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domingo, 25 de septiembre de 2011

Meditaciones dominicales

LOS FELICES Y LOS INFELICES
SEGÚN EL SANTO CURA DE ARS
  
  
El Santo Cura estaba profundamente convencido de que una persona es feliz cuando vive con Dios; y que es infeliz sólo cuando esa persona libremente se ha separado de Dios: porque no conoce lo que Dios dice, porque ha dejado de escucharlo y hacerle caso:
  
“Hijos míos: ¿por qué somos tan ciegos y tan ignorantes? ¡Porque no hacemos caso de la palabra de Dios!”
  
Pero lo primero para poder hacer caso a Dios es saber qué dice, estar formado: “Con una persona formada hay siempre recursos. Una persona que no está formada en su religión es como un enfermo agónico; no conoce ni la grandeza del pecado, ni la belleza de su alma, ni el precio de la virtud; se arrastra de pecado en pecado”.
  
“Hay muchos cristianos que no saben por qué están en el mundo. — «¿Por qué, Dios mío, me has puesto en el mundo?»  — «Para salvarte». — «¿Y por qué quieres salvarme?» — «Porque te amo». Qué bello y grande es conocer, amar y servir a Dios! Es lo único que tenemos que hacer en el mundo. Todo lo demás es tiempo perdido”.
  
“Muchos cristianos no trabajan más que para satisfacer este cadáver [al cuerpo siempre lo llamaba «cadáver»] que pronto se pudrirá en la tierra; y, sin embargo, no piensan en su pobre alma, que debe ser eternamente feliz o infeliz. Carecen de espíritu y de buen sentido: ¡esto hace temblar! Veis, hijos, hay que pensar que tenemos un alma que salvar y una eternidad que nos espera. El mundo, las riquezas, los placeres, los honores pasarán, el cielo y el infierno no pasarán nunca. ¡Tengamos cuidado!”
  
“Quienes no tienen fe, tienen el alma más ciega que los que no tienen ojos. Estamos en este mundo como entre niebla; pero la fe es el viento que disipa esa niebla y que hace brillar en nuestra alma un bello sol… Entre nosotros, todo es alegría, felicidad y consuelo.
  
“Preguntemos a la gente del mundo. ¿Cómo podrían ver ellos si son ciegos? Son ciegos. Nuestro Señor Jesucristo haría hoy todos los milagros que hizo en Judea y no le creerían. Cuando decimos: Dios mío, yo creo; creo firmemente, es decir, sin la menor duda. (¡Oh! ¡si nos convenciéramos de estas palabras!) Creo firmemente que estás presente en todas partes, que me ves, que estoy bajo tus ojos, que un día te veré claramente yo mismo, que gozaré de todos los bienes que me has prometido. ¡Dios mío, espero que me recompensarás de todo lo que he hecho para agradarte! Dios mío, te amo ¡tengo un corazón para amarte!”

  
Cuando citaba las palabras del Evangelio: Dios dirá a los condenados: “Id, malditos…”, se conmovía y explicaba: “Malditos de Dios… ¡qué terrible desgracia!  ¿Entendéis, hijos míos?  ¡Malditos de Dios!  ¡De Dios… que no sabe más que bendecir! ¡Malditos de Dios, que es todo amor! Malditos de Dios, que es la bondad personificada, ¡malditos sin remisión! Malditos para siempre, ¡malditos de Dios! Si un condenado pudiera decir una sola vez «¡Dios mío, te amo!», no habría más infierno para él. Pero, esta pobre alma ¡ha perdido el poder de amar que ella había recibido y del que no ha sabido servirse! Su corazón está seco como el del racimo cuando ha pasado por la prensa. ¡No habrá más felicidad en esta alma, ni más paz, porque no hay más amor! Hay quienes pierden la fe y no ven el infierno más que entrando en él. Creemos que hay un infierno, pero vivimos como si no lo hubiera; vendemos el alma por unas monedas. No es Dios quien nos condena, somos nosotros, por nuestros pecados. Los condenados no acusan a Dios; se acusan ellos mismos; dicen: «He perdido a Dios, mi alma y el cielo por mi culpa»”.
  
“Fuera del Buen Dios, nada es sólido, ¡nada! ¡nada! La vida, pasa; la fortuna, se viene abajo; la salud, se destruye; la reputación, es atacada. Vamos como el viento. Todo va rápido, todo se precipita. ¡Ah, Dios mío! Hay que compadecerse de los que ponen su afecto en todas las cosas. Lo ponen porque se aman demasiado; pero no se aman con un amor razonable; se aman con amor de ellos mismos y del mundo, buscándose, buscando las criaturas más que a Dios. Por eso nunca están contentos, nunca están tranquilos; siempre están inquietos, siempre atormentados, siempre nerviosos. Ved, hijos míos, el buen cristiano recorre el camino de este mundo subido en una bonita carroza de triunfo; esta carroza es arrastrada por ángeles y es Nuestro Señor quien la conduce. Mientras el pobre pecador está enganchado al carro de la vida, y el demonio está en el asiento y lo hace avanzar a golpes de látigo”.
  
“Un cristiano conducido por el Espíritu Santo no siente pena en dejar los bienes de este mundo para correr tras los bienes del cielo. Él sabe ver la diferencia.
  
“Los que se dejan conducir por el Espíritu Santo sienten toda clase de felicidad dentro de ellos mismos; mientras que los malos cristianos se enredan con las espinas y los guijarros.
  
“Sin el Espíritu Santo, somos como una piedras de las que ves en el camino. Toma en una mano una esponja empapada en agua y en la otra una piedra; apriétalas igualmente. No saldrá nada de la piedra, y de la esponja verás salir el agua en abundancia. La esponja es el alma del Espíritu Santo; y la piedra es el corazón frío y duro donde el Espíritu Santo no vive”.

  
Como el Santo se dirigía en sus predicaciones a gente sencilla, analfabeta, buscaba imágenes simples y expresivas como ésta, con la que animaba a hacer las cosas con intención recta, por amor: “Tenemos siempre dos secretarios, el demonio que inscribe nuestras malas acciones para acusarnos, y nuestro buen ángel que escribe las buenas para justificarnos en el día del juicio.
  
“Cuando las buenas nos sean presentadas, qué pocas serán agradables a Dios. Incluso entre las mejores, encontraremos tantas imperfecciones, tantos pensamientos de amor propio, de satisfacciones humanas, de placeres sensuales, de egoísmos que se encuentran mezclados… Tienen buena apariencia: como esas frutas que parecen más amarillas y más maduras porque un gusano las ha picado. Habrá pocas buenas obras recompensadas porque en vez de hacerlas por amor a Dios, las hacemos por hábito, por rutina, por amor de nosotros mismos. ¡Qué lástima!”
  
“La gracia de Dios nos ayuda a andar y nos sostiene.  Nos es tan necesaria como las muletas para un cojo”.

  
Como para llevar una vida cristiana es imprescindible asistir a Misa los domingos, éste fue un tema insistente en su predicación. Lo argumentaba de una manera sencilla: “El domingo es el bien del Buen Dios; es su día, el día del Señor. Él ha hecho todos los días de la semana; podía guardarlos todos para Él, pero no: nos ha dado seis; sólo se ha reservado el séptimo. ¿Con qué derecho tú tocas lo que no te pertenece? Sabes que el bien robado no se aprovecha jamás. El día que se roba al Señor no se aprovechará tampoco”.
  
Y concluía de forma persuasiva y clara: “Conozco dos medios para ser pobre: trabajar el domingo y tomar el bien del prójimo”.
  
El Cura de Ars fue un excelente conocedor del alma humana, pues entró en tantísimas intimidades, escuchó tantos desahogos. Y afirmaba rotundamente que la alegría que muestran los “mundanos” es falsa: “No he encontrado nadie que se queje tanto como esas pobres gentes mundanas. Tienen sobre las espaldas un abrigo cubierto de espinas: no pueden hacer un movimiento sin pincharse; mientras que los buenos cristianos tienen un abrigo forrado de piel”.
  
“¿No es una verdadera locura poder gustar las alegrías del cielo, uniéndose a Dios por amor, y preferir el infierno? ¡No se puede entender esta locura, no se puede llorarla bastante!”

   

José Pedro Manglano
(Tomado de su libro “Orar con el cura de Ars”)
        

viernes, 7 de agosto de 2009

Vidas ejemplares


¡QUÉ SUERTE VIVIR CON DIOS!
LA PALABRA DEL CURA DE ARS
(en el año dedicado a honrar su memoria)

La revolución francesa estalló en 1789. En 1791 entró en vigor la Constitución civil en la comarca de Lyon, pero en 1793 esa ciudad se alzó contra la Convención, levantamiento que llevó a las tropas de la República Francesa a asediar la ciudad de Lyon durante dos meses. La represión fue terrible, la guillotina funcionó sin cesar; la sangre corría y llegaron a morir alrededor de veinte mil lyoneses. El ejército de la Convención pasó sin cesar por Dardilly, pueblecito a las afueras de Lyon, donde el niño Juan María Vianney vivía ese clima de terror a sus siete años.

La Convención exigió a los sacerdotes que jurasen la nueva Constitución, separándose de la Iglesia Católica. Los sacerdotes que no juraban, eran encarcelados y ejecutados en veinticuatro horas; para evitarlo, se ocultaban y escondían; quien delataba o descubría a un sacerdote no juramentado recibía cien libras de recompensa. En la casa de los Vianney se refugiaron muchos sacerdotes. El cura de Dardilly prestó juramento, pero en 1794 la persecución religiosa se endureció y la iglesia del pueblo fue cerrada.

Los cristianos vivían su fe en la clandestinidad. Juan María hizo su primera confesión con uno de los sacerdotes escondidos. Sus pares lo enviaron a Ecully —a seis kilómetros— a prepararse para la primera comunión con unas monjitas que, en secreto, enseñaban a los niños. A los trece años recibió la primera comunión con otros catorce niños a escondidas: en la ventana pusieron una carreta cargada de heno para que pudiera ocultarlos. Les dio la comunión el sacerdote Groboz, que iba de aldea en aldea, jugándose la vida, impartiendo los sacramentos.

Con toda esta experiencia, Juan María vio el mundo dividido en dos: el bien y el mal, la fuerza del bien y la fuerza del mal. Vio personas que hacían el bien, y personas que hacían el mal. Las primeras creaban y transmitían felicidad, amor, paz… Las segundas, lo contrario.

Tuvo la clara visión de que la bondad está en Dios y en quien vive con Dios; su bondad lo llevó a desear, para él y para todos, el vivir con Dios; deseó que todos aceptaran que Dios los ama, que todos fueran buenos cristianos, que todos cuidasen la buena vida del alma.

Vivir con Dios o vivir para el mundo: esa es la elección. Y… ¡qué suerte vivir con Dios!

LO QUE DIJO E HIZO

“El hombre es terrestre y animal; sólo el Espíritu Santo puede elevar su alma y llevarla hacia lo alto. ¿Por qué los santos estaban tan despegados de la tierra? Porque se dejaban conducir por el Espíritu Santo. Los que son conducidos por el Espíritu Santo tienen ideas justas. Por eso hay tantos ignorantes que saben más que los sabios. Cuando se es conducido por un Dios de fuerza y de luz, no hay equivocación. Como las lentes que aumentan los objetos, el Espíritu Santo nos hace ver el bien y el mal en grande. Con el Espíritu Santo todo se ve en grande: se ve la grandeza de las menores acciones hechas por Dios y la grandeza de las menores faltas. Como un relojero con sus lentes distingue los más pequeños engranajes de un reloj, con las luces del Espíritu Santo distinguimos todos los detalles de nuestra pobre vida. Entonces las más pequeñas imperfecciones se agrandan, y los pecados más leves dan pavor”.

Aconsejaba comenzar todos los días haciendo un sencillo ofrecimiento de todo el día a Dios: “Hay que actuar por Dios, poner nuestras obras en sus manos. Hay que decir al despertarse: Quiero trabajar por Ti, Dios mío. ¡Me someteré a todo lo que me envíes! Me ofreceré en sacrificio. Pero, Señor, no puedo hacer nada sin Ti, ¡ayúdame! Oh, en el momento de la muerte nos arrepentiremos del tiempo que hemos dado a los placeres, a las conversaciones inútiles, al reposo, en vez de haberlo empleado a la mortificación, al rezo, a las buenas obras, a pensar en la miseria, a llorar los propios pecados. ¡Entonces veremos que no hemos hecho nada por el cielo! Hijos míos, ¡qué triste sería llegar a esa situación!”

“Los que tienen el Espíritu Santo no pueden sentirse complacidos con ellos mismos, porque conocen su pobre miseria. Los orgullosos son los que no tienen Espíritu Santo. Las gentes mundanas no tienen al Espíritu Santo; o, si lo tienen, no es más que de paso; Él no se detiene en ellos. El ruido del mundo lo hace marcharse”.

Para llevar una buena vida cristiana, nunca es tarde: sea cual fuese nuestro pasado, nuestra edad, nuestros defectos…: “Los santos, no todos han empezado bien, pero todos han sabido terminar bien. Si hemos empezado mal, procuremos terminar bien e iremos al cielo junto con ellos”.

“La gente dice que es demasiado difícil alcanzar la salvación. No hay, sin embargo, nada más fácil: observar los mandamientos de Dios y de la Iglesia, y evitar los siete pecados capitales; es decir, hacer el bien y evitar el mal; ¡no hay más que eso!”

“Los buenos cristianos que trabajan en salvar su alma esán siempre felices y contentos; gozan por adelantado de la felicidad del cielo; serán felices toda la eternidad. Mientras que los malos cristianos que se condenan siempre se quejan, murmuran, están tristes… y lo estarán toda la eternidad. Un buen cristiano, avaro del cielo, hace poco caso de los bienes de la tierra; sólo piensa en embellecer su alma, en obtener lo que debe contentarlo siempre, lo que debe durar siempre. Ved a los reyes, los emperadores, los grandes de la tierra: son muy ricos; ¿están contentos? Si aman al Buen Dios, sí; si no, no lo estarán. Nada da tanta pena como los ricos cuando no aman al Buen Dios. Puedes ir de mundo en mundo, de reino en reino, de riqueza en riqueza, de placer en placer; pero no encontrarás tu felicidad. La tierra entera no puede contentar a un alma inmortal, como una pizca de harina en la boca no puede saciar a un hambriento”.

“El ojo del mundano no ve más lejos que la vida. El ojo del cristiano ve hasta el fondo de la eternidad. Para el hombre que se deja conducir por el Espíritu Santo parece que no hay mundo; para el mundo, parece que no hay Dios. Los que se dejan conducir por el Espíritu Santo sienten toda clase de felicidad dentro de ellos mismos; mientras que los malos cristianos ruedan sobre espinas y piedras. Un alma que tiene al Espíritu Santo no se aburre nunca de la presencia de Dios: pues de su corazón sale una transpiración de amor”.

“El corazón se dilata, se baña en amor divino. El pez no se queja nunca de tener mucha agua: el buen cristiano no se queja nunca por estar mucho tiempo con Dios. Hay quienes encuentran la religión aburrida, es porque no tienen al Espíritu Santo”.

“Si preguntáramos a los condenados: ¿Por qué estáis en el infierno?, responderían: Por haber resistido al Espíritu Santo. Si dijéramos a los Santos: ¿Por qué estáis en el cielo?, responderían: Por haber escuchado al Espíritu Santo”.

“El Buen Dios, enviándonos el Espíritu Santo, ha hecho como un gran rey que encarga a su ministro que vaya con uno de sus súbditos, diciéndole: —Acompaña a este hombre a todas partes, y me lo traes sano y salvo. ¡Qué bello es ser acompañado por el Espíritu Santo! Es un buen guía. ¡Y… que haya quienes no quieren seguirlo!”

José Pedro Manglano
(Tomado de su libro “Orar con el cura de Ars”
y del boletín parroquial “Fides”)