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lunes, 9 de junio de 2025

Mis textos para Dirigido por nº Junio 2025

En el número de Junio de Dirigido por se publican mis textos sobre La casa al final de la curva, de Jason Buxton, Tres kilómetros al fin del mundo, de Emanuel Parvu, Los malditos, de Roberto Minervini, la serie Cuando nadie nos ve, de Enrique Urbizu y, para el Dossier sobre Charles Chaplin, El gran dictador.
 

lunes, 17 de marzo de 2025

No habrá paz para los malvados

 

No es habitual en las últimas dos décadas encontrarse con thrillers que te hagan sentir que los cristales te rasgan la piel, que la sangre es pegajosa y que las sombras tras los ojos son abismos afilados en los que podemos ver reflejadas las inconsecuencias e inconsistencias del mundo en que vivimos. Se había sofisticado la pirotecnia de los efectos especiales, cómo explosionar decorados, sobre todo a espaldas de personajes que caminan hasta la cámara y convertido la pantalla en una pista de circo en el que no hacen falta redes, por lo cual lo imposible podía campar a sus anchas en ese subgénero llamado cine de acción. De vez en cuando surgían en el horizonte islotes como No habrá paz para los malvados (2011), de Enrique Urbizu, que no busca ser complaciente sino sacudirte un poco el riñón. No hay filigranas que valgan, los golpes son secos, no hay asideros donde sostenerse sino una emponzoñada atmósfera que arrastra como un remolino. Recupera el aliento de los estimulantes film noirs que se produjeron en España desde finales de los 40 a principios de los 60, dirigidos, entre otros, por Julio Buchs, Francisco Perez Dolz, Miguel Iglesias o Julio Coll. Y reverdece una herencia, la del film noir en general, que ha sido recogida muy puntualmente, como hizo una de las grandes obras maestras del género y del cine de estas últimas décadas, Distrito 34: corrupción total (Q&A, 1990), de Sidney Lumet, con la que se pueden advertir ciertas concomitancias. Su doble línea narrativa, en paralelo: por un lado la que seguía al policía corrupto encarnado por Nick Nolte para lograr acabar con aquellos que pueden incriminarle con el crimen que realiza en la primera secuencia, como Santos Trinidad (excepcional José Coronado) en busca del testigo de sus tres asesinatos, en un club nocturno, en una las primeras secuencias. Hay similitudes entre ambos personajes, aunque también diferencias en su corrupción: en el segundo, como magistralmente se condensa en la presentación, bebiendo primero en una tasca, hasta que cierran, con un semblante que es pura pulpa de sombras, que parecerán corresponderse con las que dominan, después, el club nocturno, en donde sus disparos parecen la proyección de su bilis vital, de su extravío, en descenso de caída libre, con un interior que exuda deterioro, desvencijado, un sórdido estercolero vital (como ese en el que quema las posibles pruebas incriminatorias y desde el que lanza las balas).

Si en la obra de Lumet la otra línea narrativa seguía el proceso, en la investigación, del joven abogado que encarnaba Timothy Hutton, aún con ilusiones de que en el mundo prevalezca la integridad, y entrando en colisión hasta con sus propias contradicciones (un ramalazo xenófobo que ni él mismo imaginaba), en la obra de Urbizu son dos figuras casi robóticas, Leiva (Juanjo Artero) y la jueza Chacón (Helena Miquel), dos burócratas de impecable aspecto (o diseño estético; el atildado policía de traje y corbata y la jueza que parece salida de una pasarela tras realizar varias carreras) que contrastan con el desastrado aspecto de Trinidad. No parece que tengan un espacio íntimo más allá de su labor (a la inversa de Trinidad y su intimidad arrumbada), sobre todo ella, por eso choca (eficazmente) ese breve instante en que el rictus de su máscara de eficiencia, de su rol, se quiebra, y surge una sonrisa, y una distensión, cuando conversa con su marido e hijo. Tras la máquina, que sólo busca realizar eficazmente, y con la pertinente distancia, su labor, pero no comprender, lo que implicaría mancharse ( porque la vida mancha), hay algo separado con condición humana (cual Jekyll y Hyde pero una dualidad seccionada voluntariamente y controlada). En un caso u otro, es la enajenación del Orden, perdidas ya las raíces o los horizontes ( Trinidad) o neutralizados como máquinas ajenas a lo real (Leiva y Chacón).

También coinciden ambas películas en el componente de la diversidad étnica, o en la condición del otro con otras señas de identidad étnicas ( y en el espacio de la no legalidad; son las figuras sospechosas o amenazadoras). En la de Lumet, los latinos, y en concreto los cubanos. En la de Urbizu, los colombianos y los musulmanes. Es admirable cómo conjuga la subtrama del grupo musulmán preparando los atentados (bombas camufladas en extintores; irónico en un paisaje humano, como el descrito, necesitado de otro tipo de extintor). Hay otra vertiente muy sugerente en esa doble dirección narrativa, la cual conecta con Conspiración de silencio (1955), de John Sturges. En esta se conjugaban las perspectivas de un recién llegado a un pueblo perdido en el desierto y las de algunos recelosos habitantes. Uno se preguntaba qué ocultaban y los otros qué buscaba ese hombre. En No habrá paz para los malvados, Trinidad parte de una cuestión personal, que le afecta solo a él, la búsqueda de un testigo que pudiera incriminarle, a una cuestión colectiva, que afecta a los ciudadanos en general, ya que en su búsqueda se encontrará con que ese hombre está relacionado con una célula terrorista que pretende realizar un atentado con extintores, colocados en varios lugares públicos, como supermercado o cine. Su búsqueda egoísta termina siendo beneficiosa para un colectivo. Por su parte, los investigadores policiales buscan respuestas en aspectos generales, habituales escenarios de conflicto, como el narcotráfico o el terrorismo, sin poder considerar en ningún momento que la causa de los crímenes fue un elemento anómalo, el extravío de un hombre que descargó su amargura y rabia vital en aquel momento con aquellas tres personas, independientemente de cuáles fueran sus actividades. Urbizu demuestra su gran talento como narrador, su impecable precisión, su sabio uso de los planos generales, sin enfatizar acciones, como cuando pregunta la encargada del caso en el night club donde Trinidad ha realizado los crímenes qué es ese olor, y le contesta Leiva que en esos sitios siempre huele así. Urbizu logra que se sienta el peso de las sombras, que dominan buena parte de la obra, sombras que sangran, que tiemblan, que hieden. La secuencia final recupera, combinado, el aliento de ciertos finales de obras de Schrader o Peckinpah, aunque aquí no hay ni redención. Su destino, en caída libre, ya estaba marcado (su gesto sosteniendo con un dedo su pistola como, en las secuencias iniciales, en la oscuridad de su hogar, tras matar a las tres personas en el club nocturno). Además, nadie sabrá lo que contienen esos extintores que no explotarán (metáfora de una violencia larvada).

domingo, 20 de marzo de 2016

Mis 10 películas del cine español

1.Vida en sombras (1948), de Lorenzo Llobet-Gracia
2. El espíritu de la colmena (1972), de Victor Erice
3. La vida por delante (1958), de Fernando Fernán Gómez
4.Cielo negro (1951), de Manuel Mur Oti
5.Plácido (1961), de Luis G Berlanga
6.Mi tío Jacinto (1956), de Ladislao Vajda,
7.El último caballo (1950), Edgar Neville
8.Madregilda (1993) de Francisco Regueiro
9. La vida mancha (2003), de Enrique Urbizu
10.El inquilino (1957), de José Antonio Nieves Conde. Caimán Cuadernos de Cine quiere conmemorar su número 100 de mayo con una encuesta en la que 300 especialistas en el estudio, análisis, difusión y programación cinematográfica (estudiosos, críticos españoles y extranjeros, periodistas especializados, historiadores, programadores, profesores de universidad, directores de festivales españoles, muestras de otros países dedicadas al cine español, filmotecas, escuelas de cine, hispanistas y estudiosos del cine español en universidades extranjeras, etc) eligen las que consideran las 10 mejores películas del cine español. Y entre esos 300 me han considerado a mí. Lo cual agradezco. No sé sí las mejores, pero diría que sí mis preferidas. Como ocurre cuando tienes que constreñir una selección a una cifra, siempre se queda alguna fuera que podría haber integrado esa selección. En este caso, tuve que dejar fuera a 'En la ciudad de Sylvia' (2007) de José Luís Guerín, 'A tiro limpio' (1963), de Francisco Perez Dolz o 'Magical girl' (2014), de Carlos Vermut. Aunque también dudé sobre qué película elegir con respecto de algunos de los directores que conforman la selección. Podrían haber estado 'El sur' (Erice), 'El verdugo' (Berlanga), 'La vida en un hilo' (Neville), 'Los peces rojos' (Nieves Conde)o 'El cebo' (Vajda). En algunos casos opté por obras que me parece que reflejan mejor, o con más agudeza, nuestro presente que mucho cine actual (caso de 'El último caballo' o 'El inquilino'), como es tambíén el caso de la obra dirigida por Fernán Gómez ( estuve tentado de puntualizar que hubiera escogido el díptico que forman 'La vida por delante' y 'La vida alrededor'). Y además, también quería resaltar, y por tanto homenajear, la figura de Fernando Fernán Gomez como figura capital en cuanto actor y director del cine español (protagoniza cinco de las seleccionadas). .

jueves, 17 de octubre de 2013

La vida mancha

 photo OIR_resizeraspx_zps64739001.jpg Hasta los expertos en guardarse el conveniente as en la manga para resolver las situaciones más peliagudas pueden encontrarse con que hay partidas que no permiten el uso de mangas. Y quizás pierdan. A algunos de esos expertos se les solían llamar héroes, aunque en los westerns a veces se confundían con ciertos forajidos, o pistoleros, hombres en una extraña línea difuminada, hombres de los que no se sabía si no querían asentarse en un hogar, o no lo encontraban porque se habían extraviado. Pasajeros de la vida de dirección indeterminada, o cuando menos difusa. Cabalgan con su sombra, o quizás la llevan en su maleta de equipaje, pero sin duda es una sombra esquiva. Y algunos dejaron claro que los héroes también se manchan, en ocasiones con su propia sangre, en otras con la decepción y la frustración. 'La vida mancha' (2003), de Enrique Urbizu, no es un western en su apariencia, pero sí en su entraña.  photo OIR_resizeraspx4_zpsea0049ed.jpg  photo OIR_resizeraspx5_zpsfd459821.jpg Hay un forastero que llega, Pedro (José Coronado), un hombre ausente durante catorce años que retorna por motivos difusos, aunque uno parezca manifiesto, viene a ver a su hermano, Fito (Juan Sanz), camionero, casado con Juana (Zay Nuba) y con un hijo. Un hombre asentado, aunque sus cimientos son más bien frágiles No es como aquellos honestos rancheros que se veían amenazados por la presión de los poderosos caciques que pretendían quedarse con su terreno. Es alguien cuyo principal enemigo es él mismo. Hay un saloon, la parte trasera de un bar donde se disputan partidas de cartas, en el que Fito se deja cada vez más dinero que amenaza con demoler su vida. Su hermano es el experto tahúr, el hombre que domina el escenario, el hombre que se escurre en el enigma porque no quiere compartir esa vida que parece que más bien sobrevolaba, como si no fuera con él. Pedro es el hombre de gesto firme y resuelto que sabe afrontar la situación, con el oportuno as en la manga, para arreglar la precaria circunstancia de su hermano, como el pistolero que se enfrentaba al sicario de los caciques, aunque a veces también resultara herido, como Shane en 'Raíces profundas' (1952), de George Stevens.  photo OIR_resizeraspx3_zps1996e49b.jpg  photo aa393dcd5c2c444f95a29d2899ede422_zpsd7fcca91.jpg Pedro también resulta herido aunque en sus entrañas. Porque alguien que tiene a dominar con tal destreza las circunstancias más extremas, y sobrevivir en el filo, se enfrenta ante un torbellino que es siempre mucho más difícil de controlar y dominar, los sentimientos. Los sentimientos cortan. En su mirada, en el transcurso del relato, se aprecia cómo prenden unas ascuas desde el momento en que conoce a .Juana. Su mirada la explora, la tantea, la busca, y es absorbida por esa piel en su mirada que le cautiva, para el que no hay as en la manga que logre solventar el peso de unas circunstancias. Pedro puede desprenderse del amor de su hermano, del daño que podría realizar, porque es un superviviente, y quizá nunca ha sabido de sacrificios, porque se ha mantenido en el aire, sobrevolando, y sólo tomaba tierra para repostar. Pero la vida tiene imprevistos, que pueden llamarse accidentes, y en ocasiones resultas herido, como su hermano que, tras sentir que comienza a salir a flote, es apalizado cuando conduce el camión por tierras francesas. Y Pedro encaja la paliza de una negativa. No sabes cuándo te hundes o te estrellas. Sueñas con caminar sobre las aguas, pero no es sino una ilusión, porque la vida mancha.

sábado, 12 de octubre de 2013

En rodaje: Enrique Urbizu y José Coronado

 photo 7cdc746dc1f945a3af88991b2362374956_zps0950d0d8.jpg Enrique Urbizu y José Coronado durante el rodaje de la espléndida 'No habrá paz para los malvados' (2011)

La caja 507

 photo OIR_resizeraspx_zpsc871d2af.jpg No siempre es fácil encontrar la dirección idónea. Por mucha determinación y capacidad de resolución que tengas, lo fortuito y lo aleatorio pueden propiciar que te precipites en un callejón sin salida, para cuando te vuelvas encontrarte con que tienes la salida bloqueada. Rafael (Jose Coronado), intenta dominar un escenario movedizo del que salir indemne y extraer las convenientes ventajas, ya que juega entre dos fuegos, el de las rivalidades de poderes entre dos hermanos que dirigen, en España e Italia, unos negocios ilegales en los que la especulación de los suelos e inmobiliaria es pieza fundamental de trapicheo y beneficio en el sur de España. Arrasan con lo sea, untan a quien sea que detente un cargo institucional. Rafael es una de sus piezas, el ejecutor de los trabajos sucios. Rafale juega con la manipulación de las apariencias, con la doble cara, porque no duda en abandonar el barco cuando avista la vulnerabilidad de su jefe, Marcelo, no sólo de modo legal. Y en esto, para salvar su pellejo y sumir en el vacío a su jefe, son cruciales ciertos papeles que registran todos los trapicheos y sobornos realizados en la zona durante años, que ironías del azar, 'desaparecen' de la caja (507) del banco donde estaban guardados, tras que se perpetre un atraco. Su línea de acción viene dictada por la lógica, por lo que las apariencias indican. Parece que tienen que Ser los atracadores quienes posean esos papeles tan valiosos. Espejismo, dirección incorrecta.  photo 6_zps23a305db.jpg Él juega con las apariencias, pero hay quien se confunde la maleza porque no necesita hacer uso de las apariencias. Con lo que Rafael no cuenta es con un elemento que desestabiliza la lógica y que evidencia que las apariencias pueden ser muy equívocas o insuficientes. No prevee lo retorcido que puede ser el azar, la irrupción de un elemento extraño como un asteroide que cayera el espacio de modo imprevisto. No puede preveer que Modesto (Antonio Resintes), el director del banco que ha sido amordazado y atado en el interior de la cámara se fije en esos papeles cuando sienta la necesidad de vomitar y use la caja 507 como recipiente. No puede preveer que fuera el padre de una chica de diciesiete años que murió en un incendio en una de las parcelas que habían sido objeto de los trapicheos. El accidente huele a quemado, y a podrido: cuando la falta de escrúpulos arrasa puede llevarse por delante a una chica. Daños colaterales no previstos. Como Modesto se convierte en una amenaza no prevista.  photo OIR_resizeraspx5_zps08e04a30.jpg La voz narradora de 'Magnolia' (1999) diría que no puede ser sólo casualidad, El detective que encarnaba M Emmet Walsh en 'Sangre fácil' (1984), de los Hermanos Coen, soltaría una carcajada desesperada mientras la gota que cae en su cabeza se convierte en lo último que verá en su vida tras morir por una estúpida confusión. Hay cosas que no puedes prever, todo no lo puedes controlar. Realizas una labor de funambulismo para salir indemne en el enfrentamiento entre dos peligrosas bandas de delincuentes criminales y tu vida se va al garete por la imprevista intervención de un accidente, de un director de una sucursal bancaria dominado por la furia de la venganza. Rafael podía unirse a esos manipuladores de las tres últimas obras de Mankiewicz. Modesto es como la imprevista serpiente de 'El día de los tramposos' (1970), o la figura de apariencia inofensiva que parece en los márgenes, como la secretaria que encarna Maggie Smith en 'Mujeres en Venecia' (1967). Y, como en el caso, del personaje de Michael Caine en 'La huella' (1972) no se puede subestimar al agraviado, al que se cree que está acostumbrado a soportar las humillaciones de los poderosos, de la vida.  photo OIR_resizeraspx24_zpsffde1670.jpg Modesto se beneficia, además, de saber dominar el lenguaje de la selva financiera, de los enredos de cálculos y porcentajes y cifras en negro. Y se beneficia de ser una sombra, una figura ajena a ese escenario en la que nadie puede imaginar que pueda interferir y menos condicionar de modo radical. Su determinación, que se nutre de su furia (incrementada por la paliza que los atracadores han infligido a su esposa) se convierte en la necesaria dinamo para arrasar con lo que sea en busca de los responsables que se esconden entre las sombras de sus enrevesadas maquinaciones y escenificaciones para acumular dinero. 'La caja 507' (2002), se convierte, a través de este personaje de Modesto, en la liberación de una rabia, la de Enrique Urbizu, tras sus frustrados intentos de intentar adaptar 'Esos cielos' de Bernardo Atxaga. Y la amplió, como un aspersor corrosivo, hacia ese entramado enmarañado de alianzas que no sabe de cielos sino de corromper suelos, el escenario sobre el que se sostiene nuestra realidad en proceso de demolición. 'La caja 507', escrita por él con la colaboración de Michel Gaztambide, es una de esas películas que transmite la sensación de que tiene los planos justos y necesarios y en el ángulo y tamaño adecuado. Es un portento de precisión y condensación. Como el tiralíneas que ejecuta Modesto cual honda que da de lleno en el ojo del gigante, Urbizu demuestra su inmenso talento como narrador. La conclusión, ese hermoso encuadre de Modesto con su esposa, ante el mar, es como la soberana culminación de un único trazo de orfebre que es, además, un necesario escupitajo ácido.  photo OIR_resizeraspx2_zpsbfef41f5.jpg