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Mostrando entradas con la etiqueta Chris Marker. Mostrar todas las entradas
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lunes, 5 de octubre de 2015

Presentación jueves 8 Fantasmas y reflejos del cine del siglo XXI

Este jueves 8 a las 8 se presentará mi libro 'Fantasmas y reflejos del cine del siglo XXI', acompañado de Israel Paredes y Carlos Tejeda. Lugar: Madrid On Estudios (Paseo Reina Cristina, 22B) Metro Atocha Renfe o Menendez Pelayo.
“El hombre se había lanzado al descubrimiento de otros mundos y otras civilizaciones, sin haber explorado íntegramente sus propios abismos, ese laberinto de oscuros pasadizos y cámaras secretas, sin haber penetrado en el misterio de las mismas puertas que él ha condenado”. (Solaris, Stanislaw Lem). 'A veces los reflejos tienen más presencia que el objeto que se refleja', se dice en Los límites del control (2008), de Jim Jarmusch.

domingo, 27 de abril de 2014

Recuerdos del porvenir

En la Exposición internacional del surrealismo, de 1938 se dio la apoteosis del movimiento. La paradoja fue que destacara Dali, con su escenificación Taxi lluvioso, quien ya había sido juzgado cuatro años y condenado a la expulsión, que se concretaría en 1939, cuando comenzaba la segunda guerra mundial. Disensión, fisuras, una alteración en un movimiento que aspiraba a la alteración de las certezas. El surrealismo implicaba cuando menos la libertad de lo posible ( o quizás a la inversa). Al surrealismo se le asoció con lo que no era razón, la siembra de la extravagancia, de la ocurrencia que quiebra marcos y diques, aunque no tenga finalidad ni sentido, como si lo real sólo sea derroche. Un movimiento que convulsionó el arte y la realidad, o su forma de percibirla y representar. Un movimiento artístico, una mirada, que brotó entre dos guerras, el paraíso de la sinrazón, la demolición de lo real, de los cuerpos, su fulminación, su exterminio. Los surrealistas se convirtieron en máscaras, en representación, en icono, en personajes de una función. Anticipación de lo que se ha convertido la realidad, la sociedad, el mundo, simulacros y mascaradas, la cosificación en personajes, una forma de anular las miradas que alteran, las miradas que intenta desnudar lo real y la demolición de lo real: las miradas que sostienen la mirada de quien retratan, de la realidad que retratan, la realidad que desnudan, denuncian. Es la mirada que salta en paracaídas, la mirada que reconoce los cuerpos, la mirada que alumbra como un verano en su zenit, la mirada que es como las hélices de una avión que explora las inmensidades y recovecos de la realidad, la mirada que revienta los límites, como la de Denise Bellon (1902-1999). Sus fotografías componen el relato visual de una narración que es recorrido a través de la historia del siglo XX en el prodigioso cortometraje (de 41 minutos) 'Recuerdos del porvenir' (Le souvenir d'un avenir, 2001), de Chris Marker y Yannick Bellon, una de las hijas de la fotógrafa.
Historia e historias, narración individual y colectiva, narración de una mirada que sacudía las ramas de las narraciones que intentaban instituirse como realidad en la mirada colonialista, una de las miradas que surgió en aquella década de los 30, fotógrafos que se unieron en la agencia Alliance-Photo. Denise fue quien retrató aquella exposición surrealista de 1938. Dos miradas se cruzaron entonces. Dos miradas que se enfrentaban a la realidad, cuestionamiento, revelación. Miradas que desnudaban, aunque cada una parecía hacerlo de un modo distinto. No sabían de límites. Denise fue una fotógrafa viajera que recorría el mundo, que retrató los más diversos rincones y los más diversos rostros. Sostuvo la mirada de la realidad. Retrató los rostros deformes, rostros rotos, de los afectados por la primera guerra mundial, retrató culturas africanas en un momento en el nazismo se propagaba exponiendo su desprecio a otras etnias. Retrató lo que los libros, o las memorias, ocultan, como el levantamiento de los republicanos españoles a través del Valle de Arán en 1934. Sostuvo la mirada frente al colonialismo. Era la mirada que preservaba la realidad, que pugnaba porque la realidad no desapareciera tras las máscaras, como la lucha por la preservación de las películas por parte de Raoul Langlois, quien, en un principio, tenía su bañera rebosante de latas de las películas que quería salvar, de lo que dejó constancia una fotografía de Denise.
Su mirada no sabía de máscaras, sino de rostros, tuvieran la lepra o fuera el de un pintor, un actor o un escritor, Marcel Duchamp, Serge Reggiani o Jean Giono. Marker considera que la mirada, el arte, de Duchamp, fue la más radical transformación de la forma de mirar la realidad en el siglo XX. La cámara explora, perfora, las dos fotografías de Denise Bellon, en las que parecía desnudarse esa mirada. A veces, la misma ausencia de una mirada era elocuente fisura: Un animal con una máscara antigas, un reflejo distorsionado, una imagen mordaz, que muerde, que congela la misma sonrisa. Su mirada descubría. Podía ser surreal, y podía ser el filo del despojamiento. Recuerda las cosas que vienen. En el pasado ya está el futuro. Un cuerpo tumbado junto a la orilla del río recuerda la venidera imagen de un cuerpo yacente mientras un stuka alemán bombardea suelo francés. En el pasado se descifra el futuro, como en una imagen con la torre Eiffel en primer plano, al fondo los símbolos, en sendos edificios, de la Alemania Nazi y la Unión soviética, la esvástica y la hoz y el martillo, países aliados luego enemigos. Disensiones, fisuras. La realidad y sus vasos comunicantes. La mirada que los advierte. La mirada que los descifra. Aunque hay advertencias que el mundo no asimila. Por eso, son singulares, concretas, las miradas que recuerdan el porvenir, que logran aprender, y se transforman. Se creyó que podía ser la del género humano, pero aunque vea rostros rotos, las huellas de un horror, proseguirá minando la realidad. Y silenciándola con las máscaras. Expulsando lo que no encaja. Denise deja su legado de disensión que es fisura, y Marker, y su hija, recogen, recuerdan, su mirada para reflexionar a través de su siembra sobre la historia de un siglo, para intentar, una vez más, que no prime la máscara del olvido. La memoria se teje con rostros rotos.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Chris Marker y Alain Resnais, cineastas de la transfiguración. Un adiós siempre es un recuerdo

Photobucket Chris Marker, fallecido anteayer, con Alain Resnais. Dos poetas del cine transfigurador. O las interrogantes son espirales juguetonas que se enroscan en la mirada y mente del espectador. Anoche soñé que volvía a Orly ¿O era Marienbad?.

jueves, 25 de noviembre de 2010

La jetée

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‎'La jetée' (1962), de Chris Marker es la conquista del tiempo, aunque su narración sea a través de imágenes fijas. En el confuso y atropellado tráfico de instantes, que se solapan,y se hacen indiscernibles, como pasado y futuro se entremezclan en un presente que funciona con el automático puesto como si cerráramos los ojos aunque pensemos que aún continúan abiertos, la captación del instante, como la mirada que se fija, es la reflexión que busca encajar las piezas de ese tráfico de tránsitos de tiempo que se escurren en las manos, la ilusión de que se discierne y de que se habita, y la ilusión de la conexión amorosa es ese sueño de conjugar la eternidad con el instante, aunque inevitablemente sea fugaz. El protagonista es un hombre que quedó marcado por una imagen que le dejó huella en su niñez, la muerte de un hombre en un espacio de tránsito, un aeropuerto; la muerte, la detención, en el tráfico de momentos. Ahora, en un mundo postapocalíptico, tras una tercera guerra mundial que ha devastado París, el que haya quedado marcado por un recuerdo específico le hace idóneo para unos experimentos en el que utilizan a prisioneros de guerra para realiza viajes en el tiempo, porque es el tiempo la clave para poder conseguir energía o alimento.
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En esa inmersión en un pasado en el que se conjugan memoria e imaginación, el encuentro amoroso con una mujer presente en aquel recuerdo del aeropuerto posibilitará unos instantes compartidos en los que la sensación de habitar la duración del momento es plena. Por contra, esas imágenes de pasado o del futuro retratan rostros cuya mitad del rostro está en sombras, las sombras que siempre habitan la vivencia efímera, y el recuerdo de lo vivido. Pero aunque todo instante muera, aunque el destino final sea esa detención irrevocable, aunque pueda existir la promesa de otro futuro en el que la amenaza de conflictos no exista, siempre será mejor optar por habitar lo provisional, en su incertidumbre de tráfico, porque se pueden vivir y habitar esos destellos de luz que son ilusión de eternidad, de sentirse presente, ante ese otro rostro luminoso en el que uno se ve reconocido y con el que uno se siente conciliado con el presente como agua que fluye.

Es bien conocido que esta 'fotonovela', como la calificaba el propio Chris Marker,'Le Jetée (1962), inspiró 'Doce monos' de Terry Gilliam. Mientras ésta se extraviaba en ese regusto por los encuadres rebuscados con sobredosis de grandes angulares y cierto efectismo histérico que suele emborronar los atractivos y sugerentes planteamientos de las obras de Gilliam, Marker realiza un cautivador prodigio con la contención de una sucesión de planos fijos, que respiran, paradójicamente, con el aliento del tiempo captado. Extraordinaria además la música de Trevor Duncan.