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lunes, 1 de noviembre de 2021

Días impacientes

                             

En El amor llamó dos veces (The more the merrier, 1943), de George Stevens, debido al incremento de la población en Washington y a las dificultades de conseguir alojamiento, una mujer, Constance (Jean Arthur), se encuentra en la circunstancia  de compartir su piso con dos hombres, Benjamin (Charles Coburn) y Joe (Joel McCrea), tras que el primero, que tiene que esperar dos días a que esté disponible la suite del hotel, alquile la mitad de su habitación al segundo porque este necesita un provisional alojamiento hasta que embarque hacia África. Apreturas y dificultades de convivencias en tiempos de guerra en una notable comedia, y una de las más logradas obras de Stevens. Al año siguiente, en otra producción de la Columbia, de nuevo con Jean Arthur y Charles Coburn, Días impacientes (The impacient years, 1944), Andy (Lee Bowman), tras año y medio de ausencia, retorna del campo de batalla, disfruta de su primer permiso y se reencuentra con la mujer con la que se casó, Janie (Jean Arthur), a la que había conocido cuatro días antes de casarse. Conoce por fin a su hijo pero también se encuentra con que comparte la casa no solo con su padre, William (Charles Coburn), sino también con un hombre joven, Henry (Phil Brown). ¿Es otro campo de batalla? La torpeza y el desconcierto determinan que ese reencuentro más bien derive en una colisión cuya única solución, según consideran ambos, es el divorcio. De hecho, la narración comienza en los tribunales donde se dirime la petición de divorcio; la narración es la declaración de William, o la aclaración de qué circunstancias y sucesos determinaron una situación que podría haber evolucionado de otra manera si no hubieran sido tan impacientes y no se hubieran dejado llevar por conclusiones apresuradas. De entrada, porque eran dos personas que, tras tanto tiempo sin verse, se desenvolvían torpes como si fueran casi extraños, y en segundo lugar, porque la figura de ese otro hombre suscita unas dudas en Andy que no sabe cómo compartir con Janie. Infiere lo que no es (dado qué bien se desenvuelve Henry en sus tareas paternales). Y como Janie no sabe lo que él siente interpreta su decisión de no dormir en la misma cama que ella, sino en el suelo, como evidencia de que no se siente ya atraído por ella. Los equívocos y malentendidos determinan la reacción airada de ambos.

La decisión del juez (Edgar Buchanan) determina una singular redirección argumental. Ambos deben recrear los cuatro días durante los que se gestó y consolidó su amor, visitando, paso a paso, los mismos lugares, por si de esa manera recobran esa conexión que creen haber perdido, como si hubiera sido una pasajera enajenación. Los espacios son los mismos, pero ellos no, son como actores que torpe y desganadamente recrean lo que se dijeron e hicieron, sea en el bar donde se conocieron o en la oficina de registros o en lugar junto al mar donde se besaron.  Y por otra parte, se encuentran con las interferencias de quienes interpretan su circunstancia de otro modo, como el conserje (Grant Mtchell) y el botones (Charles Grapewin) del hotel donde se alojan, quienes piensan que él puede ser una amenaza (como si encarnaran el sentimiento agraviado de ella). Los intentos de comunicación de Andy se interpretan como molestia y acaba recluido en su habitación cual prisionero (como prisioneros de los malentendidos se encuentran ambos). Incluso, el mismo padre de Janie, y Henry, creerán que el intenta matarla cuando le sorprenden poniendo una almohada sobre su cara (sin saber que lo hace para quitarle su ataque de hipo). Pero los equívocos lograrán desenmarañarse y conseguirán verse, discernirse, de nuevo ya desprovistos de miedos, recelos e inseguridades, con el espacio (mental) despejado adecuadamente para que las emociones se desplieguen sin cortapisas e interferencias (propias y ajenas) y posibilite la reconexión sentimental.

El sugerente guion es obra de Virgina Van Upp, quien había escrito varios guiones desde mediados de los treinta, entre ellos el de la notable You and me (1938), de Fritz Lang, y que ese mismo año, por su exitosa participación en el guion de Las modelos (1944), de Charles Vidor, había apuntalado de modo más firme su posición de poder en la industria, incluso como productora o supervisora de proyectos, en la Columbia (en aquel entonces solo otras dos mujeres detentaban ese cargo, Joan Harrison, colaboradora de Alfred Hitchcock, y Harriet Parsons, hija de la columnista Louella Parsons). Fue determinante su buena conexión con Rita Hayworth,  para la que supervisaría Gilda (1946), de Charles Vidor y La dama de Trinidad (1953), de Vincent Sherman, así como el remontaje de La dama de Shangai (1948), de Orson Welles.  El director de Días impacientes era Irving Cummings, uno de esos directores a los que no se ha prestado atención alguna, considerado mero impersonal artesano, y con el infortunio de ni siquiera haber dirigido una película popular, o que haya calado de un modo u otro en el imaginario colectivo. La misma Días impacientes, que fue un éxito en su momento, está protagonizada por un actor tan escasamente conocido como él, Lee Bowman, que centraría a partir de 1950 su trabajo en televisión, en donde su rol más destacado sería como protagonista de Ellery Queen (1950-55); quizá su rol más significativo fue su condición de pionero en la labor de asesoría de interpretación o dominio escénico para políticos (fue contratado en 1969, durante la administración como presidente de Richard Nixon, para asistir en tal materia a los más jóvenes representantes republicanos). Por su parte, Jean Arthur quizá fuera la actriz que mejor representa al periodo dorado de la comedia estadounidense, entre mediados de los treinta y mediados de los cuarenta, pero nunca fue considerada una estrella, ni ha generado atracciones fetichistas remarcables, pese a ser una actriz admirada por sus memorables interpretaciones en obras del calibre de Una chica afortunada (1937), de Mitchell Leisen, Cena a medianoche (1937), de Frank Borzage, Vive como quieres (1938) y Caballero sin espada (1939), ambas de Frank Capra, Solo los ángeles tienen alas (1939), de Howard Hawks o El asunto del día (1942), de George Stevens. Con Días impacientes concluiría su contrato con Columbia. Se dice que salió gritando, ¡Soy libre!. Posteriormente, solo interpretaría dos películas más, Berlín Occidental (1948), de Billy Wilder, y Raíces profundas (1952), de nuevo con George Stevens. Con respecto a Cummings, entre sus ochenta y dos películas, dirigió sobre todo comedias y musicales, en particular durante la última década de su carrera, que concluiría en 1951, con Don dólar, con Groucho Marx, aunque también algún western, como Belle starr (1941). Colaboró de modo recurrente con Warner Baxter, Shirley Temple o Betty Grable. Quizá su obra más conocida sea su biografía sobre Alexander Graham Bell, El gran milagro (1939), lo cual da la medida del escaso interés que ha suscitado su cine, o lo poco que ha calado en la memoria cinéfila. De todos modos, quién sabe, entre tantas obras que dirigió, en general desconocidas, quizá haya algunas obras tan estimables como esta sugerente comedia.

sábado, 26 de enero de 2013

George Macready, la cicatriz del gesto altivo


Los rasgos de George Macready parecían marcarle para interpretar personajes altivos, como si su gesto escondiera la escurridiza condición de un reptil, a lo que ayudaba esa cicatriz en su mejilla derecha, debida a un accidente automovilístico en sus tiempos universitarios. Nicholas Ray, en Llamad a cualquier puerta (1949), extrajo partido dramático de esa cicatriz: explicaba el por qué la obstinación del avieso fiscal del distrito para inculpar al joven y bello John Derek: su envidia. Sus personajes más célebres son de esa condición, el marido de Rita Hayworth en Gilda (1946), de Charles Vidor o el general Mirabeau de Senderos de gloria (1956), de Stanley Kubrick. Menos siniestro era el emperador Maximiliano que interpretó en Veracruz (1954), protagonizando aquella divertida secuencia en la que practica el tiro al blanco, o sobre todo ese abogado obstinado en demostrar la inconsistencia de las pruebas circunstanciales en la excelente opera prima de John Sturges, The man who dares (1946). Macready debutó en Broadway en 1926 desarrollando una notoria actividad teatral en la década siguiente, sobre todo con obras de Shakespeare), pero no lo haría en las pantallas hasta 1942, con el personaje del profesor en la notable Ataque al amanecer (1942). Gran amante del arte, además de experto, durante estos años, mientras su carrera se afianzaba, montó una galería de arte con su amigo Vincent Price. Participó en películas como Ny name is Julia Ross (1946) y A lady without passport (1950), ambas de Joseph H Lewis, Corazón de león (1948) y Nevada (1950), de Gordon Douglas, El reloj asesino (1948), de Farrow, Rommel, el zorro del desierto (1951), de Henry Hathaway, Brigada 21, (1951), de William Wyler, El guantelete verde (1952), de Rudolph Mate, El tesoro del condor de oro (1953), de Delmer Daves, Julio Cesar (1953), de Joseph L Mankiewicz, El forastero iba armado (1953), de Andre De Toth o Un beso antes de morir (1956), de Gerd Oswald. A mediados de los 50 comenzó a participar con frecuencia en producciones televisivas, sobre todo westerns. En los 60 intervendría en Dos semanas en otra ciudad (1962), de Vincente Minelli, Su propia víctima (1963), de Paul Henreid o Siete días de mayo (1964), de John Frankenheimer, como el Secretario de Estado.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Plácidas pausas de rodaje: Frank Sinatra, David Wayne y perrito (con gafas)

Photobucket Frank Sinatra, David Wayne y perrito, trio musical durante una pausa de rodaje de 'El solterón y la menor' (The tender trap,1955), de Charles Vidor.

viernes, 6 de abril de 2012

El tour de Glenn Ford y Rita Hayworth

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Glenn Ford y Rita Hayworth realizan un tour ciclista durante una pausa de rodaje de 'La dama en cuestión' (Tha lady in question, 1940), de Charles Vidor.

domingo, 4 de diciembre de 2011

En rodaje: Rita Hayworth y Rudolph Mate. Gilda y la censura en España

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Rita Hayworth, con el director de fotografía, Rudoph Mate, durante el rodaje de la mitificada secuencia de 'Gilda' (1946); de Charles Vidor, en la que Rita Hayworth canta 'Put the blame on mame'. En el libro ' La censura cinematográfica en España', de Alberto Gil (Ediciones B, 2009), se recogen extractos de indignadas manifestaciones contra la impía sensualidad de la película, como un grupo de jóvenes universitarios cátolicos: 'La primera actriz Rita Hayworth constituye, en nuestro sentir, es la más descarnada muestra de inmoralidad proyectada desde el 1 de abril de 1939 en las pantallas españolas. La sensualidad, los movimientos, los trajes, las frases, las escenas, las incitaciones, en suma, a los más bajos instintos humanos suponen en sí un rotundo pecado de escándalo y un ataque clarísimo contra las más elementales normas cristianas, entre las que el 6º Mandamiento de la Ley de Dios también condena los pecados de deseo y el 9º prohíbe, específicamente, anhelar la mujer del prójimo. Gilda, prostituta internacional de la más refinada especie, ve, al fin de su actuación, premiada su vida anterior con el cariño del hombre amado. Esto y mucho más imposible de resumir en unas líneas, no puede ser tolerado por la moralidad católica'.
Más allá de estos delirios, la película ha adquirido unas resonancias desmedidas con respecto a sus reales valores (un discreto thriller de eficaz atmósfera turbia pero de narrativa un tanto envarada, entre lo solemne y lo afectado), o cómo unas circunstancias sobredimensionan una obra. Eso sí, vale la pena recuperar una de las mejores producciones españolas, 'Madregilda' (1991), de Francisco Regueiro, que hacía fructífero uso de esa (desquiciada) simbólica dimensión en nuestra cultura.

sábado, 30 de julio de 2011

Grace Kelly. El cisne, 1956.

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Grace Kelly, fotografiada por Peter Stackpole, durante el rodaje de 'El cisne' (1956), de Charles Vidor. Imagen que sería portada de la revista LIFE el 9 abril de ese mismo año.

viernes, 20 de mayo de 2011

Glenn Ford y las partidas de cartas

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Glenn Ford enfrentado a duelo de partida de cartas con Rita Hayworth y Janis Carter, durante unas pausas de rodaje, respectivamente, de 'Gilda' (1946), de Charles Vidor y 'Paula' (1947), de Richard Wallace.

viernes, 21 de mayo de 2010

Rita Hayworth o Gilda

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Hay imágenes que valen por toda una película, como esta publicitaria de Rita Hayworth en 'Gilda' (1946), de Charles Vidor, una obra que ha adquirido el rango de mito, o la notoriedad ( como en nuestro país, por peripatéticas circunstancias de la lóbrega pazguatería de la Dictadura), pero en la que la fuerza del Icono, o de ciertas secuencias, quizás ha emborronado la percepción de una obra que no supera el listón de la discreción (eso sí, propició una serie de variantes, con la pareja Ford-Hayworth, mucho más endebles, caso de 'La dama de Trinidad' (1952), de Vincent Sherman, o 'Los amores de Carmen' (1948), de Charles Vidor).