1. Memoria, de Apichatpong Weerasethakul2. Benediction, de Terence Davies3. París, Distrito 13, de Jacques Audiard5. Despidiendo a Yang, de Kogonada6. La chica y la araña, de Ramon & Silvan Zurcher7. Mr. Wain, de Will Sharpe8. Arthur Rambo, de Laurent Cantet9. Sundown, de Michel FrancoUn año, una noche, de Isaki Lacuesta
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martes, 3 de enero de 2023
domingo, 11 de diciembre de 2022
Mis textos en Dirigido por Diciembre 2022
En el número de diciembre del 2022 se publican mis textos sobre Mantícora, de Carlos Vermut, Despidiendo a Yang, de Kogonada y Mira cómo corren, de Tom George
sábado, 27 de octubre de 2018
Quién te cantará
La vida y sus sombras. En Phoenix (2015), de Christian Petzold, Nelly aceptaba hacerse pasar por sí misma, valga la paradoja. Aceptaba ser instruida para actuar como ella misma. Vestir la ropa que vistió, recuperar su firma. Acepta ser una ficción que implica ser la representación de ella misma, o la versión de sí misma que niega un dolor, unas heridas, una vejación, una desfiguración. Aceptaba ser instruida, esculpida, cual Galatea, para ser ella misma porque quien se lo pide, su particular Pygmalion, es aquel a quien amaba, su marido, y lo hacía porque él no la había reconocido después del tiempo que ella había permanecido recluída en un campo de concentración. Aceptaba para poder ser recordada por quien la había olvidado, por quien menos deseaba que la olvidara, porque si en su memoria era nada se sentiría nada. O quizá aceptaba por no asumir un engaño, que él no era no como le imaginaba, que él era quien realmente la delató como judía. Una y otro son la imagen que, respectivamente, quieren ver. En Quien te cantará (2018), de Carlos Vermut, la cantante Lily Cassen (Nawja Nimry), que sufre amnesia, acepta ser instruida para recordar quién era, o más bien para recordar a aquella que fingía que era, la mujer escénica o pública, la mujer imagen, la estrella que tantos han admirado, en un escenario o en una pantalla, desde hace más de dos décadas. Y será instruida por Violeta (Eva Llorach), un remedo suyo, una imitadora, su copia, una admiradora que conoció su música precisamente cuando daba a luz a su hija, Marta (Natalia de Molina), veintitrés años atrás. De hecho, ella misma nace cada vez escucha su música. Sin esa música, sin su figura inspiradora, como si fuera respiración asistida, se siente un cadáver en vida.
¿Por qué ha sufrido amnesia quien ha dejado de cantar desde hace diez años? Quizá para olvidar lo que no es, quizá una impostura, una carcasa que sólo existía como máscara en un escenario. Un mero brillo en la distancia que ilumina la vida triste de quien siente que no es única. Pero ¿Cuál es su voz real,o cómo es, más allá de esa imagen o gestualidad que se admira e imita? Y, por otro lado ¿Cuál es la voz de Violeta?¿Es la voz y los gestos que imita como ilusión pasajera de singularidad? ¿O es una voz que tiembla porque se reprime? La cuerda del funambulismo de vidas ordinarias como la suya, como ella reconoce a un cliente del karaoke donde trabaja, no es sino la asunción de que no eres singular ni única, que no has sido ese fulgor que otros admiran desde la distancia que uniformiza a todos, como las chicas con pelucas y buzo naranja que cantan en una de las fiestas en el karaoke. Aún más, la pesadumbre puede no sólo residir en la uniformidad, en tu condición anónima e intercambiable, sino en la miseria de las violencias cotidianas que erosionan como un filo y amplifican el boquete de tus carencias, de tu frustración. La amargura de sufrir a una hija inestable que sufre desquiciados arrebatos de intemperancia, desequilibrio que soportas como una condena. Te sientes nada, y, por añadidura, la vida te raspa con un filo el tuétano. Quisieras borrarte, pero sólo logras olvidarte, por un breve instante, cuando eres otra, aquella que es única y singular, como si viviera por encima o fuera de la realidad.
En la orilla del mar la consejera (y protectora y cuidadora), Blanca (Carme Elias) encuentra el cuerpo desvanecido de Lily. En otra orilla alude a Violeta cuando esta quiere internarse en el mar. Quizás ambas quieren desaparecer, de un modo u otro. La orilla es ese espacio intermedio, como las identidades difuminadas, entre lo que se quiere ser y lo que no se puede ser, entre lo que se aparenta y lo que realmente se es. Tu vida no es como quisieras que sea, o tu vida es una representación, como una vitrina en la que te escondes y proteges. Parece transparente, pero quizá no lo sea. Lily vive entre cristales, espacios pulidos, pulcros, como si carecieran de mancha o sombra, pero no es sino una ilusión, como su misma caracterización, constituido en icono singular, ese peinado, esa sombra de ojos, esa imagen que se ha creado. Es lo que no es y no es lo que parece, aunque su apariencia sea lo que es, en cuanto entidad trascendente, para el resto. Y quizás no quiera que su vida siga siendo una impostura, como Violeta querría que su vida fuera otra, esa en la que no sufre el paulatino filo, en forma de hija, que, no podrá evitarlo jamás, degradará de un modo u otro su vida. Quizá sólo la desaparición procure el remanso deseado.
¿Quien te cantará? es una canción de Juan Carlos Calderón, que cantó Mocedades. Ausencia, o más bien falta. El vidrio de lo que falta, vida en unas existencias carentes que se encogieron en sus sueños, o se consumieron en su propia condición ilusoria de sueño. Los planos se dilatan, como celdas, o espesuras de las que no es posible escapar, y los primeros planos hieren como la interrogante que quiere recobrar su condición de afirmación, de presencia. ¿Quien te cantará si tu vida es un hueco o una hélice que te desgarra, como el filo de ese cuchillo con el que tu hija amenaza con cortar su cuello como reiterado chantaje emocional con el que desapareces lenta y progresivamente?. La cámara gira alrededor de quienes se angostan entre máscaras que asfixian y carne que se torna mirada fija de pánico, sombra de ojo que se derrama y se revela un agujero negro. Si aún queda la máscara, aún queda la posibilidad de no ahogarse en los temblores de una vida que no logra ser, porque, simplemente, es una sombra que se derrama.
domingo, 13 de diciembre de 2015
Tomorrowland: El mundo del mañana
Todo depende del lobo que alimentes, todo depende del relato que construyas. Puedes pensar que nada es posible, y aturdirte en la apatía, puedes pensar que los desatinos pueden arreglarse, que sí se puede modificar la realidad, y mejorarla. Puedes pensar que la realidad es una sucesión de catástrofes, que el futuro da miedo, 'sobrepoblación, guerras en todos los continentes, escasez de agua, hambrunas, colapsos medioambientales', y consumir lo que tengas a mano, beneficiarte de lo que puedas, antes de que la realidad se hunda. Puedes pensar que la vida si puede despegar, y el mañana ser una realidad diferente que se puede construir en vez de ser testigo de cómo se incendian sus ruinas (como si todo lo contemplaras a través de un monitor: porque la misma desgracia, porque la consciencia de catástrofe, se ha neutralizado al integrarse como espectáculo). Puede existir ese amuleto que te haga sentir posible que la realidad se transforme, como el vestido de magical girl, en la obra de Carlos Vermut, era la ilusión que hacía sentir que la realidad podía ser de otro modo, que se podía ser otra, que el infortunio y la calamidad podían tornarse en ventura, que la muerte podía vencerse y convertirse en vida inmune. Pero no existía esa varita mágica. Aunque sí otros trucos de magia que suponían un desafío frente a una realidad que siempre perfora las ecuaciones con la demolición del imprevisto caos. En 'Tomorrowland: El mundo del mañana' (Tomorrow, 2015), de Brad Bird, hay dos tipos de relatos, que forcejean entre sí, como dos lobos. 'Hay dos lobos que no dejan de pelearse, uno es la oscuridad y la desesperación, el otro la luz y la esperanza. ¿Qué lobo vence?' 'Aquel que alimentas'. El inicio de la narración parte de ese forcejeo, a la vez que evidencia la construcción de la realidad como relato: evidencia la constitución de la vida que forjamos según la perspectiva o relato que estemos dispuesto a construir. Nos sitúa en la propia condición ficticia de nuestra realidad, y por lo tanto cómo es modificable, según cómo se sintonice.
El relato, como predomina en nuestro tiempo, comienza con la visibilización de la actitud, la voz, minada por la decepción: La ilusión será siempre demolida. Walker (George Clooney) habla hacia cámara, pero su relato es continuamente interrumpido por otra voz, una voz divergente en su perspectiva, es la perspectiva combativa que sí cree posible transformar la realidad, lograr materializar lo que se quiere y desea. La adolescente Casey (Britt Robertson) así lo cree. El relato comienza con la senda de la decepción, el relato de aquel que dejó de mirar como un niño, como el que cree que el mañana lo puede configurar de acuerdo a su ilusión o deseo, el relato de Walker, que dejó de caminar en su interior (Walker, caminante), y se encerró en sí mismo, en su decepción, en un lugar apartado que asemeja una fortaleza. El escenario de ese pasado en el que parecía posible la realización es una ciudad fabulosa, la ciudad del mañana, aquella ciudad donde los que impulsan la imaginación, las mentes creativas (lejos de los intereses creados, a ras de suelo, rastreros, vanos, de los políticos o financieros, lejos de las marañas de la realidad de trámites, de burocracias, lejos de la ciega pulsión de la codicia) se esfuerzan en transformar y mejorar la realidad. El relato toma, a partir de la clausura de la decepción, que supone la interrupción de todo posible relato a construir (es el ámbar del lamento ensimismado), la senda de quien combate con su ilusión, Casey. No acepta que su padre, un ingeniero aeronáutico, se quede sin empleo porque cierre la base de la NASA en Cabo Cañaveral. Efectúa sabotajes para que eso no sea posible, Interviene en la realidad, sabotea la configuración pautada de la realidad, para intentar que su rumbo sea otro. No acepta la resignación. Pero su propósito colisiona contra un entorno que no acepta esa actitud, y la aboca a la reclusión. Un objeto mágico, un objeto cuyo contacto le traslada a lo que parece un entorno de ensueño, la ciudad del mañana, le impulsa a buscar el modo de encontrar la dirección que le lleve a esa ciudad. En la propia realidad reside lo posible, es un potencial larvado en las actitudes que así lo sienten.
Y las dos actitudes convergen en la intersección que es el núcleo del mismo relato (intersección que establece quien fue la depositaria de la ilusión, frustrada, de Walker: Athena, Raffey Cassidy). Y uno y otra, Walker y Britt, se alían en la confrontación con la decepción (el sueño que no pudo hacerse realidad) y la propulsión de modificación de realidad. La realidad despega, como la propia narración no deja de hacerlo durante su fulgurante trayecto (como en la también excelente obra anterior de Brad Bird, 'Misión imposible: Protocolo fantasma' (2013). 'Tomorrowland' se despliega como un vibrante y exultante trayecto, que no deja de ser un desafío de protesta ante una realidad en la que predominan las miradas encorvadas sobre pantallas y la opresión que induce a la apatía y la resignación, como lo era también 'Mad Max: Fury road' (2015), de George Miller. La realidad puede modificarse. Es cuestión de ponerse en movimiento. Es cuestión de despegar. Puede que más allá no haya lo que se pensaba que existía (como sufre Furiosa imperator en aquel desierto que la confronta a su intemperie, y la deja al desnudo con su propia sublevación), pero el gesto es lo fundamental, porque es un gesto que transforma la realidad con su mismo desplazamiento. Puede existir la ciudad del mañana, pero dependerá de que abunden cada vez más las miradas que hagan de la imaginación su acto de sublevación. Y la conjunción deshilacha el aislamiento de las miradas programadas, entumecidas ante cada respectiva pantalla, sin pensar que más allá sea posible una realidad diferente. Puedes pensar que la realidad es una suma de inevitables catástrofes porque nada podemos hacer. Puedes pensar que la realidad puede despegar como un lienzo en el que pintas, como una especie que ayudas a proteger, como una nueva creación que diseñas, como una música que compones, como una naturaleza que cuidas para que no se contamine. Todo depende del lobo que alimentes.
miércoles, 7 de octubre de 2015
Próxima sesión Miradas al cine del siglo XXI: Los espacios visibles o no visibles
La segunda sesión de Miradas al cine del siglo XXI será el próximo jueves 15, ya que el lunes 12 es festivo. Vadearemos las difusas marismas del cine español. La isla mínima y Magical girl nos servirán de cuerpo proteico, como La cosa, para reflexionar sobre la utilización expresiva y simbólica del espacio y del no espacio, del visible y del no visible, como las marismas de La isla mínima, y la habitación, con el símbolo del lagarto, que nunca se ve en Magical Girl. Fisuras y zonas en sombras en la narración, relatos en múltiples capas....La cualidad de saber narrar con lo que no se ve, con lo que no deja de ser difuso, como que esa figura que no sabemos si es ya La cosa o sigue siendo el humano que conocíamos (o creíamos conocer)
domingo, 11 de enero de 2015
24 actores 2014
1. Philip Seymour Hoffman
En 'El hombre más buscado' es un hombre que transpira fatiga, un espía abocado a quedar aprisionado en el frío que predomina en las inclementes e insensibles actitudes que predominan en su entorno laboral. Baqueteado por una sucesión de decepciones y los estragos de las pérdidas, se desplaza como si la vida ya sólo fuera peso, una espesura de sombras en la que cada vez resulta más complicado desenvolverse. Es alguien, por ello, ya en trance de convertirse en espectro, aunque en su mirada exhausta aún palpita la llama de quien piensa que se puede hacer algo por mejorar el mundo, ya sea impedir que alguien abofetee de nuevo a su pareja, o dilucidar si el considerado como amenaza terrorista quizá no lo sea, pero en el primer caso la abofeteada acepta que una bofetada es parte de la dinámica de su relación, y en el segundo caso ante todo lo que importa son las funciones que cada uno supone en un escenario de conveniencias más allá de lo que sea o sienta. Por eso, ese rostro cansado decide desaparecer del encuadre, de la vida que ya ha sido dominada por los escenarios. Hoffman, desafortunadamente, abandonó también el encuadre de la vida. No sé si el cansancio que aquí transmite se corresponde con el que él realmente sentía. Pero su última interpretación como protagonista está entre sus más memorables, y son unas cuantas.
2. Jose Sacristán
En 'Magical girl', en algún momento perdió el paso, las matemáticas se desmenuzaron. Las ecuaciones se hicieron espirales, las emociones y deseos recovecos en los que extraviarse. Su mirada, tan fatigada de recorrer la misma dirección una y otra vez como un bucle del que no puede evadirse, se quedó cautiva en la pieza del puzzle que nunca encontró ni nunca encontrará. Aún sí siempre volverá, esté o no esté, porque no hay truco, sino lo que duele, y a veces se llama magia.
3.Bruce Dern
En 'Nebraska', en su vida retirada de la circulación, estacionada, apoltronada, siente una imperiosa fuerza que se asemeja al desbocamiento. Es una figura renqueante que no parece resistirse a realizar algún sueño, aunque sea como la falena que se dirige a la llama de un espejismo. No quiere desaparecer, su rostro encorvado no quiere postrarse, no quiere aceptar que su vida fuera una figura incompleta que no fue lo que prometía o lo que esperaba. Por eso, echa a andar hacia un espejismo, empecinado, resuelto, como un gesto que es un espasmo de una insatisfacción acumulada durante tantos años estacionado ante un televisor, entre suspiros que son exhalaciones de vida que dejó que se fugara.
4. Oscar Isaac
En 'A propósito de Llewyn Davis' su gesto siempre parece que se abisma en la gravedad, adusto, como si una sonrisa fuera un fenómeno paranormal. La música es su profesión, no una emoción a compartir. Para Llewyn, compartir es como un dilatado fundido en negro. Y su mirada parece en constante fundido en negro, una oquedad oscura que le impide conectar con los demás, porque el remolino de su insatisfacción, de sentirse un náufrago que bracea mientras se hunde, es más poderoso. Por eso, no mira como el gato cómo pasan las estaciones. Hasta que ve la sombra del gato renqueante que atropellado desvanecerse en la distancia. por un instante, se ve a sí mismo en la herida de la distancia que había interpuesto con los demás. Por un instante.
5. Jake Gyllenhaah
En 'Enemy' parece que fuera a desintegrarse, como si una agitación corroyera su interior. Quizá la que su personaje en la anterior obra de Villeneuve 'Prisoners' intentaba contener con tatuajes. Por eso allí encontraba lo que otro buscaba mientras se perdía. Aquí siente que su vida será ya controlada, sin posibilidad de diversificarse, de multiplicarse. No podrá ser otros, no podrá disfrutar de otras vidas, o siente que ya no dispondrá de esa posibilidad. Por eso, parece un temblor en forma de cuerpo, como si la imagen fuera a desestabilizarse, y convertirse en muchos, o meramente diluirse en una figura borrosa.
6. Tom Hiddleston
En 'Sólo los amantes sobreviven' su semblante parece embriagado de melancolía, por eso su cuerpo parece que fuera a correr el telón en cualquier momento, como una sombra que errara por el universo con un gesto ralentizado. Su mirada parece surcada por mechones de gravidez de pesadumbre, hastío, porque el mundo se ha escombrado en la predominante elección de la inexistencia. Lánguido, se estira como un gato que a la vez quisiera replegarse. Piensa en la desaparición, porque le oprime un mundo que carece de música interna. Parece el reverso de la energía desbordada que quiere hacer el mundo suyo de su personaje de Loki en 'Thor, un mundo oscuro'. Ahí, su sonrisa perversa tiene otros matices.
7. Javier Gutierrez
En 'La isla mínima', orina sangre, y su mirada también pareceinfectada, a la vez difusa, como si muriera, o estuviera entre medias de la tierra y el agua. Una mirada que parece dolerse, pero que quizá fuera una mirada que causó mucho dolor a otros, y con saña. En su mirada se confunden las emociones, y confunde la percepción. Sumergirse en las marismas de sus ojos implica ante todo sembrarse de muchas interrogantes.
8. Ralph Fiennes
En 'El gran Hotel Budapest' sabe ser refinado, una filigrana de elegancia, y modelo de integridad, siendo a la vez un dibujo animado. En 'The invisible woman', es el hombre visible que se repliega en sus sombras, y sabe traslucir con su precisión de orfebre actoral tanto el resplandor como las cadenas que él mismo forja.
9. Leonardo Di Caprio
En 'El lobo de Wall Street' también demuestra que domina el arte de difuminar los límites entre un ser humano y un dibujo animado. Dota de cuerpo a la enajenación que sabe enajenar a otros con su arrolladora elocuencia de animal escénico. Realiza un admirable alarde interpretativo de quien sabe cuál es el justo, y mordaz, equilibrio para no ponerse por encima de su personaje. Su interpretación parece una orquesta en pleno.
10. Vlad Ivanov
Una de las figuras ilustres del cine rumano. Memorable en 'Cuatro meses, tres semanas, dos días', en 'Madre e hijo' realiza una breve aparición, remarcando con su gestualidad la petulancia de su personaje, el conductor testigo del accidente. En 'Snowpiercer' su personaje permanece en segundo plano, un personaje sin voz, durante gran parte de la narración, y su cuerpo se convierte en un misil que da un volantazo a la narración cuando se convierte en un implacable perseguidor de características casi sobrehumanas, que revive hasta cuando parecía muerto.
11. Irrfan Kahn
En 'The lunchbox' matiza el progresivo proceso, con desfallecimientos y repliegues, de quien despierta de un coma vital, de quien tenía aparcada su vida, desde que había quedado viudo, entregado a la contabilidad, a los números, con los que había mantenido una aplicada relación durante muchas décadas. Una mirada que parecía ya un abaco, una mirada severa que ejecuta trámites, y esa mirada comienza, entre vacilaciones, mientras sus engranajes se sacuden, a tomar de nuevo contacto con la vida.
12. Colin Firth
En 'Magia a la luz de la luna' La evolución de Stanley se precisa en sus variaciones interpretativas. En los primeros pasajes, su arrogancia y presunción se evidencia en su elevado volumen de voz, como si actuara en un escenario, y los demás fueran espectadores en la distancia de un teatro, y en la rigidez de sus maneras. Progresivamente, cuando comienza a poner en duda su propia perspectiva, modera y suaviza su volumen de voz, y sus gestos corporales resultan más desenvueltos, expresivos, acordes a la flexibilidad de mirada, de actitud, que va adoptando, o, dicho de modo más preciso, con la que se va empapando.
13. Eddie Marsan
En 'Nunca es demasiado tarde' con la economía expresiva de una música minimal de gestos logra definir toda una compleja partitura emocional de una persona cuidadosa, ordenada, metódica y atenta. Quien puede parecer un mueble, un engranaje humano, por el orden con el que configura su entorno y su vida, rebosa un aliento vital de luminosa generosidad, aunque no sea nada exuberante en apariencia.
14. Tom Hardy
En 'Locke' conjuga emociones en tránsito, en disputa. Su semblante circula entre emociones que se colisionan, atropellan, se atascan, se topan desvíos, buscan atajos, o recuperan rumbo. Su semblante se convierte en narración, en trayecto. En 'La entrega' logra dotar de rostro y cuerpo a quien no se ve venir. No es fácil lograr dar cuerpo al truco de magia que te sorprenda. Sientes que está ahí, aunque lo veas cuando aparece.
15. Joaquin Phoenix
En 'Her' se siente como alguien que desconcierta, como un rostro, unas emociones, que se escurren fugitivas, indecisas, indefinidas. Es un semblante que puso un tema musical melancólico, y aún no ha cambiado de pieza. Es un cuerpo que aún balbucea, como quien da pasos en distintas direcciones sin decidirse, con el gesto siempre un tanto encorvado, como si buscara esconderse, protegerse de una intemperie. Y su mirada parece apagada, porque aún yace en la distancia de su pasado.
16. Niels Arestrup
En 'Diplomacia' y 'Crónicas diplomáticas' sabe ser, respectivamente alguien capaz de realizar un terrible acto de destrucción pero también de ser razonable, y alguien que puede ser el mejor consejero incluso cuando se queda dormido en una reunión. Consigue un raro equilibrio, ese que sabe dejar resquicios de sensibilidad, de fragilidad, en la bestia, en la figura inflexible de autoridad, y ese que deja intuir que puede ser más cabal que el resto de políticos que le rodean porque sabe quedarse dormido sin rubor.
17. Daniel Auteuil
En 'Antes del frío invierno' el cuerpo de emociones congeladas sufrirá una transformación, una torpe muda, por eso no tiene en consideración sus efectos en quien te rodean, en las mujeres que ahora son representación, de lo que fue y de lo que empieza a entrever que puede ser. No es deseo lo que siente, y eso desconcierta, a una y otra. El dolor no deja de asomar y quiebra las presas de las cicatrices y las costras, comienza a desencajar los clavos y las grapas que intentó apuntalar en su vida feretro. Pero ya no quedan. Y se desplazará en la intemperie, y la música no dejará de sacudir sus diques, no dejará de recordarle que es un cuerpo que tiembla y que se pregunta cuáles serán sus próximos pasos. Hay sangre reseca en su mirada, tristeza que alumbra lo que ya no puede tener nombre.
18. Vincent Lindon
En 'Los canallas' su semblante recuerda al de un perro de mirada compungida. Es el rostro de un marino que parece que se quedó varado de repente. Y esa tristeza le impulsa, pero al mismo tiempo es ancla, y le confunde, por eso su decisión también tiene algo de deriva, como si sintiera que logra ver en la niebla. Por eso, no advierte los remolinos.
19. Bill Murray
En 'St Vincent' hay otros recovecos que permanecen ocultos tras esa apariencia que pone alambres de espino ante el mundo y los demás. Realmente no es ni santo ni demonio, sino demasiado humano, un deshecho, alguien quemado, alguien disconforme, alguien que resiste un alud de contrariedades y adversidades, como si la vida se cebara sobre él. Es Bill Murray con su expresión en huelga del mundo como si lo hubieran dejado abandonado en un arcén.
20. Matthieu Amalric
En 'La venus de las pieles' es magnífico cómo se insinúa, en las conversaciones telefónicas, cómo es la relación de Thomas con su novia; cómo baja el volumen de su voz, e incluso cómo inclina y encorva su cuerpo. Es el reverso que evidencia la motivación del juego escénico, o de dominio, que proyecta Thomas en la obra, la negación orgullosa de no plegarse a la voluntad y requerimientos de la mujer, del amor. Menos mal que no fue Louis Garrel, la primera opción de Polanski, quien interpretara el personaje.
21. Jude Law
En 'Dom Hemingway' progresivamente, despoja al personaje de esa máscara que adoptó desde que se convirtió en un personaje, el ladrón que se ajusta a unos códigos de actuación, es decir, el modo en que se ve o quiere verse a sí mismo, un chuleta jactancioso y vocinglero que piensa que en la vida hay que ladrar fuerte. En 'El hotel Gran Budapest' también oscila con afinado arte entre los extremos, sea como un atildado escritor de gafitas como corona de un vestuario en el que cada prenda parece ajustada como en un patrón, o como escritor con gorrito de nadador que mantiene la misma circunspección en cualquier situación.
22. Ed Harris
Si tienes que enfrentarte a un creador o a quien ha configurado un universo con sus diversos compartimentos jerárquicos en un tren tras un apocalipsis, tiene que tener el semblante de Ed Harris. Al final el protagonista de 'Snowpiercer' se enfrenta a él como Truman en 'El show de Truman'. No hay adjetivos para cómo dice 'excelente' (fine) con escueto encogimiento de hombros cuando va a explotar el tren y todo el sistema de vida que había construido.
23. Josh Brolin
En 'Una vida en tres días', se parece más a Nick Nolte, más que a su padre. Cada vez más, cada mínimo gesto, cada mínima mirada, es una inmensidad. Es de esos escasos actores que hace honor a la calificación actoral de 'presencia'. Puede ser una ambigua amenaza, o un rescatador, sin que hayas casi percibido la transición.
24. Ellar Coltrane
En 'Boyhood', a medida que va creciendo, que su personalidad va perfilándose, densificándose, dotándose de cuerpo, su personalidad se desmarca de la convención, de las vidas alrededor. Se distingue, no de un modo forzado, sino porque no deja de probar o preguntarse, siempre con una actitud que asemeja al que murmura y camina de puntillas, deslizándose, sin ánimo de imponerse. Alguien que camina entre resquicios y umbrales, que forja su mirada desde la observación que es interrogante.
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