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martes, 27 de febrero de 2018

Actualidad



EL ABORTO,
¿ES UN PROBLEMA DE SALUD?

Digámoslo de entrada: el aborto no es ni exclusiva ni principalmente un problema de salud; pero es, entre otras cosas, un problema que atañe a la salud sea en el plano de la salud pública, sea en el nivel individual de la práctica médica. Los médicos, en consecuencia, tenemos algo ‒y algo importante‒ que decir en esta materia. Pues bien, en esta ocasión quiero hablar como médico.

Hay dos argumentos que suelen esgrimir los defensores y propulsores de la legalización del aborto. Primero, que es necesario legalizar esta práctica como solución al grave problema que representan los abortos clandestinos realizados en medios sanitarios precarios con su secuela de morbimortalidad materna, cuestión esta que afecta principalmente a las capas sociales más vulnerables y desprotegidas, esto es, las mujeres pobres que no pueden acceder, a diferencia de las mujeres ricas, a abortos seguros y caros. Se trataría, por tanto, de poner fin mediante el aborto legal a una situación de emergencia sanitaria y de flagrante injusticia social. El segundo argumento es el del llamado “aborto terapéutico”: ¿qué se hace en aquellos casos en que una gestación pone en riesgo la salud o la vida de la mujer gestante?; ¿se ha de poner o no fin al embarazo en resguardo de la salud o de la vida materna? Ambos argumentos conciernen directamente a la medicina y es preciso darles una respuesta médica. Veamos cada uno de ellos por separado.

Ningún médico con alguna experiencia puede negar la existencia de abortos practicados en condiciones no sólo sanitariamente precarias sino también a menudo realizados por la misma mujer gestante mediante los más variados recursos. Tampoco puede negarse que tales abortos son una fuente incuestionable de morbilidad y mortalidad materna. Menos aún es posible pasar por alto que este problema afecta de manera casi exclusiva a los sectores sociales que viven en la indigencia extrema y en la marginalidad más estremecedora. Varios años de mi ya larga vida médica transcurrieron en las periferias de la Patria y he sido testigo directo de esta desoladora realidad y en este punto no vale demasiado discutir sobre estadísticas: en primer lugar porque no tenemos en nuestro país estadísticas confiables casi respecto de nada (situación que se presta al manipuleo de los números y de los datos por parte de los grupos pro aborto que intentan imponer cifras disparatadas con el fin de crear un panorama que ni de lejos se aproxima a la realidad) y segundo porque en definitiva la naturaleza del problema es inconmensurable y cada mujer que muere o cada niño por nacer que se pierde representan una tragedia humana irreductible a un dato estadístico. Esto no significa que debamos prescindir de la estadística; sólo intento decir que la realidad médica y social de los abortos clandestinos en los sectores vulnerables y marginales se impone por sí misma sin necesidad de apelar a otra cosa que a la directa experiencia. La magnitud del problema, sólo medible mediante estadísticas, es otro costado de la cuestión, importante sin duda, pero un costado accidental.

Ahora bien, admitida esa realidad se plantea una cuestión bien clara y precisa: ¿es la legalización del aborto la solución de este drama? ¿Es la única solución? ¿Es la mejor solución? Creo que sería bueno y oportuno centrar la discusión sobre este punto si lo que en realidad se pretende es un debate serio y honesto y no la imposición, sin más, de una ideología abortista que es la que parece animar a la mayoría de quienes pugnar en favor del aborto.

Va de suyo que el drama que hemos descripto es, ante todo, un problema político, social y económico y sólo secundariamente sanitario. Lo que nos lleva a pensar que si se atacasen las causas políticas, sociales y económicas que engendran la marginalidad, la indigencia y la falta de una atención médica mínimamente adecuada, la morbimortalidad materna por abortos disminuiría significativamente por el simple hecho de que disminuirían los abortos. En este sentido creo que es útil apelar a la experiencia de otros países. Tenemos el ejemplo, entre otros, de lo ocurrido en Chile a partir de 1989 cuando se prohibió el aborto. Según las investigaciones llevadas adelante por el Doctor Elard Koch, Director del Instituto de Epidemiología Molecular MELISA, en el país trasandino no sólo no fue posible establecer que una disminución de la mortalidad materna por aborto estuviese vinculada con la legalización de esa práctica sino que, por el contario, la mortalidad materna global se redujo hasta llegar al 94% y la mortalidad materna exclusivamente por aborto hasta alcanzar el 99% a partir justamente de la prohibición del aborto legal. El científico chileno asegura, además, que con programas preventivos y de salud materna se ha logrado que mujeres con embarazos no deseados y en riesgo de aborto superen su situación de vulnerabilidad. También recuerda una investigación realizada junto con científicos de Estados Unidos, en la que se encontró que los factores que reducen la mortalidad materna son el incremento de la educación de la mujer, el acceso a los servicios de cuidado prenatal, la atención profesional del parto, las unidades obstétricas de urgencia y cuidados especializados, el acceso al agua potable y alcantarillado, alimentación complementaria para madres y sus hijos junto con cambios en la conducta reproductiva.

Se dirá que es sólo un ejemplo; pero es un buen ejemplo a seguir. ¿No sería conveniente entre nosotros promover legislaciones que hagan posible un drástico mejoramiento de las condiciones sociales, políticas, económicas y sanitarias que son el obligado contexto de los abortos clandestinos y empezar, alguna vez, a realizar estadísticas confiables a fin de poder medir la efectividad de estas legislaciones en orden a una disminución de la morbimortalidad materna en lugar de propiciar una legalización del aborto si realmente lo que se busca es dar solución a un problema sanitario? Resulta absurdo, por decir lo menos, suponer que el aborto sea la única solución o siquiera la mejor. Es la peor de todas -si es que, en definitiva, puede decirse que es una solución- porque es la que se lleva miles y aún millones de vidas por nacer. Si el aborto fuese una solución sanitaria habría que admitir, al menos, que es la más costosa de las soluciones, no sólo en lo económico sino sobre todo costosa en vidas humanas y en graves secuelas psicológicas y aún físicas para las madres. Ergo, es el menos racional de los caminos que puedan elegirse.

El segundo argumento que suele esgrimirse es el llamado “aborto terapéutico”, expresión falaz y equívoca porque el aborto nunca puede ser tomado como un recurso terapéutico. De lo que se trata es de un dilema médico y moral, de una situación límite en la que una patología materna aparece como incompatible con el sostenimiento de una gestación en curso. Las situaciones son en extremo variadas por lo que sólo es posible dar orientaciones generales que luego habrá que aplicar a cada caso en particular. El principio general es que, habida cuenta de que dos son las vidas en juego, nunca resulta moralmente aceptable un criterio según el cual la preservación de una de esas vidas prevalezca en detrimento de la otra. El llamado “principio del doble efecto” (variación del llamado “acto voluntario indirecto”) no es aplicable ya que este principio requiere que el efecto positivo, bueno o primariamente buscado y querido sea mayor que el efecto negativo, malo o no querido. La esencial e intrínseca igualdad de las vidas en juego hace que ambos efectos sean igualmente malos.

¿Cómo responder, entonces, a estos dilemas felizmente cada día menos frecuentes en la práctica médica? Hay que partir de un presupuesto básico: en la amplia variedad de situaciones que la práctica médica nos plantea hay un elemento común a todas ellas; en efecto, se trata siempre de una inadecuación, de mayor o menor grado, entre la prosecución del embarazo y la vida y/o salud de la madre. Ahora bien, más allá de cualquier consideración particular, se ha de tener en cuenta que frente a cualquier situación de inadecuación entre el embarazo y la vida y/o salud materna no es lícito acudir a la supresión del embarazo toda vez que ella comporta la supresión cierta, ineluctable y directamente procurada de la vida del concebido. La Medicina se verá, pues, obligada siempre a procurar cualquier medio terapéutico (tomado este término en sentido propio) que tienda a salvar o minimizar la situación de inadecuación, asegurando hasta donde sea posible, la vida y la salud de madre e hijo. Sólo será lícita una terapéutica que no implique la supresión deliberada y directamente procurada de ninguna de las vidas en juego. Habrá, pues, que hacer rendir y agotar al máximo las posibilidades del arte dejando, en definitiva, a la propia naturaleza la evolución final.

Ocurre que cualquier otra consideración, por fuera de la que acabamos de establecer, implica una elección indebida entre dos bienes absolutamente equiparables en sí mismos considerados: vida y/o salud de madre e hijo. No hay modo de introducir un desbalance en la valoración de ambos bienes a no ser que se tengan en cuenta cuestiones de carácter meramente accidental como, por ejemplo, una supuesta utilidad de la vida materna por sobre la del concebido, el interés de otros hijos para quienes la vida materna resulta más que apreciable, etc. Pero una consideración de carácter accidental -por importante que sea- no es suficiente para modificar el valor intrínseco de la vida humana, único que ha de tenerse en cuenta en la perspectiva moral. De no ser así, si consideraciones meramente accidentales ingresan en la valoración del bien en juego, se estaría afirmando un peligroso principio que puede extenderse a cualquier otra situación que no sea la que estamos considerando. De este modo, la vida de un enfermo con Síndrome de Down, por ejemplo, o con cualquier otra afección podría llegar a ser suprimida en aras de una pretendida utilidad.

En ninguno de los dos argumentos planteados puede concluirse, por tanto, que el aborto sea una solución médica. Porque hay que decirlo: el aborto es siempre la supresión de individuos humanos. Me causa cierta gracia cada vez que oigo decir que “ahora” la “ciencia” nos demuestra que la vida humana comienza con la concepción. No es “ahora” ni es la “ciencia” sino la más elemental experiencia la que nos muestra que la existencia de un individuo humano se inicia desde la concepción. Desde que el hombre está sobre la tierra se sabe que cada vez que se inicia un embarazo, de no mediar una falla de la naturaleza, el “producto” final es uno o más individuos de la especie homo sapiens. Sobre las acciones de la naturaleza el hombre no tiene responsabilidad moral alguna; pero sí la tiene sobre sus propias acciones voluntarias y libres. Por eso suprimir directa y voluntariamente el proceso de la gestación humana, que es uno solo y el mismo desde el inicio hasta el fin, conlleva una grave responsabilidad moral en quienes lo hacen, en quienes lo promueven y aún en quienes lo toleran. Y esto es tan antiguo que ya lo previó el viejo Hipócrates ‒que hasta sabemos no era católico‒ en su Juramento.

Mario Caponnetto

viernes, 10 de febrero de 2017

Aniversarios



ROBERTO BRASILLACH Y EL SUEÑO
DE UNA NUEVA EUROPA

Cada 6 de enero, aniversario de su fusilamiento en 1945, en el sombrío Fuerte de Montrouge, no puedo sustraerme al recuerdo de Roberto Brasillach, el joven y brillante intelectual francés ‒poeta, dramaturgo, novelista, crítico literario, conocedor profundo de los clásicos, periodista combativo‒ asesinado por orden de De Gaulle en la convulsa Francia que siguió a la llamada “Liberación” tras la derrota y retirada alemana.

Es curioso: no soy un conocedor a fondo de su obra (he leído sus Escritos en Prisión que incluyen los Poemas de Fresnes y alguna que otra página) ni puede decirse que me sienta identificado plenamente con su ideario político; sin embargo, su memoria se torna recurrente año tras año. ¿Qué me une a este hombre que representó, en su hora, lo mejor de la juventud francesa y europea que creyó ver en los movimientos nacionalistas del Viejo Continente de la primera mitad del siglo XX el sueño de una nueva Europa, grande, fiel a sus mejores tradiciones y libre de aquellos dos flagelos que la aherrojaban, el comunismo y la democracia? Precisamente el hecho de que haya estado animado de ese gran sueño (que los acontecimientos que culminaron con la aplastante victoria aliada en la Segunda Guerra se encargarían de disipar), el sueño de la Gran Europa que, al decir de Gonzague de Reynold, no es un mercado sino una pasión. Un sueño así, de grandeza, para Argentina, animó mi juventud y sigue alimentando la esperanza de mi vejez. Quizás sea esa capacidad de soñar ‒y hablo de sueños esperanzados no de utopías‒ la que me une, como hilo invisible pero firme, al reiterado recuerdo de Roberto Brasillach.

A Brasillach lo fusilaron, en un juicio paródico y burdo, acusado de traidor a Francia y de “colaboracionista”. Sólo la ofuscación ideológica y el odio ilimitado de aquella democracia aliada al comunismo pudieron incurrir en semejante acusación tan injusta cuanto falaz. Brasillach, alistado en 1940 en el Ejército Francés, había luchado contra la Alemania nazi. Mantenido en un campo de concentración alemán tras la derrota francesa, fue liberado en marzo de 1941. Es a partir de aquí cuando termina por comprender que lo que amenaza con desintegrar a Francia, y con ella a Europa, es la democracia con sus políticos venales y su ingénita incapacidad de auténtico orden. También el comunismo (aliado a la democracia) se cierne como un peligro de muerte. La advertencia de este doble peligro, junto con su amor entrañable a Francia, lleva al joven intelectual (que por entonces ya tenía en su haber varias obras escritas: Presencia de Virgilio, Como el tiempo pasa, Los cadetes del Alcázar y una historia de la guerra de España escrita en colaboración con Maurice Bardeche) a entender que sólo en el fascismo era posible hallar la clave de un Nuevo Orden que restaurara a Europa, y a Francia con ella; pensó, así, que era posible que Francia y Alemania se unieran en la consecución de ese Orden Nuevo que llevaría a Europa a la grandeza. Éste fue su ideario, al que prestó todo el poder de su palabra inflamada y poética, el que plasmó en los numerosos escritos con los que llenaba las páginas de sus publicaciones. Jamás colaboró con el Ejército Alemán ni se puso al servicio de los invasores.1 En esto, pues, consistió su “traición” a Francia: en haberla amado y soñado grande y parte de una Europa nueva. Por eso, las únicas “pruebas” sobre las que se dictó su sentencia fueron, justamente, sus escritos. Su delito fue pensar una Francia posible por fuera de la democracia y del comunismo.

De hecho su adhesión al fascismo ya venía desde 1934, concretamente desde la célebre manifestación del 6 de febrero de aquel año cuando una multitud convocada por ligas de ex combatientes y diversas organizaciones políticas ganó las calles de París, hastiada de los escándalos que envolvían al régimen republicano. Este acontecimiento, conocido como la Manifestación de la Rue Royale, fue violentamente reprimido por las fuerzas del orden, con un saldo de varios muertos.2 Brasillach y otros intelectuales de su generación vieron en este episodio el germen de aquel sueño al que hicimos referencia, una suerte de revolución destinada a iniciar la reconquista de Francia. Así escribía Brasillach respecto de estos acontecimientos: Una instintiva y magnífica rebelión [...] Una noche de sacrificio, que queda en nuestra memoria con su olor, su frío viento, sus pálidas siluetas corriendo, sus grupos humanos al borde de las aceras, su esperanza invencible en una Revolución Nacional, el nacimiento exacto del Nacionalismo Social de nuestro país.3  Palabras, sin duda, fruto de un noble espíritu exaltado y de un entusiasmo quizás en buena medida ajeno a la realidad pero incuestionablemente animado de un profundo amor a Francia.

Por eso a la hora de juzgar el fascismo de Brasillach, y el de toda aquella generación, es preciso despojarse de los clichés antifascistas al uso, ese antifascismo que, según el acertado juicio de Augusto Del Noce, no tiene en cuenta al fascismo histórico sino a un fascismo demonológico inventado por la propaganda de los vencedores de la Segunda Guerra.4 Fue el de Brasillach un fascismo que algunos clasifican de “romántico” o de poético. Lo segundo, es posible; lo primero me atrevo a negarlo. Brasillach no fue un romántico sino un hombre clásico. Lo demuestra su temprana frecuentación de los griegos en los que bebió el más recio y aquilatado clasicismo. Por otra parte, su paso por la Acción Francesa de Maurras dejó una profunda huella en su formación intelectual que lo puso al abrigo de cualquier desvarío romántico. Lo que él reivindicó siempre fue un retorno al sentido clásico de la política al que añadía una cierta estética política nutrida de un sentido heroico de servicio y de entrega generosa, sin límite. Por eso, su “conversión” al fascismo tuvo que ver menos con aquel régimen político (aunque no ocultó su admiración por el fascismo italiano y hasta por el régimen nacionalsocialista) que con aquella idea de una Europa Grande y de una Francia fiel a sus orígenes que él creyó ver encarnada en el fascismo. Se ha dicho, también, que Brasillach fue un rebelde. Hasta cierto punto podemos admitir esta adjetivación. Pero en todo caso, su rebeldía nada tiene que ver con ese espíritu revolucionario, corrosivo e insustancial de las rebeldías al uso: la suya fue la rebeldía de un alma enamorada del bien, de la belleza y de la justicia frente al desorden de las democracias y el bolchevismo. Sólo en esta perspectiva ha de entenderse el fascismo de Brasillach.

Por eso, al correr de los hechos históricos, su decepción respecto de los fascismos imperantes se hizo inevitable. Las sucesivas derrotas del Eje, el fracaso del Gobierno de Vichy (del que había sido fugaz funcionario) marcarán profundamente su ánimo y lo llevarán a afirmar: “estos son tiempos de desilusiones”. La vista de aquella Francia dividida y de aquella Europa convulsa y trágica será para el joven poeta, a partir de 1943 cuando la suerte de la guerra ya estaba echada, el derrumbe de todos aquellos bellos sueños elaborados con tanto esfuerzo. Comienza aquí la etapa final del periplo intelectual de Brasillach. El fin de la guerra, ya próximo, la liberación de París, señalan el inicio de su camino hacia la muerte que él asumirá con profundo sentido cristiano. Porque Brasillach fue, como dijimos, un hombre clásico, su periplo intelectual no podía sino concluir en Jesucristo, y en Jesucristo crucificado.

“Encerrado entre cuatro muros de cemento y sin más esperanza que la de morir bien”. Con estas palabras, Jean Anouilh, el célebre dramaturgo francés que trató, sin éxito, de salvar a Brasillach de la pena de muerte, describió sus últimas horas en la prisión de Fresnes.5 Pero ese “morir bien” fue una muerte cristiana, no estoica. Preso, pide que le traigan los Evangelios que lee, repasa y medita. El 3 de febrero de 1945, apenas tres días antes de ser conducido ante el pelotón de fusilamiento, escribe Brasillach su poema Getsemaní en el que recorre el relato de la agonía de Cristo en el Huerto de los Olivos según los cuatro evangelistas, San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan. Poema conmovedor y sublime que no puede leerse sin un desgarro del alma. Atrás quedó la poesía ardiente y combativa; atrás quedó la prosa que anunciaba la alegría de un Orden Nuevo. De aquello ya no queda siquiera un eco. Ahora, el alma en total desnudez, despojada de todo brillo, en la noche oscura, atenazada de angustia, exclama:

La noche es larga, la noche dura
Oh noche, olor de la agonía.

Luego, en plena configuración con la agonía de Cristo, su voz se hace oración:

Que se haga tu voluntad,
La tuya, Padre, no la mía.

Y para que nada falte a la imitación de la agonía de Cristo, la voz del poeta continúa en un crescendo de angustia:

Los míos aún duermen […]
El sudor brota de mi cuerpo,
La sangre fluye de las venas.
¿Es un ángel que viene a mí?
Sus manos son dulces y fuertes,
[…] Me habla y me consuela.

Y cierra el poema:

Si vienen jueces y vendidos,
Padre, yo podría jurarles
Que ninguno se ha perdido
De los que se me habían confiado.
Yo habré prevenido contra la aventura
A los que me habrán sabido escuchar,
La noche es larga, la noche dura,
Pero yo guardo en ella este orgullo.
Por larga y por dura que ella sea,
En recuerdo de la agonía,
Señor, y de la noche oscura,
¡Sálvame de Getsemaní! 6

Al llegar la mañana de aquel fatídico 6 de febrero Brasillach es trasladado de la Prisión de Fresnes al Fuerte de Montrouge donde tendrá lugar la ejecución. Jacques Isorni, su abogado defensor, nos ha dejado el relato de los momentos finales. Al salir de la prisión, Brasillach, con voz queda se dirige al Comisario del Gobierno, Reboul, con estas palabras:

No culpo a usted, Sr. Reboul, sé que cree que ha actuado conforme a su deber; pero quiero decirle que yo no he hecho otra cosa que servir a mi patria. Sé que usted es un cristiano como yo. El único y mismo Dios nos juzgará. ¿Puedo pedirte un favor?

El Comisario se inclina y el condenado formula su último pedido; pide por su familia, por la libertad de su cuñado Brasillach detenido desde hacía seis meses:

Mi hermana lo necesita. Pido que hagan todo lo posible para asegurar su liberación; él fue el compañero de toda mi juventud.

‒ Lo prometo, es la escueta respuesta del Comisario.

¿Consiente usted en estrechar mi mano?, replica Brasillach acompañando la palabra con el gesto.7

Así, transfigurado en Cristo, marchó a la muerte aquel hombre brillante cuya lucidez había previsto el desastre al que se encaminaba Francia y con ella Europa, esa Europa y esa Francia cuya grandeza tanto había anhelado. Pocos minutos después, doce descargas de fusilería terminaban con la vida terrena de Roberto Brasillach. Todo se había consumado.

Escribimos estas líneas en momentos en que ‒para algunos observadores‒ Europa y América parecen despertar del letargo de siete décadas en el que las sumió la pax surgida tras la victoria de los Aliados. Esta pax ‒coronada con la globalización, el multiculturalismo, la idolatría de los derechos humanos, la imposición de la democracia y la apostasía de las naciones otrora cristianas‒ parece haber llegado a un punto crítico; y si bien, no estamos autorizados a proclamar su desmoronamiento sí, cuanto menos, a señalar notorias grietas en lo que hasta hace poco aparecía con la fuerza y la arrogancia de un edificio monolítico.

¿Vuelven los sueños de otra Europa? ¿Vuelven los nacionalismos? Es prematuro abrir juicio. No sabemos si prevalecen los motivos para un módico entusiasmo o para una mirada escéptica, mas se nos impone estar atentos ante el actual panorama político sobre todo europeo. Pero, de cualquier manera, las trágicas experiencias del siglo XX deben servirnos de aleccionamiento. No habrá un Nuevo Orden que pueda reemplazar, con razonable posibilidad de éxito, a este viejo desorden que empieza a crujir, si la nueva empresa no está animada de un espíritu ecuménico, es decir, católico. Por fuera de este espíritu, tarde o temprano, aguardarán nuevos fracasos. La experiencia del siglo XX es tan contundente cuanto irrecusable.

El periplo de Brasillach puede servirnos de metáfora: si todos los legítimos sueños de grandeza no culminan en la Cruz de Cristo ninguna resurrección de Europa, y del mundo que a ella debe su existencia histórica, será posible. Así, sólo así, tiene sentido haber traído, en este día, la feliz memoria del poeta de Fresnes.

Mario Caponnetto
Mar del Plata, 6 de febrero de 2017
LXXIIº Aniversario del fusilamiento de Roberto Brasillach

NOTAS:
1. Uno de los cargos de la acusación fue que Brasillach había vestido el uniforme del Ejército Alemán. La “prueba” era una foto en la que supuestamente aparecía Brasillach vistiendo el feldgrau alemán. Pero luego se comprobó que el hombre de esa incierta foto no era Brasillach sino otro que se le parecía vagamente. Pese a ello, el “tribunal” mantuvo el cargo sobre el que se fundó la sentencia de muerte. Brasillach se enroló jamás en la Whermacht ni en ninguno de sus servicios; tampoco fue trabajador voluntario en Alemania. En cambio, sí lo fue el Secretario General del Partido Comunista Francés, Georges Marchais.
2. El 6 de febrero de 1934 tuvo lugar en París una multitudinaria manifestación contra el régimen parlamentario imperante cuyos escándalos políticos y corrupción venían desde tiempo atrás alimentando el descontento social. Entre las organizaciones de derecha que protagonizaron los hechos se destacan la Acción Francesa, fundada por Charles Maurras en 1899, las Juventudes Patrióticas, lideradas por Pierre  Tauttinger y la Unión Nacional de Ex Combatientes. Curiosamente, el Partido Comunista Francés participó también de la manifestación, desde luego con consignas y motivaciones bien distintas de las organizaciones de derecha. Estos hechos tuvieron una gran repercusión en la vida política francesa inmediatamente posterior. Brasillach recordó y homenajeó siempre, cada 6 de febrero, a los “caídos en la Rue Royale”. Algunos han pretendido que la coincidencia de la fecha de la manifestación y la del fusilamiento de Brasillach (once años después, el mismo día) se debió a un expreso designio de los jueces que ordenaron la ejecución.
3. Citado por Erik Norling, “El Fascismo como poesía y movimiento romántico”, en Robert Brasillach, Carta a un soldado de la quinta del sesenta. Seguido de Poemas de Fresnes, Barcelona, 2009.
4. Cfr. Augusto Del Noce, Italia y el Eurocomunismo: una estrategia para Occidente, Madrid, 1977, 48-49.
5. Jean Anouilh (1910-1987), dramaturgo francés autor, entre otras, de la célebre obra Antígona. Contemporáneo de Brasillach y próximo a sus ideas (aunque no formó parte del Régimen de Vichy) se esforzó por lograr que se anulara la sentencia de muerte contra Brasillach. Respecto de los esfuerzos de Anouilh en pro de la libertad de Brasillach, véase Anca Visdei, Jean Anouilh. Une biographie, París, 2012.
6. Robert Brasillach, Escritos en prisión. Poemas de Fresnes, traducción y notas de Joaquín Bochaca, Barcelona, 1977.
7. Cfr. Jacques Isorni, Les dernières instants de Robert Brasillach, avant son assassinat, décrits par me Jacques Isorni. Fait à Paris le 6 février 1945, en  http://www.jeune-nation.com/culture/in-memoriam/15752-les-derniers-instants-de-robert-brasillach-avant-son-assassinat-legal.

viernes, 2 de diciembre de 2016

Actualidad



MURIÓ CASTRO:
LA BATALLA CONTINÚA


Fidel Castro ha muerto. Rezamos por su alma. Pedimos que la infinita misericordia de Dios, a quien negó, del que abominó y cuyo Santo Nombre procuró, en vano, desterrar del alma y de la tierra de los hombres que padecieron el yugo de su tiranía, le haya finalmente alcanzado. Pedimos, fervientemente, que esa absolución que con tanta arrogancia exigió a la historia ‒y que ésta le negará para siempre‒ le haya sido otorgada por el Señor de la Historia.
En estos días de su muerte se han dicho y escrito multitud de cosas, casi todas disparatadas e insensatas, salvo escasas excepciones. Reléveme el lector de intentar cualquier antología de tales dichos; convengo, por cierto, en que esa antología resultaría, a la postre, un acabado muestrario de la estupidez, la hipocresía y la perversidad del mundo contemporáneo. Pero quede el intento en otras manos y en otros ánimos. El mío, mi ánimo, va por otro lado. Personalmente la muerte de Castro ha reavivado recuerdos, ya muy lejanos en el tiempo, pero siempre presentes con una presencia a flor de piel como la de un dolor o la de un amor que no pasa.
No tenía aún veinte años cuando advino al mundo la que se dio en llamar la Revolución Cubana. Me tocó vivirla desde mi puesto de joven militante del Nacionalismo Católico, el mismo en el que sigo ahora y en el que, si Dios me da su gracia, pienso permanecer hasta el último día. Desde ese puesto puedo decir que aquella generación de los sesenta que soñó, luchó, cantó, mató y murió bajo la fascinación de la Cuba castrista, no fue en absoluto, mi generación. Mis camaradas y yo, los que soñábamos con una primavera en Argentina, fuimos unos verdaderos outsiders, unos extraños. Los aguafiestas de la gran bacanal revolucionaria que transformaría al mundo.
Después vino la guerra y nos arrastró a todos. La Cuba castrista fue la cabecera de playa de la guerra revolucionaria del comunismo y el centro de operaciones de la subversión continental. Las democracias, sobre todo Estados Unidos, jugaron un papel fundamental en el triunfo del castrocomunismo. Sin ese apoyo, aquel esperpéntico “ejército” de bandoleros mal armados y peor conducidos, jamás hubiera entrado en La Habana. Nos hicieron creer que Castro había engañado a Estados Unidos. ¡Nada menos que la primera potencia del mundo engañada por un fantoche desaliñado de una isla perdida en el Caribe! He aquí la gran mentira: nadie engañó a nadie. Pasó lo de siempre: los banqueros del Poder Internacional del Dinero financiaron al comunismo, unos y otro al servicio de la Revolución Anticristiana. Lo mismo que en Rusia en 1917. Así Castro estableció el baluarte comunista desde el que esparció la guerra revolucionaria a todo el Continente. Los débiles estados hispanoamericanos, sumidos en su esencial contradicción histórica y en su coesencial corrupción ¿cómo iban a hacer frente a la avalancha revolucionaria? La historia es conocida; una vez más reléveme el lector de reiterarla aunque sí recodaré dos cosas: la primera, que la guerra armada terminó (mal para el castrismo), la Unión Soviética se hundió y volvieron las democracias en las tierras hispanoamericanas. La segunda, que quienes habían combatido y derrotado al castrismo con las armas fueron diezmados, encarcelados y condenados al oprobio eterno; Fidel Castro pasó a ser el niño mimado del Nuevo Orden Mundial y hoy los plañideros del stablishment lloran su muerte.

Los hombres de mi generación somos contemporáneos no tanto de Castro sino de la configuración de su mito, más allá de la enorme distancia que separaba al mito de la realidad del personaje. ¿Qué es lo que atraía de esta figura legendaria y mítica, en aquellas décadas de los sesenta y setenta, a los jóvenes y no tan jóvenes de entonces? Era un acendrado sentido de lo heroico y de lo épico que se vivía y se respiraba en el ambiente.
Fidel Castro (y Guevara) eran la encarnación de la utopía, el vehemente deseo de transformar el mundo, de hacer nacer el hombre nuevo, el revolucionario. Esa utopía tenía un nombre propio: el socialismo marxista en sus varias versiones. Hacia la consumación del socialismo se encaminaba ineluctablemente la historia y oponerse a ello era necedad, era condenarse a quedar fuera de la historia, cerrar los ojos a los signos de los tiempos. A esta utopía había que sacrificarlo todo, la vida incluso y no sólo la propia sino la de cuantos fuese necesario inmolar.
Quienes por la gracia de Dios más que por propio mérito, no sucumbimos al espejismo de la utopía comunista, procuramos hacer frente a esta ola revolucionaria. Lo hicimos desde diversas perspectivas. En mi caso personal, como ya dije, me animaba esencialmente la visión católica que llevaba no sólo a enfrentarse al comunismo declaradamente ateo sino, además, a ciertos sectores católicos, eclesiales, que por desgracia habían abrazado las tesis marxistas sustituyendo la Fe católica por la utopía revolucionaria. Y en este último aspecto, se mezclan inevitablemente la historia y la propia vida: ¡cuántos camaradas nacionalistas fueron llevados a matar y morir por obra de los curas guerrilleros! ¡Cuántos desgarros, cuánta muerte cercana! ¡Cómo olvidar a aquel condiscípulo de las lecturas tomistas que perpetró uno de los peores atentados de montoneros! (De paso, ¿no sería oportuno reiterar el pedido de mi esposa de abrir los otros archivos vaticanos?).
Eran tiempos de lucha. Los círculos juveniles a los que yo pertenecía oponíamos al mito de Castro y del Che, que se iba configurando no sólo a través de la propaganda sino también por medio de la literatura considerada de vanguardia (recuerdo entre otros, el cuento de Julio Cortázar, Todos los fuegos el fuego, la novelística del boom latinoamericano, etc.), la figura de los verdaderos héroes y la esperanza cristiana que es lo opuesto a las utopías.
Y así decíamos con José Antonio, el Fundador de Falange Española asesinado por el comunismo en España, que a los pueblos no los mueve sino los poetas; por eso era preciso levantar frente a la poesía que destruye la poesía que promete. Castro representaba esa poesía que destruye: era la contrafigura del héroe, la antítesis del guerrero que combate en guerra justa.
Esta fue la experiencia de mi juventud. Esos eran los tiempos cuando las figuras del Che y de Castro se consolidaban como el icono de una épica utópica, sangrienta, enemiga de Dios y enemiga del hombre. Eran días trágicos, llenos de confusión, en los que tantos se dejaron arrastrar por esta épica utópica y optaron por el camino de la guerra revolucionaria. El resultado está a la vista: aquel delirio revolucionario dejó tras de sí una estela de sangre y de luto cuyas secuelas nos golpean hasta hoy.
La guerra subversiva que enlutó a la Argentina y a casi a todos los países de nuestra Iberoamérica tuvo en Castro, antes que a un estratega o comandante, el componente mítico, imprescindible en toda guerra. Esto explica el fanatismo revolucionario que llevó a tantos a abrazar una vida llena de peligro, de incomodidades, de sacrificio: el Che, un aristócrata que abandona todo, combatiendo en la selva, con su asma a cuestas, constituía la fuerza moral que movilizaba ese heroísmo suicida y homicida que llevó a tantos a matar y a morir.
Ese fue, y es, el verdadero Castro que acaba de morir: la poesía que destruye, el odio como motor de las acciones, la utopía como meta, el hombre nuevo como contrafigura blasfema y sacrílega del hombre nuevo cristiano del que nos habla San Pablo.
Pues bien, todos estos recuerdos acudieron a mi memoria mientras oía hablar de la mortalidad infantil en Cuba, de la salud cubana, de la educación en la Isla, de la falta de libertad de expresión, de si ahora Cuba se hará con los beneficios de la democracia, de si la paz del Papa sobrevivirá Trump, de si los fusilados fueron tres mil o si sólo murieron por alguna enfermedad venérea…
Los hombres de mi generación no entendemos demasiado de estas cosas sobre todo cuando se juega el destino de la Civilización; nos vimos envueltos en una batalla que fue ante todo espiritual, metafísica: en efecto, en esos días se enfrentaban dos visiones del mundo cuya dilucidación definitiva sólo era posible a la luz de la gran idea agustiniana de las dos ciudades.
Todo esto suena un tanto anacrónico en este mundo de hoy, en esta posmodernidad que ha declarado la debilidad del pensamiento y ha decretado el fin de todas las batallas.
Pero ante la muerte de Castro me empecino en evocar, todavía, esa batalla metafísica porque, pese a todo, hay algo que sigue dando guerra: el imperio de la mentira y del infierno que de ella se sigue. Castro ya no está pero Cuba sigue existiendo; y su existencia es el desafío de quienes sostenemos el Reinado de Cristo, la auténtica libertad y la dignidad del hombre. Mientras exista Cuba no podemos llamarnos al descanso: la batalla continúa.
  
Mario Caponnetto