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sábado, 21 de diciembre de 2024

24 Bandas sonoras 2024

24. Fuera de temporada, de Vincent Delerme

23. White bird, de Thomas Newman
22. Blitz, de Hans Zimmer
21. Secretos de un escándalo, de Marcelo Zarvos
                             
20. No hables con extraños, de Danny Bensi & Saunder Jurriaans
19. Monkey man, de Jed Kurzel
18. American fiction, de Laura Karpman
17. Dune: Parte 2, de Hans Zimmer
16. The beast (La bestia), de Bertrand Bonello
15. Furiosa, de Tom Volkerman
14. La zona de interés, de Mica Levi
13. Fly me to the moon, de Daniel Pemberton
12. Nosferatu, de Robin Carolan
11. Kind of kindness, de Jerskin Fendrix
10. El mal no existe, de Eiki Ishibashi
9. Desconocidos, de Emilie Levienaise-Farrouch
8. Joker: Folie à deux, de Hildur Gudnadóttir
7. Animalia, de Amine Bouhafa
6. La tierra prometida, de Dan Romer
5. Cónclave, de Volker Bertelmann
4. Rivales, de Trent Reznor & Atticus Ross
3. El método Knox, de Alex Heffes
2. Civil war, de Ben Salisbury y Geoff Barrow
1. Jurado nº 2, de Mark Mancina

domingo, 9 de abril de 2017

El aceite de la vida

La celebridad y el reconocimiento del cineasta australiano George Miller se debe preferentemente a la saga de Mad Max, en especial la última, 'Mad Max: Camino de la furia' (2015). En cambio, permanece en el olvido la que me parece su obra maestra, 'El aceite de la vida' (Lorenzo's oil, 1992). Ambas se definen por la épica, por la gesta que realizan sus personajes, enfrentados a unas circunstancias adversas, a una opresión, a un condicionamiento, sea la voluntad de otros o la de esa difusa entidad que se puede llamar destino o azar o aleatoriedad. En 'Mad Max. Fury road', Furiosa (Charlize Theron) encarna la furia de los justos a la que se une el que se sentía mutilado en su interior pero ya no dispuesto a creer posible que la realidad podía transformarse. Max (Tom Hardy) vivía preso de su pasado, de su pesadumbre (el fantasma de la muerte de una niña), otra máscara que le asfixiaba, como la que porta, como un bozal, cuando es capturado por quienes abusan de su posición de poder. Desprenderse de esa máscara le liberará y hará de su cuerpo la furia efectiva que complementa la determinación de la rebelión. En 'El aceite de la vida', la rebelión del matrimonio que conforman Augusto (Nick Nolte) y Michaela (Susan Satandon) es la que no acepta la resignación ante lo que otros padres consideran una fatalidad irresoluble, la enfermedad degenerativa, ALD, heredada genéticamente a través de las madres, que padecen sus hijos, que se manifiesta entre los seis y diez años, y que les conduce en pocos años a la muerte.
Augusto y Michaela no aceptan que no sea posible buscar alguna solución ante una enfermedad sobre la que los propios médicos tanto desconocen. De hecho, no hay comunicación o conjunción de información entre diversos investigadores, sobre todo con animales, aunque alguno con humanos, en diversas partes del globo. Lorenzo y Michaela consiguen que se organice un congreso para que compartan sus interrogantes y resultados y especulaciones, mientras, en cambio, otros padres han creado una asociación que más bien, para Lorenzo y Michaela, se dirige al consuelo de los padres (como posibilidad de compartir, y por tanto descargar pasajeramente, la frustración y desolación) que a los hijos. Augusto y Michael indagan, investigan, se instruyen en materias que ignoran, para intentar encontrar alguna solución que pueda combatir esa enfermedad, o al menos conseguir que remita parcialmente, o encontrar soluciones que alivien el padecimiento del niño, porque las interrogantes también se dirigen hacia otro aspecto que ignoran, cómo el niño lo vive, en qué medida su mente se ha visto deteriorada, en qué medida ha perdido la consciencia de la realidad, y por lo tanto, de lo que sufre. Si es posible que conserve, en algún grado, aunque haya perdido la facultad de voz y vista, de comunicarse. Lorenzo y Michaela, por otro lado, no dejan de cuestionarse a sí mismo, o entre ellos, sobre en qué medida subordinan excesivamente su vida a ese propósito o misión, olvidándose de sí mismos, y bordeando la inflexibilidad, sobre todo en el caso de Michaela. Su perseverancia consiguió, pulsando las teclas de las posibilidades entre investigadores y científicos, enfrentándose a la maraña de los trámites y las conveniencias y los protocolos, que se encontrara un remedio que fuera efectivo para evitar que la enfermedad progresara en los niños en los que comenzara a manifestarse. En su hijo Lorenzo la mejora fue parcial, pero logró vivir una década más de lo que los médicos auguraban (fallecería en el 2008 a causa de una neumonía, con 30 años; Michaela había fallecido ocho años antes por un cáncer de hígado).
Miller se lanza a tumba abierta en un enfoque expresivo que abraza la épica operística, con una puesta en escena expresionista, exuberante, que propulsa la inmersión emocional. Encuadres que se tensan a través de la relación de las figuras en distintos términos de los mismos, rupturas expresivas, transiciones y elipsis como desgarrones o espasmos, que evidencian la violentación de la vivencia de la realidad, su transfiguración y desquiciamiento, como si hubiera sido desencajada, como si se sintiera sin la protección, en los nervios, de la mielina. Miller busca la genuina raíz del melodrama y la encuentra, como tres años después Clint Eastwood en la también magistral 'Los puentes de Madison'. Las emociones se palpan, su dolor impregna la narración, sin nunca incurrir en la afectación, sino en un descarnado equilibrio como una cuchilla que no deja de rasgar, implacable, el tuétano de la emoción, como quien no deja de mirar de frente a la espesura de la oscuridad, aunque duelan los párpados, porque sabe que manteniendo los ojos abiertos, el dolor en tensión, y no anestesiado, quizá logre encontrar la brecha para que irrumpa la luz. En este sentido es crucial el uso de la música seleccionada en la banda sonora. Desde la opera 'Norma' de Bellini a composiciones de Allegri, Mozart y Algar pasando por el 'Bogoroditse devo', el himno de la iglesia ortodoxa rusa, interpretado por Gloria del Cantorae. Mención especial para el uso, en los pasajes más dolorosos, del Adagio de Samuel Barber, que la conecta con otro soberano melodrama, y el dolor por una enfermedad anómala, 'El hombre elefante' (1980), de David Lynch.

domingo, 7 de agosto de 2016

Las películas de Charlize Theron, de peor a mejor

Charlize cumple 41 años. La actriz sudafricana prontó demostró que no sólo era una modelo para adornar portadas sino que era una actriz con un poderoso carisma y un sutil dominio de los más complejos registros interpretativos. Sus personajes, sobre todo, se definen por las sombras, siniestras, gélidas, por un temperamento rotundo y una imponente autoridad, aunque no ha dejado de evidenciar que sabe expresar o traslucir las facetas más frágiles, patéticas o vulnerables.
Dado que su filmografía bordea los cuarenta títulos, he limitado esta selección de sus películas de peor a mejor a quince películas. He dejado de lado algunas que no merecen demasiado comentario, por su escaso interés o condición formularia, como 'Dulce noviembre', 'Mi gran amigo Joe', 'Hombres de honor', 'Atrapada', 'Aeon Flux' o esa apagada variante de la sobrevalorada 'La semilla del diablo', 'La cara del terror', u otras en las que su participación es más bien breve, como The road' o '15 minutos'.
Las crónicas de Blancanieves: el cazador y la reina de hielo. En 'Las crónicas de Blancanieves: el cazador y la reina de hielo' (2006), Charlize despliega en su reina Ravenna toda la perfidia posible, como un gato que se estira ronroneando, con ese dominio escénico que transpiraba la Catwoman que encarnó Michelle Pfeiffer en 'Batman vuelve', aunque la condición doliente de la villanía de esta se acerque más a la de la hermana de la reina Ravenna, la reina Freya (Emily Blunt), la mujer helada por la decepción amorosa que decide, por reacción despechada, que el amor no puede ser posible para nadie en su reino. La perversidad y ruindad de Ravenna es más pura, no hay ni amargura ni frustración, a no ser la de la amenaza posible de su vanidad, de nuevo móvil para sus acciones crueles, como en la previa 'Blancanieves y la leyenda del cazador'. Tiene que ser la más bella y fascinante del reino. Sólo aparece en la secuencia inicial, y en la secuencia climática, pero su su amenaza no deja de estar latente, pese a que durante el trayecto dramático el conflicto se desarrolle entre los amantes separados durante siete años y la reina de entrañas heladas que les separó. En ese substrato de desconfianzas,despechos y emociones congeladas es donde reside el interés de una película que, aun fácilmente olvidable, discurre con apreciable dinamismo, por lo menos más que la anterior obra, de la que es tanto precuela, en su prólogo, como secuela. Y además de la presencia de Theron, se beneficia de la aportación de otras dos grandes actrices, como Emily Blunt y Jessica Chastain, quien participó por obligaciones de contrato tras protagonizar la múcho más anodina y torpe 'La cumbre escarlata' de Guillermo Del Toro.
Lejos de la tierra quemada. En 'Lejos de la tierra quemada', Theron interpreta a las consecuencias. Es la primera película de Guillermo Arriaga, conocido antes por sus guiones para Alejandro Iñarritu o la excelente primera obra de Tommy Lee Jones, 'Los tres entierros de Melquiades Estrada'. Sobre todo, por su dislocación de la estructura de los mismos. El orden lineal se altera, los tiempos y las perspectivas se combinan. El relato empieza por las consecuencias, por lo que el rostro de Theron se convierte en la interrogante que se extenderá sobre buena parte de la narración. Por qué la expresión de esa mujer parece un tizón ardiendo, constantemente nublada, como si su cuerpo estuviera dominado por una desesperación que no logra aliviar. Por eso, su intepretación es lo más destacado, logra hacer sentir el conflicto de esa mujer que se ha alargado durante años, razón por la que transita de cuerpo en cuerpo sin querer afirmarse en ninguno como quien se castiga a la errancia eterna. A través de quien la encarna en su adolescencia, la hoy chica de moda Jennufer Lawrence se revelará esas razones. Aunque el montaje no parezca tan caprichoso como resultaba en '21 gramos', progresivamente la película pierde centro de gravedad y densidad dramática. Cuanto más ya se sabe, más se diluye la película, cuando precisamente su conclusión debería alcanzar la condición catártica, como en los mejores puzzles narrativos de Atom Egoyan.
En tierra de hombres. Su interpretación de la minera que se enfrenta a sus compañeros masculinos y a su empresa le supuso su segunda nominación a los Oscars en la categoría de mejor actriz. Es una película necesaria y a la vez prefabricada. Es una película que denuncia unos abusos e intenta sensibilizar aportando su particular dosis para que se produzcan cambios en las mentalidades más retrogradas, en este caso las masculinas que establecen rígidamente qué dedicaciones tienen que realizar hombres y mujeres, y que por lo tanto legitiman las humillaciones y el acoso sexual por supuesto intrusismo. Y por otro es una película que, sobre todo, en su segunda parte, recurre, de modo poco sutil, a recursos de guión, en giros dramáticos o evoluciones de personajes, que resultan un tanto impostados y forzados. Bienvenida es una película que homenajee a una mujer que se enfrentó a todo un estado de cosas, lo que es decir el sistema, que no dudó en llevar a juicio a su empresa para denunciar la serie de humillaciones a las que se veían sometidas las mineras por sus compañeros masculinos de trabajo. Y comprensible que condense en un corto de espacio de tiempo lo que en la realidad fue un proceso que duró 23 años hasta que se pagó la multa por la denuncia interpuesta. Pero aunque esté de nuevo impecable Charlize (quien reconoció que su experiencia en la improvisada secuencia de la reunión de los mineros fue la más devastadora de su vida de actriz; se sintió tan incómoda que le provocó brotes de urticaria) la película resulta tan gratificante, por sus intenciones combativas, como limitada por su construcción dramática un tanto formularia.
La maldición del escorpión de jade. Charlize Theron interpretó dos papeles que no diferían demasiado en dos películas de Woody Allen, 'Celebrity' y 'El misterio del escorpión de jade'. Con sus diferenciadores matices en ambas realiza dos breves intervenciones como representación quintaesenciada de la mujer despampanante. Por supuesto, para buscar el efecto cómico, a través de la frustración y la contrariedad. En 'El misterio del escorpión de jade' juega con la ironía de que el detective protagonista que encarna el propio Allen no aproveche la disposición del personaje de Charlize porque cae en un estado de hipnosis determinado por un mago que le utiliza para realizar en ese estado el robo de joyas. Charlize interpreta a la bella imponente, entre caprichosa y espontánea pero no insustancial, y desde luego nada fatal, de las novelas negras que escribieron autores como Raymond Chandler o Dashiell Hammet. Ciertamente, la película se resiente de la propia interpretación de Allen, motivo por el que él mismo la considera una de sus peores películas. No consiguió que actores como Tom Hanks y Jack Nicholson aceptaran interpretar el papel, por lo que se resignó a ser el protagonista, lo que enfatiza demasiado el lado caricaturesco.
Monster. Patty Jenkins decidió que Charlize era la actriz idónea tras ver una escena dramática de 'Pactar con el diablo', en la que la no tenía reparos en que su nariz moqueara. Se dijo que no era una actriz demasiado preocupada por lo que aparenta. Charlize no dudó en deformarse y desfigurarse con sobrepeso y con la caracterización, para interpretar en 'Monster' a una asesina en serie que fue condenada a muerte por asesinar a seis hombres, aunque la obra se preocupa de dotar de los oportunos matices para comprender las circunstancias y las razones que condujeron a esos crímenes. En cuanto dotas de contexto, el monstruo deja de ser una abstracción, y las calificaciones y los juicios se encuentran con la dificultad de ser tan rotundamente sentenciosos. La asesina era también víctima, y la actriz logra conferir la necesaria complejidad a su interpretación. Ganó el Oscar a la mejor actriz, porque ya se sabe que sobre todo se aprecian las desfiguraciones, además de las emulaciones de celebridades y enfermedades y adicciones varias. La distorsión parece ser la contraseña para el reconocimiento. Hay otras interpretaciones de Theron tan poderosas como esta, pero esta tenía las características adecuadas para premios y reconocimientos.
Hancock. 'Hancock' es de esas películas en las que se aprecia que está contenida otra película que podría haber sido más potente, quizás si se hubiera rodado la primera versión del guión, que databa de diez años atrás, que era más oscura, y si hubiera sido dirigida por un director que sepa desenvolverse con las sutilezas y las complejidades. Aún así es una obra apreciable, desde luego amena (a lo que ayuda su brevedad: menos de hora y media) y probablemente la más equilibrada de su director, que ante todo se siente cómodo con la pirotecnia, como quien grita mayúsculas. Y en buena medida, gracias a la labor de su trío protagonista (probablemente, Will Smith no haya estado nunca tan afinado). Tampoco se diluyen sus incisiones, aunque no se le saque todo el jugo posible, como en ña educación del superhéroe en la primera mitad (con suplemente de lo políticamente correcto) para limitar sus tosquedades, esas que le llevan a realizar destrozos públicos u otros daños colaterales cuando efectúa sus misiones salvadoras, desgreñado, malencarado y oliendo a alcohol. Pero el giro de guión más sugerente está en la revelación de la real condición del personaje de Charlize Theron, una superheroina con aún más poderes que él, lo que propicia que, sin mucho esfuerzo, devore la propia película con su fulminante carisma. Hasta se extrae cierta emoción en esa paradoja de que la proximidad de dos con superpoderes provoque que se debiliten y les convierta en vulnerables mortales.
Prometheus. Por su forma de moverse y mirar, por su forma de dominar el espacio, por su forma de portar su vestimenta, se puede percibir entre los tripulantes de la nave que el personaje de Charlize Theron es quien lleva el mando. Su firmeza es tal que otro personaje le pregunta si no es un robot, pero esa firmeza no tiene que ver con rigidez, como revela su respuesta, nada susceptible, sino más bien epicurea: una invitación a sus aposentos. Su personaje sabe cómo reaccionar en cada momento con decisión, sin dudar, cuándo abrasar a quien puede ser una amenaza, o cuándo abandonar la nave, sin en ningún momento dejarse llevar por emociones que la nublen (aunque sean las de la compasión o la solidaridad). Es un personaje secundario, pero muy bien perfilado por la propia actriz. 'Prometheus', de Ridley Scott es una película que gana con las revisiones. Más allá de que Ridley Scott no haya realizado una gran obra desde 'Blade runner', o sea, ya 34 años, no deja de ser una de las más apreciables (tampoco precisamente abundantes) de su filmografía, en la que destaca la interpretación de Michael Fassbender, que crea el personaje más fascinante. Modula con eficacia sus derivas narrativas, con sus consiguientes sorprendentes giros, despliega un par o tres de secuencias brillantemente turbadoras dentro de la nave alienígena, y sugiere unas muy interesantes interrogantes que quizá deriven en esa consciencia de que los seres humanos somos sin duda el virus más agresivo y dañino.
Pactar con el diablo. En 'Pactar el diablo' (1997), quizá la más estimable obra de Taylor Hackford, Charlize representa la pieza sacrificial para quien puede subordinar todo a la ambición. En el 'puede' está el juego irónico, o perverso considerando la coda de la película. Mientras el abogado que encarna Keanu Reeves se ve seducido por los fulgores de la ambición que progresivamente difumina los límites de su alcance, los lujos que depara la opulencia a la que se accede por su más que bien remunerado trabajo, su esposa, encarnada por Charlize Theron, sufre el peaje consiguiente de desprenderse de los escrúpulos o de plegarse a a las exigencias de un entorno, dejando de lado los dilemas de conciencia. Charlize borda la desesperación en la que se va sumiendo su personaje. En un universo regido por el cuidado de las apariencias, básico para mantener una posición de privilegio, su mirada, primero, y también su cuerpo, con sus modificaciones y deterioro, se convierten en la fisura que evidencia una corrupción extendida alrededor, ante la que el protagonista tarda en reaccionar, ya que el brillo de los reflejos vence al cuerpo de las emociones: y ella se suicida con un trozo de vidrio roto. Más allá de diablos y referencias biblícas, es mordazmente evidente la metáfora sobre la degradación a la que aboca el capitalismo salvaje que encabritado nos sigue dominando pese a colapsos financieros.
Operación Reno. El impactante inicio de 'Operación Reno' (2000) muestra los cadáveres de varios hombres ataviados de Papá Noel en el exterior e interior de un perdido casino en la nada (cerca de Reno). El relato nos guiará hacia ese desenlace trágico en un vacío casino en el que unos hombres buscan la riqueza que no existe, un espejismo como las ilusiones de una sociedad de la opulencia que refleja en cada casino la posibilidad del acceso a la riqueza mientras esconde con la mano sus trucos. Papa Noel no existe, los regalos se compran. A Charlize no le convenció demasiado el resultado de la película. Reconoció después que aceptó intervenir por sus deseos de trabajar con un cineasta que admiraba mucho, John Frankenheimer. Tampoco fue una de las obras mejor recibidas de este, la última estrenada en cines, aunque volviera a demostrar, tras 'Ronin', que pocos cineastas actuales eran capaces de rodar una escena de acción como él. Y además dinamizaba con mordacidad un relato de falsas apariencias, obra del guionista de 'Scream'. Gary Sinise se apropiaba de la función con su perversa interpretación de la villanía, pero Charlize no le quedaba a la zaga con su proteica condición que en un momento parece una cosa y después otra, ahora está aliada con uno, después desvela que con otro y por último resulta que realmente con otro, revelándose como la más ladina de todos los participantes en este juego de simulaciones para conseguir el botín. Además, pocas veces su sexualidad se ha desplegado de forma tan exuberante y contundente, como refleja su primer encuentro sexual con el personaje de Ben Affleck.
Las normas de la casa de la sidra. En 'Las normas de la casa de la sidra', una frase de buenas noches a unos huérfanos se convirtió en en el emblema de distinción de esta sugerente obra: 'Buenas noches, Principes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra'. Sobre todo, por la forma en la que expresaba Michael Caine, probablemente decisiva para que alcanzara con su retrato de un tan modélico como patético médico abortista el Oscar al mejor actor secundaria. Era como la boya en un mar encrespado por una tormenta, o la luz en la gélida oscuridad. Esa que sentirá en sus carnes su pupilo, huérfano reconvertido en médico, cuando decide salir al mundo para buscar su propio lugar, no el que se supone que tiene que ser, y colisiona con normas que cercan las acciones humanas y que son infringidas por quienes abusan de su posición, o con las frustraciones de los sueños, como esa pantalla de un cine al aire libre ante la que habla con la mujer que amará, encarnada por Charlize Theron, cuando esta decida mantenerse junto a su marido, parapléjico a causa de heridas de guerra, en vez de seguir sus sentimientos y amarle a él. Como las mejores obras de Lasse Hallstrom, transmite una alquímica templanza. Un trayecto terapeutico desde la inmersión en las frágiles y dolientes sombras de las emociones hacia la serenidad de una mirada conciliada, como si te arroparan con una manta a la vez que te hicieran sentir que por muchas adversidades que sufras no debes desprenderte del impulso de querer materializar lo que sueñas.
Mad Max: fury road. Su mirada cada vez tiene más de furia retenida, un alfiler presto a proyectarse. Y esa negrura se ha hecho temblor, con ese prodigioso equilibrio de furia y pesadumbre que dota de elevación dramática a 'Mad Max: fury road' (2014): el camino de furia que indica el título lo define su mirada y ,la progresión dramática de su personaje. Durante el rodaje se dañó las cuerdas vocales debido a los gritos que profería. No deja de representar el reflejo mutilado en el espejo del propio Max, una mujer a la que le falta medio brazo, y pelo rasurado como si se hubiera despojado de género y fuera la conjunción de ambos, el pelo de una condenada que se subleva contra sus grilletes, no sólo los de su género. En su nombre, Furiosa, se refleja que es la encarnación de ese camino de furia al que hace alusión el título. Es la determinación y la consciencia. Se ha decidido a enfrentarse a quien abusa de su poder, Immortan Joe, y sustrae el símbolo del mismo, su harén de jóvenes esposas, para dirigirlas a un espacio con impronta mítica. Es la consciencia de una necesidad de redención, de dejar de ser quien no se quería ser, una esbirra de una estructura social injusta definida por la jerarquía abusiva y el dominio de los recursos. El cuerpo mutilado, equivalente a la sensibilidad degradada, maltrecha, se enfrenta al desierto de la actitud que prioriza la explotación de recursos o de otros seres humanos. Furiosa encarna la furia de los justos a la que se une el que se sentía mutilado en su interior pero ya no dispuesto a creer posible que la realidad podía transformarse. Max vivía preso de su pasado, de su pesadumbre, otra máscara que le asfixiaba, como la que porta, como un bozal, cuando es capturado por quienes abusan de su posición de poder. Desprenderse de esa máscara le liberará y hará de su cuerpo la furia efectiva que complementa la determinación de la rebelión. El personaje de Furiosa resulta el más elaborado. Y la actriz la dota de la necesaria imponente presencia, con una mirada que es pura ascua cual gesto de dientes apretados, y a través de la cual sí se generan destellos de vibración emocional (como su grito desesperado, en plano general, en medio de un espacio árido sin casi contornos, cuando toma consciencia de que lo que buscaba no existe). Es quien dota de fuerza gravitatoria al frenesí.
Celebrity. Charlize que primero había conseguido notoriedad como modelo, había declarado que no quería interpretar a una modelo en la pantalla. Allen le escribió una carta en la que le pedía que cambiara de opinión para participar en 'Celebrity' (1997). Y le regaló una breve pero jugosa intervención como una modelo polimorficamente perversa en la que no hay un poro de su piel que no sea una posible zona erógena. Por supuesto, la posibilidad de la realización suscita el temblor y ofuscación del guionista protagonista encarnado por Kenneth Brannagh, trasunto del propio Allen, y por tanto que se estrelle, literal y figuradamente, y así frustre esa oportunidad de tocar el cielo de la sublimación erótica. Es otro de los mordaces pasajes de este notable relato en blanco y negro sobre las inconsistencias y vacuidades del universo de la celebridad, pero también de los que no carecen de inquietud artística y no dejan de ir a la deriva entre prostituciones laborales e indefiniciones sentimentales. Por eso, finaliza con una desoladora petición de ayuda, aunque sea en una pantalla, a través de lo que un avión traza con humo en el cielo, de quien se siente un náufrago entre tantas pantallas de humo ambulantes alrededor, íncluso él mismo.
Young adult. Mavis (extraordinaria Charlize Theron) se ancla en el pasado porque no quiere confrontarse con un presente a la deriva. Como si borrara veinte años de su vida entremedias, decide materializar lo que no logró realizar entonces, como si pudiera rectificar las contrariedades de la realidad y sus erróneas y torpes decisiones erigiendo una realidad paralela alternativa. Mavis opta, como fuga de su presente, por sentirse de nuevo aquella adulta en ciernes, la joven adulta (young adult) a la que alude el título, 'Young adult' (2011), de Jason Reitman, cuya vida aún estaba en proceso de perfilarse. Decide reconquistar a quien fue su amor en aquellos años, Buddy (Patrick Wilson), aunque esté casado, y acabe de tener un hijo. No importa, Mavis ha optado por la negación de realidad, la de su vida, una realidad que siente escombrarse entre fugaces e insatisfactorios encuentros sexuales, insatisfactorios en buena medida porque parecen intercambiales, y la de los escollos de las otras vidas ya apuntaladas y afirmadas en su propio sí definido escenario. No importa, como ella misma señala, 'todos acarreamos nuestro propio equipaje': la interferencia de esa otra realidad, esposa e hijo, es un cimiento frágil, un parche, un sustitutivo. No acepta que pueda conformarse con lo que tiene, y menos sentirse satisfecho con la vida elegida Mavis siente que su vida no es propia, del mismo modo que es una 'ghost writer'/escritora negra de unos libros de éxito precisamente sobre esos 'jóvenes adultos'. Se siente un fantasma. Por lo tanto, por qué no se va a apropiar de una vida ajena, como quien irrumpiera en otro escenario para sustraer la pieza que falta en su sueño. En el proceso, se enfrenta a la intemperie de lo que no ha sido ni logrado, a su vida sin firma, indistinta, difuminada. Por lo menos, con la mirada despejada.
En el valle de Elah. Como modelo había sido la imagen de Christian Dior para el perfume 'J'adore', desde el 2004, y entre el 2005 y 2006 ganó tres millones dolares como la imagen de los relojes Raymond Weil. Quizá fuera la razón de que, al estrenarse 'En el valle de Elah', los medios se fijaran en cuestiones irrelevantes como el hecho de que su personaje, una oficial de policía, no remarcara su belleza. Centraron su atención más en su coleta que en la obra en sí. Ella replicó con contundencia: “¿Qué queréis? ¿Queréis que interprete a una detective de Alburquerque que es madre soltera vestida con un traje de Dior?”. La detective Sanders es la mirada que no se pliega, que se enfrenta tanto a sus propios compañeros, por su arrogancia despectiva, debido a que es mujer, y sus superiores, como a los militares que también llevan la investigación del asesinato de un soldado, mutilado y quemado, y pretenden imponerse como señores feudales que consideran intrusas otras miradas. Incluso, a la seca suficiencia de Deerfield (Tommy Lee Jones), el padre del soldado asesinado. Insiste, afirmada en el hecho de que el asesinato ocurrió en su jurisdicción y no en la militar como suponían, y consigue que le adjudiquen el caso. Su mirada firme, su pelo recogido en una coleta, su vestuario sobrio y elegante, como una coraza, reflejan su determinación. Su mirada condensa la convulsión del conocimiento doloroso. Amoratada por un codazo accidental de Deerfield, con un esparadrapo que cruza su nariz, su mirada evidencia la desolación, la mirada que sólo sentirá el abismo pero no logrará encontrar un consolador porqué, ante el relato del soldado que apuñaló cuarenta y dos veces al hijo de Deerfield, una acción que fue realizada sin premeditación ni consciencia ni motivación, como el resorte de unas entrañas heridas, un acto que reflejaba una herida compartida por la víctima y asesinos por su experiencia enajenadora en el frente de Irak.
La otra cara del crimen. 'La otra cara del crimen' (2000) es una pieza musical, hilvanada con sombras, un requiem, orquestado por la exquisita música fúnebre de Howard Shore, y el portentoso sentido de la modulación de Gray. Sus obras están atravesadas por las tinieblas. En sus composiciones las sombras son peso, los volúmenes se hacen espesura. Sus planos son dilatados, como si el tiempo se escanciara lentamente, como un goteo, como si se fuera desprendiendo de la vida. Los rostros se convierten en máscaras secas, como el de Leo (Mark Walhberg), mientras el resquicio de lo que suponía su aliento de vida, su prima, (Charlize Theron), desaparece. Porque Willy (Joaquin Phoenix), quien fantaseaba con disfrutar de los privilegios del 'castillo', en esa familia relacionada con el negocio del ferrocaril que combina la apariencia de los negocios legales con la corrupción, con ser el príncipe que se casaba con la princesa, la hija del rey. Willy no acepta perderla, no acepta ver reflejado en su mirada la decepción, por haber hincado la rodilla y tragado el veneno de la traición para seguir ascendiendo en esa negrura de brillos engañosos. Por eso, durante la narración se suceden los apagones. Su prima era luz para Leo, y su muerte es el apagón que le impulsa a la sublevación con un entorno que ya sentía como una prisión no visible. Charlize también estuvo a punto de sufrir un apagón cuando en una secuencia Joaquin Phoenix no midió bien las distancias y la golpeó de verdad.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

15 + 15 personajes/intérpretes del 2015

Lynn/Vicky Krieps. Es un personaje que recorre, sutilmente, todo un espectro emocional. Es un personaje herido, decepcionado, que poco a poco se reconstituirá exponiéndose de nuevo al mundo, abriéndose a los otros. Ha anestesiado esa herida emocional, que no se específica, con el vaciado de gestos rituales. El rechazo a toda mancha, que hay que limpiar, es el reflejo de su alergia emocional, atrapada en la negación y desconfianza. Pero en su nuevo trabajo de camarera de hotel comienza a vestirse con otras vidas, a sentirse en otras habitaciones de vida. Se arriesga y establece contacto con una mujer, domina para más señas, con la que crea una complicidad excepcional, como dos niñas que se han desembarazado de todo lastre y pudor. Lynn asimilará que lo mejor de limpiar es que siempre habrá de nuevo suciedad, y comprenderá que no todo es mentira. Dejará de sentir alergia por la vida.
Hanzee/Zahn McClarnon. Una máquina de matar que está cansada de vivir. Es un personaje que se adueña progresivamente de la narración, en especial, en los tres excepcionales últimos episodios de 'Fargo'. Desde los márgenes del escenario se convierte en el más eficaz e influyente manipulador de la puesta en escena. Es el socavón que irrumpe en las vidas y las transforma radicalmente. Es el cáncer que mina tu cuerpo y evidencia de forma drástica que somos organismos que se deterioran y corrompen, es la violencia que estalla y elimina a cualquier ser vivo que molesta o perturbe, que impida la realización de los deseos y de las apetencias, que ultraje lo que se considere lo propio, contra la que te reveles un día ya cansado de ser oprimido o humillado o ser un mero subordinado de voluntades ajenas. No se sabe la razón que le moviliza. Se lo pregunta un narrador, que asemeja al del inicio de la sublime 'Magnolia' (1999), de Paul Thomas Anderson, en el portentoso inicio del noveno episodio. Si hay algo claro: Su mandamiento es el de 'matar o ser matado'. Es la entraña perpetuamente desfigurada del ser humano, esa de la que brota con franca naturalidad el ejercicio del daño con actos o palabras, la violencia que arrasa en las relaciones con los otros.
Kate/Charlotte Rampling. Erase una vez una actriz a la que durante mucho tiempo no se consideró como actriz sino sobre todo como fotogenia. Francois Ozon irrumpió en su vida y le proporcionó varias oportunidades de demostrar sus no reconocidas cualidades como actriz, en 'Bajo el sol', 'Swiming pool', o su memorable breve intervención en 'Joven y bonita'. En '54' da un recital de cómo un rostro, y toda una vida, se desencaja. En los oleajes que forcejean en sus pupilas, en los temblores que se ocultan en la contención de un gesto que se va escorando hacia la pesadumbre que desaloja los vanos intentos de apuntalar una máscara de derrota cortés, vibra la soberanía de una intérprete que sabe matizar cualquier ínfima emoción y toda la vastedad de la complejidad del océano de emociones en conflicto.
Geoff/Tom Courtenay. Erase una vez un actor que despuntó en su juventud en las pantallas pero se desvanecería (u optaría por preferir dotarse de presencia) en los escenarios, retornando de modo intermitente al celuloide. En '45' refleja otra devastación, en la lejanía, del mismo modo que la lejanía del pasado irrumpe de nuevo en su vida para recordarle la vida que no vivió, la vida que soñó como más deseable pero un trágico accidente impidió. Esa grieta se extiende silenciosamente en su gesto, en sus ojos cerrados, en su silencio, en sus tartamudeos, en lo que intenta expresar pero no alcanza a convertir en palabras, y en las respuestas afirmativas, sin vacilación, que derrumban la vida de quien ha compartido la suya durante 45 años.
Furiosa/Charlize Theron. Furiosa encarna la furia de los justos a la que se une el que se sentía mutilado en su interior pero ya no dispuesto a creer posible que la realidad podía transformarse. Furiosa, más elaborado, y a la que la actriz sí dota de la necesaria imponente presencia, con una mirada que es pura ascua cual gesto de dientes apretados, y a través de la cual sí se generan destellos de vibración emocional (como su grito desesperado, en plano general, en medio de un espacio árido sin casi contornos, cuando toma consciencia de que lo que buscaba no existe). Es quien dota de fuerza gravitatoria al frenesí.
Abel/Mark Rylance. Abel es el hombre que sabe mirar, es el hombre de mirada firme, de la integridad y la templanza. Es el reflejo de Donovan, de lo que puede ser, y llega a ser. Es el reflejo que le constituye. En ese reflejo Donovan encuentra una concreción, un enfoque, que diluye su misma capacidad de enroscar la percepción de la realidad con su dominio de las arenas movedizas del lenguaje. La película se abre con la mirada de Abel, con su gesto, con la mirada que retrata la realidad a través de su propia mirada, su mirada propia, no la de otros, la mirada que se singulariza, es la mirada que capta, la mirada que sabe de qué están constituidos los reflejos y la mísera condición humana. Advierte cómo es Donovan, cómo puede ser, y le señala un sendero con la fábula del hombre firme en su integridad. Su gesto parece inmóvil pero es seguramente el gesto más dinámico visto en una pantalla durante este año. Es la mente y la mirada que no dejan de moverse, de comprender y empatizar, de no dar por sentadas apariencias, de desalojar alambradas.
Shasta/Katharine Waterston. La narración de 'Puro vicio' gira alrededor de su ausencia. Por eso, su presencia es el centro magnético. Los sueños se hacen cuerpo, la ilusión se hace dsesnudez, y la narración y la mirada del protagonista encuentra su centro con su aparición, o reaparición. Es su luz, la luz que emana del proyector de su mente. Los otros personajes, esas múltiples variaciones de la mirada distraída y añorante de él, se desvanecen en cuanto ella ocupa el encuadre (soñado).
Briggs/Tommy Lee Jones. Briggs es un hombre que se apropiaba de otros hogares. Es un hombre sostiene sobre un caballo como equilibrista que intenta evitar que un mínimo movimiento propicie que penda irremisiblemente de la soga que tiene al cuello. El hombre sin raíces, el hombre errante, que se apropia de otros espacios, se convierte en apoyo y guía de unas mujeres que penden de la soga de la desolación. El hombre que no pertenece a ningún hogar se convierte en adalid de una desesperación. Las arrugas en su mirada saben de qué materia está constituida la intemperie de la vida. Por eso, también saben danzar, e incendiar la arrogancia que avasalla.
Nelly/Nina Hoss. Nelly necesita que reconstruyan su rostro desfigurado en el campo de concentración en el que estuvo recluida durante un año. Prefiere utilizar el término recrear a reconstruir. Reconstruir recuerda que ha habido una destrucción. Recrear sugiere más un reinicio. Reencuentra, entre la abundancia de ruinas, al hombre al hombre que ama, su esposo, Johnny. Su amiga Lene está convencida de que fue quien le delató. Pero Nelly necesita recrear aquel amor. Por eso, no duda de él. Necesita que el pasado vuelva a ser presente como si no hubiera habido una herida de por medio Nelly acepta hacerse pasar por sí misma. Acepta ser instruida para actuar como ella misma. Acepta ser una ficción que implica ser la representación de ella misma, o la versión de sí misma que niega un dolor, unas heridas, una vejación, una desfiguración, Se encuentra con el ácido reflejo de su necesidad de olvido. Su rostro se contorsiona entre el dolor y el ansia, pero permanece mudo para la mirada de quien desea que la reconozca, y reconstruya.
Sherlock Holmes/Ian McKellen. Se palpa la sensación de fracaso, de falibilidad, de decepción por lo que no se logró hacer ni ser. La relación de un nonenagenario Sherlock Holmes con un niño determinará una conmoción y cierta transformación. El pasado asoma, irrumpe, como brotes que no se dominan, como una marea que supera el embalse que contenía las aguas, en apariencia adormecidas. La mirada se tambalea cuando se enfrenta a la fisura en su vida, aquella que supuso que decidiera dar un giro radical en su vida, dedicándose al cuidado de las abejas en vez de sacar beneficio de su capacidad deductiva: ese último caso que le enfrentó a una evidencia: por muy brillante que sea la capacidad deductiva e intelectual, si no se considera la faceta empática, se pone una red ilusoria a la vida, se ignoran las caídas. Y la mirada y gestualidad de McKellen realizan una clase magistral de cómo dar cuerpo a esa caída cuando es tardía, pero sirve para reenfocar la mirada que decidió enfundarse para no sufrir en carne viva.
Lilya/Elena Lyadova. Hay algo en la estructura narrativa de 'Leviatan', en cómo se va densificándose y derivando en su recorrido sinuoso, que evoca la construcción de 'Winter sleep' (2014), sobre todo por la preeminencia que va adquiriendo el personaje de la esposa, aquí la de Nikolay, Lilya (Elena Lyadova), un personaje entre, en su sentido amplio, no sólo entre dos hombres. Un personaje cuya mirada dice tanto en sus silencios que duele, y cuando se convierten en lágrimas la narración, y unas vidas, se despeñan: es el principio de un derrumbe irremisible.
Dupont/Steve Carell. La narración, amortiguada, pareciera emanar de la expresión retenida, obtusa, de los rasgos fruncidos y la mirada espesa, de furia agazapada en los rincones de la mente de un niño que nunca creció y se habituó a disponer de lo que siempre deseaba, del millonario John E Dupont (Steve Carell). El vacío de su interior es equivalente a la extensión de sus propiedades y al ingente número de estancias de su mansión en Pensilvania y por tanto a su necesidad de afirmarse. Es una figura que puede quedarse inmóvil contemplando la nada, pero se percibe como hierve esa inmovilidad como si la costra retuviera un fragor que nunca logra expandirse. Como si la nada quisiera explosionar. Es millonario, pero aspira a ser aristócrata, a ser admirado, a influir en el mundo. Es un rey o un presidente en potencia. Es el corazón de su país, de la América profunda. Es el horror del que hablaba Kurtz.
Ava/Alicia Vikander. Alicia logra ser pantalla, sueño, máquina, cuerpo, resorte, vibración y mirada que rasga el telón y configura su propio escenario. El modelo se constituye en artífice. Nathan ha perfeccionado tanto las características de los modelos, que las voluntades tienen la capacidad de manipular y urdir, y de desear no lo que él desea sino lo que ellas desean. Ava no era un peón intermediario en el juego de manipulación de Nathan sobre Caleb. Ava irrumpe imprevistamente en el guión establecido por Nathan, y se subleva, como diosa desde la máquina. Fuera del escenario establecido la máquina se confunde entre la multitud como otra humana cualquiera porque su apariencia es la de cualquiera, aunque su voluntad es ya la propia. La mirada de Alicia es una flecha que marca la dirección de su propia realidad.
Bloom/Jake Gyllenhaal. Bloom se arrastra en la noche (nightcrawler), como una comadreja que saquea todo lo que sea necesario para así conseguir ampliar su negocio. La mirada de Gyllenhaal tiene un dentadura voraz, se cierne sobre la realidad como un garfio que necesita realizar la rapiña de lo que sea, chatarra o un accidente trágico, como nutriente de un beneficio: la realidad es un escenario habitado por dibujos animados: todo es moldeable como plastilina; su mirada palpita como un pólipo que ansia su golosina: la ruina, el desecho, la mutilación, la muerte es proveedora de riqueza y lustre. La mirada de Gyllenhaal se desorbita como si se saliera de las cuencas de su cerebro como la dentadura del alien. Ambos tienen ácido, uno en su sangre, otro en su mirada.
Mary Bee/Hillary Swank. Mary Bee no logra encontrar un marido para lograr afianzar su granja. No resulta atractiva, y es considerada demasiado autoritaria. Su seguridad apabulla, retrae. No encuenntra miel para su panal (Bee se traduce como abeja). Y el panal alrededor se pudre: Tres mujeres se despeñan en el trastorno. Consciente de la incapacidad, e inconsistencia, de los hombres, de los maridos, toma la decisión de trasladar a la ciudad a esas mujeres quebradas, amasijo de dolor. Pero no deja de arrastrar su vulnerabilidad, esa que nadie parece querer apreciar, ni amar: Su muerte es uno de los momentos más desoladores vistos este año: Pende sobre una frágil cuerda que la sostiene sobre el abismo, ese abismo constituido por los gritos mudos de desolación de otras mujeres. Absorbió esos gritos en su silencio, pero la determinación se quebró.
Morck/Nicolaj Lie Kaas. El inspector Morck no ríe demasiado. Parece que porta toda la pesadumbre del universo, por lo menos la que genera la podredumbre de una sociedad de presunto bienestar, cuya infección está largamente arraigada en el tiempo pretérito. El gesto y el cuerpo doliente de quien ya carece de fuerzas y estímulo para sonreír, de quien acarrea sobre sí esa desolación y desesperación se enfrenta, como un cuerpo en llamas que se tropieza en su propia tribulación, a la indiferente bestia que ha erigido su trono dorado sobre jaulas y dolor. Y no ceja en su empeño, firme y perseverante, de desentrañar las muchas infamias ocultas.
Ilse Faust/Rebecca Fergusson. En 'Misión imposible' lo más interesante proviene del personaje que se desmarca del patrón de aplicaciones que la película ejecuta con precisión. Es el personaje fluctuante, difícil de perfilar, el personaje que no se sabe muy bien para quién trabaja, qué quiere y qué desea, y a quién será leal, en qué medida será fiable, en qué grado su modo de actuar es simulación. Su apellido no deja de ser elocuente, Faust (Rebecca Ferguson). Es el personaje 'entre' en un cenagoso juego en el que los contrincantes pertenecen a las agencias gubernamentales. Y la versatilidad de la actriz logra que su expresión sea una coreografía de incertidumbre. Escurridiza, puede ser cualquier opción que se imagine sin que sorprenda la revelación última. Aunque la que resulte sea la más coherente, e incisiva.
Shiner/Edward Norton. Es la bestia parda, aunque no de color verde, del protagonista, Higgan (Michael Keaton). Este quiere demostrar que no es alguien irrelevante, ni insignificante, que tiene un poder extraordinario, que es un gran actor, no una mera celebridad que vive de sus rentas. Quiere sentir que es el centro del escenario, aunque ya sea difícil distinguir donde termina uno y otro. Como su bestia parda, o villano, que no es una criatura verde de apariencia monstruosa, sino alguien que también puede ser él, incluso es un alfeñique que combate contra él portando un mero slip ( o versión taparrabos, pero sin traje por debajo), Mike Shiner, interpretado por Edward Norton que encarnó a El increible Hulk, quien parece querer usurpar y absorber su necesidad de atención y reconocimiento y admiración (aunque, ciertamente, su talento sea innegable). Su apellido Shiner se puede traducir como abrillantador. El lo es, como reflejo de esa necesidad del propio Higgan de abrillantar su reputación y autoestima. La apabullante presencia de Shiner/Norton, sin mácula de vacilación, es la versión degradable (en su interior), pero no en su abrillantadora apariencia, del cuadro de Dorian Gray Higgan.
Sam/Emma Stone. Sam está enganchada a las drogas como quien intenta sostenerse sobre un vacío. De hecho, en dos ocasiones la vemos en la azotea, con su piernas colgando en el vacío, como si quisiera fugarse de una realidad en la que no se siente. Por eso, se siente cómoda ante el vacío. Por eso, su mirada tiembla pese a que sonría, o viceversa. Es una paradoja que se sostiene cual funambulista entre emociones encontradas. La exuberancia y el desgarro conviven armoniosamente en la medida expresión de una actriz que no necesita de mucho aparataje interpretativo. Su mirada empapa.
Fletcher/J.K Simmons. 'Whiplash' es el primer tema musical en el que participa el aprendiz de batería Nieman (Miles Teller) en la clase del profesor de música Fletcher 'Whiplash', significa latigazo. Ese el planteamiento educativo de Fletcher: el aula es una pista y él ejerce de director con látigo. Fletcher pertenece a la modalidad profesoral de sargento de instrucción. Y su cuerpo, como un tegumento rocoso, y su mirada,como cera que abrasa con su indiferencia y desprecio, no dejan de fustigar ni arrollar sin descanso.
Kate/Emily Blunt. En 'Sicario', la narración adopta, en principio, el punto de vista de quien entra en un universo que no logra entender. La mirada recta que colisiona con demasiados desvíos y retorcimientos. La narración se modula con la mirada de la actriz, la mirada que no logra enfocar en una realidad difusa, un escenario móvil en el que prevalece lo indefinido y lo imprevisIble, siempre bajo una superficie turbia. Su mirada se tensa, se fija, pero se tambalea, y se desmorona, se revuelve, pero no deja de estrellarse. Es una mirada encendida que se incendia. La integridad se desmorona en las fauces de la bestia.
Alejandro/Benicio Del Toro. Su mirada no es la línea recta. Es un revoltijo de sombras agazapadas. Es un mordisco a la espera. Permanece al acecho, como una pulpa sanguinolenta que espera resarcirse con el acero que anhela vomitar. Es la mirada que se perdió, y se hizo negrura con filo. Parece estable, pero está seca, como seca la sangre que cegó sus entrañas, cuando murió con las vidas que amaba. Ya sólo sabe de dentelladas. Porque considera que el mundo es ante todo unas inclementes fauces.
Anna/Jessica Chastain. En 'El año más violento', sus gestos son batutas que se despliegan como hachas camufladas. Su mirada designa, impone, traza la cartografía de una realidad que demanda asentimiento, lo exige. Su mirada chasquea y espera cumplimiento. Lo exige. Está acostumbrada a que así sea. Las sombras, a su alrededor, en su hogar, y la nieve que las complementa, son su placenta
Luciano/Fabrizio Ferracane. Luciano no necesita de lujos, y por ello no necesita involucrarse en los negocios sucios de sus hermanos, el tráfico de droga que les reporta muchos ceros en sus cuentas. Tampoco necesita de rivalidades entre familias que pugnan por los dominios de las zonas, ni de ententes ni alianzas, que incluso califica de payasadas. Y sobre todo no necesita de la violencia que acompaña a esos ceros que incrementan las cifras y los beneficios, y al táctico juego de alianzas y rivalidades. Luciano mira con perplejidad, hastio y asco esa absurda infección de virilidad, esa mediocridad de aspiraciones vitales que no aspiran a mucho más que la ostentación material y los alardes de macho primitivo. La conclusiónde 'Calabria' no es sino una mirada que se desploma cuando dice ya basta. Y ejecuta, de paso, a toda una rancia mítica viril que empapa el cine alrededor de las mafias.
Zoe/Lolita Chammah. La cámara está atornillada a su rostro, acorde a ese atasco vital de alguien que huye, de alguien que ha salido despedida de una explosión, como un interior en llamas que corre huyendo de una mano que la anulaba y golpeaba e intentaba atornillar subordinada a su voluntad, una mano masculina que la quería atrapar como un cepo, y cercenar su voluntad. La narrativa de 'Cherry pie' es un deslizamiento, una corriente de agua de sombras, que brotan de un rostro desesperado que no quiere desaparecer en las alturas que no existían.
Bulger/Johnny Depp. Su mirada se ha hecho un témpano, un picador con hielo incorporado. Es un cuerpo que parece un comprimido. Como si no fuera un cuerpo, sino su revestimiento. Quizás metal, cuero, hielo. Pero sufre. Siempre en plano general. Sufre por la perdida de un hijo o de la madre. Pero vive en plano general: sus sentimientos protegidos por el hielo, para que se mantengan aislados, para que se preserven, sin deteriorarse, sin que le hagan vulnerable, comprimidos.
Peggy/Kirsten Dunst. En 'Fargo', Peggy quiere romper con una vida que no le satisface, quiere salir de esa casilla adjudicada, no quiere ser lo que se presupone que quiere ser, quiere ser otra, quiere salirse de la vía, y encontrar su propia sendero, vive entre portadas de revistas que se constituyen en los barrotes de su celda mental, esa ilusión que quiere convertir en realidad. Pero la vida se define por los accidentes. O no deja de estar expuesta a la posibilidad de un accidente. Los imprevistos. El tráfico de la vida no puede evitar los accidentes. Ni las infracciones. Alguien se interpone en tu camino de modo imprevisto, irrumpe en la calzada y se estrella contra el parabrisas de tu coche. Y la decisión que tomas determinará que tu vida no sea ya la misma. La decisión que tomas para que no perjudique la consecución de tu sueño será la que lo imposibilite. O esa celebridad a la que aspiras, esa ansía de ser singular, se convertirá en una celebridad no precisamente deseada. Porque te encontrarás inmersa en un escenario que no imaginabas, ese escenario de rivalidades y violencia y visceralidad que supura y dispara y acuchilla y arranca entrañas y vidas. Quizá por fin se reconozca cuán gran actriz es Kirsten Dunst.
Bernie/Jack Black. En principio, Bernie se parece a Jack Black. Linklater sabe extraer de él esa vertiente siniestra que ya se percibía en su primera aparición en pantalla en Ciudadano Bob Roberts (1992), como el psicopático seguidor del político republicano que encarnaba Tim Robbins. Como si un Alien habitara en esa exuberancia histriónica arrolladora, y pudiera brotar del actor en cualquier momento. Maquilla la realidad, y sonríe mucho. Tanto, que su sonrisa parece protésica, más inquietante que la desfigurada del Joker. Y nos hace pensar, y sentir, que no puede ser como parece. Bernie es una suma de incógnitas. La primera ¿es real?
Claire/Anais Demustier. En 'Una nueva amiga'. Claire ve en David, o en su caracterización como Virginia, una réplica de su amiga fallecida. Cada uno vive el luto de un modo distinto. Por tanto, en principio, Virginia reemplaza a la amiga perdida, es la nueva amiga. Es el fantasma de Laura, pero no deja de ser otro cuerpo, y esto introduce variantes que generan desconcierto. Porque el consuelo afectivo también deriva en deseo. Pero ¿a quién desea?¿Revela el deseo que sentía por Laura y que no se había reconocido ni a sí misma? ¿O el deseo que siente se lo suscita David? ¿O es Virginia, que es un hombre pero para ella no es un hombre, por lo que siente rechazo en el acto sexual al confrontarse con el pene de David, lo que la la determina a huir? ¿De qué huye? ¿Es todo el escenario una fantasía que suscita en ella esa tormenta de deseo y excitación que incluso provoca que imagine a su marido y David besándose desnudos en las duchas del gimnasio, más que realmente esté enfocado, de modo específico, con Laura o con David? ¿Qué proyecta? ¿Qué es lo que desea?
Holden/Aden Young. Holden, en la primera temporada de 'Rectify', salía de la cárcel tras permanecer recluído 28 años acusado de la violación y asesinato de su novia. Una tardía prueba de ADN propicia su liberación y asienta la duda sobre su culpabilidad. En algunos, no en todos. La mancha, el estigma, aún le impregna como ácido corrosivo. No está muerto como Laura Palmer, pero es un espectro, una figura aturdida por tantos años de reclusión en una celda, un semblante de aflicción. Parece un nervio desvitalizado, hasta que, a veces, brota como un espasmo la furia del nervio dañado. Porque Holden, como Laura Palmer, sabe más que otros los que supone sufrir daño. La tristeza define a ambos, aunque ella lo disimulara. Holden no. Esta tercera temporada relata su recuperación, su afirmación que implica permanecer presente, sin huida, y afrontar el difuso pasado, y el hostil e incierto presente, para lo que necesita ayuda, necesita que le liberen de toda esa maraña de suciedad encostrada en su interior como una tubería atascada. Holden decide, por fin, hacerse presente.