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lunes, 2 de diciembre de 2024

Mekong Hotel

 

Un árbol flotante emerge, luego un segundo, un tercero y un cuarto, etcetera. Sus raíces se extienden en el aire, algunos detalles son más visibles, algunas hojas recuperan su forma como dos almas errantes que reconstruyen su universo. Un río aparece en el jardín. Mekong hotel (2012), de Apichatpong Weerasethakul es un río que aparece en la pantalla. Se extiende como esa frase, una paradoja que refleja y condensa la constitución de esa aparición. Un árbol emerge, un río aparece en el jardín. Es una obra que reconstruye; la vida no deja de regenerarse, transformarse; su narración lo hace cuerpo, música, sensación. Su narración habita, respira. Lo que revela no deja de ser misterio, como el agua se escurre entre las manos. El hotel Mekong se encuentra en una frontera, entre Laos y Tailandia, pero en su interior se diluyen las fronteras. Confluyen el escenario y los bastidores, el tiempo pasado y el presente, realidades paralelas, el documento y el sueño, como si fueran habitaciones de un mismo edificio, espacios que se comunican.

En la primera secuencia, el compositor y músico Chai Bathana, en compañía del director, como si se diera a la llave de contacto para arrancar la narración, intenta recordar, por dos veces, los acordes de su composición. La música de su guitarra española domina la narración, incluso superponiéndose a las voces de los actores. Hay alguna secuencia en los que estos, tras finalizar una escena, miran a cámara. También miran a la distancia, que puede ser la del tiempo. Hay fantasmas que devoran cuerpos de seres vivos, sin hacer distinción entre el de un perro o un ser humano. Se dice que el amor devora. O los sentimientos, las ilusiones, que quieren traspasar todas las fronteras, y ser la otra carne, la carne del otro, sentirla, hacerla parte de uno mismo, sumergirse en su materia. Hay almas errantes que no dejan de reencarnarse en los más diversos cuerpos, a través de los cuáles se reencuentran. Un hombre y una mujer se atraen, pero también son una madre y una hija que vuelven a encontrarse tras largo tiempo de separación. Y las reencarnaciones proseguirán, en diversas criaturas. No hay límites ni fronteras, los árboles emergen en el agua, y los ríos aparecen en el jardín.

Los fantasmas, los pobs, sienten que viven sumergidos bajo el agua. Surgen cual inundación, como las que hubo en la época del rodaje en Tailandia. Con las inundaciones las fronteras quedan abolidas. El agua reniega de sus cauces, de sus límites y se desborda, agua y tierra conjugadas. Se es uno y se es otro. Las emociones se despliegan y muerden las entrañas del otro, de quien amas, sea tu madre, tu hija o el hombre o mujer que deseas. No se deja de recordar a quien se ama, aunque no esté presente, aunque haya transcurrido mucho tiempo desde que se le ha visto. Se le siente presente, parte de uno mismo. Se evoca un pasado, y se sigue estando en él, como el pasado habita en uno, aquel momento en que por primera vez se experimentó la posibilidad de surcar las aguas con una moto acuática, el recuerdo fluye en la mente mientras observa en el presente a otros chicos surcar las aguas, como trazos en la pantalla del agua, cursos y nexos tan visibles como invisibles, otras conexiones. La imaginación surca los tiempos y las realidades, lo que evoca y lo que sueña, que se entrelazan como las estelas en el agua. Y la música se despliega, como la ceremonia que diluye las fronteras. Por un momento se hace el silencio cuando alguien menciona que utiliza una maquina para hacer visibles esas otras manifestaciones, esos fantasmas, como al fin y al cabo es la maquina del cine, de la cámara y del proyector, la que hace de los fantasmas en una pantalla ilusión de realidad y presencia. Y también posible realización de lo sublime, la música de la ilusión. Mekong hotel lo logra.



martes, 3 de enero de 2023

Mis 10 películas preferidas del 2022

 

1. Memoria, de Apichatpong Weerasethakul

2. Benediction, de Terence Davies
3. París, Distrito 13, de Jacques Audiard
4. Mantícora, de Carlos Vermut
5. Despidiendo a Yang, de Kogonada
6. La chica y la araña, de  Ramon & Silvan Zurcher
7. Mr. Wain, de Will Sharpe
8. Arthur Rambo, de Laurent Cantet
9. Sundown, de Michel Franco
Un año, una noche, de Isaki Lacuesta

jueves, 26 de mayo de 2022

Mis textos para Dirigido por nº junio 2022


 En Dirigido por de junio 2022 mis textos sobre tres de las más sugerentes películas estrenadas este año, MEMORIA, de Apichatpong Weerasethakul, SUNDOWN, de Michel Franco , MR WAIN, de Will Sharpe, y para el Dossier 50 años: VIGENCIA DIRECTORES 50 AÑOS DESPUÉS

miércoles, 13 de abril de 2022

La ventana (Acantilado), de Isabel Alba

 

Le obsesiona el espacio. No da valor alguno al tiempo. Sobre todo en el último año. En que los días pasan rapidísimo y a la vez se suceden lentos. Se arrastran indolentes y parsimoniosos, sin embargo breves. Ya es de día y de pronto será de noche. Entremedias, un hueco que hay que llenar. Así día tras día. El tiempo no le concierne ...) Siempre le ha obsesionado el espacio. Cómo posicionamos nuestros cuerpos, situamos las cosas. La distancia que tomamos con otros cuerpos. Mucha. Poca. Tan poca que resultamos avasalladores. Sabe bien lo que es tener un cuerpo sin espacio. Un cuerpo que no dispone de ningún espacio. Lo que no puede imaginar es un espacio sin cuerpos. Cuerpo. Espacio. Uno de los aspectos que puso en evidencia (o en cuestión) la arrasadora irrupción (cual alud) del coronavirus en nuestra vida (programática y virtualizada) fue el desajuste en la relación con el cuerpo, y entre cuerpos. Ironía sangrante, el contacto se convertía en amenaza. Y por tanto, la circunstancia se vivía como un asedio, como si el desplazamiento por el espacio, entre otros cuerpos, fuera un peligro inminente. La interrelación se reducía a un gesto con un codo o un puño, precisamente el gesto que representa una agresión. Nuestro desprecio, como colectivo social, al organismo del entorno ambiental, o a los otros organismos, revertía contra nosotros reduciéndonos a un puño atemorizado, confinados en el espacio como reflejo metafórico de nuestro confinamiento ombliguista. la convivencia dilatada con uno mismo y con los seres más próximos dejó en evidencia sus desajustes e inconsistencias. Sobre todo, los primeros meses, por el confinamiento más drástico, se convirtió en cámara de tortura, en vulnerabilidad desconcertada y desorientada. Un año sin acariciar una mano. Un año que se despierta todas las mañanas llorando. La ventana (Acantilado), de Isabel Alba (1959), refleja con crudeza, a través de una narración coreografiada con unas frases cortas, o palabras telegráficas como hilos rotos, que dotan de cuerpo a la tensión de una vida que se siente fracturada, ya una fisura que se siente expuesta, frágil. El virus nos confrontaba con nuestra condición de cuerpos. Le gustaría no tener cuerpo. Mierda de cuerpo. Ser solo un cerebro. Un cerebro dentro de un ordenador (…) Le sobra el cuerpo. Los cuerpos enferman. Se deterioran. Mueren.

La protagonista de La ventana es una ilustradora, que lleva tres meses sin trabajo. Los trazos de la escritura parecen los de una ilustración cuyas líneas se revelan incompletas, insuficientes, quebradas como si ya no se habitara la realidad como un espacio inercial, de rituales y trámites. El confinamiento convierte a los sonidos en recordatorio de un aislamiento que parece trampa, o la inversión de nuestro interior, por fin expuesto. Sonidos de las casas ajenas. Estridentes. Invasivos. Violentos. Baila, y se embriaga de cuerpo, o evoca cuando nadaba, cuando era un cuerpo que sentía la materia, que se sentía como propia materia en movimiento. El virus nos recordaba también cómo en nuestra cultura (tan virtualizada) el tacto es quizá el sentido más desperdiciado. Somos pantallas virtuales, y los demás, representaciones. La interrelación con la realidad es a través de una imaginaria pantalla (o los otros son pantalla con cuerpo adherido). En su aislamiento, la protagonista dibuja diversas ventanas, diferentes configuraciones de esa relación, la ventana que indica que no se podrá ver más allá, una puerta abierta que es un lugar, tinta en la que cada letra duerme y son consecuencias, o la vida quebrándose. La ventana confronta con ese desamparo que era aún más agudo en quienes eran conscientes, por la muerte de allegados, de la realidad de la amenaza. Por eso, su desesperación era mayor al confrontarse con la indiferencia de quienes no habían sufrido pérdidas en su entorno. Lo que no se ve no existe. Para ellos, era otra entidad virtual, por tanto una falsa amenaza, o incluso una creación ilusoria como instrumento de control social.

En la novela también se evoca aquellas manifestaciones, en los inicios de la pandemia, que planteaban que la irrupción del virus en nuestra vida podía proporcionar, cual electroshock de lucidez, una transformación de nuestra forma de habitar la realidad, que implicaría una mejora. Fue el caso de artistas como David Lynch o Apichatpong Weerasethakul, casualmente dos de los cineastas que plantean, de un modo más radical y creativo, otra manera de percibir y relacionarnos con la realidad. El confinamiento es una oportunidad para ser mejores, para cambiar nuestros hábitos, para desarrollar la creatividad, para parar, descansar y estar con la famila, para compartir lo que nos emociona. Desafortunadamente, dos años después, nada ha mejorado, e incluso quizá ha empeorado. Nuestro ombliguismo, y nuestra inconsecuencia, sigue primando, y esa actitud dispone de su reflejo en el escenario económico laboral. La nueva normalidad era un apósito que en sí era una infección no cortada. La nueva normalidad es una burla obscena, piensa (…) Para ella la nueva normalidad, es una cena familiar que acaba en tragedia. Un hijo que se culpa de la muerte de su padre. Una madre que hace un año que no abraza a su hija. En la novela palpita la posibilidad de que quizá sí, aun remotamente, pudiera efectuarse una transformación de nuestra manera, como colectivo social, de habitar la realidad, de relacionarnos con el entorno medioambiental, otras especies y los propios congéneres, que no son pantallas ni funciones ni fueras de campo cuya condición real se niega por conveniencia, para mantener la misma ventana acomodada a la restrictiva parcela de nuestro ombligo, ajeno a las consecuencias, a pequeña y gran escala, de nuestros actos. La contemplación de esa posibilidad rezuma aún el dolor de un cuerpo que de nuevo se estira tras sufrir una contusión. Y es en su condición de cuerpo, en su condición de energía con múltiples sentidos con capacidad de sentir, y empatizar, donde reside el germen de esa posibilidad de transformación que logre evitar que cada vez nos asemejemos más a huecos o dispositivos con forma humana. Quizá dibujaría un pájaro, el petirrojo que ahora la mira desde el otro lado del cristal de la ventana, el sonido de las gotas que caían del grifo estropeado de su baño (¿Cómo se pinta un sonido?) o el olor picante de su café (¿Cómo se pinta un olor?). O el tacto de su mano un tanto áspero (¿Cómo se pinta una sensación?) o el brillo de su pelo oscuro y corto (eso sí podría pintarlo, aunque nunca sería como fue). No. Quizá no. Quizá mejor no pintar nada. No se puede pintar una ausencia. Un vacío. Un hueco en el corazón.

viernes, 25 de marzo de 2022

Mis textos para el número de Abril de Dirigido Por

 

En el número de abril de Dirigido Por se publica mi entrevista con Apichatpong Weerasethakul y mis textos sobre Gueule d'amour (1937), Le ciel est à vous (1943), Pattes blanches (1947) y L'etrange Madame X (1951) para el Dossier sobre el excelente cineasta francés Jean Gremillon, y sobre la mini serie ¿Sabes quién es?

domingo, 22 de diciembre de 2019

10 películas predilectas de la década (2010-2019)

En A propósito de Llewyn Davis (2013), de los Hermanos Coen,Llewyn Davis (Oscar Isaac) no quiere sólo existir. Se resiste a ser lo que no quiere ser. Se resiste a ser un hombre que no estaba allí. Tiene las cosas claras, no quiere volver a ser marino en un buque mercante, sabe cuál es su esencia, por eso quiere vivir de la música, esa es su aspiración, su sueño. Quiere una vida con esencia. Pero la indefinición es parte de su vida, o define su vida, valga la paradoja, como lo es la misma definición de la música que interpreta: Si no es nueva y nunca envejece, es folk. Llewyn se desplaza recurrentemente por pasillos angostos, tanto que las puertas en cada pared casi se tocan, para acceder a las casas donde le acogen en sus sofás, o si ya está ocupado, en el suelo. Llewyn no tiene dinero. Su presente es más que incierto, un pasillo que parece angostarse cada vez más. No tiene hogar. Está un poco perdido. Y porta un gato que no es suyo, un gato que se ha escapado cuando dejaba el piso de una de esas amistades que le acogen. Un gato cuyo nombre ignora, con lo que será difícil llamarle si se pierde o fuga. Un gato que intenta que no se pierda, aunque es difícil cuando él parece un tanto a la deriva. Un gato que contempla con perplejidad la sucesión de estaciones por las que pasa el metro en el que viaja. La vida de Llewyn también es una sucesión de estaciones que pasan.
A ghost story (2017), de David Lowery. Es una inmersión que transgrede coordenadas temporales y un poema musical sobre el tiempo, sobre la duración. Por tanto, se define, y evidencia, a través de la duración de los planos y las elipsis temporales, incluso en un mismo plano (M saliendo por tres veces de casa, hasta que la última es la definitiva; la nieve que se torna luz resplandeciente). Un contraplano puede corresponde a un tiempo futuro. Un movimiento de cámara nos desplaza a otro tiempo. El tiempo varía, el tiempo se repite. La construcción en bucle confronta con la repetición de la pérdida, sea quien sea, como inevitable pasaje de cada vida. Es otro ángulo pero es el mismo. Todos y cada uno, en un momento dado, desaparecemos. El futuro, como ese elevado reascacielos que se construye sobre el solar donde la pareja, y otros inquilinos, vivieron, no difiere del principio, cuando unos colonos en el siglo XIX intentaron erigir la primera construcción antes de ser muertos por los indios. El tiempo pasa pero no difiere la historia. Toda historia concluye. Permanece el sueño de la permanencia.
Un árbol flotante emerge, luego un segundo, un tercero y un cuarto, etcetera. Sus raíces se extienden en el aire, algunos detalles son más visibles, algunas hojas recuperan su forma como dos almas errantes que reconstruyen su universo. Un río aparece en el jardín. Mekong hotel (2012), de Apichatpong Weerasethakul es un río que aparece en la pantalla. Se extiende como esa frase, una paradoja que refleja y condensa la constitución de esa aparición. Un árbol emerge, un río aparece en el jardín. Es una obra que reconstruye, la vida no deja de regenerarse, transformarse, su narración lo hace cuerpo, música, sensación. Su narración habita, respira. Lo que revela no deja de ser misterio, como el agua se escurre entre las manos. El hotel Mekong se encuentra en una frontera, entre Laos y Thailandia, pero en su interior se diluyen las fronteras. Confluyen el escenario y los bastidores, el tiempo pasado y el presente, realidades paralelas, el documento y el sueño, como si fueran habitaciones de un mismo edificio, espacios que se comunican. En la primera secuencia el compositor y músico Chai Bathana, en compañía del director, como si se diera a la llave de contacto para arrancar la narración, intenta recordar los acordes de su composición. La música de su guitarra española domina la narración, incluso superponiéndose a las voces de los actores. Hay alguna secuencia en los que estos, tras finalizar una escena, miran a cámara. También miran a la distancia, que puede ser la del tiempo.
Museum hours (2013), de Jem Cohen, está dedicada a los trabajos de John Berger. Parece su soberana aplicación. También me recordaba a las texturas y capacidad de observación de los detalles, de los que extraerle una resonancia abstracta, de un autor, precisamente, austríaco, Peter Handke. Palomas en una hondonada que parecen un hervor y que parecen brotar cuando alzan el vuelo; flores y plantas en la blancura de la nieve; un ciego que camina con su bastón en la acera helada; calles y casas que parecen recién construidas, porque cada primavera pintan las casas por los turistas. Detalles, múltiples detalles que brotan con su inmensidad para el ojo despierto que se pregunta y capta lo que aparece ante su mirada. Correspondencias. Rostros que se asemejan al de un cuadro, rostros que se acercan y te hablan en una lengua que no entiendes pero te transmiten un sentimiento de paz. Una mujer anciana, vestida de negro, asciende un camino, mientras comienza a caer la nieve y parece la imagen de la determinación ante cualquier obstáculo o adversidad. O quizá lo que resalta en la imagen, el centro, sea aquel alto edificio al fondo, o la fila de coches en caravana, en la que resaltan las luces rojas, como un rosario encendido. O quizá sea el mismo camino, el cual quizá sea el principal obstáculo para la anciana. Pero también está el fuera de campo, aquella casa donde se esculpen lápidas, y que nos hace sentir lo efímero de la vida, su condición de tránsito, y recuerda a aquella tienda por la que pasábamos cada día, como un elemento familiar en el paisaje o pantalla de nuestra mirada, en el que quizá no nos percatamos porque era otro elemento que componía el tejido de una pantalla en la que las partes pierden su condición de singularidades, de inmensidades. Y un día la tienda cierra, y su ventana está tapiada, y se convierte en una singularidad que nos hace cambiar el paso, la mirada, y observar a nuestro alrededor cada detalle como una respiración que se alza pletórica pero puede desaparecer en cualquier instante. Hay películas que no terminan, hay películas que no pueden terminar.
En El extraño gatito (2013), de Ramon Zurcher, La niña hace música con el cristal de su copa, y grita acompasada cada vez que se usa la batidora. Habla con volumen alto, aunque su abuela duerma. Entre una y otra, entre esa exuberancia y ese reposo que es también cansancio, entre ese cuerpo que mira a la vida como una espesura sobre la que aún configurar muchos mapas a los que asediar con preguntas y ese cuerpo que ya no mira, sino que se ausenta, porque ya no espera más, o mira como si se mirara a sí misma, su vida, a través de su hija, una vida que parece ya persiana que se cierra, respira el maremagnum de incógnitas de la vida, el forcejeo entre lo que se constituye como encuadre, y quizá no es lo que se deseaba que se constituyera como encuadre, y el fuera de campo de lo irresuelto, de lo aplazado y soñado. Ahí es donde se agita la mirada de la hija que es madre. Esa mirada intermedia, que parece en medio de todo, por eso se mira con su hija, y mira el vacío más allá de su encuadre, y del nuestro, de lo que no logramos captar de los otros, de lo que aún no se logra captar de uno, de lo que no se ha logrado perfilar en la propia vida y es hilo suelto, como su carcajada se despliega cuando una bombilla explota súbitamente. Porque quizá haya mucho que no ha explotado en su interior, muchas polillas que no han echado a volar, o que fueron pronto comidas por el gato que ronronea. Por eso se pincha con la aguja. A ver si aún hay sangre. El extraño gatito es asombro y enigma. Es un encuadre en el que palpitan los múltiples fueras de campos que definen nuestra vida en la relación con los otros y con nosotros mismos. Es una fisura que nos mira. Y nos despierta.
El arte de la transfiguración de la narración, la transfiguración de una mirada: luces y sombras. Historia de una pasión (A quiet passion, 2016), de Terence Davies. Emily Dickinson se enamoró de un predicador, un hombre que parecía vivir más en la idea que en el cuerpo, casado con una mujer que representaba la cuadrícula de la rigidez y la restricción. Sus ojos parecen querer salir despedidos de sus cuencas cuando espera con expectación el parecer del predicador sobre sus poemas. La presentación del predicador es una imagen de luz, su figura perfilada como un fulgor, como un velo de la mente, superpuesto sobre las cortinas de una de las ventanas de la casa. Es un sueño, una idea. Una luz que también es una sombra: cuando la vida se ha hecho ya más sombra que posible luz, retiro y vida que no fue, Emily imagina, o sueña con, la sombra indefinida de un hombre que entra en el hogar y asciende a las escaleras. Una de las secuencias más bellas que ha dado el cine, y probablemente una de las que mejor ha reflejado la sublimación amorosa, la falta o ausencia, la sombra añorada que desea materializarse en cuerpo de amado.
En De óxido y hueso (2012), de Jacques Audiard, dos accidentes tienen lugar en el agua. Con respecto al primero, una de las más bellas y conmovedoras imágenes que ha dado nunca el cine: Catherine reencontrándose con la orca que provocó el fatal accidente, cada uno a un lado del cristal; un único plano general, dilatado: La orca responde a los gestos de Catherine en una sinfonía coreográfica de gestos cómplices. No hay resentimiento, no hay amargura, sino asunción y conciliación. En el segundo, Alí se fractura las manos golpeando el hielo para sacar a su hijo del agua. Este rescate también servirá para romper el hielo que se había creado con quien se había caído la primera vez, con quien él había interpuesto el hielo de la distancia, porque aún no sabía ser rescatado.
En Blade Runner (1982), de Ridley Scott, el garfio con la vida eran los recuerdos. Soy mis recuerdos. Si los recuerdos son implantados, ¿qué soy? ¿Siento las notas de música, o las siento a través de un injerto, como si mi vida fuera un mero sucedáneo?. En Blade runner 2049 (2017), de Denis Villeneuve, la secuencia nuclear, bellísima, está relacionada con un personaje que genera los recuerdos de los replicantes. Paradoja: la vida se genera desde el aislamiento. ¿No vivimos aislados en nuestras burbujas de pantallas virtuales? Pero ¿quién vive si se generan las proyecciones desde el aislamiento?. Y de ahí, de la desolación de esa consciencia, brotan las lágrimas desesperadas y el grito impotente. Y la nieve cae y hace soñar con lo real que no se logra atrapar con los dedos, porque siempre hay un cristal que parece interponerse. Hasta que una mano se pose y abra la herida de los recuerdos que se doten de cuerpo.
En La casa de la tolerancia (L’Apollonide, 2011), de Bertrand Bonello, la cautivadora y compleja narrativa de Bonello tiende a la deriva, descentrada, en un ‘entre’ que fluctúa entre realidades, estilos y perspectivas; entre un impresionismo que contrasta el escenario y las mascaradas con los espacios entre líneas de los rostros desmaquillados y las apariencias desgarbadas, de las ilusiones, de las complicidades, de los aprendizajes, de la naturalidad, las excursiones en el campo y los chapuzones en el agua, cuando se estiran y abrazan, cuando dejan de ser reflejos o muñecas, cuando son cuerpos que se afirman en su anhelo de vivir, fuera del escenario de la degradación, donde sus cuerpos pueden descomponerse por el contagio de la sifilis. Una de las secuencias más extraordinarias de la película, el baile de las chicas, un rasgón de intensidad, un desgarrador momento de pausa, fuga, descarga y liberación transitoria, está modulado esa emoción a través del 'Night of white satin' de Moody Blues (fascinante cómo juega expresivamente con el amortiguamiento y la supresión fugaz de la música, que vuelve a retomar con una fuerza arrebatadora).
En Sólo los amantes sobreviven (Only lovers left alive, 2013), de Jim Jarmusch, Para cada uno de la pareja de amantes el otro es su firmamento. La narración se despliega con un plano de las estrellas en el firmamento que se transmuta, en asociación de montaje, en disco de vinilo que gira. Música en movimiento. Su relación es la música que les dota de movimiento, de impulso de vida. La cámara también gira sobre ambos, en respectivos planos cenitales, en sus diferentes ámbitos, en sus distintos hogares. La música les conecta, porque ambos comparten la habitación de la música de su emoción entrelazada, la embriaguez del amor que les propulsa como si generaran un firmamento propio. Y así fluye la narración, como si la embriaguez aún fuera posible, como si se desperezara entre sueños, como si se sacudiera el entumecimiento, y despertara. Ambos están entrelazados, da igual si hay interpuesta distancia, o yacen juntos abrazados. Se desplazan como una corriente eléctrica por entre los espacios deshabitados, como si su presencia fuera el aliento que los dotara de vida. Danzan con su mente, en el ajedrez, o con sus cuerpos. Sus gestos se acompasan. Si este mundo no sabe usar la imaginación, queda el exilio, convertirse en un vampiro, dejarse fluir por la imaginación y los cuerpos y emociones que se muerden hasta el tuétano donde vibra la luz entre las sombras de la lucidez, allí donde se saborea la música. Cuando Eve viaja hacia el postrado ánimo de Adam, lee unas palabras que escribió Marlowe: El amor no se altera con sus cortas horas y semanas sino que todo lo resiste hasta el final de los tiempos. Si estoy errado, y que eso se pruebe, yo nunca he escrito ni ningún hombre amado.

jueves, 25 de abril de 2019

La portuguesa

Anatomía del tedio. Un día se convierte en una semana, una semana en un mes y un mes en una estación, se dice en un momento dado de La portuguesa (2018), de Rita Azevedo Gomes, adaptación del relato homónimo de Robert Musil. La duración de los planos se dilata. En uno, incluso, se aprecia, al fondo del encuadre, cómo se modifica la luz, como si ese rayo de luz que hace acto de aparición representará la añoranza de una presencia. Un tiempo de espera. La protagonista (Clara Riedenstein), noble portuguesa recién casada con un noble italiano, Von Ketten, espera que este vuelva de la guerra (una de esas guerras medievales que duraban incluso décadas, también por lo que tardaban en el trayecto de ida y vuelta). Esta mujer recorre las estancias, o simplemente se dedica a una tarea u otra, o conversa de ésto y aquello con alguien, sea sirviente o no. Los planos se inmovilizan, mientras siguen dilatándose. El tiempo discurre. Las figuras dispuestas como si participaran en la composición de un retablo. A su alrededor, otros animales, gansos, perros, gatos, y algún corzo que pasaba por ahí. Abundan sobremanera los conejos blancos, pero desafortunadamente no se internan en ningún agujero negro que nos traslade a otra forma de representar la realidad, la vida, el cine, y sobre todo, la duración. La anatomía del tiempo se torna anatomía del tedio. No es tiempo dilatado, sino encasquillado. Resulta tan espesa la narrativa como en su anterior obra estrenada por estos lares, La venganza de una mujer (2012). Los planos, o retablos, son como fragmentos cuya nervatura careciera de sinapsis. Se intenta escanciar el tiempo, y en algunos planos se consigue, pero se cortocircuita, como si la narración sufriera de artritis. Una mera acumulación de planos que no encuentran su respiración compartida, como cuadrículas aisladas. Sólo los conejos saltan, pero lo dicho, no tienen prisa, y permanecen alrededor con sus orejas erectas cual interrogantes. Mientras, los personajes siguen disfrutando de ser figuras en un retablo (en algo tienen que entretenerse).
Con respecto al aspecto visual, unas interrogantes, que son también para mí mismo. Ha sido reconocida como una obra de exquisitas composiciones pictóricas. Pero no logro tampoco encontrar la conexión a través del disfrute contemplativo. Aunque juegue, como ya he señalado, con algún efecto de luz, en algún plano que otro, me parece que redunda en el registro más rudimentario de lo real, sin discriminar figuras ni términos con el foco. Pero a la vez combina ese realismo neutro con presuntas rupturas del naturalismo, como el modo de moverse, o posicionarse en el encuadre, de los personajes, o de hablar. Los planos se dilatan como si se registrara el grado cero de lo real aunque a la vez, por la violentación que ejerce el registro dilatado de las acciones triviales, como si se abriera en canal el tiempo, funciona como oclusión de lo escénico: como el inmovilismo de los cuadros como retablos. Por añadidura, puntúa la narración una mujer que entona canciones, demasiadas canciones, cual representación del coro griego, aunque más bien parece que han debido suministrarle antes de cada intervención alguna sustancia lisérgica por la estridencia de su canto, y sus movimientos descoyuntados, como si no supiera en qué realidad se desenvuelve.
Y no es una cuestión de representación analógica, frente a la digital: véase la burda digitalización de La inglesa y el duque (2001), probablemente la película más desmañada y anodina de Eric Rohmer. Hay películas que combinan de modo admirable ese registro neutro naturalista, que incluso puede ser contemplado como desaliño, con rupturas o extrañamientos de la representación realista, caso del cine de Apichatpong Weerasethakul (Tío Boonmee recuerda sus vidas pasadas o Cemetery of splendour). Es decir, que también me he visto en la otra posición, enfrentado a los mismos cuestionamientos con películas que admiro. En La portuguesa me resulta tan impostada la vertiente naturalista, como la que evidencia la representación. Tengo la impresión de que el actor es alguien que porta unas ropas que le acaba de facilitar el responsable de vestuario, que proyecta frases como si fuera la enumeración de números primos, y que se desplaza, más bien, por una realidad de cartón piedra.
Como en la reciente Dolor y gloria, de Pedro Almodovar, pero también en una obra que fue saludada como un modelo de refinamiento estético, The witch (2015), de Robert Eggers, parece que se han reunido unos escolares en sus primeras prácticas cinematográficas. Ambas películas me hacían sentir que los mismos actores acababan de terminar de clavar los correspondientes clavos en algún madero, aunque sobre todo abunde la piedra, ya que estamos en un castillo en época medieval. Claro que resulta difícil diferenciar las piedras de los humanos que se desenvuelven por sus decorados, cual versiones agarrotadas de Pinocho, declamando unas palabras que probablemente intentarán descifrar tras que digan corten. Afortunadamente, para mí, los planos se animaban con la presencia de los citados animales, con lo cual mi mirada podía entretenerse con sus saltos y movimientos, e incluso con cómo un corzo se lame una pata. Sustancialmente, es una cuestión de respiración narrativa. Ha ganado premios, y generado entusiastas loas, como las otras películas citadas, pero no puedo negar que sentí la misma tentación que Rip Van Winkle. Buscar un tronco en el que apoyarme y quedarme tal cual, como un tronco.

miércoles, 2 de enero de 2019

Blue

Los abismos de la melancolía aguda. Ese estado en el que sientes la realidad como un escenario. Una sucesión de decorados en los que no te sientes presente. Sientes en tI una llama que te consume, un abrasión que se extiende en tu pecho y palpita como un latido que es garfIo que desgarra. Tu cuerpo es peso. No sientes deseo ni impulso de actuar, sino sólo quedarte postrado. No hay acto de realización posible porque sientes la realidad como una representación, una sucesión de simulacros sin fundamento, dispositivos y engranajes entre los que serás uno más. Te arrebujas en esa pesadumbre y te encoges en esa sensación de impotencia y derrota. La realidad es un escenario, y además distante: la conclusión es que el tiempo y el espacio no son en sustancia, más que ideas, más que nombres (Giacomo Leopardi). Te abismas en esa oscuridad visible, sobre la que escribía William Styron en el libro de homónimo título. ...me dejé caer en la cama y permanecí mirando al techo, casi paralizado y en un trance de malestar supremo. El pensamiento racional solía estar ausente de mi mente en tales momentos, de ahí que hable de trance. No se me ocurre ninguna otra palabra más apropiada para ese estado, una situación de desvalido estupor (…) y uno de los aspectos más insoportables era la incapacidad de dormir.
Blue: melancolía. En Blue (2018), de Apichatong Weerasethakul, una mujer se encuentra postrada. Le cubre una manta azul. Su entorno, la oscuridad de la noche. Un exterior, que es intemperie. Frente a ella, descienden diversos telones con diferentes dibujos de paisaje. La mujer mira hacia los telones, pero vuelve a arrebujarse. Sobre el pecho de la mujer, comienza a percibirse una chispa, un rescoldo, que se convierte en llamas. Son llamas superpuestas. Decorados, cuerpos, llamas, superposiciones, límites difuminados. Sumergirse en una obra de Apichatpong Weerasethakul es como experimentar un trance alquímico. El diseño sonoro es la corriente en la que realizas la inmersión, o la inmersión que te envuelve y transfigura, como si te hicieras cuerpo del momento o de la idea, de un estado: El fuego que crepita, el chirrido de los telones descendiendo, el canto de los pájaros, un sonido indefinido como fondo que es primer término, una conjugación de partes que son todo. Una seña de identidad expresiva, una cualidad, que lo emparenta, o conecta, con el cine de David Lynch. En ambos las coordenadas de lo real se diluyen y difuminan, se entrelazan y amplifican: el espacio íntimo y la realidad exterior, lo concreto y lo abstracto.
Las obras de genio, observadas desde un horizonte moderno, exigen la superación del tradicional conflicto entre los ámbitos de la poesía y de la filosofía (haciéndose esta imaginación y aquella conciencia), para mostrar la <> implicada como ilusión. Únicamente mediante esta operación puede llegar a convertirse en <> el sentimiento de la nada, produciéndose el efecto catártico que Leopardi atribuye a las obras de genio; quedando así transitoriamente -con la transitoriedad propia de la experiencia estética-, subsumido lo <>, que conlleva la voluntad de no existir, a la ilusión que afirma la vida (Sabiduría de la ilusión, Rafael Argullol) Blue son doce minutos que son infinito, duración en su estado quintaesencial porque se desprende del tiempo como medida. Es fluencia. Nada que se torna plenitud. Catarsis como lumbre en progresión. En su cine te sumerges, sientes un trance, una conexión que además es transcendencia. Somos esquirla de decorado, llama que forcejea, que quizás se consuma o quizás se subleve. Sientes la melancolía pero a la vez te propulsa como si ardiera esa mirada postrada y se hiciera más bien llama desafiante, la llama que roba Prometeo desafiando los límites. Y así el decorado se hace presente.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

A ghost story

Fantasmas de la permanencia. Toda vida desaparece. Si hay una certeza, es esa. Si hay una constante, es lo efímero de la vida. Si hay algo que se repite, es la desaparición. Varían las figuras, ninguna sigue, sólo la vida. Nada permanece. Todo termina. Nosotros somos fantasmas de paso. Con una sábana se cubren los cadáveres en la morgue. Ya no hay cuerpo, ya no existe. Es una pantalla en blanco, una sábana, en la que ya no corre la película. Quizá alguien nos recuerde, durante el tiempo que dure su película, su vida. Quizá quede, según la obra realizada, una composición musical, una novela, un edificio, el recuerdo de que alguna vez existimos. 'Cada vez que me despierto, oigo una puerta que se cierra', es la frase de Virginia Wolf con la que se inicia la excelsa 'A ghost story' (2017), tercera obra de David Lowery. La vida siempre se marcha, como en un hogar pueden pasar varios habitantes, como una relación tendrá un término, por separación, o muerte de uno de los componentes de la pareja. La música concluye, en un momento u otro.
La música, la hermosa banda sonora de Daniel Hart, conduce, como una corriente, la narración de este poema musical que nos confronta con nuestra condición finita. Es una narración que es más bien una partitura, como también lo es la de la reciente 'Blade runner 2049', de Denis Villeneuve, pero en el caso de la obra de Lowery personajes y trama se difuminan en una atmósfera, en lo fantasmal de la pérdida y la ausencia, cuando las historias se disgregan, y se evidencia la falta, el cuerpo que no está, nuestra inevitable desaparición. En un momento, puede que ya no estés. Somos duración. Y la narración es partitura de duraciones. El tiempo es según cómo vivimos el instante. En un largo plano que fluye como si lo pletórico se desplegara y se hiciera residencia, cuando en la duración nos realizamos como presencia, se condensa la complicidad y armonía del amor que comparten C (Casey Affleck) y M (Rooney Mara), tumbados en la cama, abrazados, acariciándose y besándose. Por contra, en otro plano de larga duración, aunque este como si quedara atascado el brazo sobre un surco del disco, muestra la desesperación de M comiendo, sentada en el suelo, mientras es contemplada por el fantasma del hombre que amaba y que ya está irremisiblemente ausente porque ha muerto en un accidente de coche. El tiempo raspa, y se siente como una nausea que corroe el vientre.
Lowery ha mencionado que una obra muy presente durante la preparación fue 'Uncle Boonmee cuenta sus vidas pasadas' (2010), de Apichatpong Weerasethakul. En ambas obras nos sumergimos y fluimos en su duración, en el trance que deshilacha la trama y deja la experiencia arquetípica al desnudo, el de la experiencia intuitiva que siente lo Otro, el mundo interior conjugado con el exterior, con sus límites difuminados. 'A ghost story' es una inmersión que transgrede coordenadas temporales y un poema musical sobre el tiempo, sobre la duración. Por tanto, se define, y evidencia, a través de la duración de los planos y las elipsis temporales, incluso en un mismo plano (M saliendo por tres veces de casa, hasta que la última es la definitiva; la nieve que se torna luz resplandeciente). Un contraplano puede corresponde a un tiempo futuro. Un movimiento de cámara nos desplaza a otro tiempo. El tiempo varía, el tiempo se repite. La construcción en bucle confronta con la repetición de la pérdida, sea quien sea, como inevitable pasaje de cada vida. Es otro ángulo pero es el mismo. Todos y cada uno, en un momento dado, desaparecemos. El futuro, como ese elevado reascacielos que se construye sobre el solar donde la pareja, y otros inquilinos, vivieron, no difiere del principio, cuando unos colonos en el siglo XIX intentaron erigir la primera construcción antes de ser muertos por los indios. El tiempo pasa pero no difiere la historia. Toda historia concluye. Permanece el sueño de la permanencia.
En las primeras secuencias de la primera obra de David Lowery, 'En un lugar sin ley' (2013), que compartía protagonistas con esta, quedaba condensado el vínculo, el abrazo que une las entrañas de Ruth (Rooney Mara) y Bob (Casey Affleck). Y el miedo, las dudas, sobre los frágiles cimientos sobre los que se sostiene ese amor, sobre un futuro que parece ya papel quemado o ruido de grilletes. Qué se puede gestar si la realidad alrededor parece derrumbarse. Sueñan con la armonía pero se desintegra cuando se convierte en balas y prisión. Su añoranza, las cartas que Bob escribe durante su encarcelamiento, desafían al paso del tiempo. Pero la nostalgia, el anhelo, abrasa. Cuando la vida tiene una sola dirección, y son los ojos y el abrazo de quien amas, no hay muros que impidan el desafío a la realidad. Aunque no siempre es posible el regreso al hogar. La luz alumbra, con una potencia evocadora desacostumbrada, en las imágenes de 'En un lugar sin ley', como el aliento que se anhela recuperar, como vibra una sensación de intemperie. En 'A ghost story' esa intemperie se desnuda, al hacerse abstracción, sueño tenebroso, como una espera perpetua. La prisión, en este caso, es la definitiva, la muerte, aquella de la que no es posible retornar. En los últimos pasajes también se ofrece otro ángulo, u otros aspectos de la relación, las dudas, las colisiones, los frágiles, vulnerables, cimientos sobre los que se sostenía su amor, las diferentes perspectivas que podían determinar que el amor se resquebrajase si uno de los dos no realizaba la necesaria concesión. La luz es triste, como si estuviera en cualquier momento a punto de apagarse. En la primera secuencia, M cuenta, abrazada a C, cómo siempre, en cada casa que había vivido, dejaba en algún resquicio una nota, la constancia de un vínculo, como si lo efímero pudiera ser recuperable, y lo que termina reiniciarse. Pero nunca volvía. El fantasma espera, y no es el único, ya que son los fantasmas de la permanencia. La duración es limitada. Un día se acaba, y la película se termina, la blanca sábana se desvanece. Somos ya un papel en un resquicio, hasta que las palabras escritas se difuminen por el paso del tiempo, y quede en blanco, como el cadáver que se descompone en la tierra. Una extraordinaria banda sonora, de Daniel Hart, para una narración que es partitura.