
Creo firmemente en la
necesidad de poner en marcha una asignatura obligatoria sobre el conocimiento
de uno mismo mediante la que los adolescentes avancen hacia la madurez
aprendiendo a discernir lo que desean teniendo claro si sus capacidades se
adecúan a sus pretensiones. Aunque cada vez está más claro que al sistema en el
que vivimos no le interesan las personas sabias, sino una masa domesticada por
la incertidumbre. (…) He aprendido que la vida es un constante tanteo, no debe
haber certidumbre en ella, pues si perdiera su esencia inestable no habría
vida, sino hábito. No es lo mismo una incertidumbre que la otra. Una es
utilizada a modo de cebo y rienda, para ser un funcional esbirro de un sistema
de vida, un dócil intérprete en un escenario de vida a cuyo guion hay que
plegarse, otra representa la consciencia de lo real, lo cual es sinónimo de
disidencia y afirmación de la singularidad. Una es una telaraña (…) donde el efecto hipnótico de la repetición de cada día
automatiza la vida. Esa vida que hemos configurado (cual maraña) cuyo
emblema (enajenador) es el teléfono móvil:
el nuevo espejo de Alicia, esa extensión que variamos cada vez que sale un
nuevo modelo como si esa variación nos hiciera creer que no estamos encadenados
a la misma pantalla de simulacro de vida. Es una realidad, al fin y al cabo,
que se parece cada vez más a una pantalla. Nuestro contacto con lo real,
incluido nosotros mismos, se ha ido difuminando, porque cada vez más
pretendemos ser lo que proyectamos, o cómo nos presentamos a los demás, y las
relaciones se definen por proyecciones, o códigos a los que ajustarse (qué
debemos desear, qué debemos aparentar, cómo nos debemos posicionar, qué no
decir o visibilizar). Soy lo que hago,
pero sobre todas las cosas, soy lo que he dejado de hacer. También soy lo que
digo y lo que callo, pero por encima de todo soy lo que no quiero pensar y lo
que he decidido olvidar. Y todas esas cavernas vacías del ser y de la memoria
me han convertido en lo que soy: nada. (…) ¿Quién soy? Beatriz Montañez
decidió partir en busca de lo real, este territorio desconocido en el que
estaba ella misma. Se sentía una construcción abandonada. Huía siempre de quien me amaba. Todo para esconder la única derrota que
sí me importa: yo misma

Por eso, la narración de Niadela
(Errata Naturae), se inicia con un onírico regreso que evoca al de Rebeca a
Manderley, en Rebeca (1940), de Alfred Hitchcock. Una construcción abandonada contemplada por una construcción
abandonada. También cree entrever una fugaz luz que surge de su interior. ¿Qué
luz es esa que no es sino una ilusión? Al fin y al cabo, abandona un modo de
vida fascinante, en el que había conseguido, en términos de posición, todo
(todo aquello que se supone que debemos desear para poder disfrutar de los
consiguientes desahogados y placenteros privilegios), como Manderley
representaba para Rebeca la sublimación romántica. Pero las ruinas, o
construcciones abandonadas, son tanto la huella del tiempo como la constatación
de que somos también materia (materia que se corrompe y deteriora y que se
duele) y no solo imágenes que proyectamos o pantallas sobre las que otros proyectan.
Beatriz decidió despojarse de una carga de accesorios que la habían sepultado,
tanto que se había perdido de vista a sí misma. Por eso, en esa introducción
remarca que los momentos más bellos de su vida fueron sus primeros meses en su
particular Manderley, Niadela. Su instante de umbral a un nuevo modo de vida,
el inicio de una muda de vital, en pos del discernimiento de sí misma. Una
transformación de la percepción y concepción de la realidad, de su forma de
habitar la realidad, o de modo más específico, habitar la duración de la realidad (en expresión de Miguel Morey en
Camino de Santiago), porque su vivencia
del tiempo se desprende, de entrada, de la tiranía de la medición del tiempo de
los relojes (un absurdo de nuestro tiempo: disponer de reloj cuando se dispone
de móvil que dispone a su vez de reloj: nuestro modo de vida se define por esa
sobreabundancia y redundancia de extensiones y accesorios: el desquiciamiento
de la necesidad de necesitar lo que no es necesario), cuando la felicidad es, al fin y al cabo,
simplicidad, simplicidad, simplicidad. Su Manderley no es una mansión sino
una construcción que refleja ese impulso de acción que es despojamiento. ¿Por
qué necesitamos tanto? Todo lo que me
rodea es austero. La casa que me cobija es pequeña, de piedra, vieja. Adolece
de humedades, como yo de dolores de cabeza. Es un entorno natural, a
decenas de kilómetros de una localidad. Se diría que una casa en mitad de la
nada, aunque más apropiadamente es una casa en medio de todo, por cuanto
reenfoca nuestro extraviado modo de vida, ese al que nos ha llevado a sufrir la
advertencia de un microscópico virus sobre nuestra avasalladora suficiencia que
devora y contamina de modo inclemente su entorno. Vivimos en un mundo macroscópico, donde la seña identitaria de la
humanidad es el ruido. Yo he elegido vivir una vida microscópica, donde la seña
identitaria es el silencio. Nuestro mundo se define por su estridencia, no
sólo física (¿por qué hay tantos y tantas que tienden cada vez más a hablar a voz en grito como si
fueran megáfonos ambulantes?) sino por su falta de consideración al prójimo (como
si se desplazaran por el mundo en su particular burbuja). Su compañía es la
fauna y flora, en particular una zorra con la que establece una especial
relación, o carboneros y herrerillos, pero también las pequeñas criaturas, como
alacranes o arañas, que, en principio, supondrán su principal prueba de
asunción y adaptación, en cuanto superación de miedo o repulsión (incluido el
abismo sonoro de los ruidos naturales). Poco a poco, su relación se despoja de
esa falta de hábito y del desequilibrio. Tal
vez fui agua, aire, lo dulce y lo seco, corteza de árbol, crepúsculo, escarcha,
aguijón de luz...Soy parte del universo que dejó de creer que lo era. Nos
cubrimos con ropas y máscaras, nos habituamos al fingimiento, conveniente, y
nos tropezamos con la naturalidad, como si fuera impúdica exposición, tanto la
desnudez física como emocional. Beatriz desnuda en su soledad sus entrañas para
encontrar su aliento real y se desplaza desnuda entre los árboles y las otras
criaturas vivas que no saben de atavíos ni fingimientos. La desnudez es
naturalidad. No es una vestimenta más como supone para nuestra cultura, porque
se constituye también en lo que representa. Beatriz es parte de lo que le
rodea, lo que implica que es tanto hormiga como lluvia, serpiente como árbol.

Como en la excepcional Palomar,
de Italo Calvino, Beatriz Montañez describe con minuciosidad y detalle su
entorno natural, las criaturas que le rodean, sus propias (inter)acciones. Es
una narración que transpira materia y tiempo que fluye. La observación es la fuente,
gracias a ello vuelvo a mi estado de ignorancia natural, después de haberme
alejado de ella, creyendo saberlo todo. Como en la obra de Calvino, las
relaciones episódicas que establece se constituyen también en metáfora y
alegoría. Episodios de un trance, de un trayecto de crecimiento y
discernimiento. Yo he sido avispa durante
mucho tiempo. Como todos perseguía mis sueños, pero una vez conseguidos no pude
mantenerlos (…) Debo aprender que prefiero ceñirme al límite de mis capacidades
que experimentar el dolor de recordar mis deficiencias. Su apuesta por su modo
de vida natural, en plena naturaleza, como si fuera una integrante más de la
misma es también una audaz lección de humildad con respecto a nuestra
arrogancia expoliadora que ha hecho de la naturaleza una mera reserva (siempre
en la distancia, como si fuera una entidad virtual) de suministros de comida o
para nuestras extensiones tecnológicas. La
naturaleza es cruel por ser honrada, el ser humano lo es por arrogancia (…)
Sólo en los últimos cien años hemos destruido más de un ochenta por ciento de
los bosques del mundo; hemos agotado en muchos casos, sobreexplotado en la
mayoría, el setenta por cierto de peces a nivel mundial y hemos perdido la
mitad de animales salvajes del planeta. Se han extinguido casi quinientas
especies (sin contar crustáceos e insectos). Beatriz Montañez busca, en
cambio, la reconexión, y en la misma convivencia, sintiendo su tacto, su olor,
sus sonidos. Bienaventurado aquel que
descansa sobre el mullido musgo bajo el árbol mientras siente respirar la
tierra. (…) No olvidaré nunca que debo ser como el agua. Interioriza un
cambio radical de perspectiva vital y además lo convierte en acción y modo de vida.
No en una mera declaración de principios, como tantos que dicen apoyar el respeto
al medio ambiente o cuestionar su degradación, pero ni reciclan ni dejan de
usar el coche de modo recurrente o siguen comiendo con frecuencia carne.
Beatriz decidió deambular, como quien realiza un benéfico vaciado, por un
territorio desconocido que, para nuestro modo de vida de sofisticadas
extensiones tecnológicas, es un mundo al margen (por lo tanto, un desperdicio
improductivo), decidió desequilibrarse, receptiva, y abierta a lo posible y lo
múltiple, para reenfocar con una mirada ecuánime y consecuente, una mirada que
reconectaba consigo misma, efectuando el ejercicio al que nos negamos por mera
autoindulgencia e inercial comodidad ya que implica el discernimiento de cuáles
son nuestras reales capacidades ( y necesidades). Se hizo agua y fluyó en sí
misma y con su entorno, sin intermediaciones, sino de modo natural. Una audaz actitud
ejemplar, como una expedicionaria que nos indica la dirección necesaria que
hemos olvidado, o que ni siquiera hemos considerado, porque aún pensamos que
Manderley, nuestra realidad, es una mansión exuberante cuyo suministro será
inagotable ya que la reserva energética y alimentaria de nuestro entorno
natural es una virtualidad eterna. Nos seguimos creyendo dioses (y por eso
mismo los creamos), aunque ante todo seamos parásitos virulentos. Preferimos
mirarnos en los reflejos, y no en nosotros mismos, ni en las consecuencias de
nuestros actos y nuestras omisiones. Nuestro cuerpo está constituido en su
setenta por ciento por agua, pero preferimos pensar que somos una invulnerable
entidad virtual que puede adquirir, poseer, y consumir todo lo que desee ¿Por qué nos empeñamos en profesar fe en la
debilidad de lo intangible y llamarlo Dios, convirtiéndonos en sus criaturas, y
en ignorar la fortaleza de lo verdaderamente omnipresente y llamarlo tierra,
convirtiéndonos en sus parásitos? Sin agua, cualquier tipo de vida
desaparecería de la faz de la tierra. Esa es la única verdad.