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jueves, 31 de diciembre de 2015
Miradas sobre y en el cine estrenado en el 2015
Entre mis diez obras predilectas estrenadas en el 2015 destacaba dos documentales (National gallery, La mirada del silencio) que tienen en común la cuestión de cómo saber enfocar la mirada (sobre el arte y la realidad), otras dos (Foxcatcher, El francotirador) exploran unas miradas enajenadas (que representan a la tendencia más beligerante y rudimentariamente autoafirmativa de país; la segunda, como Centauros del desierto o Manhattan Sur, deslizándose en ese delicado territorio que confunde punta de vista e identificación con personaje protagonista y que suscita desbarres de miradas ofuscadas: eastwood siempre ha supuesto un gran desafío para el discernimiento), otra (El pequeño Quinquin) una mirada que pestañea perpleja e interrogante ante una realidad extraña y escurridiza, otra (Puro vicio) una mirada embriagada (en los márgenes de los sueños), otra (Dheepan) una mirada dolorida apresada en el pasado que se encuentra con la repetición de una conducta humana apresada en su recurrente inclinación a la violencia, otra (It follows) sobre una mirada que se forma y se enfrenta a la asunción de que la realidad puede ser vulnerada en cualquier momento, otra (Heimat) sobre una mirada que mira hacia el mundo exterior que aspira conocer y se queda replegada en su indeterminación y otra (La camarera Lynn) sobre una mirada que mira hacia el mundo exterior y logra asumir la necesidad de exponerse para poder seguir experimentando los momentos de sensación verdadera.
Cherry pie, de Lorenz Merz
Bernie, de Richard Linklater
Leviatán, de Andrei Zvyagintsev
Frío en julio,de Jim Mickle
Sicario, de Denis Villeneuve
El puente de los espías, de Steven Spielberg.
Cinco o seis obras podrían haber integrado esa selección (Cherry pie, Bernie, Leviatán, Frio en julio, Sicario o El puente de los espías). No ha sido un año tan pródigo, entre lo estrenado, en obras excelentes, desde luego no como el año pasado (aunque haya obras que no he visto y que quizá pudiera considerarlas así). Sigue siendo primera nota a destacar que un amplio número de las obras más apasionantes producidas en este año o en años anteriores sigan sin estrenarse en nuestras pantallas. De todos modos, me parece que valía la pena destacar al menos otras treinta obras con remarcables cualidades. No están algunas de las obras que más entusiasmo han generado, como Mad Max-Fury road, The assassin, Del revés o El club. Me parecen interesantes logros las tres primeras, pero no me han suscitado ese orgasmo generalizado. La tercera, en cambio, me parece que se excede en la autocomplacencia de su mirada turbia y nihilista.
Entre las obras que destaco hay interesantes reflexiones sobre la mirada, caso de Nightcrawler o Phoenix, en ambos reflejo de un tiempo, el presente (y la preponderancia de una mirada virtualizadora y enajenada), o de la recurrente relación (maquilladora) con la memoria histórica. En la gran obra de Linklater, Bernie, se establece una sagaz interrogante sobre cómo discernimos a la realidad o a los otros, y cómo nos presentamos a los demás (y en razón a qué), jugando ingeniosamente con los límites entre documental y ficción (del mismo modo que resulta complicado discernir quién es realmente Bernie, y muchos a nuestro alrededor). En Una nueva amiga, 45, y Fuerza mayor se replantean las miradas sobre una misma o sobre aquel con quien se convive, sobre la propia relación o sobre el propio deseo. Se pierde pie y se cambia el paso, o definitivamente te derrumbas. Tomorrowland es una sustanciosa reflexión sobre cómo miramos la realidad, si desde el derrotismo de la transformación social imposible o desde el impulso de acción transformadora.
Deuda de honor (The homesman), de Tommy Lee Jones
Corn island, de George Ovashili
45, de Andrew Haigh
Nightcrawler, de Dan Gilroy
3 corazones, de Benoit Jacquot
Gueros, de Alonso Ruizpalacios.
Sicario o El puente de los espías también se vertebran sobre las miradas (de los diferentes y contrastados personajes, que implica distinta forma de mirar la realidad); pero también como desafían la nuestra desalojando los cómodos apoyos de nuestra tendencia a los maximalismos de las binarias posturas divergentes: el epílogo de El puente de los espías ha propiciado dudas y desconciertos (¿qué expresa a través de las dos miradas del personaje de Hanks?), y hay quien ve en el final de Sicario un apoyo de una ideología siniestra que alecciona el ojo por ojo (¿o es la desoladora conclusión de que la mirada recta e íntegra no deja de verse derrotada una y otra vez?. 'Whiplash', junto a 'El francotirador', fue la películas más controvertida: (¿Su conclusión suponía el apoyo de los planteamientos educativos del profesor de música o era, de nuevo, la conclusión desoladora de unos predominantes valores sociales que marcan la competitividad y por lo tanto redundan en la enajenación mediante la sugestión?. Spielberg (El puente de los espías), Mickle (con Somos lo que somos, pero sobre todo con Frío en julio) Zvyagintsev (Leviatán), Chazelle (Whiplash) o JC Chandor (El año más violento), recuperan un sentido de la puesta en escena clásica con admirable ingenio creativo (el placer de encontrar cineastas que utilizan un movimiento de cámara con significado, las elipsis, o el uso de luces y sombras: sus obras son un placer para la mirada que sabe leer esos recursos de puesta en escena).
El año más violento, de J.C Chandor
Phoenix, de Christian Petzold
Spectre, de Sam Mendes
Lost river, de Ryan Gosling
White god, de Kornel Mundruczo
Fuerza mayor, de Ruben Ostlund.
En el otro extremo, George Ovashili, con Corn island, disuelve la trama y la clásica caracterización psicológica, dando predominancia a la naturaleza, las acciones, la materia y otra vivencia del tiempo: la mirada se desliza como un cuerpo que se funde. Merz adhiere la cámara al rostro de una emoción extraviada que no quiere desaparecer, mientras el relato se escurre en una deriva. Roy Andersson, en Una paloma se posó..., disgrega su narración fragmentada en múltiples relatos a través de encuadres que son viñetas: realidad transfigurada y fracturada. Es la mirada del exilio. Schipper y Ruizpalacios, en Victoria y Gueros, orquestan dos viajes urbanos que desentrañan la perdida de música vital en un relato que es deriva entre lo extraño, lo fronterizo y la orfandad. Miradas que no buscaban y que se enfrentan con sus sombras heridas, miradas que buscan y se enfrentan con el vacío de un modelo y la recuperación de una ilusión (y esta linda con la poesía en la mirada). Shyalaman, con La visita, realiza una mordaz subversión de una construcción de relato instituida en los últimos años (según la cámara que porta un personaje), pero también las apariencias, la noción de familia, los rituales sociales, la representación de la vejez y de las funciones corporales.
Whiplash, de Damien Chazelle
Una paloma se posó en una rama y reflexionó sobre la existencia, de Roy Andersson
71, de Yann Demange
Calabria, de Francesco Munzi
Victoria, de Sebastian Schipper
Mr Holmes, de Bill Condon.
Tommy Lee Jones regenera el western con un relato espectral de poesía desolada (con ácido replanteamiento de los géneros en el género), Munzi ejecuta el subgénero de mafias con un seco grito de desolación (a través de una mirada que no encaja en el retrato y desencaja el conjunto), Alex Garland propulsa la ciencia ficción en unos territorios fértiles, tanto en atmósfera como reflexión (sobre las proyecciones del deseo y el sentimiento), desacostumbrados últimamente en un género más proclive a las superficies, Ryan Gosling destila una fascinante fábula de mirada fantástica transfiguradora con corrosiva mirada realista a una realidad económica y social en proceso de demolición, como Demange combina en 71 el terror con el thriller y lo bélico en un paisaje dominado también por las sombras que culmina con una mirada que rechaza tantas rivalidades y alambradas. Mendes completa con Spectre un admirable díptico que ha demolido un mito (Bond) atravesándolo con las sombras y los reflejos y arrancandolo de su escenario (de convenciones y de modelo rancio, de lo que representa; de la mirada que lo generó, la madre, y del escenario que lo configuró, la base, ambos destruidos, y lo reconvierte en una mirada que mira hacia la mujer y no a través de una pistola), y Jon Watts revitaliza el thriller jugando con las perspectivas del relato de un modo que no se queda atorado en los meros juegos formales, tan recurrente en los 90, sino que establece una incisiva relación sobre los azares y la vertiente siniestra de la realidad (cuando abres el encuadre de la vida), en un relato que prima las miradas y las acciones.
Una nueva amiga, de Francois Ozon
Tomorrowland, de Brad Bird
Somos lo que somos, de Jim Mickle
Ex machina, de Alex Garland
Coche policial, de Jon Watts
La visita, de M Night Shyalaman.
Villeneuve despliega en Sicario un refinado sentido de la narración líquida (música y relato conjugado como dos pieles fundidas). Jacquot opta por una narración elíptica que refleja de modo sutil la contención del remolino de emociones que aturde y desgarra a los personajes que no pueden traslucir lo que les conmociona: su semblante debe permanecer como las máscaras en la tienda de antiguedades. El reflejo en el espejo debe ser opuesto al que se agita en su interior. Y una epísódica voz en off irrumpe fugazmente, como otro reflejo de esa absurda aleatoriedad, para puntuar la condición de personajes de una ficción incomprensible, sin autor, sin sentido, que les aboca a la desolación de un modo u otro Bill Condon sorprende con otro potente melodrama, Mr Holmes, porque tras la apariencia de un relato de cariz clásico modula una narración de sutil hilazón subterránea que adquiere condición alquimica en la conjugación de los dos tiempos (con ruptura estilistica elocuente en el momento álgido dramático), un relato que pone en cuestión una mirada, la mirada emblemática más certera, la de Sherlock Holmes, enfrentando su capacidad deductiva y asociativa a la incapacidad de apreciar las emociones en juego y sus consecuencias .Y, por último, la mirada más transgresora; la mirada del perro; en White god, la mirada que nos enfrenta a nuestra arrogancia e incapacidad de ver a los otros, o de pretender ajustar la realidad a nuestro capricho, a nuestra mirada torpe y ciega en el ensimismamiento estéril y dañino.
lunes, 25 de mayo de 2015
Corn island
No se escucha una palabra hasta que han transcurrido veinticinco minutos. 'Corn island' (Simindis kundzuli, 2014), producción georgiana dirigida por George Ovashili, es una narración de acciones, cuerpos, materias. Es un relato sobre el forcejeo entre la creación y la muerte, entre la construcción y la destrucción, la forja y cultivo de la vida y la erosión de la vida. Una isla en medio de un río, un pequeño islote, una pequeña franja de tierra. Un hombre (Ilyas Salman), junto a su nieta (Mariam Butirishvili) se dedican a hacer habitable ese espacio en blanco. Construyen una casa de madera, y cultivan la tierra, plantando maiz. Una tarea que es narrada, descrita, con detalle. Tarea, labor, los cuerpos que se relacionan con el entorno, y crean, dotan el espacio de forma, edifican en el espacio agreste de la naturaleza. En la distancia, disparos. Miradas con uniformes y armas, miradas que destruyen, miradas que persiguen, miradas que persiguen a quien no porta su mismo uniforme. En la distancia, los otros son figuras rivales. Esa pequeña isla es un espacio neutral, aún por definir o perfilar. Las miradas se cruzan, se tantean y se alejan. A veces se exploran, no sea que tras las apariencias se esconda un uniforme que no es el propio. El hombre que construye no sabe de uniformes ni de armas ni de rivalidades, por eso puede acoger a un cuerpo herido, maltrecho, porque no es un uniforme, es un cuerpo que necesita ayuda, como la tierra es cultivada para que proporcione un fruto.
En estos pasajes confluye el desarrollo dramático con el de la coproducción estonio-georgiana recientemente estrenada 'Mandarinas' (2013), de Zaza Urushadze, otra obra que refleja la tendencia destructora del ser humano y aboga por la conciliación, por la relación armónica con el entorno, con los otros. Una obra también centrada en la guerra que estalló en Georgia cuando el territorio de Abzhakia reclamó su independencia (el mismo cineasta fue otro de los georgianos que tuvieron que abandonar ese territorio en 1992). Pese al cese de la confrontación bélica en 1994, aún no se ha resuelto el conflicto (hay quienes como Rusia reconoce a Abzhakia como estado independiente, pero no Georgia o las Naciones Unidas). Pero mientras 'Mandarinas' no logra transcender esas buenas intenciones más allá de un estilo aplicado, 'Corn island' se despliega y eleva porque hace de los planos versos líricos de una fisicidad palpable.
Los planos parecen formar parte de la misma naturaleza, esculpida con las mismas acciones del hombre y su nieta forjando un encuadre habitable en medio del espacio en blanco de la naturaleza. La erosión amenaza, la erosión de la tendencia beligerante de los seres humanos y la de la propia naturaleza, la amenaza de las tormentas y los caudales desbordados que puedan provocar la desaparición de la isla, convirtiéndola de nuevo en parte de la materia aún indefinida, de la materia no esculpida ni cultivada ni elaborada. Brotes de instintos y de corrientes, el fragor de los elementos. Ese fragor que también desborda el cuerpo de la nieta, un cuerpo que comienza a relacionarse con el entorno, cuerpo en el que despierta el deseo que comienza a anhelar sentir la materia, el agua en el que bañarse desnuda, el cuerpo del hombre que incita para que la persiga en el juego del deseo desplegado. Desbordamientos que buscan la fusión, desbordamientos que propician la destrucción. Entre ambas tendencias, forcejea el ser humano intentando edificar en un isla en el océano del universo. La odisea de construir entre las corrientes del caos que también pueden portar un uniforme.
martes, 19 de mayo de 2015
Avance: Corn Island y las corrientes silenciosas
Es viernes se estrena la excelente producción georgiana. 'Corn island' (Simindis kundzuli, 2014), de George Ovashili, Es un relato sobre el forcejeo entre la creación y la muerte, entre la construcción y la destrucción, la forja y el cultivo de la vida y la erosión de la vida. Una isla en medio de un río, un pequeño islote, una pequeña franja de tierra.Un hombre (Ilyas Salman), junto a su nieta (Mariam Butirishvili) se dedican a hacer habitable ese espacio en blanco. Construyen una casa de madera, y cultivan la tierra, plantando maiz. No se escucha una palabra hasta que han transcurrido veinticinco minutos. Es una narración de acciones, cuerpos, materias.Aunque no sé si bastantes de los que están mostrando entusiasmo por 'Mad max: Fury road' considerarán estas acciones igual de estimulantes, y también considerarían esta película una obra cinética en estado puro. Estas son otras modulaciones. Por eso, pasará desapercibida. En Factor Crítico y El cine de Solaris le proporcionaremos la atención que merece cuando se estrene.
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