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lunes, 30 de mayo de 2022

Caso clínico (Impedimenta), de Graeme Macrae Burnet

 

¿Si se parte de la interrogante de en qué medida nuestras identidades son ficciones, esto es, constructos, aunque actuemos y nos desenvolvamos en nuestra vida ordinaria como si así fuera la naturaleza de nuestro ser, por qué no plantear una narración como si estuviera basada en personajes y sucesos reales cuando quizás más bien sea una ficción? Caso clínico (Impedimenta), del escritor escocés Graeme Macrae Burnett, juega con esa ambivalencia, o suscita esa duda e interrogante en el lector, a la vez que son puestos en cuestión los dos mismos protagonistas cuyas perspectivas se alternan en la narración, esto es, en qué medida se definen por sus contradicciones, y en qué medida, inconsciente o conscientemente, se construyen, definen, cómo son, o dicho de otro modo según cómo se perciben. Ambos representan dos ideas sobre la identidad cuyo contraste ejerce de implícita dialéctica en el texto. El célebre psicoterapeuta, en los sesenta, Collins Braithwaite, piensa que nos restringimos, casi como figuras taxidérmicas, en inmóviles constructos de identidad (que incluso consideramos naturales, como lo que inevitablemente somos), que no son sino reflejos y sombras, o ilusiones, que creemos cimentadas con solidez, como un código de circulación previsible, cuando quizá nuestra constitución, realmente, se defina por la diversidad. Por lo tanto, por la posible modificación y por la alternancia (circunstancial). Solo existen identidades, y ese querer retroceder a un supuesto estado de identidad verdadera anclado en la infancia es la fuente misma de los problemas que describe. El camino de la liberación radica en aceptar que somos haces de identidades, escribe el propio Braithwaite, quien pone en cuestión, a través de la figura o idea del doble, arraigada en la trama conceptual (de opuestos) nuestra sociedad, cuál es el real u original y cuál es el impostor o personaje. Somos más bien múltiples o diversos.

Esa figura del doble, reflejo del maximalismo dualista que nos restringe, queda expuesta en la joven sin nombre que está convencida de que Braithwaite es el responsable, por su influjo, de que su hermana Verónica se suicidara. Por eso, decide adoptar otra identidad, de nombre Rebecca, con la que hacerse pasar como paciente, y de este modo investigar cómo pudo el psicoterapeuta condicionar perjudicialmente a su hermana, ya que parte del hecho ( o más bien percepción) de que nada podía indicar, por la forma aparente de ser de su hermana, que podría optar por la acción del suicidio. Si no hubo una perniciosa influencia externa plantearía la cuestión de que quizá muchos seres humanos no transparentan como son, piensan y sienten, e incluso se presentan de un modo que transmite una impresión opuesta, una figura que conecta con Laura Palmer en la serie Twin Peaks, y que expone, o evidencia, cómo nuestra sociedad se estructura sobre la escisión y la enajenación, por las represiones o las omisiones convenientes (prudentes o cínicas). La misma protagonista, durante el desarrollo de la narración, se convertirá en ejemplo de ese conflicto interno, por cuanto su personaje no es reflejo de la diversidad de su ser, una variación más de sí misma, sino una figura que pone en evidencia la represión que define su forma de ser. Mi diario era una obra de ficción. Construí un personaje tal y como lo haría un novelista, y todo en beneficio de un único lector (…) la auténtica verdad no estaba en lo que escribía, sino en lo que omitía. La dualidad entre lo que es y aparenta, entre cómo se presenta y qué omite, no es que derive en cortocircuito sino que pone en evidencia su cortocircuito interno, la dificultad de asunción, o articulación, de sus deseos y emociones, la cual está relacionada con la tendencia a la compartimentación en nuestra sociedad. Por eso, a ella no le gusta que las cosas se mezclen. No le gusta que la turben. Le gusta que esté todo bien organizado en pequeños compartimentos.

El psicoterapeuta, pese a su aparente autoconsciencia y convicción, también desvelará que su fortaleza externa oculta su miedo al rechazo. Su seguridad no es más que una coraza que, también, como en el caso de ella, evidencia una necesidad de control. Braithwaite se percibe como prefiere concebirse, como <<Un inadaptado sin remedio tratando de hacer entrar en razón a quienes no están interesados en la razón>>. Cree que fue forjando su flexible y consciente forma de ser, desprendiéndose de los lastres que atenazan al colectivo social, porque fue comprendiendo desde su juventud cómo nos comportamos, inconscientemente, como personajes, esto es, que no somos sino constructos, influenciados por nuestro entorno social, y que también podemos ser, sobre todo en ciertas etapas de nuestras vidas, una reacción a cómo creemos que nos habían modelado. Por lo tanto, la misma reacción, muchas veces sustentada en la oposición, no deja de ser otra construcción ficticia que sentimos como cimiento firme, pero que no es sino otra ilusión, a la contra, que usamos como coraza protectora. Ambos no logran percibirse, y concebirse, como creen discernir que es el ser social, como cuando ella en un bar se pregunta si realmente las conversaciones no son sino intercambios de monólogos en los que uno ya prepara la contestación, en su cabeza, antes de que el otro concluya lo que está diciendo. Más que definirse por la escucha activa es una sucesión de turnos de intervención. La realidad, por lo tanto, se asemeja mucho a un escenario (incluidas las proyecciones que nos hacemos de los otros, o cómo esperamos que actúen como queremos que actúen, como el intérprete que debería dar la réplica que consideramos debe dar). Es el escenario inconsciente, ese que llamamos realidad, y en el que creemos que no actuamos (en cuanto personajes), sino que nos mostramos y actuamos como somos y sentimos, cuando realmente no somos sino autómatas, en buena medida programados, como dispositivos de ficciones. Estaba en lo cierto. No valía de nada. Me levantaba por la mañana, acudía a mi empleo de pacotilla, regresaba a casa, veía la televisión o leía una novela. Me acostaba, me levantaba y repetía el proceso hasta la nausea. Era poco más que un autómata.

En cambio, relacionarnos con los otros, como seres diversos, nos otorga la facultad de actores conscientes, en cuanto homo ludens, en un escenario de posibilidades. La diversidad puede parecer que carece de centro de gravedad, por eso nos sentimos más seguros con las certezas, por protésicas que sean, pero no es sino flexible apertura al redescubrimiento y reenfoque de nosotros mismos según las circunstancias. Somos seres en potencia. Potencialmente podemos modificar nuestra perspectiva o actitud, como según la circunstancia, o según con quien nos relacionamos, quizá actuemos o reaccionemos de modo diverso, o con diferentes facetas de nosotros mismos (que no implica fingimiento). Somos seres relacionales. La yuxtaposición, como toda y en una frase, es también fundamental en la constitución de toda relación con cada diferente otro, o con cada diferente circunstancia. Como expresaba Macrae en la estimulante conversación que mantuvimos, nuestra percepción en nuestro entorno ordinario está constreñida, por la repetición y la familiaridad, como si nos desplazáramos en una cinta corredera, mientras que en un entorno no familiar, nuestra percepción de los más mínimos detalles parece amplificarse. Esa es la relación que necesitaríamos propiciar, de modo constante, para no ser autómatas, sino seres en movimiento que nos relacionamos como si cada circunstancia fuera una nueva experiencia, y por tanto definida por lo impredecible de lo posible, incluso con respecto a nosotros mismos. La búsqueda del <<ser uno mismo>> es idolatría. En su lugar, debiéramos tratar el mundo como un escenario y representar cualquier visión de nosotros mismos que deseemos ser. Inventarnos y reinventarnos -de forma que seamos <<varios>>- es la única manera de escapar de la tiranía del anclado Yo Inmutable.

sábado, 3 de julio de 2021

La desaparición de Adêle Bedeau (Impedimenta), de Graeme Macrae Burnet

                               

Qué extraño que nos conociéramos de esa manera, ¿no te parece? Me refiero a que, si no llego a estar en este claro en el preciso momento en que pasabas por aquí, si hubieras tomado un camino distinto, si no estuvieras aquí de vacaciones, si yo hubiese nacido en otro lugar… Es de lo que se sorprende Manfred en La desaparición de Adèle Bedeau (Impedimenta), del escritor escocés Graeme Macrae Burnet. El curso de la vida, de la realidad, es imprevisible. No sabes cuándo, por estar en un determinado lugar en determinado momento, acontece un cruce que puede ser determinante para tu vida, cuándo puede aparecer o desaparecer alguien en tu vida, cuándo tu vida puede variar de modo radical por un mero gesto que no controlas. Del mismo modo, a otra persona puede no ocurrir nada en ese mismo lugar, en ningún otro momento. En todas las veces que Gorski visitó el claro, jamás se cruzó con otro ser humano. En algunas vidas, durante largos periodos de tiempo, parece que nada ocurre. Es el caso de la anodina vida de Manfred, que vive en un anodino pueblo de provincias, como otros tantos en los que no parece ocurrir nada. Hasta que desaparece Adele. Ambas perspectivas, la de Manfred y el inspector Gorski, se combinan en la narración. A través de ambos se despliega una sutil y compleja reflexión sobre la percepción, sobre cómo especulamos sobre los hechos y los demás o sobre cómo los otros nos pueden percibir, y sobre cómo puede que habitemos la realidad como si nos sintiéramos protagonistas de una pantalla (película), como si los demás fueran espectadores pendientes de la misma, y cómo logramos descifrar las apariencias que, en parte, están tramadas con lo que se quiere proyectar de uno como con lo que se omite. Manfred se veía involucrado en la investigación y a Manfred no le gustaba verse involucrado en nada. Y, después de todo, ¿dónde acaba la verdad? ¿Acaso tendría que haber confesado su ridículo enamoramiento hacia Adele, un enamoramiento sustentado única y exclusivamente en el hecho de que la chica hubiese ocultado a su amigo la familiaridad entre ambos?

Una mujer, una camarera admirada, Adele, desaparece, y su vacío parece que dejara en evidencia las anomalías en el conjunto. Manfred, cliente habitual de ese restaurante, es quizá la más destacada. Una desaparición, que es una incógnita, porque no se sabe si es voluntaria o es la consecuencia de un secuestro o un asesinato, pone en evidencia a quien desentona en el conjunto, porque, en general, los demás consideran un cuerpo extraño a Manfred. Gorski intenta descifrar esa desconcertante pantalla que es Manfred, porque intuye que miente, pero ¿por qué? Ambos son mentes especuladoras, y ambos, en una medida u otro, sienten un desajuste con su entorno. Gorski especula sobre una desaparición, sobre una incógnita, que encuentra su correspondencia en el mismo espacio donde vive, un piso despojado que deja pocos indicios de cómo puede ser alguien que una mujer que parece varias, según quién exprese su parecer, y sobre los posibles vínculos con esa desaparición de aquellos, como Manfred, que componen aquel entorno. Incluso, se pregunta si puede estar relacionada esa desaparición con el asesinato de una adolescente veinte años atrás cuando él era un joven oficial que daba sus primeros pasos como investigador policial, un fracaso que siente como mancha que arrastra como un grillete. Un pasado, por otra parte, que ignora que le une con Manfred, ya que no le recuerda como uno de los vecinos a los que pidieron testimonio. Los azares son extraños: ¿un suceso de veinte años después puede esclarecer aquel acontecimiento irresuelto?

Gorski no siente que sea como la mayor parte de los policías de provincias, más preocupados de disfrutar de los líquidos embriagadores en los distintos bares, ya que él aspira a dejar atrás esos pueblos anodinos que se parecen unos a otros, porque sus aspiraciones son otras, no solo en cuanto ascenso en el escalafón, sino en ambiciones con respecto a la eficacia de los resultados de su labor. ¿Dispone de las necesarias cualidades? Aunque ¿sirven de algo las intuiciones o las inspiraciones cuando faltan los datos, como por ejemplo un cuerpo que indique qué implica realmente esa desaparición? También siente que desentona con respecto a su esposa, dueña de una tienda de moda. Si algo ha acentuado el paso de los años ha sido las diferencias entre ambos. Sus evocaciones rastrean el inicio de un hilo que por algún motivo no advirtió que ya se estrangulaba desde un principio. ¿Por qué se toman ciertas decisiones que determinan una narrativa de vida y no otra? Manfred por su parte siempre se ha sentido fuera de todo, sea su familia, los abuelos que lo criaron, con los que sentía que no era tanto un motivo de orgullo como un recuerdo del desliz de su hija, como en su trabajo en el banco, donde debido a que no se socializaba con sus empleados ni hablaba sobre sí mismo, estaba al tanto de que su vida era objeto de conjeturas. Manfred pronto llegó a convencerse de que donde más a gusto se sentía era en la oscuridad, pero, sobre todo en el restaurante al que acude cada día, donde trabaja Adele, se siente también centro de especulaciones. Gorski se pregunta ¿cómo es Manfred realmente? Y Manfred se pregunta sobre cómo le consideran los demás. Especula con cada mirada y cada gesto, o con cada elusión de mirada o gesto, como si sintiera que todos están pendientes de lo que hace o deja de hacer. Se siente desplazado, como quien solo sueña desde la distancia con las mujeres, porque se siente incapaz de establecer una relación, pero a la vez siente que fuera el centro de todas las miradas, como si todos estuvieran pendientes de él. Después de todo, ¿no vivía ya su día a día como si estuviera sometido a una vigilancia constante, como si esperase de un momento a otro que lo desafiaran a ofrecer una explicación de sus acciones o a responder a quién sabe qué oscuras acusaciones? ¿No vivimos como si fuéramos los protagonistas de una ficción? Esas especulaciones son su ilusión de acontecimiento. Graeme amplia esa concepción de la vida como ficción con un capítulo que replantea la novela como si lo narrado fuera el argumento de un libro que fue convertido en película por Claude Chabrol, con Isabelle Adjani como protagonista, a finales de los ochenta, uniendo el destino final del Manfred con el del propio novelista. ¿Quiénes somos más allá de las ficciones que vivimos, o las que proyectan los demás sobre nosotros? Si se levantaba y salía por la puerta, nadie se daría cuenta, y menos aún comentaría su acción. No significaba nada en absoluto para nadie de los que estaban en el bar (…) Lo que Manfred escogiera hacer no tenía transcendencia para nadie salvo para él mismo.