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miércoles, 3 de enero de 2024

Mis textos en Dirigido por Enero 2024

En Dirigido por enero 2024 se publican mis textos sobre Los que se quedan, de Alexander Payne, El peor equipo de fútbol, de Taika Waititi, Slow, de Marija Katvaradze y Concrete Utopia, de Um Tae-Hwa

viernes, 17 de noviembre de 2023

A propósito de Schmidt

 

Querido Ndugu, te escribo para hablarte acerca de Schmidt (Jack Nicholson), alguien cuya vida no se diferencia mucho del edificio en el que ha trabajado hasta que le ha llegado el día de la jubilación. De hecho, te costara distinguirle de los edificios de Omaha en los planos iniciales con los que comienza A propósito de Schmidt (About Schmidt, 2002), de Alexander Payne. Para darte una pista: Él es el que mira el reloj esperando que el segundero cumpla su recorrido y se cumpla el horario de trabajo que ha realizado día tras día en ese compartimento, cubículo, nicho u oficina de una compañía de seguros a la que ha servido como una piedra más del mismo edificio. Su misma forma de andar es un poco rígida, como si se desplazara una losa marmórea, y su gesto parece también cincelado en un gesto ceñudo. Con su jubilación, Schmidt tiene ahora tiempo para reflexionar. Tiempo más que suficiente, como si ya fuera un gran descampado, porque ya no existen los horarios, y su vida ya no está estructurada si no que es un sólo canal relegado a hacer hacer zapping entre los diversos canales de televisión porque ya ha sido abocado a la periferia, al banquillo permanente, a la espera del último despido o la última jubilación cuando la aspiradora de la muerte lo absorba.

Pero entre tanto tiempo que rellenar Schmidt parece que se percata de que hay otros mundos más allá de aquel restringido en el que ha constreñido su vida de testuz encorvada sobre su mesa de despacho. Entre otros tantos anuncios, y canales en los que salta, se percata de uno en el que solicitan ayudas monetarias para niños africanos, y así te conocerá, Ndugu, porque si ya siente que no controla nada, que en nada ni en nadie influye, ni ya en su trabajo es necesario ni para aconsejar, como tampoco en su hogar, dominado por su esposa Helen (June Squibb), quien rige incluso hasta cómo tiene que mear, sentado en la taza del water, contigo, Ndugu, aún podría sentir que influye en alguien o algo. Por eso, cuando te escriba, se explayará extensamente, como si descargara contigo lo que no parece poder compartir con nadie, o decir a la cara, tanto al joven que ha ocupado su puesto, como a su esposa (sobre la que, en un magnífico montaje secuencia, condensa todo lo que le irrita de ella). Quizá porque realmente ha compartido poco en su vida, tanto con su esposa, como con su hija, Jeannie (Hope Davis), quien en un momento dado, ante sus repetidas peticiones de que no se case con Randall (Dermot Mulroney), le pregunta si ahora se preocupa por su vida. Schmidt se ha preocupado poco por los demás. De hecho, no se había percatado veinte años atrás de una fugaz relación amorosa entre su esposa y su mejor amigo.

Ahora, con tanto tiempo que rellenar, sí se percata de que es poco útil, o de que no lo es realmente para nadie, ya que cumplió su función como eslabón de una cadena de trabajo. Se ha quitado el maquillaje de la rutina y se ha dado cuenta de que no había demasiado consistencia debajo. Quizá suministrarte veintidós dólares mensuales, Ndugu, le haga sentirse útil. Porque su hija no parece hacer caso a sus denodados esfuerzos por impedir su boda con Randall, quien parece que va a llevar su mismo camino, vendedor de camas de agua, aunque tenga también su ambiciones de no ser uno más, como las tuvo Schmidt tiempo atrás cuando aún miraba al futuro y no al pasado como ahora. Quizás Schmidt por eso no le quiera como yerno, porque no le ve a la altura de su hija, y su hija representa los sueños que tuvo, y Randall lo que ha llegado a ser, alguien que se subordina a la voluntad de los demás, alguien al que engañan fácilmente, sea con el timo de la pirámide o asumiendo su anónima cuadrícula en la cadena de montaje de la vida. Es decir, está convencido de que será como él una piedra más en el camino que ha permanecido inmóvil durante 67 años y ahora cree sentir que se pone en movimiento porque se pone en marcha con su caravana, en busca de su pasado, de quién fue cuando era niño, o cuando era estudiante universitario aunque les importe un pimiento a los estudiantes a los que se lo cuente en el comedor de la universidad. Aunque, al menos sí sirva, ese ilusorio desplazamiento, para huir del silencio que ha dejado en su hogar la muerte de su esposa, y la decepción de saber su romance décadas atrás con su mejor amigo, aunque ya se preguntara quién era aquella vieja mujer que dormía junto a él en la cama, y estuviera ya más que harto de sus manías y rutinas y olores corporales. Pero al menos era una presencia de la que podía lamentarse, y que le hacía compañía. Tener la misma pantalla delante cada día anestesia de tal modo que quizá no te percates de cómo has desperdiciado tu vida, y de cuán fútil es lo que has hecho con ella. Pero que le agradezcas su ayuda es un consuelo. Por lo menos, al menos, en la conclusión de ese desplazamiento, Schmidt sabe que está vivo. Siente las lágrimas surcar sus mejillas. Nunca es tarde para despertar, aunque estés solo y ya no quede mucho horizonte por recorrer.


Así que querido Ndugu, ¿Qué más puedo decirte sobre A propósito de Schmidt'?. Quizá sea una comedia, o un drama, o ambas cosas. Hay momentos de afinada mordacidad, pero en otros parece que prefiere usar el amortiguador o no afilar demasiado las aristas (véase la secuencia culminante del discurso en la boda), o quizá, simplemente, es que se queda alicorto sin conseguir esa turbadora extrañeza que el material parece demandar, o que telegrafía buscar, sin lograr descolocar rotundamente (sea en la secuencia en el jacuzzi con el personaje de Kathy Bates o la secuencia en la otra caravana cuando Schmidt se abre tanto emocionalmente que se abalanza sobre la mujer). Tampoco sacude las entrañas. O no demasiado. Las lágrimas finales no duelen ni queman. Aunque su magulladura dejan. El personaje parece que aprende, pero tampoco queda la sensación de que se ha pasado un trance, un proceso. O sí, pero con leves contusiones. Quizás es que su estilo parece un poco monocorde, como si no avanzara la película, aunque lo hagan los personajes. O avanza, pero luego retrocede, para de nuevo avanzar, indeciso, voluble, indefinido. Ahora suave, ahora hierve. A veces sacude, en otras parece que se repliega. Su estilo es más bien el de un zarandeo. Algo es algo. O quizá bastante. Por momentos. Eso sí, kilómetros por delante se ve a los hermanos Coen y otro hombre que nunca estuvo allí. Pero esa es otra historia querido Ndugu.

viernes, 22 de diciembre de 2017

Una vida a lo grande

Vida reducida, mente ampliada. En esta sociedad que busca ávida el beneficio para así degustar cualquier lujo que apetezca resulta recurrente, para la mentalidad empresarial, una medida que se considera necesaria al respecto: la reducción de gastos. Economizar es la clave para ampliar los beneficios. Una opción habitual es la reducción de plantilla, esa masa indiferenciada de peones. Por eso, reducir el tamaño puede ser una medida oportuna: no sienten que han sido despedidos sino que pueden acceder a los lujos a los que tantos aspiran (o se incentiva aspirar): los precios se acompasan al tamaño: por eso, se puede vivir en una mansión con cualquier disfrute recreativo accesible, en vez de sufrir, en la realidad a escala convencional, el estrangulamiento de las dificultades para conseguir un préstamo que posibilite un nuevo hogar, como es el caso de la pareja que forman Paul (Matt Damon) y Audrey (Kristen Wiig). Por esas restricciones deciden reducir su tamaño, para vivir no sólo una vida desahogada, sino a todo lujo. Aunque el propósito de quienes hayan conseguido ese logro científico fuera más bien evitar la sobreexplotación de la tierra, como medida respetuosa con el medio ambiente. Pero ya se sabe que para un amplio porcentaje de los seres humano el primordial medio ambiente es uno mismo y sus extensiones, aquellos a los que considera los suyos. A eso se reduce su perspectiva. Por eso, el título original de 'Una vida a lo grande' (2017), de Alexander Payne. Reducción (Downsizing), dispone de mordaces aristas.
En una de las obras previas de Payne, 'A propósito de Schmidt' (2003), Schmidt (Jack Nicholson), un jubilado que había vivido su vida como quien ejecuta, en forma de bucle, las mismas acciones en las mismas casillas (su despacho y su hogar), decide asistir monetariamente a un niño africano, con el que, además, se cartea, una buena excusa de descarga para, por fin, dotar de relato a su vida comprimida en una restringida trama, conducida por otros (su empresa, su esposa), pero, al final, por otro lado devendrá el reflejo que evidenciará como una lágrima tardía la intemperie consustancial a una vida desperdiciada, fútil y anestesiada que no había influido en nadie. No difiere de la vida estacionada del protagonista de 'Nebraska' (2013), Woody (Bruce Dern) ¿Por qué como una falena que se golpea contra la luz de una bombilla se encamina una y otra vez hacia otro estado, Nebraska, para recorrer cientos de kilómetros andando en busca del premio que cree haber conseguido? El engaño y la decepción se retorcían en el gesto enajenado de quien persigue lo que no logró conseguir, como si su vida fuera el atropello de una falsa promesa. Ambos personajes viven un trayecto físico que implica una modificación, una asunción, la comprensión de una derrota, o la consecución de una victoria provisional, aunque sea en forma de gesto pasajero, recorrer con el coche de su hijo la calle de su pueblo natal, como si por un instante no fuera alguien que meramente ve pasar los coches, o sea, la vida. Paul es un proyecto de vida de Woody y Schmidt. En las primeras secuencias, Payne planifica igual la entrada a casa, cuando llega con comida para su madre, que cuando tiempo después lo hace para su esposa. Varían sólo las figuras. Es un proyecto de vida estacionaria, pero las restricciones financieras determinan decisiones extremas. Aún más, por su condición de hipérbole, en esta fábula vitriólica.
En 'Una vida a lo grande' hay un trayecto, un desplazamiento (de grande a pequeño, pero también lo será territorial, de Estados Unidos a Noruega), e implicará una modificación de perspectiva (de mirada): La reducción de tamaño físico devendrá, como dirección imprevista, una ampliación de la mente. En principio, por la consciencia de la inconsistencia de lo que consideraba su propia firme realidad (o relación afectiva). Queda entonces sólo la carcasa de esa pompa de jabón de lujo, como el falso premio que no era sino una estrategia promocional en 'Nebraska'. En este caso la decepción ejercía de puntilla de un fracaso en retrospectiva. En 'Una vida a lo grande' afecta a un proyecto de vida, como la extracción de un sueño. Con la particularidad de que el despertar se realiza en un escenario de realidad, una versión en miniatura, una amplificación del simulacro que no dejaba de ser su realidad (o ilusión de realidad), con sus espejismos y distorsiones. En su trayecto de conocimiento Paul dispondrá de un par de contrastes o contrapuntos. Conocerá a quien vive en la escala inferior de la carencia y la precariedad. No es un niño africano que se adopta para que puede ser alimentado, sino una mujer vietnamita, Ngoc (Hong Chau), otra de tantas inmigrantes que quieren encontrar su oportunidad en Estados Unidos, pero que colisiona con las poco receptivas directrices actuales de quien gobierna en el país. Por supuesto, si encuentra su lugar no será para poder vivir los lujos a los que sí puede acceder el americano medio. Su función en ese escenario miniaturizado es el de mujer de la limpieza. Su lugar, su espacio, en los márgenes de la precariedad, con un muro como separación, donde predomina la indiferenciada y masificada carencia en el escenario amorfo de la colmena (que por supuesto no carece de las correspondientes pantallas anestesiadoras). La sociedad de la supuesta tierra de las oportunidades no lo pone fácil. Discrimina. A no ser que se recurra a la picaresca, como es el caso de otro inmigrante, este europeo, Dusan (Christoph Waltz), quien, como adaptable criatura fluctuante, sabe explotar el mercado para su conveniencia porque sabe que la clave es crear necesidades y deseos para enriquecerse con su suministro.
Paul recorre la otra dirección, hacia la vida reducida real, sea en el tamaño físico que sea, como forma de conocimiento, el conocimiento de nuestra propia insignificancia, como contrapunto del atropello de nuestra arrogancia. Lo primero queda evidenciado en las hermosas secuencias en los fiordos noruegos, por el espacio y el mismo imponente silencio (o carencia de ruido), y lo segundo se ratifica por la confirmación del irremisible cataclismo ambiental debido a los desmanes de la indiferencia del ser humano (esa que ha despreciado las recomendaciones del G8 porque ponen en peligro los beneficios empresariales, y al ciudadano medio sólo le importa su propio ombligo, y consumir todo lo que pueda conseguir, siempre presto a desenfundar la excusa de la necesidad de supervivencia).
Payne orquesta una narración irregular, con secuencias brillantes (el proceso de reducción) o emotivas (la llegada al poblado noruego), y una tónica excesivamente neutra (como el mismo empleo convencional de la música), oscilando entre apuntes mordaces y cierta vena discursiva que deshilacha, como brotes excesivos, el curso del relato. En ocasiones, se echa en falta que abundara en ciertas direcciones que apunta, o directamente que hubiera optado por otras. En otras, parece que se acomodara a la opción de la arista más mullida, valga la paradoja, como representa el vivaz carisma histriónico de Christoph Waltz que se repite como si él mismo fuera un repertorio grato de recrear una vez más. Por eso, la vena sombría resulta demasiado confortable, o amable. Por eso, la obra no cala y rasga con la necesaria melancolía, como quizá debiera. Esa que vibraba durante todo el relato de 'Nebraska' y culminaba en el hermoso gesto victorioso pasajero de Woody. Aquí, la excelente secuencia final más que culminar condensa lo que podría haber sido en su totalidad, una forma de sintetizar ideas con una emoción precisa y contenida a través del uso de la mirada.

sábado, 4 de junio de 2016

Bruce Dern: Sus 10 mejores personajes

Bruce Dern cumple hoy 80 años. El gran actor estadounidense declaró que ha interpretado más zumbados y raros y drogados que nadie. Los papeles que conseguía eran los que otros quince habían rechazado. En cierta época de su vida, pensó que nadie apreciaría su trabajo porque nadie vería las películas en las que trabajaba, o que serían un fracaso por su interpretación. No ha tenido muchas relaciones sentimentales en pantalla. En 'El gran Gatsby', apostilla, sí, con el personaje de Karen Black, pero le rompe la nariz. Debutó en la pantalla grande hace 56 años, con un pequeño papel no acreditado en la magistral 'Río salvaje' de Elia Kazan, quien le había formado como actor en 'Actor's studio'. Cuando quiso participar en su siguiente obra, 'Esplendor en la hierba' (1961), Kazan le dijo que no encajaba porque no tenía matería de estrella, como Warren Beatty. Aunque apreciaba sus poco habituales grandes cualidades como intérprete, más bien, le auguraba una carrera de resistencia, que sería reconocida cuando superara los 60. Dern es un acérrimo marathoniano que ha participado en más de 50 competiciones, por eso nunca ha fumado ni bebido alcohol ni tomado café. Y así parece haber sido su carrera cinematográfica, un largo marathon que culminó con el logro de reconocimientos, ya con 77 años, que acaparó su gran interpretación en la espléndida 'Nebraska', de Alexander Payne, a quien calificó como el mejor director con el que ha trabajado nunca. Por otro lado, su integridad actoral quedó reflejada en que no transigiera en las recomendaciones de optar por 'Nebraska' al Oscar al mejor actor secundario, ya que, según la opinión general, le reportaría más oportunidades de ganar un premio que con frecuencia se entrega a actores veteranos. Pero el adujo que sí lo hacía se estaría prostituyendo. Su personaje es uno de los dos protagonistas, y él no vino a Hollywood para ganar premios. Si le nominaban esa será su victoria, como así fue. Estuvo entre los nominados al mejor actor. Para él era como alcanzar la meta, la realización ansiada de una dedicación forjada durante décadas.
En los sesenta participó tanto en producciones televisivas como cinematográficas, primordialmente como secundario, en varias obras de Roger Corman como 'Los ángeles del infierno', 'La matanza del día de San Valentín', 'The trip' o 'Mama sangrienta', destacando particularmente en 'El más valiente entre mil' o 'Danzad, danzad malditos'. Los 70 fue su década de esplendor, en la que interpretó más papeles de protagonista (alcanzaría ese rango en 'San Francisco, ciudad desnuda', gracias a la generosidad de Walter Matthau), en algún caso casi en solitario, como en la plúmbea 'Naves misteriosas'. Brilló sobremanera en 'Domingo negro' y fue nominado a algunos premios por sus personajes secundarios en 'El gran Gatsby' o, incluso en los Oscar, en 'El regreso'. En 1981 sería premiado como mejor actor en el festival de Berlín, por la discreta 'Cuando fuimos campeones' (1982). Dern ha trabajado en tres ocasiones con Walter Hill, en algunas de sus mejores obras ('Driver', 'Wild Bill' 'El último hombre'), y con Alfred Hitchcock: Un pequeño papel en 'Marnie la ladrona' (1964), aunque importante (era el marino al que asesinaba la protagonista cuando era niña porque agredía a su madre), en un episodio de 'Alfred Hitchcock presenta', y, como protagonista, en 'La trama' (1976). Del cineasta británico dijo: “Él notaba todo, una sombra en el semblante de un intérprete, unos segundos demasiado larga en el plano. Cuando pensábamos que no tenía idea de lo que estaba diciendo, nos demostraba su increíble capacidad de observación haciendo que nos fijáramos en el desastroso detalle del que nadie se habría percatado hasta verlo ya en la pantalla”. Y, recientemente, dos con Quentin Tarantino, en las estériles y muy autocomplacientes 'Django desencadenado' y 'Los odiosos ocho'. Dern piensa que 'Lawrence de Arabia' representa la perfección en el cine. Reconoce que actúa para gente de otro tiempo, como David Lean o Peter O'Toole, a los que admiraba por su entusiasmo, conocimiento y pasíón, esa que te infecta en el mejor sentido. Piensa que tiene que hacerles sentirles orgullosos con lo que hace, aunque ya no estén entre nosotros. Dern, por último, es alguien que piensa que el mejor remedio que hay en la Tierra no es una píldora ni un disparo, sino un abrazo. Simple, pero certero. Para celebrar su ochenta cumpleaños destaquemos diez de sus más destacadas interpretaciones.
Long hair. Dern había interpretado ya numerosos personajes facinerosos, no precisamente ejemplares, sino más bien mezquinos o crueles en previos westerns, 'Ataque al carro blindado', 'El más valiente entre mil', 'Cometieron dos errores' o 'También el sheriff necesita ayuda'. Se había ganado todas las papeletas para ser quien se ganara el rango de más odiado por ser el primer actor en matar a John Wayne en pantalla. Cuando John Wayne le dijo que interpretaría a quien matara a su personaje, y que por eso los espectadores le odiarían, Dern replicó: 'Sí, pero seguramente me amarán en Berkeley', la universidad que representaba la intelectualidad y el pensamiento progresista opuesto a las ideas extremadamente reaccionarias de Wayne, como su apoyo a la guerra de Vietnam y una política exterior imperialista (poco antes del estreno causaron controversias sus opiniones en Playboy sobre los derechos civiles, el tratamiento de los indígenas y los derechos de los homosexuales). De hecho, en algo acertó Wayne. Dern recibiría reiteradas amenazas de muerte por disparar por la espalda al personaje de Wayne, tras una pelea en la que este le había derrotado. Hecho que aún se lo recuerdan hoy, como muestra del efecto de sugestión de lo que acontece en pantalla. Cuando rodaba 'Nebraska' alguien le dijo: 'Mataste a mi amigo', a lo que replicó Dern, 'John Wayne murió de cáncer, eso fue en la pantalla. Supéralo'. La contestación: 'Nunca lo superaremos')
Larsen. 'San Francisco, ciudad desnuda' (1973), de Stuart Rosenberg, se centra en la investigación de la matanza de once pasajeros ametrallados en un autobús, entre ellos un policía, el antiguo compañero de quien está encargado delcaso, Martin (Walter Matthau). Pero hay una subtrama que adquiere casi la misma relevancia, sostenida sobre el contraste interpretativo (la exuberancia expresiva de Dern con la contención lacónica de Matthau): la tensa relación con la nueva pareja policial que le han asignado, Larsen (Bruce Dern), quien padecerá el vía crucis de un proceso de aceptación por parte de Martin, proceso que pasa por la reticencia, el establecimiento de distancia o el abierto rechazo. Cuando le implica es más bien para utilizarle, a partir del momento que su superior no acepta su línea de investigación. Larsen le reprochará que hasta ese momento no compartía casi nada, como si no formara parte de la investigación, y sólo recurre a él por conveniencia. Esa distancia y esas exigencias no dejan de reflejar una reacción despechada ante quien siente que usurpa el puesto de quien era su objeto de deseo reprimido, lo que, al mismo tiempo, le hace sentir de modo más acusado la falta. Dern borda esa desesperación exasperada pero paciente de la nueva pareja que debe enfrentarse al fantasma de una anterior relación.
Tom. En contraposición al romanticismo torpe (su dificultad de expresar sus emociones) y su cautiverio de la sublimación, de Gatsby (Robert Redford), se encuentra la vulgaridad, brutalidad, doblez y suficiencia de Tom (Bruce Dern), que este condensa en un preciso gesto altivo. Mantiene una relación con la esposa de Wilson, Myrtle (Karen Black), de la que no es ignorante su esposa, y amada por Gatsby desde hace más de 5 años, Daisy (Mia Farrow). Tom golpea, delante de todos, a Myrtle cuando esta le reprocha su doblez manteniendo dos relaciones. Y no oculta su carácter xenófobo al declarar la amenaza de las otras razas sobre la supremacía blanca. Tom es la antimateria de Gatsby, aunque también reflejo que revela su propia doblez: los negocios ilícitos con los que Gatsby se ha enriquecido para alcanzar la posición económica con la que pueda aspirar a Daisy. Irónicamente, esa elección como marido del arrogante Tom dice mucho de Daisy, quien realmente tiene poco que ver con la sublimación romántica de Gatsby.
Lander. Lumley. Dern le preguntó en cierta ocasión a Hitchcock por qué le había elegido para interpretar a Lumley, uno de los protagonistas de 'La trama' (1976), y el cineasta replicó que porque Mr. Packinow pedía un millón de dolares, y él no pagaba un millón de dolares a nadie. Dern tardó un poco en lograr comprender que se refería a Al Pacino. Lumley es varias cosas, como el resto de los personajes, en el que el ser y el parecer también se enmarañan. Lumley es actor en paro que tiene que trabajar como taxista para poder pagar las facturas, y detective amateur ( con pipa incorporada). Su pareja, Blanche se gana la vida como medium, pero realmente no contacta con los muertos, así que las investigaciones tienen que ser más terrenales, de lo que se encarga su pareja, Lumley, aquel que aporta la documentación pertinente para la elaboración convincente de sus ‘escenificaciones’. Una relación que tiene poco de excepcional, y sí más bien de los ordinarios tiras y aflojas de una pareja. Precisamente, en uno de sus forcejeos ‘dialécticos’ (estabilización, compromisos, proyecto de vida), se cruzan con la otra línea narrativa, aquella que perseguirán en el laberinto, la pareja de criminales. Esta parece que sí impregnada de ese glamour que les falta a su vida corriente, como si fueran los protagonistas de una vida extraordinaria (aunque no dejan de definirse por la impostura de las apariencias). Representan el traje de gala de las mascaradas frente a la bata que representa la pareja de Blanche y Lumley.
En 'Domingo negro' (1977), de John Frankenheimer, Lander (Bruce Dern), es un exsoldado norteamericano, ampliamente condecorado en la guerra de Vietnam (lo que se podría calificar como héroe) que padeció seis años de reclusión en un campo de concentración vietnamita (y uno de ellos en una estrecha caja de bambú de dos metros de largo y de ancho).Un hombre resentido porque al lograr regresar al (supuesto) hogar se encontró con que era alguien ignorado por las instituciones, marginado, un recuerdo incómodo, a lo que se añadió el abandono de su esposa. Ahora es piloto de un dirigible que sobrevuela un estadio para grabar imágenes de los partidos. Su idea es lanzar más de 200.000 dardos sobre los que representan el 'consejo de guerra' de una indiferencia hacia su sufrimiento, aliado con Dahlia (Marthe Keller), una integrante del grupo palestino Septiembre negro, que pretenden llamar la atención sobre el conflicto palestino-israelí. Una de las secuencias más memorables es aquella en la que realiza una prueba de la maquina de los dardos en un retirado almacén en el desierto. Ante la pared de metal horadada por los 200.000 dardos exclama extasiado que asemeja a un firmamento (como horadado también quedó el guardián del almacén). Lander es la figura que 'horada' cualquier noción de ejemplaridad en cualquier facción representada en la película, sea palestina, israelí, estadounidense, y hasta egipcia, y abunda en la condición fronteriza, casi nihilista de la obra que señala de frente un horror del que todos son responsables. Dern logra con una interpretación matizada que no se le desboque su trastornado y desesperado personaje en permanente filo.
Capitán Hyde. Su interpretación en 'El regreso' (1978), le reportó su primera nominación a los Oscar, como mejor actor secundario, aunque no lo consiguió a diferencia de sus compañeros de reparto, Jon Voight y Jane Fonda. De nuevo, su personaje refleja la infección de la Guerra de Vietnam. En este caso, el capitan Hyde es un militar convencido que, en la primera parte, espera con entusiasmo su traslado al campo de batalla. No deja de ser la contraposición del protagonista, encarnado por Jon Voight, quien ya conoce cuál es el reverso de las fantasías de heroicidad y entrega patriótica, en su caso una irremisible parálisis. Pero esa consciencia a la vez le ha liberado, o curado, de la otra parálisis, la enajenación mental o ideológíca que se inocula como deseable,la que padece Hyde. En la segunda parte, el capitán Hyde retornará con la infección extendiéndose en él, ya que no asimila la decepción, o la devastación de la experiencia de la guerra en primer término, no en la idealizada distancia. Y por eso no aceptara que haya variado el escenario en el hogar, que su esposa ahora precisamente sea amante de quien desprecia la guerra porque sabe lo que realmente es, el hombre que porta la herida de su parálisis física como huella de un absurdo. Por eso, los frentes se confundirán en la mente de Hyde, y por un instante el cortocircuito en su mente amenaza con que su confusión se convierta en balas que acaben con las vidas de quienes también han trastornado sus certezas en el territorio íntimo. No hacerlo supondrá también un paso para comprender que más infeccioso trastorno es el que arrastraba de su vivencia no asumida de lo que es realmente la guerra. Ese tránsito entre el forcejeo con el impulso de matar y la asunción de su desquiciamiento revela cuan gran actor es Dern.
El detective. Un hombre que habla poco, pero expresa lo justo y preciso, un hombre que habla mucho, por eso, habla demasiado. Dos hombres que intentan conducir su realidad, o la realidad. Dos hombres a los que le gusta apostar: la realidad es un tablero de juego, un escenario que dominar. El primero, el conductor (Ryan O' Neal), es un hombre que conduce para otros, para quienes infringen la ley mediante atracos, pero es un conductor que nadie logra superar ni por lo tanto detener. El domina el escenario de las calles y callejones de la ciudad. El segundo, el detective (Bruce Dern), pretende detener a ese conductor. Y usa retorcidas estrategias para tejer una red con la que capturar al infractor que no deja de encontrar resquicios a través de los que fugarse de la vigilancia, persecución y control de la ley. El detective no parece tener un hogar, sino que parece desplazarse con su furgoneta por las calles y callejones de la ciudad, cual casa ambulante, al acecho, cual vigilante insomne, cual servicio de limpieza que espera eliminar las impurezas y las perturbaciones en el tráfico del orden. Nos es presentado jugando al billar. Cada bola debe acabar en su correspondiente agujero. Cada pieza debe ajustarse al destino que él la aboque. No puede haber elemento que altere el diseño que intenta configurar. Y el conductor es la perturbación que se rebela a su taco. Utiliza la estrategia del desafío. Su acecho y acoso son un incentivo para el conductor. Esa vanidad ofusca su criterio. Ambos se arriesgan a que las otras piezas, las otras voluntades, también realicen sus intentos de golpes de mano que pueden contrariar sus previsiones y planificaciones.
Sheriff Ed Galt. En 'El último hombre' (1996), Bruce Dern encarna, como en una obra previa de Walter Hill, 'Driver', la representación de la ley. Pero si allí es alguien que necesita, de modo compulsivo, dominar y reglar la circulación del orden, aquí es alguien que juega a dos bandas. Es la doblez de la ley que se pliega, por propia conveniencia y cinismo, al dominio económico, en este caso, unas bandas que se dedican al tráfico de alcohol. Esa conveniencia económica encuentra su correspondencia en la conveniencia del equilibrio social en la actitud cínica del capitán de los Texas Rangers, quien expone que es necesario disponer de infractores que perseguir. Sólo es cuestión de medida, de que no se exceda esa infracción, por eso debe suprimir una de las dos facciones. John Smith (Bruce Willis) resulta útil en ese propósito para los que rigen el Orden, como el alien para la Corporación en 'Alien' (1979), producida por Hill. Es un instrumento de regulación. Cuando Smith, que parecía definirse por la falta de conciencia, jugando como un niño con hormigas, con las dos bandas de traficantes, evidencia que sí siente algún tipo de escrúpulos, los que le meten en problemas, Galt, el sheriff que interpreta Dern se desprende de su máscara de cínismo y no duda en apoyarle. Uno y otro, por un momento, se salen del papel, y rompen las reglas establecidas.
Sheriff Lagrange. En la sugerente 'Twixt' (2011), de Francis Coppola, no se sabe, o no se explicita del todo, aunque en ocasiones parezca bien delimitado, cuándo se está en el sueño ( o imaginación o mente) del escritor que encarna Val Kilmer, o en la realidad. Lagrange (Bruce Dern) es el sheriff del pueblo al que llega este escritor, para quien esa población es ideal para los que quieren retirarse del mundo. Nada más llegar, el ambivalente sheriff le pide que colabore en un proyecto literario que tiene, de título 'La ejecución de los vampiros' e insiste en mostrarle un cadáver en la morgue, el de una víctima de un asesino en serie. El desarrollo narrativo no deja ser tan ambiguo como el propio sheriff, en el que se combinan apariciones de Edgar Allan Poe, vampiros, combinados con relatos de asesinatos pretéritos de niños en la zona ¿ Lo que vemos es ese retiro de la realidad por el que se ha decidido Baltimore? ¿Es un espacio de su mente en el que resuelve los traumas o dolores irresueltos, la pérdida en un accidente de su hija de doce años en un accidente? La narración oscila como resulta difícil definir a Lagrange, un comediante irónico o una figura siniestra disimulada con sus sonrisas.
Woody. En 'Nebraska' (2013), Woody (Bruce Dern), en su ancianidad, en su vida retirada de la circulación, siente una imperiosa fuerza que se asemeja al desbocamiento. Una y otra vez se pone en movimiento como un resorte que ya no puede estar en posición de pausa. Una y otra vez le encuentran encaminándose en plena carretera en dirección a Nebraska, cuando él vive en Montana, a cientos de kilómetros. La razón es que está convencido de que le ha tocado un millón de dolares en una lotería, y nadie logra convencerle de que es un timo parte de una promoción publicitaria. Su esposa y su hijo mayor piensan que la solución es simple, un estacionamiento aún más retirado y marginado en su vida ya más que inmovilizada, ingresarle en un geriátrico. Pero su hijo menor, David (Will Forte) no piensa igual, quizá porque no lo tiene claro en su propia vida. Nebraska representa una impostura, un lugar al final del camino que no existe. La aspiración de todos, ser ricos, millonarios, poder disfrutar de una vida que no sea sólo contemplar cómo pasa como un coche delante de tu casa. Woody es uno de tantos que se ha creído lo que le dicen. Quizá por eso se hayan aprovechado tanto de él a lo largo de la vida. Y ahora que los demás piensan que se ha enriquecido, se adhieren como parásitos ávidos de una porción. Woody ha dejado que le conduzcan su vida, y a donde ha llegado no es sino un paraje sin color, un estacionamiento. Al final, cuando recorre al volante la calle del pueblo de su infancia, no lo hace como el millonario que todos admiraban con sonrisas falsas e interesadas, sino como el forajido o sheriff que ha desenfundado su mirada y avanza firme y desafiante por la calle. Por un instante, no era el que miraba pasar los coches, sino quien conduce hacia algún horizonte que no es papel pintado con falsas promesas.

miércoles, 22 de julio de 2015

Kumiko, the treasure hunter

¿Y si sólo nos quedaran las historias?. Persigues una ilusión porque aún te resistes a convertirte en un espectro en vida. En la pantalla en blanco de la imaginación los sueños son fortuna, aunque en la realidad esa pantalla se convierta en el lienzo de un paisaje nevado en el que te desvaneces como un fantasma errante en un país extranjero, aunque ya vivías exiliada, aunque ya no vivías. La espléndida 'Kumiko, the treasure hunter' (2014), de David Zellner, apoyada por Alexander Payne, y nominada a la mejor dirección y la mejor actriz protagonista en los últimos premios Independent spirit, está inspirada en la versión distorsionada de la muerte de Takako Konishi en el 2001, cuyo cadáver se encontró en la nieve en Detroit Lakes, Minnesota. Takako se había suicidado, con una sobredosis de alcohol y otras sustancias tóxicas. Pero los medios convirtieron su muerte en un relato extravagante, propiciado por un malentendido en la conversación con un policía. Según los medios, Takako buscaba el dinero escondido en la nieve por el personaje de Steve Buscemi en 'Fargo' (1995), de Hermanos Coen.
Quedo sepultada la historia real, la desesperación de una mujer que había sido despedida de la agencia de viaje en la que trabajaba, y abandonada por su amante, un empresario estadounidense, quien se había trasladado a Singapur. Takako decidió recorrer los lugares en los que había vivido la felicidad pretérita antes de matarse. La noche anterior habló cuarenta minutos con él, y después se desvaneció en la intemperie porque sentía que se había quemado la pantalla de las ilusiones. El tesoro que sentía haber encontrado se había convertido en ceniza. El viaje se había tornado inmovilidad. Si ya no sientes historia en tu vida, el proyector puede atraparte en su atasco.La obra de Zellner se centra en Kumiko ( extraordinaria Rinko Kikuchi), una mujer de veintinueve años que lleva una vida espectral. Trabaja en la oficina, uniformada como tantas otras chicas, se traslada en metro con rostros que ya ni mira. No está casada como ya se supone que debe estar una mujer a su edad. Las conversaciones telefónicas con su madre son un suplicio que le recuerda que no es nada, un punto suspensivo entre signos de puntuación que cumplen los trámites correspondientes. Si no se casa, debe retornar al hogar, como un producto averiado. Kumiko vive en un pasillo angosto vital, como ese que recorre en la tienda de animales con la comida del conejo con el que vive.
En esa gruta oscura a la que se reduce su vida, los sueños son la brecha en la que pueda encontrar la liberación. En la ambigua secuencia inicial, Kumiko, que se declara cazadora de tesoros, sigue las indicaciones de un mapa hasta una cueva. Su sombra penetra en su interior, y bajo una piedra encuentra una cinta de video, la película 'Fargo'. Kumiko es una sombra. Y la pantalla en blanco se encenderá para dotar de horizonte su vida detenida. En las carreteras nevadas de Minneapolis parecerá, con la manta de colores cubriéndole, un fantasma errante de la tradición japonesa, como los de 'Dolls' (2002), de Takeshi Kitano'. Los exquisitos encuadres respiran inmovilidad. La modulación se desliza como la sábana de un espectro. Sus elipsis son cortantes. La respiración fantasmal de la narración se acompasa a la expresión de la actriz. En sus ojos las sombras parecen cautivas de una tristeza insondable, como si la vida se hubiera apagado en su interior. Solo se iluminara en las secuencias finales. Ya no se siente abandonada. En sus brazos, el conejo que abandonó, entre lágrimas, en un vagón de metro entre aquellos otros rostros en los que no se fijaba, en los que no quería reconocerse. Y el maletín de una ficción que negó porque sin la ilusión sentía la realidad como un páramo en el que no era nada.

sábado, 31 de enero de 2015

10 Secuencias 2014

10. Joven y bonita, de Francois Ozon Secuencia final: Encuentro de Isabelle con Alice, o con aquella que podría ser, o, por fin, con su propio reflejo que comienza a perfilarse. Isabelle, hasta entonces, se mueve por golpes de viento, esos que sacuden las hormonas, y la mirada se arrastra ciega tras su incierta e imprevisible estela. En los primeros compases se ve propulsada a la distancia de la extrañeza, esa que surge del desencuentro entre lo soñado y lo real (por eso se duplica, se ve a mí misma en el acto amoroso como si fuera otra. Toma consciencia que aún son muchos reflejos en los que tiene que contemplarse, antes de definirse, de tomar elecciones firmes, cuando ya la mirada enfoca, y ese el trayecto de la narración de 'Joven y bonita', hasta llegar a ser esa mujer, con nombre de espejo, Alice (Charlotte Rampling) con la que se encuentra en las últimas escenas, las que densifican el relato y lo fracturan y dan cuerpo, esa mujer que la contempla como la última mujer que vio a su marido vivo, la última mujer que vio su marido antes de morir. Junto a ella contempla el último escenario de aquel con quien compartió tantos escenarios, escenarios ajenos para esta adolescente que piensa, en primera instancia, que aquella mujer quiere el usual servicio, porque Isabelle cree que representa para Alice lo mismo que para otros clientes. Pero no es así. Es otro umbral. Aquella mujer con nombre de espejo, aquella mirada, es una brecha hacia el mundo adulto, hacia sus sombras. Hacia ese tipo de relatos que quisiéramos escuchar, y vivir. Y que Isabelle necesitará explorar para así crecer. Por eso, la narración concluye con Isabelle contemplándose en el espejo, ya se no hay distancia consigo mismo, ya no se duplica, ni se siente escindida. Ya es.
9. Orígenes, de Mike Cahill La secuencia en que la realidad se revela como una danza de signos inciertos e intrigantes que llevan en la dirección que se desea sin saber cómo. Ian pierde paso, a la vez que lo encuentra, en su percepción de la vida, aunque tras la inesperada y sorprendente revelación (el misterio de la formación) la interrogante la deje como un fleco suelto que no le interesa explorar como dirección (como la percepción ya predeterminada que no quiere ver la sombra en su mirada fija). A través de una concatenación de signos intrigantes (una sucesión de onces, 1+1=2, en un boleto, en la hora, en unos reflejos, en un autobús que llega y en el que se monta...), en los que aprecia, o más bien siente, una secuencia, un sentido, en forma de rapto, se deja llevar por la circulación, por el fluir de la realidad (no hay intencionalidad ni propósito ni deducción lógica; no es el yo el que guíe, aunque más que dejarse guiar por el enigmático pero atrayente flujo de lo real, fluye una interconexión intuitiva entre el yo, la mirada, y la secuencia de signos). Ese trayecto le dirige hacia un signo que remite a lo que él busca desde hace varias noches. En una valla publicitaria descubre los ojos de la chica, Sofi (Astrid Berges-Frisbey), la chica (con el rostro oculto, menos sus ojos) con la que había conectado de modo inmediato en una fiesta de disfraces, como si una fuerza de atracción les dominara, y que había desaparecido sin darle posibilidad de comunicación, es decir, sin dirección. El movimiento de cámara envolvente, que es inversión, pues se realiza desde su rostro a su espalda, para distinguir lo que mira asombrado, encuentra su réplica, su duplicación, en uno parecido en las secuencias finales, y que completa un trayecto que vulnerará de modo definitivo su concepción de la realidad, su mirada fija, su negación de una realidad transcendente, más allá de los límites de nuestra percepción, de lo que se puede probar según lo aceptado, en la perspectiva científica, como prueba. Lo visible se ve desestabilizado por lo invisible. Las rígidas certezas por la interrogante, por lo insólito, por el asombro.
8. Nebraska, de Alexander Payne Secuencia de reencuentro con la casa de la niñez. Reencuentro con los primeros pasos, con las ruinas del eco de sus primeras miradas, cuando el horizonte era un semillero de posibles, y aún no sabía que podía ser una suma de vallas publicitarias que vendían sueños que rara vez existen, o cuando menos sólo sirvieron para que, como tantos otros, estacionara su vida, contemplando la vida pasar, contemplando los coches que pasan frente a tu casa, mientras dejas que conduzcan tu vida, y a donde ha llegado no es sino un paraje sin color, un estacionamiento. Quizá recuperar un compresor de aire sea un cálido consuelo, aunque quizás haya una confusión y se coja el que no era (en una de las secuencias más afortunadas de la película), como así ha sido su vida; no es la vida que creía que estaba cogiendo, o que iba a coger. En la bellísima secuencia en la que recorre las habitaciones, ahora desastradas, vacías, con sillas rotas y cabeceros de cama quebrados, se confronta con el hecho de que no importa cómo recuerdas lo que vives o fuiste, o lo que recuerdas o lo que has dejado de recordar, porque lo cierto es que duele. Duele apreciar porqué tu vida nunca se completó su perfil como esperabas, incluso se convirtió en algo renqueante. Lo que transpira ese momento, pese a ese dolor que asoma nítido, como otros primeros pasos, es el hecho de que ha cogido aliento por un segundo. Por eso Podría recorrer al volante la calle del pueblo de tu infancia, pero no como el millonario que todos admiraban con sonrisas falsas a interesadas, sino como el forajido o sheriff que ha desenfundado su mirada y avanza desafiante por la calle, con la mirada firme. Por un instante, no era el que miraba pasar los coches, sino quien conducía hacia algún horizonte que no era papel pintado con falsas promesas. 
7. El pasado, Asghar Fahradi La secuencia final que enlaza con la secuencia inicial, el gesto final que enlaza con los gestos extraviados en una maraña sentimental. Una sinfonía incompleta de manos que no logran interpretar la música de los otros ni incluso su propia música. En la primera secuencia, resalta un brazo con muñequera, aquel con el que saluda Marie a Ahmad cuando le recibe en el aeropuerto. Una lesión física que sugiere, como metáfora, una lesión anímica en esa relación a punto de finalizar definitivamente, quizá porque la firma de unos papeles no basta para finalizar ciertos flecos emocionales sueltos. Algunas lesiones quizás no estén visibilizadas, evidenciadas, de ahí, quizá, el comportamiento desconcertante de Marie. O así se lo parece a Ahmad, su nueva pareja, como si reflejara un rescoldo de resentimiento, aunque desde la perspectiva de Samir parezca más bien rescoldo de la llama de una atracción que no se ha apagado. Para él, si dos personas discuten después de cuatro años sin verse es porque algo aún palpita entre ellos. Perpectivas distintas: marañas: emociones y sentimientos que aún necesitan muñequeras. La película finaliza con la espera de respuesta de otro brazo, de una mano, lo que podría ser el indicio de que la esposa de Samir despierta de su estado en coma (como a mitad película, Marie pone la mano sobre la de Samir, aunque quizás más bien espera una respuesta esclarecedora de sí misma). Esa imagen final es la espera de un gesto, como tanta espera de incógnitas resueltas surcan la narración, esperas de esclarecimientos de las motivaciones de los personajes, para los demás, e incluso, en algunos casos, para sí mismos.
6. The grandmaster, de Wong Kar Wai El último encuentro de Gong Er (Zhang Yiyi) y Yip (Tony Leung). Un cuerpo secuencial dividido y conjugado en un diálogo de primeros planos, como loo sentimientos se sitúan, exponen,a l fin, en primer plano, y dos figuras en un decorado que es el espacio de un pasado que no fue y un futuro que no será, un sentimiento que nunca logró hacerse presente, camuflado bajo los escenarios. Y un corolario: el cuerpo que danza, porque logró revelar sus emociones, danza en la nieve, como la que caía cuando recibió aquel fatal golpe que propiciará su pronta muerte. Hay rostros surcados de dorado, que pueden convertirse en ámbar, como esos sentimientos que no se expresaron, esas palabras que no se dijeron, esas acciones que no se realizaron. Y que se revelan cuando ya es demasiado tarde. O quizás el logro sea simplemente revelarlo, aunque confirmes que nunca hubieras sobrepasado la orilla. Puedes conocerte a ti mismo, sentir que algo conoces del mundo, pero sabes que no lograste conocer las otras cosas vivientes, que no dejaron de ser reflejos, humo. Quizás porque se arrastró la vida a una partida de ajedrez, ese ir y venir. Y, ahora, tras exponer lo que no has dejado de sentir como una llama permanente en silencio, la vida se revela un pasadizo de perfiles difusos, un fantasmal decorado, como si surcaras la espesura de la lluvia, en la que quizá siempre has transitado como un perro vagabundo, quizá abandonado. Un decorado que parecía, a simple vista, un lugar de artes marciales. Pero era sólo eso, apariencia. Y como las gotas de lluvia, como el humo de tantos sueños no realizados, te desvaneces. Pero antes danzas en la nieve con tu sonrisa desplegada, porque logró, por un instante, aún tardío, la emoción expandirse.
5. Winter sleep, de Nuri Bilge Ceylan Las miradas en las secuencias finales: El plano previo a que aparezca el título de la película le muestra a Aydin de espaldas. Es un movimiento de cámara hacia su nuca. El trayecto narrativo es el recorrido hacia quizá la consecución de una transformación, la consecución de una mirada frontal a los demás, la mirada que considera a los demás, la mirada consciente de los demás. En las secuencias finales: Las miradas de Aydin: Una mirada a un conejo que ha disparado, una mirada desde la distancia al pueblo donde vive, una mirada a su esposa, Nihal (Melisa Sozen), que le mira desde una ventana, la mujer de la que se había distanciado, la mujer que le reprocha que ha convertido su vida en vacío y dolor, sin dejarle un resquicio para que se sienta ella misma, la mujer a la que, dada la imposibilidad de superar esa distancia, y reconvertirla en proximidad, le había prometido que se alejaría de ella para no abrumarle con su ausencia de cuerpo presente. Se lo dice a sí mismo, mientras se miran, ella desde la ventana, con un cristal interpuesto. Quizá él abandone el teatro en el que ha convertido su vida, un teatro alejado de los demás, distancia que ha interpuesto, inconsciente de sus dolores y precariedades, como si el sistema social fuera inevitablemente implacable, como lo es la naturaleza, en esencia cruel.
4. Ida, de Pawel Pawlikowski La secuencia del suicidio de Wanda. En los encuadres predomina el aire, el vacío, en la parte alta del encuadre, como si las figuras, las cabezas, porque sobre todo predominan los primeros planos, estuvieran, o fueran, atornilladas contra el suelo, como si un abrumador peso se cerniera sobre los cuerpos, aplastados, destinados a una condición de amasijo postrado. Los encuadres son fijos, rezuman quietud, reclusión. El tiempo, la duración, se despliega, disidente, dentro de los encuadres, y entre sus junturas, como el tiempo que quisiera liberarse. Wanda no deja de fumar cigarrillos, que enciende con cerillas. A veces, le cuesta encender alguno. Como le cuesta ya de nuevo encender su vida. Su mirada se ha extraviado hace tiempo, se ha hecho sombra, hastío, desesperación. Ya se ha postrado demasiado. No deja de soltar su melena, pero sus entrañas permanecen mordidas, y sangra. Los otros rostros, los de los hombres, no logran hacerle sentir que haya direcciones. No hay embriaguez que alivie los cadáveres que porta en su interior. No hay música, sólo silencio. Suena la música cuando desaparece del encuadre para reaparecer de nuevo, encaramarse al alfeizar y saltar al vacío. Porque el vacío predomina ya no sólo en la parte alta del encuadre, sino en todo el encuadre de su vida, y desaparece. En cambio, Ida sí se sostiene sobre ese vacío, por eso se postra ante otros símbolos, otras efigies.
3. Sólo los amantes sobreviven, de Kim Jarmusch La música de Adán, el baile de Eve, coreografía que gira como un disco de vínilo, la conexión entre dos cuerpos entrelazados, haya o no una distancia física entre ambos, el abrazo no dejan de sentirlo. La narración hecha música, un talante hecho música, la música de una conexión emocional. Adam habita, recluso, un refugio aislado del universo, como si fuera un Tesla que compone música, sobre todo con la mujer que ama, Eve. Se desplazan entre ellos como una corriente eléctrica, y con el coche, por entre los espacios deshabitados, como si su presencia fuera el aliento que los dotara de vida. Danzan con su mente, en el ajedrez, o con sus cuerpos. Sus gestos se acompasan. La mente humana está despoblada, como los espacios que rodean la casa en la que vive Adam en Detroit, un lúgubre decorado de edificios abandonados que extravió el don de la música. Donde hubo un teatro con espejos que reflejaban los candelabros ahora hay un mortecino aparcamiento, en el que los cuerpos, ya juntos, se apoyan el uno en el otro, como la cámara también danza, viven y danzan y se embriagan en otro tiempo, otra frecuencia, otro tipo de corriente eléctrica que quizá sólo conociera alguien como Tesla, una de esas raras mentes pobladas. Por eso sólo quedan vivos los amantes, los que saben beber la sangre de la vida, la entraña de la vida, los que aspiran a beberla, a palpar y sentir su música, fluir en la embriaguez, la transcendencia de los sentidos. Y así fluye la narración de 'Sólo los amantes sobreviven', como si la embriaguez aún fuera posible, como si se desperezara entre sueños, como si se sacudiera el entumecimiento, y despertara.
2. Perdida, de David Fincher En 'Perdida', hay una transición que condensa con qué mordaz corrosión esta excepcional obra desentraña una infección, la que se extiende entre el primer beso y la acción de introducirte un algodón en la boca para realizar el análisis correspondiente de saliva cuando tu esposa ha desaparecido y se teme que esté muerta y te consideran sospechoso. El otro, la otra, es una nuca, como una pantalla, un enigma sobre el que proyectamos y que intentamos descifrar. Por eso, comienza la narración con las preguntas, ¿qué piensa? ¿qué siente?. Y ese rostro a mitad de trayecto narrativo, desvelando su airada sublevación, revela su actitud, cómo es y qué siente, y a su vez su escenificación (las gafas oscuras, lo no visible o escamoteo, la simulación). Un dilatado montaje secuencial, de alrededor de seis minutos (acompasado a la sublime composición de Trent Reznor y Atticus Ross, 'Thecnically, missing'/técnicamente, perdida', uno de los pasajes más deslumbrantes que ha deparado el cine en mucho tiempo. Y a partir de entonces las fisuras no dejan de abrirse, y el hedor y las purulencias abrirse paso entre las apariencias que, en el segundo tramo se convierten en combate en las trincheras de las pantallas, allí donde la imágenes se cultivan para conseguir el efecto deseado en la percepción y valoración de los demás. Porque las preguntas aquellas de cómo siente o qué piensa, cuando el tiempo transcurre y se aposentan y enturbian las marañas y las cicatrices, y el azúcar en polvo que te envuelve como una nube de ensueño se ha convertido en gélidos copos de nieve de decepción (la bellísima secuencia de su primer beso, y la revelación para ella de que él tiene una amante), irrumpe la pregunta de ¿qué nos hemos hecho el uno al otro? Porque tras distanciarse, o en el proceso de distanciarse, han tendido a manipularse, controlarse y dañarse, mientras mantenían las apariencias. Porque las apariencias son las trincheras donde tiene lugar la cruenta contienda.
1. A propósito de Llewyn Davis, de los Hermanos Coen La secuencia del gato que observa las estaciones pasar. La secuencia del hombre que observa la sombra del gato desvanecerse malherida en la intemperie de la noche. Llewyn se desplaza recurrentemente por pasillos angostos, tanto que las puertas en cada pared casi se tocan, para acceder a las casas donde le acogen en sus sofás, o si ya está ocupado, en el suelo. Llewyn no tiene dinero. Su presente es más que incierto, un pasillo que parece angostarse cada vez más. No tiene hogar. Está un poco perdido. Y porta un gato que no es suyo, un gato que se ha escapado cuando dejaba el piso de una de esas amistades que le acogen. Un gato cuyo nombre ignora, con lo que será difícil llamarle si se pierde o fuga. Un gato que intenta que no se pierda, aunque es difícil cuando él parece un tanto a la deriva. Un gato que contempla con perplejidad la sucesión de estaciones por las que pasa el metro en el que viaja. La vida de Llewyn también es una sucesión de estaciones que pasan. El viaje no parece conducir a ninguna parte. Pierde gatos, como pierde el horizonte. O más bien abandona gatos, como ha abandonado en sí mismo lo que le conectaría con los demás. En la noche, en medio de ninguna parte, entreve la sombra del gato que abandonó y que acaba de atropellar. No era el mismo que había perdido al principio pero lo parecía porque quizá fuera él mismo ya que se siente atropellado desde el momento en que le han dicho en la prueba musical que no tiene mucho futuro como cantante. Las estaciones no es que pasen, es que ya incluso le atropellan. Aunque aún no acabe de discernir que él no ha dejado de atropellar a los demás, hombre de gesto adusto, desangelado, en cuyo semblante una sonrisa sería un fenómeno paranormal. Llewyn es incapaz siquiera de cuidar un gato, que no sabemos si es el de Schrodinger. Pero una cosa es que la realidad sea incierta, o difícil de descifrar o de entender, o que no sea capaz de reconocer su talento, y otra que su resentimiento se transforme en atropello de crueldad o desprecio o mera indiferencia hacia los demás. Así nunca encontrará su hogar. Sólo el gato, porque se llama Ulises