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viernes, 26 de febrero de 2021

Coníferas (Acantilado), de Marta Carnicero

                           

Es la red la que decide que existes. Y hasta cuándo. ¿Cuándo dejamos de sentir las coníferas y las convertimos en una mera imagen? ¿Cuándo la vida es esa vida que intentabas esquivar? La multiplicación de dispositivos, extensiones de la que ya somos extensiones, ha intensificado la relación virtual con la realidad y los otros. Y a la vez ha evidenciado, de modo más remarcado, qué nuestra relación con la relación también ha sido, en un grado u otro, virtual. Nos relacionamos con la imagen de, no con la materia, con la imagen de quien nos decimos que amamos, no con esa persona real.  Proyectamos, cosificamos. Y simplificamos, de modo conveniente, la relación con la realidad como si fuera un mapa de rituales y rivalidades, de líneas rectas y causas y efectos, deseos y consecuciones. Coníferas (Acantilado), de la escritora española Marta Carnicero Hernanz (1974) es una obra de múltiples capas porque desentraña una relación con la realidad que, en sí, es más bien retorcida y difusa. Esa vida que intentamos esquivar, lo sepamos o no. El hecho de que, si no eres una presencia que palpita en las redes, existe un mundo donde quien palpita eres tú. Un escenario: Las Walden: Una comunidad donde nadie dispone de un móvil, esa criatura que se ha apoderado de nuestra vida convirtiéndonos en ávidos consumidores del nuevo modelo que en poco tiempo sale al mercado. La hipertrofia de la necesidad. Somos consumidos cuando no creemos consumidores. En ese espacio natural parece que es posible la conexión real. Joel, un periodista, se siente atraído por Alina, una vecina. Se envía cartas, aunque la dirección es la de su vecina, para de ese modo propiciar contacto. Un ardid, una estrategia, que ya insinúa que las direcciones y los movimientos no son los que parecen aunque sí ciertamente retorcidos.  Alina tiene injertado un chip que ejerce de reserva de recuerdos por si progresa su demencia heredada. Una primera dirección. ¿Quiénes somos si perdemos nuestros recuerdos? ¿Quién es aquel que amamos si no lo recordamos?. Quizá estemos en la misma dirección que obras recientes como la notable Little fish (2021), de Chad Hartigan, en la que un virus propicia que perdamos nuestros recuerdos, y temes que quien te ama cualquier día te mire como si fueras una completa extraña, o Supernova (2021), de Harry McQueen, en la que a uno de los integrantes de la pareja le han diagnosticado una enfermedad que implicará el deterioro de su mente, y por tanto, que un día quizá no reconozca a nadie, incluso al hombre que ama.

 Es una dirección, pero no es la dirección, sino una de tantas que se multiplican. Durante la narración se menciona a un doctor Durden, que nos hace sospechar su conexión con el Tyler Durden de la visionaria El club de la lucha (1999), de David Fincher, una de las obras que más lúcidamente nos ha diagnosticado aunque poco se hizo para evitar la dirección en la que nos hemos precipitado en nuestra progresiva enajenación como fotocopiadora sociedad de extensiones. La mención del Keyzer Soze, personaje interpretado por el excepcional Kevin Spacey en Sospechosos habituales (1995), de Bryan Singer, afianza la impresión de que los relatos pueden ser reales o no, y quizá haya diferentes direcciones dentro de la maraña narrativa, más si se dice que es Alina es intérprete musical, pero también lo es cierto personaje masculino que ha sufrido cierto accidente, y ha sido operado, y está conectado a un simulador en el que se recrean recuerdos, dirección que conecta con la magnífica Te amo, te amo (1968), de Alain Resnais, y con la posterior, y no menos espléndida, ¡Olvídate de mí!, de Michel Gondry. En la primera, ¿nuestros recuerdos no evidencian, más allá de que no se ajusten a lo que fue, cómo realmente nuestra misma relación en aquel tiempo pasado se tramaba sobre una ficcionalización, en suma, la película que nos montábamos?, En la segunda, si borras tus recuerdos de quien te ha abandonado neutralizas el dolor, pero también la mejor escuela de aprendizaje. ¿Y si te reencuentras con ella de nuevo? ¿Todo se repite? Una opción que se explora en Coníferas: ¿Y si bloqueo los recuerdos de quien amo porque ha sufrido tal decepción con mi conducta y actitud que considera el abandono?

Simuladores, bloqueos. Lo que se evoca quizá sea una mera idea, un deslucido reflejo, aunque también puede ser el modo de aprender cómo se cometieron los errores que dañaron una relación que aspiraba a ese sacrosanto estado de un nosotros, reflejo de una sintonización y conexión. Pero ¿cómo si el yo más bien se relaciona incluso con la persona que se ama como si esta fuera una pantalla en la que se proyecta, la cual se retuerce cuando no alivia las inseguridades y los miedos y no se ajusta, como réplica adecuada, a la película que quisiéramos que fuera? Sólo podemos ver en los demás lo que llevamos dentro. Por eso, la vida se convierte en una vida que se intenta esquivar, porque queremos que se ajuste a como desearíamos que fuera, lo que propicia el cortocircuito mental, y es cuando Coníferas, obra de múltiples capas y direcciones, conecta con la magistral Carretera perdida (1997), de David Lynch, el proyector atascado de una mente desenfocada, la de otro músico. Ambas obras exploran los turbios recovecos de quienes quedan atrapados en la oscuridad de la mente que es incapaz de amar porque quien se ama es un personaje que se escurre, porque nunca se puede controlar ni el fuera de campo de su presente ni el de su pasado. Y necesitamos controlar. Necesitamos que se ajuste a la imagen de lo que deseamos que sea. Por eso, las coníferas no son coníferas, sino la imagen de una conífera. Si hubiese sabido quién era, si la hubiese recordado, si la hubiese conocido, habría sido muy diferente. Pero en aquel entonces no era nadie para mí, tan solo una foto de perfil en una red, una casa de madera rodeada de coníferas, con un porche blanco y un tejado a dos aguas, y la promesa de una vida plena que añoré sin haberla vivido.

viernes, 7 de marzo de 2014

This is Martin Bonner

'This is Martin Bonner' (2013), la segunda obra de Chad Hartigan ganó el premio John Cassavetes (concedido a producciones con coste menor de 500000 dolares) en la edición del 2014 de los Spirit, los premios del cine independiente estadounidense. Hartigan declaró que no hubiera hecho la obra sin la inspiración de 'Hunger' (2008), de Steve McQueen. Como si hubiera cogido unas notas musicales y hubiera compuesto su propia melodía. Ambas se trazan sobre una corriente narrativa sinuosa que no sabes hacia donde te conduce. En 'Hunger' es más radical. La singladura comienza con el guardián de una cárcel, prosigue con algunos de los encarcelados, en las condiciones más miserables, y acaba centrándose , singularizándose, en uno de los presos que realiza una huelga de hombre. Es la historia de una desaparición, de un cuerpo que se desvanece, de una identidad que se resiste en un entorno hostil. 'This is Martin Bonner' es la historia de una reaparición, de un cuerpo que encuentra su lugar, de una identidad, o unas identidades, que se afirman, que encuentran la fuerza para resistir en un entorno hostil Ambas obras transpiran intemperie, aunque la de McQueen sea más convulsa, más manifiesta en las turbulencias sobre las que se erige. En 'This is Martin Bonner' permanece agazapada en las aguas calmas de su narrativa, hasta que se perfila, como una figura en la arena, entrevista, tenue, hasta que te has dado cuenta de que bajo la arena algo te ha pinchado la planta de los pies, y sangras.
'Hunger' es pura ebullición desde el primer momento, desgarro que grita, 'This is Martin Bonner, se cuece a fuego lento, su grito es temperado, como un susurro que se afila lentamente. Quizá también su serenidad sea la de la mirada que ha sabido erigir una orilla firme donde el paisaje era arrasado por un voraz caudal de agua. De ahí el título, 'This is Martin Bonner' (Soy Martin Bonner), una declaración enunciada con firmeza, porque hace sentir firmeza bajo los pies y en las mismas entrañas que saben lo que es vivir presa de los temblores. Aunque el título, en principio, pueda desconcertar, porque son dos las figuras en las que se centra la narración, también con la prisión como vínculo. Martin (Paul Eenhorn) trabaja como coordinador en un programa creado por una organización, de orientación cristiana, para reintegrar en la sociedad a los presos que son liberados. Travis (Richmond Arquette), es uno de estos. La narración parece deslizarse entre lo que se podría calificar pinceladas impresionistas, como vidas en las que las tramas se deshilacharon e intentaran de nuevo hilvanarse. Pinceladas sutiles, tanto que no adviertes hasta bien avanzada la narración lo que se va perfilando con vigoroso rigor. Martin habla por teléfono con sus hijos, arbitra partidos de fútbol femenino, baila en su casa al son de una canción rockera, asiste a una reunión grupal de primeras citas. Hay distancias en su vida, una relación rota, un cambio de escenario, de ciudad. Travis consigue un trabajo como guarda en un estacionamiento, contempla su habitación del motel, la televisión.
Pareciera incluso que no hay centro de gravedad: Travis mira en el exterior del motel su entorno, y la cámara realiza un giro de 360 grados. Busca en un asesor una guía para de nuevo integrarse en la realidad, recuperar el paso, sentir que no está atrapado en un círculo que le puede asfixiar, ese que te impide arrancar a la vida. Se siente estacionado, como si no hubiera dejado su celda. Pero no es una orientación religiosa la que necesita, no necesita el apoyo de instancias transcendentales, no le sirven para encontrar de nuevo el paso en la vida. Y la encuentra en alguien que precisamente perdió esa fe, alguien como Martin que en su anterior trabajo era asesor empresarial de una iglesia y estudió teología, alguien que un día se despertó y se dijo que no tenía sentido seguir los rituales religiosos, ir a misa cada domingo. Perdió la fe. Porque se enfrentó a la gravedad de la realidad que magulla cuando te arrastras por ella, o has sentido en tus entrañas la desesperación de sentirte derrotado, a merced del abismo de la precariedad. Martin también se liberó de su particular prisión. Es alguien que experimentó la quiebra, alguien que llevaba tres años sin encontrar empleo. Alguien que sabe de qué están hechas las sombras, donde sientes que te difuminas. Porque la realidad, ahí afuera, se ha convertido en una intemperie en la que cada vez es más difícil sentirse protegido.
Y todas esas aguas subterráneas que fluyen como si nada ocurriera en la superficie brotan, se condensan, se definen, en la dilatada y magnífica secuencia del reencuentro entre Travis y su hija, a la que no ve en doce años. Un reencuentro de miradas torpes, de miradas que tienen miedo de encontrarse, de cuerpos que se sientan juntos pero parece que fueran a salir despedidos por una onda expansiva, cuerpos que quisieran salir huyendo, pero necesitan darse una oportunidad, es el padre que no ha podido vivir en su infancia, es la hija que no ha sabido cuidar, proteger. Ahora, son dos figuras en la intemperie que no saben qué hacer con sus miedos y sus anhelos, y la colisión inminente puede alejarles para siempre si no fuera por la oportuna intervención de alguien como Martin Bonner, una presencia firme que sabe arbitrar los lances del partido. Quizá todo sea como las pinceladas de un cuadro abstracto, como el que le regala el hijo a Martin, en el que es difícil discernir las pautas, los significados, como si aparentemente no hubiera una armonía. Pero la hay, como refleja la serena mirada de esta sutil obra con apariencia de delicado manantial, o la mirada justa de alguien como Martin que sabe asistir porque ha conocido de primera mano cuál es la materia de la que está hecha la precariedad y de la intemperie. Y no tiene que ver con transcendencias.