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lunes, 4 de octubre de 2021

Sin tiempo para morir

 

                      
La superficie de las películas de James Bond son sus espectaculares secuencias de acción. Una superficie constituida por persecuciones, peleas, tiroteos y destrozos, que es parte integrante fundamental de su Adn icónico y narrativo. Las secuencias de acción de Sin tiempo para morir (No time to die, 2021), de Cari Joji Fukunaga, se definen por su impecable dinamismo, y un efectivo montaje, sean persecuciones automovilísticas entre angostas calles de un pueblo italiano o en pleno campo y entre árboles en un bosque noruego, o peleas, tiroteos y acrobacias diversas en un club de Cuba o en una instalación secreta en una isla entre Rusia y Japón, pero es la vertiente más convencional o formularia de la obra, como también lo era de Spectre (2015), de Sam Mendes (es la vertiente en la que se advertía que no habían trabajado el tiempo necesario en la elaboración del guion, de lo que se lamentaba el propio Mendes). También era el caso de Quantum of solace (2008), de Marc Forster aunque fuera incisivo el concepto (las diversas confrontaciones o persecuciones acontecían en todos los elementos, agua, aire, tierra, con el fuego como presencia fundamental en la culminación del trayecto alquímico, o desprendimiento del despecho). Pero no el de la brillante persecución inicial de Casino royale (2006), de Martin Campbell, una obra en la que no se recurría tanto a la persecución tipo cada cierto periodo de tiempo narrativo, ni el de la mayor parte de secuencias de acción de la obra más armónica de las cinco, la magistral Skyfall (2011), de Sam Mendes. No eran simplemente imponentes ejercicios de músculo (montaje), sino que se caracterizaban por su inventiva y más sutil elaboración (en su uso del diseño visual o del espacio en correspondencia con el trayecto dramático, caso de reflejos, fosos con reptiles, túneles subterráneos y la casa aislada de la infancia de Bond, y la iglesia como escenario último). Y la secuencia de apertura me parece, con el permiso de Ronin (1998), de Frankenheimer, la secuencia de acción más vibrante y mejor modulada jamás realizada. Pero la vertiente más sugerente de estas cinco últimas producciones de James Bond, a diferencia de todas las previas, se encuentra en otras capas, en otra película que se ha desarrollado como el hilo que traza el recorrido que confronta con la bestia que anida en el centro del laberinto que es él mismo, el propio Bond.

James Bond ha sido hecho para no confiar. Es lo que en cierta secuencia de Sin tiempo para morir le cuestiona Madeleine Swann (Lea Seydoux), la segunda mujer que ama. En Casino Royale, la primera de las cinco películas que conforman la serie de películas de James Bond que ha protagonizado Daniel Craig, a Le Chiffre (Mads Mikkelsen), su contrincante, o primero de sus sucesivos reflejos (en una serie de películas que conforman un proceso o una película en cinco capítulos), le sangra el conducto lacrimal, en correspondencia con el hecho de que Bond poco sabe de emociones como no hay nadie que le importe particularmente. Ha sido instruido para ser una eficiente máquina de matar. Pero la eficacia en su labor como agente no se corresponde con su capacidad de discernimiento en el territorio amoroso. Se enamora de Vesper Lind (Eva Green), pero las apariencias se enmarañan de tal manera que él no confía en ella, y más bien se siente traicionado. En la segunda obra, Quantum of solace, Camille (Olga Kurylenko), una mujer con cicatrices en su espalda, era el reflejo de sus cicatrices inferiores; Bond se había convertido en un espectro que no podía conciliar el sueño. En la conclusión lograba asumir que no debía focalizar su despecho en la mujer que había amado. Quizá se había apresurado demasiado en su juicio. En Skyfall, su resentimiento se dirige a quien representa la institución de la que es peón, otra mujer, M (Judi Dench), lo que es decir a quien le ha convertido en lo que es, quien ha forjado sus capacidades pero también sus limitaciones. El motivo, comprender, tras que una orden suya determine que casi muera, que, pese a sus sacrificios, es prescindible como cualquier agente peón. Su reflejo oscuro en esa obra es otro agente resentido, Silva (Javier Bardem). Su Otro materializa, de modo efectivo, intencional, su inconsciente deseo de rebelarse contra quien le creó y modeló, y aún más eliminarla (no podía morir a manos de Silva sino en el escenario de la infancia del que fue extraído Bond, para ser reconvertido en agente funcional letal, y en una iglesia, para rematar la blasfemia). Pero, pese a todo, Bond aún asumía su función de peón, como si esa muerte sirviera meramente como satisfacción de un resentimiento larvado.


Será el amor quien le libere de una insatisfacción que es más honda, cuando conozca en Spectre, a Madeleine, hija, irónicamente, de aquel que hería en una pierna con crueldad en el final de Casino royale, Mr White (Jesper Christensen), gesto cruel con el que se afirmaba como máquina de matar (y que camuflaba ya no la indiferencia sino la amargura del resentimiento). En Spectre, Bond se confronta con su sombra, Blofeld (Christopher Waltz), el artífice, como líder de la organización Spectre, de sus desgracias en las previas obras. Si en la primera secuencia nos era presentado Bond, mediante un excepcional plano secuencia, tras la máscara de una calavera, y peleaba en un helicóptero para conseguir el control del mismo, en la secuencia final abate el helicóptero en el que intenta fugarse Blofeld, y toma el control de su vida. Decide abandonar su vida de agente, su vida de hombre al servicio de una institución, vida de peón, para optar por una vida en la que su centro será el amor que siente por Madeleine. La máquina parecía haber culminado su proceso de reconversión en humano y era capaz de discernir con precisión el escenario de su vida, o cuál prefería que fuera, no el de otros, sino el suyo, y el amor por Madeleine era el ingrediente fundamental. Bond al servicio del amor. Podría haber sido la última contribución de Craig como Bond, y un magnífico cierre para la demolición y reconversión de un icono. ¿Por qué, por tanto, una quinta película? Con su conclusión se entiende el por qué aún podía ser rematada de modo más contundente esa demolición y reconversión de un icono. Pero también se intuye con su inicio. En sus tres primeros segmentos narrativos ya queda condensado.


Bond ha sido hecho para desconfiar, y resulta difícil desprenderse de ese quiste sebáceo emocional. Su veneno es la desconfianza. Por eso, en correspondencia, el conflicto a resolver está relacionado con un arma biológica, de nombre Hércules (una figura, en cuanto potencia viril y resolutiva, equiparable a la de Bond), virus que, introducido con nanorobots en el organismo, resulta letal (incluso, puede ser transmitida por tacto); la particularidad es que puede ser programada (que funciona como sinónimo de instruida; otra equiparación con Bond), según código genético, para matar a una determinada persona, o determinadas personas. En la primera secuencia, de nuevo la máscara (o una máscara rota que deja entrever parte de la piel del rostro; en Bond máscara y piel se confunden). En este caso, la porta quien se revelará como un nuevo reflejo, o doble siniestro, de Bond, Lucifer Safin (Rami Malek). En esa secuencia es una figura aún innominada que intenta matar a la esposa y la hija de quien acusa de ser responsable de la muerte de toda su familia. De nuevo, el resentimiento y la venganza como turbia sombra que domina nuestros instintos. Mata a la esposa pero perdona la vida a la niña. En Elipsis, se asocia la salida del agua helada de la niña con la de Madeleine años después en una zona costera de Italia, un particular paraíso, o realidad aparte, en el que ella y Bond parecen disfrutar de su amor. Matera es un lugar en el que, como tradición, queman los recuerdos. Bond quiere visitar la tumba de Vesper, como constatación de que quiere quemar ese recuerdo, porque su presente es Madeleine (él quema un papel en el que ha escrito Perdóname, como ella quema otro en el que ha escrito hombre enmascarado). Pero, literalmente, la tumba, el pasado, le explota en las narices. De alguna manera, Spectre, aunque Blofeld esté en prisión, le ha localizado, y automáticamente Bond piensa que es Madeleine quien le ha traicionado (figuradamente, el pasado explota en su mente). Pese a sus intentos de convencerle de que ella no tiene nada que ver, Bond es expeditivo y la sube a un tren, no sin decirle que no le verá nunca más.

Aunque entremedias estén los títulos de crédito, en correspondencia con la expansión del veneno de la desconfianza por parte de Bond, la siguiente secuencia, cinco años después, narra el robo del virus Hércules que, irónicamente, ha sido diseñado por MI6, la agencia en la que Bond trabajaba previamente (la institución que le instruyó y modeló). El responsable de ese robo es precisamente Safin. Como buen reflejo oscuro de Bond también desea eliminar a la organización Spectre. Safin obliga a Madeleine, la psiquiatra que atiende a Blofeld (la única que puede verle) a que le transmita el virus por contacto. Por accidente ella, se lo transmite a Bond, y éste, ignorándolo, al agarrar a Blofeld, le matará al transmitírselo. Aquella de la que desconfiaba cinco años atrás, y que pensaba que le había traicionado, será incapaz, tras ver a Bond, de cumplimentar la misión (aunque el chantaje de Blofeld se sustente en la amenaza de matar a Bond). Mientras que él, inconscientemente (aunque reflejando un deseo latente) lo mata. Safin posibilita la realización de sus más oscuros deseos (como la piel enferma de Safin refleja la infección del interior emocional de Bond).


Como expresa Safin a Bond, él es como Bond, aunque mata de modo más pulcro, sin necesidad de violencia física. Pero se diferencian en sus motivaciones, ya que Safin lo hace para que la sociedad evolucione, mientras que Bond lo hace para que todo siga igual. Para Safin el ser humano no quiere la independencia ni el libre albedrío, sino que le indiquen lo que tiene que hacer, cuál es el molde de vida, cual guion, al que ajustarse, con la función asignada, y las necesidades predeterminadas.  Una cinta corredera de vida hasta el siguiente capítulo, su muerte. Como fue el propio Bond cuando simplemente actuaba como peón de un sistema, y como demostró cinco años atrás que seguía siendo cuando desconfió de la mujer que amaba, como si el nanorobot de su condición de máquina, que basaba la eficiencia en el recelo, dominara sus reacciones. Aún era mitad máscara mitad piel. Irónicamente, la ocurrencia argumental del virus fue previa a la irrupción del Covid, y la experiencia ha demostrado que la mayor parte de los humanos quiere que todo sea como era antes. El ser humano no aprende. Como Bond, o ya demasiado tarde. Como si fuera su condena, porque no puede escapar de sí mismo, es contaminado de tal modo que nunca podrá tocar de nuevo a quien ama, ya que la mataría. Él es su propio veneno, y el arma literal que le destruye procede de quien le creó. Bond no sólo abandona la institución que le modeló como era sino el propio escenario de la vida, como si su sacrificio representara la perentoria necesidad de un cambio que nos resistimos a realizar porque preferimos que todo siga igual, como eficientes y cumplidores nanorobots que siguen propagando su virus.

sábado, 29 de febrero de 2020

A ver qué se puede hacer (Eterna cadencia), de Lorrie Moore

Tenía la impresión de ver la vida desde un contenedor de plástico, como una comida sobrante asomada a la grasienta niebla del mundo. <> (…)Unas mañanas después era la primera de un nuevo mes, el mes de su cumpleaños. La ilusión que producía que el tiempo volara, lo sabía, consistía en convencer a la gente de que la vida incluía más de lo que de verdad podía incluir. Son fragmentos que pertenecen al relato Muda, que integra Gracias por la compañía, de Lorrie Moore. Refleja las paradojas sobre las que se despliega su agudeza. Sus relatos son como mudas en proceso. Un proceso que puede disponer de diferentes direcciones, pero también una conclusión incierta. También sus novelas, como Anagramas: A veces cuando voy cayendo en el sueño, al comienzo de la disolución me pregunto dónde estoy, en qué momento, y entonces comprendo que, por lo que a mí respecta, puedo estar en cualquier sitio y en cualquier época de mi vida. Su estilo abre brechas como quien mira la realidad después de abrirla en canal. Lo hace como el caminante que parece que se desplaza con pasos de baile, como si celebrara su propio movimiento (que parece asemejarse a una traviesa carcajada). Se trata de una narración social, incluso si esta sociedad es solamente (¡Solamente!) una escuela secundaria. (Después de la escuela secundaria, en Estados Unidos todo es póstumo). Esa es su agudeza cual carcajada con sierra eléctrica. Es un fragmento de su reseña sobre Broke heart blues, de Joyce Carol Oates, uno de los textos que integra A ver qué se puede hacer. Ensayos, reseñas y crónicas (Eterna cadencia), una disfrutable serie de breves ensayos, reseñas o críticas sobre libros, películas, pero también comentarios sobre el escenario de la política, evocaciones, como cuando fue asistente jurídica en su juventud, o reflexiones sobre qué es escribir.
En términos más científicos, la compulsión de leer y escribir –y estoy segura de que es una compulsión- es una forma de circuito mental que la especie ha seleccionado, a lo largo del tiempo, mientras el periodo de vida aumenta, para mantenernos interesados en nosotros mismos. Pues es crucial como especie mantenernos interesados en nosotros mismos. Cuando ese interés desaparezca, daremos un paso al vacío, nos endureceremos como rocas, explotaremos y desapareceremos. Tienta pensar que realmente quería usar el presente de indicativo en vez del futuro. O quizá sea debido a que cada vez siento que me rodean más rocas. No deja de ser mordaz el uso de la expresión circuito mental, sobre todo si se vincula con su finalidad, casi como el cabo que ayuda a que sobrevivamos. Ironía en una época en que mantenernos interesados en nosotros mismos adquiere una dimensión más restringida, la de la bruja de Blancanieves preguntando al espejo quién es más la guapa. ¿En qué medida nos interesamos en por qué somos como somos o actuamos como actuamos, de qué modo nos relacionamos con la realidad, los demás y nosotros mismos? Moore también, con respecto, a la escritura plantea sugerentes reflexiones sobre los límites o interacciones entre ficción y biografía. Nos fascinan las historias basadas en casos reales. Nos preguntamos en qué experiencia concreta se basa el autor para lo que crea, en qué vivencia se inspira. Lo real parece una corriente de aire que no se logra taponar. O quizás es la noción que tenemos de la salida, más que centro, del laberinto. ¿Importa más que el substrato, el entramado de ideas y emociones que se arrojan como aristas desde la escritura? En los intentos de la biografía por conocer exactamente qué parte de la vida generó qué parte del arte lo único que hay son suposiciones. Con su poder de eclipsar y competir, sus intentos de poseer y deshacer el misterio, la biografía no es más que, como dijo una vez Twain, los meros ropajes y botones del hombre. Nos fascina saber cuál era la tela de ese ropaje, y su color, y el diseño de los botones, como si la escritura fuera un eco de algo vivido. Una dirección única, sin relieves. Como si se sorprendiera a alguien, por fin, desnudo. Y punto. Pero el arte es lo que se elabora, como una construcción meditada, aunque se utilicen elementos que acontecieron, de aquí y allá. Yo pienso que la relación correcta entre un escritor y su vida es similar a la de un cocinero con una alacena. Lo que el cocinero hace con lo que está dentro de la alacena no es equivalente al contenido de la alacena.
Moore nos recuerda cómo el arte, o ciertas obras, no están, o no parecen, estar dirigidas hacia quienes la protagonizan en el papel o la pantalla, sino que sus destinatarios, como espectadores o lectores, parecen ser los que no viven esa realidad. Bobbie Ann Mason escribe la clase de ficción que sus propios personajes nunca leerían. Es una cuestión que se ha planteado con respecto a los cineastas que indagan en las precariedades de las clases trabajadoras. ¿Es lo que quieren ver? Pocos quieren verse, pocos quieren verse reflejados. Cuántos no han escupido su frustración por ver una película que le ofrece un trozo de realidad en el que sentirse reflejado, y no un goce recreativo, aunque sea con el sufrimiento de otros. Moore sabe apreciar también el dominio de las convenciones, cómo pueden ejercer de lecho provisional que haga olvidar momentáneamente las decepciones o la cruda materia de la realidad, como cuando destaca las cualidades de Titanic, de James Cameron. Los clichés aquí son robustos hasta el punto de la elocuencia (...) Solamente a los románticos perdidos hay que volver a repetirles que el amor es una ilusión, que muere, que es para lunáticos, adictos y tontos. Al resto de nosotros puede ocasionalmente gustarnos –o incluso fascinarnos- un pequeño respiro de lo que ya sabemos. Para eso han sido siempre las películas, tan humanitarias, de Hollywood. Humanitarias. De nuevo, esa carcajada traviesa con un paso de baile. La robustez de la elocuencia refleja como la convención puede no ser despojo sino sustancial elementalidad arquetípica. Aún más, sabe apreciar el talento de quien domina los recursos del lenguaje cinematográfico con refinada pericia, caso de Cameron, sin estar canonizado en los altares esnobs del pedigrí autoral.
Como también admira sobremanera las cualidades de series televisivas como True detective, con clara preferencia por la primera sobre la segunda, acorde al consenso general. Por una vez, disiento, permítaseme romper una lanza por la segunda, que transita el territorio de James Ellroy; quizá su apariencia parezca más ortodoxa, pero me parece más armónica, en términos generales, que la primera. Si vuelvo a coincidir en su admiración por la serie The wire. Los arcos narrativos son tan ricos, abismales y vertiginosos que esta forma de mirar la serie produce una especie de agotamiento hipnótico. En este formato cinematográfico, los típicos ritmos y límites narrativos desaparecen en su mayoría. O cuando desentraña las inconsistencias de La vida de Adele. También percibió que las escenas sexuales con ambas protagonistas resultaban poco reales, escenificadas con la misma falta de naturalidad que en una película pornográfica, lo que evidenciaba, por extensión, cómo era una película, en este caso sí en un sentido negativo, bastante convencional, en cuanto prefabricada, en las hechuras narrativas y dramáticas. A pesar de que estas jóvenes aparentan ser expertas en lo que están haciendo en la cama, el sexo no parece del todo auténtico: nunca vemos ningún titubeo juvenil. O cómo su impacto cegó bastantes miradas que apreciaron como distinción lo que era impostado (o simplemente legitimaron con la distinción artística sus placeres lúbricos). Supo epatar adecuadamente. Como también señala Lorrie Moore, el momento y el contexto lo son todo en lo que a provocación artística respecta. Con respecto a la película Friday night lights, de Peter Berg (otro cineasta no uncido en los santorales de la cinefilia esnob) despliega su agudo verbo con tal elocuencia que incita a preguntarse por qué tantos críticos cinematográficos carecen de semejante gracia o ingenio expresivo: El trabajo de cámara es granulento, rápido y frio, como si la lente no pudiera soportar lo que enfoca. La apariencia de todo el film es socioantropológica como de alguien de afuera que llega con su equipo en una camioneta.
En estos tiempos de corrección restrictiva Moore incide en lo real, fuera de instrumentalizaciones de agendas o imágenes convenientes que se usan como muletas. Con respecto a las obras de Margaret Atwood destaca que las mujeres son individuos, difíciles de encasillar, una hermandad heterogénea e incómoda; que el feminismo es con frecuencia un trabajo penoso y esforzado, saboteado tanto desde adentro como desde afuera; que en la guerra entre los sexos hay colaboradores tanto como enemigos, espías, refugiados, espectadores y objetores de conciencia. O sea, una realidad con sus relieves, no una realidad de pantallas que posibiliten una circulación más ventajosa. Lo mismo con las conductas con respecto al sentimiento amoroso, como disecciona en reseñas de tres libros de Alice Munro: Como Henry James, Alice Munro sabe que el ‘puente flotante’ entre mundos – y sobre pantanos- que es el amor puede traer las mismas desgracias por su presencia tanto como por su ausencia. Puentes, pantanos, presencia, ausencia. El arte de la preclara condensación. Y reseña una de mis novelas predilectas, Canada, de Richard Ford, una de esas raras obras que te atropellan con la conmoción. Su elipsis temporal final no tiene parangón. Todo el paso del tiempo en la hendidura de lo no relatado, pero tan manifiesta, tan presente, tan nítida. Un tajo. Hay novelas que son artilugios configurados como jaulas, trampas o papel matamoscas para atrapar cosas. Canada hace lo contrario: es un texto inquisitivo, con empalmes abiertos que se autointerrumpe con capítulos cortos y cortantes y después se deja llevar nuevamente por la corriente melancólica de un hijo y un hermano con cientos de preguntas y una sola respuesta. Dell cita a Ruskin: <>. Pero, no lo niego, particularmente me encanta cuando abre en canal la realidad mientras despliega, en plena danza, su traviesa carcajada, como la manera con la que concluye su reseña de Sam el gato y otros relatos de Matthew Klam. Después de todo, Klam nos ha recordado que incluso atrapados entre almohadones y luces de riel no somos más que animales. Al recibir una y otra vez una descarga eléctrica en una verja, nos cansaremos y no saldremos del jardín. Pero sólo entonces.

martes, 31 de diciembre de 2019

La maldición, It y las formulas del cine de terror actual

La maldición (The grudge, 2020), de Nicolas Pesce, dispone de un planteamiento de substrato muy sugerente. La protagonista, una detective de policía, Muldoon (Andrea Riseborough), madre de un niño, tras la muerte de su marido, por causa de un cáncer, cuatro meses atrás, se traslada a otra ciudad, lo que implica un hogar diferente. Un hogar diferente es sinónimo de escenario o película de vida diferente, lo cual implica asunción de la pérdida, de lo que ya falta de modo irremisible, una ausencia irreparable. El guión de la vida se reajusta pero no como una continuación, sino como un reinicio que es tajo. Esa reconfiguración implica la cura de una infección que necesita ser atajada, la añoranza de lo que no podrá ser. El reajuste a un presente necesita desprenderse de los vestigios fantasmales de un pasado cual miembro amputado. Debe extirpar a ese fantasma. Debe convivir con un presente que no quiera replegarse en un pasado que ya no podrá ser ni presente ni futuro. La herida debe ser cauterizada. En correspondencia con ese proceso emocional, Muldoon se confronta con el misterio relacionado con una casa infectada, maldita, por una presencia espectral. Si ella se ha trasladado de un lugar a otro, la procedencia de ese virus siniestro proviene de otro lugar, transmitido por otra mujer, que llevaba adherida esa presencia espectral, como Muldoon su dolor aún no superado, cual tumor emocional.
Ese hogar infectado se revela como una pantalla de su desajuste o fractura emocional. La narración se astilla en diversos retrocesos temporales, que se alternan con el presente, los cuales relatan tres desgracias sufridas por residentes pretéritos de esa casa. Y cada una representa un reflejo de lo que no pudo ni podrá ser para Muldoon. La primera es una familia, también de tres miembros, como lo era la de Muldoon. El reflejo de una herida. La segunda era una pareja que estaba a punto de tener su primer hijo, el proyecto de una ilusión de una pareja en sus primeros pasos. Y la tercera, para cerrar el círculo temporal, una pareja anciana, que se enfrenta al deterioro, no sólo del cuerpo sino de la mente. El arco temporal de una vida en pareja que, para Muldoon, fue truncado por la irrupción o corrupción corporal del cáncer. La vida se deteriora, tarde o temprano. Puede ser ya con la ancianidad, según el proceso inevitable de la naturaleza, como vivió El detective de policía Goodman (Damien Bichir), con el cuidado, en sus últimos años, de su madre. O puede ser antes de lo previsto, por un accidente, o una enfermedad letal. Por lo tanto, esa casa maldita o infectada representa la circunstancia emocional en estado suspenso de la protagonista, el forcejeo entre el empantanamiento en la infección de la depresión y la superación y cura emocional.
El planteamiento, sin duda, era muy sugerente. Lástima que su construcción narrativa se supedite a unas convenciones que han infectado como tumor maligno el género de terror en esta década. La maldición está distribuida por Sony pero no se diferencia de las producciones de la Warner, como este mismo año, la secuela de It (2017), It: Chapter two (2019), ambas dirigidas por Andy Muschietti. En esta destaca la relevante figura del guionista, Gary Dauberman, porque en el principio ya está el fin. Gary Dauberman firmaba el guión de It junto a Chase Palmer y Cary Fukunaga, o dicho de modo más preciso había reescrito, con las aportaciones del director, Andy Muschietti, el guión que habían desarrollado Fukunaga y Palmer durante los tres años, entre 2012 y 2015, que habían trabajado en el proyecto cuando Fukunaga estaba asignado como director. En este ocasión, firma en solitario el guión de It chapter two (2019). Dauberman ha sido también guionista de Annabelle (2014), de John R Leonetti. y sus secuelas Annabelle: creation (2017), de David F Sandberg y Annabelle vuelve a casa (2019), que ha supuesto su debut como cineasta. Y también el de La monja (2017), de Corin Hardy. Es decir, películas integrantes del universo Expediente Warren/The conjuring. Obras, todas ellas, que no se definen por la cohesión ni la coherencia, sino por la acumulación de escenas terroríficas de choque en estado de suspensión, o amenaza interrumpida, aplazada hasta la conclusión. No importa mucho el desarrollo dramático, ni los personajes. No es la prioridad. El relato es una sucesión de sobresaltos, como una carrera de relevos en la que cada susto es un mero amago porque sí la amenaza se completara se acabaría la película. Todas ellas están distribuidas por la Warner, como también ambos capítulos de It. Lo cual parece indicar una marca de fábrica o seña de identidad del Estudio. La recurrencia de recursos o resortes dramáticos y narrativos evidencia los beneficios que reporta la aplicación de una formula con leves variantes, las convenciones que se quieren ver (padecer) una y otra vez, la dinámica de la atracción de feria del túnel, el pasadizo o la casa del terror. La figura siniestra asusta, se esconde, para reaparecer en otro recoveco, así una y otra vez, en una sucesión de amagos, hasta que decida, en la conclusión, desplegar toda la artillería de recursos terroríficos letales de los que suele dejar constancia ya en las secuencias iniciales, aunque decida, por capricho de los guionistas, mantenerlas en reserva durante el desarrollo del relato. Es una característica que se extendía a las dos últimas secuelas de Insidious, que conecta con La maldición a través del rostro de Lynn Shaye, aunque a través de personajes opuestos.
La sintonía entre Dauberman y Muschietti ya se podía prever en la opera prima del cineasta, Mama (2013), la cual evidenciaba esas mismas características (o deficiencias). Disponía de un arranque muy sugerente, pero la narración pronto empezaba a renquear, impulsada a base de sacudidas, sin cohesión, pese a contar como co guionista con Neil Cross, el creador de la excelente serie Luther (2010-). Ocurría lo mismo que en It. Se enseñaba demasiado pronto las cartas con las que jugaba, la amenaza que pendía sobre la familia, y en cierto momento parecía que no se sabía cómo continuar. No se puede sostener una narración sobre una mera sucesión de secuencias terroríficas. En cierto momento, empezaba a parecer que creaba situaciones de terror interruptus (sin que vayan a ninguna parte, como quien quiere alargar el redoble de tambor), porque hay que rellenar metraje. Eran personajes sin particular consistencia, sin la suficiente entidad, más bien conductores, sin sustancial conflicto, consigo mismos, o con los demás. Más allá de la peripecia externa, la amenaza terrorífica de la banshee, con la que se demostraba, puntualmente, pericia e ingenio en el dominio de las texturas inquietantes, no había un trayecto dramático, y menos un subtexto, que densificara o cohesione, y de cuerpo, a la atmósfera. Esa es la principal característica de los guiones vertebrados por Dauberman, que alcanzan su cota más inconsistente, o deja más en evidencia la gratuidad de sus hechuras, en The nun: Juego al amago, y dejo para el final el más ostentoso despliegue pirotécnico. Es un cine fundamentado en las escenas, en los fragmentos, como si la narración fuera una sucesión de cortometrajes. Y hay que reconocerle a Muschietti que sí demuestra su talento de modo intermitente. La misma secuencia inicial pre créditos de Mama casi se podría calificar como un espléndido cortometraje en sí mismo. Con ambos capítulos de It utiliza parecida plantilla, e incurre en semejantes deficiencias. Y son también las características definitorias de la esclerosis narrativa que padece La maldición, que es una producción de Sony en cuyo guión no participa Dauberman. Lo cual señala como es una infección que se extiende al propio género de terror, o a las formulas en las que, en general, parece, cual casa maldita, atrapado.
Pesce parecía desmarcarse de esas convenciones en sus dos obras previas, The eyes of my mother (2017) y Pierceng (2018). Parecían decantarse por un formalismo que primaba el juego con las texturas y las referencias estilisticas, en un territorio abstracto que intentara hacerse eco de unos desajustes mentales. Piercing, en concreto, parecía responder al desquiciamiento de un padre primerizo. La narración se define por la desfiguración y la distorsión, de cuerpo y mente. Un espacio incierto, como señalan un horizonte urbano que no oculta su condición de decorado. Un hombre decide matar a una prostituta, pero esta también padece su particular trastorno, derivando la narración en un enrarecimiento, no carente de distanciamiento irónico. El grafismo de los títulos de crédito, la banda sonora, el tratamiento cromático, nos traslada al espacio imaginario del cine de los setenta, en concreto el giallo, con el cual también colindaba cierto vaciamiento narrativo de su opera prima. No hay desarrollo psicológico, sino cuerpos que responden a una mente desajustada y trastornada. En ese sentido, no desentona su última película, aunque deje la sensación en unas y otras de que se queda en esbozo de su planteamiento abstracto, sea éste más liviano o complejo. La diferencia es el planteamiento de apariencia heterodoxa de las dos primeras, más bien juego formal, y la sumisión a las convenciones predominantes en La maldición,
Al respecto, es revelador cómo, probablemente, por no ajustarse a esas coordenadas convencionales, fuera la razón de que Fukunaga quedara fuera del proyecto de It, por querer plantear un enfoque más bien heterodoxo. Por eso, el primer capítulo de It se desmarcaba, en cierto grado, en que disponía de un desarrollo más singularizado de sus personajes (por lo menos, el puntual tratamiento de la sexualidad emergente, los apuntes más sugerentes de la película). Andy Muschietti, director de ambas partes de It, declaró que ese aspecto, la caracterización de los personajes, es el que mantuvo del planteamiento de Fukunaga, y sus aportaciones se enfocaron más hacia Pennywise o las situaciones, es decir la parafernalia, las cualidades distintivas de la figura terrorífica. Consideró que no se sacaba el provecho adecuado a la facultad de cambio de formas de Pennywise, cualidad más en consonancia con la posibilidad narrativa de la sucesión de números circenses, por lo que potenció más esa capacidad, lo que dota a la narración de una apariencia de variación aunque se ajuste a un molde definido por la restricción y la repetición. Annabelle vuelve a casa lo ejemplificaba una vez más: un escenario con varias figuras siniestras que, por turnos, toman el relevo en la sucesión de sustos, o amagos de amenaza, sin que nunca, en cada pasaje, se culmine la amenaza letal. Y La maldición incurre en los mismos defectos, con la figura femenina de melena profusa como emblema, que se convirtió en marca de fábrica de la franquicia La maldición, de la cual esta es la cuarta entrega estadounidense, dos dirigidas, en el 2004 y 2006, por quien había dirigido la original producción japonesa en el 2002, Takashi Shimizu, y la tercera por Toby Wilkins en el 2009. ¿Por qué once años entre esta y la cuarta? Esto nos lleva a la tendencia a actualizar precedentes del género de terror. Se han rebañado las de los setenta y ochenta, así que ¿por qué no recurrir a otra más reciente?
Todo es cuestión de fórmulas y algoritmos para los que gestionan la industria. Si algo tiene éxito, se sigue esa dirección hasta exprimir y agotar sus variantes. Desde la exitosa nueva versión de La matanza de Texas, de Marcus Nispel, en 2003, se fue incrementando, paulatinamente, la producción de revisitaciones (o actualizaciones de aplicaciones ya desfasadas de películas de terror de aquel periodo) con Amanecer de los muertos, 2004, de Zack Snyder, La morada del miedo (Terror in Amityville), 2005, de Andrew Douglas, Terror en la niebla, 2005, de Rupert Wainwright, La colina tiene ojos, 2006, de Alexandre Aja, Cuando llama un extraño, 2006, de Simon West, Negra navidad, 2006, de Glen Morgan, La profecía, 2006, de John Moore, Wicker man, 2006, de Neil LaBute, Halloween: el origen, 2007, de Rob Zombie, Carretera al infierno, 2007, de Dave Meyers, Invasion, 2007, de Oliver Hirschbigel, Una noche para morir (Prom night), 2008, de Nelson B McCormick, Abril sangriento (April's fool day), 2008, de Mitchell Altieri y Phil Flores, Viernes 13, 2009, de Marcus Nispel, La última casa a la izquierda, 2009, de Denis Iliadis, Hermandad de sangre, 2009, de Sterward Hendler, y El padrastro, 2009, de Nelson McCormick. Y ese mismo año se pondría en marcha la producción de San Valentín sangriento, 2010, de Patrick Lussier, Pesadilla en Elm street, 2010, de Samuel Bayer, The crazies, 2010, de Breck Eisner, Piraña 3 D, 2010, de Alexander Aja, Escupiré sobre vuestra tumba, 2010, de Steven R Monroe, o No tengas miedo a la oscuridad, 2010, de Troy Nixie.
No finalizó ahí la fiebre, aunque gradualmente haya ya decrecido el número de producciones (por lógica porque cada vez quedan menos producciones que rehacer): Noche de miedo, 2011, de Craig Gillespie, La cosa, 2011, de Mathijs Van Heijningen, Silent house, 2011, de Chris Kentis y Laura Lau, Maniac, 2012, de Franck Khalfoun, Noche de paz, noche de muerte (Silent night), 2012, de Steven C Miller, Carrie, 2013, de Kimberly Pierce, Posesión infernal, 2013, de Fede Alvarez, Poltergeist, 2015, de Gil Kenan, Toc Toc, 2015, de Eli Roth, Los cazafantasmas, 2016, de Paul Feig, Enganchados a la muerte (Flatliners), 2017, de Niels Arden Oplev, La noche de Halloween, 2018, de David Gordon Green, Suspiria, 2018, de Luca Guadagnino, Muñeco diabólico, 2019, de Lars Klevberg o Cementerio de animales, 2019, de Denis Wydmaier y Kevin Kolsch. ¿El motivo de este alud de actualizaciones? Desde la perspectiva industrial el aprovechamiento de la posible ignorancia de las nuevas generaciones sobre aquellas obras, ya que los jóvenes son proporcionalmente los más recurrentes espectadores en la salas de cine. Por añadidura, se haya visto o no la versión previa, influye el atractivo que implica el concepto de actualización, se ajuste más al original o se distancie como variación, ya que potencialmente se verá favorecida, mejorada en sus prestaciones o complementos, por la evolución en la técnica cinematográfica, en los efectos visuales o de maquillaje, ya que el efecto es el reclamo fundamental. ¿Para qué revisar una versión antigua si los efectos seguramente serán más impactantes o veraces, acorde a la digitalización de nuestra relación con la pantalla de la realidad? No importa demasiado la sustancia, por eso se repiten las mismas formulas con tanta persistencia. La idea de realizar una nueva adaptación de It, publicada en 1986, se gestó en el 2009, en pleno apogeo de nuevas versiones de películas de terror de los setenta y, sobre todo, ochenta. Con respecto a La maldición, se planteó en el 2013, como se ha hecho con otras franquicias (de terror o superhéroes), no versionar las ya realizadas sino crear una línea paralela con otro inicio. Aunque, al final, La maldición, según su director, es una secuela entre la primera y la segunda. Filigranas sobre el vacío.
Precisamente, en términos de sustancia, las nuevas versiones o variaciones, en general, son muchos menos sugerentes. No es que el término medio de las obras pretéritas fuera tampoco particularmente destacable, pero algunas sí me parecen excelentes, La cosa, La profecía o La noche de Halloween, o notables, como La niebla, El hombre de mimbre o la segunda versión de La invasión de ladrones de cuerpos. No carecían de interés, aun irregulares, Pesadilla en Elm Street, Carretera al infierno, El padrastro, o incluso Poltergeist o Noche de miedo. Pero otras que adquirieron el estatus de obras de culto, considero que están muy sobrevaloradas, como La matanza de Texas, no más que discreta, la indigesta Carrie, un torpe y efectista gran guiñol, como también lo era Posesión infernal, o la histérica Suspiria, superada en despropósito por el tramo final de la versión realizada por Guadagnino. Ciertamente, el nivel cualitativo medio de las versiones recientes es notablemente inferior. No hay ninguna que roce la excelencia. Las más estimables, con momentos notables, me parecen Amanecer de los muertos, Cementerio de animales y La noche de Halloween, de David Gordon Green, y con interés parcial, La colina tiene ojos, Wicker man, Invasion, The crazies, Muñeco diabólico o La cosa. La maldición (2020), más bien, es una película que invita a pensar en la película que hubiera sido si no se hubiera priorizado la parafernalia, el fetiche, el fragmento, en detrimento de la exploración de una fractura emocional, para la que contaba, además, con una excelente actriz como Andrea Riserborough.
It y La maldición coinciden en desaprovechar un sustancioso substrato. En It, tras la excelente secuencia previa que ya define la amenaza, y su condición letal, de Pennywise (Bill Skasgaard), se suceden durante casi dos tercios de la narración secuencias en las que algún personaje es amenazado por Pennywise. De acuerdo a esa narrativa del amago y el aplazamiento, la amenaza no se culmina, a diferencia de la secuencia inicial, con la muerte, excepto una, con un personaje irrelevante, Patrick, uno de los cuatro adolescentes que abusan de Ben, uno de los siete integrantes de 13 años, seis chicos y una chica, del Club de Perdedores. Las otras amenazas son truncadas por la aparición imprevista de otros personajes, como la que sufre Mike en la puerta del matadero o Ben en la biblioteca. Otras se suspenden sin motivo alguno como si las amenazas se culminaran o no a capricho de Pennywise (o del guionista), como las que sufren Beverly en el cuarto de baño de su casa o Eddie en la casa abandonada (o en esta, posteriormente, cuando se interna todo el grupo, el instante en que Pennywise demora o dilata la amenaza el mordisco sobre Eddie). Por lo tanto, el interés se restringe a la habilidad con que estén desarrolladas cada una de las secuencias, es decir, el ingenio de cada fragmento (destacaría el uso de la pintura de Modigliani). No se difumina el sugerente substrato (Pennywise aparece acorde a la naturaleza de cada miedo: la hipocondría de Eddie; el abuso sexual que sufre Bev, unido a sus primeras menstruaciones: la naturalidad de la expresión del deseo interferida o enturbiada por la corrupta imposición; la soledad que maquilla el refugio de la biblioteca para Ben; la repulsa de Mike con respecto a su trabajo en el matadero combinado con el trauma de la muerte de sus padres en un incendio¨la confrontación de la muerte o la pérdida; el sentimiento de culpa de Bill...), pero tampoco desarrolla su potencial. Adquieren más relevancia los sugerentes escenarios que los conflictos de los personajes, entre ellos, o los que sufre cada uno de ellos consigo mismo o con alguien de su entorno. Es un buen detalle que tanto el abusón como Pennywise desaparezcan, se precipiten o abismen, en un pozo, pero la turbiedad sustancial se diluye en la parafernalia. Muchos personajes abusan y otros, que desearían flotar inmunes al sufrimiento, tienen miedo, pero en última instancia prima más la revelancia del accesorio, el impacto del fragmento, que la sustancia.
¿Varia demasiado el escenario en It chapter two (2019), o es más de lo mismo, pero en vez de durante dos horas y cuarto, durante dos horas y cincuenta minutos? Una vez más, el inicio o planteamiento es prometedor. Se nos sitúa en esa circunstancia en la que un adulto, en esa edad intermedia que bordea los cuarenta, se plantea, de modo más acusado, qué ha hecho con su vida, si se ha ajustado a las expectativas, si ha modificado o corregido lo que le hacía sentir más vulnerable o carente, si su vida aún está en proceso, en proyecto, o ha concluido (porque se supone que ya se debe tener la vida configurada, ya que, pronto, comenzará a ir en descenso, a deteriorarse) como se deseaba, o más bien se siente que quedan demasiados flecos sueltos, emociones no resueltas o truncadas, aspiraciones no realizadas, si más bien se ha tendido a repetir los errores. Bill (James McAvoy) es escritor, guionista. Nos lo presentan ante una página en blanco, durante un rodaje. Nos lo presentan vacilante. Le cuestionan que sus finales, en general, sean insatisfactorios, necesitados de mejora. Bill no cree en los finales cerrados, quizá porque siente que su vida no se ha perfilado como esperaba. Una página en blanco que nunca rellena como desearía. Es una vida aún en construcción, pero no porque la sienta aún en progreso sino porque no ha sabido definirse su arquitectura, su guión, como si estuviera horadada por brechas que siente pero no se ve capaz de afrontar o resolver. Su tartamudeo parece que se extiende a su vacilación permanente. Se puede decir que es equiparable al hecho de que ha olvidado su niñez, y en concreto, la experiencia que sufrieron los siete amigos del club de perdedores. Aunque no es algo que solo le haya ocurrido a él.
En la secuencia inicial, la voz en off de Mike (Isaiah Mustafa) apunta que se tiende a recordar lo que se prefiere recordar, como quien perfila la película deseada con la antología de los momentos más destacados que vivió y deja de lado las experiencias menos gratas o simplemente la vertiente rutinaria. Pero en algunos casos es tan poderoso, o más, lo que se quiere olvidar. Ese es el camino que dirige a la negación. Extraes de tu memoria algo, y quizás recaigas en lo mismo. Bev (Jessica Chastain), por ejemplo, se ha casado con alguien que repite el patrón de su padre, alguien que quiere imponerse a su voluntad, alguien que tiende al abuso o uso de la vioencia, a querer anularla. Ben (Jay Ryan) no es ya un chico obeso, que se sentía aislado, rechazado por el resto, sino alguien que ha erigido una vida de acuerdo a cómo quiere verse o sentirse. Es arquitecto, de hecho, y ahora su cuerpo de caracteriza por sus marcados abdominales. Parece que ha confeccionado un escenario ideal, la pantalla en la que quiere verse, pero sigue sintiéndose igual de solo, y aún añora, veintisiete años después, a Bev, a quien aún sigue amando. Eddie (James Ransone) en consonancia con su maniática hipocondría es analista de riesgos. La mente hecha cuadrícula que sigue sin asumir los imprevistos, los accidentes o las contrariedades como componentes, posibilidades, de la dinámica de vida. Charlie (Bill Hader), cómico de éxito, enmascara en la coraza de sus ocurrencias humorísticas sus frustraciones o emociones no expresadas, más bien retenidas y reprimidas, en buena medida por los condicionantes sociales, tendentes a la discriminación o estigmatización, a los que se ha plegado.
Mike es el único que ha permanecido en Derry durante los veintisiete años que han transcurrido de su enfrentamiento a Pennywise. Quizá porque es excepción en un entorno, lo que ha determinado que se afiance de modo más firme en lo que es. Es un afroamericano en un entorno primordialmente blanco. Es alguien que sabe lo que es sentirse expuesto al desprecio o a la humillación, o simplemente sentirse diferente, como una nota discordante en una pintura. Si te sientes objeto de irrisión, humillación, si tienes miedo de expresar lo que realmente sientes o deseas, por sentirte estigmatizado, sea porque haya quienes sienten que alguien, por ser gordo, homosexual, negro, merece cualquiera de esas consideraciones despectivas, te ves expuesto al miedo de sentirte nada, de dejarte ahogar por la vergüenza. La imposición por la vía del miedo, tan extendida aún en nuestros tiempos, es el instrumento que anula, y te hace sentir que empequeñeces. Te puedes sentir, como nota discordante, un payaso, alguien ridículo, una anomalía que no merece respeto ni consideración. Una monstruosidad patética. En la secuencia introductoria de It chapter two, Adrian (Xavier Dolan) es apalizado brutalmente porque simplemente cinco chicos desprecian que sea homosexual, por lo que no aceptan que muestre su afecto, en público, a su pareja. De esa inflexibilidad, de esa violencia impositiva, es el reflejo siniestro Pennywise. No es cuestión de sentir miedo ante quien quiere abusar o imponerse a ti, sea un padre, o alguien que no acepte, sino más bien desprecie, tu condición étnica, tu tendencia sexual o tu constitución física. No hay que sentirse pequeño, impotente, sino sentir la pequeñez de sus mentes restringidas, de su mezquindad.
De nuevo, Muschietti y Dauberman nos ponen en situación, delinean el presente de unos personajes, que evidencian en su estancamiento que no han progresado, sino que por el olvido y la negación, aún conservan los mismos espacios estancos turbios en su interior, en las alcantarillas de su mente. Se percibe, en las secuencias iniciales, el desvalimiento y la fragilidad de los personajes, cómo aún son figuras a la deriva, en un grado u otro. En su reencuentro se palpa lo no dicho o expresado en el pasado, lo que se ha apartado en la mente, lo que suscita la confrontación con quienes se gestó un vínculo poderoso en la infancia, cuando quizá más bien sientan que son frágiles los vínculos que han generado en el presente. Pero la irrupción de la pirotecnia de efectos visuales en la secuencia del reencuentro, en el restaurante oriental, ya anuncia qué primará en la narración. Más que el desarrollo de los personajes, la predominancia del efecto. Como en la anterior, se suceden las secuencias en las que, por turnos, los personajes sufren sobresaltos por la reaparición de Pennywise. Se combinan tiempos pasado y presente, lo que evidencia cómo realmente aún siguen detenidos en aquel pretérito, cómo su presente se define sobre todo por la tristeza o la soledad o el autoengaño, pero no desarrolla la dimensión dramática que esboza. Hay un par de notables secuencias, dotadas de cierta atmósfera perturbadora, que exponen la capacidad letal de Pennywise. Ambas relacionadas con niños, lo que ya define lo que los protagonistas han perdido de vista en sí mismos: una secuencia, de modo elocuente, acontece entre espejos de una atracción de feria: la infancia es el espejo que evidencia su presente desprovisto: de hecho, en las secuencias finales los adultos supervivientes miran el reflejo de sí mismos, con 13 años, en la vitrina de un escaparate. Pero en general abundan las secuencias que tienden al amago.
Hay algún par de planos en los que hace ingenioso uso de la profundidad de campo, para sugerir o anunciar una amenaza, pero, en general, tiende más a la pirotecnia explícita, lo que neutraliza, gradualmente, la vertiente turbia o emponzoñada. Queda el despliegue de accesorios, de efectos visuales, de maquillaje, o decorados, conjugado con el apabullante estruendo del sonido (en busca del sobresalto más bien por el equivalente de un fuerte puertazo), pero tampoco destacan ni por la singularidad ni por el ingenio. Pierde de vista, pronto, el potencial dramático de los diferentes conflictos de los personajes, e incluso se podría decir que desperdicia sus posibilidades, sobre todo en el caso de Bill, Bev o Charlie. Por ello, la supuesta catarsis final, en el mismo escenario que la obra previa, más bien suscitó mi indiferencia. Y lo mismo ocurre en La maldición, en la que además se incurre en la convención del sobresalto final que corrige lo que se creía la conclusión. Una última pirueta para evidenciar que se había perdido de vista el posible desarrollo dramático esbozado. Una vez más, prima el repertorio sobre la sustancia.

martes, 5 de marzo de 2019

True detective (3ª temporada)

La vida es imprevisible, cualquier accidente puede ocurrir cuando menos lo esperes. En las primeras secuencias de la tercera temporada de True detective (2019), creada por Nic Pizzolato, dos niños, hermanos, se alejan de su hogar en bicicleta. El niño aparecerá muerto días después, con las manos en la misma posición que en su pose para la primera comunión (pero no la hay en la muerte; esta irrumpe como un vacío que genera dolor y desesperación). La niña desaparecerá, y las pesquisas que se realizan entonces, en 1980, o diez años después, cuando se reabra el caso, no lograrán encontrarla. En las secuencias finales, dos niños, hermanos, se alejan de su hogar en bicicleta. Son observados por su abuelo, Wayne Hays (Mahershala Ali), el hombre que, ya septuagenario, en 2015, ha logrado unir las piezas de modo definitivo, y ubicar a la figura o pieza desaparecida, que no logró resolver (en buena medida, por impedimentos ajenos), cuando era detective al cargo de la investigación, junto a Roland West (Stephen Dorff), en las dos ocasiones que el caso estuvo abierto. Las piezas encajan, pero no obsta para sentir, como reflejan los planos finales, que la realidad es, o se siente, como una selva en la que no sabes qué puede ocurrir cuando te internas en su espesura. Y las mismas relaciones, como una relación de pareja, en concreto la que él mantuvo con Amelia (Carmen Egojo), es, o se siente, como una espesura en la que no sabes cuántos enfrentamientos y cuántas contiendas, cual intercambio bélico, desgastarán, o minarán la relación, cuántos recelos o inseguridades deberás superar, cuántos pulsos y reproches a los que sobrevivir para que la relación se mantenga sin que las heridas de combate se tornen desilusión, apatía y renuncia.
El primer capítulo está dirigido por Jeremy Saulnier, también a cargo del segundo, mientras que el tercero, que en principio iba a realizar, pero del que se desentendió por diferencias creativas con Pizzolato, lo rodó Daniel Sackheim, como el sexto, séptimo y octavo, encargándose el mismo Pizzolato del cuarto y quinto. El tiempo es una cuestión fundamental en la obra de Pizzolato, ya manifiesto en su novela Galveston, con el contraste entre distintos tiempos (entre lo que ya es evocación, y a la vez reflejo de un deterioro, de finitud y pérdida, y lo que es en proceso, cuando es acontecimiento, y aún no sus residuos, sus heridas, y faltas, lo que ya no está), aspecto no tan presente en la discreta adaptación dirigida por Melanie Laurent, lo que hace que pierda densidad y desgarro (no sientes del mismo modo que el presente no será). También era manifiesto en la primera temporada, con una construcción de la narración que combinaba tiempos, con una separación de diecisiete años, entre 1995 y 2012, con un tiempo intermedio, en el 2002. Una sensación de repetición que incidía en ese fatalismo de que no hay manera de enfrentarse y superar a los poderes invisibles, a los que tan difícil resulta dotar de rostro, y por lo tanto detener. En las primeras secuencias del primer capítulo de la tercera temporada ya queda manifiesta la fractura temporal. Se alternarán, sucesivamente, los tres periodos de tiempo,casi como si fueran uno o tres ángulos del mismo cuerpo, porque esa estructura se relaciona con, o refleja, una fractura, la que padece el protagonista, y que ha marcado, o surcado, su vida, como flecos irresueltos, nexos no dilucidados (como quien no logra la comunión con la realidad, pero no deja de demandar protección (amparo, apoyo, atención), o más bien, complacencia, como si la realidad fuera una escolta).
La primera temporada de True detective (2014), se configuraba sobre la dualidad, el contraste entre la pareja de policías (encarnados por Woody Harrelson y Matthew McConaughey), en sus contrapuestas actitudes. En la segunda temporada (2015), son cuatro los protagonistas. La primera temporada radiografíaba una infección moral y unas tinieblas emocionales bajo el influjo del thriller que marcó nuevos rumbos en el género, la visionaria Seven (1995), de David Fincher. Su territorio era el de la siniestra abstracción. La segunda temporada se empapaba de las turbiedades y convulsiones, de las radiografías de la corrupción de las instituciones y de la naturaleza humana, que ha realizado un autor que marcó también nuevos senderos en la novela negra, James Ellroy, quien, a menudo, recurre a varias líneas narrativas, generalmente tres, protagonizadas por personajes que en un momento dado convergen. Esta segunda temporada tuvo una recepción menos entusiasta, quizá porque se esperaba que redundara en la misma línea que la primera, como una marca de fábrica; más allá de las cualidades de la primera temporada, la segunda me parece, en conjunto, más armónica y menos irregular. La tercera se centra primordialmente en un personaje, en Hays, como si no abandonara su cápsula mental, su fractura interior, los límites de su mente, o de su incapacidad de cohesionar los nexos del caso, de la realidad, y, en especial, de sus emociones ( y relaciones), por eso, aún más que el caso, resulta fundamental el curso de su relación sentimental con Amelia.
Esta tercera temporada de True detective reincide en los territorios de la primera, y abunda en la paleta de la extrañeza y de la pesadumbre, como una inmersiva sinfonía exuberante de adjetivos (de tonalidad y atmósfera) enturbiados que empapan con el extravío y la desolación, de nuevo, como una infección que no logra atajarse ni curarse, en suma, iluminarse (en un sentido amplio). Adjetivos acordes a la afectación de Hays, a su inclinación al victimismo, o a sentir que todo (la realidad) acontece con respecto, o aún más, contra él. En la primera temporada, Rust, el nombre del personaje de Matthew McConaughey, significaba óxido, herrumbre. Rust había oxidado su aliento de vida, su impulso vital. Esos límites que su compañero, Marty, considera necesarios (aunque no consiguiera desenvolverse en los mismos, como evidenciaban las fisuras en sus relaciones afectivas), para Rust eran un espejismo, una construcción ficcional que suministra ilusión de seguridad y certeza. Pero no existe. Para Rust se evidenció, con la pérdida, tiempo atrás, de su hija, por un accidente, al ser atropellada, que la vida, la existencia, es accidental, y los que la habitamos somos pasajeros de una ficción. Por eso, se había convertido en un espectro que se siente condenado, porque sentía y pensaba que la espiral es, a la vez, un círculo, que la imposibilidad volverá a evidenciarse. Si hay una circularidad en el tiempo, en la dinámica de los acontecimientos, sólo refleja esa fatalidad. No hay posibilidad de superación, de transformación, de logro (al final, la asunción de la herida conducía a la iluminación del discernimiento). En la tercera temporada, Hays vive en una fractura, el tiempo son astillas, amplificado por el deterioro que sufre su mente. Pierde el hilo, la continuidad temporal, no se puede fiar de sus recuerdos, o de repente, no sabe dónde está, como si su mente se reseteara y olvidara lo que estaba haciendo los minutos previos o no recordara que llevaba hablando un buen rato con esa persona que ahora saluda como si la viera por primera vez. Habita un tiempo fracturado, descentrado.
En el curso del relato, exploración de su fractura, con saltos adelante y atrás, se evidenciará que los añicos no son sólo los del deterioro, por la edad, sino por su misma naturaleza, o cómo Hays ha habitado la realidad, su vida, cómo se ha relacionado con los demás, cómo ha confrontado los sucesos, lo que no controlaba, las contrariedades y adversidades, sus dudas e inseguridades (ese espacio entre el es y el se siente, entre realidad y sujeto, que puede tornarse abismo, espesura, fluctuación, como una pantalla incierta, escurridiza). Un sujeto en constante conflicto que constituía su relación con la realidad fundamentalmente de acuerdo a lo que a él le afectaba, como si fuera una película que se desarrollara en función suya, como protagonista. No deja de ser elocuente, que sí Hays canaliza o reconvierte su desvalimiento en coraza, su compañero, Roland, con el tiempo, esa intemperie vital la asuma (cuando se mira con aquel perro abandonado, tras dejarse apalizarse por la impotencia de no haber logrado resolver el caso, o haber tenido que matar a un hombre por sus torpezas), y decida habitar en ese hogar aislado en el que convive con perros (como si él asumiera su condición de perro abandonado por una realidad que le supera, pero ante la que no reacciona con suficiencia o con sentimiento de agraviado)
Al fin y al cabo, la revelación final del enigma no es sino un reflejo de las inconsistencias de Hays, esas a las que no ha dejado de confrontarse, pero sin lograr enfocarlas (o lo logrará cuando, paradoja, su mente sufra un deterioro biológico): Una mujer que no había logrado afrontar la pérdida, la fractura emocional, en su vida, la pérdida en un accidente de su marido e hijo, y apoyada en su condición de hija de hombre acaudalado, decidió secuestrar a una niña, como si fuera una sustituta de su hija fallecida, como quien lleva la inconsecuencia al extremo: no le importa cómo afecte a la vida de sus padres, no le importa drogarla con litio durante años para mantenerla controlada, y no le importa haber matado al hermano, aunque fuera de modo accidental. La vida gira alrededor de su particular drama, ella es la protagonista de su película, y alrededor no existen los demás, otros dramas, otros pesares, otras carencias. Dispone de su bunker de realidad, cual cámara aislante, como ese mismo cubículo en la mansión de su padre donde mantiene escondida a la niña, en una habitación rosa, reflejo de su enajenación, de su relación ficcional con la vida, como quien extirpa la negrura de la pérdida y la pesadumbre. En buena medida, como se refleja en su relación marital, o con su compañero Roland (que adquiere esa condición de contraste, como el de Marty con respecto a Rust en la primera temporada), Hays no deja de ofuscarse, entre contradicciones, y de forcejear con una realidad que le contraria, o con la que no sabe lidiar sin desprenderse de su orgullo o ensimismamiento. En ocasiones, las amarguras de las frustraciones con las que no ha sabido lidiar, empapan sus reacciones, o las descarga con los otros. No deja de fluctuar, como quien siente que la realidad es una espesura amenazante, como la que recorría durante la guerra de Vietnam. Dispone de la capacidad de advertir las inconsistencias, como quien advierte que hay una adulteración de la realidad (las manipulaciones que realizan en el caso), pero también dispone de su reverso, el recelo remarcadamente susceptible de quien sospecha actitudes con segundas intenciones, como se evidencia, en especial, en su relación afectiva con Amelia, amplificado por el hecho de que su esposa tambíén es una investigadora del mismo caso, aunque sea para escribir un libro. No deja de ser también un reflejo de sí mismo que la figura que intenta identificar durante décadas sea la de un hombre con un ojo ciego, blanco, esa mirada insuficiente que le define.
La estructuración temporal de la narración, con saltos hacia delante o hacia atrás (que reflejan su irresolución, su desorientado o insuficiente enfoque; es todo un detalle elocuente que se cuestione que haya leído tan tarde, ya septuagenario, el libro que su esposa escribió sobre el caso, lo cual refleja como todo lo limitaba en función de sí mismo, de su perspectiva) propicia que ciertas informaciones no sean desveladas en su orden. Por ejemplo, se revelará en las secuencias finales cómo en la primera investigación, en 1980, fue relegado a tareas administrativas porque se negó a plegarse a la voluntad de sus superiores, o a su cierre del caso, con el que no estaba de acuerdo, ya que, aparte de no compartir la resolución de quien querían declarar como culpable, hacerlo implicaba poner en entredicho a la mujer que amaba, en concreto, por el artículo que ella había escrito. Pero ese gesto no obsta para que después le reproche a ella, con aspereza, que se siente utilizado por ella. Al gesto generoso le sucede el gesto agraviado, como quien no logra hilar con coherencia los nexos de sus emociones, expuesto más que a una fractura, a una escisión, una falta de cohesión (inteligencia) emocional. Entonces, se percibe de modo más nítido el por qué de los posteriores reproches a su esposa, que se sentían tan desquiciados, cuando ella proseguía con la investigación. Esos reproches evidenciaban la amargura de su frustración al verse relegado al trabajo de administración policial, como si no hubiera superado el resentimiento.
De ahí, que en las secuencias finales se remarque (cuando ya los nexos de la trama policial están resueltos) la condición de la realidad como posibles narrativas alternativas, expuesto, además, por el fantasma de su esposa ( o reflejo de su mente fracturada). La narrativa de la vida puede ser, o configurarse, de un modo u otro. Puede que no encuentres esa pieza que faltaba, con la que todo encaja, la pieza desaparecida que te hace sentir que siempre hay algo que falla, o puede que logres encontrarla porque logres discernir, sin la interferencia de las ofuscaciones de tu inseguridad u orgullo, los nexos entre las piezas. Del mismo modo, en una relación, puede primar la confianza y la entrega, o en cambio no conseguir desprenderte de los reproches que brotan de las frustraciones, resentimientos y remordimientos, como si la realidad fuera una espesura en la que los accidentes imprevistos también son los resultantes de la incapacidad (de algunas voluntades) para aceptar esa misma condición imprevisible: no encajar o aceptar que la realidad nunca la podrás controlar como quisieras. No sabes qué podrá suceder a los que se alejan del hogar con sus bicicleta, pero sí puedes relacionarte con la realidad y los otros sin sentir que es una jungla rebosante de amenazas hacia ti. La vida son posibles direcciones, no sólo dependen de los accidentes, sino también de las actitudes, de los enfoques de nuestras voluntades.