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lunes, 9 de febrero de 2009

Científicas


LA COSMOVISIÓN
DE LOS
EVOLUCIONISTAS


Nunca como en nuestra época se vio una devaluación tan atroz de la vida humana, una brutalización tan acusada de la sociedad, una regresión tan vertiginosa a la barbarie. Las consecuencias están a la vista, no sólo las delictivas (robos, secuestros, asesinatos, salvajismo social sin precedentes), sino también las más o menos toleradas y aceptadas socialmente: control de la natalidad, eutanasia, castración química o quirúrgica, manipulación genética, fertilización “in vitro”, experimentación con embriones humanos, clonación “terapéutica” y otras lindezas por el estilo.

El fenómeno causal es ciertamente complejo y susceptible de ser analizado desde varias perspectivas, pero parece evidente que uno de los factores capitales fue la paulatina pérdida del sentido de lo sacro en general, y de lo humano en particular. De allí se sigue la pérdida del sentido del pecado, obviamente inconcebible en un mundo desacralizado.

De los diversos aspectos del problema hay que subrayar la conexión causal que interviene en este proceso, referida al papel que el evolucionismo o darwinismo jugó en la conformación de la mentalidad moderna, algo que de teoría científica sólo tiene el nombre, porque se trata en realidad de una vasta cosmovisión inmanentista, naturalista y materialista, elaborada para negar la creación.

Es innecesario insistir en la naturaleza esencialmente filosófica o cosmovisional del evolucionismo. Sólo traeré a colación palabras del famoso genetista Theodosius Dobzhansky, quien decía: “La evolución comprende todos los estadios del desarrollo del universo: cósmico, biológico, humano y cultural. Los intentos de restringir el concepto de la evolución a la biología son injustificados. La vida es un producto de la evolución de la naturaleza inorgánica, y el hombre un producto de la evolución de la vida”.(1)

Una supuesta teoría que pretende explicar nada menos que el origen del hombre, la vida y el cosmos, es obviamente una cosmo-visión y no una teoría científica. El problema es que esa cosmovisión se ha enseñado y se continúa enseñando e inculcando masivamente, no sólo como una teoría científica —lo cual es una impostura— sino también como un hecho científico demostrado.

Esto ha creado toda una mentalidad que subyace en las diversas manifestaciones del mundo moderno y que lo informa, aún en forma inconsciente. De ahí su peligrosidad. El peor de los prejuicios es siempre el que se ignora. Como decía Chesterton, más que una teoría, el evolucionismo es una atmósfera en la cual vivimos y respiramos, que contamina toda nuestra mentalidad, moderna y posmoderna, y que está en la raíz misma del proceso de pérdida del sentido de lo sacro en el mundo contemporáneo.

Podemos distinguir tres aspectos fundamentales en torno a los cuales gira el meollo de esta cuestión. Por un lado, al negar el principio de finalidad, la cosmovisión evolucionista separa completamente a Dios de su creación y lo reduce a la categoría de remotísima y lejana “causa primera”, que nada tiene que ver con este mundo. No dice que Dios no existe: existe, pero eso es todo lo que hace, y como el buen Dios masónico, no se entromete en la realidad. Por otro lado, niega la realidad del alma humana, como algo propio y constitutivo del ser humano, afirmando que las diferencias entre el hombre y los animales son sólo de grado y no de naturaleza. Por fin, el evolucionismo hace impensable el pecado original.

Me estoy refiriendo, por cierto, a evolucionistas coherentes, que saben de qué están hablando. Huelga analizar la postura de los que sostienen que Dios habría tomado un mono y le habría infundido alma humana… algo ridículo. Aquí hablaremos de la postura de los evolucionistas en serio, que sostienen honrada y coherentemente que el hombre es un animal evolucionado.

Es absurdo pretender ser un buen evolucionista darwinista y no aceptar esto. Como dijo Julián Huxley en un simposio (Chicago, 1959) “El cuerpo humano, la mente, el alma y todo cuanto se ha producido, es enteramente resultado de la evolución... No hubo un momento súbito durante la historia evolutiva, en que el «espíritu» fue infundido en la vida, de la misma, manera en que no hubo un momento particular en que fue infundido en usted”.(2)

Eso mismo recuerda Stephen Jay Gould, expresando que: “Estamos tan atados a nuestra herencia filosófica y religiosa que seguimos buscando algún criterio de división estricta entre nuestras capacidades y las del chimpancé. La única alternativa honrada es admitir la existencia de una estricta continuidad cualitativa entre nosotros y los chimpancés. ¿Y qué es lo que salimos perdiendo? Tan sólo un anticuado concepto del alma”.(3)

Es lógico. Si, como sostiene el evolucionismo, todo lo que hay es la naturaleza, entendida como sistema cerrado de causas y efectos que existe y funciona por sí mismo, no hay escapatoria a esta conclusión.
Afortunadamente, el intenso debate de los últimos veinte años entre creacionistas y evolucionistas provocó una saludable clarificación de posturas y sinceridad en el lenguaje, que nos coloca hoy en una situación más favorable para comprender esta cuestión, que la existente en los años '50 ó '60.

Al irse derrumbando progresivamente los supuestos fundamentos empíricos de la hipótesis evolucionista, se hizo evidente su carácter filosófico y la naturaleza de esta filosofía. Si bien siempre existieron autores evolucionistas con suficiente lucidez para ver claro y la suficiente sinceridad para decirlo, como es el caso de Julián Huxley, también es cierto que una buena cantidad de científicos y filósofos o no entendían de qué se trataba, o no decían lo que entendían y se hacían los distraídos.

Esto, además de una enorme cantidad de creyentes, católicos y no católicos, que trataban de reducir la cosmovisión evolucionista a una mera teoría científica y conciliarla de alguna manera con el cristianismo. Pero la guerra disipa muchas ilusiones, afirma posturas, define los bandos, impone sinceramientos. Así, el Dr. William Provine, Biólogo e Historiador de la Ciencia en la Universidad de Cornell, dice: “Permítaseme resumir mis opiniones sobre lo que la moderna biología evolucionista nos dice enérgica y claramente, y que son básicamente las ideas de Darwin: no hay dioses, no hay propósitos, no hay fuerzas dirigidas con un sentido de ninguna clase. No hay fundamentos últimos para la ética, ningún sentido final de la vida, ni tampoco libre albedrío humano”.(4)

Ahora, si bajo el disfraz de la ciencia se comienza a inculcar desde la más tierna edad esta visión del mundo y del hombre, ayúdenme ustedes a pensar en cuáles serían los resultados. Bueno… están a la vista. Esto no se enseña, se inculca como a una doctrina de tipo religioso. De allí el “celo” de las autoridades educativas por implantar esta basura en la currícula a todos los niveles, comenzando con la escuela primaria.

Esta estrategia viene desde los máximos niveles del poder mundial, en este caso, la UNESCO, de la cual Julián Huxley fue su primer director general. Él vio claramente que el medio más eficaz para difundir el ateísmo no era la postura ingenua de la negación filosófica formal y explícita de Dios, sino la mucho más redituable actitud de su supresión científica, tramposa e implícita, que está en la raíz misma del darwinismo.

Lo mismo vale para la cuestión del pecado original, que no tiene cabida dentro de la concepción evolucionista-darwinista, según la cual, el movimiento de la naturaleza en su totalidad es “hacia arriba”. ¿Cómo armonizarlo con una caída? Además, dentro del contexto de la hipótesis darwinista es imposible hablar de una primera pareja humana (o sea del monogenismo) sin decir tonterías. Con ello desaparece Adán o, por mejor decir, los dos Adanes: el del Edén, por imposible, y el de Belén, por prescindible.

El famoso novelista inglés y ferviente darwinista H. G. Wells expresaba: “Si todos los animales y el hombre se han desarrollado de esta manera ascendente, luego no han habido primeros padres, ni Edén, ni caída. Y si no hubo caída, todo el edificio del Cristianismo, la historia del primer pecado y la razón de la expiación, colapsan como un castillo de naipes”.(5)

Richard Bozart, por su parte, escritor de temas científicos en Estados Unidos y miembro de la Asociación Humanista Americana, señala: “El evolucionismo destruye total y definitivamente la mismísima razón por la cual la vida terrenal de Jesús habría sido supuestamente necesaria. Destruid a Adán y Eva y el pecado original, y entre los escombros hallaréis los lamentables despojos del Hijo de Dios. Si Jesús no fue el redentor que murió por nuestros pecados —y esto es lo que el evolucionismo significa— entonces el Cristianismo es nada”.(6)

Como se ve, no se puede pedir más en cuanto a claridad de conceptos y franqueza en la expresión. Con lo expresado, es decir, con la visión animalizante del ser humano y la negación del pecado original, tenemos motivos más que suficientes para atribuir a esta aberrante cosmovisión una gran parte de responsabilidad en la catástrofe moral e intelectual del mundo moderno.

Pero las ideas tienen consecuencias, y también una dinámica que las lleva poco a poco a conclusiones que ni hubieran soñado sus propugnadores originales. Si yo dijera, por ejemplo, que hay una conexión entre evolucionismo y homosexualidad, se pensaría que mi estado de salud mental es mucho más grave del supuesto.

Sin embargo, el editor del I.N.W. Guide Magazine sostiene que “La homosexualidad es rara vez discutida como un componente de la evolución, pero sin duda que juega un papel. La conducta homosexual ha sido observada en la mayoría de las especies animales estudiadas y cuanto más subimos en el árbol taxonómico hacia los mamíferos, tanto más evidente se hace dicha conducta”.(7)

A continuación, el mismo editor se encarga de decirnos exactamente cómo es que la homosexualidad contribuiría a la evolución: R. H. Dennison, profesor de Biología en la Universidad de Wyoming ha concluido que “En la evolución la homosexualidad actúa como un mecanismo para reducir la tensión, satisfaciendo las prácticas de apareamiento de los machos más dominantes… La homosexualidad sirve también al proceso evolucionista actuando como una forma de control de la natalidad. Sin duda representaría un considerable salto evolucionista”.(8) Pareciera obvio que estamos evolucionando a pasos agigantados…

Como se ve, la evolución da para todo. También para el aborto, y en en una forma mucho más relevante.

Allá por 1866, Ernst Haeckel, apóstol del darwinismo en Alemania, formuló la famosa “teoría de la recapitulación”, que también ha sido llamada “ley biogenética fundamental”, según la cual la ontogenia recapitulaba la filogenia; esto es, que el embrión, en su desarrollo, pasaría por los mismos estadios que la evolución de las distintas especies. Primero seríamos como una ameba, luego como un pez, posteriormente como un reptil, más tarde un mamífero, y finalmente un ser humano. Y esto en distintos grados, naturalmente.(9) Por cierto que semejante cosa es un disparate, totalmente refutado por la embriología moderna, aunque vigente en la mitología darwinista.

El director del Instituto de Investigación en Biosistemas de La Jolla, California, expresa que “El huevo fertilizado progresa, en treinta y ocho semanas, a través de lo que es, de hecho, un rápido pasaje por la historia evolutiva: desde una simple célula primordial, el conceptus progresa a través de algo semejante a un pez, un reptil, un ave, un primate y finalmente un ser humano”.(10) ¿Y cuándo podemos decir que hay un ser humano?, se pregunta el autor. “Según el consenso general (¡¿de quién?!), esto no sucede hasta el final del primer trimestre”.(11)

Supongo que como buen mal pensador es fácil verle las patas a la sota. Uno no se equivoca, pues este es un argumento utilizadísimo en el debate pro-aborto. Una nota aparecida en la revista Human Life Review lo muestra nítidamente: “El debate sobre el aborto tiene sus raíces en dos maneras alternativas de concebir al no nacido. Nuestra civilización, hasta hace poco tiempo, consideraba el niño no nacido según el modelo de la Encarnación, que maximiza su dignidad; pero ahora mucha gente lo concibe según el modelo de la evolución, popularmente entendida, lo cual minimiza su dignidad”.(12)

El evolucionismo siempre minimiza el concepto de ser humano, no sólo en el conceptus sino también en el niño ya nacido, y en el adulto como en el anciano, porque ataca la noción misma de ser humano. No por nada el filósofo de la ciencia americano Daniel Dennett, dice que el darwinismo, que él mismo profesa, “es un ácido universal que corroe y destruye todos los valores tradicionales que toca, dejando en su estela una visión revolucionada del mundo”.(13)

No podría ser de otra manera, ya que por su triple negación, del principio de finalidad, de la realidad del alma humana y del pecado original, y con su afirmación del principio de la lucha universal y despiadada como código universal de conducta, esta cosmovisión obviamente tiene que ser un feroz disolvente de todo tipo de valores y creencias tradicionales.

Cosmovisión que debe ser denunciada como tal y eliminada sin contemplaciones de la currícula, en defensa no sólo de la fe y la moral, sino también de la verdadera ciencia.

Prof. Raúl Leguizamón

Notas:
1. “Changing Man”, Science, Vol. 155, 27 de enero de 1967.
2. Julián Huxley, “Issues in Evolution” (Vol. III, of Evolution after Darwin, Sol Tax ed., University of Chicago Press), 1960, pág. 45.
3. Stephen Jay Gould, “Desde Darwin”, Herman Blume ed., Madrid, 1983, pág. 53.
4. William Provine, “Darwinism: Science or Naturalistic Philosophy?”, Origins and Research, Vol 16, de abril de 1994: Nº l, pág. 7.
5. H. G. Wells, “Outline of History”, Doubleday, New York, 1949, pág. 987.
6. Richard Bozart, “American Atheist”, sept. 1978, pág. 30, cit. por D. Gish, en “Creation Scientists Answer Their Critics”, Institute for Creation Research, California, 1993, pág. 30.
7. Jacob Smit, “In the Beginnigng - Homosexuality and Evolution”, Intl. N. W. Magazine, agosto de 1987, pág. 6. Cit. por H. Morris, “The Long War Against God”, Master Books, Green Forest, AR, USA, 2003, pág. 136.
8. Ibidem.
9. Todos somos iguales, pero algunos lo son más, claro está. A nadie se le escapa que no podía ser lo mismo un chino que un inglés. ¿Por qué cree, lector, que se llamó “mongolismo” al síndrome de Down? Porque se consideraba obviamente que el afectado por esta enfermedad no habría llegado a la perfección evolutiva (es decir, a parecerse a un inglés), habiéndose detenido en la etapa amarilla o mogólica. El racismo biológico tiene una raíz totalmente darwinista.
10. Elie A. Schneour, “Life Doesn’t Begin, It Continues”, “Los Angeles Times”, de enero de 1989. Citado en “The Long War Against God”, pág. 138.
11. Ibidem.
12. Joseph Sobran, “The Averted Gaze: Liberalism and Fetal Pain”, Human Life Review, 9 (Spring 1984): 6. Citado en “The Long War Against God”, 139.
13. Daniel Dennett, “Darwin’s Dangerous Idea”, Simon & Schuster, N. Y., 1995, pág. 63.

viernes, 19 de diciembre de 2008

Científicas


LA DESMATERIALIZACIÓN
DE LA MATERIA


Todo marchaba fantástico hasta la segunda mitad del siglo XIX. Era la época oro del materialismo clásico. Con su reduccionismo a ultranza, sus certezas absolutas, su determinismo inexorable, su infantil ingenuidad. Era, aparentemente, el triunfo de Laplace, de La Mettrie, de D'Holbach, de Karl Vogt, de Ludwig Büchner, de Darwin… Una época en la que se creía que los átomos eran pequeñísimos corpúsculos materiales sin misterios; las células, “bolsitas” de proteínas, y el pensamiento una “secreción” de las neuronas. La Edad de Oro del racionalismo del siglo XVIII. Pero la realidad es “reaccionaria”, como decía Lenín.

A partir de la segunda mitad del siglo XIX, los campos de fuerzas electromagnéticas de Maxwell, presentaron una realidad empírica que escapaba por completo a las interacciones materiales entre partículas. Lo cual representaba un cuestionamiento fundamental a la Física del siglo XIX, que pretendía explicar toda la realidad sobre la base de las propiedades extensivas de la materia, pero, debido a los prejuicios filosóficos materialistas dominantes, esto se consideró sólo como una pequeña fisura en el sólido edificio de la ciencia moderna. Nadie podía prever el cataclismo que se avecinaba.

El 14 de diciembre del año 1900, Max Planck, Profesor de Física de la Universidad de Berlín, dejaba caer la bomba. Después de muchas vacilaciones, debidas a su formulación en la Física clásica, este autor demostraba la discontinuidad de la emisión y la absorción de la energía, iniciando, de esta manera, lo que se ha dado en llamar “la revolución cuántica” de la Física, que obligó a repensar toda la Física a nivel atómico. Y la catástrofe continuó.

En 1924, Louis de Broglie demostraba que los electrones podían ser considerados como corpúsculos materiales —según ciertas condiciones— y también como ondas —según otras— y, poco después, en 1927, uno de los más brillantes físicos de la historia, el alemán Werner Heisenberg, con su “principio de incertidumbre”, demostraba que la causalidad que existe en la naturaleza, no es determinista sino sólo probabilística, abriendo de esta manera las puertas del pensamiento científico a la posibilidad, entre otras cosas, de la fundamentación neurofisiológica del libre albedrío. Finalmente, en 1938, el físico alemán Otto Hähn descubría la fisión atómica. Es decir que esa materia, aparentemente tan compacta, concreta, racional, “evidente”, reverenciada por todo el positivismo del siglo XVIII y XIX, se desmaterializaba. Hoy ya nadie sabe, en el sentido de conocimiento cierto, lo que es el átomo. Se trata, en última instancia, de un modelo matemático, que intenta explicar misteriosas localizaciones de energía. Que tampoco sabe nadie lo que es.

La Física moderna no ha vuelto a Demócrito, como nos dicen. Ha vuelto a Platón. Quien sostenía, digamos de paso —y con ferviente deseo— que había que quemar todas las obras de Demócrito sin dilación… (Un verdadero “nazi” este Platón, caramba). Cabe aclarar —como expresa Heisenberg— que los átomos de Platón no eran para nada corpúsculos materiales (como los de Demócrito), sino formas geométricas —compuestas por triángulos— que expresaban las ideas subyacentes de la materia. De este modo pudo escapar Platón al problema de la indefinida divisibilidad de la materia, porque en cuanto formas bidimensionales, los triángulos no eran cuerpos propiamente tales, ni tampoco materia. Por consiguiente, en el extremo inferior, el concepto de materia se resolvía en el de formas matemáticas.

La ciencia moderna es “un mundo de sombras y de símbolos”, decía bellamente Sir Arthur Eddington, el eminente astrofísico inglés. Lo cual significa, hablando en criollo, que la ciencia no puede ponernos en contacto directo con el misterio último de la realidad. Como se ve, la versión moderna de la alegoría de la caverna. Para completar el derrumbe de la visión materialista de la naturaleza, en el siglo XX se produce el descubrimiento del código genético, que demuestra en forma inapelable, que en el principio de la vida hay un mensaje, es decir, el producto de una Inteligencia. A lo que se suma el desplome del darwinismo, incapaz de enfrentar ya la montaña de contradicciones y de absurdos puestos de manifiesto en dicha hipótesis, por los modernos descubrimientos científicos y también por un análisis epistemológico serio que, aunque parezca increíble, no se había realizado durante más de un siglo. La ciencia moderna, sobre todo gracias a la Física y a la Biología, y a través de sus pensadores más eminentes, está comenzando a reconocer sus límites. Que era todo lo que se necesitaba para volver a una recta filosofía de la naturaleza. ¡Pero claro! La filosofía siempre prima sobre la ciencia.

Y así, la misma corriente de pensamiento que sostenía, en el siglo XIX, que la ciencia “demostraba” la inexistencia del espíritu, sostiene ahora —cuando se ha dado vuelta la tortilla— que la ciencia no puede demostrar su existencia, pues no se debe trasladar al plano de la filosofía, lo que es propio de la ciencia.

Lo cual es una verdad a medias en su formulación, y una falsedad total en su conclusión. Es cierto que la ciencia no puede demostrar en forma directa (o sea, aplicando el método experimental) la existencia de Dios. Claro que no. Pero sí puede hacerlo en forma indirecta. Esto es, demostrando la necesidad de su existencia, a través del absurdo de su ausencia. Una ausencia tan elocuente, como la silla vacía del abuelo difunto en la mesa familiar. Como una obra de arte sin un artista. Como un papiro sin un copista. Como una herradura sin un herrero. Como un reloj sin relojero. Absurdos, todos, de una ausencia e indicativos de una presencia. Sin la cual, lo otro no se puede concebir. Como sin Sol la alborada. Como sin ojos una mirada. Como sin pies una pisada. Que en eso ha consistido siempre la verdadera ciencia. En descifrar, con reverencia y admiración, las huellas de Dios en la naturaleza.

Prof. Raúl Leguizamón

lunes, 28 de julio de 2008

Científicas


EL HUMANISMO YANKEE

Nuestra época tiene el inédito privilegio de ser no sólo la más cruel e impiadosa de la historia, sino también la más hipócrita. Hace un tiempo fuimos varios los que nos sentimos conmovidos con una noticia escalofriante. En Irlanda del Norte, y durante más de medio siglo (!) los órganos de 361 niños fallecidos, fueron extraídos, sin consentimiento de sus padres, para efectuar una serie de investigaciones científicas. Un año antes, similares escándalos se habían registrado en hospitales de Liverpool y Bristol.(1) Unos días después, las noticias fueron aún más explícitas, y así nos enteramos de que en la década del '90, un hospital británico traspasaba a un laboratorio farmacéutico, a cambio de donaciones económicas, glándulas de niños vivos (!!) sin que lo supiesen los padres. Esto ocurrió entre 1991 y 1993, aseveró un portavoz del hospital involucrado (Alder Hey, de la ciudad de Liverpool).(2) La misma fuente admitió que, a principios de esa década, el hospital entregó a una firma farmacéutica, “desechos quirúrgicos”, tales como tejidos del timo, un órgano linfoide cercano al corazón y de gran importancia para la regulación del sistema inmunológico. Los laboratorios Aventis Pasteur, partícipes del plan de erradicación global de la Polio, de la Organización Mundial de la Salud, admitieron que en el período mencionado, donaron dinero al hospital a cambio de tejidos humanos. Pero la cosa no termina ahí.

Como una vez más informa la prensa, los cuerpos de aproximadamente 6.000 bebés nacidos muertos, procedentes de Hong Kong, Australia, Canadá y Sudamérica, fueron utilizados —sin que sus padres lo supieran— para experimentos nucleares realizados en Estados Unidos. Desde los años cincuenta, según documentos secretos, hace tiempo ya difundidos por el semanario londinense “The Observer”.(3) Hasta aquí las estimulantes noticias periodísticas. Esto para no hablar del horror del famoso experimento de Tuskegee, una localidad del estado de Alabama, Estados Unidos, donde 430 pacientes negros que padecían sífilis, fueron mantenidos sin tratamiento, desde 1932, para estudiar el curso natural de la enfermedad y cuyos últimos sobrevivientes murieron hace algunos años. Esto nos demuestra una vez más, hasta qué punto puede llegar la trenza médicos-investigadores-laboratorios, cuando hay intereses económicos o de prestigio académico en juego, un horror que no admite paliativos. Lo mismo que la clonación de embriones humanos “con fines terapéuticos”.

Por cierto que el ciudadano corriente se anestesia con el cuento de que gracias al conocimiento adquirido con estas aberraciones, se eliminarán la enfermedad de Parkinson, el Alzheimer, la senectud, la arterioesclerosis, la diabetes, la impotencia, la frigidez, el mal humor, el mal aliento, la celulitis, la pata de cabra, y hasta el empacho. Pero esto es puro verso. Estamos a años luz de poder remediar estas afecciones, y desafío a cualquier médico, o investigador, a demostrar lo contrario. El asunto es proveer carne humana a los biócratas, que no vacilan en asumir el papel de “demiurgos”, para lograr sus mezquinos y criminales objetivos de prestigio académico y beneficio financiero. Y pensar que fueron justamente los representantes de estos países, Estados Unidos y Gran Bretaña los que se erigieron en implacables jueces e impolutos doctores de moral y ética médica, en la gran farsa jurídica de Nüremberg, llegando, en su nauseabunda hipocresía, a crear un “Código de Ética Médica” (El Código de Nüremberg) para juzgar como crimen lo que ellos ya estaban llevando a cabo, durante todo este tiempo. Y esto a una escala muchísimo mayor de lo que jamás hubieran soñado los médicos “nazis”, sean cuales hayan sido sus reales o supuestos delitos.

Las malas ideas tienen consecuencias. Si uno considera que el hombre es simplemente un conjunto de moléculas ensambladas al azar —según predica la insensatez anticientífica del evolucionismo darwinista (que lamentablemente forma el núcleo de la cosmovisión del “establishment” científico)— entonces, ¿cuál sería la razón para no tratar al ser humano como material de experimentación y de comercio? Si el hombre no posee un alma de naturaleza espiritual que lo hace sujeto de un destino trascendente, ¿por qué no tratarlo como un animal más, al que se puede matar, clonar, esterilizar, y degradar, sometiéndolo a las más infames formas de manipulación, comercio y esclavitud? Aquí no hay alternativas. Todo depende de la concepción que se tenga del hombre. Lo demás es humo y discursos. Toda la charlatanería de los supuestos “derechos humanos” basados en altisonantes “juramentos” de Ginebra, Códigos de Helsinski o Declaraciones de la O.N.U. se derrumba ante la contundencia brutal de los hechos. Se engañan —a mi juicio— los bioeticistas que pretenden establecer pautas éticas y profesionales “humanas” dentro de los parámetros de la actual concepción del hombre, que son esencialmente inhumanos, para aceptar dogmáticamente una visión materialista atea de la realidad.

Para colmo, mucha gente tiene la idea del científico, como la de un sacerdote vestido de blanco, que sólo busca el bienestar de la humanidad independientemente de todo egoísmo personal.

¡Qué engaño, por Zeus! Es preciso ser muy, pero muy ingenuo, y desconocer totalmente el mundillo científico por dentro, para creer semejante disparate. No pocos científicos están más que dispuestos a experimentar con su misma madre, si con ello pudieran lograr alguna promoción académica.

Además de la generalizada falta de sentido moral de los científicos, no debemos olvidar tampoco que una buena cantidad de investigadores son seres “no sólo obtusos y de mentalidad estrecha, sino, también, simplemente estúpidos”. Si estas palabras le parecen un poco duras, lector, hago la salvedad de que no son mías, sino de alguien que conoce bien el paño, pues son nada menos que de James Watson, el codescubridor de la estructura molecular del ADN.(4) Para no recordar lo que decía Ortega y Gasset al respecto.(5) Y ya sabemos que la estupidez humana sumada a la soberbia, es una de las mezclas más peligrosas y explosivas que pueden existir. Pero el asunto principal no es éste. La verdadera cuestión es ¿hasta cuándo vamos a tolerar los ciudadanos comunes, que estos aprendices de brujo usufructúen los fondos del estado para el logro de sus ansias personales de prestigio y poder?

¡Hay que controlar a los científicos! Con esto no quiero decir por cierto que haya que controlarlos como a delincuentes comunes. Naturalmente que hay que controlarlos mucho más, puesto que la capacidad de hacer daño es infinitamente más grande. ¿Cómo puede ser que en un momento en que la sociedad pone límites a la acción de todos los estamentos sociales, sigamos bobaliconamente aceptando los pronunciamientos de los científicos como si fueran la palabra de Dios? ¿Pero somos “Homo Sapiens”, o acaso sólo “Homo Idiotensis”? ¿Hasta cuándo vamos a tolerar estas atrocidades?

Raúl Leguizamón

Notas:
(1) “La Voz del Interior”, del 13 de enero de 2001, pág. 17 A.
(2) “La Voz del Interior”, del 27 de enero de 2001, pág. 13 A.
(3) “La Voz del Interior”, del 7 de junio de 2001, pág. 27 A.
(4) James Watson: “La doble hélice”, Plaza y Janés, 1978, pág. 30.
(5) José Ortega y Gasset: “La rebelión de las masas”, ed. El Arquero, 1975, págs. 171/175.

viernes, 11 de julio de 2008

Científicas


EL CASO GALILEO

“Se me ha concedido a mí y sólo a mí,
el descubrir todos los nuevos fenómenos del cielo,
y ya no queda nada para nadie más”
(Galileo Galilei, “Il Saggiatore”)


Como es la costumbre en nuestro mundo moderno, la verdadera naturaleza de los problemas siempre se oculta. Así, el tan manoseado y novelado “caso Galileo” sólo ha servido, y sigue sirviendo, para repetir las usuales tonterías sobre la Inquisición, la represión del pensamiento, el héroe “librepensador” enfrentado contra las fuerzas del oscurantismo, etc. Pero todo esto es pura manipulación ideológica. Desde ya digamos que la primera y rotunda verdad a señalar, es que Galileo fue un católico convencido y practicante hasta el fin de sus días, y que siempre tuvo muy en claro que su problema había sido de carácter fundamentalmente disciplinario, que jamás afectó su fe. (Mis queridos camaradas “librepensadores”: aunque Uds. rechinen los dientes, no me queda más remedio que comunicarles que Galileo no sólo era católico, sino además “clerical” (!), y que la famosa frase “eppur si muove”, es puro verso, en caso de que todavía no se hayan enterado).

Lo que sí es importante destacar, por la enseñanza que nos deja, es que tanto Galileo como los que lo juzgaban, estaban al mismo tiempo equivocados y acertados. En distintos planos, claro. Pero lo más curioso del caso, es que cada uno de ellos acertaba en su área no específica y se equivocaba en su propio campo. Esto es, Galileo se equivocaba en lo científico y acertaba, a medias, en lo teológico y los teólogos que lo juzgaban, se equivocaban (?) a medias, en lo teológico y acertaban en lo científico. Tenían razón los teólogos cuando decían que los datos científicos de Galileo no eran suficientes para afirmar con certeza la teoría heliocéntrica (y definitivamente no lo eran). Tenía razón Galileo a su vez, cuando sostenía que ningún descubrimiento científico podía entrar en conflicto con la verdad revelada. Con lo cual no hacía otra cosa que adherir a la postura tradicional de la Iglesia, expresada en este caso por el mismísimo Cardenal Belarmino —encargado del proceso— (y amigo de Galileo, digamos de paso), cuando decía que “si se llegara a tener una demostración científica del copernicanismo, se interpretarían entonces los textos de la Sagrada Escritura copérnicamente”.(1)

De todas maneras, es importante dejar bien en claro que se trató de una típica disputa de familia. Esto es, un pleito entre católicos. Los “librepensadores” no tienen un pito de la vela que hacer aquí, y el hecho de que traten de sacar partido de este conflicto, demuestra una vez más su absoluta falta de honradez intelectual. Lo que generalmente se ignora en todo este asunto, es el contexto histórico en que tuvo lugar este proceso. Pues, cabe preguntarse, ¿por qué la teoría heliocéntrica, publicada por el canónigo Copérnico cien años antes de Galileo, lo mismo que su aceptación por Kepler (17 años antes), no suscitaron la más mínima reacción adversa por parte de Roma? ¿No requiere esto acaso una explicación? Y la explicación es, como dije, que Galileo no tenía los suficientes fundamentos científicos para afirmar como cierta la teoría heliocéntrica. Esto además de que varios de ellos eran erróneos, como su teoría de las mareas, sin ir más lejos. Tengamos presente además, que en 1610 Giordano Bruno, basándose en la teoría de Copérnico había dicho un montón de disparates totalmente heréticos, que crearon un clima de mala disposición hacia el tema. Varios historiadores de la ciencia coinciden en afirmar que sin el precedente de Giordano Bruno, es muy poco probable que la Iglesia hubiera impuesto sanciones contra Galileo.(2) Como de hecho no las tomó frente a Copérnico y como no sólo no las tomó contra Newton, sino que aceptó totalmente su teoría, (levantando en 1757 la condena contra el heliocentrismo) al ver que Newton —al contrario de lo que había ocurrido con Galileo— sí tenía todos los elementos científicos para afirmar como cierta la teoría heliocéntrica. Además, Galileo no se limitó al tema científico, sino que se creyó autorizado a pontificar como filósofo y teólogo, en lo cual era absolutamente nulo. Y esto fue lo que colmó el vaso.

Es importante destacar también que Galileo era bastante cabroncito y de una soberbia feroz, y que en el sentido estrictamente legal —y prudencial— su censura tenía más de un punto defendible. Arthur Koestler, el gran escritor contemporáneo, uno de los pocos que ha analizado con honradez y profundidad este tema, y que además era agnóstico para más datos, dice que “el rasgo más destacado del carácter de Galileo y también la causa de su trágica caída, era la vanidad… una hipersensibilidad a la crítica, combinada con un sarcástico desprecio hacia los demás… una fatal mezcla de genio y arrogancia, sin la menor humildad”.(3) Los teólogos y sabios que lo juzgaban, reaccionaron más contra su dogmatismo que contra el heliocentrismo. Contra su egolatría antes que contra su astronomía. De todas maneras, es innecesario que digamos que Galileo fue ciertamente un científico genial. Sin lugar a dudas que lo fue, y ante eso nos inclinamos con admiración y respeto.

Así y todo, no nos resulta humanamente simpática su figura. No fue heroico como Giordano Bruno, que al menos estuvo dispuesto a ir hasta las últimas consecuencias por sus ideas. No tenía ningún vuelo filosófico y menos aún místico, como Kepler. Se retractó de la boca para afuera (luego del primer proceso), pero siguió enseñando lo que había jurado por escrito no enseñar, y además con un lenguaje en donde los términos “asnos”, “estúpidos” y “pigmeos mentales”, por ejemplo, eran de rigor para referirse a cuantos no aceptaban sus ideas. Es pertinente agregar también, que antes y después del primer proceso (1616), Galileo fue tratado con suma consideración y respeto, siendo homenajeado y agasajado en Roma por personalidades como el Cardenal Famese y los Papas Paulo V y Urbano VIII; que las famosas “torturas” jamás existieron; que su castigo fue la prohibición de continuar publicando, y finalmente, que sus “cárceles y cadenas” inquisitoriales —luego del segundo proceso (1636)—, fueron… la residencia forzada en el palacio del Gran Duque de Toscana, y después en su suntuosa finca de Arcetri, cerca de Florencia.(4) Lugar donde el ilustre sabio continuó sus estudios en la más completa tranquilidad, con un magnífico telescopio —obsequiado por los jesuitas— muriendo como un buen cristiano en 1642, a la respetable edad de 78 años. Esto además de tener un hermoso monumento a su memoria, nada menos que en la Iglesia de la Santa Croce, en Florencia, donde descansan sus restos.

¡Qué no hubiera sucedido si a Galileo lo hubiesen ejecutado! Como aconteció, sin ir más lejos, con Lavoisier —el padre de la Química moderna—, guillotinado, por católico y monárquico, durante la democrática Francia del Terror, en 1789. ¡No habría colegio o universidad sin una estatua a su memoria! Pero claro, el carácter de mártir lo determina siempre el poder dominante.

Por ello es que Galileo es un “mártir” “correcto” y Lavoisier, en cambio, es “incorrecto”. De la misma manera que el “Che” Guevara es totalmente correcto y Corneliu Codreanu, entre tantos otros, espantosamente incorrecto.

Los feroces contestatarios “librepensadores” —siempre muy revolucionarios ellos— deberían comenzar por investigar, cuál es el poder ideológico, político y sobre todo económico —según ellos, el más importante— que domina a Occidente en los últimos cuatrocientos años. Si así lo hicieran, con rigor y honradez intelectual, quedarían estupefactos. Aunque en realidad, mucho me temo que ya lo han hecho, y que por eso se hacen los distraídos…

Raúl O. Leguizamón

Notas:
(1) Citado por Guillermo Furlong en “Galileo Galilei y la Inquisición Romana”, Buenos Aires, Club de Lectores, 1964.
(2) Pascual Jordán: “El Hombre de Ciencia ante el Problema Religioso”, Madrid-Guadarrama, 1972, pág. 57; Charles C. Gillispie: “The Edge of Objectivity”, Princeton University Press, 1973.
(3) Arthur Koestler: “En Busca de lo Absoluto”, Kairós, 1983, pág. 126.
(4) Salvando las abismales distancias, esto me hace recordar las famosas “cárceles y cadenas” de José Mármol, cuya “reclusión” se debió a una decisión expresa de Rosas para protegerlo de la vindicta justiciera de los hermanos de una niña seducida por el “mártir”. Excepcional deferencia que tuvo Rosas para con José Mármol, por ser éste hijo natural de su gran amigo y embajador en el Brasil, general Tomás Guido, según decía Jauretche.


ADVERTENCIA: Es altamente recomendable —y felizmente adictivo— leer todos los libros de nuestro buen amigo el Profesor Raúl Leguizamón.

viernes, 18 de enero de 2008

Rompiendo viejos tópicos


LAS MENTIRAS

DARWINIANAS

La antropología, aunque cueste creerlo, es el estudio del hombre. Valga la aclaración, ya que si uno hojea cualquier libro de antropología física (es decir, origen del hombre), todo lo que va a encontrar son ilustraciones de monos. Monos comiendo, monos durmiendo, monos amamantando, monos… etc.

Y esto es así, porque desde que apareció la hipótesis darwinista —que habría transformado al mundo científico en la ciudadela de la estupidez y la ceguera, si hemos de tomar en serio lo que decía Bernard Shaw—, la antropología dejó de ser la ciencia del estudio del hombre para convertirse en la pseudociencia del estudio del origen del hombre a partir de los antropoides, esto es, de los grandes monos (chimpancé, gorila, orangután), que serían —de acuerdo a la hipótesis darwinista— nuestros parientes más próximos.

Nuestros parientes y nuestros antepasados. ¿Nuestros antepasados? Sí señor.

Pero acaso ¿no es que descendemos de un “antecesor común” que habría dado origen a los monos y al hombre? Efectivamente. Pero este sedicente “antecesor común” —de acuerdo a la hipótesis darwinista— no es ni puede ser otra cosa que un mono. No necesariamente idéntico a los monos actuales pero mono al fin. “El antecesor común sería llamado ciertamente mono por cualquiera que lo viese”, afirmaba el ilustre paleontólogo de la Universidad de Harvard, George G. Simpson. “Es pusilánime si no deshonesto decir otra cosa”, agregaba Simpson.

El que habla del supuesto “antecesor común” como de algo que no fuera un mono, o no sabe lo que dice (lo más frecuente, desde luego) o no dice lo que sabe. Ahora bien: un mono, parece que no puede transformarse directamente en un hombre. Usted toma un mono, por ejemplo, lo baña, lo afeita, lo viste a la moda, le enseña todos los vicios, lo envía a la Sorbona, pero no hay caso. El mono —con admirable sentido de la prudencia— no quiere saber nada de hacerse hombre. Para que esto ocurra, el mono debe ser transformado “de prepo” —por el medio ambiente— en “homínido”. Esto es, un ser intermedio entre el mono y el hombre, que ya no existe, según dicen, pero que en un tiempo, allá hace muchos años, parece que sí.

El susodicho “homínido”, luego de engendrar al hombre, habría desaparecido. Nadie tiene la más remota idea de por qué. Pero mucho me temo que lo habría hecho para no cargar con la tremenda responsabilidad de haber engendrado algo tan peligroso e inadaptado como lo que supuestamente engendró. La oveja negra de la familia, verdaderamente.

Sólo sabemos de su existencia a través de sus restos fósiles. ¿Quiere decir entonces que se han encontrado verdaderos fósiles de homínidos? ¿Que sí se han encontrado fósiles de homínidos? ¡Miles, lector! Todas las semanas se encuentra uno. Quizás esta afirmación resulte un tanto sorprendente, ya que lo que habitualmente se lee o se escucha en este tema, es que los fósiles de homínidos constituyen un material “sumamente escaso”; que “apenas cubriría una mesa de billar”; que “cabría todo dentro de un cofre”, y que patatín y que patatán. Lo que sucede es que en este tema también existe doble discurso (propiedad no exclusiva de políticos).

Cuando algunos antropólogos hablan de que los fósiles de homínidos serían sumamente escasos, lo que en realidad quieren decir es que son sumamente escasos los fósiles de homínidos que encajan en la tesis evolucionista. Pero que los restos fósiles de “homínidos” sean, en sí mismos, “sumamente escasos”, es totalmente falso.

Se calcula en aproximadamente 6.000 (!) la cantidad de “homínidos” descubiertos a la fecha.[1] Lo que sucede es que luego de una rigurosa selección —y no precisamente “natural”— algunos de estos restos —previo intenso “maquillaje” y adecuada manipulación de los datos cronológicos— pueden ser encajados en el esquema evolucionista. Y éstos son los que se publicitan. Con bombos y platillos. Los otros, los que no encajan, son sepultados en una impenetrable tumba de silencio. En otras palabras: muchos son los hallados y pocos los escogidos…

Es cierto que después de un análisis más o menos riguroso de cualquiera de estos homínidos “respetables” se comprueba, indefectiblemente, que en realidad se trataba de un mono (la inmensa mayoría), o de un hombre, o de un blooper o de un fraude. Claro que a veces pasan décadas antes de que esto suceda (100 años en el caso del Hombre de Neanderthal; 40 en el fraude de Piltdown), y mientras tanto su descubridor ha adquirido fama, posición académica, fondos de la National Geographic, etc. Su futuro está asegurado, y el origen simiesco del hombre “demostrado”.

Además, los resultados del estudio sistemático de los supuestos homínidos —a cargo de antropólogos serios— no son generalmente publicitados; aparecen varios años después del hallazgo (y ya nadie se acuerda) y, de todas maneras, seguramente mientras tanto ya habrá sido encontrado otro homínido, también “respetable”, para distraer la atención de la gente y seguir aportando elementos apologéticos en defensa de la fe darwinista.

Dije arriba que un homínido era un ser “intermedio” entre el mono y el hombre. Me rectifico. Al menos desde el punto de vista del marketing, o de la propaganda ideológica si Ud. prefiere, un “homínido” es cualquier cosa que un antropólogo audaz bautice como tal. Tanto da que sea un Homo sapiens (como el de Neanderthal), un mono (como el Ramapiteco o Lucy), el cráneo de un borrico (el “Hombre” de Orce[2]), el fémur de un cocodrilo[3] o la costilla de un delfín.[4]

Quizás uno de los ejemplos más rotundos de los estragos que suele ocasionar la hipótesis darwinista en el cerebro de los Homo sapiens, sea el famoso “Hombre de Nebraska”, creado en 1922 en base a una muela (!) En base a esta “evidencia” se creó este tipo “humano” (hábitos laborales, matrimoniales e indumentaria incluidos) para luego descubrirse (cinco años más tarde), que la muela en cuestión pertenecía en realidad a un pecarí extinguido.

No se asombre demasiado el lector. En los 40 años que transcurrieron antes que se demostrara el carácter fraudulento del “Hombre de Piltdown”, se dice que se escribieron unas 500 sesudas tesis doctorales sobre este “homínido”. Y estas cosas suceden porque el estudio de los supuestos antepasados fósiles del hombre no es ciencia. Es sólo la búsqueda ferviente de “pruebas” para demostrar la hipótesis —previamente aceptada— del origen simiesco del hombre. Esto es, primero se acepta —por razones filosóficas— la hipótesis. Y luego se buscan los fósiles necesarios para “demostrarla”. Y ya sabemos que el que busca, encuentra. O fabrica.

Por cierto que todo esto es sumamente divertido y ocasión por demás propicia para ocupar las horas de ocio y también para olvidar las penas de este valle de lágrimas. A condición, insisto, de no confundirlo con ciencia.

Porque esto no es ciencia. Es chapuza.
Raúl Leguizamón

Notas: 1. “Catalogue of Fossil Hominids”, K. Oakley, B. Campbell y T. Molleson. Publicado por el Museo Británico en 1976.
2. UPI Press release, 14 de mayo de 1984.
3. W. Herbert, “Science News”, volumen 123, pág. 246, del año 1984.
4. Ibidem.
Recomendamos fervorosamente todos los libros del Profesor Raúl Leguizamón.