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lunes, 2 de octubre de 2023

La mujer de fuego

 

En el género del western también nos podemos encontrar con obras que raramente se suelen mencionar en las antologías, o que pertenezcan a la mítica establecida con una serie de títulos, y de los que poco se habla o poco se recuerda. Un ejemplo es La mujer de fuego (Ramrod, 1948), de Andre De Toth, un excelente western de compleja dramaturgia que sabe lidiar con una trama de variados vericuetos y con saltos de perspectivas de diferentes personajes, además muy precisamente perfilados por el guion de C. Graham Baker y Cecile Kramer, según el argumento de Luke Short. Se puede apreciar en esta obra, por un lado, ciertos vasos comunicantes con otro género, el noir. Al año siguiente, se estrenó otro estupendo western, Sangre sobre la luna, de Robert Wise, también basado en una novela de Luke Short, y en la que esa asociación con el film noir se evidenciaba aún más en los magníficos claroscuros de su fotografía. Y bien claro es en Juntos hasta la muerte (1949), de Raoul Walsh que adaptaba al western su previo film noir, El último refugio (1941), con Humphrey Bogart. Por otro lado, es también otro ejemplo, y reflejo, de la irrupción de la mujer como agente competitivo en el mundo laboral, manifiesto en el personaje de Connie (Verónica Lake), ganadera enfrentada a otros ganaderos (que ya dominan el territorio), determinada a no ser marginada o ninguneada, esto es, extraída de la posible repartición de territorio, pese a sus presiones. Pero como decía, esa trama de enfrentamientos de ganaderos se podría extrapolar al género negro como si fueran dos bandas de gangsters.

Brillante ya es cómo en las cuatro o cinco primeras secuencias, en cinco minutos, ya se ha definido las fuerzas en conflictos, y con una cualidad añadida, por cómo va creando una atmósfera de tensión, de incertidumbre, mientras progresivamente va suministrando los datos sobre el papel de cada personaje en el escenario de conflicto: En una carreta llega al pueblo Connie, con su prometido, Walt, acompañados de Dave (Joel McCrea), el subalterno que apoya con el dominio de las armas, ante la atenta mirada del padre de Connie, Ben (Charlie Riggles); Dave conversa, primero en calle y luego en un bar, con el sheriff Crew (Donald Crisp), quien le plantea que no debería involucrarse (ya queda expuesto el carácter integro y justo de Dave); Dave habla posteriormente con Walt y con Connie, ya quedando definido que Walt quiere traer ganado de ovejas al pueblo, en el que prevalece el ganado vacuno, a lo que se oponen Ben e Ivey (Preston Foster), el cual aparecerá cuando Walt baje a coger la diligencia (su éxito depende de que la coja, pero se verá incapaz de enfrentarse a Ivey; no sólo eso, al día siguiente abandonará a Connie). Ésta, que está harta de plegarse a los designios de su padre y sobre todo de Ivey (que se siente atraído por ella), quien, como dice, se cree Dios en la zona, y no lo es, está decidida a enfrentarse a ambos. Dave es el personaje intermedio, en principio remiso a decantarse por apoyar a nadie, porque, como dice, sólo quiere pagar por sus errores, no por los de otros. Pero en cuanto se encuentra con que Ivey quiere echarle del pueblo por apoyar a Walt, decidirá a unirse a Connie, para así demostrar que, efectivamente, Ivey no es dios pese a que se crea que puede regir la realidad según sus designios..

Un detalle que define a este personaje de talante templado y sereno que es Dave es que arrastra el dolor de la muerte de su esposa e hija años atrás por causa de un incendio. La cuestión, o conflicto, es que ni un bando ni otro se atendrán a los designios de la ley, recurriendo a la brutal presión o las aviesas y esquinadas tácticas, incluido el amigo de Dave, Bill (Don DeFore), que provoca a uno de los hombres de Ivey para matarle (admirable cómo De Toth refleja la crudeza de la violencia, cuando le quema la mano con un cigarrillo para provocarle; o lo esforzado y doloroso de las recuperaciones cuando te han disparado, como en el caso de Dave), o Connie, quien decide provocar, con la colaboración de Bill, provocar una estampida en su propio ganado para que se crea que ha sido obra de Ivey; lo que determinará la muerte del sheriff cuando vaya a detener a Ivey. Una de las más brillantes secuencias, de medida modulación, es la del acoso, en la noche, de Ivey y dos de sus hombres a un apostado Bill entre las rocas, y su resolución jugando con el fuera de campo. La mujer de fuego es un western noir a reivindicar de Andre De Toth, quien realizará otro estupendo western, de notoria turbiedad, Day of the outlaw (1959). También se convierte en otro atinado reflejo de las convulsas agitaciones sociales (las luchas por el poder económico) tras la segunda guerra mundial.

lunes, 29 de agosto de 2022

Último tren a Katanga

 

Dark of the sun, título original de la excelente Último tren a Katanga (1968), de Jack Cardiff, puede servir de indicativo de que no estamos ante una convencional obra de hazañas bélicas, o actioner con telón de conflicto bélico, subgénero en boga en aquellos años con títulos como Doce del patíbulo (1967), de Robert Aldrich, La brigada de diablo (1967), de Andrew V McLaglen, Mercenarios sin gloria (1968), de Andre De Toth, El desafío de las aguilas (1969) y Los violentos de Kelly (1971), ambas de Brian G Hutton o Comando en el desierto (1971), de Henry Hathaway (por no hablar de las que se centraban en afamadas batallas). La obra de Cardiff se desmarca notablemente de todas ellas por la densidad de su substrato dramático y alegórico, un sobrecogedor descenso a la raíz de la barbarie, al corazón de las tinieblas, a la terrible obscenidad de las inclinaciones y manifestaciones violentas y crueles del ser humano. Pero ésto podría haberse quedado en loables intenciones si Cardiff no hubiera aplicado un áspero y cortante estilo descarnado que mira de frente la brutalidad, sin nunca regodearse en su expresión, lo que, por otro lado, propicia que adolezca de la mecanicidad (fuera más o menos hábil) de los discretos títulos citados anteriormente. En esta obra sí penetramos de lleno en el lado oscuro del corazón humano (ese dark of the sun).

La acción transcurre en 1964, en el Congo, sacudido por una guerra civil entre 1960 y 1966. Curry (Rod Taylor) es un mercenario que se vende al mejor postor. Hay un buen detalle de ambientación tras que descienda del avión: el cristal con impactos de balas en el coche que le recoge en el aeropuerto. Curry es requerido para realizar una misión que es más bien un encargo de los poderosos, el director de una empresa de diamantes y el presidente Mwamini (Calvin Lockart), que se beneficiará del apoyo económico del primero: Debe conseguir en tres días llegar en tren a un poblado sobre el que pesa la amenaza de los guerrilleros, los simba, aunque no para rescatar a los europeos residentes allí, como quieren hacerle creer en principio, sino, como bien intuye Curry, para recuperar los diamantes (depositados en una cámara acorazada) de las minas de toda la zona norte del país, cuyo valor asciende a 50 millones. Curry viene acompañado del sargento Rufo (Jim Brown), del que es amigo, aunque las motivaciones de ambos parezcan disimiles. A Curry parece que sólo le interesa el dinero, mientras que a Rufo le inspira el propósito de que su país sea algún día libre. Pero no es todo tan simple. Hay dos personajes más que se erigen en símbolos de esa cuerda en la que fluctúa Curry.


Uno es el doctor Wreid (Kenneth More), personaje que se ha abandonado a sí mismo, y al que el modo de incentivarle para que se una al viaje es prometerle una caja de whisky, porque con él logra el entumecimiento que evita que sea consciente. El otro es el mercenario nazi Henlein (Peter Karsten), quien lleva con orgullo la esvastica en su uniforme. Con ambos Curry mantendrá un pulso tenso durante el viaje. Tras llegar al poblado Curry se encuentra con que el delegado de la empresa ha programado para dentro de tres horas la apertura de la cámara acorazada por un mal cálculo. Curry, entretanto, intenta convencer, infructuosamente, a un sacerdote y unas monjas para que abandonen el lugar porque sino serán asesinados ( pero alegan que el cuerpo no tiene importancia). En la misión les informan de que una mujer lleva días intentando dar a luz, para lo que recurren a Wreid. Un hermoso travelling circular sobre su rostro, unida a la expresividad de More, logran reflejar su toma de conciencia. Su redención vendrá dada a través del sacrificio. Aunque sepa que implique su muerte, optará por quedarse para conseguir salvar a la mujer y al niño. Este aspecto, la sensibilización adormecida, le une con Curry, a quien antes le había afectado sobremanera la extrema crueldad de Henlein al matar a dos niños, los cuáles según él, podían avisar a los guerrilleros (una extraordinaria secuencia de tensión contenida, pautada a través de las expresiones de Curry, Rufo y Henlein, que culmina con la indicación de Curry a Henlein de que puede volver a ponerse al esvástica, aunque al principio de la misión le había dicho que se la quitara porque sino él podría confundir a su enemigo).

La tensa relación con Henlein marca el arco dramático, o el proceso de transformación de Curry. Antes de la llegada al poblado hay una secuencia de enfrentamiento entre ambos de una extrema crudeza, en la que Henlein, tras provocar la pelea, amenaza con una sierra mecánica a Curry, y que culmina con éste colocando la cabeza del primero junto a una de las ruedas del tren para que se la aplaste, siendo salvado in extremis por la intervención de Rufo. Tras salir del poblado, justo cuando llega el ejercito de los guerrilleros (con la terrible imagen de uno de los vagones, desenganchado por una explosión, retrocediendo de nuevo hasta el poblado, mientras los residentes que están en su interior gritan con desesperación porque saben que van a caer presa de los guerrilleros), Curry y Rufo se introducen entre los ebrios guerrilleros (Rufo porta sobre sus hombros a Curry como si fuera un prisionero), y son testigos de las terribles torturas o violaciones a las que someten a quienes han sido apresados (sin énfasis, con un montaje cortante, expeditivo, conciso), antes de lograr recuperar los diamantes. Pero a Henlein le importa ante todo los diamantes y, en el viaje de vuelta, aprovechando la ausencia de Curry que ha ido a buscar gasolina para los camiones (tras tener que abandonar el destrozado tren), mata a Rufo lo que provoca la furiosa reacción de Curry que le persigue hasta matarle tras pelear en el lecho de los rápidos de un río. Pero como le dice uno de los soldados, ha cruzado la linea más allá, la de la sombra, hacia la oscuridad (la del primitivismo más ciegamente visceral), porque en su acto vengativo ha acabado por asemejarse al bárbaro, a la bestia. Nada diferencia a Curry de Henlein tras matarle, por muy abyecto y vil que fuera Henlein. El gesto final de Curry implica esa asunción, por eso opta por entregarse para que sea juzgado en el correspondiente juicio de guerra.

La obra fue cuestionada por los críticos, en su momento, por su extrema violencia, y fue calificada com sádica. En cambio, fue admirada por Quentin Tarantino. Durante el rodaje de Malditos bastardos (2009), proyectó la obra de Cardiff a los actores, en cuyo reparto se encontraba precisamente Rod Taylor, como Winston Churchill, y utilizó algunos de los fragmentos de la banda sonora compuesta por Jacques Loussier. En la obra de Cardiff el protagonista apaliza brutalmente a un nazi, que ha dado muestras sobradas de su crueldad y mezquindad, y en la otra son repetidas las ocasiones en que son matados, o más bien ejecutados, nazis que también han mostrado su tendencia a la crueldad e inclemencia. Pero no puede ser más disimil el tratamiento (o planteamiento vital) de la venganza, o del castigo a la bestia. Más allá de cómo fuera Último tren a Katanga sin las secuencias recortadas por la cruda violencia de las situaciones, particularmente, me parece una obra descarnada que no incurre en efectismos. En Malditos bastardos, como en las dos obras previas de Tarantino, y las posteriores, se justifica la acción de dar rienda suelta a la furía vengativa. Hay una notoria autocomplacencia, e incluso un regodeo en el castigo (y en la misma violencia), como refleja la dilatada secuencia del apalizamiento de las mujeres al psicópata de Death proof, el apalizamiento con saña a los integrantes de la secta de Charles Manson, en Erase una vez Hollywood, o las secuencias de escalpelamiento de Malditos bastardos. Sí me parece que se ajustan todas ellas apropiadamente al calificativo de sadismo, aunque pocos cuestionamientos hubo sobre su tratamiento, probablemente por lo politicamente correcto de las dianas de su furia (nazis, violadores, racistas...), eco de esa tendencia humana a la venganza justiciera visceral, y por el hecho de que las aristas eran negadas por el filtro de su concepción de divertimento: el relato como función de descarga (de los más bajos instintos). En cambio, no hay justificación sino autocuestionamiento en la resolución de Último tren de Katanga, consecuente con la frontal crudeza del enfrentamiento con la bestia que todos llevamos dentro ( y que no sólo está afuera, es decir, en lo Otro o los Otros). No hay justificación de la violencia siquiera por la bestialidad y crueldad de quien es objeto de esa violencia (como es el caso del nazi), mientras que en la obra de Tarantino no veo un inofensivo divertimento, un meramente vamos a jugar que la historia pudo haber sido de otro modo, sino la terrorífica justificación de nuestros instintos más bárbaros, bestiales y viscerales camuflados bajo la inquietante sonrisa de la adscripción a lo políticamente correcto.


jueves, 17 de junio de 2021

Odio contra odio

                             

El título original de Odio contra odio (1957), de Joseph H Lewis, por el que de todas maneras es más conocido, The Halliday Brand, se puede traducir como La marca o hierro de los Halliday, el hierro con el que se marca el ganado. El hierro con el que Big Dan Halliday (Ward Bond), hacendado y sheriff, marca (o pretende marcar) todo, ya que actúa como si el mundo fuera de su propiedad, y tuviera, por tanto, que complacer su voluntad. Él dispone y juzga. De hecho, la narración de esta espléndida obra, como si estuviera marcada desde sus primeros planos por un hierro al rojo vivo, está caracterizada por una intensidad crispada de la que no se desprende, y que provee una atmósfera opresiva, enfebrecida. Pertenece a esa vertiente del western cuyo celuloide parece sacudido por unas espuelas, excesivo, extremo, convulso, sórdido  y turbio, como pueden ser, en color, Duelo al sol (1946), de King Vidor, Encubridora (1952), de Fritz Lang, El último tren de Gun Hill (1959), de John Sturges, o en blanco y negro, Forty guns (1956), de Samuel Fuller o El día de los forajidos (1959), de Andre De Toth. Pero es con Las furias (1950), de Anthony Mann, con la que se pueden apreciar más puntos de contacto, como la rivalidad paternofilial que vertebra el conflicto dramático, el contrapunto de las diferencias raciales, y un estilo hiperestilizado, sombrío hasta supurar, con un elaboradísmo  montaje interno entre diferentes términos en el encuadre. Ambos cineastas realizaron algunas de las más sorprendentes y creativas composiciones dentro del film noir: en el caso de Lewis, en dos cumbres del género, El demonio de las armas (1950) y Agente especial (1955), de los que Odio contra odio está más cerca en ingenio expresivo y en logros que otro de sus westerns, Terror in a Texas town (1958), desequilibrado porque chirría sobremanera el personaje ( y el actor que lo interpreta) del villano (que queda como figura de falsete).  


El turbulento duelo  dramático que tensa el relato acontece entre Big Dan y su hijo mayor, Daniel (Joseph Cotten). Big Dan actúa como una divinidad en ese territorio que, como enseña, también ha marcado con un tomahawk sobre un tronco (que clavó treinta años antes cuando hizo esas tierras suyas). Condescendiente, permite que los nativos indios tengan su espacio, pero no soporta la mezcla de sangre. Por eso, no acepta que su hija, Martha (Betsy Blair) quiera casarse con un nativo, Jivaro (Christopher Dark), pero sí permite, ausentándose, que sea linchado. El actor Ward Bond fue conocido por su tendencias ultraconservadoras, y en concreto, su apoyo al Comité de Actividades Antiamericanas (HUAC), linchador de comunistas; al respecto se suele destacar como fue utilizado, emblemáticamente, como linchador, por Nicholas Ray en Johnny Guitar, 1954; pero se resalta menos cómo es utilizado, emblemáticamente, en Odio contra odio, más aún cuando Betsy Blair, precisamente, estuvo en el punto de mira del Comité por sus afiliaciones comunistas, y si logró salir de la lista negra fue gracias a la influencia de su entonces marido, Gene Kelly (del que se divorció, precisamente, ese año).  Daniel no aceptará sus designios, o su abuso de poder, e incluso se enamorará de la hermana de Jivaro,  Aleta (Viveca Lindfors), pero en su obcecado afán de contrariar a su padre, quemando propiedades o robando el banco del pueblo,  cruzará ese umbral en el que se convertirá en alguien semejante a su padre, como le señala Aleta. Sus conductas no difieren, como la falta de razón en sus actos. ¿En qué momento te conviertes en aquel contra el que luchas?

El relato se estructura en flashback, ya que se inicia seis meses después, cuando Daniel accede a retornar para ver a su padre gravemente enfermo, porque cree que ha empezado a modificar su actitud al permitir que su hermano menor, Clay (Bill Williams), se case con Aleta. Ya desde la primera secuencia resalta un recurso de estilo recurrente a lo largo de la narración, los largos y dilatados planos, con grandes angulares, en los que se juega con los movimientos de los actores dentro del encuadre, en conjugación con los movimientos de cámara. Esta elección de estilo,  incide en crear esa atmósfera opresiva, cargada, como si los encuadres fueran un encierro en el que los personajes boquearan para lograr respirar, en ocasiones con cuatro personajes en el encuadre; un juego de simetrías que hace sentir que las mismas figuras fueran barrotes. Siempre lindante (y hasta traspasándolo) con el artificio, propicia una atmósfera fructíferamente abstracta, con personajes, con su rostro vuelto hacia cámara, que hablan de espaldas a otros (como si fueran recitados que señalizan distancias insalvables, cautiverios en los propios interiores, y la ausencia de razón, como si se la buscara en el fuera de campo), y que Lewis convierte en una armónica conjugación de aliento fúnebre e irreductible convulsión. La presencia de Lindfors y esos ocasionales fondos de decorado, tenebrosos, de cielos encapotados (como en la bella secuencia de la conversación entre Aleta y Daniel, cuando la primera ha hecho una fogata por la muerte de su padre, y hablan de los fuegos y cargas interiores de cada uno, conversación en la que se gestan las brasas de su amor) hace evocar Los contrabandistas de Moonfleet (1955), de Fritz Lang, también rebosante de turbio romanticismo (el reencuentro de Aleta y Daniel en el cobertizo, entre sombras, que parecen separarles en sus besos que se buscan con desesperado anhelo; son las sombras de la obsesión de Daniel) y de un desaforado y desbordante sentido del artificio.

Esa tendencia a desarrollar la narración sobre secuencias casi construidas en un solo plano, se quiebra en ocasiones, sobre todo en secuencias en las que hace acto de aparición la violencia. Quizá la más sobresaliente sea la del linchamiento de Jivaro, con un estremecedor uso del fuera de campo (de ausencia de Razón): la soga rompiendo el cristal tras los dos hermanos, Daniel y Clay; las piernas de la turbamulta ascendiendo la escalera; el plano general de los dos hermanos ante la celda, intentando liberar a Jivaro, que son arrastrados por una cuerda; el rostro en sombras de Jivaro al que atraen hacia el fuera de campo. No hay rostros, porque no hay Razón. La secuencia posterior compuesta a través de varios planos, es también sobrecogedora: Martha ante el cadáver de Jivaro, ya colgado, del que sólo vemos sus piernas. No es de extrañar que Daniel utilice la cuerda del ahorcado como símbolo de su enfrentamiento, de su rebelión. Cuando el padre entra en su despacho, se encuentra ante esa cuerda que pende en mitad de sus dominios.

viernes, 31 de marzo de 2017

Aproximación al boxeo en el cine

La discreta Redencion (2015), de Antoine Fucqua, es la última obra que integra el boxeo en su construcción dramática, determinante tanto como escenario como reflejo. Puede gustar más o menos este deporte (particularmente, nada), pero, quizás más que ningún otro, ha dado pie a obras de lo más sugerentes. Esta aproximación al boxeo en el cine, que primero he publicado en Las nueve musas (http://lasnuevemusas.com/not/10209/boxeo-en-el-cine/) no pretende ser una visión exhaustiva ni una antología de las mejores obras, sino un intento de condensar diferentes tratamientos o acercamientos (diferentes reflejos o usos simbólicos) que ha tenido el boxeo en el cine, sea como eje central de la obra o como aspecto secundarios. Como ilustración alrededor de una veintena de títulos que se concreta en las imágenes que acompañan el texto. Obviamente se echará en falta muchas obras, algunas muy célebres, caso de 'Rocky', 'Ali', 'Gentleman Jim', 'Ciudad de conquista', 'The fighter', 'Rocco y sus hermanos', 'Snatch', 'Marcado por el odio', 'Huracan Carter', 'Kid Galahad'...
Million dollar baby.
Nadie puede vencerme.
Cuerpo y alma.
Campeón (arriba). El pequeño ladrón. (debajo)
En primer lugar, porque propicia la parábola sobre el cuadrilátero en el que suele convertirse la propia existencia. Los golpes que te da la vida, los golpes que sabes encajar. También, de modo más específico, sobre la sociedad de cada momento, con mención especial para la sociedad capitalista que tanto incentiva la competitividad y la aspiración de ser el número uno. Eastwood lo condensó de modo contundente, a modo de abismo, en 'Million dollar baby' (2005). No hay piedad. La integridad no es lo que se recompensa. Robert Wise, en 'Nadie puede vencerme' (1949), Robert Rossen, en 'Cuerpo y alma' (1947) o Mark Robson, en 'Campeón' (1949), también lo reflejaron con abrasiva lucidez, a través de unos personajes que representan actitudes distintas frente al dilema de optar por la integridad o por la corrupción, sea por mera ambición, por resentimiento de las penurias sufridas o por la justificación de la necesidad económica. Robson realizará otra película sobre corrupción, en concreto sobre los combates amañados, con 'Más dura será la caída' (1956). Una sugerente variación del desprendimiento de escrúpulos para dominar el escenario de la vida, mediante la equiparación del latrocinio y el pugilato, se encuentra en 'El pequeño ladrón' (1999), de Erick Zonca. Si la vida no te da, lo sustraes. Hay que utilizar a quien sea para conseguir el beneficio, para alcanzar la prosperidad, más aún si las circunstancias de la vida te han situado en la rampa de salida en un escalafón bajo de la sociedad. Evve aprende a boxear, aunque sus golpes más bien parecen los ralentizados movimientos de un nadador. Y aprende los trucos del ladrón, integrándose en una banda de Marsella. Tendrá que aprender que los golpes duelen, ya que para él las cicatrices son como las medallas.
The boxer.
El triunfo del espiritu.
Fat city.
Cinderella man (arriba). El luchador (debajo).
También un cuadrilátero puede ser el reflejo de la lucha contra otras inconsistencias, otras estulticias, como las de los fanatismos nacionalistas, como refleja 'The boxer' (1997), de Jim Sheridan. O de la barbarie de los exterminios, como en 'El triunfo del espíritu' (1989), de Robert M Young, en la que un prisionero griego tiene que sobrevivir ganando combates ya que quien es derrotado acaba en la cámara de gas. O de la precariedad económica. Más que la sobrevalorada 'Fat city' (1972), de John Huston, cuya sordidez resulta impostada, destacaría 'El luchador' (1975), de Walter Hill, en la que un boxeador, en los tiempos de la Gran depresión, triunfa en los combates callejeros a puño desnudo. Carente de ambiciones, parece salido de otro tiempo ( mítico), contrapunto especular de aquellos años setenta en los que el país sufría las convulsiones de la decepción por la corrupción manifiesta de las instancias del poder (el caso Watergate). O, también durante la Gran Depresión, 'Cinderella man' (2005), de Ron Howard. La principal cualidad de Jim Braddock, fuera y dentro del ring, es la de sabe encajar los golpes como nadie, para tanto lograr mantener a su familia, en ocasiones como estibador con una mano rota, como para ganar el título de campeón frente un cruel boxeador, Max Baer, que representa la crudeza de la vida.
Toro salvaje.
Invicto.
El hombre tranquilo.
Calle River 99 (arriba). La ley del silencio (debajo)
O el reflejo del ego inflamado, la enajenación del que se siente el dueño del ring (dentro y fuera), y espera que los demás se adapten y acomoden al cetro de sus puños, de su voluntad, como en 'Toro salvaje' (1980), de Martin Scorsese. Esa arrogancia es aún más cínica en el campeón de peso pesado encarnado por Ving Rhames, encarcelado por violación, en 'Invicto' (2002), de Walter Hill. Su combate final con el que encarna Wesley Snipes representa el enfrentamiento con la templanza de la integridad. Para la realización de los combates, Scorsese se inspiró en la atmósfera pesadillesca del flashback de 'El hombre tranquilo' (1952), de John Ford: la muerte del contendiente en un combate, que impulsó al protagonista a buscar su opuesto, la Arcadia soñada, reflejaba la degradación de un tipo de vida. Por otro lado, es una de esas obras en las que la actividad boxística es vivencia pasada, que contrasta, aunque sea de modo simbólico, con el presente narrado. En el excelente noir 'Calle river 99 (1953), de Phil Karlson, el protagonista fue un aspirante a un título. Ahora es un mero taxista. La propia vida es un ring de boxeo, en el que, como dice él, cuando te golpean debes responder más fuerte, y en el que no sólo se mata de golpe sino lentamente, pulgada a pulgada (como pasa en su relación sentimental). En ocasiones, no se visibiliza ese pasado, de modo significativo, como en 'La ley del silencio' (1954), de Elia Kazan. La a redención del protagonista, no puede ser sino convirtiendo en cuadrilátero la casa 'parasitaria' de los gangsters, para que de nuevo pueda recuperar la integridad que empezó a vender cuando se plegó a los tongos de los combates de boxeo que frustraron sus ilusiones y lo convirtieron en una marioneta al servicio de los opresores.
Combate decisivo.
El campeón.
Requiem por un campeón.
El aire de París (arriba). El día más feliz de Olli Maki (debajo)
En 'Combate decisivo (1957), de Andre De Toth, es uno de los tres cuadriláteros en los que combatirá en su vida Barney Ross: en un ring se convirtió en campeón del mundo, en el Pacífico Sur, durante la Segunda guerra mundial fue condecorado como un héroe por salvar a un compañero en la batalla de Guadalcanal, pero su más duro pugilato fue con la morfina a la que se hizo adicto durante el proceso de recuperación de la malaria que contrajo durante la contienda. El púgil de 'El campeón' (1931), de King Vidor combate contra otra adicción, el alcoholismo. El respeto de su pequeño hijo se convertirá en acicate para lograr esa victoria. Y el protagonista de 'Requiem por un campeón' (1962), de Ralph Nelson, se enfrenta a la desesperación del retiro, a sentirse contra las cuerdas cuando intenta sobrevivir en una realidad en la que no sabe desenvolverse ni encontrar su lugar, a no ser cómo reflejo patético de lo que fue.La obra de John Ford también es un ejemplo de cómo el cuadrilátero boxístico puede ser reflejo o contrapunto del cuadrilátero de las relaciones amorosas (en su caso, añadido el combate contra la cerrazón de las rigideces de las costumbres, como evidencia la pelea final). Aunque tenga apariencia de sueño dorado, la lona bajo tus pies cuando te enamoras se puede convertir en arenas movedizas, como se plantea en 'El aire de París' (1954), de Marcel Carné. En,'El día más feliz en la vida de Olli Maki' (2016), de Juho Kuosmanen, se narra el hastío de un aspirante al título con todo el montaje que comporta la preparación para el que se supone que es el día más feliz de su vida, porque además significa que lo será para los habitantes de Finlandia. Pero él lo que quiere es sentirse una piedra que bota sobre el agua en compañía de la mujer que ama, con quien siente que cada día es el más feliz de su vida. Como exquisita rúbrica, ese prodigio de ballet del combate del boxeo, en Luces de la ciudad (1931), de Charles Chaplin. en el que contendientes y arbitro alternan las coreografías a modo de dúo o a modo de trío. Sin duda, uno de los grande momentos que ha dado la comedia.

viernes, 13 de noviembre de 2015

20 películas sobre el mundo de las drogas

Aprovechamos que se estrena la excelente 'Sicario' para repasar, entre las múltiples obras realizadas sobre o alrededor de las drogas, una particular selección que pueda servir de guía y reflexión, e incluso invitación a cruzar, apropiadamente, las puertas de la percepción de las que hablaban William Blake y The doors (aparte de revisar de nuevo 'Dead man', 1995, de Jim Jarmusch', el 'viaje' más estimulante que ha deparado el celuloide).
Durante décadas, en concreto desde los 50, se han realizado obras que remarcaron la devastación que implicaba el consumo de esas sustancias ilegales que se inyectan o inhalan o ingieren. Las obras que demonizaban su consumo nunca atendían a las causas o circunstancias. Meramente, señalaban lo nocivo de ese consumo, como si fuera el enemigo, es decir, el reverso de la actividad funcional de quien cumple su cometido en el engranaje socio económico. Consumir drogas no es productivo, es convertirse en desperdicio, en lastre para el sistema. Otras obras sí han reflexionado sobre las diversas causas o circunstancias particulares que determinan la elección de ese consumo. O sobre la importancia de la medida y la calidad de la sustancia, es decir, sobre la necesidad de información e instrucción O han explorado la significancia de su experimentación, su reflejo de un modo de vida, o de sentir, alternativo.
Otras han incidido en la cuestión del narcotráfico, en unas retratando a los combatientes del Mal, y en otras evidenciando cuán conveniente puede ser para el Orden instituido, y cómo incluso se establecen alianzas interesadas. Como también se ha puesto en cuestión el uso de adicción controlada, por la prescripción facultativa, reflejo de una dictadura de las empresas farmacológicas que han inoculado a la sociedad la convicción de la necesidad de las medicaciones recetadas. Y las hay que han reflexionado sobre las diferentes formas de enganches.
En cuanto a los modos de expresar, materializar, los trances del consumo de drogas, las hay que optan, como 'Requiem por un sueño', por un montaje que remeda el ritmo del hip hop, un montaje fragmentado con un número superior de planos por minuto de lo que suele ser la media. Una producción normal de su duración (100 minutos) suele tener entre 600 y 700 planos. En 'Requiem por un sueño', hay 2000. La obra de Aronofsky opta por el tratamiento estilistico, que también suele ser calificado como 'speedico', por el que ya optaron en el pasado los montajes psicodélicos de 'Easy rider' o 'The doors', entre tantas otras. La cuestión es en qué medida son un eficaz reflejo sensorial o un mero recurso estridente que dota de más relevancia al efecto (el efectismo) sobre las sensaciones, más allá de que haya trances muy variados, unos más agitados, otras más ralentizados.
Contrástese secuencias de las películas citadas con aquella excelente de 'Traffic', una opción 'ambiente', cual deslizamiento y extrañación, en la que cuatro jóvenes hablan del vacío que sienten en las relaciones y en los valores sociales mientras consumen drogas hasta que uno de ellos comienza a sufrir los efectos de la sobredosis (considérese, metafóricamente, como sobredosis de un vacío). Eso sí, si uno quiere ponerse una película para 'ponerse' muy risueñamente, sin duda puede elegir entre 'Puro vicio' o 'El gran Lewobski'.
1.'El hombre del brazo de oro'. El hombre del brazo de oro lo es por su buena mano con las cartas. Frankie Machine (Frank Sinatra) lleva la banca en el juego, pero no domina la de la vida. Y quiere ser batería de jazz, marcar el ritmo, tener la libertad de improvisar. Pero depende de los demás, del ritmo que pretenden marcar otros, de su mezquindad, que le 'consume'. Y su brazo se doblega, como ante la heroína a la que se hace adicto. 'El hombre del brazo de oro' (1955), de Otto Preminger es una obra áspera, sin concesiones. Fue todo un hito, porque Preminger doblegó a la censura y, por primera vez, en una obra de un gran Estudió se mostró sin ambages la adicción a las drogas, incluidas dolorosas y sobrecogedoras secuencias de alguien enfrentándose al 'mono'. Pero, ante todo, es una obra sostenida sobre una aguda reflexión sobre las dependencias que nos creamos o que nos determinan otros con sus aviesos intereses, como su esposa Zoscha ( Eleanor Parker), quien se aprovecha de la culpa que él siente por el accidente de coche que la dejó postrada en una silla de ruedas, cuando ella, realmente, puede andar. Un ejemplo de que cómo el infierno pueden ser los otros. Otra variante del 'vampiro ( o más bien, parásito) emocional' que tan bien sabe hacer uso del victimismo como estrategia para imponerse consumiendo al otro.
2.'Combate decisivo'. El título original de esta notable obra de Andre De Toth de 1957, 'Monkey on my back' se puede traducir como 'Tener el mono', la expresión que alude a quien es prisionero de guerra de la adicción a la droga. La necesidad le supera y necesita consumir más, se convierte en tirana necesidad vital. Barney Ross (Cameron Mitchell) libró tres combates, en un ring de boxeo, en donde se convirtió en campeón del mundo, en el Pacífico Sur, durante la Segunda guerra mundial, donde fue condecorado como un héroe por salvar a un compañero en la batalla de Guadalcanal, y con la morfina a la que se hizo adicto durante el proceso de recuperación de la malaria que contrajo durante la contienda. La película sorteó el Código de censura, que había exigido que se eliminara del montaje una escena en la que Barney se inyecta la morfina. Se optó por estrenarse sin el sello de aprobación de la censura. Particularmente memorables son las descarnadas secuencias en un lluvioso y embarrado campo de batalla.
3.'Easy rider (Buscando mi destino)'. 'Easy rider' (Buscando mi destino) (1969), de Dennis Hopper, fue también un hito en muchos aspectos. Se convirtió en estandarte de una sensibilidad contestataria, el cuestionamiento de la autoridad, la alternativa de vida con las comunas, y la apología de la liberación a través de la embriaguez de los sentidos, del sexo sin límites y el trance de las drogas que se despreocupaba de toda imposición de límites. Todo un icono de la contracultura, en la que se había ya convertido Peter Fonda con las previas 'The wild angels' y 'The trip' (un viaje alucinógeno compartido también con Hopper, y guionizado por Jack Nicholson, quien también participa como secundario en 'Easy rider'). Los dos hippies protagonistas, o los dos peludos desgreñados para las mentes pacatas del orden, que recorren con sus motos las carreteras de Estados Unidos se convirtieron en emblema de esa mentalidad que no se plegaba al orden instituido. Su desplazamiento sin dirección era ya un gesto de rebeldía. El éxito comercial de la película también determinó un cambio radical en las esferas de la producción de Hollywood, ya que vieron cuán rentable podía ser una película de bajo presupuesto.
4.French Connection/French connection II. 'French connection. Contra el imperio de la droga' (1971), de William Friedkin, era un engranaje bien engrasado, una persecución, un mecanismo que circulaba con arrolladora velocidad, como la misma persecución automovilística que se convirtió en uno de sus emblemas icónicos más célebres. El otro, un gesto, la sonrisa irónica del narcotraficante Charnier (Fernando Rey) cuando logra sortear en el metro a su obcecado perseguidor, el policía que no consigue apresarle, Popeye Doyle (Gene Hackman). Una conclusión frustrante, Esa sonrisa de despedida quedó como un arañazo en el orgullo de Doyle, quien no aceptó que fuera una despedida. En 'French connection II', de John Frankeheimer, continuación notoriamente superior a su precedente, aunque carezca de su mítica. Doyle persiste en su persecución, ahora en Marsella. Porque sufre una adicción, necesita capturar a Charnier, y reacciona con la agresividad del mono. El hombre que quiere morder con su bala a su presa, no deja de cometer torpezas por su impulsividad: Provoca la muerte de un infiltrado entre los narcotraficantes, y cae cautivo de quien persigue. La tortura consistirá en hacerle adicto a la heroína. Doyle forcejeará con su 'mono' en una celda de la comisaria, tras ser liberado por Charnier. Una liberación que sigue siendo cautiverio, y dominio por parte de Charnier. La impotencia de Doyle es doble. Pero no hay transformación en Doyle. Bestia visceral resurge arrollador, incendiando un hotel y golpeando con saña a un posible informador. No hay otro horizonte en su vida que Charnier. Una adicción cuyo mono es mucho más difícil de superar que el de la heroína. Por eso, la película termina abruptamente, con el disparo mortal, con la muerte de su presa. No hay más. Corte de fluido. Se acabó el chute. El engranaje puede desconectarse.
5.'Elemental Dr Freud'. Moriarty, el gran enemigo de Sherlock Holmes es fruto de sus alucinaciones. Esta es la variación argumental que ofrece 'Elemental Dr Freud' (1976), de Herbert Ross sobre la mítica del célebre detective de ficción. Holmes se ha enganchado a la cocaína (superando la moderada medida del siete por ciento de solución de su dosis habitual, a la que alude el título original, 'The seven percent solution'), y vive obsesionado con la idea de que debe eliminar a quien considera que urde sibilinas conspiraciones para desestabilizar el orden mundial. Pero no es sino un inofensivo profesor de instituto. Para lograr desengancharle y liberarle de esa obsesión Watson urde con el hermano de Sherlock, Mycroft, una estratagema para que se traslade hasta Viena para ser tratado por Sigmund Freud. Este conseguirá mediante el psicoanalisis indagar en la raíz de su delirante fantasía. Un enganche se puede deber a un atasco en las emociones. En este caso, la adicción no es como se refleja en la previa 'La vida privada de Sherlock Holmes', por hastío vital, por no soportar la falta de acontecimientos de la vida ordinaria, sino la consecuencia de una herida no cerrada. La adicción es un parche mal puesto para negar un trauma, o entumecer sus efectos sin afrontarlo. Como el fantasioso relato de una privilegiada mente criminal, digno antagonista de su intelecto, que no logra abatir.
6.'Inseparables'. 'Inseparables' (1988), de David Cronenberg, está vagamente inspirada en el caso de los ginecólogos gemelos Stewart y Cyril Marcus que fueron encontrados muertos el 19 de julio de 1975 debido al síndrome de abstinencia en el proceso de desintoxicación de su adicción a las drogas. Pero la película explora otro enganche: La mítica del amor: la unión de dos almas gemelas. Dependencias, adicciones, la dificultad del equilibrio cuando te sofoca esa ilusión de fusión con el otro que te convierte en parte de su piel como la suya en la propia. La interdependencia se trastoca en Elliot y Beverly, ambos encarnados por Jeremy Irons, cuando el segundo se enamora, se engancha, de Claire. Dos dependencias, dos adicciones, se entrecruzan y confunden: con el gemelo biológico, con el gemelo afectivo. La nueva dependencia que Beverly se crea es como cambiar de atmósfera. Cuando ella tiene que irse a rodar a otra ciudad, se engancha a las drogas para amortiguar el 'mono' que sufre por la separación de la mujer a la que está enganchado. Elliot intenta liberarle, pero acaba atrapado también en el remolino. David Cronenberg no ha realizado secuencias más bellas que las que concluyen esta sacra ceremonia abisal, en la que dos sacerdotes ginecólogos, cartógrafos y fontaneros de la belleza interior, se extravían entre pastillas cuando la dependencia y la singularidad se enmarañan. No pueden extirparse el uno del otro. No se puede ser parte literal de las entrañas del que se ama. Pero el amor es empatía. Los cuerpos de ambos componen, en el último plano, la imagen de ‘La piedad’.
7.'Drugstore cowboy'. El cuarteto de drogadictos de 'Drugstore cowboy' (1989), de Gus Van Sant, son como niños que no quieren crecer. No quieren convertirse en adultos responsables. Quieren seguir jugando, como si fueran forajidos de leyenda, de ahí lo de 'cowboy de droguería'. A Bob lo que más le pone es atracar farmacias, robar droga en el establecimiento que sea. Le pone más que el sexo. De hecho, su novia Dianne le recrimina su poco entusiasmo. Pero es que Bob es sobre todo adicto a esa emoción de vivir en el filo y el riesgo, y eso lo siente en el hecho de atracar. Le estimula incluso más que el mismo consumo de las drogas. Por eso, tras realizar un robo con éxito, necesita más, otro golpe, como si fuera un nuevo chute tras pasarse el efecto del anterior. No hay mirada ni estigmatizadora ni ensalzadora (por su condición de seres al margen) por parte de Van Sant. Son niños traviesos que no quieren abandonar la sensación inmunidad de la infancia en la que las fantasías pueden dilatarse en un recreo sin fin, sin necesidad de volver al aula ni fichar en la oficina. Por eso, la película comienza por el final. Porque esas fantasías tarde o temprano terminan.
8.'The doors'. Son muchas las películas centradas en músicos que se precipitan en el abismo de la adicción a las drogas. En el jazz, la magnífica 'Bird' (1988), de Clint Eastwood, sobre Charlie Parker, reflejo de una sensibilidad carente de las necesarias defensas, que buscaba en las drogas un alivio, un 'amortiguador'. que se convirtió en espiral y condena. O en el country, 'En la cuerda floja' (2005), de James Mangold, en donde Johnny Cash pierde pie en el febril consumo sobre todo porque no soporta permanecer separado de la mujer que ama mientras sufre una relación marital insatisfactoria. No posee la fuerza necesaria y se rompe su cuerda interna. Pero si hay una música que esté más conectada con la promesa de una nueva forma de sentir, más satisfactoria, más amplia e intensa, que suministra la ilusión de alejarse de las limitaciones de la vida corriente y de sus frustraciones, es la del grupo 'The doors'. Al fin y al cabo, alude a la apertura de las puertas de la percepción de las que hablaba William Blake. Coppola comprendió muy bien su ambivalencia en la secuencia de apertura de 'Apocalipse now', con el coloque desesperado del personaje de Willard, y con la utilización de la canción 'The end' en la conclusión. En cambio, Oliver Stone en su aproximación a la figura de Jim Morrison, el rey lagarto, y las experiencias con el peyote, se pierde en un delirio inconexo, y eso que él declaró haber vivido el infierno del enganche a las drogas. Desgraciadamente, se difumina la entraña vital porque prevalece la parafernalia de efectos psicodélicos.
9.'Hasta el límite'. Jenniffer Jason Leigh interpreta a una policía novata elegida por un policía veterano, interpretado por Jason Patric, para ser su compañera de tapadera en sus investigaciones de incógnito en el mundo de la droga, entre bares de carretera. En 'Hasta el límite' (1991), única obra dirigida por Lili Fini Zanuck, la ambientación es de una gelidez desacogedora, la impasibilidad en la que se enmascara las emociones vulnerables. Pero también es desgarradoramente lírica, como refleja la soberana banda sonora de Eric Clapton. La atracción del abismo se convierte en una amenazante fuerza de gravedad. Los límites están continuamente desafiados. No es difícil perder el pie. Primero lo hace ella, después él. A retener la siniestra secuencia en la que ella también tiene que inyectarse droga por recelo del narcotraficante, y que iniciará su enganche. O ese portentoso plano fijo en el que le vemos a él de pies apoyado en la encimera de la cocina, dilatándose la duración del plano hasta que súbitamente coge una plancha y se la pone contra el brazo para eliminar las marcas de sus pinchazos. El amor que se va gestando entre ambos se convertirá en el principal sustento de supervivencia y apoyo. Enfrentado a una intemperie de parajes desolados y personajes sin escrúpulos tiene otro contrapunto añadido, la doble moral del puritano jefe de policía que ve en el narcotraficante que desea capturar un rival económico que desea quitarse de en medio. El tramo final es tan cortante como desolador. Pero hay en su negrura una belleza que sangra.
10.'Posibilidad de escape'. Le Tour (Willem Dafoe), en 'Posibilidad de escape' (1992), de Paul Schrader, es un personaje en tránsito. Transita físicamente en la noche, porque es un 'camello' a las ordenes de Ann (Susan Sarandon), quien se está planteando dejar la empresa del suministro de drogas y montar una empresa de cosméticos (corrosiva la equiparación entre ambas dedicaciones). Le Tour no sabe hacia dónde se dirige, es alguien con el sueño ligero (The light sleeper, título original), entre un estado de dormido y despierto, como si diera vueltas sobre sí mismo. Le Tour acude a una asesora psiquica buscando orientación sobre qué rige su vida, qué signos ve que él es incapaz de discernir sumido en su desconcierto vital, que no deja de ser reflejo de un entorno, ese que se evidencia manifiesto en los clientes que visita para suministrarle drogas, a los que escucha, o hasta ayuda, como si fuera un asistente psicológico. Transita entre un pasado desperdiciado, que se impele a restituir, al reencontrarse con la mujer que amó, Marianne (Dana Delany), y cuya relación frustró por su dependencia de las drogas, y un futuro incierto, hacia el que aún no sabe cómo encaminar sus pasos. La conclusión violenta tiene bastante de desesperada redención, una variación del final de 'Taxi driver', guionizada por Schrader. Y el epílogo reedita el de su previa 'American gigolo', en ambos casos homenaje al final de 'Pickpocket', de Robert Bresson.
11.'Georgia'. Hay artistas que brillan por su aplicado dominio de sus recursos expresivos. Creadores en los que la corrección, el afinamiento, linda con lo que se puede considerar perfeccion. Hay otros que se tambalean en la convulsión, a los que las mareas de las emociones parece que superan. Su arte puede parecer incluso abrupto, desafinado, una contorsión que no sabe de pudor. 'Georgia' (1995), de Ulu Grosbard, no se centra en Georgia (Mare Wininngham), la exitosa cantante de country (y madre de armoniosa familia), sino en su hermana Sadie (Jenniffer Jason Leigh). Esta se arrastra en la periferia, en una vida deshilachada a la que intenta denodadamante dar forma, como una pulpa que se agita torpemente, marioneta de sus emociones, sujeta a sus vaivenes y resacas, en las que se atasca aún más con las drogas que consume para entumecerse, para evitar que las mareas de su impotencia la ahoguen. En el escenario, su voz parece un graznido, una súplica, un grito que ansia liberarse de un cautiverio, la luminosidad de su hermana, que la anula y va consumiendo como si abarcara toda la luz posible. Sadie es un deshecho que pugna por dotarse de verbo. Pero en esos aullidos, a veces, se produce el destello, ese que nunca una artista como su hermana alcanzará. Son ocho minutos y medio que raptan las entrañas. La voz de Sadie se desgañita y se desgarra mientras canta 'Take me back' de Van Morrison. La pantalla se incendia, lo obsceno se conjuga con lo sublime. La pantalla se empapa de entrañas desnudas que rocían con gasolina la corrección y la compostura, y quiebra la vitrina de lo pulcro y lo esterilizado. Esa en la que brilla el éxito y la vida de su hermana.
12.'Al límite'. En 'Al limite' (1999), de Martin Scorsese, Frank (Nicolas Cage), es un sanitario conductor de ambulancias, desesperado porque lleva una larga racha en la que no logra salvar vidas. Le exaspera no poder contrarrestar tanta desolación a su alrededor. La narración transcurre durante tres noches, tres inmersiones febriles en los abismos de la ciudad, con ecos del siniestro universo de Edgar Allan Poe: Esa droga llamada 'Muerte roja' cual peste que está asolando la ciudad; el agujero negro de la embriaguez, la opción terminal frente un modo de vida inclemente que propicia la indigencia vital, como anegada está la ciudad de indigentes. La ciudad es como una ampliada y aún más turbia mansión gótica de un relato de terror. En las habitaciones de la casa del narcotraficante parecen espectros los clientes que buscan desaparecer, olvidarse de sus pesares, con el consumo de la droga, como la mujer que Frank ama, Mary (Patricia Arquette), quien intenta aliviar el dolor por la enfermedad terminal de su padre. Guionizada también por Schrader, la conclusión es tambíén una acción extrema, aunque no un enfrentamiento armado como en 'Taxi driver' o 'Posibilidad de escape', sino una doble aplicación de un gesto de piedad que pueda otorgar una sensación de redención y catarsis: la secuencia en la que atiende al traficante de drogas suspendido en el vacío, con su cuerpo atravesado por las puntas de una verja, y la acción de eutanasia sobre el padre de Mary. Como 'Inseparables' termina con la pareja abrazada como la escultura de 'La piedad', pero vivos.
13. 'Requiem por un sueño'. Sin duda, pocas obras merecen más la calificación de obra de culto que 'Requiem por un sueño' (2000), de Darren Aronofsky, porque es una de las películas más citadas entre las predilectas de muchos (sobre todo, jóvenes) aficionados al cine. Algunos pensamos que dista mucho de estar a la altura de su gran obra, 'El luchador', cuyo protagonista se inyecta esteroides para, pese a su edad, seguir siendo competitivo en el cuadrilátero. Se suele integrar a 'Requiem por un sueño' dentro de la etiqueta de 'películas sobre las drogas', pero su director no está de acuerdo. De hecho, lo más interesante de la película es qué plantea la interrogante sobre qué es una droga. No sólo las sustancias ilegales a las que se adjudica esa calificación, y que por tanto determinan la categoría de 'películas sobre drogas'. En el paralelismo de tres adictos a la heroína con una mujer que toma una medicación (que resulta ser una anfetamina) por prescripción facultativa, ya que quiere adelgazar veinte kilos en un breve lapso de tiempo, y que está enganchada por otro lado a la televisión, Aronofsky amplia el foco de esa interrogante. Como apuntó, resulta revelador que se diga lo mismo quien quiere dejar las drogas que quien quiera dejar de fumar o pretenda adelgazar veinte kilos. Su interrogante abre una brecha en una estigmatización que ha resultado muy conveniente para los representantes del poder. Demonizar una tipo de sustancia, que condense el término droga, implica de entrada que no se consideren así, y con la misma consideración de perniciosas, a otro tipo de sustancias o de actividades con las que se sufre una adición.
14.'Traffic'. En 'Traffic' (2000), se radiografía la tramoya del negocio de la droga, explorando sus entresijos, trenzados por los intereses creados, la hipocresía y la ignorancia. Un relato que transcurre a dos lados de una frontera geográfica, entre Estados Unidos y México, en donde, paradojicamente, las fronteras entre ley y delincuencia se difuminan, y en donde quién 'instituye' (regula, condena y persigue el 'qué': el tráfico o el consumo), Wakefield (Michael Douglas), el juez elegido para dirigir la 'Oficina nacional de control de las drogas', descubre que ignora el por qué (de los que la consumen y llegan a ser adictos): incluida la adicción de su hija. La estigmatización del consumo no es mas que otra cortina de humo para ocultar un retorcido teatro de 'intereses'. El consumidor no es que sea alguien que meramente se 'desvia del camino' (el camino del provecho), sino reflejo indirecto de las carencias de toda una sociedad. El problema no es la adicción en sí, sino las circunstancias que la determinan. Por otro lado,las subtramas protagonizadas por Javier (Benicio del Toro), policía de Tijuana, ejemplo, a pequeña escala, de la corrupción generalizada de los representantes de la ley (compinchados con los capos), y Helena (Catherine Zeta Jones), cuya vida de lujos se tambalea al descubrir con la detención de su esposo que debe su fortuna a sus negocios ilegales como capo de la droga, pero se rehace sustituyéndole al mando de la 'empresa', condensan qué fácilmente se pueden cruzar, en ambas direcciones, ambas líneas, la de la integridad y la corrupción.
15. 'A scanner darkly'. ‘A scanner darkly’ (2006) es una adaptación de una obra de Philip K Dick. La segunda película de animación rodada con el sistema rotocospico por Richard Linklater. Otra reflexión sobre la percepción y su disolución, sobre los límites de la identidad y de la realidad, en una distopia entre vigilancias policiales de alta tecnología, epidemias y alucinaciones fruto del dopaje, o quizá de manipulaciones ajenas. O quizá la realidad sea una alucinación. El protagonista, Arctor (Keanu Reeves), es miembro de un grupo de consumidores de drogas, pero tiene una vida paralela de agente infiltrado. En su investigación sobre los traficantes de una sustancia conocida como D (alusión a Slow death/muerte lenta), se engancha en su consumo lo que determina que sus dos hemisferios cerebrales funcionen de modo independiente, o en colisión. O lo que es lo mismo, llega un momento en que ya no discierne qué o quién es realmente cada uno e incluso él mismo.
16. 'Half Nelson'. Nelson (Ryan Gosling) es un profesor de secundaria que se esfuerza en concienciar a sus alumnos, para dejar su pequeña huella, e influenciar, y posibilitar cambios en su entorno y la Historia. Aunque él se sienta a la deriva de su propia historia con minúsculas, su vida, zarandeada por la decepción y la irresolución. Por eso, su adicción a la droga es su forma de ‘narcotizarla’. El primer plano de la película es el de su perfil; como señala el título de la película, 'Half Nelson' (2006), de Ryan Fleck, es la mitad de Nelson, como si sólo estuviera presente en parte, ya que no ha podido realizar lo que deseaba. Considera que a veces la oposición de fuerzas crea un progreso, en otros lo refrena o revela la incapacidad del ser humano para superarse y sí, en cambio, incurrir una y otra vez en los desatinos y atrocidades. Su nuevo intento de sentirse en el mundo, realizando una acción de fuerza opositora que logre un cambio, aunque sea mínimo, es la relación de amistad con Drey, una de sus alumnas, cuyo hermano está en la cárcel por delito de tráfico de drogas. Drey mantiene una relación de amistad con aquel que suministra drogas a Nelson. La vida de Drey se convierte en el caballo de batalla de Nelson porque no quiere que la involucre en su negocio. Pero se dará cuenta de que Frank, a su manera, se preocupa de Drey; no es una figura ominosa, por mucho que represente lo que no quiere que acabe siendo Drey. Hasta una mente abierta como la suya puede caer en maximalismos en los juicios. Siempre hay que preguntarse cuál es la historia de cada uno y su circunstancia.
17. 'Superfumados'. En los recovecos de esta historia centrada en dos porretas, que se pasan colocados toda la película, envueltos en una trama de crímenes, policías y narcotraficantes, que mezcla comedia con thriller, se puede rastrear ese juego de espejos de relaciones de pareja o amistad regidas por la inmadurez, de obras pretéritas de David Gordon Green. En 'Superfumados' (2008), recurre a la hipérbole. Acompasa el ritmo narrativo al estado 'colocado' de los personajes, sin recurrir a los ya convencionales recursos de psicodélicas secuencias para plasmar los estados dopados. El ritmo dislocado refleja esa circunstancia descentrada de los dos protagonistas, atrapados en una trama que les supera desde el momento en el que Dale (Seth Rogen) es testigo de un asesinato en el que están compinchados una policía y un narcotraficante, e involucra a Saul (James Franco), su habitual suministrador de droga. Hasta ese momento ambos estaban ante todo 'conectados' a la marihuana, pero 'desconectados', de algún modo, del mundo alrededor, ensimismados en el propio. O quizás 'descolocados' aunque ellos mismos no lo supieran. Un 'descoloque' en el que estaban atrapados, Saul en su torre de marfil ajena al mundo y hasta fuera de tiempo (como refleja esa estética hippy que viste) y Dale con su relación con su trabajo de esbirro social presentando notificaciones de embargo a morosos. La narración opta por la dinámica del disparate sin perder de vista el dibujo de unos personajes inmaduros enfrentados a un despropósito que, de algún modo, les enfrenta a su propio despropósito
18. 'Efectos secundarios'. La variación radical de la segunda parte de 'Efectos secundarios' (2013), con respecto a la primera parte tiene su mordaz por qué. Más bien es como si presenciáramos el proceso de corrupción de un cuerpo. O cómo se revela que está corrupto (el cuerpo de nuestra sociedad). En la primera parte, parece el relato sobre esa depresión profunda que te hace sentir ‘fuera de la realidad’, y que incluso te empuja a infligirte daño. La narrativa adquiere esa fluidez de trance, ’ambient’, con un refinado uso del diseño sonoro que Soderbergh orquestó en alguno de sus más destacados logros, como ‘Traffic’. La depresión se convierte en un molesto efecto secundario, un chirrido en el sistema, el indicador de un desajuste, de un cortocircuito. Y como avería, debe medicarse para erradicarse. Pero después se desentrañará el engaño. Todo es simulación, conveniente, además. La industria farmacéutica y la psiquiatría, cuya dedicación se supone que es la cura de nuestras lesiones físicas y emocionales, se revelan también territorio de funcionarios y depredadores, que atiborran con medicamentos por comodidad o para sacar dinero, especulando del modo más avieso con los mismos. Si tu salud se deteriora, siempre habrá alguna pastilla que recetarte. Si tu integridad se deteriora, no te preocupes, el contagio ha culminado y ya eres parte de la institución. Bienvenido al sistema. Pero no dejes que desvelen tu máscara ni que descubran tu truco.
19. 'Dallas buyers club'. Ron (Matthew McConaughey), en 'Dallas buyers club' (2013), de Jean Marc Vallée, no es un traficante de drogas, sino suministrador de una medicina alternativa, la que no estaba aprobada ni legalizada en la década de los 80 en Estados Unidos, y que podía resultar más beneficiosa para los que habían contraído el sida, aquellos a los que Ron califica como 'El club de compradores de Dallas' (The Dallas buyers club), que la que se les suministraba en los hospitales, una medicina legal, pero que resultaba incluso perjudicial. Ron hará uso de sus recursos, esos relacionados con la picaresca que ya le habían metido en algún lío por causa de sus triquiñuelas con las apuestas, y se enfrentará a un sistema que le estigmatiza como traficante cuando él realiza un servicio que no ofrecen desde la legalidad (aunque también saque su dinero, pero hay algo de robinhoodiano en su actitud), Ron decide actuar saliéndose por la tangente, aunque eso implique que tenga que entrar en colisión con los que sí cumplen su función en el sistema, en concreto con los que controlan el código de circulación de lo que es legal y no lo es, lo que se puede hacer o no, los que, por cumplir, lo que se les manda o lo que dicta la ley, permiten que puedan morirse los que no disponen de los medios necesarios, ni siquiera de información Ron agujerea el sistema.
20.'Sicario'. La rectitud no tiene mucha cabida en la tierra de lobos. Más bien, la realidad es un coladero en la que todo se mezcla, en la que todo se escurre, porque cualquier medio vale para conseguir un propósito en la lucha contra el narcotráfico. En 'Sicario', la narración adopta, en principio, el punto de vista de quien entra en un universo que no logra entender. La agente del FBI Kate (Emily Blunt) es integrada en una misión que no tiene clara, como tampoco su función en la misma, ni incluso a quienes representan, qué agencias, o qué gobiernos, algunos agentes con los que trabaja. Todo resulta difuso, y no dejará de serlo aunque se despejen algunas interrogantes, sobre todo cuando cobre más relevancia la perspectiva del enigmático colaborador colombiano Alejandro (Benicio Del Toro). Porque ya no es que las alianzas entre los representantes de la ley e integrantes de las mafias de la droga desvele una corrupción que difumina fronteras, sino que revela un paisaje de muerte, esa tierra de lobos, en la que simplemente unos muerden con más ganas, y más rápido, que otros, para sobrevivir y dominar el terreno, o simplemente vengarse. Somos prisioneros de los incendios de nuestros instintos. El personaje de Benicio del Toro puede establecer un revelador contraste con el que encarnó en 'Traffic' para evidenciar la nihilista visión de 'Sicario', apuntalada en una clausura que retoma una disputa deportiva entre niños, pero aquí un sonido de metralletas en la distancia apostilla esa radical diferencia de perspectiva.