Translate

Mostrando entradas con la etiqueta Erick Zonca. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Erick Zonca. Mostrar todas las entradas

viernes, 31 de marzo de 2017

Aproximación al boxeo en el cine

La discreta Redencion (2015), de Antoine Fucqua, es la última obra que integra el boxeo en su construcción dramática, determinante tanto como escenario como reflejo. Puede gustar más o menos este deporte (particularmente, nada), pero, quizás más que ningún otro, ha dado pie a obras de lo más sugerentes. Esta aproximación al boxeo en el cine, que primero he publicado en Las nueve musas (http://lasnuevemusas.com/not/10209/boxeo-en-el-cine/) no pretende ser una visión exhaustiva ni una antología de las mejores obras, sino un intento de condensar diferentes tratamientos o acercamientos (diferentes reflejos o usos simbólicos) que ha tenido el boxeo en el cine, sea como eje central de la obra o como aspecto secundarios. Como ilustración alrededor de una veintena de títulos que se concreta en las imágenes que acompañan el texto. Obviamente se echará en falta muchas obras, algunas muy célebres, caso de 'Rocky', 'Ali', 'Gentleman Jim', 'Ciudad de conquista', 'The fighter', 'Rocco y sus hermanos', 'Snatch', 'Marcado por el odio', 'Huracan Carter', 'Kid Galahad'...
Million dollar baby.
Nadie puede vencerme.
Cuerpo y alma.
Campeón (arriba). El pequeño ladrón. (debajo)
En primer lugar, porque propicia la parábola sobre el cuadrilátero en el que suele convertirse la propia existencia. Los golpes que te da la vida, los golpes que sabes encajar. También, de modo más específico, sobre la sociedad de cada momento, con mención especial para la sociedad capitalista que tanto incentiva la competitividad y la aspiración de ser el número uno. Eastwood lo condensó de modo contundente, a modo de abismo, en 'Million dollar baby' (2005). No hay piedad. La integridad no es lo que se recompensa. Robert Wise, en 'Nadie puede vencerme' (1949), Robert Rossen, en 'Cuerpo y alma' (1947) o Mark Robson, en 'Campeón' (1949), también lo reflejaron con abrasiva lucidez, a través de unos personajes que representan actitudes distintas frente al dilema de optar por la integridad o por la corrupción, sea por mera ambición, por resentimiento de las penurias sufridas o por la justificación de la necesidad económica. Robson realizará otra película sobre corrupción, en concreto sobre los combates amañados, con 'Más dura será la caída' (1956). Una sugerente variación del desprendimiento de escrúpulos para dominar el escenario de la vida, mediante la equiparación del latrocinio y el pugilato, se encuentra en 'El pequeño ladrón' (1999), de Erick Zonca. Si la vida no te da, lo sustraes. Hay que utilizar a quien sea para conseguir el beneficio, para alcanzar la prosperidad, más aún si las circunstancias de la vida te han situado en la rampa de salida en un escalafón bajo de la sociedad. Evve aprende a boxear, aunque sus golpes más bien parecen los ralentizados movimientos de un nadador. Y aprende los trucos del ladrón, integrándose en una banda de Marsella. Tendrá que aprender que los golpes duelen, ya que para él las cicatrices son como las medallas.
The boxer.
El triunfo del espiritu.
Fat city.
Cinderella man (arriba). El luchador (debajo).
También un cuadrilátero puede ser el reflejo de la lucha contra otras inconsistencias, otras estulticias, como las de los fanatismos nacionalistas, como refleja 'The boxer' (1997), de Jim Sheridan. O de la barbarie de los exterminios, como en 'El triunfo del espíritu' (1989), de Robert M Young, en la que un prisionero griego tiene que sobrevivir ganando combates ya que quien es derrotado acaba en la cámara de gas. O de la precariedad económica. Más que la sobrevalorada 'Fat city' (1972), de John Huston, cuya sordidez resulta impostada, destacaría 'El luchador' (1975), de Walter Hill, en la que un boxeador, en los tiempos de la Gran depresión, triunfa en los combates callejeros a puño desnudo. Carente de ambiciones, parece salido de otro tiempo ( mítico), contrapunto especular de aquellos años setenta en los que el país sufría las convulsiones de la decepción por la corrupción manifiesta de las instancias del poder (el caso Watergate). O, también durante la Gran Depresión, 'Cinderella man' (2005), de Ron Howard. La principal cualidad de Jim Braddock, fuera y dentro del ring, es la de sabe encajar los golpes como nadie, para tanto lograr mantener a su familia, en ocasiones como estibador con una mano rota, como para ganar el título de campeón frente un cruel boxeador, Max Baer, que representa la crudeza de la vida.
Toro salvaje.
Invicto.
El hombre tranquilo.
Calle River 99 (arriba). La ley del silencio (debajo)
O el reflejo del ego inflamado, la enajenación del que se siente el dueño del ring (dentro y fuera), y espera que los demás se adapten y acomoden al cetro de sus puños, de su voluntad, como en 'Toro salvaje' (1980), de Martin Scorsese. Esa arrogancia es aún más cínica en el campeón de peso pesado encarnado por Ving Rhames, encarcelado por violación, en 'Invicto' (2002), de Walter Hill. Su combate final con el que encarna Wesley Snipes representa el enfrentamiento con la templanza de la integridad. Para la realización de los combates, Scorsese se inspiró en la atmósfera pesadillesca del flashback de 'El hombre tranquilo' (1952), de John Ford: la muerte del contendiente en un combate, que impulsó al protagonista a buscar su opuesto, la Arcadia soñada, reflejaba la degradación de un tipo de vida. Por otro lado, es una de esas obras en las que la actividad boxística es vivencia pasada, que contrasta, aunque sea de modo simbólico, con el presente narrado. En el excelente noir 'Calle river 99 (1953), de Phil Karlson, el protagonista fue un aspirante a un título. Ahora es un mero taxista. La propia vida es un ring de boxeo, en el que, como dice él, cuando te golpean debes responder más fuerte, y en el que no sólo se mata de golpe sino lentamente, pulgada a pulgada (como pasa en su relación sentimental). En ocasiones, no se visibiliza ese pasado, de modo significativo, como en 'La ley del silencio' (1954), de Elia Kazan. La a redención del protagonista, no puede ser sino convirtiendo en cuadrilátero la casa 'parasitaria' de los gangsters, para que de nuevo pueda recuperar la integridad que empezó a vender cuando se plegó a los tongos de los combates de boxeo que frustraron sus ilusiones y lo convirtieron en una marioneta al servicio de los opresores.
Combate decisivo.
El campeón.
Requiem por un campeón.
El aire de París (arriba). El día más feliz de Olli Maki (debajo)
En 'Combate decisivo (1957), de Andre De Toth, es uno de los tres cuadriláteros en los que combatirá en su vida Barney Ross: en un ring se convirtió en campeón del mundo, en el Pacífico Sur, durante la Segunda guerra mundial fue condecorado como un héroe por salvar a un compañero en la batalla de Guadalcanal, pero su más duro pugilato fue con la morfina a la que se hizo adicto durante el proceso de recuperación de la malaria que contrajo durante la contienda. El púgil de 'El campeón' (1931), de King Vidor combate contra otra adicción, el alcoholismo. El respeto de su pequeño hijo se convertirá en acicate para lograr esa victoria. Y el protagonista de 'Requiem por un campeón' (1962), de Ralph Nelson, se enfrenta a la desesperación del retiro, a sentirse contra las cuerdas cuando intenta sobrevivir en una realidad en la que no sabe desenvolverse ni encontrar su lugar, a no ser cómo reflejo patético de lo que fue.La obra de John Ford también es un ejemplo de cómo el cuadrilátero boxístico puede ser reflejo o contrapunto del cuadrilátero de las relaciones amorosas (en su caso, añadido el combate contra la cerrazón de las rigideces de las costumbres, como evidencia la pelea final). Aunque tenga apariencia de sueño dorado, la lona bajo tus pies cuando te enamoras se puede convertir en arenas movedizas, como se plantea en 'El aire de París' (1954), de Marcel Carné. En,'El día más feliz en la vida de Olli Maki' (2016), de Juho Kuosmanen, se narra el hastío de un aspirante al título con todo el montaje que comporta la preparación para el que se supone que es el día más feliz de su vida, porque además significa que lo será para los habitantes de Finlandia. Pero él lo que quiere es sentirse una piedra que bota sobre el agua en compañía de la mujer que ama, con quien siente que cada día es el más feliz de su vida. Como exquisita rúbrica, ese prodigio de ballet del combate del boxeo, en Luces de la ciudad (1931), de Charles Chaplin. en el que contendientes y arbitro alternan las coreografías a modo de dúo o a modo de trío. Sin duda, uno de los grande momentos que ha dado la comedia.

domingo, 3 de julio de 2016

La vida soñada de los ángeles

La vida soñada de los ángeles puede que se parezca a un estado en coma. Cuál es el estado en coma, también sería necesario dilucidar. Intentas tejer tu vida, darle forma, pero no dejas de forcejear con la precariedad y la vulnerabilidad. La vida no deja de asemejarse a un descosido, puede que porque seas torpe, y no seas capaz de dar las adecuadas puntadas, quizá las circunstancias no acompañen. Y permanecer despierta, con la mirada firme que no deja de saber cuál es el sabor del ras de suelo que raspa, implica apretar el puño interior de las entrañas y soportar las mareas de la precariedad y la contrariedad con un persistente ejercicio de resistencia. Aunque hay quien prefiere soñar con salir de esa sensación de atolladero y sumidero vital por la vía rápida, y el discernimiento se ofusca, y la exposición deriva en que se precipite, inerme, en el abismo de la decepción y la frustración. Si las alturas niegan acceso decides lanzarte al vacío como asunción de una derrota. En 'La vida soñada de los ángeles' (La vie revée des anges, 1998), de Erick Zonca, Isa (Elodie Bouchez) sabe bregar con las heridas. Una ostensible cicatriz surca una de sus cejas. Es la mirada que sabe de qué materia dolorosa está hecha la vida que no sabe de ángeles ni vuelos sino de caídas e indigencia.
Pero su mirada no ceja de dibujar sueños, posibilidades en el horizonte hasta ahora remiso. Es una mirada con sonrisa presta, que nunca pierde paso en la amargura. Vende unos dibujos con los que intenta sacar unos euros, y el azar dispone que alguien le ofrezca un trabajo, como tricotadora. Pero no es una de sus habilidades, y pierde el empleo. Como en su propia vida no domina el arte de saber hilvanar las oportunas puntadas que perfilen la tela o la vida del modo idóneo. Permanece en los márgenes, en la periferia, como una mirada que no desiste en encontrar un resquicio en el que encontrar el cimiento firme en la vida. El azar posibilita que conozca a una compañera de trabajo, Marie (Natasha Regnier), quien de modo provisional reside en un hogar cuyos dueños han perecido en un accidente automovilístico, excepto su hija adolescente, que permanece en coma. Una residencia provisional, una ilusión de residencia, de estabilidad y permanencia. Isa no deja de visitar a la chica en coma, mientras Marie prefiere ignorar su existencia.
Una sabe que la vida deja cicatrices, sabe que los accidentes pueden ocurrir cuando menos lo esperes, sabe lo que es habitar, resistir, la intemperie. Marie sigue prefiriendo mirar a las alturas, a lo que podría ser, a lo que la libere de su precariedad. Su mirada parece un ascua que refleja una crispación, la urgencia de encontrar el resquicio por el que fugarse de su vida indeseada. Prefiere agarrarse al sueño sin sentir que es un clavo ardiendo sino un hermoso príncipe en forma de empresario adinerado, Criss (Gregoir Colin) que la despertará de la pesadilla. Isa no necesita muletas ficticias, se basta y sobra con su propia fortaleza, sin dejarse llevar por espejismos. Y esa divergencia de miradas colisiona, y la amistad, la complicidad, se resiente, y se agrieta. Una y otra toman direcciones distintas, una la que sigue conectada con la indigencia en la oscuridad de los callejones, otra con el vacío en el que estrellar la decepción de un engaño que no la liberaba sino que la atornillaba aún más en su desposesión. La vida soñada de los ángeles resultó ser para quien miraba lo que quería mirar un estado en coma que la precipitó en el abismo. Mientras una mirada que sí sabe mirar dialogaba con un cuerpo en coma, el reflejo de una posibilidad que no deja de amenazar su paso de ángel funambulista en la intemperie de la vida.

jueves, 4 de septiembre de 2014

El pequeño ladrón

Para qué ser un don nadie, ser cualquiera, ser otro más de la masa, otro más de lo que se arrastra en los bajos de la vida con trabajos míseros que te da escaso dinero para sobrevivir, otro más de los que se dejan pisotear, de los que aceptan resignados ser pisoteados, ser nadie, un deslustrado uniforme, trabajar en una panadería, o ser una cajera. Evve (Nicolas Duvauchelle), en la espléndida 'El pequeño ladrón' (le petit voleur, 1999), de Erick Zonca, quiere la vida soñada no de los ángeles sino de los que dominan la vida porque saben cómo imponerse y pisotear y golpear antes de que lo hagan contigo. La vida es un ring de boxeo, y hay que luchar y golpear y patear para vencer al del al lado, como hay que robar lo que no se tiene. Si la vida no te da, lo tomas, lo sustraes. Hay que utilizar a quien sea para conseguir el beneficio, para alcanzar la prosperidad, si las circunstancias de la vida te han situado en en la rampa de salida en un escalafón bajo de la sociedad. Evve aprende a boxear, aunque sus golpes más bien parecen los ralentizados movimientos de un nadador. Y aprende los trucos del ladrón, integrándose en una banda de Marsella, aunque como un mero peón en las tareas menos rutilantes. Evve idealiza, y tendrá que aprender que los golpes duelen. Para él las cicatrices son como las medallas.
Admira desde la distancia a quien porta una cicatriz en el cuello, alguien del que le hablan como si fuera una leyenda porque machacó a quien le había rajado el gaznate. Si el jefe, Tony (Jo Prestia) porta una cicatriz en una ceja, él también, por lo que no dudará en golpearse contra el dintel de una puerta para abrirse una brecha. Claro que duele, y se sangra. Las cicatrices no son medallas,son las huellas de un dolor. En ese mundo con el que había fantaseado será una figura subordinada que tendrá que realizar trabajos nada excitantes, como cuidar de una anciana, a la que acompaña a realizar la compra en el supermercado, o ser la sombra vigilante de una prostituta. No hay mucho acontecimiento, más bien rutina, esperas, acciones triviales. Quizá el acontecimiento más destacable sea aguantar que el jefe que admiraba le meta la polla en la boca y se corra. En todos los trabajos te la meten hasta el fondo, como en la misma panadería, pero no tan literalmente.
Evve no supera el estado de sombra, de figura borrosa, que no destaca. En el mismo ring sólo vence si se aprovecha de que el contrincante tenga unas costillas rotas. Y no dudará en empujar al vació a un compañero para salvar la vida cuando la policía les sorprenda durante un atraco. Su tránsito por ese universo con el que fantaseaba, con el que soñaba para dominar la vida, no puede ser más patético y mezquino. Consigue también la cicatriz en el cuello, pero no habrá ninguna acción heroica con la que derrote a los agresores. Se arrastrará por la calle, mientras la sangre surge a borbotones de su cuello. Retornará a la masa, al uniforme, a la vida subordinada, impersonal, irrelevante. Con el cuchillo perfila la forma del pan, como la vida ha perfilado con su filo la cicatriz de su cuello. Ha pretendido amasar a la vida, y es esta la que le ha amasado. En el rincón, sin contendientes, derrotado, enmudecido, nadando en el vacío.