
En el plano final de Funny
games (id, 1997), de Michael Haneke, Paul (Arno Frisch) uno de los dos
jóvenes torturadores y asesinos se vuelve y mira hacia la cámara, hacia los
espectadores, guiña un ojo y sonríe con suficiencia porque el juego se va a
repetir: otra familia va a ser víctima de su caprichoso juego de crueldad, en
el que es ingrediente fundamental de su placer la disposición del control, del mando. Literal: incluso, como
si dispusiera de un mando de televisor, puede rebobinar la misma narración a
conveniencia, si el giro de los hechos no le complace: De esta manera, nos hace
ver que estamos en una película, que es
una ficción que podría ser de otro modo, tomar otras decisiones expresivas, y que
aceptamos mirar lo que realiza con total falta de escrúpulos: el espectáculo de
la crueldad del que el espectador suele ser cómplice, sugestionado por los
medios, por el tratamiento que estos realizan, como el mismo Haneke destacó en
su ensayo Violencia + Medios. Y, por
añadidura, en otra capa u otro ángulo, se remarca cómo Paul y su amigo actúan,
inconscientemente, como si fueran personajes de una película (su película): su sentido de la realidad,
o de lo real, se ha desquiciado y enajenado. Su noción de la realidad es la de
la materia moldeable, y por tanto maleable y extirpable (prescindible). Una
virtualización de la relación con la realidad (con los otros y uno mismo) que
se agudizará, en este siglo, con el afianzamiento de la red virtual como
práctica cotidiana y recurrente ecosistema de relación.


Previamente, en 1993 y 1994, dos obras protagonizadas por
una pareja de jóvenes (aunque en estos casos, chico y chica), que partían de un
argumento o guion de Quentin Tarantino, se habían convertido en centro de
atracción mediática por su tratamiento de la violencia, Amor a quemarropa (True romance, 1993) y, sobre todo, la
especialmente controvertida Asesinos
natos (Natural born killers, 1994), de Oliver Stone. Ambas podían
considerarse el prototipo de obra que se tramaba sobre la espectacularización
estetizante de la violencia, como un juego divertido (funny game), que Haneke cuestionaba
con su obra, aunque, irónicamente, la dramaturgia de la segunda se vertebrara
sobre el cuestionamiento del papel influyente de los medios, y de los
espectadores, en la intensificación del trayecto violento de la pareja
protagonista (con una puntuación de 52 muertos en el ranking). Intencionalidad
y tratamiento convergían en un singular cortocircuito. Su violencia era la de
la pirotecnia, aliñada con un desopilante sentido del humor, aquel que había cautivado
de Tarantino por su impronta irreverente o dislocada, como el adolescente que
escupe en la mesa de atildados familiares. Transitaba también el terreno de la
abstracción, aunque su referencia era la del propio cine, ajeno a la realidad; la
embriaguez del exceso que difumina límites entre lo humano y el dibujo animado su
seña de identidad, aunque, en especial la obra de Stone, no fuera ajena a un
presunto planteamiento crítico (pese a que fueran puestos en cuestión sus medios, o elecciones expresivas, para cuestionar a los medios. Una
contradicción en la que también había incurrido Stanley Kubrick en la
precedente La naranja mecánica
(1972), la cual se desactivaba al ejercer con su estilo lo que parecía
cuestionar. Eran obras (auto)complacientes,
y esa complacencia es la que quería dejar en evidencia, o poner en cuestión,
Haneke: los personajes seguían habitando una película, pertenecían a ese otro mundo aparte, no reflejo de nosotros; seguían siendo integrantes de un
juego disfrutable que satisfacía ciertos sentimientos adolescentes desafiantes
de la autoridad, y contrarrestaba una frustración suministrándonos pan y circo.
Esa relación enajenada y autocomplaciente se ha acrecentado, y agudizado, en el
cine de Tarantino en este siglo, definido por la reescritura y la descarga
(reconfigurar la realidad según nuestros caprichos y liberar nuestras
frustraciones, represiones o meras fobias). El más preciso reflejo de nuestra
infección vírica, esa que no queremos considerar desde ese ángulo porque la red
virtual es un complaciente y cómodo espacio de descarga (y reescritura). El
cine de Tarantino se asemeja, en este siglo, al Paul que rebobina la narración
para reescribirla como él prefiere. Es lo que ha hecho de modo más explícito en
Gloriosos bastardos (2009) o Erase una vez en Hollywood (2017), con
las que nos guiña el ojo, pese a que no se aprecie su suficiencia porque complace
nuestros básicos instintos de descarga y reescritura. Es decir, se ha impuesto
en nuestra forma de habitar la realidad más que la reflexiva de Haneke o
Tavernier.


Bertrand Tavernier buscó y encontró otra senda, que no
evidenciaba como interlocutor ni a la audiencia ni a los medios. En el plano
final de La carnaza (L’appat, 1995),
Nathalie (Marie Gillain) mira hacia el inspector de policía que le ha detenido,
como después, gracias a su confesión, detendrá a sus dos amigos Eric (Olivier
Sitruk) y Bruno (Bruno Putzulu), por cometer varios robos y asesinatos (tras
ejercer la tortura), y pregunta si quedará libre para las navidades, porque
tenía pensado ir a ver a su padre.
Nathalie no quiere asumir unas consecuencias, como si se viviera en una
pantalla, en un capítulo de una serie o una película, que cuando se termina, da
paso a otra película en la programación de la vida. Una forma de negación, como
durante los interrogatorios y torturas que realizaban sus cómplices, intentaba
contrarrestar los gritos, poniéndose unos cascos o subiendo el volumen de la
televisión. La inconsciencia es un buen aislante. La negación un reconfortante
refugio. Bruno en cambio se desenvuelve con naturalidad con la violencia (es
una acción que se puede realizar con facilidad como si realizaras cualquier
actividad de bricolaje). No deja de ser significativo el parecido físico entre
este actor y Arno Frisch en la posterior Funny games. Eric la asume con
facilidad como necesidad pragmática, como conveniencia, aunque le resulte más
incómoda y difícil su ejecución (en la abstracción de la planificación y
estrategia los demás son piezas o peones, como los soldados en una guerra).


Tavernier opta, en su enfoque, por la estrategia de partir
de la misma realidad, sin espectacularizar, sin remarcar que habiten aparte en la realidad (sin necesidad de
optar por un estilo recargado e histriónico para remarcar su distorsión
perceptiva; o simplemente, para espectacularizar unos actos violentos con los
que el espectador medio se relaciona habitualmente más bien a través de la
pantalla que como fenómeno real). No hay signos de identidad que los hagan
parecer personajes. No hay atributos caracterizadores como siniestros o turbios
o desquiciados. Como tampoco subraya el
realismo, como hará después el célebre (y fugaz) Dogma (tan artificioso como el
cine que evidencia el artificio). Hay una continuidad que fluye, como si
fuéramos testigos y participes. Son tres chicos que carecen de dinero, y que lo
necesitan para no sólo sobrevivir sino lograr realizar sus proyectos, sus
negocios, y satisfacer su codicia o anhelo de disfrute de lujos. No es que
porten una actitud anti sistema, ni que elijan la marginalidad, la delincuencia,
como refugio de una desesperación, como desvío de una realidad en la que no se
sienten integrados. No tienen trabajo, carecen ya de ayuda familiar, pero tienen
aspiraciones por todo lo alto (quieren disfrutar de la carnaza de privilegios que ofrece el escaparate de la realidad o
del sistema que habitan).


El robo, en primera instancia, se convierte en la estrategia
aprendida del mismo sistema, sustraer del pudiente para precisamente poderlo
ser, para impulsarse, competitivamente, en la vida. En cierta secuencia alguien
cuenta un chiste en el que un joven,
ensangrentado, que acaba de sufrir un accidente automovilístico, se
lamenta con desesperación: ¡Mi Maseratti!
Su madre le dice que no es de su coche de lo que debe preocuparse, porque le
falta un brazo, y el joven, entonces, se lamenta con desesperación: ¡Mi rolex!. La mentalidad de estos
jóvenes gira alrededor de las posesiones materiales como centro gravitatorio.
La realidad es un escenario de lujos que poder disfrutar. La privación no es
sino anulación, una prolongada estancia en una sala de espera en la que, como
entretenimiento, se disfruta de las películas que, como respiración asistida,
nutren sus aspiraciones (de ser y tener). Si la realidad es sobre todo una pantalla
virtual, el modelo que materializar, los cuerpos son meras herramientas
funcionales (no importa si se mutilan, extirpan, o matan: lo importante es el
lujo que se adquiere, o puede adquirir con lo que se sustrae).


Nathalie es la
carnaza para atraer a los que se supone tienen dinero, la carne joven que
atraerá al hombre maduro, al que abordaran en su piso para robar el dinero
correspondiente. Pero las cosas no salen como son previstas, todo se complica;
la realidad no se ajusta a las planificaciones, y más si no se domina la tarea.
Ni la muerte ni la violencia estaban previstas. Pero se realiza porque hay que
ejecutarla, porque se considera necesarias (porque se ha cometido un error, y
hay que corregirlo) sin interrogarse sobre la acción de infligir daño o matar, sin
que genere consecuencias (de remordimientos o arrepentimientos); se desconecta
y se pasa a lo siguiente. Como si se actuara en una representación. Aunque esa
ponzoña, sin ser conscientes de ello, les va empapando, como si el personaje
que adoptan, les enajenara. Eric da patadas a una de las víctimas para que les
diga donde tiene el dinero, y también se las da, posteriormente, en una
discusión a su novia, Nathalie, aunque luego le diga que nunca ha golpeado
antes a una mujer. Son como resortes, como niños, que hace nada estaban jugando
con peluches, como Nathalie, y ahora con seres vivos a los que golpean y
acuchillan hasta doce veces con un abrecartas. Es fácil dar el paso en el que sientes
de repente que eres Al Pacino en El precio del poder (Scarface, 1983) de
Brian De Palma, aunque no haga falta imitarle de modo explícito, ni actuar con
las maneras exageradas e histriónicas de Pacino (que sí era un personaje, una
caricatura en sí). No hay separación entre unos modelos y unas conductas. Se
puede considerar a la obra de De Palma antecedente expresivo de las obras de
Scott y Stone, en cuanto tratamiento de la violencia o actitud violenta. Que
una obra que se regodea en su violencia, sin interponer distancia con el
personaje, se haya convertido en una obra con particular culto fetichista
sublimatorio (en jóvenes particularmente), y haya tenido esa influencia
fascinatoria, e impacto cautivador, resulta sintomático. Su espectacularización
de barraca de feria no tiene nada que ver con la crudeza, turbiedad y sordidez de las acciones violentas
mostradas en La carnaza. En la violencia de El precio del poder no se atisba
desolación por recoveco alguno, es la estetizante violencia de ese poster que
quisiéramos protagonizar en la película de nuestra vida.


La concepción del cuerpo, o de la realidad que se habita como si fuera ficción (en la que son personajes protagonistas), encuentra otra correspondencia en la actitud de Nathalie, en el contraste entre cómo se desenvuelve medio desnuda junto a su novio y su amigo (mientras ven El precio del poder), y cómo se comporta, con forzado desapego, cuando se desnuda ante la policía en las secuencias finales. Su desnudez inicial refleja la desinhibición de la joven de dieciocho años que aún no ha sufrido degradaciones y se desplaza por la realidad como si fuera una chica admirada en una vitrina. Durante la narración se modificará paulatinamente esa concepción por los diversos asaltos que sufrirá, pero aún así, como refleja esa secuencia final en la comisaría intenta aparentar que se desenvuelve con naturalidad cual cuerpo inocente sin verguenza, como si lo terrible no hubiera rajado su realidad. Como evidencia su última pregunta al policía, si quedará libre para las navidades, aún se esfuerza en negar la realidad aunque esta haya comenzado a abrir brecha.


Tavernier nos enfrenta a nuestro propio reflejo sin
necesidad de aspavientos, ni de
subrayados, ni de glamourizaciones, ni de sacudir y provocar al espectador.
Opta por una aproximación que prioriza la distancia (con medida y refinada
elaboración). Lo anómalo, la acción criminal, la violencia se realiza sin
solución de continuidad como cualquier actividad diaria, sea ver la televisión
o desayunar, como si fuera una actividad cotidiana más mientras se sigue en la
búsqueda de encontrar la propia estabilidad material que propulse a la
obtención de lujos. Han asimilado que el sistema capitalista en el que viven se
define por la falta de compasión. Esa es su pragmática. Como señala Eric en cierta
secuencia inicial, despedir a alguien en la empresa que posea no le resultará
problemático: es la noción empresarial de que cualquier empleado es
prescindible, como cualquier medio es válido (por eso, ellos matan a pudientes
como si los despidieran; son
herramientas o suministros que les proveen de lo que necesitan). Simplemente se
dejan sugestionar por la carnaza que
les ofrece la sociedad, ese lujo al que es necesario acceder (para poseer), sin
que seas consciente de que pierdes un brazo, porque lo importante es el rolex
que posees. Y si te molestan los gritos, siempre puedes ponerte los cascos y
subir el volumen para no oírlos. Aún seguimos con ellos puestos.