichos. Por eso, cobra tanta relevancia la extraordinaria Stalker (1979), de Andrei Tarkovski. Stalker era un largometraje extrañamente árido que llevó a Tara a pensar que se había extraviado en el camino de la vida y no había llegado a su destino. No había sabido sacarse partido, desarrollar sus cualidades. Se había quedado estancada. La película de Tarkovski, o su cine en general, es una de las más excelsas manifestaciones, a través del arte, de lo que podríamos ser, si no nos conformáramos con la vida rudimentaria de costumbres transmitidas, como resortes que adoptamos, y que tan fácilmente, en una escala u otro, se convierten en daño o destrucción, o si no nos enfangáramos en tantas justificaciones con respecto a nuestra supuesta incapacidad para superarnos, negando la posibilidad del esfuerzo para ser más consecuentes o ser capaces de crear una relación más armónica, generosa, con uno mismo, los demás y nuestro entorno. Por eso, en el desarrollo de Memoria del amor, Tara colisiona con esa insolidaridad de tantos especímenes humanos que solo piensa en su particular parcela de vida, que la aboca (por preocuparse de un hombre sin hogar), incluso, a convertirse en indigente. Y Siri se ve inmersa, como daño colateral, en las luchas contra los poderes fácticos por parte quienes claman por la modificación de medidas con respecto al medio ambiente, y que sufren la violencia de los representantes de la ley. En una escala u otra, el virus de la actitud humana que nos ha llevado a esta realidad que hemos generado, o más bien deteriorado, y que nada tiene que ver con la Zona, metáfora de lo que podríamos ser si habitáramos la realidad, o nos relacionáramos con ella, con la mirada y actitud que faculta armónicamente lo posible.
miércoles, 22 de diciembre de 2021
12 Libros 2021
12. La serpiente Cósmica (Errata naturae), de Jeremy Narby11. Un tratado de estética japonesa (Alpha Decay), de Donald Richie10. Se ahogarán en las lágrimas de sus madres (Nórdica libros), de Johannes Anyuru9. El héroe (Blatt & Ríos), de Lee Child8. El club de los desayunos filosóficos (Acantilado), de Laura J. Snyder
jueves, 25 de noviembre de 2021
Creer en las fieras (Errata naturae), de Natassja Martin
miércoles, 27 de octubre de 2021
Maneras de estar vivo (Errata naturae), de Baptiste Morizot
Consideramos a los
seres vivos, en esencia, como un decorado, como una reserva de recursos
disponible para la producción, como un lugar de vuelta a los orígenes o como un
soporte para la proyección emocional y simbólica. Ser un decorado y un soporte
para la proyección supone haber perdido la consistencia ontológica propia. El
filósofo y escritor francés Baptiste Morizot (1983) plantea, en Maneras de estar vivo. La crisis ecológica
global y las políticas de lo salvaje (Errata naturae), cómo aún los
animales ejercen, en nuestra relación con la realidad, la función de fondo de
pantalla de ordenador o decorado, cuando no son ni inferiores ni mejores, sino
otras maneras de estar vivo, por eso resulta necesaria una transformación de nuestras maneras de vivir y habitar en común.
En nuestro lenguaje, que refleja nuestra concepción de ese escenario codificado
que denominamos realidad, se ha enquistado la noción de que la animalidad es
algo ajeno a lo humano, una vertiente o categoría inferior, la sombra o mancha
de la bestialidad, la sombra del arrebato o impulso que nos puede dominar y
convertirse en violencia. Pero en otro extremo ha adquirido también, en cuanto
sinónimo de salvaje, la condición simbólica de la naturalidad y la autenticidad
en contraposición con las restricciones que ejercen sobre nosotros las normas sociales,
como si fuéramos autómatas o engranajes de comportamiento. El animal por tanto,
en ambas concepciones, no es una presencia real sino ante todo un símbolo. El ser humano se ha convertido en el animal
más poderoso sobre la Tierra, y también en el depredador más efectivo. Somos la
bestia más implacable porque sabemos utilizar las herramientas más sofisticadas
para imponernos a otras especies, y además podemos carecer de escrúpulos en el
ejercicio de la violencia, que podemos realizar incluso con satisfacción, no
por mera supervivencia nutricional. Los otros animales no son superiores a
nosotros porque sean más auténticos, nosotros somos superiores porque podemos
ser más bestias que cualquier otra especie.
Morizot dedica varios pasajes a la figura del lobo. Es otra manera de vivir, lo que significa que tiene otros modos de comunicación. El aullido, como voz animal, comparte con la poesía el uso inesperado de las funciones del lenguaje, la concatenación magmática de los sentidos y las invitaciones, la expresión sin rodeos de un complejo de emociones y deseos, el proferimiento de una manera de vivir inaudita e irresistible (…) el equivalente animal de lo que para nosotros es el significado. En cuanto otredad, es otra realidad paralela que intentar traducir. La observación de sus hábitos es como el rastreo de signos que puedan alumbrar la comprensión de su otra forma de relacionarse con la realidad. Disponen de sus particulares actitudes corporales, vocalizaciones, los movimientos de orejas y colas o el uso de la lengua. Otros animales, como el lobo, no pueden expresarse afectivamente mediante el abrazo. El lametón es la correspondencia, como los excrementos ejercen para los lobos la misma función que para los humanos los blasones. Morizot aulla y los lobos le contestan. Y se pregunta qué supondrá para los lobos su aullido humano. ¿Es una estridencia o establece, aun defectuosamente, algún tipo de comunicación que ignora porque no logra captar los matices de la comunicación entre los lobos mediante los aullidos? Cuando advierte que realizaron un acercamiento sigiloso para observarles se pregunta por qué lo hicieron, qué esperaban encontrar. Son las preguntas de quien se relaciona con los demás, sea congénere o perteneciente a otra especie, preguntándose cómo siente o cómo piensa, por qué actúa como actúa, en vez de ser una mera entidad sobre la que proyectar, como si fuera una pantalla, o una mera representación simbólica.
En la historia occidental se ha tendido muchas veces a representar la vida interior de los seres humanos, su vida pasional, sentimental, mediante metáforas animales: las pulsiones se representan como fieras (…) han conformado el modo en que entendemos nuestras pasiones más íntimas (…) ¿cómo va a ser precisa nuestra ética de nuestras pasiones? Durante siglos las pasiones eran algo que dominar, impulsos con los que bregar, y que contener. Los seres humanos representábamos la razón, y la animalidad era la brecha del instinto, de nuestra conexión con la animalidad. Con el romanticismo adquirió otra naturaleza. La razón era coerción y la pasión potencia de liberación. La animalidad de cualquiera de las maneras era un símbolo y evidenciaba nuestro desenfoque con respecto al animal y nosotros mismos. ¿Qué ocurre si la metáfora que sustenta la moral descansa sobre un error de concepción de la animalidad? (…) reclama el dominio de una bestia dependiente, en lugar de una cohabitación con animales vivos que nos habitan y constituyen (…) no se trata de reducir y controlar, sino de alimentar determinados deseos en detrimento de otros. Es el equivalente, en otra dirección (o categoría) a la invención de los dioses que, a lo largo de la historia, evidencia también nuestra dificultad para relacionarnos con nosotros mismos (creamos espejos para intentar vernos pero somos imprecisos ya que bosquejamos desorientadas imágenes entre lo irreal y lo inexacto). Por algo, ha tardado siglos en darse relevancia al concepto Inteligencia emocional, que debería ser una asignatura básica en la educación, en vez de convertirnos en meros engranajes funcionales productivos (y consumidores). Es una cuestión de saber discernir en nuestros impulsos, nuestras tendencias, racionalizar nuestras emociones y sensibilizar nuestra razón. Nos relacionamos con los demás y el entorno como si estuvieran en función nuestra como suministro útil y complaciente. La cólera, o la relación mediante el grito, no tiene por qué superarnos si sabemos mordernos la lengua y contar hasta diez. ¿Es tan difícil ser amable o cortés? La ética diplomática es el arte de incorporar y de modificar los hábitos del deseo; o dicho de otro modo, de influir en el propio ecosistema de los afectos.
Por eso la relación con los animales, con las otras maneras de vivir (y puede ampliarse a la relación entre humanos), debería sustentarse, por un lado, en la asunción de la contingencia de las formas singulares, esto es, yo podría haber sido tú y tú yo: nuestras diferencias son casualidades afortunadas o desafortunadas, y no necesidades ligadas al destino, a la elección, al mérito o al valor. Y por otro, en la consideración. Los animales no son meras funciones, no son meros alimentos. En nuestra situación, en la que debemos reducir a una décima parte nuestro consumo de carne para no contribuir a la crisis climática, ¿de verdad es un problema? Cuando nos enfrentamos a los retos del sufrimiento animal, a la extinción de las especies y la defaunación, al calentamiento global y al hecho de que los rumiantes son una de las principales causas de la deforestación. Más allá de esta circunstancia crítica que muchos humanos no quieren asumir porque prefieren mantener sus hábitos alimentarios (porque somos tan elementales que, como un bebé, funcionamos de acuerdo a lo que nos gusta o no, lo que es rico o no; y también como bebés o adolescentes, somos tendentes a los extremos: no es una cuestión de convertirse necesariamente en vegano sino de reducir lo más posible el excesivo consumo de carne), es una cuestión de afinar el músculo emocional y sensible. Existen muchos gimnasios para cuidar el cuerpo, y se le da a la apariencia de éste su importancia, pero poco se cultiva el gimnasio emocional, la mejor manera para cultivar la empatía (que al fin y cabo también está relacionada con la curiosidad por saber cómo piensan, sienten y viven los otros; quizás nos hemos acostumbrado demasiado a relacionarnos con pantallas). Se trata de encontrar y postular las consideraciones ajustadas hacia las otras formas de vida que componen el mundo; de ser, en definitiva, corteses con el resto del mundo.