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jueves, 30 de noviembre de 2017
El sacrificio de un ciervo sagrado
Mordisco al aire. Es una metáfora, es un símbolo, dice un personaje de 'El sacrificio de un ciervo sagrado' (2017), de Yorgo Lanthimos, mientras se arranca con un mordisco un trozo de carne de su propio antebrazo. Pero en esta obra ganadora del premio al mejor guión en el pasado festival de Cannes no hay demasiado símbolo, o la metáfora tampoco tiene demasiado relieve, como tampoco particular carne (en cuanto sustancia, metáfora reveladora de nuestra cultura predominantemente carnívora) su conflicto dramático. En suma, que, pese a las apariencias o más bien infulas, no hay demasiado que morder. Como las recientes 'Madre!', de Darren Aronofsky, y 'Hacia la luz' de Naomi Kawase, resulta más sugerente en sus primeros compases, cuando las incógnitas o las interrogantes se plantean, y se mantienen un tiempo estiradas. La primera acababa atropellándose en la inflamación del símbolo, y la segunda no acaba de cohesionar en la relación entre los dos personajes protagonistas, un fotógrafo que ya casi no ve y una chica que se dedica a convertir en palabras con imágenes aunque aún tenga ciertas dificultades de percepción y discernimiento, las sugerentes cuestiones planteadas en su primera mitad, cuándo el arte expresa demasiado, explicita y subraya en demasía, o cuándo más bien sustrae en exceso, y puede resultar opaco o escaso (carente de expresividad). Sus preguntas podrían extenderse a estas tres peculiares obras que no calificaría ni de malas o buenas, ni siquiera fallidas. Para ser más preciso, diría que me resultan o parecen insuficientes.
La obra del cineasta griego coincide con la de Aronofsky en la orquestación de una atmósfera enrarecida e intrigante en sus primeros pasajes. En una, a través de la mirada interrogativa del personaje de Jennifer Lawrence, quien intenta perfilar los nexos entre las desconcertantes piezas del puzzle de lo que sucede a su alrededor (la actitud de su marido y de los visitantes, la relación entre unos y otros...), en definitiva, su relación con la realidad. En otra, a través de la extrañación. En primer lugar, a través de su recurso expresivo más notable, el empleo de la música (sin una melodía reconocible, tonalidades agudas de violín y violoncello, como si un afilador compusiera esos acordes, distorsión: 'Rejoice IV', de Sofia Gubaidulina, 'Concierto para violoncello y orquesta', de Gyorgy Ligeti o 'De profundis', de Janne Rattya) se potencia una atmósfera desasosegante, e introduce, como una fisura, un malestar, la sensación de que hay una brecha aun visible que en cualquier momento se evidenciará, como la supuración que permanece oculta mientras la infección aún continúa propagándose cual herida interna mal cicatrizada.
En segundo lugar, por la estratégica sustracción de información. Hay explicaciones que funcionan dentro de la lógica consensuada. Y las hay que no. Entre estas están las que, incluso, se aceptan según una suspensión de la credibilidad o lógica fantástica (acontecimientos relacionados con seres fantasiosos : una bruja, un vampiro, etc, o las de condición onírica). Pero, por otro lado, están aquellas, aparentemente anómalas, en las que resulta difícil encontrar su secuencia causal o se nos sustrae su explicación. Al respecto de esta última opción está la conclusión, con paradójica y muy mordaz falta de conclusión, de la magistral 'Los pájaros' (1963) de Alfred Hitchcock, o la incógnita irresuelta sobre por qué los personajes no podían abandonar el piso en 'El ángel exterminador' (1962), de Luís Buñuel, cineasta al que expresivamente parece más afín Lanthimos. En su película, hay una crucial información (de lógica consensuada) que pronto se revelará, la cual concretará, y por lo tanto esclarecerá, la relación entre dos personajes, entre un cirujano del corazón, (Colin Farrell), y un adolescente, Martin (Barry Kreogh), relación que hasta entonces resultaba desconcertante (¿por qué esa relación, por qué el cirujano le introduce en su escenario de vida e invita para que conozca a su familia, esposa y dos hijas, por qué el adolescente parece tan obsesionado con el cirujano, al que no deja de visitar en el hospital cada día y también invita a su casa para que conozca a su madre con la que espera que entable una relación sentimental?). Cuando se evidencian las motivaciones, podríamos estar hablando de una película convencional de genero (un personaje tiene una cuenta pendiente con otro). Pero no estamos en una película que quiera ser o aparentar ser convencional.
Esto se evidencia en cómo enfoca o plantea la otra información crucial, o su sustracción: qué es lo que afecta a la salud de los componentes de la familia del cirujano, o, más bien, cómo puede ser, cómo se causa. Esta sustracción de información nos remite de nuevo a Buñuel, cuyas apuestas podían ser más certeras, como en el caso de la película mencionada, una de sus grandes obras, o podía diluirse en cierta indefinición o desmañada narrativa, como en varias de sus producciones de la década de los setenta. El enrarecimiento y la turbiedad se acentúan, pero los personajes no se preguntan demasiado por los anómalos fenómenos, o cómo pueden ser generados (quizá si estuviéramos en una película convencional de genero, pero estamos en una de símbolos y metáforas), porque más bien se pretende desentrañar, como la piel que deja en evidencia las entrañas (como el plano del corazón que abre la narración), la inconsistencia de la mirada o vida del cirujano, o su parálisis y ceguera vital consustancial, como representante de una clase acomodada que esconde sus corrupciones (si estuviéramos en los setenta alguien sacaría a colación que es una disección de la burguesía), por eso los personajes pierden movilidad o les sangran los ojos.
Pero ¿realmente se muestran las entrañas, esa inconsistencia de vida, o realmente las hay? De alguna manera, como la película de Aronofsky, parece una película un poco ajada, por recurrir a ciertas formas de narrar heterodoxas de los sesenta y setenta, a una forma de considerar el símbolo o la metáfora, o su exposición en primer término, como una sublevación con respecto al cine convencional u ortodoxo. Por momentos, sus logradas atmósferas de enrarecimiento elevan la narración, aunque no en el grado o continuidad, por ejemplo, de otra película protagonizada por Nicole Kidman, la excelente 'Reencarnación' (2004), de Jonathan Glazer, que sí sabía generar extrañamiento (la alteración radical en un personaje de la percepción de su vida) con una exquisita musicalización de la narración, a la vez que integraba con sutileza el símbolo en el cuerpo de la narración. En cuanto turbiedades atmosféricas Glazer también fue más efectivo, y aún más heterodoxo, pero sin parecer remitir a construcciones formales y dramatúrgicas de décadas pasadas sino abriendo sendas en el cine inmersivo, en 'Under the skin' (2013). La película de Lanthimos, precisamente, cojea en la inmersión. Por eso, apuntaba que me resultaba insuficiente. Aun con pasajes puntuales sugestivos (relacionados con el empleo de la música) , al final, sus sugerentes aspectos formales o atmosféricos no es que se inflamen con demasiado símbolo, como en la de Aronofsky, o que no logren a las metáforas dotarlas de suficiente cuerpo dramático a través de la relación de los personajes, como la de Nawase, es que ni el símbolo tiene tanto relieve sustancial (y sí quizás infulas de transcendencia), ni el conflicto de los personajes parece acabar de supurar como debiera, como si se quedara en medio de quién sabe qué, o a la carne dramática le sobrara demasiada grasa (de indefinición). En suma, como un mordisco al aire.
sábado, 30 de septiembre de 2017
Madre!
Perturbaciones de un creador. Hay películas que resultan interesantes por las reflexiones que suscita su enfoque expresivo, cuando tensan la relación entre desarrollo dramático y trance simbólico, entre lo real y lo imaginario, entre lo que es y lo que representa, entre el personaje y la entidad. Hay películas cuya perspectiva fluctúa entre la multiplicidad y la restricción, la convención y el riesgo. Hay películas que resultan más sugerentes durante su recorrido que tras su conclusión, cuando las respuestas han menguado las interrogantes. Hay películas que pueden verse desde variados ángulos, por ejemplo desde el principio o desde el final, y son la misma pero al mismo tiempo diferente película, una abre a lo posible y la otra enclaustra y comprime. 'Madre!' (2017), de Darren Aronofsky es todas esas películas.
1. En el principio, la incertidumbre. En el principio, la fractura, la herida, el rostro de Jeniffer Lawrence, las interrogantes. Las primeras imágenes nos sitúan en un escenario abstracto, y a la vez en el territorio de las interrogantes, que nos anuncian que el desarrollo narrativo se encargará de precisar los nexos entre unas imágenes entre las que resulta complicado establecer relación: una mujer que se abrasa; un hombre, él (Javier Bardem), que con expresión de orgásmica satisfacción, deposita un diamante como si fuera su tesoro más preciado. Un hogar arrasado por el fuego, tiempo que retrocede y recupera los cuerpos de las cenizas. Quemaduras, joyas. Por el momento, lo concreto parece deslizarse en los lindes de lo abstracto, o quizá lo imaginario. Lo concreto, el rostro de Jennifer Lawrence, en particular, su mirada, que todo lo observa como si la realidad no dejara de desencajarse, como si las piezas o nexos de la realidad se hubieran desestabilizado, o como si se encontrara en permanente estado de vulneración y amenaza. La mirada de Jennifer Lawrence (porque su personaje no tiene nombre como ninguno de los otros, o nadie los concreta) comienza a advertir fisuras: el hogar, la casa, parece convertirse en correlación o extensión de su propio cuerpo, de su propia mente. Parece percibir en las paredes una imprecisa presencia, como el feto en el vientre de un niño. La sangre que brota de la violencia horada la madera de la casa, como el ácido del alien, y conduce al sótano, donde se descubren pasajes secretos. La casa parece fracturarse, como la estabilidad del personaje de Jennifer Lawrence, que padece la distancia que siente en su marido, quien, por su parte, parece sufrir por cierto bloqueo creativo, como si la inspiración se hubiera distanciado de él. ¿O es él mismo quien dificulta la conexión con la inspiración?
La distancia entre la pareja se acrecienta, o se hace más evidente, por la progresiva irrupción de unos extraños. Irrumpen, pero a la vez son invitados por el marido, quien no parece atender los deseos y la voluntad de su esposa. Esta parece quedarse atrapada en su aislamiento, combinación de perplejidad y temor, como los contornos del encuadre parecen encajonarla, pese a que su mirada intente descifrar la espesura de los acontecimientos que no logra entender alrededor, y que no cesan de superarla, como si la fueran oprimiendo cada vez más en su desconcertado aislamiento. Se palpa la tensión entre ambos, y la gestación o no de un hijo parece una herida latente, resentimientos no expresados que permanecen tras una pared, como un feto difuso. Los extraños irrumpen como el goteo de una cañerías que se van resquebrajando: Un hombre, encarnado por Ed Harris, cuya especialización en la profesión médica está relacionada con las fracturas, con los traumas. Es un hombre que parece enfermo, cuyo cuerpo se sacude por una violenta tos, y cuya piel evidencia descomposición. Una mujer, esposa del anterior, encarnada por Michelle Pfeiffer, que se desplaza por la casa como si se apropiara de ella, como si cualquier rincón pudiera ser revelado. Unos hijos, encarnados por Domhnall y Brian Gleeson, que irrumpen con la tensión de la disputa, que deriva en agresión y muerte. ¿Son el reflejo de lo que podría ser el futuro de su relación, el reflejo de los miedos de ella, dado el atasco en el que permanece sumida su relación? ¿Son el reflejo de la fractura de su relación que parece extenderse como la grieta en una casa sin que logre controlar su expansión? ¿Se quema la relación y ese diamante es el símbolo de su brillo pretérito, el de la idealización, que se consume o ya se gasta en los propios silencios como un mero sueño que se pervirtió? ¿Circulamos en la mente de un personaje, el de ella, como en ciertas películas de David Lynch? Las interrogantes, que son fracturas y fisuras, abren posibilidades. Y a la vez se transmutan en perturbaciones, y Aronofsky suele dominar las perturbaciones narrativas, la opresión que emana de la interacción entre la mirada y los tamaños de los planos, la interacción entre lo que los personajes sienten y lo que miran, y se les escurre o sienten que les agrede.
2. En la clausura, las certezas. Desde el momento en que la narración se desquicia, del mismo modo que se tambalea el espacio físico, la casa, por la irrupción, no ya de otra pareja, con familia consolidada, y degradada, sino de una multitud relacionada con los admiradores de la obra narrativa del marido, la misma película, a la vez que se define y perfila, se derrumba, aunque Aronofsky mantenga el pulso narrativo en esa precipitación dislocada. Evidencia, por un lado, que habitamos el terreno de la abstracción y el símbolo. Aunque la perspectiva haya sido la de ella, se habla sobre todo de él. Ella es la inspiración, la musa, incluso la madre naturaleza. Él, el artista, el creador, que busca ese diamante emblemático que corrobore y afirme su singularidad y excepcionalidad. El creador que quema su inspiración, que se bloquea porque se distrae y ofusca con lo que más bien encierra su imaginación como una empalizada que él mismo construye. Se ha vaciado porque no conecta con la realidad, con su alrededor, ya extraviado en su ensimismamiento. El creador que se enajena y obnubila con las vanidades del éxito, con los placeres de los halagos y las reverencias. El escenario ajeno, exterior, en cuanto mero contraplano complaciente, abrasa la sustancia de la inspiración, el hogar interior de donde brota la carne de la creación. La joya, el diamante del éxito, es la prioridad que quema la naturaleza de la creación, la implicación de las entrañas en la expresión artística. El mundo alrededor, la naturaleza, en función del ego.
3. La enajenación y el extravío. Aronofsky ha explorado hasta ahora un variado tipo de enajenaciones. El enajenamiento de este creador, él, no dista del de la bailarina protagonista de 'El cisne negro' (2010), aunque en esta se remarcaba una escisión o desdoblamiento en la mente de ella, una distorsión en su percepción de la realidad, consecuencia de un desajuste o desequilibrio, entre el cuerpo y la idea, entre sus emociones y la sublimación a través del arte, como criatura escénica, que pretende materializar. En 'Madre!' opta por la perspectiva, en el interior del creador, de la inspiración que se ve abandonada, ultrajada y quemada, como el planeta que degradamos, y que evidencia la escisión del creador, su degradación, ya que subordina la creación a su ego. En 'Noe' (2014), la ofuscación adquiere otras dimensiones, ya que Noe se obnubila en lo que piensa que es el mandato divino, mandato que sus emociones no quieren materializar, lo que determina su conflicto interno, sin que se ponga en cuestión la transcendencia. En el lado opuesto del cuadrilátero Aronofsky coloca a su otro extremo, representante de esa enajenación muy extendida que no necesita de transcendencias sino de que su voluntad se cumpla sin reparos ni impedimentos. Tubal Cain (Ray Winstone) piensa que no hay nada que deba oponerse a la apetencia del ser humano, a su capricho: todo está al servicio del ser humano, el planeta, las otras especies y, entre los seres humanos, los más débiles al de los más fuertes, un equivalente en actitud al creador que encarna Bardem en 'Madre!'.
No dejan de ser narraciones con talante apocalíptico o agónico. En los tres casos, a Aronofsky se le espesa, cortocircuita o desquicia la narración en su último tramo. Al final, 'Madre!', adolece, como 'Cisne negro', de ser más esquemática de lo que prometía su sugerente primer tramo, aunque, al menos, sean más efectivas en la creación de atmósferas turbias que 'Noe', que no lograba densificarse, varada, al pairo. Aunque sí las tres lejos de las concisas intensidades de su mejor obra 'El luchador' (2008), protagonizada por otro personaje al margen. En 'El luchador', el símbolo se integraba de modo más orgánico en el vibrante desarrollo dramático, que tejía sobre el contraste entre unas condiciones de vida precaria, difíciles, siempre en el filo, y el espacio del éxito, o de lo 'posible', como el escenario en el que quizá conseguir librarse de esas penalidades, el del espectáculo, el cuadrilátero de lucha libre en el que combate Randy (Mickey Rourke). 'Madre!' no alcanza tampoco la vibración lisérgica de 'La fuente de la vida' (2006), aunque esta no dejara de ser un tanto errática, o a veces transmitía más la sensación de ser un vídeo clip alargado al servicio de la prodigiosa banda sonora de Clint Mansell. Aronofsly realiza una apuesta arriesgada, una propuesta dramática en el territorio de la abstracción y el símbolo que encuentra sus más efectivos logros en la exploración de una mirada que se interroga, sobre la que construye unos sugestivos pasajes narrativos que desestabilizan con las interrogantes frente a la incertidumbre. Cuando cierra contraventanas y tapia el edificio con las respuestas el misterio se transfigura en una metáfora de filo incisivo pero insuficiente como equipaje de una inmersión narrativa que se ahoga en convenciones de cine simbólico que parecen ya un tanto caducadas. El riesgo también puede adolecer de ciertas convenciones.
viernes, 13 de noviembre de 2015
20 películas sobre el mundo de las drogas
Aprovechamos que se estrena la excelente 'Sicario' para repasar, entre las múltiples obras realizadas sobre o alrededor de las drogas, una particular selección que pueda servir de guía y reflexión, e incluso invitación a cruzar, apropiadamente, las puertas de la percepción de las que hablaban William Blake y The doors (aparte de revisar de nuevo 'Dead man', 1995, de Jim Jarmusch', el 'viaje' más estimulante que ha deparado el celuloide).
Durante décadas, en concreto desde los 50, se han realizado obras que remarcaron la devastación que implicaba el consumo de esas sustancias ilegales que se inyectan o inhalan o ingieren. Las obras que demonizaban su consumo nunca atendían a las causas o circunstancias. Meramente, señalaban lo nocivo de ese consumo, como si fuera el enemigo, es decir, el reverso de la actividad funcional de quien cumple su cometido en el engranaje socio económico. Consumir drogas no es productivo, es convertirse en desperdicio, en lastre para el sistema. Otras obras sí han reflexionado sobre las diversas causas o circunstancias particulares que determinan la elección de ese consumo. O sobre la importancia de la medida y la calidad de la sustancia, es decir, sobre la necesidad de información e instrucción O han explorado la significancia de su experimentación, su reflejo de un modo de vida, o de sentir, alternativo.
Otras han incidido en la cuestión del narcotráfico, en unas retratando a los combatientes del Mal, y en otras evidenciando cuán conveniente puede ser para el Orden instituido, y cómo incluso se establecen alianzas interesadas. Como también se ha puesto en cuestión el uso de adicción controlada, por la prescripción facultativa, reflejo de una dictadura de las empresas farmacológicas que han inoculado a la sociedad la convicción de la necesidad de las medicaciones recetadas. Y las hay que han reflexionado sobre las diferentes formas de enganches.
En cuanto a los modos de expresar, materializar, los trances del consumo de drogas, las hay que optan, como 'Requiem por un sueño', por un montaje que remeda el ritmo del hip hop, un montaje fragmentado con un número superior de planos por minuto de lo que suele ser la media. Una producción normal de su duración (100 minutos) suele tener entre 600 y 700 planos. En 'Requiem por un sueño', hay 2000. La obra de Aronofsky opta por el tratamiento estilistico, que también suele ser calificado como 'speedico', por el que ya optaron en el pasado los montajes psicodélicos de 'Easy rider' o 'The doors', entre tantas otras. La cuestión es en qué medida son un eficaz reflejo sensorial o un mero recurso estridente que dota de más relevancia al efecto (el efectismo) sobre las sensaciones, más allá de que haya trances muy variados, unos más agitados, otras más ralentizados.
Contrástese secuencias de las películas citadas con aquella excelente de 'Traffic', una opción 'ambiente', cual deslizamiento y extrañación, en la que cuatro jóvenes hablan del vacío que sienten en las relaciones y en los valores sociales mientras consumen drogas hasta que uno de ellos comienza a sufrir los efectos de la sobredosis (considérese, metafóricamente, como sobredosis de un vacío). Eso sí, si uno quiere ponerse una película para 'ponerse' muy risueñamente, sin duda puede elegir entre 'Puro vicio' o 'El gran Lewobski'.
1.'El hombre del brazo de oro'.
El hombre del brazo de oro lo es por su buena mano con las cartas. Frankie Machine (Frank Sinatra) lleva la banca en el juego, pero no domina la de la vida. Y quiere ser batería de jazz, marcar el ritmo, tener la libertad de improvisar. Pero depende de los demás, del ritmo que pretenden marcar otros, de su mezquindad, que le 'consume'. Y su brazo se doblega, como ante la heroína a la que se hace adicto. 'El hombre del brazo de oro' (1955), de Otto Preminger es una obra áspera, sin concesiones. Fue todo un hito, porque Preminger doblegó a la censura y, por primera vez, en una obra de un gran Estudió se mostró sin ambages la adicción a las drogas, incluidas dolorosas y sobrecogedoras secuencias de alguien enfrentándose al 'mono'. Pero, ante todo, es una obra sostenida sobre una aguda reflexión sobre las dependencias que nos creamos o que nos determinan otros con sus aviesos intereses, como su esposa Zoscha ( Eleanor Parker), quien se aprovecha de la culpa que él siente por el accidente de coche que la dejó postrada en una silla de ruedas, cuando ella, realmente, puede andar. Un ejemplo de que cómo el infierno pueden ser los otros. Otra variante del 'vampiro ( o más bien, parásito) emocional' que tan bien sabe hacer uso del victimismo como estrategia para imponerse consumiendo al otro.
2.'Combate decisivo'.
El título original de esta notable obra de Andre De Toth de 1957, 'Monkey on my back' se puede traducir como 'Tener el mono', la expresión que alude a quien es prisionero de guerra de la adicción a la droga. La necesidad le supera y necesita consumir más, se convierte en tirana necesidad vital. Barney Ross (Cameron Mitchell) libró tres combates, en un ring de boxeo, en donde se convirtió en campeón del mundo, en el Pacífico Sur, durante la Segunda guerra mundial, donde fue condecorado como un héroe por salvar a un compañero en la batalla de Guadalcanal, y con la morfina a la que se hizo adicto durante el proceso de recuperación de la malaria que contrajo durante la contienda. La película sorteó el Código de censura, que había exigido que se eliminara del montaje una escena en la que Barney se inyecta la morfina. Se optó por estrenarse sin el sello de aprobación de la censura. Particularmente memorables son las descarnadas secuencias en un lluvioso y embarrado campo de batalla.
3.'Easy rider (Buscando mi destino)'.
'Easy rider' (Buscando mi destino) (1969), de Dennis Hopper, fue también un hito en muchos aspectos. Se convirtió en estandarte de una sensibilidad contestataria, el cuestionamiento de la autoridad, la alternativa de vida con las comunas, y la apología de la liberación a través de la embriaguez de los sentidos, del sexo sin límites y el trance de las drogas que se despreocupaba de toda imposición de límites. Todo un icono de la contracultura, en la que se había ya convertido Peter Fonda con las previas 'The wild angels' y 'The trip' (un viaje alucinógeno compartido también con Hopper, y guionizado por Jack Nicholson, quien también participa como secundario en 'Easy rider'). Los dos hippies protagonistas, o los dos peludos desgreñados para las mentes pacatas del orden, que recorren con sus motos las carreteras de Estados Unidos se convirtieron en emblema de esa mentalidad que no se plegaba al orden instituido. Su desplazamiento sin dirección era ya un gesto de rebeldía. El éxito comercial de la película también determinó un cambio radical en las esferas de la producción de Hollywood, ya que vieron cuán rentable podía ser una película de bajo presupuesto.
4.French Connection/French connection II.
'French connection. Contra el imperio de la droga' (1971), de William Friedkin, era un engranaje bien engrasado, una persecución, un mecanismo que circulaba con arrolladora velocidad, como la misma persecución automovilística que se convirtió en uno de sus emblemas icónicos más célebres. El otro, un gesto, la sonrisa irónica del narcotraficante Charnier (Fernando Rey) cuando logra sortear en el metro a su obcecado perseguidor, el policía que no consigue apresarle, Popeye Doyle (Gene Hackman). Una conclusión frustrante, Esa sonrisa de despedida quedó como un arañazo en el orgullo de Doyle, quien no aceptó que fuera una despedida. En 'French connection II', de John Frankeheimer, continuación notoriamente superior a su precedente, aunque carezca de su mítica. Doyle persiste en su persecución, ahora en Marsella. Porque sufre una adicción, necesita capturar a Charnier, y reacciona con la agresividad del mono. El hombre que quiere morder con su bala a su presa, no deja de cometer torpezas por su impulsividad: Provoca la muerte de un infiltrado entre los narcotraficantes, y cae cautivo de quien persigue. La tortura consistirá en hacerle adicto a la heroína. Doyle forcejeará con su 'mono' en una celda de la comisaria, tras ser liberado por Charnier. Una liberación que sigue siendo cautiverio, y dominio por parte de Charnier. La impotencia de Doyle es doble. Pero no hay transformación en Doyle. Bestia visceral resurge arrollador, incendiando un hotel y golpeando con saña a un posible informador. No hay otro horizonte en su vida que Charnier. Una adicción cuyo mono es mucho más difícil de superar que el de la heroína. Por eso, la película termina abruptamente, con el disparo mortal, con la muerte de su presa. No hay más. Corte de fluido. Se acabó el chute. El engranaje puede desconectarse.
5.'Elemental Dr Freud'.
Moriarty, el gran enemigo de Sherlock Holmes es fruto de sus alucinaciones. Esta es la variación argumental que ofrece 'Elemental Dr Freud' (1976), de Herbert Ross sobre la mítica del célebre detective de ficción. Holmes se ha enganchado a la cocaína (superando la moderada medida del siete por ciento de solución de su dosis habitual, a la que alude el título original, 'The seven percent solution'), y vive obsesionado con la idea de que debe eliminar a quien considera que urde sibilinas conspiraciones para desestabilizar el orden mundial. Pero no es sino un inofensivo profesor de instituto. Para lograr desengancharle y liberarle de esa obsesión Watson urde con el hermano de Sherlock, Mycroft, una estratagema para que se traslade hasta Viena para ser tratado por Sigmund Freud. Este conseguirá mediante el psicoanalisis indagar en la raíz de su delirante fantasía. Un enganche se puede deber a un atasco en las emociones. En este caso, la adicción no es como se refleja en la previa 'La vida privada de Sherlock Holmes', por hastío vital, por no soportar la falta de acontecimientos de la vida ordinaria, sino la consecuencia de una herida no cerrada. La adicción es un parche mal puesto para negar un trauma, o entumecer sus efectos sin afrontarlo. Como el fantasioso relato de una privilegiada mente criminal, digno antagonista de su intelecto, que no logra abatir.
6.'Inseparables'.
'Inseparables' (1988), de David Cronenberg, está vagamente inspirada en el caso de los ginecólogos gemelos Stewart y Cyril Marcus que fueron encontrados muertos el 19 de julio de 1975 debido al síndrome de abstinencia en el proceso de desintoxicación de su adicción a las drogas. Pero la película explora otro enganche: La mítica del amor: la unión de dos almas gemelas. Dependencias, adicciones, la dificultad del equilibrio cuando te sofoca esa ilusión de fusión con el otro que te convierte en parte de su piel como la suya en la propia. La interdependencia se trastoca en Elliot y Beverly, ambos encarnados por Jeremy Irons, cuando el segundo se enamora, se engancha, de Claire. Dos dependencias, dos adicciones, se entrecruzan y confunden: con el gemelo biológico, con el gemelo afectivo. La nueva dependencia que Beverly se crea es como cambiar de atmósfera. Cuando ella tiene que irse a rodar a otra ciudad, se engancha a las drogas para amortiguar el 'mono' que sufre por la separación de la mujer a la que está enganchado. Elliot intenta liberarle, pero acaba atrapado también en el remolino. David Cronenberg no ha realizado secuencias más bellas que las que concluyen esta sacra ceremonia abisal, en la que dos sacerdotes ginecólogos, cartógrafos y fontaneros de la belleza interior, se extravían entre pastillas cuando la dependencia y la singularidad se enmarañan. No pueden extirparse el uno del otro. No se puede ser parte literal de las entrañas del que se ama. Pero el amor es empatía. Los cuerpos de ambos componen, en el último plano, la imagen de ‘La piedad’.
7.'Drugstore cowboy'.
El cuarteto de drogadictos de 'Drugstore cowboy' (1989), de Gus Van Sant, son como niños que no quieren crecer. No quieren convertirse en adultos responsables. Quieren seguir jugando, como si fueran forajidos de leyenda, de ahí lo de 'cowboy de droguería'. A Bob lo que más le pone es atracar farmacias, robar droga en el establecimiento que sea. Le pone más que el sexo. De hecho, su novia Dianne le recrimina su poco entusiasmo. Pero es que Bob es sobre todo adicto a esa emoción de vivir en el filo y el riesgo, y eso lo siente en el hecho de atracar. Le estimula incluso más que el mismo consumo de las drogas. Por eso, tras realizar un robo con éxito, necesita más, otro golpe, como si fuera un nuevo chute tras pasarse el efecto del anterior. No hay mirada ni estigmatizadora ni ensalzadora (por su condición de seres al margen) por parte de Van Sant. Son niños traviesos que no quieren abandonar la sensación inmunidad de la infancia en la que las fantasías pueden dilatarse en un recreo sin fin, sin necesidad de volver al aula ni fichar en la oficina. Por eso, la película comienza por el final. Porque esas fantasías tarde o temprano terminan.
8.'The doors'.
Son muchas las películas centradas en músicos que se precipitan en el abismo de la adicción a las drogas. En el jazz, la magnífica 'Bird' (1988), de Clint Eastwood, sobre Charlie Parker, reflejo de una sensibilidad carente de las necesarias defensas, que buscaba en las drogas un alivio, un 'amortiguador'. que se convirtió en espiral y condena. O en el country, 'En la cuerda floja' (2005), de James Mangold, en donde Johnny Cash pierde pie en el febril consumo sobre todo porque no soporta permanecer separado de la mujer que ama mientras sufre una relación marital insatisfactoria. No posee la fuerza necesaria y se rompe su cuerda interna. Pero si hay una música que esté más conectada con la promesa de una nueva forma de sentir, más satisfactoria, más amplia e intensa, que suministra la ilusión de alejarse de las limitaciones de la vida corriente y de sus frustraciones, es la del grupo 'The doors'. Al fin y al cabo, alude a la apertura de las puertas de la percepción de las que hablaba William Blake. Coppola comprendió muy bien su ambivalencia en la secuencia de apertura de 'Apocalipse now', con el coloque desesperado del personaje de Willard, y con la utilización de la canción 'The end' en la conclusión. En cambio, Oliver Stone en su aproximación a la figura de Jim Morrison, el rey lagarto, y las experiencias con el peyote, se pierde en un delirio inconexo, y eso que él declaró haber vivido el infierno del enganche a las drogas. Desgraciadamente, se difumina la entraña vital porque prevalece la parafernalia de efectos psicodélicos.
9.'Hasta el límite'.
Jenniffer Jason Leigh interpreta a una policía novata elegida por un policía veterano, interpretado por Jason Patric, para ser su compañera de tapadera en sus investigaciones de incógnito en el mundo de la droga, entre bares de carretera. En 'Hasta el límite' (1991), única obra dirigida por Lili Fini Zanuck, la ambientación es de una gelidez desacogedora, la impasibilidad en la que se enmascara las emociones vulnerables. Pero también es desgarradoramente lírica, como refleja la soberana banda sonora de Eric Clapton. La atracción del abismo se convierte en una amenazante fuerza de gravedad. Los límites están continuamente desafiados. No es difícil perder el pie. Primero lo hace ella, después él. A retener la siniestra secuencia en la que ella también tiene que inyectarse droga por recelo del narcotraficante, y que iniciará su enganche. O ese portentoso plano fijo en el que le vemos a él de pies apoyado en la encimera de la cocina, dilatándose la duración del plano hasta que súbitamente coge una plancha y se la pone contra el brazo para eliminar las marcas de sus pinchazos. El amor que se va gestando entre ambos se convertirá en el principal sustento de supervivencia y apoyo. Enfrentado a una intemperie de parajes desolados y personajes sin escrúpulos tiene otro contrapunto añadido, la doble moral del puritano jefe de policía que ve en el narcotraficante que desea capturar un rival económico que desea quitarse de en medio. El tramo final es tan cortante como desolador. Pero hay en su negrura una belleza que sangra.
10.'Posibilidad de escape'.
Le Tour (Willem Dafoe), en 'Posibilidad de escape' (1992), de Paul Schrader, es un personaje en tránsito. Transita físicamente en la noche, porque es un 'camello' a las ordenes de Ann (Susan Sarandon), quien se está planteando dejar la empresa del suministro de drogas y montar una empresa de cosméticos (corrosiva la equiparación entre ambas dedicaciones). Le Tour no sabe hacia dónde se dirige, es alguien con el sueño ligero (The light sleeper, título original), entre un estado de dormido y despierto, como si diera vueltas sobre sí mismo. Le Tour acude a una asesora psiquica buscando orientación sobre qué rige su vida, qué signos ve que él es incapaz de discernir sumido en su desconcierto vital, que no deja de ser reflejo de un entorno, ese que se evidencia manifiesto en los clientes que visita para suministrarle drogas, a los que escucha, o hasta ayuda, como si fuera un asistente psicológico. Transita entre un pasado desperdiciado, que se impele a restituir, al reencontrarse con la mujer que amó, Marianne (Dana Delany), y cuya relación frustró por su dependencia de las drogas, y un futuro incierto, hacia el que aún no sabe cómo encaminar sus pasos. La conclusión violenta tiene bastante de desesperada redención, una variación del final de 'Taxi driver', guionizada por Schrader. Y el epílogo reedita el de su previa 'American gigolo', en ambos casos homenaje al final de 'Pickpocket', de Robert Bresson.
11.'Georgia'.
Hay artistas que brillan por su aplicado dominio de sus recursos expresivos. Creadores en los que la corrección, el afinamiento, linda con lo que se puede considerar perfeccion. Hay otros que se tambalean en la convulsión, a los que las mareas de las emociones parece que superan. Su arte puede parecer incluso abrupto, desafinado, una contorsión que no sabe de pudor. 'Georgia' (1995), de Ulu Grosbard, no se centra en Georgia (Mare Wininngham), la exitosa cantante de country (y madre de armoniosa familia), sino en su hermana Sadie (Jenniffer Jason Leigh). Esta se arrastra en la periferia, en una vida deshilachada a la que intenta denodadamante dar forma, como una pulpa que se agita torpemente, marioneta de sus emociones, sujeta a sus vaivenes y resacas, en las que se atasca aún más con las drogas que consume para entumecerse, para evitar que las mareas de su impotencia la ahoguen. En el escenario, su voz parece un graznido, una súplica, un grito que ansia liberarse de un cautiverio, la luminosidad de su hermana, que la anula y va consumiendo como si abarcara toda la luz posible. Sadie es un deshecho que pugna por dotarse de verbo. Pero en esos aullidos, a veces, se produce el destello, ese que nunca una artista como su hermana alcanzará. Son ocho minutos y medio que raptan las entrañas. La voz de Sadie se desgañita y se desgarra mientras canta 'Take me back' de Van Morrison. La pantalla se incendia, lo obsceno se conjuga con lo sublime. La pantalla se empapa de entrañas desnudas que rocían con gasolina la corrección y la compostura, y quiebra la vitrina de lo pulcro y lo esterilizado. Esa en la que brilla el éxito y la vida de su hermana.
12.'Al límite'.
En 'Al limite' (1999), de Martin Scorsese, Frank (Nicolas Cage), es un sanitario conductor de ambulancias, desesperado porque lleva una larga racha en la que no logra salvar vidas. Le exaspera no poder contrarrestar tanta desolación a su alrededor. La narración transcurre durante tres noches, tres inmersiones febriles en los abismos de la ciudad, con ecos del siniestro universo de Edgar Allan Poe: Esa droga llamada 'Muerte roja' cual peste que está asolando la ciudad; el agujero negro de la embriaguez, la opción terminal frente un modo de vida inclemente que propicia la indigencia vital, como anegada está la ciudad de indigentes. La ciudad es como una ampliada y aún más turbia mansión gótica de un relato de terror. En las habitaciones de la casa del narcotraficante parecen espectros los clientes que buscan desaparecer, olvidarse de sus pesares, con el consumo de la droga, como la mujer que Frank ama, Mary (Patricia Arquette), quien intenta aliviar el dolor por la enfermedad terminal de su padre. Guionizada también por Schrader, la conclusión es tambíén una acción extrema, aunque no un enfrentamiento armado como en 'Taxi driver' o 'Posibilidad de escape', sino una doble aplicación de un gesto de piedad que pueda otorgar una sensación de redención y catarsis: la secuencia en la que atiende al traficante de drogas suspendido en el vacío, con su cuerpo atravesado por las puntas de una verja, y la acción de eutanasia sobre el padre de Mary. Como 'Inseparables' termina con la pareja abrazada como la escultura de 'La piedad', pero vivos.
13. 'Requiem por un sueño'.
Sin duda, pocas obras merecen más la calificación de obra de culto que 'Requiem por un sueño' (2000), de Darren Aronofsky, porque es una de las películas más citadas entre las predilectas de muchos (sobre todo, jóvenes) aficionados al cine. Algunos pensamos que dista mucho de estar a la altura de su gran obra, 'El luchador', cuyo protagonista se inyecta esteroides para, pese a su edad, seguir siendo competitivo en el cuadrilátero. Se suele integrar a 'Requiem por un sueño' dentro de la etiqueta de 'películas sobre las drogas', pero su director no está de acuerdo. De hecho, lo más interesante de la película es qué plantea la interrogante sobre qué es una droga. No sólo las sustancias ilegales a las que se adjudica esa calificación, y que por tanto determinan la categoría de 'películas sobre drogas'. En el paralelismo de tres adictos a la heroína con una mujer que toma una medicación (que resulta ser una anfetamina) por prescripción facultativa, ya que quiere adelgazar veinte kilos en un breve lapso de tiempo, y que está enganchada por otro lado a la televisión, Aronofsky amplia el foco de esa interrogante. Como apuntó, resulta revelador que se diga lo mismo quien quiere dejar las drogas que quien quiera dejar de fumar o pretenda adelgazar veinte kilos. Su interrogante abre una brecha en una estigmatización que ha resultado muy conveniente para los representantes del poder. Demonizar una tipo de sustancia, que condense el término droga, implica de entrada que no se consideren así, y con la misma consideración de perniciosas, a otro tipo de sustancias o de actividades con las que se sufre una adición.
14.'Traffic'.
En 'Traffic' (2000), se radiografía la tramoya del negocio de la droga, explorando sus entresijos, trenzados por los intereses creados, la hipocresía y la ignorancia. Un relato que transcurre a dos lados de una frontera geográfica, entre Estados Unidos y México, en donde, paradojicamente, las fronteras entre ley y delincuencia se difuminan, y en donde quién 'instituye' (regula, condena y persigue el 'qué': el tráfico o el consumo), Wakefield (Michael Douglas), el juez elegido para dirigir la 'Oficina nacional de control de las drogas', descubre que ignora el por qué (de los que la consumen y llegan a ser adictos): incluida la adicción de su hija. La estigmatización del consumo no es mas que otra cortina de humo para ocultar un retorcido teatro de 'intereses'. El consumidor no es que sea alguien que meramente se 'desvia del camino' (el camino del provecho), sino reflejo indirecto de las carencias de toda una sociedad. El problema no es la adicción en sí, sino las circunstancias que la determinan. Por otro lado,las subtramas protagonizadas por Javier (Benicio del Toro), policía de Tijuana, ejemplo, a pequeña escala, de la corrupción generalizada de los representantes de la ley (compinchados con los capos), y Helena (Catherine Zeta Jones), cuya vida de lujos se tambalea al descubrir con la detención de su esposo que debe su fortuna a sus negocios ilegales como capo de la droga, pero se rehace sustituyéndole al mando de la 'empresa', condensan qué fácilmente se pueden cruzar, en ambas direcciones, ambas líneas, la de la integridad y la corrupción.
15. 'A scanner darkly'.
‘A scanner darkly’ (2006) es una adaptación de una obra de Philip K Dick. La segunda película de animación rodada con el sistema rotocospico por Richard Linklater. Otra reflexión sobre la percepción y su disolución, sobre los límites de la identidad y de la realidad, en una distopia entre vigilancias policiales de alta tecnología, epidemias y alucinaciones fruto del dopaje, o quizá de manipulaciones ajenas. O quizá la realidad sea una alucinación. El protagonista, Arctor (Keanu Reeves), es miembro de un grupo de consumidores de drogas, pero tiene una vida paralela de agente infiltrado. En su investigación sobre los traficantes de una sustancia conocida como D (alusión a Slow death/muerte lenta), se engancha en su consumo lo que determina que sus dos hemisferios cerebrales funcionen de modo independiente, o en colisión. O lo que es lo mismo, llega un momento en que ya no discierne qué o quién es realmente cada uno e incluso él mismo.
16. 'Half Nelson'.
Nelson (Ryan Gosling) es un profesor de secundaria que se esfuerza en concienciar a sus alumnos, para dejar su pequeña huella, e influenciar, y posibilitar cambios en su entorno y la Historia. Aunque él se sienta a la deriva de su propia historia con minúsculas, su vida, zarandeada por la decepción y la irresolución. Por eso, su adicción a la droga es su forma de ‘narcotizarla’. El primer plano de la película es el de su perfil; como señala el título de la película, 'Half Nelson' (2006), de Ryan Fleck, es la mitad de Nelson, como si sólo estuviera presente en parte, ya que no ha podido realizar lo que deseaba. Considera que a veces la oposición de fuerzas crea un progreso, en otros lo refrena o revela la incapacidad del ser humano para superarse y sí, en cambio, incurrir una y otra vez en los desatinos y atrocidades. Su nuevo intento de sentirse en el mundo, realizando una acción de fuerza opositora que logre un cambio, aunque sea mínimo, es la relación de amistad con Drey, una de sus alumnas, cuyo hermano está en la cárcel por delito de tráfico de drogas. Drey mantiene una relación de amistad con aquel que suministra drogas a Nelson. La vida de Drey se convierte en el caballo de batalla de Nelson porque no quiere que la involucre en su negocio. Pero se dará cuenta de que Frank, a su manera, se preocupa de Drey; no es una figura ominosa, por mucho que represente lo que no quiere que acabe siendo Drey. Hasta una mente abierta como la suya puede caer en maximalismos en los juicios. Siempre hay que preguntarse cuál es la historia de cada uno y su circunstancia.
17. 'Superfumados'.
En los recovecos de esta historia centrada en dos porretas, que se pasan colocados toda la película, envueltos en una trama de crímenes, policías y narcotraficantes, que mezcla comedia con thriller, se puede rastrear ese juego de espejos de relaciones de pareja o amistad regidas por la inmadurez, de obras pretéritas de David Gordon Green. En 'Superfumados' (2008), recurre a la hipérbole. Acompasa el ritmo narrativo al estado 'colocado' de los personajes, sin recurrir a los ya convencionales recursos de psicodélicas secuencias para plasmar los estados dopados. El ritmo dislocado refleja esa circunstancia descentrada de los dos protagonistas, atrapados en una trama que les supera desde el momento en el que Dale (Seth Rogen) es testigo de un asesinato en el que están compinchados una policía y un narcotraficante, e involucra a Saul (James Franco), su habitual suministrador de droga. Hasta ese momento ambos estaban ante todo 'conectados' a la marihuana, pero 'desconectados', de algún modo, del mundo alrededor, ensimismados en el propio. O quizás 'descolocados' aunque ellos mismos no lo supieran. Un 'descoloque' en el que estaban atrapados, Saul en su torre de marfil ajena al mundo y hasta fuera de tiempo (como refleja esa estética hippy que viste) y Dale con su relación con su trabajo de esbirro social presentando notificaciones de embargo a morosos. La narración opta por la dinámica del disparate sin perder de vista el dibujo de unos personajes inmaduros enfrentados a un despropósito que, de algún modo, les enfrenta a su propio despropósito
18. 'Efectos secundarios'.
La variación radical de la segunda parte de 'Efectos secundarios' (2013), con respecto a la primera parte tiene su mordaz por qué. Más bien es como si presenciáramos el proceso de corrupción de un cuerpo. O cómo se revela que está corrupto (el cuerpo de nuestra sociedad). En la primera parte, parece el relato sobre esa depresión profunda que te hace sentir ‘fuera de la realidad’, y que incluso te empuja a infligirte daño. La narrativa adquiere esa fluidez de trance, ’ambient’, con un refinado uso del diseño sonoro que Soderbergh orquestó en alguno de sus más destacados logros, como ‘Traffic’. La depresión se convierte en un molesto efecto secundario, un chirrido en el sistema, el indicador de un desajuste, de un cortocircuito. Y como avería, debe medicarse para erradicarse. Pero después se desentrañará el engaño. Todo es simulación, conveniente, además. La industria farmacéutica y la psiquiatría, cuya dedicación se supone que es la cura de nuestras lesiones físicas y emocionales, se revelan también territorio de funcionarios y depredadores, que atiborran con medicamentos por comodidad o para sacar dinero, especulando del modo más avieso con los mismos. Si tu salud se deteriora, siempre habrá alguna pastilla que recetarte. Si tu integridad se deteriora, no te preocupes, el contagio ha culminado y ya eres parte de la institución. Bienvenido al sistema. Pero no dejes que desvelen tu máscara ni que descubran tu truco.
19. 'Dallas buyers club'.
Ron (Matthew McConaughey), en 'Dallas buyers club' (2013), de Jean Marc Vallée, no es un traficante de drogas, sino suministrador de una medicina alternativa, la que no estaba aprobada ni legalizada en la década de los 80 en Estados Unidos, y que podía resultar más beneficiosa para los que habían contraído el sida, aquellos a los que Ron califica como 'El club de compradores de Dallas' (The Dallas buyers club), que la que se les suministraba en los hospitales, una medicina legal, pero que resultaba incluso perjudicial. Ron hará uso de sus recursos, esos relacionados con la picaresca que ya le habían metido en algún lío por causa de sus triquiñuelas con las apuestas, y se enfrentará a un sistema que le estigmatiza como traficante cuando él realiza un servicio que no ofrecen desde la legalidad (aunque también saque su dinero, pero hay algo de robinhoodiano en su actitud), Ron decide actuar saliéndose por la tangente, aunque eso implique que tenga que entrar en colisión con los que sí cumplen su función en el sistema, en concreto con los que controlan el código de circulación de lo que es legal y no lo es, lo que se puede hacer o no, los que, por cumplir, lo que se les manda o lo que dicta la ley, permiten que puedan morirse los que no disponen de los medios necesarios, ni siquiera de información Ron agujerea el sistema.
20.'Sicario'.
La rectitud no tiene mucha cabida en la tierra de lobos. Más bien, la realidad es un coladero en la que todo se mezcla, en la que todo se escurre, porque cualquier medio vale para conseguir un propósito en la lucha contra el narcotráfico. En 'Sicario', la narración adopta, en principio, el punto de vista de quien entra en un universo que no logra entender. La agente del FBI Kate (Emily Blunt) es integrada en una misión que no tiene clara, como tampoco su función en la misma, ni incluso a quienes representan, qué agencias, o qué gobiernos, algunos agentes con los que trabaja. Todo resulta difuso, y no dejará de serlo aunque se despejen algunas interrogantes, sobre todo cuando cobre más relevancia la perspectiva del enigmático colaborador colombiano Alejandro (Benicio Del Toro). Porque ya no es que las alianzas entre los representantes de la ley e integrantes de las mafias de la droga desvele una corrupción que difumina fronteras, sino que revela un paisaje de muerte, esa tierra de lobos, en la que simplemente unos muerden con más ganas, y más rápido, que otros, para sobrevivir y dominar el terreno, o simplemente vengarse. Somos prisioneros de los incendios de nuestros instintos. El personaje de Benicio del Toro puede establecer un revelador contraste con el que encarnó en 'Traffic' para evidenciar la nihilista visión de 'Sicario', apuntalada en una clausura que retoma una disputa deportiva entre niños, pero aquí un sonido de metralletas en la distancia apostilla esa radical diferencia de perspectiva.
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jueves, 26 de marzo de 2015
Adam Simpson, singular cartelista de cine
Carteles de 'La ventana indiscreta' (1954), de Alfred Hitchcock, 'Origen' (2010), de Christopher Nolan, 'La red social' (2010), de David Fincher, 'Cisne negro' (2010), de Darren Aronofsky, 'El discurso del rey' (2010), de Tom Hooper, 'Valor de ley' (2010), de los Hermanos Coen, '39 escalones' (1935), de Alfred Hitchcock y 'French connection' (1971), de William Friedkin, diseñados por Adam Simpson
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