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viernes, 23 de febrero de 2018

Yo, Tonya

La ponzoña de lo real. “No existe tal cosa como la verdad. Cada uno tiene su propia verdad, y la vida sólo hace lo que quiere contigo“. Por eso, se remarca la subjetividad en el título de 'Yo, Tonya' (2017), de Craig Gillespie. Por eso, la única certeza que se siente, más allá de las distintas perspectivas o versiones, es la realidad como resaca de turbulencias. A Steve Rogers se le ocurrió escribir el guión tras ver un documental acerca del patinaje sobre hielo en el que mencionaban a la patinadora Tonya Harding. Se le ocurrió entrevistar tanto a ella como al que había sido su marido, Joseph Gillooly, y comprobó que cada uno tenía una versión diferente del célebre incidente de la agresión a la patinadora Nancy Kerrigan en 1994. Esa divergencia de versiones o perspectivas le inspiró la idea de escribir la película como un falso documental en el que se alternara entrevistas escenificadas a los personajes implicados con la dramatización más que de los hechos de las versiones de los mismos, lo cual, por lo tanto, también dejaba espacio para la especulación. Y aún más, para amplificar la difuminación de límites entre realidad y ficción, o certeza y versión, en ocasiones, en ciertas escenas dramatizadas, los personajes se dirigen a cámara, como apostillas o codas musicales de cierre de secuencia. Cada uno somos el relato que hacemos de nuestra vida, y si puede corresponder, en cierta medida, a la conveniencia, también se trama sobre la convicción que linda con el autoengaño.
Otra capa sobre la cuestión de la verdad y las versiones: A Tonya, en cierto momento, uno de los jurados de las competiciones le señala que tienden a puntuarla a la baja no por una cuestión de falta de talento sino por su estética, por cómo se presenta. Quieren apoyar a una patinadora que represente la idea que prefieren transmitir del país. Tonya resulta demasiado vulgar, según su apreciación, por la elección de su vestuario o los temas musicales, generalmente rockeros, caso de ZZ Top, para sus actuaciones. Tonya no se corresponde a la imagen que se quiere proporcionar, no es el modelo conveniente. La pista de patinaje es también una pantalla que proyecta una ilusión. Por eso, la agresión a otra patinadora, competidora para conseguir la posición de privilegio, se tiñe de esa pulsión afirmativa: Un pulso escénico para dominar la pantalla de la imagen representativa. 'Yo, Tonya' desentraña, a través de las turbias y violentas relaciones afectivas de Tonya, la naturaleza de un país tras la pantalla conveniente. Sea la relación con su madre, LaVona (Allison Janey) o con su marido, Joseph, con el que rompe y reinicia la relación múltiples veces. Tonya asumió como consecuencia inevitable que, tras ser declarada culpable de la agresión a la otra patinadora, y por tanto inhabilitada para poder patinar, su destino fuera ser boxeadora en un cuadrilátero, por la constante familiar de la violencia en su vida. Al menos, eso sí, seguía sobre un escenario. No era una anónima camarera, su otra opción, o recurso de supervivencia.
La construcción de falso documental, y su visión y reflexión sobre la proyección de una imagen social conveniente, enlaza con otra comedia sobre el horror, o los abismos de la banalidad, una de las grandes obras de Richard Linklater, 'Bernie' (2011), aunque en este caso la opacidad del protagonista, su naturaleza escurridiza, se tornara en agujero negro de una incógnita irresuelta: Somos en la medida que nos presentamos a los demás, pero ¿qué hay tras esa imagen o puesta en escena?. En 'Yo, Tonya' más bien se levanta un telón, y la blancura del hielo, como la pantalla en blanco de un cine, revela bajo su superficie cegadora toda la suciedad y podredumbre.
En este sentido, la textura de colores sórdidos, y de luz degradada, la deslustrada condición de los escenarios así como de las caracterizaciones, evocan el magnífico documental 'Capturing the Friedmans' (2003), de Andrew Jarecki. Por un lado, por una narración suspendida entre las diversas perspectivas: en un caso, entre los que negaban o cuestionaban que tuvieran alguna base las acusaciones realizadas de pederastia (o que se habían sobredimensionado), y quienes estaban convencidos de su certeza. En 'Yo, Tonya', las diversas perspectivas, y no sólo sobre el evento célebre de la agresión, se enfrentan o meramente ofrecen la diferente forma de vivir un hecho o una circunstancia (aunque en ciertos pasajes incurra en la redundancia). Y por otro, ambas transmiten una sensación, que va impregnando la narración, de aire estancado, viciado, que deriva de las fugas sépticas que emanan de un modo de vida, de unas relaciones que se descubren sostenidas sobre cimientos inconsistentes. En una, porque se evidencia, en una familia además obsesionada con grabarse, cómo puedes no conocer a aquel con quién convives, o por contra pensar, por sugestión, lo inconcebible, y en la otra, cómo tras el maquillaje escénico de las apariencias brotan las purulencias de lo real, relaciones inconsistentes tramadas sobre la amargura, el resentimiento, la ofuscación y el desquiciamiento: ¿De dónde surge toda esa violencia?. No hay coherencia alguna que rastrear en la oscilación de atracción y rechazo entre Tonya y Joseph. No hay mínima ternura en la relación materno filial, como si para la madre su hija fuera tanto la proyección de una realización que ella no ha conseguido como el quiste sebáceo que le repele pero sólo porque le recuerda su fracaso vital: como ese periquito que le picotea en la oreja durante sus declaraciones evocativas, o simplemente su versión, a cámara. Parecen unos espectros en una parada de monstruos, el reverso de la mejor obra de Craig Gillespie, 'Lars y la chica real' (2007), una sutil y melancólica obra sobre la falta o dificultades de conexión. En 'Yo, Tonya', simplemente parecen sufrir una avería de base. Parece que, como autos de choque, se deleitaran en las reiteradas colisiones, y mutuas agresiones, como si fuera la única dinámica posible.
Dos relaciones materno filiales en colisión destacan en dos películas que se estrenan esta misma semana. La composición que realiza Laurie Metcalf en 'Lady Bird', de Greta Gerwig, se sostiene en una mirada apretada, un gesto que parece un rictus porque raramente varía, como si una sonrisa pudiera ser una catástrofe en su semblante. La interpretación de Allison Janney resulta más expresionista, no tan naturalista, sino casi arquetípica: se siente que en cualquier momento, como el villano en '¿Quién engañó a Roger Rabbit' (1988), de Robert Zemeckis, desvelará que realmente es un dibujo animado, una especie de Cruella de Vil que rezuma ponzoña en cada gesto de retorcida indiferencia o deleite en hacer daño. Hay algo en toda la narración que transmite esa sensación. Lo real hiede tanto a real porque la inconsistencia humana bordea la irrealidad de un dibujo animado.

martes, 4 de junio de 2013

Capturing the Friedmans

 photo OIR_resizeraspx4_zpsf8d45d8b.jpg En una secuencia de 'Revolutionary road' (2008), de Sam Mendes, April (Kate Winslet) sorprende, junto a sus hijos, a su marido, Frank (Leonardo Di Caprio), cuando llega a casa, con una fiesta sorpresa de cumpleaños, apareciendo en la oscuridad que domina el hogar con las refulgentes luz de la tarta. Frank no puede ocultar su turbación, su vergüenza, porque regresa de haber mantenido una relación sexual con una compañera de trabajo. Ya se condensa las extremas diferencias de talante de ambos, y anuncia el abismo de negrura que se abrirá entre ambos, que engullirá las luces de un falaz modo de vida, de una vida capturada. Acababan de tener una feroz discusión, y mientras ella intenta el gesto constructivo, plantear un ruptura de vida, y una celebración, él tiende a la solución más autocomplaciente de rascarse la herida con el sexo impersonal con otra mujer. Frank siempre preferirá seguir cautivo, capturado, en un modo de vida en el que todo encaja, y sabe qué casilla ocupa, y cuyo horizonte es el ascenso a otra casilla (con más privilegios). April es la carne desgarrada que desmonta ese escenario y grita su desgarro para liberar voz capturada.  photo OIR_resizeraspx_zps2d40f6b3.jpg En 'Capturing the Friedmans' (2003), de Andrew Jarecki, también hay unas imágenes, grabadas en video, de la celebración de un cumpleaños, en las que la madre de la familía Friedman lleva una tarta para sus tres hijos. Esta y otras imágenes de celebraciones y sonrisas y juegos con niños en corro se suceden a las respuestas que dan algunos de los familiares a la pregunta sobre si podrían sintetizar en una palabra la fractura vital que sufrieron, en la década de los 80, cuando Arnold Friedman y su hijo, de 18 años, Jesse, fueron acusados de abusar sexualmente, de modo sistemático, a los niños que asistían al curso de informática que impartía el padre, durante cuatro años. La esposa, y madre, sólo sabe balbucear como respuesta que 'eran una familia'. El hermano, Graham, que aún no ha asimilado que realmente su hermano pudiera ser y actuar así porque aún no se ha convencido de que las acusaciones tuvieran fundamento, afirma que destruyó a la familia. Ser una familia son esas imágenes de celebraciones y juegos y sonrisas. Destruir es mostrar lo que hay en los sótanos, o hacer creer que lo inconcebible se oculta en los mismos.  photo OIR_resizeraspx2_zps31c3a663.jpg La comunidad en la que viven es semejante a la que viven los personajes de 'Revolutionary road', emblema de la opulencia, del bienestar, de un tipo de ciudadanos que ante todo valoran, cultivan la imagen, a través del alarde de sus posesiones. Es decir, un tipo de ciudadanos que se ha convertido en un 'tipo', que con satisfacción se comportan de acuerdo a un modelo, como si fueran una valla publicitaria ambulante. Lo primordial es aparentar, exhibirse, lo que refrenda su posición, su status. Eres lo que posees. Es también como la comunidad en la que vive la familia del protagonista de 'Terciopelo azul' (1986), de David Lynch, esa que se condensaba en sus imágenes iniciales, de bomberos saludando, y flores de colores vivos ante cielos despejados de esplendorosa y límpida luminosidad. Hasta que se aprecia que bajo la superficie existe el bullicio de los insectos, las turbiedades que se ocultan, que no se quieren mostrar, las abyecciones, la sordidez, la violencia. La imagen se resquebraja, la película muestra sus rayas, tras las celebraciones, tras los juegos y las sonrisas y las vallas publicitarias, se descubren fisuras que hieden.  photo 34970005c02e4bc68a246eb8d9f241ae_zpse5999594.jpg Una de las cualidades de este extraordinario documental es que mantiene el equilibrio afinado que refleja las diversas perspectivas, valoraciones y opiniones, desde los que niegan o cuestionan que tuvieran alguna base las acusaciones realizadas (o que se habían sobredimensionado ya que no se niega la atracción sexual que siente Arnold Friedman por los niños), y quienes están convencidos de su certeza. La narración se mantiene suspendida sobre ambas perspectivas. No se presupone que fueran culpables lo que hubiera derivado en su estigmatización como monstruos, pero tampoco se carga las tintas en el victimismo (aunque resulta doloroso la contemplación del aspecto de Arnold la primera vez que sale de la comisaria, y la enumeración de humillaciones que había sufrido).  photo OIR_resizeraspx6_zpsbebb08ef.jpg Si prevalece una sensación, que va impregnando la narración, de sordidez, de aire estancado, viciado, que deriva de las fugas sépticas que emanan de un modo de vida, de unas relaciones que se descubren sostenidas sobre cimientos inconsistentes. Desconoces con quién convives, pero también puedes llegar a convencerte, a sugestionarte, de que es capaz de realizar unas monstruosidades que no creías concebibles. Las grabaciones de vídeo familiares reflejan la lacerante división que se crea en la familia, ya que mientras los hijos apoyan a su padre, la madre sí pone en duda su inocencia. La madre, en este caso, se podría ver como el equivalente de lo que representa Frank en 'Revolutionary road', y el padre una combinación de April y del vecino que encarna Michael Shannon, el matemático que fue internado en un sanatorio psiquiátrico ¿De dónde sale aquello? Se pregunta en cierto momento la madre, al tomar consciencia de esas revelaciones. En una familia normal, culta, como dice ella, ¿cómo podía el padre poseer aquellas revistas de niños para satisfacer sus impulsos pedófilos?. ¿De dónde sale aquello? ¿Por qué lo necesitaba? ¿No le bastaba con lo que tenía,con lo que le daba la estable vida que disfrutaba, al fin y al cabo a lo que aspira el ser humano corriente, con lo que le daba ella y su familia? ¿Quién es aquel con el que convivía?.  photo OIR_resizeraspx5_zps18d460d2.jpg Como no dejan de ser desconcertantes las grabaciones que reflejan las conductas casi festivas del padre y sus hijos, la noche anterior a que fueran ingresados en prisión, primero el padre, y tiempo después el hijo (incluso, junto a sus hermanos, haciendo gracias en los escalones del juzgado). ¿Escondemos y disimulamos tanto lo que sufrimos? ¿Dónde termina la escenificación y dónde empieza la sinceridad? ¿Cuántas insatisfacciones se mantienen bajo llave? Esas imágenes grabadas de la familia, ese regusto en grabarse en todo momento, son como preguntas que nos enfrentan a nuestra condición escurridiza, inasible, como a nuestra ansia de sentir que somos acontecimiento, que algo ocurre en nuestra vida, que somos protagonistas escénicos. Pero no deja de abrir la incógnita de en qué medida actuamos y cuánto expresamos lo que sentimos.  photo OIR_resizeraspx3_zps9a31a948.jpg Jarecki en principio iba a realizar un documental sobre los payasos a domicilio en Nueva York, pero al descubrir de quiénes era hijo y hermano, el más payaso solicitado, David Friedman, decidió realizar este documental sobre los insectos que bullen bajo la hierba y que a veces afloran a la superficie desluciendo el diseño de vida y escaparates tan esforzadamente cuidados. Un hombre valorado por la felicidad y alegría que transmite a los niños, es hijo y hermano de dos hombres sospechosos de aterrorizar a unos niños, sospecha que una condena convirtió en certeza. El payaso y los monstruos. La risa y el alarido. Se dice que la realidad es tal como nos la presentan, y que somos como nos presentamos ante los demás. Hasta que un día se cae el decorado y nos muestran en toda nuestra desnudez, que suele resultar tan incómoda y turbadora. A veces un dedo nos señala con la podrida uña estigmatizadora, y nuestra desnudez se ve investida de atributos abyectos, que nos condenan a algún tipo de pira. Capturar la realidad es fácil, se vive en un ámbar en el que no se es sino que se deja derivar en la inercia, en el hábito, con el piloto automático puesto. Capturar lo que hay tras los rostros, cómo piensan y sienten realmente, eso es más difícil de discernir. Y este documental deja que la duda se extienda como una interrogante sobre un filo que penetra hasta el hueso. Y sangra. Y duele. PD En el 2010 una orden federal ha instado a reabrir el caso ya que se considera que el hijo, que salió de prisión en el 2001, tras 13 años de cautividad, podría haber estado erróneamente condenado, debido al excesivo celo de los representantes de la ley influidos por la histeria predominante en aquella década por el abuso sexual infantil. Hace 2 horas · Editado · Me gusta