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miércoles, 26 de octubre de 2022

La casa en llamas (Chai Editoria), de Ann Beattie

 

La Casa en llamas (Chai editores), de Ann Beattie, es tanto el título de uno de los relatos como del conjunto. Condensa con precisión la naturaleza de unos procesos que parecen vivir unos personajes, como si observaran cómo se quema la película del proyector de su vida. Su casa es su misma realidad que ponen entre interrogantes. Algunas pueden tomar la dirección de las paradojas. Francis pensó que él mismo podría haberse ido mucho tiempo atrás, cuando se dio cuenta por primera vez de que se habría casado con una buena mujer, pero no una mujer por la que daría la vida, y que su único hijo tenía grandes defectos. ¿Se arrepentía de haberse quedado? No. Nunca había creído en la idea de la perfección. En cierto momento te planteas que tu vida quizá no es como imaginaba que fueras, pero también las preguntas palpitan alrededor del hecho de que no se producen cambios de dirección cuando se toma consciencia de que quizá tu propia vida no es como quisieras que fuera. La lucidez sobre lo que no puede ser quizá sea una pantalla sobre la que se prefiere ocultar la resignación o la dificultad o incapacidad de realizar cambios sobre la marcha de la vida, una constante que define a muchas vidas que acaban aparcadas, o enquistadas en esas insatisfacciones o insuficiencias que se prefieren asumir como inexorables.

Los otros son extraños, o difíciles de descifrar. Pero ¿qué ocurre con uno mismo? Saber algo acerca de uno mismo: era eso lo que causaba aquel dolor placentero que lo ponía a uno en un estado totalmente diferente. Se perdía demasiado tiempo tratando de entender a los otros. El trayecto de la vida está constituido por imprevistas direcciones que pueden determinar modificaciones de la percepción sobre uno mismo. Y quizá, a veces, nos cuesta tomar consciencia de cómo somos realmente, más allá de los resortes de conducta o reacción con los que funcionamos, porque también nos cuesta mucho comprender cómo son realmente los demás. Nos hacemos una idea de ellos, pero igual no son como imaginamos. Y nos preguntamos qué es real, o cómo son realmente. Los mismos familiares ¿quiénes son? ¿Un vínculo de sangre ya determina una sintonía o afinidad? La tristeza de la vida familiar. La erosión del amor hasta que solo quedaba un fino borde y tarde o temprano eso también se venía abajo (…) Ese viejo dicho acerca de no poder elegir la familia hasta casarse y formar la propia... La gente rara vez señalaba que el tiempo pasaba y uno seguía eligiendo amigos que eran más cercanos que los miembros de la familia; perros que uno llegaba a preferir más que a las personas. Nos encadenamos a vínculos, y en ocasiones esa cadena que forjamos la sentimos como un cautiverio. ¿Por qué lo natural es un vínculo familiar?¿Por qué lo familiar debe ser referente? Parece que inhabilitamos el potencial de descubrirnos en los vínculos imprevistos que nos depara el curso de la vida. Vínculos que no son formales sino más reales, por cuanto se definen por la afinidad y la sintonía.

Incluso, a veces preferimos habitar una idea de realidad. Amanda y él están divorciados. Amanda está casada con Shelby. Esos eventos son irreales. Lo real es el pasado, la Amanda de años atrás, esa Amanda cuya imagen no puede sacarse de la cabeza, esa escena que sigue recordando. Preferimos vivir en esa dimensión que nos hace sentir que los contornos de la vida no se despedazan, aunque sea la del pasado, esos momentos que se vivieron como reales acontecimientos por cuanto implicaban conmoción o asombro. Cuando aquella película desaparece, queda un vacío suspendido. Y nos sostenemos sobre las imágenes que siguen haciendo sentir que de alguna manera el proyector de la vida aún prosigue. En ocasiones, podemos sentir que hay un desajuste entre la realidad y nosotros, como si en la proyección no hubiera sincronía entre sonido y movimiento de los labios. Nos sentimos como cuerpos extraños, o advertimos que los demás son los personajes que han elegido. Cada uno se adapta al papel que le resulta más cómodo. El verano pasado leí La metamorfósis y le pregunte a J.D, “¿Por qué Gregor Samsa se despertó convertido en una cucaracha? Su respuesta (a la que sin duda le había dado vueltas eternamente con sus alumnos) fue “porque eso era lo que la gente esperaba de él”. Hacen que lo ilógico sea lógico. Yo no hago nada porque estoy esperando, estoy detenido (J.D); me la paso drogado porque sé que es mejor escaparme (Freddy); me gusta el arte porque yo mismo soy una obra de arte (Tucker). Los relatos de Ann Beattie recuerdan a los de Richard Ford, y esa es la más precisa forma de sugerir cuán excepcionales son. Nos confrontan con la conmoción de las preguntas que replantean nuestra relación con la realidad. Esa realidad que no deja de modificarse, como si se sucedieran distintas películas, y a veces perdemos pie en el cambio de una a otra, o quedamos suspendidos como miradas que pestañean para intentar percibir con precisión qué ha sido de uno mismo en ese proceso. Si las llamas nos han carbonizado o quizá sean las de un ave fénix. Aunque probablemente sean los dos casos. Es nuestra paradoja. Y Anne Beattie la refleja con maestría.

lunes, 13 de junio de 2022

Tiempo sin lluvia (Chai Editora), de Cynan Jones

 

A ella le importa. Se preocupa. Le preocupa que él compre la tierra, que el hijo use el coche, que Emmy juegue afuera. Le preocupa que Bill pueda volverse loco, que la garrafa esté demasiado cerca de los fogones, que al final los terneros se les mueran y que las ovejas enfermen (...) Él comprende que a su manera ella quiere asegurarse de que no todo es aleatorio, de que ejerce algún control. Pero hay cosas que nadie puede controlar. Un día que representa toda una vida, un día en que tiemblan todas las certezas sobre un modo o una rutina de vida. Una de las diversas acciones que se alternan en la fragmentada narración de la excelente Tiempo sin lluvia (Chai Editora), del escritor galés Cynan Jones (1975), es la fuga de una de las vacas de la familia que conforman Gareth, Kate y sus dos hijos. Eso fue lo que pasó: no quería quedarse en el establo. De alguna manera es el reflejo del desconcierto o desasosiego, por diversos motivos, de los cuatro componentes de la familia. Sus raíces son múltiples, pero reflejan una fractura, por eso la narración se estructura en breves pasajes que alternan diversas perspectivas, como se combinan diversos tiempos, y adquieren relevancia tanto humanos como animales o incluso objetos o construcciones, como la misma granja. Los chicos tenían la sensación de que con tantos cuidados la casa acababa confundida, como les pasaba a ellos cuando la madre les lavaba la cara con un trapo. La confusión define a ese conjunto, sea en el escenario sentimental, familiar, o con respecto a un entorno rural, un modo de vida o con las otras especies animales. Parece que todo se hubiera desajustado, y cada uno deseara fugarse de su vida, de lo que sienten como callejón sin salida, o un desvío que no parece tener fin. La vaca les representa. O la confusión de lo que no saben cómo precisar, como una lluvia que se desea que aparezca como renovación o sensación de que la vida fructifica hacia alguna dirección, o de que es algo que se desea alimentar aunque no parezca existir, en vez de aturdirles como un vacio que rebosa carencias. La granja está sobre una loma, a pocos kilómetros del mar. El padre de Gareth la compró después de la guerra, cuando decidió renunciar a su trabajo en el banco. La dueña anterior era una anciana excéntrica: una mañana el cartero la encontró en pijama dándolo de comer a los pollos, aunque no tenía pollos.

La vida parece desbordarse o desmandarse, sin que nada parezca bajo control, como los aviones que, por volar a baja altura, provocan que las vacas den a luz ternemos prematuros o muertos. O cómo la sobreabundancia de patos que parecen embadurnar la realidad, como si representaran la indiferencia de la aleatoriedad de la vida, con sus deposiciones.Tarde o temprano la resistencia se rompe y todos flaqueamos. Es lo que pasa cuando nos quedamos sin nada que nos estimule. Cuando pensamos en todas y cada una de las maneras en que podríamos modificar algo con tal de no hacerle frente. Kate siente que ya su cuerpo se deteriora, duda de sus sentimientos y deseos, como los del propio Gareth, y este también parece sumido en el desconcierto, como si sintiera que no fuera posible solucionar los pequeños problemas que se les clavan como astillas: la vaca, los terneros muertos, el hijo que se va a la universidad, las tierras que quiere comprar o el hecho de que el cuerpo de ella ya no lo atraíga. Sigue a la vaca, pero se plantea que por qué no es él quien se fuga. La vaca está preñada, y ella le reprocha que es responsable de que no consiguieran que un ternero, de otra vaca, naciera vivo. Gareth persigue a quien le gustaría ser pero a la vez siente la tentación de borrar un escenario de realidad que parece superarle. En su mente se dirime la sombra de que lo hizo su padre, cambiar por completo de modo de vida, dejar su trabajo en la urbe, en un banco, por la vida rural, en una granja. Los recuerdos perforan también las emociones, poniendo en interrogante un presente. Los recuerdos y lo que realmente sentimos descansan bajo la superficie como depósitos de agua, a la espera de que nos sirvamos (…) Pero cuando brotan sin control y sin aviso, incitados por un olor que está en el aire, o por medio, nos quedamos impactados por la profundidad que tienen y que nosotros mismos llevamos dentro.

Por supuesto, no hay como la muerte para poner en evidencia que somos criaturas frágiles y vulnerables y que no controlamos esta incertidumbre denominada vida. Y puede brotar, irrumpir, del modo más imprevisible, con una seta que se come pensando que es un exquisito manjar. Como también resulta duro enfrentarse a la muerte de otra criatura viva, sea humana o de otra especie animal, sea un conejo o el perro que ha sido compañía durante años. No hay diferencia entre unos y otros, todas son criaturas que sufren, todas son criaturas mortales. Si hay una cualidad distintiva es la capacidad de compasión al sentir el sufrimiento de quien agoniza, y el esfuerzo consiguiente por evitar que se alargue. Gareth pensaba que los animales no complicaban el sufrimiento como los humanos (…) creía que en la vida la dignidad no era un derecho exclusivo de los humanos. Tiempo sin lluvia es una novela definida por su mirada descarnada, frontal, pero también por su mordaz sentido irónico. Al fin y al cabo, la vida es tan trágica, ya que acaba en la muerte, como absurda, por nuestro patetismo y torpeza. Pero también está definida por la ternura y ese ingenio que brota de una mirada que es desapego, la mirada desdramatizada. La niña asocia el hecho de que el corazón del perro se detenga con la lluvia que cesa. Se acuerda de una vez cuando era más pequeña y bailaba sobre el césped. Tenía un diente de león en la mano y las semillas salían volando mientras giraba y giraba bajo el sol. Todo se desvanece, pero la vida resulta exuberante gracias al ingenio o a la mirada lírica y luminosa. La mirada en la que reside la lluvia que dota de aliento a la confusión.