
Top Gun (1986), de Tony Scott,
como su continuación, Top Gun: Maverick (2022), de Joseph Kosinski, son más interesantes como fenómenos que como películas
en sí. La obra de Scott, o la producción de Jerry Bruckheimer y
John Simpson, fue un gran éxito que caló en el imaginario
colectivo, y se convirtió en película fetiche, compuesta por
pedazos de fetiches: fotogenia actoral, vestuario, erótica
anatómica conjugada con la erótica de la mecánica, enmarcada en la
fotogenia de unas imágenes asépticamente coloridas (con el naranja
solar como emblema) de cariz publicitario, como si los planos o las
secuencias fueran una sucesión de spots ( y las interpretaciones, en
particular de los jóvenes, una pasarela de poses).
Bruckheimer-Simpson, Cruise y Scott, dado el impacto y el éxito,
repitieron la jugada en Días de trueno (1990), en donde
simplemente sustituyeron aviones por coches de carreras ( y los
rostros secundarios que acompañaban a Cruise): la velocidad, el
dominio (y superación de los límites) se convertían de nuevo en
fundamentales componentes: emblema de la virilidad más básica y
primitiva y de una actitud empresarial y económica, del capitalismo
corporativo, que basa su sistema en competitividad y eficiencia (y la
embriaguez del éxito: la ley del beneficio o la aspiración a
alcanzar la primera posición, la posición privilegiada en la
jerárquica pirámide social), que se afianzó en esa década. A
nivel particular, en términos cinematográficos, apuntaría que Scott
parecía competir consigo mismo para realizar el mayor despropósito
posible, y resulta difícil, en esa década, decidir cuál lo era más
entre las dos citadas, El ansia (1983), Superdetective en
Hollywood II (1987) o Revenge (1990). Aunque,
sorprendentemente, haya quien use la palabra obra maestra con
respecto a obras de Tony Scott, al menos sería capaz de realizar,
posteriormente, alguna película aceptable, caso de Enemigo
público (1998), El fuego de la venganza (2004) o Deja
vu (2005). Tampoco es de extrañar que gustara a Quentin
Tarantino, autor del guion de Amor a quemarropa (1993), otra
de sus efectistas obras supurantes de planos con teleobjetivos y
fragmentación de planos (o añicos), epítome del montaje de
videoclip, o espasmódico montaje MTV, puesto en boga entre los
ochenta y los noventa. Como se puede deducir, la indigesta Top Gun
no caló en mi personal imaginario emocional, como sí en esa década
obras que, en cambio no calaron para nada en el imaginario colectivo,
como Voces distantes (1988), de Terence Davies y Sacrificio
(1986), de Andrei Tarkovski, En la ciudad blanca (1983) y
Una llama en mi corazón (1987), ambas de Alain Tanner, o
Terciopelo azul (1986), de David Lynch.

En Top Gun: Maverick, obra de
Kosinski, o producción de Bruckheimer y Cruise no faltan
planos fotogénicos, como algún que otro plano anaranjado (con
cuerpos con espléndidos abdominales), sigue primando la
fetichización de cuerpo máquina y de la máquina en sí o de su
conjugación (con avión, moto o un porche), o de imágenes icónicas,
como el mismo Cruise, su chaquetilla y su moto (es una obra de
repertorio), y abundancia de rostros y figuras fotogénicas (con
cincuentones, como Cruise o Jennifer Connelly, delgados o
fibrosos, con apariencia de veinteañeros con algunas arrugas; por lo
que ya no tendría cabida alguien como Kelly McGillis: más allá de
su retiro del cine, ha engordado considerablemente, y, como ella
reconoce, parece la edad que tiene; hubiera sido una interesante
interferencia en una película definida por su carácter prefabricado y
protésico). Aún así, Top Gun: Maverick resulta más
interesante y efectiva (aunque tampoco era muy difícil) que la obra
de Scott. Y, aunque no esté a su altura, coherente con el hecho de
que la mayor parte de las últimas producciones de Cruise se han
distinguido por su calidad, en especial las tres excelentes últimas
producciones de Misión imposible, pero también Jack
Reacher (2012), de Christopher McQuarrie, Al filo del mañana
(2014) y Barry Seal. El traficante (2017), ambas de Doug
Liman. La excepción sería La momia (2017), de Alex Kurtzman,
con diferencia la más floja. Top gun Maverick se podría
equiparar, en resultado, a la aceptable Jack Reacher: Nunca
vuelvas atrás (2016), de Edward Zwick, con incrustaciones
visuales reminiscentes de Top Gun, con respecto a la cual Top Gun: Maverick dispone de algo más de sustancia dramática, aun
liviana, con un cierto conflicto, la tirantez existente entre
Maverick (Tom Cruise) y Rooster (Miles Teller), el hijo de quien
fuera su mejor amigo, Goose (Anthony Andrews), no porque le
responsabilice de la muerte de su padre sino porque piensa que ha
interferido en su progresión como piloto. Así como resulta
interesante la caracterización de Maverick como alguien que ha
quedado en la periferia del sistema militar, sin aspiraciones de
ascensos, y más interesado en superar los límites de resistencia o
de superación de límites de los aviones. Como su Ethan Hunt, un
personaje entremedias, institucional y outsider en un mismo
cuerpo. Aunque sea requerido como instructor de unos jóvenes pilotos
que deberán realizar una peligrosa misión, un bombardeo en una
localización muy vigilada, de muy difícil acceso en territorio
escarpado y sinuoso, que recuerda al que debían realizar en
Escuadrón 633 (1964),
de Walter Grauman, Maverick representa la actitud opuesta a quien
encarna al mismo sistema, el hombre de mente cuadriculada que no
tiende a los riesgos, sino a la cautela, el vice almirante Simpson
(Jon Hamm). Maverick consigue el puesto gracias, meramente, al apoyo
de quien fuera en principio rival, en Top Gun, pero que se
afianzaría como amigo, Iceman (Val Kilmer), quien sí ocupa un alto
cargo militar y que, por añadidura, representa el deterioro del
cuerpo y de la edad, por su enfermedad. Maverick, como ejemplifica el
mismo Cruise, es el cuerpo que se resiste a sufrir el deterioro y
quiere mantener la ilusión de juventud o potencia y pericia
sobresaliente. Por eso, en sus últimas obras él mismo protagoniza
situaciones extremas o peligrosas, en vez de recurrir al especialista
correspondiente.

Esa compulsión por traspasar límites
conecta con la condición de fenómeno de Top Gun: Maverick,
más allá de su condición de fetiche nostálgico: La experiencia
para el espectador, relacionada con la atracción de feria, de
sentirse parte de la (extrema) experiencia sensorial, como el hecho
de pilotar un avión de combate, y además en el territorio más
adverso, como un estrecho desfiladero en el que hay que zigzaguear a
la más alta velocidad, ya que se dispone de un tiempo limitado para
cumplimentar un pasaje; es otro nivel perceptivo con respecto a los
niveles de un video juego, con el que recuperar aquella primera
sensación asombrada de los primeros espectadores de La llegada
del tren a la ciudad (1895), de los Hermanos Lumiere, que
sintieron, o temieron, que el tren de la pantalla pudiera
atravesarla y arrollarles: responde a la necesidad básica de
sentirse parte de la película (aún hay espectadores que sienten que
lo que ocurre en la pantalla ocurre de verdad, como que los actores
son los personajes). A ese respecto, las secuencias de vuelo son
brillantes, narradas con un vibrante dinamismo, como la película en
su generalidad, en particular las dos que se realizan en las
secuencias finales (que ocupan la media hora final), aunque, eso sí,
no haya rubor en recurrir, y por dos veces, a una convención como el
salvamento en el último segundo. Esta no es una obra inmersiva, en
su vertiente más compleja, o transfiguradora de nuestra percepción
sensorial, que implica transfiguración de la concepción de la
realidad, como puede ser el cine de Apichatpong Weerasethakul o David
Lynch, o Ghost story, de David Lowery, Origen, de
Christopher Nolan o 2046, de Wong Kar Wai. Es un sentido de la
vivencia sensorial más básico, como Top Gun: Maverick es una
obra de convenciones o formulas, una obra más de confección, de la
que se puede halagar su factura, como una aplicación que ha sido
ejecutada no solo correcta sino brillantemente. Y eso ya será
suficiente para suscitar entusiasmos, como los ha generado en
representantes de los medios que ya la han visto. Particularmente, a
diferencia de la primera, sí me resultó amena, pero también una
producción que se olvida rápidamente. Es obra de superficies, pura
fotogenia, una sucesión de clichés al menos gestionados con
eficacia narrativa. Una película no más que correcta, o discreta,
como también las previas obras de Kosinski, Tron: legacy
(2010), Oblivion (2013) o Héroes del infierno (2017).
Si este es el epítome, por las muestras de entusiasmo, de lo que se
aspira a experimentar en una sala de cine habrá que convenir en que
las aspiraciones parecen muy limitadas. Y por ende, más allá de su
disfrute recreativo, lo que esta película sustancialmente expresa,
la sublimación de una ficción como modelo o inspiración icónica,
lo condensó Walter Tevis, muy acertadamente, en Sinsonte,
publicada en 1980 (la
década en que se gestaría Top
gun): Y allá iba él, por la carretera, a más de
cien kilómetros por hora, aislado del exterior, aislado todo lo
posible incluso de los sonidos que su propio vehículo emitía al
recorrer la carretera despejada. El individualista americano, el
espíritu libre. El hombre de la frontera. Con un rostro humano
indistinguible del de un robot imbécil.

Imagen fotogénica, imagen reflexiva,
pose y sombra, la erótica de la máquina y la anatomía de
ficciones. Resulta también interesante contrastar Top gun
Maverick con El arma del engaño (Operation Mincemeat,
2021), de John Madden, cineasta británico sobre el que, a diferencia
de Tony Scott, sería extraño escuchar a alguien decir que su
filmografía dispone de obras maestras, aunque disponga de algunas
estimables como La deuda (2013) o Miss Sloane (2017).
También acontece en ambiente militar, en este caso en periodo de
guerra, en Inglaterra, cuando el servicio de contraespionaje
británico, Twenty Comittee, urdió la operación Carne picada
(Operación Mincemeat), la hábil estrategia capciosa (que hubiera
quedado expuesta si se hubiera utilizado el primer nombre: Operación
Caballo de Troya) que hiciera pensar a los alemanes que el desembarco
de tropas estadounidenses, en junio de 1943, se iba a realizar en
Grecia y no en Sicilia, y que fue decisiva, por su éxito, para el
posterior desarrollo de la guerra. La escenificación ficticia
dispone como protagonista de un cadáver arrojado en las aguas de la
costa de Cádiz, como si fuera un correo militar que ha sufrido un
ahogamiento, el cual porta unos falsos documentos con los que se
intenta hacer pensar a los alemanes que se pretende realizar la
invasión en Grecia, y con el añadido de falsas cartas de amor para
dotarle de unos rasgos de personalidad, de una historia personal, que
propicien que resulte convincente como persona real en vez de
personaje ficticio con cuerpo de indigente. El arma del engaño
es una obra también construida con los moldes del relato ortodoxo,
como Top Gun: Maverick, aunque quizá con una apariencia que a
un público joven no resulte igual de atractiva (Ben Miller, en The
Film experience, la equipara a la película tipo que le gustaría a
su abuelo), de la misma manera que los actores que protagonizan la
historia sentimental, también talluditos, entre los cuarenta y
cincuenta, aun atractivos como son Colin Firth y Kelly McDonald, no
remarcan su condición de jóvenes (aun con arrugas), como en Top
Gun: Maverick. El mismo diseño visual también diferencia ambas
producciones. El arma del engaño es una obra de (hermoso)
cariz pictórico, con un elaborado trabajo cromático y lumínico, en
consonancia con la circunstancia dramática. El diseño visual de Top
Gun Maverick, aunque afortunadamente mitigado con respecto a la
obra de Scott, sigue siendo fundamentalmente fotogénico. Lo
importante es la imagen en sí, como la fotogenia de los actores.
Remite a sí misma, como la imagen publicitaria. Es irrelevante,
dramáticamente, el trabajo cromático o lumínico, y en algunas
secuencias parecen meramente postales con figuras fotogénicas,
aunque no sea tan estentóreamente patente como en Top Gun (que
parecía enteramente una postal de un crepúsculo solar, incluidos
los mismos actores). Aún así, sigue siendo un diseño visual más
bien aséptico.

Aunque tanto El arma del engaño
como Top Gun: Maverick compartan una convención, la figura del
militar que se opone a los protagonistas y que se caracteriza por
siempre portar un semblante de expresión grave y severa (que hace
pensar que una sonrisa le podría crear alguna grave lesión
muscular), en un caso Simpson y, en El arma del engaño,
Godfrey (Jason Isaacs), ambas se diferencian por la penetración o
densidad su enfoque dramático. En Top gun Maverick no se
buscan demasiado las aristas en los conflictos, o estos no adquieren
particular entidad, sin traspasar la condición de convenciones
conductoras y funcionales (en un marco fotogénico con figuras
fotogénicas), por lo que parecen más un componente adicional del
espectáculo de los vuelos. Todo resulta muy liviano. En cambio, en El
arma del engaño, más allá de que ya esté presente en la
novela que se adapta, escrita por Ben McIntyre, destaca la delicadeza
y sutileza con que está planteada, y articulada expresivamente, la
atracción que se gesta entre Montagu (Colin Firth), uno de los dos
creadores de la artimaña para engañar a los alemanes, y Jean Leslie
(Kelly McDonald), una de cuyas fotos se usa como imagen de la novia
del cadáver. En su relación se enmaraña la ficción que urden con
la emoción que surge real, aunque en ambos también sea influyente
el matrimonio infeliz de uno y la condición de viuda de la otra,
esto es, la falta o carencia, el hueco en la vida, como una
sombra. Esa espesura de emociones diversas (en qué medida pueden ser
generadas por sugestión o proyección o se fundamentan en la
conexión), encuentra su correspondencia en el citado elaborado
diseño visual (que evoca las pinturas de Rembrandt o Caravaggio). La imagen refleja el conflicto emocional, y es, a la
vez, un comentario sobre su naturaleza (dinámica o maraña). Los sentimientos pueden ser
una espesura de sombras, y contraluces. Además, para enmarañar más la
circunstancia, añádase la interferencia del otro urdidor de la
artimaña, Cholmondeley (Matthew McFayden), enamorado de Leslie, y
requerido por Godfrey para espiar a Montague, debido a que hay
sospechas de que el hermano de Montague, Ivor (Mark Gatiss), pueda
ser un espía ruso (de nuevo, en qué medida condiciona el primer
aspecto al segundo). Si en Top Gun: Maverick destacan las
secuencias de vuelo sobre las interpersonales, en El arte del
engaño la compleja relevancia de los conflictos personales no
afecta a la atención de la trama, o la incertidumbre sobre si
funcionará la urdimbre, es decir, si los documentos llegarán a
quien tienen que llegar. Las diferentes tensiones se conjugan
armónicamente. Trazos ortodoxos en la construcción del relato en
ambas producciones, pero en un caso prevalece la convención y la
fotogenia, aunque como brillante aplicación, y en la otra la
sutileza y la emoción compleja y reflexiva: a la par que se relata
cómo se gesta y se urde, y cómo se materializa, expuesta a los
imprevistos, una ficción, la narración interroga sobre cómo las
secuencias emocionales pueden gestarse en el difuso territorio
que conjuga, y confunde, lo auténtico con lo ficticio.