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viernes, 6 de julio de 2018

No te preocupes, no llegará lejos a pie

La aceptación de toda caída. No te preocupes, no llegará lejos a pie (2018), de Gus Van Sant es una obra sobra la aceptación. La aceptación de que la realidad, la vida, es ingobernable, y toda obcecada compulsión de control resulta inconsecuente. Por eso, también, la aceptación de que el mundo no gira alrededor de uno mismo, que la reacción ante las adversidades o contrariedades no puede ser la del lamento, la amargura, el resentimiento, la culpabilización a los otros. Esa aceptación conlleva el discernimiento del otro ángulo, el efecto de nuestros actos en los demás. Por lo tanto, antes que demandar que los demás, la misma vida, te pida perdón, te compense, de un modo u otro, quizá sea necesario enfocar desde el ángulo que es capaz de pedir perdón a los demás, y por supuesto a uno mismo, porque si algo cuesta sobremanera es confrontarnos con nuestra responsabilidad primera, o última (en cuanto capa de discernimiento), en la sucesión de los acontecimientos, por mucho que el azar o la accidentalidad, y la voluntad de los otros, influya o interfiera.
John Callahan (Joaquin Phoenix) está fracturado interiormente desde que sufriera un accidente automovílístico que le dejó paralizado, y confinado a una silla de ruedas de por vida, mientras que el conductor, tan ebrio como él, Dexter (Jack Black), sólo sufrió unos rasguños. La narrativa fragmentada, con sucesivos saltos en el tiempo, adelante y atrás, responde a esa fractura interior, a esa falta de nexos, a la dificultad de aceptar su circunstancia, y por lo tanto conciliarse no sólo con su presente impedido sino con un pretérito de frustraciones y amarguras (con respecto a su condición de hijo abandonado por una madre que nunca ha conocido, no sentirse lo suficientemente querido, y no sentirse reconocido en los demás, es decir, no sentir nexos con los otros...), que determinaron que buscara el refugio entumecedor de la embriaguez, como quien se deleita en el acto de lamerse las heridas en una permanente caída, o lamento, deriva que se constituyó en factor que incrementó la posibilidades para que un accidente como el que sufrió aconteciera en su vida.
John Callahan (1951-2010) encontró en un grupo de apoyo de ex alcoholicos, dirigido por Donnie (excelente Jonah Hill), el umbral de acceso, o superación de una serie de niveles, a la raíz emocional de su fractura interior, que no fue el accidente en sí, sino la falta de conexión con la realidad, con la vida, con los otros, ya desde tiempo atrás (desde siempre). Un trayecto alquímico de exploración que implica desasirse de la autoindulgencia, y la autocomplacencia del lamento victimista que tan fácil puede tornarse en actitud dictatorial. Y ese logro de mirada consecuente que afina el enfoque de distancia justa sobre la vida y sobre sí mismo, desprendido de toda dramatización, lo materializa en su talento como caricaturista. El mismo título de la película ( y de una de sus caricaturas) ya define esa actitud de desapego irónico con respecto a sí mismo: no te preocupes, no llegará a lejos a pie, dicho por quien está impedido en una silla de ruedas. En sus ingeniosas caricaturas, de mordaz sentido del humor, John Callahan evidencia cómo la mirada implacable y aguda, desnuda y frontal, sobre los desatinos y absurdos de la realidad están en relación con la contemplación, desnuda y frontal, sin dramatismo, de la propia condición. Se sufran los impedimentos que se sufran, el obstáculo o lastre principal es la mirada impedida.
En su trayecto de recuperación, de rehabilitación interior, emocional, Callahan acepta que es alguien que, por su impedimento físico, ya controla la vida aún menos de lo que la controlaba antes. Acepta que resulta factible que, en cualquier momento, pueda caerse, y acepta que, en cierta medida, depende de los otros, pero el ángulo de vida no es ya el de la desesperación e impotencia (el berrinche del hombre bebé que se acoge al chupete del alcohol y cuestiona a su cuidador que no esté pendiente de él cada minuto del día). Ya vive su caída potencial como el niño que disfruta deslizándose con sus patines pero sabe que puede acabar magullado en el suelo. Si Restless (2011), la notable obra previa de Van Sant, se vertebraba sobre la aceptación de la finitud y la pérdida, de nuestra condición vulnerable y la de aquellos a los que amamos, así como de la impredecibilidad de la vida, de la que fue complemento fallido, pero no carente de interés en sus dos primeros tercios, la posterior Sea of trees (2015), No te preocupes, no llegará lejos a pie, plantea una sugerente variante sobre nuestra condición de cuerpos en permanente condición potencial de desaparición. Es la actitud la que marca la diferencia, cómo se decide vivir, o asumir, la ingobernabilidad e impredecibilidad de la vida, y aún más, las adversidades que nos pueden golpear, dejándonos dañados, aún más limitados, sea con el indiferente tajo de la aleatoriedad, sea con la fatal interferencia de los otros, o sea con las propias ofuscaciones, torpezas e inconsecuencias. La mirada se alza en la oscuridad porque no teme la caída.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

15 películas sobre el mundo de la televisión

El mundo de la televisión ha sido el escenario principal de múltiples ficciones. En ocasiones, el centro de atención han sido los programas informativos, como en 'Al filo de la noticia', 'Íntimo y personal', 'Morning glory' o las dos partes de 'El reportero'. O lo han sido los concursos, como en 'Concursante', American dreamz', 'Magnolia', la variante italiana del Gran hermano en 'Reality', o de carácter violento en distopias como 'Perseguido'. Se ha incidido en la alienación, como en 'Confesiones de una mente peligrosa' (¿fue también aquel presentador un espía o sus relatos eran fruto de su enajenación?), en su combinación de manifestación tan absurda como grotesca ('Robocop') y se ha reflexionado sobre la ética de los periodistas y cadenas televisivas, sobre su coacciones, sus intereses meramente crematísticos o de notoriedad, o su potencial condición como voz y mirada comprometida que denuncia la corrupción y las injusticias, en obras como 'El gran carnaval', 'El síndrome de China', 'Interferencias', 'Mad city', 'Cortina de humo', 'The insider' o 'Tres reyes'. Destacamos quince en particular como reflejo de la diversidad de ángulos de acercamiento al fenómeno del medio televisivo.
1. 'Mientras Nueva York duerme' En 'Mientras Nueva York duerme' (1956), de Fritz Lang, los diversos directores (de prensa, agencia, televisión o reportajes gráficos) de un emporio mediático se lanzan a una competición para conseguir el puesto de director jefe. La carnaza se la ofrece el heredero de la empresa, quien no sabe nada del medio, y qué mejor decisión, cual cesar romano, que plantear que ese puesto de responsabilidad sea conseguido por el 'gladiador periodista' que sepa vencer a sus contrincantes arribistas en la consecución de la 'primicia' de la noticia del momento, los crímenes del 'Asesino del lapiz de labios'. Antológico resulta el momento en que el asesino contempla atónito en su televisor cómo el periodista que encarna Dana Andrews habla de él, o más bien, cómo le descalifica para provocarle y enrabietarle más, y así cometa algún error. La influencia del medio televisivo, en la voluntad del espectador, al servicio de la ley, o más bien, de la competición por conseguir el mejor puesto.
2.'The gladiators' En 1969, los gobiernos de las principales potencias del mundo, como modo de evitar una guerra nuclear, deciden organizar, para descargar los instintos agresivos, unos Juegos de la paz, una variación del circo romano, en la que soldados tanto de la facción occidental como de la oriental tienen que superar los obstáculos, con munición real, que interponga el Sistema. La prueba es televisada en varios países con el apoyo de una marca de pasta italiana como sponsor. 'The gladiators' (1969), de Peter Watkins, es una ficción articulada con modos de documental. Una voz en off, la del mismo Watkins, puntúa la acción, y un equipo de reporteros entrevista a los 'concursantes', los soldados 'gladiadores', tanto en la presentación (en la que evidencian que no saben por qué hacen lo que hacen y para qué), como durante el desarrollo de la escabechina, perdón, prueba. En el principio, pan y circo. Con las nuevas tecnologías, precocinados y televisión.
3. 'Network' En 'Network' (1976), de Sidney Lumet, un presentador de noticiarios, Howard (Peter Finch), es despedido después de veinte años, pero acaba convirtiéndose en un profeta televisivo. ¿Cómo se da ese transito? Porque en su aparición televisiva después de notificársele el despido anuncia que en su último día como presentador se suicidará delante de las cámaras. Además, su discurso sobre la mediocridad de la sociedad es considerado como una potencial atracción mediática por la arribista Diana (Faye Dunaway), alguien que había creado un programa inspirado en grupos antisistema que se grababan en sus atracos, pero planteando grabaciones guionizadas que son escenificaciones. Así que a la figura potencialmente molesta por sus críticas subversivas lo convierte en un delirante bufón en forma de predicador televisivo, fenómeno de feria para entretener al público y espita de sus insatisfacciones. Porque como dice el presidente de la compañía, la televisión está para satisfacer las necesidades (creadas), paliar las ansiedades, y amenizar el aburrimiento Esa es su función anestésica en esta dictadura económica.
4. 'La muerte en directo' Una cadena de televisión decide realizar un documental centrado en una enferma terminal, encarnada por Romy Schneider, pero sin decirle que está siendo filmada. No se percatará de ello porque quien la graba, el personaje de Harvey Keitel, tiene implantada la cámara en su cerebro. El objetivo está en sus ojos. En 'La muerte en directo' (1980), de Bertrand Tavernier, el conflicto surgirá cuando los escrúpulos de quien mira, que es quien graba, se superpongan sobre los intereses comerciales y las ambiciones de notoriedad, la consciencia de los otros sobre la mirada ajena de quienes enfocan desde una perspectiva que ve al otro como potencial titular o fuente de ingresos.
5. 'Objetivo mortal' En las secuencias iniciales de 'Objetivo mortal' (1982), de Richard Brooks, se puede apreciar un antecedente de la reciente 'Nightcrawler' (2014). Unas escenas de violencia que parecen reales, pero que se revelan parte de un programa televisivo, cuando la irrupción del reportero y presentador televisivo Hale (Sean Connery) desvela que son escenificaciones. Su propósito, poner en cuestión la atracción por las imágenes violentas que siente el ciudadano común, como evidencia de la violencia latente que tantas veces se queda en deseo reprimido. Hale puede parecer cínico por su consciencia del impacto de las imágenes para la consecución de una mayor audiencia, pero más bien es un escéptico que no ceja en su propósito de desentrañar la verdad, como las estratagemas y manipulaciones de gobierno estadounidense con respecto al conflicto petrolífero con Oriente medio (incluídas bombas en rascacielos del propio país para achacárselas a terroristas).
6. 'Videodrome' 'No hay nada real más allá de nuestra percepción de la realidad ¿no es así?' se pregunta en la visionaria 'Videodrome' (1982), de David Cronenberg. Max (James Woods) es un productor de televisión que busca el producto competitivo más eficaz que pueda atraer más espectadores a su cadena. Busca la imagen impacto que parezca real a la par que sea recreación de emociones y situaciones extremas. Los látigos azotan los monitores en los que los cuerpos en la pantalla gimen ante cada fustazo. Las cabezas pueden introducirse en la pantalla, o una pistola en el vientre y al salir mano y pistola están unidas por cables. No deja de ser una mordaz metáfora con respecto a una década en la que se acrecentó, por el desarrollo de las nuevas tecnologías, la posibilidad de la manipulación a través de los diversos medios, lo que, entre otros aspectos, acentuaba la enajenación de los espectadores, su progresiva incapacidad de distinguir lo real de la simulación, meros receptores de una descarga de estímulos e inhibiciones .
7. 'Quiz show' Hay programas que se configuran sobre el engaño. La gente quiere salsa, y se escenifican conflictos que no son reales, sino guionizados. Y se amañan concursos, porque quizá el sponsor que promociona el programa considera que el recurrente ganador no es beneficioso y debe ser reemplazado por alguien que aporte una mejor imagen. 'sí que se suministran las respuestas adecuadas a quien se desea que gane y se recomienda que falle aposta a quien se quiere que pierda aunque sepa la respuesta. Quiz show' (1995), de Robert Redford, relata un caso verídico que ocurrió en un concurso a finales de los 50. Pero la investigación colisionará con quienes dominan el escenario, el presidente de la compañía que esponsoriza el programa, y el director de la cadena televisiva, que resultan intocables. Quedan perjudicados, como chivos expiatorios, algunos soldados de a pie que sirvan para generar algunos titulares. Y pronto se olvida la revelación del engaño, porque la gente lo que quiere es espectáculo, y el dinero que circula en los programas como zanahoria que hace salivar, el dinero que sueña con que sea suyo. De fantasías se viven, por eso se digieren tan bien los engaños.
8. 'Todo por un sueño' No eres nadie en Estados Unidos a menos que salgas en la televisión. Porque, ¿qué sentido tiene hacer algo que valga la pena si no hay nadie mirando? El sentir que hay espectadores de tu vida te hace ser mejor persona, esto es, te sientes Alguien, protagonista escénico. Sentimiento que se ha ido acentuando en dos décadas con la consolidación en nuestras vidas de las pequeñas pantallas del móvil como parte integrante ya indisoluble. Pamela (Nicole Kidman) en 'Todo por un sueño' (1995), de Gus Van Sant, representa esa actitud de quien ha nacido ya con la mirada puesta en una pantalla de la que quiere formar parte. Y convertirse en la chica del tiempo de una televisión local es un primer paso. Y una zancada será propiciar el convertirse en noticia de primera página, aunque implique la ejecución de un crimen. Esa tendencia a vivirlo todo como drama televisado se complementa con las intervenciones de la familia en un reality show en el que comentan las jugadas del partido, esto es, la vida de su hija hasta el asesinato de su esposo. Es una película encuesta sobre el vacío y la vanidad. O sea, sobre la vida sustentada en la imagen por encima de todas las cosas.
9. 'El show de Truman' 'El show de Truman' (1998), es otra aguda reflexión de Peter Weir sobre los límites de la realidad, o cómo la percibimos y vivimos. Consideramos la realidad tal como nos la presentan, afirma Christof (Ed Harris) el director del programa 'El show de Truman'. Hasta que un día descubrimos, por accidente, una fisura en la proyección, como Truman (Jim Carrey) literalmente la caída de un foco desde el cielo. Descubrirá de ese modo que ha sido, desde que nació, parte de un programa televisivo. Un actor inconsciente en una ficción que ignoraba, rodeado de actores contratados. El único que no era consciente de que su vida era el decorado de una ficción era él. El medio televisivo es una pantalla a través de la que se nos sugestiona y moldea. Elocuente es el plano final, en el que dos espectadores al ver que ya no habrá más episodios de 'El show de Truman', se plantean buscar otro programa. Siempre habrá otro programa, otra pantalla donde ensimismarse, y donde proyectarse, o narcotizarse, de un modo u otro.
10. 'La comuna (Paris 1871)' Se hace manifiesto el artificio desde el primer plano de 'La comuna (Paris 1871)' (2000), de Peter Watkins, cuando la cámara se introduce en el Estudio donde se han construido los decorados para la escenificación de la instauración y pronta y trágica conclusión de La comuna de París en 1871, unos hechos que han sido convenientemente silenciados por los libros de Historia y en el sistema educativo francés. Dos actores, ataviados con el vestuario de aquella época, ejercen de reporteros de una unidad móvil televisiva de nuestros días, y entrevistan a los participantes en aquellos hechos. La acción estará puntuada por el locutor de un programa televisivo, acompañado de un comentarista, ambos también vestidos con el vestuario decimonónico. Algunos personajes caracterizados hablarán también como hombres y mujeres del siglo XXI que son, y señalarán cómo los que integramos esta sociedad de hoy no estamos lo suficientemente enfadados para realizar una insurrección.
11. 'El hombre del tiempo' David (Nicolas Cage) es 'el hombre del tiempo' en un canal televisivo. Alguien que hace gestos ante una pantalla de croma verde, una pantalla sin sustancia real, como lo es su vida. Nos lo presentan mirándose al espejo, como quien buscara reconocerse, y ensayando los gestos que realiza ante la cámara de televisión, esa coreografía que luego se acompasará cuando se superpongan los mapas meteorólogicos, y que por ello cobrarán sentido. Pero eso falta en su vida. David sólo tiene sus gestos. Pronostica, pero sin duda todo lo que había previsto, en su vida, se ha frustrado. David es 'sólo' el hombre del tiempo, cumple una función parecida a un payaso, como el mismo se dice. En 'El hombre del tiempo' (2005), de Gore Verbinski, el estatismo de su planificación es reflejo del interior de su protagonista, 'hombre del tiempo' al que la meteorología de su vida siempre supera.
12. 'Buenas noches y buena suerte' George Clooney retorna, con 'Buenas noches, y buena suerte' (2005), a los inicios de la televisión, y a un modelo de periodismo que no tuvo la continuidad que debiera tener. O no con la frecuencia que sería deseable. El programa de Edward Morrow no pretendía que el espectador se distrajera, quería que reflexionara, no aceptaba que los poderes impusieran su mirada y la ciudadanía acatara sus designios. Se revolvía contra todo ínfula de autoritarismo que no sólo no acepta la discrepancia sino que la persigue. Desde finales de los cuarenta y hasta casi mediados de los cincuenta el senador Joseph McCarthy realizó una persecución social en busca del comunista agazapado, que no era sino minar la incordiante discrepancia cuestionadora. Murrow se enfrentó a McCarthy desde su programa, y abríó una brecha que evidenciaba que era posible decir las cosas claras sin temer represalias o el abandono de los sponsors comerciales, e incluso derrotar al autoritarismo. La televisión puede influir para bien, ser un arma de ilustración y resistencia.
13. 'Frost Nixon' 'Frost Nixon' (2008), de Ron Howard, se basa en la serie de entrevistas que realizó el periodista australiano, David Frost, a Richard Nixon, en 1997. Su relevancia es que fue la primera vez que Nixon reconoció públicamente su ‘falta’. Aunque en principio a Frost lo que le atrae es la popularidad, el nivel de audiencia, lo que una entrevista con Nixon puede suponer como fenómeno mediático, Por eso, se esfuerza más en buscar el necesario apoyo financiero que en documentarse sobre Nixon o la maraña de hechos que dieron lugar a su dimisión (para indignación de sus colaboradores), despreocupado de si está siendo vapuleado o desaprovechando una oportunidad de poder dejar en evidencia a Nixon. Cuando reacciona y se convierte en periodista que busca revelar la verdad, convierte el último asalto en victoria. Nixon queda fulminado por la cámara que capta ese instante en el que el hombre que se autoafirmaba en su imagen de poder deja entrever su vulnerabilidad. Todo aquello que no habían logrado las constantes acciones políticas lo lograba un primer plano.
14. 'Vampiros' Entrevistar a un vampiro no resultar tarea fácil. Hay que encontrar una disposición a dominar el impulso de sus incisivos. La televisión belga efectuó varios intentos, pero no había manera. Cada equipo que enviaba para realizar un reportaje sobre la comunidad vampírica resultaba presa de sus apetitos incontrolables. Pero al fin se contactó con una familia que sí sabía contenerse. 'Vampiros' (2010), de Vincent Lannoo, es su constatación en forma de documental (o de falso documental, para los incrédulos). Precedente de la reciente 'Lo que hacemos en las sombras', que realiza una variante sustituyendo familia por compañeros de piso, aparte de posibilitar el conocer los códigos y leyes de los vampiros, resulta instructiva para apreciar su utilidad social como equipo de limpieza de los estratos indeseables para los estamentos del poder, sean prostitutas o especialmente los inmigrantes ilegales africanos.
15. 'Nightcrawler' Para Bloom (Jake Gyllenhaal), en 'Nightcrawler' (2014), de Dan Gilroy, no hay diferencia entre la chatarra y un ser humano. Por eso, no le cuesta realizar la transición entre dedicarse a la rapiña nocturna de cualquier tipo de chatarra y la acción carroñera de buscar las imágenes más obscenas de accidentados, heridos o asesinados. Al fin y al cabo, no deja de ser un ascenso en la dedicación rapaz: los programas informativos de las cadenas de televisión pagan mejor que un almacén de chatarra. Bloom tampoco tiene escrúpulos en la elaboración de escenificaciones. No sólo es un cámara que registra, sino un director que realiza una puesta en escena, en la que es importante el encuadre que se crea. Incluso, puede influir en el curso de los hechos para propiciar situaciones que puedan convertirse en noticias de las que sea testigo exclusivo aunque implique alguna que otra muerte. l

viernes, 13 de noviembre de 2015

20 películas sobre el mundo de las drogas

Aprovechamos que se estrena la excelente 'Sicario' para repasar, entre las múltiples obras realizadas sobre o alrededor de las drogas, una particular selección que pueda servir de guía y reflexión, e incluso invitación a cruzar, apropiadamente, las puertas de la percepción de las que hablaban William Blake y The doors (aparte de revisar de nuevo 'Dead man', 1995, de Jim Jarmusch', el 'viaje' más estimulante que ha deparado el celuloide).
Durante décadas, en concreto desde los 50, se han realizado obras que remarcaron la devastación que implicaba el consumo de esas sustancias ilegales que se inyectan o inhalan o ingieren. Las obras que demonizaban su consumo nunca atendían a las causas o circunstancias. Meramente, señalaban lo nocivo de ese consumo, como si fuera el enemigo, es decir, el reverso de la actividad funcional de quien cumple su cometido en el engranaje socio económico. Consumir drogas no es productivo, es convertirse en desperdicio, en lastre para el sistema. Otras obras sí han reflexionado sobre las diversas causas o circunstancias particulares que determinan la elección de ese consumo. O sobre la importancia de la medida y la calidad de la sustancia, es decir, sobre la necesidad de información e instrucción O han explorado la significancia de su experimentación, su reflejo de un modo de vida, o de sentir, alternativo.
Otras han incidido en la cuestión del narcotráfico, en unas retratando a los combatientes del Mal, y en otras evidenciando cuán conveniente puede ser para el Orden instituido, y cómo incluso se establecen alianzas interesadas. Como también se ha puesto en cuestión el uso de adicción controlada, por la prescripción facultativa, reflejo de una dictadura de las empresas farmacológicas que han inoculado a la sociedad la convicción de la necesidad de las medicaciones recetadas. Y las hay que han reflexionado sobre las diferentes formas de enganches.
En cuanto a los modos de expresar, materializar, los trances del consumo de drogas, las hay que optan, como 'Requiem por un sueño', por un montaje que remeda el ritmo del hip hop, un montaje fragmentado con un número superior de planos por minuto de lo que suele ser la media. Una producción normal de su duración (100 minutos) suele tener entre 600 y 700 planos. En 'Requiem por un sueño', hay 2000. La obra de Aronofsky opta por el tratamiento estilistico, que también suele ser calificado como 'speedico', por el que ya optaron en el pasado los montajes psicodélicos de 'Easy rider' o 'The doors', entre tantas otras. La cuestión es en qué medida son un eficaz reflejo sensorial o un mero recurso estridente que dota de más relevancia al efecto (el efectismo) sobre las sensaciones, más allá de que haya trances muy variados, unos más agitados, otras más ralentizados.
Contrástese secuencias de las películas citadas con aquella excelente de 'Traffic', una opción 'ambiente', cual deslizamiento y extrañación, en la que cuatro jóvenes hablan del vacío que sienten en las relaciones y en los valores sociales mientras consumen drogas hasta que uno de ellos comienza a sufrir los efectos de la sobredosis (considérese, metafóricamente, como sobredosis de un vacío). Eso sí, si uno quiere ponerse una película para 'ponerse' muy risueñamente, sin duda puede elegir entre 'Puro vicio' o 'El gran Lewobski'.
1.'El hombre del brazo de oro'. El hombre del brazo de oro lo es por su buena mano con las cartas. Frankie Machine (Frank Sinatra) lleva la banca en el juego, pero no domina la de la vida. Y quiere ser batería de jazz, marcar el ritmo, tener la libertad de improvisar. Pero depende de los demás, del ritmo que pretenden marcar otros, de su mezquindad, que le 'consume'. Y su brazo se doblega, como ante la heroína a la que se hace adicto. 'El hombre del brazo de oro' (1955), de Otto Preminger es una obra áspera, sin concesiones. Fue todo un hito, porque Preminger doblegó a la censura y, por primera vez, en una obra de un gran Estudió se mostró sin ambages la adicción a las drogas, incluidas dolorosas y sobrecogedoras secuencias de alguien enfrentándose al 'mono'. Pero, ante todo, es una obra sostenida sobre una aguda reflexión sobre las dependencias que nos creamos o que nos determinan otros con sus aviesos intereses, como su esposa Zoscha ( Eleanor Parker), quien se aprovecha de la culpa que él siente por el accidente de coche que la dejó postrada en una silla de ruedas, cuando ella, realmente, puede andar. Un ejemplo de que cómo el infierno pueden ser los otros. Otra variante del 'vampiro ( o más bien, parásito) emocional' que tan bien sabe hacer uso del victimismo como estrategia para imponerse consumiendo al otro.
2.'Combate decisivo'. El título original de esta notable obra de Andre De Toth de 1957, 'Monkey on my back' se puede traducir como 'Tener el mono', la expresión que alude a quien es prisionero de guerra de la adicción a la droga. La necesidad le supera y necesita consumir más, se convierte en tirana necesidad vital. Barney Ross (Cameron Mitchell) libró tres combates, en un ring de boxeo, en donde se convirtió en campeón del mundo, en el Pacífico Sur, durante la Segunda guerra mundial, donde fue condecorado como un héroe por salvar a un compañero en la batalla de Guadalcanal, y con la morfina a la que se hizo adicto durante el proceso de recuperación de la malaria que contrajo durante la contienda. La película sorteó el Código de censura, que había exigido que se eliminara del montaje una escena en la que Barney se inyecta la morfina. Se optó por estrenarse sin el sello de aprobación de la censura. Particularmente memorables son las descarnadas secuencias en un lluvioso y embarrado campo de batalla.
3.'Easy rider (Buscando mi destino)'. 'Easy rider' (Buscando mi destino) (1969), de Dennis Hopper, fue también un hito en muchos aspectos. Se convirtió en estandarte de una sensibilidad contestataria, el cuestionamiento de la autoridad, la alternativa de vida con las comunas, y la apología de la liberación a través de la embriaguez de los sentidos, del sexo sin límites y el trance de las drogas que se despreocupaba de toda imposición de límites. Todo un icono de la contracultura, en la que se había ya convertido Peter Fonda con las previas 'The wild angels' y 'The trip' (un viaje alucinógeno compartido también con Hopper, y guionizado por Jack Nicholson, quien también participa como secundario en 'Easy rider'). Los dos hippies protagonistas, o los dos peludos desgreñados para las mentes pacatas del orden, que recorren con sus motos las carreteras de Estados Unidos se convirtieron en emblema de esa mentalidad que no se plegaba al orden instituido. Su desplazamiento sin dirección era ya un gesto de rebeldía. El éxito comercial de la película también determinó un cambio radical en las esferas de la producción de Hollywood, ya que vieron cuán rentable podía ser una película de bajo presupuesto.
4.French Connection/French connection II. 'French connection. Contra el imperio de la droga' (1971), de William Friedkin, era un engranaje bien engrasado, una persecución, un mecanismo que circulaba con arrolladora velocidad, como la misma persecución automovilística que se convirtió en uno de sus emblemas icónicos más célebres. El otro, un gesto, la sonrisa irónica del narcotraficante Charnier (Fernando Rey) cuando logra sortear en el metro a su obcecado perseguidor, el policía que no consigue apresarle, Popeye Doyle (Gene Hackman). Una conclusión frustrante, Esa sonrisa de despedida quedó como un arañazo en el orgullo de Doyle, quien no aceptó que fuera una despedida. En 'French connection II', de John Frankeheimer, continuación notoriamente superior a su precedente, aunque carezca de su mítica. Doyle persiste en su persecución, ahora en Marsella. Porque sufre una adicción, necesita capturar a Charnier, y reacciona con la agresividad del mono. El hombre que quiere morder con su bala a su presa, no deja de cometer torpezas por su impulsividad: Provoca la muerte de un infiltrado entre los narcotraficantes, y cae cautivo de quien persigue. La tortura consistirá en hacerle adicto a la heroína. Doyle forcejeará con su 'mono' en una celda de la comisaria, tras ser liberado por Charnier. Una liberación que sigue siendo cautiverio, y dominio por parte de Charnier. La impotencia de Doyle es doble. Pero no hay transformación en Doyle. Bestia visceral resurge arrollador, incendiando un hotel y golpeando con saña a un posible informador. No hay otro horizonte en su vida que Charnier. Una adicción cuyo mono es mucho más difícil de superar que el de la heroína. Por eso, la película termina abruptamente, con el disparo mortal, con la muerte de su presa. No hay más. Corte de fluido. Se acabó el chute. El engranaje puede desconectarse.
5.'Elemental Dr Freud'. Moriarty, el gran enemigo de Sherlock Holmes es fruto de sus alucinaciones. Esta es la variación argumental que ofrece 'Elemental Dr Freud' (1976), de Herbert Ross sobre la mítica del célebre detective de ficción. Holmes se ha enganchado a la cocaína (superando la moderada medida del siete por ciento de solución de su dosis habitual, a la que alude el título original, 'The seven percent solution'), y vive obsesionado con la idea de que debe eliminar a quien considera que urde sibilinas conspiraciones para desestabilizar el orden mundial. Pero no es sino un inofensivo profesor de instituto. Para lograr desengancharle y liberarle de esa obsesión Watson urde con el hermano de Sherlock, Mycroft, una estratagema para que se traslade hasta Viena para ser tratado por Sigmund Freud. Este conseguirá mediante el psicoanalisis indagar en la raíz de su delirante fantasía. Un enganche se puede deber a un atasco en las emociones. En este caso, la adicción no es como se refleja en la previa 'La vida privada de Sherlock Holmes', por hastío vital, por no soportar la falta de acontecimientos de la vida ordinaria, sino la consecuencia de una herida no cerrada. La adicción es un parche mal puesto para negar un trauma, o entumecer sus efectos sin afrontarlo. Como el fantasioso relato de una privilegiada mente criminal, digno antagonista de su intelecto, que no logra abatir.
6.'Inseparables'. 'Inseparables' (1988), de David Cronenberg, está vagamente inspirada en el caso de los ginecólogos gemelos Stewart y Cyril Marcus que fueron encontrados muertos el 19 de julio de 1975 debido al síndrome de abstinencia en el proceso de desintoxicación de su adicción a las drogas. Pero la película explora otro enganche: La mítica del amor: la unión de dos almas gemelas. Dependencias, adicciones, la dificultad del equilibrio cuando te sofoca esa ilusión de fusión con el otro que te convierte en parte de su piel como la suya en la propia. La interdependencia se trastoca en Elliot y Beverly, ambos encarnados por Jeremy Irons, cuando el segundo se enamora, se engancha, de Claire. Dos dependencias, dos adicciones, se entrecruzan y confunden: con el gemelo biológico, con el gemelo afectivo. La nueva dependencia que Beverly se crea es como cambiar de atmósfera. Cuando ella tiene que irse a rodar a otra ciudad, se engancha a las drogas para amortiguar el 'mono' que sufre por la separación de la mujer a la que está enganchado. Elliot intenta liberarle, pero acaba atrapado también en el remolino. David Cronenberg no ha realizado secuencias más bellas que las que concluyen esta sacra ceremonia abisal, en la que dos sacerdotes ginecólogos, cartógrafos y fontaneros de la belleza interior, se extravían entre pastillas cuando la dependencia y la singularidad se enmarañan. No pueden extirparse el uno del otro. No se puede ser parte literal de las entrañas del que se ama. Pero el amor es empatía. Los cuerpos de ambos componen, en el último plano, la imagen de ‘La piedad’.
7.'Drugstore cowboy'. El cuarteto de drogadictos de 'Drugstore cowboy' (1989), de Gus Van Sant, son como niños que no quieren crecer. No quieren convertirse en adultos responsables. Quieren seguir jugando, como si fueran forajidos de leyenda, de ahí lo de 'cowboy de droguería'. A Bob lo que más le pone es atracar farmacias, robar droga en el establecimiento que sea. Le pone más que el sexo. De hecho, su novia Dianne le recrimina su poco entusiasmo. Pero es que Bob es sobre todo adicto a esa emoción de vivir en el filo y el riesgo, y eso lo siente en el hecho de atracar. Le estimula incluso más que el mismo consumo de las drogas. Por eso, tras realizar un robo con éxito, necesita más, otro golpe, como si fuera un nuevo chute tras pasarse el efecto del anterior. No hay mirada ni estigmatizadora ni ensalzadora (por su condición de seres al margen) por parte de Van Sant. Son niños traviesos que no quieren abandonar la sensación inmunidad de la infancia en la que las fantasías pueden dilatarse en un recreo sin fin, sin necesidad de volver al aula ni fichar en la oficina. Por eso, la película comienza por el final. Porque esas fantasías tarde o temprano terminan.
8.'The doors'. Son muchas las películas centradas en músicos que se precipitan en el abismo de la adicción a las drogas. En el jazz, la magnífica 'Bird' (1988), de Clint Eastwood, sobre Charlie Parker, reflejo de una sensibilidad carente de las necesarias defensas, que buscaba en las drogas un alivio, un 'amortiguador'. que se convirtió en espiral y condena. O en el country, 'En la cuerda floja' (2005), de James Mangold, en donde Johnny Cash pierde pie en el febril consumo sobre todo porque no soporta permanecer separado de la mujer que ama mientras sufre una relación marital insatisfactoria. No posee la fuerza necesaria y se rompe su cuerda interna. Pero si hay una música que esté más conectada con la promesa de una nueva forma de sentir, más satisfactoria, más amplia e intensa, que suministra la ilusión de alejarse de las limitaciones de la vida corriente y de sus frustraciones, es la del grupo 'The doors'. Al fin y al cabo, alude a la apertura de las puertas de la percepción de las que hablaba William Blake. Coppola comprendió muy bien su ambivalencia en la secuencia de apertura de 'Apocalipse now', con el coloque desesperado del personaje de Willard, y con la utilización de la canción 'The end' en la conclusión. En cambio, Oliver Stone en su aproximación a la figura de Jim Morrison, el rey lagarto, y las experiencias con el peyote, se pierde en un delirio inconexo, y eso que él declaró haber vivido el infierno del enganche a las drogas. Desgraciadamente, se difumina la entraña vital porque prevalece la parafernalia de efectos psicodélicos.
9.'Hasta el límite'. Jenniffer Jason Leigh interpreta a una policía novata elegida por un policía veterano, interpretado por Jason Patric, para ser su compañera de tapadera en sus investigaciones de incógnito en el mundo de la droga, entre bares de carretera. En 'Hasta el límite' (1991), única obra dirigida por Lili Fini Zanuck, la ambientación es de una gelidez desacogedora, la impasibilidad en la que se enmascara las emociones vulnerables. Pero también es desgarradoramente lírica, como refleja la soberana banda sonora de Eric Clapton. La atracción del abismo se convierte en una amenazante fuerza de gravedad. Los límites están continuamente desafiados. No es difícil perder el pie. Primero lo hace ella, después él. A retener la siniestra secuencia en la que ella también tiene que inyectarse droga por recelo del narcotraficante, y que iniciará su enganche. O ese portentoso plano fijo en el que le vemos a él de pies apoyado en la encimera de la cocina, dilatándose la duración del plano hasta que súbitamente coge una plancha y se la pone contra el brazo para eliminar las marcas de sus pinchazos. El amor que se va gestando entre ambos se convertirá en el principal sustento de supervivencia y apoyo. Enfrentado a una intemperie de parajes desolados y personajes sin escrúpulos tiene otro contrapunto añadido, la doble moral del puritano jefe de policía que ve en el narcotraficante que desea capturar un rival económico que desea quitarse de en medio. El tramo final es tan cortante como desolador. Pero hay en su negrura una belleza que sangra.
10.'Posibilidad de escape'. Le Tour (Willem Dafoe), en 'Posibilidad de escape' (1992), de Paul Schrader, es un personaje en tránsito. Transita físicamente en la noche, porque es un 'camello' a las ordenes de Ann (Susan Sarandon), quien se está planteando dejar la empresa del suministro de drogas y montar una empresa de cosméticos (corrosiva la equiparación entre ambas dedicaciones). Le Tour no sabe hacia dónde se dirige, es alguien con el sueño ligero (The light sleeper, título original), entre un estado de dormido y despierto, como si diera vueltas sobre sí mismo. Le Tour acude a una asesora psiquica buscando orientación sobre qué rige su vida, qué signos ve que él es incapaz de discernir sumido en su desconcierto vital, que no deja de ser reflejo de un entorno, ese que se evidencia manifiesto en los clientes que visita para suministrarle drogas, a los que escucha, o hasta ayuda, como si fuera un asistente psicológico. Transita entre un pasado desperdiciado, que se impele a restituir, al reencontrarse con la mujer que amó, Marianne (Dana Delany), y cuya relación frustró por su dependencia de las drogas, y un futuro incierto, hacia el que aún no sabe cómo encaminar sus pasos. La conclusión violenta tiene bastante de desesperada redención, una variación del final de 'Taxi driver', guionizada por Schrader. Y el epílogo reedita el de su previa 'American gigolo', en ambos casos homenaje al final de 'Pickpocket', de Robert Bresson.
11.'Georgia'. Hay artistas que brillan por su aplicado dominio de sus recursos expresivos. Creadores en los que la corrección, el afinamiento, linda con lo que se puede considerar perfeccion. Hay otros que se tambalean en la convulsión, a los que las mareas de las emociones parece que superan. Su arte puede parecer incluso abrupto, desafinado, una contorsión que no sabe de pudor. 'Georgia' (1995), de Ulu Grosbard, no se centra en Georgia (Mare Wininngham), la exitosa cantante de country (y madre de armoniosa familia), sino en su hermana Sadie (Jenniffer Jason Leigh). Esta se arrastra en la periferia, en una vida deshilachada a la que intenta denodadamante dar forma, como una pulpa que se agita torpemente, marioneta de sus emociones, sujeta a sus vaivenes y resacas, en las que se atasca aún más con las drogas que consume para entumecerse, para evitar que las mareas de su impotencia la ahoguen. En el escenario, su voz parece un graznido, una súplica, un grito que ansia liberarse de un cautiverio, la luminosidad de su hermana, que la anula y va consumiendo como si abarcara toda la luz posible. Sadie es un deshecho que pugna por dotarse de verbo. Pero en esos aullidos, a veces, se produce el destello, ese que nunca una artista como su hermana alcanzará. Son ocho minutos y medio que raptan las entrañas. La voz de Sadie se desgañita y se desgarra mientras canta 'Take me back' de Van Morrison. La pantalla se incendia, lo obsceno se conjuga con lo sublime. La pantalla se empapa de entrañas desnudas que rocían con gasolina la corrección y la compostura, y quiebra la vitrina de lo pulcro y lo esterilizado. Esa en la que brilla el éxito y la vida de su hermana.
12.'Al límite'. En 'Al limite' (1999), de Martin Scorsese, Frank (Nicolas Cage), es un sanitario conductor de ambulancias, desesperado porque lleva una larga racha en la que no logra salvar vidas. Le exaspera no poder contrarrestar tanta desolación a su alrededor. La narración transcurre durante tres noches, tres inmersiones febriles en los abismos de la ciudad, con ecos del siniestro universo de Edgar Allan Poe: Esa droga llamada 'Muerte roja' cual peste que está asolando la ciudad; el agujero negro de la embriaguez, la opción terminal frente un modo de vida inclemente que propicia la indigencia vital, como anegada está la ciudad de indigentes. La ciudad es como una ampliada y aún más turbia mansión gótica de un relato de terror. En las habitaciones de la casa del narcotraficante parecen espectros los clientes que buscan desaparecer, olvidarse de sus pesares, con el consumo de la droga, como la mujer que Frank ama, Mary (Patricia Arquette), quien intenta aliviar el dolor por la enfermedad terminal de su padre. Guionizada también por Schrader, la conclusión es tambíén una acción extrema, aunque no un enfrentamiento armado como en 'Taxi driver' o 'Posibilidad de escape', sino una doble aplicación de un gesto de piedad que pueda otorgar una sensación de redención y catarsis: la secuencia en la que atiende al traficante de drogas suspendido en el vacío, con su cuerpo atravesado por las puntas de una verja, y la acción de eutanasia sobre el padre de Mary. Como 'Inseparables' termina con la pareja abrazada como la escultura de 'La piedad', pero vivos.
13. 'Requiem por un sueño'. Sin duda, pocas obras merecen más la calificación de obra de culto que 'Requiem por un sueño' (2000), de Darren Aronofsky, porque es una de las películas más citadas entre las predilectas de muchos (sobre todo, jóvenes) aficionados al cine. Algunos pensamos que dista mucho de estar a la altura de su gran obra, 'El luchador', cuyo protagonista se inyecta esteroides para, pese a su edad, seguir siendo competitivo en el cuadrilátero. Se suele integrar a 'Requiem por un sueño' dentro de la etiqueta de 'películas sobre las drogas', pero su director no está de acuerdo. De hecho, lo más interesante de la película es qué plantea la interrogante sobre qué es una droga. No sólo las sustancias ilegales a las que se adjudica esa calificación, y que por tanto determinan la categoría de 'películas sobre drogas'. En el paralelismo de tres adictos a la heroína con una mujer que toma una medicación (que resulta ser una anfetamina) por prescripción facultativa, ya que quiere adelgazar veinte kilos en un breve lapso de tiempo, y que está enganchada por otro lado a la televisión, Aronofsky amplia el foco de esa interrogante. Como apuntó, resulta revelador que se diga lo mismo quien quiere dejar las drogas que quien quiera dejar de fumar o pretenda adelgazar veinte kilos. Su interrogante abre una brecha en una estigmatización que ha resultado muy conveniente para los representantes del poder. Demonizar una tipo de sustancia, que condense el término droga, implica de entrada que no se consideren así, y con la misma consideración de perniciosas, a otro tipo de sustancias o de actividades con las que se sufre una adición.
14.'Traffic'. En 'Traffic' (2000), se radiografía la tramoya del negocio de la droga, explorando sus entresijos, trenzados por los intereses creados, la hipocresía y la ignorancia. Un relato que transcurre a dos lados de una frontera geográfica, entre Estados Unidos y México, en donde, paradojicamente, las fronteras entre ley y delincuencia se difuminan, y en donde quién 'instituye' (regula, condena y persigue el 'qué': el tráfico o el consumo), Wakefield (Michael Douglas), el juez elegido para dirigir la 'Oficina nacional de control de las drogas', descubre que ignora el por qué (de los que la consumen y llegan a ser adictos): incluida la adicción de su hija. La estigmatización del consumo no es mas que otra cortina de humo para ocultar un retorcido teatro de 'intereses'. El consumidor no es que sea alguien que meramente se 'desvia del camino' (el camino del provecho), sino reflejo indirecto de las carencias de toda una sociedad. El problema no es la adicción en sí, sino las circunstancias que la determinan. Por otro lado,las subtramas protagonizadas por Javier (Benicio del Toro), policía de Tijuana, ejemplo, a pequeña escala, de la corrupción generalizada de los representantes de la ley (compinchados con los capos), y Helena (Catherine Zeta Jones), cuya vida de lujos se tambalea al descubrir con la detención de su esposo que debe su fortuna a sus negocios ilegales como capo de la droga, pero se rehace sustituyéndole al mando de la 'empresa', condensan qué fácilmente se pueden cruzar, en ambas direcciones, ambas líneas, la de la integridad y la corrupción.
15. 'A scanner darkly'. ‘A scanner darkly’ (2006) es una adaptación de una obra de Philip K Dick. La segunda película de animación rodada con el sistema rotocospico por Richard Linklater. Otra reflexión sobre la percepción y su disolución, sobre los límites de la identidad y de la realidad, en una distopia entre vigilancias policiales de alta tecnología, epidemias y alucinaciones fruto del dopaje, o quizá de manipulaciones ajenas. O quizá la realidad sea una alucinación. El protagonista, Arctor (Keanu Reeves), es miembro de un grupo de consumidores de drogas, pero tiene una vida paralela de agente infiltrado. En su investigación sobre los traficantes de una sustancia conocida como D (alusión a Slow death/muerte lenta), se engancha en su consumo lo que determina que sus dos hemisferios cerebrales funcionen de modo independiente, o en colisión. O lo que es lo mismo, llega un momento en que ya no discierne qué o quién es realmente cada uno e incluso él mismo.
16. 'Half Nelson'. Nelson (Ryan Gosling) es un profesor de secundaria que se esfuerza en concienciar a sus alumnos, para dejar su pequeña huella, e influenciar, y posibilitar cambios en su entorno y la Historia. Aunque él se sienta a la deriva de su propia historia con minúsculas, su vida, zarandeada por la decepción y la irresolución. Por eso, su adicción a la droga es su forma de ‘narcotizarla’. El primer plano de la película es el de su perfil; como señala el título de la película, 'Half Nelson' (2006), de Ryan Fleck, es la mitad de Nelson, como si sólo estuviera presente en parte, ya que no ha podido realizar lo que deseaba. Considera que a veces la oposición de fuerzas crea un progreso, en otros lo refrena o revela la incapacidad del ser humano para superarse y sí, en cambio, incurrir una y otra vez en los desatinos y atrocidades. Su nuevo intento de sentirse en el mundo, realizando una acción de fuerza opositora que logre un cambio, aunque sea mínimo, es la relación de amistad con Drey, una de sus alumnas, cuyo hermano está en la cárcel por delito de tráfico de drogas. Drey mantiene una relación de amistad con aquel que suministra drogas a Nelson. La vida de Drey se convierte en el caballo de batalla de Nelson porque no quiere que la involucre en su negocio. Pero se dará cuenta de que Frank, a su manera, se preocupa de Drey; no es una figura ominosa, por mucho que represente lo que no quiere que acabe siendo Drey. Hasta una mente abierta como la suya puede caer en maximalismos en los juicios. Siempre hay que preguntarse cuál es la historia de cada uno y su circunstancia.
17. 'Superfumados'. En los recovecos de esta historia centrada en dos porretas, que se pasan colocados toda la película, envueltos en una trama de crímenes, policías y narcotraficantes, que mezcla comedia con thriller, se puede rastrear ese juego de espejos de relaciones de pareja o amistad regidas por la inmadurez, de obras pretéritas de David Gordon Green. En 'Superfumados' (2008), recurre a la hipérbole. Acompasa el ritmo narrativo al estado 'colocado' de los personajes, sin recurrir a los ya convencionales recursos de psicodélicas secuencias para plasmar los estados dopados. El ritmo dislocado refleja esa circunstancia descentrada de los dos protagonistas, atrapados en una trama que les supera desde el momento en el que Dale (Seth Rogen) es testigo de un asesinato en el que están compinchados una policía y un narcotraficante, e involucra a Saul (James Franco), su habitual suministrador de droga. Hasta ese momento ambos estaban ante todo 'conectados' a la marihuana, pero 'desconectados', de algún modo, del mundo alrededor, ensimismados en el propio. O quizás 'descolocados' aunque ellos mismos no lo supieran. Un 'descoloque' en el que estaban atrapados, Saul en su torre de marfil ajena al mundo y hasta fuera de tiempo (como refleja esa estética hippy que viste) y Dale con su relación con su trabajo de esbirro social presentando notificaciones de embargo a morosos. La narración opta por la dinámica del disparate sin perder de vista el dibujo de unos personajes inmaduros enfrentados a un despropósito que, de algún modo, les enfrenta a su propio despropósito
18. 'Efectos secundarios'. La variación radical de la segunda parte de 'Efectos secundarios' (2013), con respecto a la primera parte tiene su mordaz por qué. Más bien es como si presenciáramos el proceso de corrupción de un cuerpo. O cómo se revela que está corrupto (el cuerpo de nuestra sociedad). En la primera parte, parece el relato sobre esa depresión profunda que te hace sentir ‘fuera de la realidad’, y que incluso te empuja a infligirte daño. La narrativa adquiere esa fluidez de trance, ’ambient’, con un refinado uso del diseño sonoro que Soderbergh orquestó en alguno de sus más destacados logros, como ‘Traffic’. La depresión se convierte en un molesto efecto secundario, un chirrido en el sistema, el indicador de un desajuste, de un cortocircuito. Y como avería, debe medicarse para erradicarse. Pero después se desentrañará el engaño. Todo es simulación, conveniente, además. La industria farmacéutica y la psiquiatría, cuya dedicación se supone que es la cura de nuestras lesiones físicas y emocionales, se revelan también territorio de funcionarios y depredadores, que atiborran con medicamentos por comodidad o para sacar dinero, especulando del modo más avieso con los mismos. Si tu salud se deteriora, siempre habrá alguna pastilla que recetarte. Si tu integridad se deteriora, no te preocupes, el contagio ha culminado y ya eres parte de la institución. Bienvenido al sistema. Pero no dejes que desvelen tu máscara ni que descubran tu truco.
19. 'Dallas buyers club'. Ron (Matthew McConaughey), en 'Dallas buyers club' (2013), de Jean Marc Vallée, no es un traficante de drogas, sino suministrador de una medicina alternativa, la que no estaba aprobada ni legalizada en la década de los 80 en Estados Unidos, y que podía resultar más beneficiosa para los que habían contraído el sida, aquellos a los que Ron califica como 'El club de compradores de Dallas' (The Dallas buyers club), que la que se les suministraba en los hospitales, una medicina legal, pero que resultaba incluso perjudicial. Ron hará uso de sus recursos, esos relacionados con la picaresca que ya le habían metido en algún lío por causa de sus triquiñuelas con las apuestas, y se enfrentará a un sistema que le estigmatiza como traficante cuando él realiza un servicio que no ofrecen desde la legalidad (aunque también saque su dinero, pero hay algo de robinhoodiano en su actitud), Ron decide actuar saliéndose por la tangente, aunque eso implique que tenga que entrar en colisión con los que sí cumplen su función en el sistema, en concreto con los que controlan el código de circulación de lo que es legal y no lo es, lo que se puede hacer o no, los que, por cumplir, lo que se les manda o lo que dicta la ley, permiten que puedan morirse los que no disponen de los medios necesarios, ni siquiera de información Ron agujerea el sistema.
20.'Sicario'. La rectitud no tiene mucha cabida en la tierra de lobos. Más bien, la realidad es un coladero en la que todo se mezcla, en la que todo se escurre, porque cualquier medio vale para conseguir un propósito en la lucha contra el narcotráfico. En 'Sicario', la narración adopta, en principio, el punto de vista de quien entra en un universo que no logra entender. La agente del FBI Kate (Emily Blunt) es integrada en una misión que no tiene clara, como tampoco su función en la misma, ni incluso a quienes representan, qué agencias, o qué gobiernos, algunos agentes con los que trabaja. Todo resulta difuso, y no dejará de serlo aunque se despejen algunas interrogantes, sobre todo cuando cobre más relevancia la perspectiva del enigmático colaborador colombiano Alejandro (Benicio Del Toro). Porque ya no es que las alianzas entre los representantes de la ley e integrantes de las mafias de la droga desvele una corrupción que difumina fronteras, sino que revela un paisaje de muerte, esa tierra de lobos, en la que simplemente unos muerden con más ganas, y más rápido, que otros, para sobrevivir y dominar el terreno, o simplemente vengarse. Somos prisioneros de los incendios de nuestros instintos. El personaje de Benicio del Toro puede establecer un revelador contraste con el que encarnó en 'Traffic' para evidenciar la nihilista visión de 'Sicario', apuntalada en una clausura que retoma una disputa deportiva entre niños, pero aquí un sonido de metralletas en la distancia apostilla esa radical diferencia de perspectiva.

lunes, 30 de junio de 2014

3ª sesión en La casa encendida: Músicos: Fantasmas y escisiones (II)

Segundo hilo visual temático de la sesión del 26 de junio en La casa encendida, dentro del ciclo 'No es cine español, es cine', coordinado por Hilario J Rodriguez y Carlos Tejeda: La Musica (1967-) : Fantasmas, escisiones e insuficiencias, el artista confuso entre las ficciones del yo y de la realidad. 1. Privilege 'Privilege' (1967) de Peter Watkins nos relata la génesis del 'Conformismo productivo' (concepto quizá familiar, dado cómo se ha propagado en nuestros tiempos). Tómese una figura con imagen contestataria, alguien que puede convertirse en un icono de rebeldía contra el sistema u orden establecido. Si es en los 60, un cantante pop, por ejemplo, como Steven Shorter (Paul Jones, cantante de Manfred Mann), que sirva para canalizar la violencia de la juventud, en espacios controlados como salas de concierto (en vez de en las calles, con manifestaciones y protestas dirigidas hacia las instituciones de poder) y conviértale en una especie de mesías de inclinaciones integradas, bien flanqueadas por el poder del clero y cierto espíritu nacionalista que evoca al que supo dominar a las masas y propulsar el nazismo al poder en la década de los 30. Anverso y reverso, o cómo saber deglutir e integrar a las convulsiones en los márgenes que pueden desestabilizar el llamado tejido social y hacerlas parte del mismo.  Las estrellas del rock son como divinidades, así que el gesto raptado de la entregada admiradora hay que vehicularlo en la dirección conveniente, el de la sumisión y el conformismo con espacios bien controlados de desahogo. El privilegio al que alude el título es del poder disfrutar de la influencia sobre las masas. Convertirse en modelo, tus palabras y actos y aspecto son guias. Claro que quizás aspires más a ser persona, a recordar que no eres un símbolo, manipulado, además, cual marioneta por otros, pero ya entonces entrarías en la categoría de perturbación o molestia, lo que implicaría tu precipitación en las simas de la mudez, en los márgenes donde nadie pueda escuchar lo que quieras decir, porque la marioneta se rebeló y ya no era funcional.  Shorter es un joven sin particulares inquietudes. Casi no sonríe. Su vida gira alrededor de la música, o de los programas infantiles de la televisión, como si no hubiera nada más, como si fuera casi una carcasa vacía. El retrato que realiza de él la pintora Vanessa (Jean Shrimpton) asemeja al de los de Francis Bacon, de rasgos desfigurados, derretidos, de cuencas oscuras. Ese vacío, que linda con la tristeza, es el que le cautivó a Vanessa de él. De hComo así sucede con su relación con Vanessa, que de algún modo le despierta, y le recuerda que no es un símbolo, sino alguien, una persona, como él grita, como hacía 'El hombre elefante' cuando clamaba que no era un monstruo. No es una divinidad, ni es una cosa, una manzana, como se refleja en ese delirante spot publicitario en el que participa. El hábil uso de las tentaciones para que, sin que te des cuenta, comiences a pensar como una manzana, hasta que llege el momento en que te hayas transformado completamente en una manzana. Eres cómo se te moldea, sino te convierten en un personaje de una película muda, porque la perturbadora disidencia no puede tener voz. echo, es alguien al que dejan escaso resquicio de espacio propio, porque no resultaría conveniente.
2.The wall La enajenación. Ver que eres ante todo lo que representas, no lo que eres, ni siquiera lo que haces, tu música. Y construyes un muro de aislamiento, a la vez que te conviertes en parte del muro de una sociedad que te oprime y anula. Te conviertes en un ídolo de masas, en un lider (con resonancias nazis, porque tu icono dicta tal es su influencia entre los admiradores, tal es tu potencial de sugestión e influencia. Desapareces en lo que representas para otros, te entumeces y embruteces en ese proceso como si te extraviaras en un territorio movedizo intermedio, te quedas atrapado en tu condición de símbolo, de martillo, de ladrillo. 3.Velvet goldmine Todd Haynes exploró las mutaciones de identidades en la magnífica 'Velvet goldmine' (1998), evocando a través de un personaje ficticio al David Bowie de la época de Ziggy Stardus estableciendo una fascinante asociación con Oscar Wilde via Dorian Gray, y jugando en la estructura con la guía narrativa de la investigación, o búsqueda de una verdad más allá de máscaras y baile de identidades, a través de un reportaje periodístico y entrevistas (una estructura narrativa de encuesta, como la de 'Ciudadano Kane')  Queríamos cambiar el mundo, pero cambiamos nosotros, dice Kurt Weil (Ewan McGregor), inspirado tanto en Iggy Pop como en Lou Reed. ¿Y eso está mal?, pregunta el periodista. Nada, si no miras el mundo, replica Weil. El artista se ve devorado por su propia ficción, por el personaje que crea. Sus intentos de demoler o subvertir una realidad derivan en una condición escénica, como si la sociedad la domesticara al integrarlo como peculiaridad o anomalía extravagante, parte de un espectáculo, en la distancia de un escenario. Y mientras la realidad permanece en sus pautas dominantes, en su corrupción solapada.
4. Control El pensamiento espectral de Ian Curtis sobre la existencia:; ‘qué importancia tiene, existo lo mejor que puedo, el pasado está ya en el futuro, y el presente se va de las manos’. Siente la realidad como un espacio en el que se confunden o enmarañan, en una nebulosa, el afuera y su yo interior. Y en el cuál, como apoyan sus palabras, se siente superado por las circunstancias, en donde las elecciones del pasado se convierte en lastres ante los que no saber cómo reacciona La narración de 'Control' (2007), de Anton Corbijn, es elíptica, y transmite una sensación de suspensión, como la sensación que transmite Curtis, suspendido en un espacio al que no parece pertenecer, y en el que no se reconoce. ¿Es un fantasma o es la realidad fantasmal?.  Es como si fuera un personaje de Samuel Becket que se plantea cuál es su voz, extraño y ajeno al universo, ante el cual más que decir ‘yo soy’ sólo quepa decir ‘¡Oh!’. Uniformes, disfraces, identidad. Emulando a David Bowie, se viste con un corto abrigo de pieles y se pinta los ojos, encontrando, en el espejo, un reflejo más cercano a si mismo. O cuando menos diferente, una réplica a un entorno que le uniformiza como él no desea (¿Quién soy yo?). Es como si hubiera deseado ser Bowie (o su ‘fantástico’ Ziggy Stardus, ser un ‘starman’), pero estuviera preso de sus fantasmas (de su incapacidad de lidiar con la realidad, de habitarla sin sentirse un fantasma aislado en su extrañado yo), como Jim Morrison, de quién hereda en su música esa letanía recitativa y poseída, aunque más cercana en sus acordes a la Velvet Underground, entregándose intensamente en los conciertos, cual si estuviera en trance, como quisiera hacer en su vida 5. Last days Last days' (2005) incidía en las mismas pautas expresivas, ahora centrándose en una figura, precisamente un icono juvenil de ese espiritu del malestar, Kurt Kobain, el cantante de Nirvana. Y centrándose en los movimientos o desplazamientos, de nuevo vaciados, de sus últimos días antes de suicidarse. Lo que el oyente, o admirador, reflejaba o proyectaba en ese icono, este se lo devuelve. Una vida sin transcurso ni dirección, ni apego ni placer de vida. Otra figura fantasmal que se implosiona en sus carencias. Otra figura que deambula en el desierto, quizá buscando sentido, dirección, un lazo con la vida. O quizá, cuando no te dejas llevar por la inercia de la rutina, de tu papel social, enfrentado a tu propia falta de inquietud o anhelo. Sin la máscara que nos arrastra en nuestro discurrir cotidiano de inercias somos sólo fantasmas que deambulan, ya muertos en vida. Sin siquiera interrogantes o impulso de acción. Hasta los modelos están vacios.  Una lectura complementaria, y rabiosa en su radical representación, a aquel intelectual eremita de 'Descubriendo a Forrester', apartado de la vida, porque en el mundo donde está, que no habita, no hay espacio para espíritus como él como modelo (aunque, como se apuntaba ahí, una cierta corresponsabilidad podía haber en su ensimismada misantropía, por muy lúcida que fuera),
6. I'm not there 'A la mañana soy de una manera, a la noche de otra, pero no sé quién soy. Es como si el pasado, el presente y el futuro se concentran en la misma habitación'. Es una de las últimas frases de la película, expresada 'voice over' por una de las identidades o fantasmas que representan, desgajan o amplifican la personalidad de Bob Dylan, poeta (Ben Winshaw), profeta (Christian Bale), forajido (Richard Gere), impostor (Marcus Carl Franlin), rey de la electricidad (Heathe Ledger), y lo que es aunque no esté ahí (I'm not there), la imagen más próxima a la del propio Dylan, pero encarnada por una mujer, Cate Blanchett, espectro, cadáver, sombra errante o imagen mutante, como la del propio Dylan, o el propio Dylan, y que fluye entre imágenes que evocan el universo de '8 1/2' (1963), de Fellini, o que establece una línea de diálogo con aquella, otra obra en que un creador se debatía con sus fantasmas, como en ésta, corporeizada narrativamente de modo admirable en la alternancia de las diversas voces de esos fantasmas ( y fantasma quizá sea el huidizo el propio cuerpo originario, porque quizá sólo haya reflejos, debate entre identidades y personalidades, entre imposturas, búsquedas, cambios que son mutaciones, y realidades movedizas). Cuando dice la frase inicial citada, en un vagón de tren, se encuentra con la guitarra que portaba el 'impostor', aquel que representa, a través de un niño negro, las ansias o quizá infulas de ser la voz representante de los desposeidos cuando Dylan comenzó a alcanzar notoriedad, como si fuera la encarnación del Woody Guthrie que con su música protestaba contra el poder establecido en los años de la depresión ( pero como le dice un vagabundo a la figura que encarna el 'impostor, ahora estás en 1959).
7.En Si yo fuera tú, me gustarían los Cicatriz (2010), un local vacío que se vende es la sombría huella de un tiempo, de una actitud, que se perdió, allá en los primeros años de la transición. Un momento de promesa de transformación, de superación, que se desvaneció, como un amago que no se realiza en acto. Por eso, la única evocación de aquellos tiempos exultantes, lo que se añora, una actuación de Cicatriz, parece la irrupción de un fantasma. No hay sonido, sólo silencio, porque aquella actitud no tiene ya voz en nuestros días. Se perdió. La cámara se centra en los espacios o, en un larguísimo plano, en uno de los supervivientes, bajista en el álbum en directo. Un plano que también vibra con el rojo del espacio, el de la pintura de la pared en un local que estuvo en boga durante aquellos años; un plano hecho de lleno, el que evoca, y el vacío, lo que ya no está. La duración se tensa, como si se creara un diálogo entre el vacío y el lleno, un diálogo abocado al silencio, al requiem fúnebre, aunque aún palpite en la evocación un mordisco de vida. Quedan las huellas de una representación, los escenarios vacíos (la calle deshabitada mientras una voz evoca los garitos de entonces), las taquillas, la mirada que busca desde la distancia, o que se ha quedado ya en bambalinas, en los márgenes, las difuminadas sombras de lo que quizá fuera real o representación (¿la Lola de una de sus canciones-himno estaba inspirada en alguien real o era un personaje, o una combinación?). Las incógnitas siempre quedan, al menos en penumbras, para perfilar la leyenda, la leyenda de una actitud. Lo que debe prevalecer, con la evocación, es el sueño del 'inconformismo productivo'