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viernes, 9 de marzo de 2018

Nacionales



TODOS, NADIE, NINGUNO
¿PARTICIPACIÓN POLÍTICA
O EL CUENTO DE JAIMITO?


Ya sabemos del renovado embate que azota nuestra Patria en torno a la tenebrosa posibilidad de que con sólo llenar el formulario correspondiente o tener paga la obra social se pueda asesinar a un inocente. Da pena constatar ‒con sólo recurrir a un registro histórico básico‒ que se trata de una misma revolución que ha ido por el divorcio, por el menoscabo de la patria potestad, las uniones contra natura, la promiscuidad y el hedonismo hechos plan escolar, y está dando ahora los últimos estertores. En buena hora que existan quienes nos adviertan sobre el riesgo de no calibrar el bien defendido y los peligros de andar deambulando conceptualmente cuando nos vemos en situación de puntualizar con precisión a qué nos oponemos.

Es cierto que, por un lado, parece simple y de rápida constatación. Es que estamos en medio de un sembradero de evidencias y criterios de sentido común. Sólo a un cuerpo social idiotizado se le puede ocurrir darle siquiera un mínimo de entidad a la mayoría de las ideas-fuerza con que se quiere legitimar el crimen. Convivir a diario inmersos en esta angustia, cuando a la par se habla de los derechos del animal, del entusiasmo ante la posible vida en Marte, de la violencia de “género”, de la “discriminación” ‒tan patéticamente planteada como ridículamente defendida‒ es desde luego un desafío a la cordura y una verdadera prueba de salud mental. Nada nuevo en esto. Una vez más la sabiduría ha sido atropellada por los dilemas socioeconómicos y los planteos sociales, en el mejor de los casos. Cuando no, y casi siempre, por falacias conceptuales, por mentiras estadísticas y aprioris ideológicos.

Aún así, vale aclarar que debemos temer por nuestra convivencia cotidiana con una persona que promueve, acepta, defiende, tolera o argumenta en favor del aborto. Tomemos las precauciones necesarias.

Pero estemos atentos. Por otro lado, puede que no seamos conscientes de este universo argumental y todo resulte más complejo de lo que a primera vista parecía. En su contexto revolucionario, el aborto no es más que la continuidad de definiciones dadas ‒o mal dadas, o ambiguamente dadas‒ en el campo de la generosidad conyugal para la procreación, de la teología moral del matrimonio, de la verdadera vocación de la mujer, de la llamada “paternidad responsable”, de la distinción entre prudencia cristiana y prudencia carnal… Si se concedió terreno y claridad en la cuestión de anticoncepción, por ejemplo, cómo salir a quebrar lanzas ahora por un “embarazo no deseado”.

En fin, vaya nuestra gratitud hacia los maestros que también en estas lides vigilan como centinelas para que la verdad no se troque. Con ellos podemos responder a la pregunta ¿qué es ser pro vida para el católico?

Porque no nos mueve el dogma ecologista ni una difusa apología de lo natural y silvestre. No somos algo así como afiliados a greenpeace transidos de misticismo. Defendemos la creaturidad del hombre y la potestad de Dios como Señor y Creador del cielo, de la tierra, de los abismos y de nuestras vidas. Lo que defendemos es el orden, el natural y el sobrenatural. Y lo defendemos ordenadamente. Por eso, estimamos como mayor bien la vida sobrenatural de la Gracia y la participación en Cristo, sin la cual no hay salvación ni perfección posible.

Es necesaria una noción completa, íntegra, total, realista, cristiana, de esta defensa, sin dudas impostergable. El riesgo es quedarnos en una concepción horizontal, naturalista, tan de moda y a tono con las exigencias del mundo. Para este enemigo del alma, nada más complaciente que vernos quebrar lanzas por una “vida” tan genérica como inasible. El riesgo es traicionar la naturaleza y el fin completo y total de lo que genéricamente llamamos “vida humana”.

La eternidad en la carne, redimida por Nuestro Señor, ¡eso es lo que defendemos!

Con fina pluma y particular hondura lo ha recordado hace poco el padre Diego de Jesús: “la ve de vida es muy corta. Infinitamente corta. No estamos (solamente) a favor de la vida (…) estamos en lucha tenaz por una Eternidad…”

Ahora bien (y a esto queremos llegar), existe entonces el qué defendemos. Pero también hay un cómo lo defendemos. Porque debemos decir ‒aunque tal vez nos cueste la simpatía de activos defensores de buenas causas y de generosas voluntades que no dejan asalto justo por afrontar‒ que ante esta convocatoria general que se traduce en banderines y remeras, en cacerolazos, en asistencias masivas ‒todas sanas y encomiables reacciones que brotan espontáneas del hombre decente‒ hay algo sin embargo que no termina de cerrar. “De nosotros depende que el aborto no se legalice”, dicen por doquier. Y siguiendo con la imagen del monje, pareciera que late de todos es muy amplia. Ilimitadamente amplia. Confusa y ambiguamente amplia. Inevitablemente rememoro una consigna lanzada a los niños hace pocos años, desde una plataforma de las que bajan los lineamientos educativos para todos y todas. Allí solemnemente advertían: ¡la galaxia está en tus manos! Es imposible evitar al menos una leve sonrisa. Por lo general, estamos a brazo partido intentando mantener nuestro pequeño patio hogareño o limitar que los insectos regionales se terminen de apoderar de los espacios cotidianos, y resulta que recae sobre los niños la higiene del espacio cósmico.

Vayamos por partes. Aunque estemos cercados por la desolación, debemos preguntarnos cómo hemos llegado a esto. Cómo puede ser que estemos expectantes y angustiados para ver si en una truculenta y sombría sesión camandulera se juega a cara o cruz la vida de inocentes que aguardan nacer. Y encima se dice, “de nosotros depende que esta ley no se apruebe”.

¿No habremos dejado que se corra el eje político y moral al cargar permanentemente sobre las espaldas del simple ciudadano la promulgación de leyes homicidas? ¿No es ésa tarea del legislador? ¿Cuál es el alcance y los fueros del simple hombre de a pie?, ¿no existe entonces ninguna diferencia con quien tiene la autoridad, el cargo y la carga de velar por el bien común y defenderlo con su vida?

En sus épocas de profesor de nivel secundario, mi padre siempre recordaba que la preocupación en los escritos políticos de Platón fue cómo concebir un estado que nunca más volviese a cometer la injusticia que había consumado con su maestro Sócrates. Podemos preguntarnos hoy, cómo debería concebirse un estado que sea incapaz de encontrarse un día sometiendo a unas manos levantadas de payasescas figuras el decretar como aceptable el crimen del aborto. Se supone que la autoridad política conforma la estructura sustancial que va decidiendo el rumbo de lo social. Claro, cuando está intrínsecamente distorsionado, nunca serán suficientes las razones teológicas, morales, médicas, psicológicas o de sentido común. Simplemente porque no interesan. La deformación de lo político (y esa es la verdadera cara de la democracia) ya tiene otro veredicto. Y esto es posible por una conformación política intrínsecamente deformada que, sin darnos cuenta, aceptamos a priori e incondicionalmente. Desde luego, no hallará las claves fundantes quien se remonte a las últimas elecciones legislativas o a una accidental e intrascendente secuencia entre los K y los M. La raíz tiene otros nombres. Pero hay que querer escucharlos.

Seremos insistentes en esto, y planteado sin ironía ‒al contrario, con el temor de herir cercanas y nobles susceptibilidades‒: no me opongo a una caminata con carteles en mano o a una cadena intensa de whatsapp claros y pedagógicos, castigando duramente al aborto y sus promotores; tampoco a una circulación de folletería alusiva ni a un festival artístico que públicamente repudie la inmoralidad y el maquiavelismo. Debe hacerse, y es bueno por varios motivos. Pero noto una cierta desproporción en la acción. Es loable que la gente se movilice y se resista, pero ¿qué tiene para hacer el pobre ciudadano frente al poder político, frente a una ley nacional, ante una medida que se ejecutará en cada rincón de la Patria, cuando todos sabemos que las cartas ya están tiradas a otro nivel?

En vez de lamentarnos por las consecuencias ¿no convendrá reparar en las causas y apuntar a ellas, donde sí tenemos responsabilidad directa?

Sepamos más bien qué cosas no deberían existir en una concepción política digna. O planteo como doctrina positiva: ¿qué cualidades no pueden faltar en un sistema político? Vayan solo algunas: que quien nos gobierna sea un varón probo incapaz de matar un inocente, que jamás se someta la verdad al consenso, que el honor no tenga precio y no haya bien espiritual de la Patria que se negocie en el mercado mundial, que lo perseguido sea el bien común y no el cálculo de votos para las próximas elecciones. Que se entienda de una vez por todas que la política debe poner las condiciones para que el hombre pueda salvarse, si quiere, desde luego; que jamás puede dejarse en manos de la masa anónima y corrompida el poder de decisión de aquello que define la identidad de la Patria y el bien de sus habitantes; que la participación política debe ser siempre diferenciada, jerárquica selectiva (por supuesto que ante esto, el dogma populista, que ni entiende ni quiere entender, rasgará sus vestiduras en histérica vociferación).

Qué humillante es ahora estar esperando un plebiscito circense, o que pongan fecha y hora para esperar como si fuera un espectáculo televisivo, y atentos a la pantalla mirar con euforia para qué lado apuntará finalmente el pulgar. Y que ante esto, nuestra oposición sea sólo preparar carteles o promocionar el infalible voto castigo, tan ajeno al nacionalismo católico como funcional a la perversión revolucionaria.

No creo que Dios nos pida cuentas por una ley inicua, dictada por un felón amancebado y apoyada por una caterva de zánganos que viven de nuestros impuestos. Sí nos exigirá el leal y máximo cumplimiento de nuestro deber de estado. De lo contrario, se parece a aquello ‒de otro genio de los axiomas subversivos‒ que “la seguridad es responsabilidad de todos”. Lo que es responsabilidad de todos es no ser idiotas útiles. No sostener la farsa, no dejar de dar testimonio donde sea que estemos, a tiempo y a destiempo. Es responsabilidad de todos no consentir el error, no acobardarse, no mentir. Dictar las leyes es responsabilidad del que gobierna, así como lo es velar por el bien común, acrecentarlo, protegerlo.

Indudablemente, habrá que resistir a los nuevos Herodes dando la indicación satánica de matar a los inocentes, por temor al Niño-Dios. Pero acortaríamos la mirada si olvidáramos que también se ciernen los actuales Pilatos que con la autoridad para custodiar el bien dicen a la masa afiebrada de pasiones: “es asunto de ustedes” (Mt 27, 24). Y la miopía seguiría vigente si detrás del miedo y la demagogia de Pilatos no divisáramos el odio farisaico, la obstinación deicida, la contienda teológica que atraviesa los siglos: “que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos” (Mt 27, 25).

Que alguien por favor nos aclare en qué recto criterio moral se apoya el modo selectivo de participación social al que damos por único posible (o cuanto menos, por aceptable). ¿No estará sesgado según las reglas ideológicas, infectadas en cada pliegue de omisiones, sesgos y falacias? Por lo pronto, si buscamos ejemplos, encontraremos los que certifican nuestra sospecha. La legítima defensa nos dice que es más sensato actuar con vehemencia antes de que se dañe el bien defendido. En general, todavía no es ley que ante un vejamen que está pronto a consumarse, hay primero que pasar por ventanilla, sacar un número y llenar un formulario. Prontos y propensos, sin embargo, para ajusticiar a un asesino se nos recuerda rápidamente lo ignominioso de la justicia por mano propia. Ahí no tenemos nada que hacer, porque “para eso está el estado”, nos amonestan. Pero resulta que ahora, para que el gobernante o los poderes mundiales no decreten una nueva masacre de inocentes, ahí sí todo depende de nosotros. Ahí sí estamos todos convocados al bocinazo, no puede fallar el tuitazo ni la convocatoria a la plaza debe verse disminuida. En ese caso pareciera que el pueblo debe manifestarse so pena de cargar sobre sus hombros no haber colaborado con el justiciero “me gusta”. Todo según las reglas del sistema, claro.

Por eso, cuando una vez más nos preguntamos qué tenemos que hacer, una vez más volvemos a la raíz: hemos caído en el pecado de acedia. Porque no estaríamos como estamos si cada uno hiciera lo que debe, firme y digno, en su deber de estado. ¡Tenemos que hacer lo que Dios ha puesto en nuestras manos y en cuyo cumplimiento nos jugamos la salvación! Los padres, sean generosos y fecundos, defiendan con sus vidas la de sus hijos, presérvenlos del mal, confíen en la Providencia, eduquen cristianamente a la prole. Los pastores, griten la verdad de la Evangelio a los cuatro vientos, hablen más del pecado y de la Gracia y menos de planteos sociologistas y horizontales, y den testimonio con el martirio de la sangre si hiciera falta. El maestro enseñe la verdad, perseverante e insobornablemente. Y que todo argentino bien nacido sepa que la piedad y el patriotismo piden de nosotros su mayor expresión.

Cuando entendamos que el sistema revolucionario que nos oprime y que se ha instalado en nuestras mentes ‒y cuya sola objeción es social y penalmente punible‒, es a la ficción lo que la verdadera militancia es a la realidad, entonces ahí, y recién ahí, esta Argentina desangrada dejará de supurar veneno por sus heridas, deliberadamente mantenidas en su infección. Y desde sus llagas abiertas, con ellas a cuestas, crucificados nuestros miembros en la Cruz Redentora, se podrá soñar con el nuevo amanecer, donde Cristo reine y a las cosas se las llame por su nombre.

Jordán Abud

sábado, 17 de enero de 2015

Crítica literaria

  

GENTA Y EL MÁS QUERIDO
DE SUS LIBROS
 
Durante los días 15 a 17 del pasado mes de agosto, tuvo lugar un homenaje formidable a Jordán Bruno Genta y a Carlos Alberto Sacheri. Organizado en Paraná, bajo el marco ya clásico de las Jornadas de Formación Católica del Litoral, asistieron más de 650 personas, procedentes de muchos rincones de patria. Hubo exposiciones magistrales, foros con disertantes especialmente invitados, emocionantes videos recordatorios, sacerdotes y religiosos de diversas edades y procedencias, alegres fogones y los marciales sones de una notable banda, que enardeció los entusiasmados ánimos. Lo que reproducimos a continuación, bajo el título que preside esta nota, son unos breves fragmentos de la disertación del Dr. Jordán Abud. Lo hacemos, no sólo por la calidad inherente de su trabajo, sino porque el Dr. Abud, junto con el destacado Profesor Sebastián Miranda, fue de los pocos disertantes que, por razones de edad, no conocieron a los maestros mártires. No obstante —y éste es el mérito y la esperanza que queremos destacar— el discipulado está vivo y palpitante en ellos. Señal de su fidelidad y de la perpetuidad del magisterio de nuestros gloriosos caídos.
 
Vamos a presentar, brevemente, un libro de Genta, que él dedicaría a su señora, estampando al empezar su obra expresamente lo siguiente: A mi esposa, a su inapreciable colaboración, en el más querido de mis libros. No es poco, entonces, conocer, aunque más no sea someramente, el texto que, nada menos que Jordán Bruno Genta, designará como el más querido.
 
Posiblemente a las damas aquí presentes les simpatizará la hipótesis, legítima, de que tal dedicatoria fue un amoroso reconocimiento ante un libro en el que María Lilia (tal el nombre de la esposa de don Genta) tuvo una activa participación. Otra legítima opinión tal vez más afín a una intelección investigativa, una interpretación de orden —diríamos— histórico-doctrinario, podría ser que hubo otros libros preferidos y dilectos de nuestro mártir, pero por la fecha de aparición, los demás títulos en los que pensamos, vinieron después (o incluso tomaron forma de libros recién cuando sus discípulos decidieron dejar por escrito los que originalmente fueron discursos, clases o conferencias). Sea una u otra, o ambas —posiblemente—, las especulaciones contextuales de este bellísimo y señero manual de psicología, aprovecho para dedicar yo también estas reflexiones a mis padres, por quienes llevo el nombre de quien hoy recordamos, celebramos y proponemos como arquetipo.
 
El nombre de este libro es “Curso de Psicología”, y apareció por primera vez en el año 1940, editado nada menos que por Kapelusz y reeditado posteriormente en diferentes años. Lo primero que debemos decir es que el libro es un texto formativo de carácter ético. Es un libro educativo para los jóvenes. No debe asustarnos el título, pensando en un supuesto contenido encriptado o de acceso restringido, porque no es tal.
 
Es un libro de formación. Es posible conocer cómo entendía Genta al joven virtuoso, leyendo el más querido de sus libros. Hay en el texto una natural y asentada continuidad entre los principios antropológicos, las consideraciones morales y las afirmaciones de orden social o político. Todo con rigor lógico, en sólida y aquilatada armadura, pero también elevado y coronado por la luz sobrenatural de la fe. El libro va desde consideraciones metafísicas hasta la condena de las playas nudistas. De los principios generales a las consecuencias prácticas, de las causas a los efectos y de los efectos a las causas.
 
Se deduce, se descubre, detrás del texto, el corazón y el afán educativo de don Jordán Bruno Genta. Por eso decimos que es el pedagogo de lo esencial, de lo arquetípico. Genta es el pedagogo de lo permanente en el hombre.
 
Por eso, su palabra era —ya en aquel entonces de su vida, año 40— como una espada de doble filo, categórica, cortante, intransigente. Jamás eludió (usando sus propias palabras) la responsabilidad de las definiciones últimas que exigen las ciencias del hombre. Podemos decir entonces que para quien estudia o se dedica a las humanidades, y para todo aquel que no se desentendió de la cuestión educativa, el libro es un verdadero programa de estudio, una guía segura, un plan de formación. Y por lo tanto, no conviene desconocerlo.
 
El libro es en sí mismo una catedral antropológica […]. Por eso termina su prefacio advirtiendo, adelantando, que en el libro, además de responder a cada una de las preguntas de los programas oficiales… se ha procurado que cada tema encuentre una resonancia viva y perdurable en el estudiante. Es decir, se nota que ya pasaba algo parecido a lo que hoy encuentra sus últimos jalones. Como si hoy dijéramos, además de cumplir con las normativas del consejo de educación intentaremos educar al niño. O como decir en psicología: además de las materias curriculares, nos ocuparemos del alma humana […].
 
Hay en toda la psicología de Genta agonía, tensión, ascética, renuncia. En fin, hay semilla que debe morir para dar fruto. ¡Cómo contrasta con la psicología y la pedagogía moderna que tanto gusta predicar el derecho al goce!
 
La vocación —dice— es ascetismo, y nos muestra que la vida es servicio, y que hay renuncias que no significan una derrota sino una difícil victoria.
 
Un hombre libre, ejemplifica, que muere como Sócrates, se destierra como San Martín, venga agravios como Don Quijote, o colma sus vigilias de serena sabiduría como Aristóteles.
 
¡Vayamos terminando, justamente encolumnando a Jordán Bruno Genta en las filas de Sócra-tes, de San Martín, de Don Quijote y de Aristóteles!
 
Genta ha podido hacer carne en su vida y con su muerte aquello que gustaba citar del Filósofo: La verdadera libertad es preferir una acción bella y grande a una multitud de actos vulgares.
 
Qué misteriosa belleza cristiana tiene caer ensangrentado a la luz del día, por aquellos pasados y presentes enemigos de la Patria y de la Iglesia.
 
Y la protagonista del más querido de sus libros tenía una glosa (entre tantas y tan bellas) que tituló: Morir con prevista muerte. “Déjame soñar mil muertes. Y si Dios elige alguna, ¡qué lindo ha de ser morir con una prevista muerte!” Genta presentía su final.
 
Qué carta de amor para su marido, amor transido de conocimiento y de profecía, como todo verdadero corazón poético.  Genta presentía su final y lo aceptó libremente.
 
Aún quienes no lo conocimos, podemos decir, con rigor, que lo extrañamos. Por qué no, extrañamos su figura imponente y señorial, extrañamos su palabra, que en el decir de Antonio [Caponnetto] tenía el peso del acero, la altura de la estrella, la exactitud de la geometría.
 
Lo extrañamos, porque está en las entrañas del más genuino espíritu del nacionalismo católico argentino.  Y lo extrañamos sencillamente porque hemos prometido no olvidarlo.
 
A veces nos preguntamos —por ese irresistible ímpetu nostalgioso del nacionalismo católico— cómo habrá sido escuchar sus clases, oír su voz, recibir sus consejos, y tomar con él un buen vino, claro.
 
Para sanar un poco esa tristeza, para consuelo de nuestros anhelos, quiero contarles que hoy estoy al lado de su yerno Mario Caponnetto, quien además de tomar su legado, asistió a Genta el día de su asesinato, cuando agonizaba en el hospital Alvear. Situación límite y misteriosa por cierto, vivida en su oficio de yerno, de discípulo y de médico.
 
Hace un tiempo el querido Mario me contó —y misteriosa y paradójicamente este salón lleno es tal vez el ámbito propicio, familiar, de recuerdos atesorados en el alma— Mario me contó, digo, que él le sintió los últimos latidos a don Jordán, porque estuvo allí, en el lecho de su muerte, frente a los once balazos que le recorrían desde el mentón hasta el pecho. Nos podemos preguntar qué habrá sido sostener su brazo, tantas veces levantado para predicar valientemente la verdad, y sentir su último pulso. Y también me pregunto cómo habrá sido vivir en carne propia que irremediablemente se iba, que se escabullía literalmente entre las manos, la vida de un padre y de un maestro que acaba de caer por el odio del marxismo. Y no le encuentro otra respuesta que aceptar la Cruz y llevar este recuerdo en el corazón. Pero le encuentro también una segunda parte a la respuesta: nosotros so-mos hoy los responsables de mantener el pulso espiritual de la doctrina y el testimonio de Jordán Bruno Genta.
 
No serán ya los latidos físicos que el odio marxista puede interrumpir. Para desconcierto, para espanto de toda la raza de revolucionarios, serán ahora los latidos metafísicos que vencen la distancia y el tiempo.
 
Cuántas veces nos preguntamos qué podemos hacer, qué tenemos que hacer. Y el riesgo es andar errantes entre un quietismo derrotista y un activismo desaconsejable.
 
¿Qué tenemos que hacer? Recibir el legado, recibirlo a manos llenas, dejarse herir por el testimonio, en primer lugar, del primer testigo, Nuestro Señor Jesucristo. Y detrás de Él, de quienes han rubricado literalmente con su sangre, lo que predicaron con su vida y con su verbo.
 
¿Qué tenemos que hacer? Juramentarnos fidelidad, juramentarnos perseverancia. Si estamos cansados, perseguidos o diezmados, mejor todavía, brillará con más claridad que la victoria no es nuestra sino del Señor de los Ejércitos.
 
Que pasen cien años más, que disparen mil veces, que pretendan acallar desesperados el verbo vibrante de Genta, siempre será su voz tronante proclamando a los cuatro vientos que Dios no muere.

Mientras haya uno de nosotros vivos, seremos nosotros los responsables de morir por esas palabras que ya nadie pronuncia, y agregar una como divisa y como promesa: Jordán Bruno Genta: ¡presente!
 
Jordán Abud

sábado, 16 de agosto de 2014

Análisis


DILEMA MORTAL:
FICCIÓN O REALIDAD,
DEMOCRACIA O POLÍTICA
 
 
Nuestra humana capacidad cognoscitiva (la inteligencia, e incluso los sentidos) es un insondable misterio. Es la que nos puede hacer bucear en profundidades invisibles, pero es también la que podría lograr que, aún teniendo delante la evidencia, no veamos. Es, en fin, la protagonista de la mística pero también del ilusionismo.
 
Hoy nuestra Patria (y tal vez el mundo entero), más allá del patente derrumbe moral, está inmersa en un inédito oscurecimiento de la inteligencia. Somos —o estamos— trágicamente estultos.
 
Se trata de un programado y sostenido “problema gnoseológico” o —dicho de modo más simple— de lisa y llana deformación doctrinaria. La inteligencia, que debiera ser testigo insobornable de la verdad, está permanentemente distraída, engañada, ebria. Algo así como una arquitectura mental de idiotas, lo cual —entre otros resultados— conduce a renegar de los dogmas y de la fe, a favor de un escepticismo que no se sustenta y que se defiende —vaya paradoja— dogmáticamente.
 
Inmersos en esta contracultura, qué sea opinión y qué dogma de fe ha llegado al límite de lo inimaginable. Es que forma parte de los frutos podridos de la revolución cultural: cuando se relativiza lo absoluto, se termina absolutizando lo relativo.
 
Dios ha sido expulsado tanto de la vida social como individual, y la verdad bastardeada. ¿Quién dictamina entonces qué es lo opinable y qué lo dogmático? La democracia. Este dios multiforme sobre lo cual nada existe, a cuya sola mención debe reclinar la cabeza todo viviente. Pero no perdamos tiempo y vayamos a lo esencial: ¿qué es la democracia? Es el gobierno del anonimato, la ley del número, la manipulación por parte del poder internacional, la trágica soberanía del pueblo, la tiranía de la partidocracia, la primacía de la propaganda, el arte de alcanzar el poder —como sea— y permanecer en él —a cualquier costo—. Hoy no hace falta ser católico nacionalista para certificar esta definición. Tal vez sí haga falta serlo para llegar a las verdaderas raíces del problema.
 
Pero parece que, contra los principios y contra la misma evidencia, la fiesta debe continuar.
 
¿Cuál es la legitimidad de la voluntad popular, cuando todos sabemos que es una caricatura de la participación orgánica y de la responsabilidad cívica —además de constituir en primer lugar una grave afrenta a la autoridad divina—?
 
¿Qué es la supuesta representación política de los partidos, cuando no hay nada más distante de la búsqueda del bien común que los intereses de las partes?
 
¿Qué es el sufragio universal y el criterio de la mayoría, cuando es escandaloso el “mapa estratégico” que diseñan las usinas del poder para rejuntar boletas y convocar sufragantes (sabios e ignorantes, aptos e ineptos, probos y pervertidos e incluso vivos y muertos, todos sin ninguna distinción)? ¿Decimos algo novedoso al recordar que las elecciones se ganan en zonas claves, donde con premura se realizan dádivas unos días antes de los anhelados comicios?
 
La democracia no se cura con más democracia, porque a la enfermedad corresponde un antídoto. Para comprometerse en serio en la búsqueda conjunta del bien común hay que desenmascarar el sufragio universal y la soberanía popular. En este caso, como en tantísimos más, los ejemplos sobran: para repartir beneficios y prebendas, son selectivos y “aristocráticos”; para promover la falacia de las urnas como sacrosanto deber cívico, son universales e igualitarios.
 
¿Qué pasa cuando se exacerba el anonimato, la demagogia, la cuantofrenia? Pasa lo que hoy tenemos.
 
Pero volvamos al “problema gnoseológico”. Estamos subvertidos. ¿Cuáles son entonces los dogmas de la democracia? Son ideas-fuerza y números, de fácil acceso y memorización por parte del “pueblo”: nadie tiene la verdad, todo es plebiscitable, ser “democrático” es la mayor bondad que pueden tener los seres, todos pueden aprender (maravilloso decreto del ministerio de educación que ha cambiado de raíz la cultura de la nación… en sus estadísticas), treinta mil, 54% (número talismán si los hay), etc. Por el contrario, ¿qué es opinable?: el asesinato de inocentes, la gravedad de una profanación, la necesidad de Dios en los hombres y los pueblos, las muestras blasfemas, el falso ecumenismo, la constitución de la familia, que un maricón pueda impartir justicia, que un político ladrón deba pagar un delito, y un larguísimo etcétera.
 
El dogma democrático se ha convertido en una especie de anteojera encarnada que garantiza la estupidez del ciudadano.
 
Pregunto: ¿habrá posibilidad de ver y pensar las cosas a la luz de otra categoría que no sea este sempiterno mito del sistema? ¿Se podrá utilizar el sentido común, la vista y la sesera sin partir del gran apriorismo de la modernidad?
 
¿No es sospechoso que se pueda objetar todo, absolutamente todo —la legitimidad del aborto, la autoridad paterna, la inocencia de los niños, el celibato sacerdotal— menos un supuesto modo de gobierno —en el mejor de los casos, porque así planteado ni siquiera es tal—?
 
Aún los bienintencionados se han acostumbrado a combatir aceptando el lenguaje y los presupuestos falaces del enemigo. ¿Quién no ha oído al pasar la nostalgia de “una Patria mejor”? Hasta acá estamos de acuerdo. Pero en lo inmediato comienza el virus mental: se puede discutir si esa “Patria mejor” será cristiana o agnóstica, si será soberana o plebeya, respetuosa del orden natural o positivista. Pero eso sí: no se puede discutir deberá ser democrática. Como si la democracia fuera al orden social más íntimo que los trascendentales del ser a la realidad. Qué fino trabajo han hecho en nuestras cabezas. Como decía Chesterton: “todos nos damos cuenta de la locura nacional, pero ¿cuál es la cordura nacional?” No estar en condiciones de responder forma parte de la revolución cultural. Hace ya casi cuarenta años, con voz clara, dolorida y profética, decía nuestro Jordán Bruno Genta:
 
“La falsificación liberal y masónica de la historia nos hace perder el sentido verdadero de la Patria y nos precipita en su confusión jacobina con la democracia; servir a la Patria es servir a la democracia; esto es, a la soberanía popular, a las mayorías accidentales, al poder ciego del número abstracto y vacío”.
 
Para las leyes y medidas del sistema, para avanzar en la tiranía con maquillaje liberal en la que estamos sumidos, se ha desestimado el sentido común, la evidencia empírica, el dato científico, el buen gusto, la Santa Religión, la cuestión moral. Todas y cada una de estas categorías han sido burladas.Todo se ha pisoteado, todo menos el sistema, todo menos el entramado maquiavélico que se ha convertido, a simple vista, en el verdugo de la Patria. No nos pueden correr con falsas disyuntivas, ni con un lenguaje anfibológico, ni con la inquisición reinante. Estamos inmersos en una pesadilla y la terapéutica inicial es despertarse.
 
Lo virtual es la democracia y los presupuestos falaces sobre los cuales se asienta. Por eso, el estado no gobierna. Hace propaganda. No arregla las calles ni soluciona los verdaderos problemas —ni los chicos ni los grandes—, sólo pega afiches y diseña cortos publicitarios. Porque eso es la democracia. ¡Si tan sólo volviéramos a la Concepción católica de la política, del querido padre Julio Meinvielle!
 
¿Qué es lo real? Lo real es el saqueo, la injusticia distributiva y la usura, las leyes infames y que los terroristas siguen en el poder. Ciertamente, no se trata de reducir la comprensión a un mero empirismo fenomenológico y menos aún de ceder a la validación del pragmatismo en la política. Pero difícilmente podremos llegar a conclusiones realistas y completas si el inicio, que es la simple observación del hecho, está falseado. Dicho para los jóvenes en lenguaje cibernético: el sistema es un mundo virtual engañoso (una parodia de la autoridad, del servicio, de la participación, de la justicia) pergeñado por perversos (en permanente perfeccionamiento maquiavélico) con fines perversos.
 
A los más chicos podríamos reclamarles que pierden demasiado tiempo con los celulares, computadoras y demás artificios que los sumen en un mundo de dudosa solidez ontológica. A los adultos, por su parte, les reprochamos estar trágicamente ligados a conceptos que no tienen más entidad que el ruido al pronunciarlos: soberanía del pueblo, consenso social, voluntad popular, convivencia democrática.
 
El dogma democrático —como toda ideología— es una pesadilla, un espejismo, una ilusión, un desquicio, una farsa. Hay que oponerse a la ideología con acciones reales, y no con más ficción. Estamos desquiciados, pero esta alienación no es una alteración ni un desmadre, no es un traspié del sistema: es el fruto natural de la ideología reinante. Los argentinos hemos perdido la noción de realidad y hemos aceptado el espejismo y lo virtual como morada.
 
El seudo realismo del sistema y de la dupla KK es el histrionismo de las lágrimas, la devoción por las estadísticas, el control obsesionado por los medios de comunicación. El realismo del nacionalismo católico debe seguir siendo en su ideario el testimonio con la palabra, las obras y la sangre.
 
Como un misterioso juego de opuestos, como símbolos a contrapunto, hasta en las dos muertes paradigmáticas, en una misma fecha, se puede ver este antagonismo: en torno al sorpresivo final de Néstor K todo es turbio —como su vida—, oculto, dudoso, encriptado. Sólo sospechas y suposiciones. Hasta el extremo de haber quedado en la sociedad la extraña inquietud de no haber sido víctima —ante las imágenes fúnebres— de una estafa más.
 
En las antípodas, el martirio de Jordán Bruno Genta fue sereno presentimiento, cristiano anuncio y patriótico legado. Fueron balazos en el pecho, a la luz del día. Fue persignación y rostro en tierra, en vísperas de la Santa Misa. Así de opuestos, así de incompatibles. Así es la democracia. Así es la vocación política.
 
No creo en el sistema, por dos motivos: primero porque no me merece ninguna credibilidad.  Y segundo, porque se cree lo que no se puede ver, y acá no estamos ante un misterio ni ante un dogma de fe (mal que le pese a los custodios de lo políticamente correcto). Tenemos motivos para creer que en la Patria volverá a reír la primavera, no por nuestro eventual voluntarismo sino por la intervención divina, por la acción de la gracia, por el milagro.
 
Cuando la Patria renazca, el nacionalismo católico tendrá la alegría de recordar que no aceptó el silencio cómplice ni rindió pleitesía al pensamiento único. Que el Señor de las Victorias decida nuestros destinos, y que por su gracia, cuando nos llame, nos encuentre combatiendo.
 
Jordán Abud
 

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Nacionales


MILITANCIAS PARALELAS
 
Conviene ver el tema de la militancia a la luz de un problema serio que, en términos generales, llamamos revolución o subversión cultural. La revolución cultural es como un castillo (símil de nuestra propia alma) que ha sido tomado, vencido, y gobernado por el enemigo quien ingresó allí en un caballo de Troya.
 
El ideal revolucionario tiene claras estrategias y métodos, todos en plena vigencia y utilización —vinculados a medios de comunicación, educación, lenguaje, sentido común— pero tiene sobre todo un claro fin que es ganar nuestra alma. 
 
Y aquí ya empiezan las distinciones: ganar nuestra alma, sí, pero sin que ella sea arrebatada, sino que seamos nosotros quienes  se la entreguemos. Podemos pensar con categorías anticristianas, aún sin saberlo.
 
Es el ideal revolucionario metido en nuestro propio corazón, en nuestra manera de pensar, en nuestros afectos, en nuestros criterios.  Es como un cambio desde adentro.  La revolución cultural logra, como dice Gambra, una rendición sin lucha.
 
La revolución cultural anticristiana ha mantenido en claro que la principal guerra es espiritual, por las almas, por el poder del mundo.  Es una guerra de fondo, pero cambiando las armas, las estrategias, el escenario. Es la que nos puede hacer practicar el mal, creyendo que hacemos el bien. Porque hace que obremos, sintamos, pensemos como quiere la ideología, pero desde adentro, como programados.
 
Es razonable desconfiar de las propias categorías mentales y acá es donde cobra más fuerza aún la guía de los maestros.
 
La traición al verbo, la perversión del lenguaje, el no llamar a las cosas por su nombre tiene una raíz teológica, pero también es una de las principales estrategias de la revolución. La revolución anticristiana ha arrebatado el sentido de las palabras dejando el sonido. Han violado sistemáticamente las palabras. ¿Qué significa amor, paz, autoridad, política, en los labios de un revolucionario?
 
En la concesión liviana al sentido pervertido de las palabras hay o puede haber ya un indicio de que la revolución se nos está ganando en el alma. Hablamos como pensamos, pero vamos pensando como hablamos. El lenguaje es, en la revolución, el modo privilegiado de manipulación del pensamiento. Nosotros hemos aceptado las reglas de juego, hablamos el lenguaje del enemigo (como si las palabras fueran etiquetas). Una de esas palabras es militancia.
 
El marxismo usa el término militancia, apelando extrañamente a un lenguaje castrense. Mostrando una vez más una contradicción evidente, predican el desorden pero están perfectamente alineados (en todos los sentidos), repudian las armas pero están repletos de artillería, desprecian el lenguaje militar pero hablan de formación, de comandante, de lucha, de militancia. Existe entonces una distinción que es urgente hacer, y un término que es preciso rescatar: militancia.
 
Como los pedagogos recomiendan dar ejemplos, vamos a hacer, a efectos didácticos, un breve paralelismo en torno a este término, o —mejor dicho— un breve antagonismo, entre el verbo y su caricatura. Este paralelismo intenta ser riguroso en lo doctrinario y no un mero juego de contraposiciones. Distingamos entonces, para reconocer la verdadera militancia, entre Los caballeros de Cristo y los pibes de La Cámpora.
 
1) El camporista se apoya en una base dialéctica, marxista, piquetera; la serenidad y el orden le resultan insoportables. Crece y se desarrolla sobre el conflicto y la contradicción. El militante cristiano distingue paz de pacifismo, ama y anhela la paz, pero sabe que no hay paz sin orden ni justicia. El militante marxista milita porque busca el desorden, el choque, la oposición. Todo esto es principio y fundamento del movimiento marxista. El militante cristiano combate porque añora y ama la paz, la paz verdadera.
 
2) La Cámpora trabaja para el orden social marxista, o el desorden social marxista, es decir su meta es Cuba o Venezuela. Los soldados de Cristo trabajamos para el Reino, nuestro anhelo es la Cristiandad y al fin de cuentas el Banquete Celestial. El socialista habla del cielo (si le conviene, como el saludo cristínico al Papa) para afirmarse en la tierra.  El soldado cristiano trabaja en la tierra para ganarse un lugar en el cielo.
 
3) El pibe de La Cámpora cree que hacer política es ganar elecciones esencialmente fraudulentas, perpetuarse en el poder, manipular al hombre de bien, disponer de fondos. Para el militante cristiano, hacer política es procurar  el bien común natural, y ordenarlo al bien común sobrenatural.
 
4) Para La Cámpora, militar es acumular poder, torcer voluntades, manipular decisiones, recibir medallas y doctorados. Para el cristiano militar es servir, la jefatura es servicio, el señorío es humillarse al último lugar para el reconocimiento y al primero para los riesgos y la contienda. Por eso, modelo de militante marxista es N. K. con fama de cobarde desde la década del ‘70 y repudiado hasta por los mismos montoneros coherentes. Y modelo de militante cristiano es el Perro Cisneros o el Teniente Estévez, muertos por ocupar libremente el primer lugar en el puesto de combate.
 
5) El pragmatismo y el testimonio. El militante marxista cifra su acción en el pragmatismo como fin último y por eso es maquiavélico. La ideología debe imponerse, como sea. El militante cristiano sabe que su acción es esencialmente testimonial, que no se trata de vencer sino al menos de combatir, que el enemigo no se mide por la cantidad sino por la maldad que representa y encarna. El camporista dice que hay que llegar al poder y mantenerse en él, cueste lo que costare. El militante cristiano dice que hay que salvar el alma, cueste lo que costare. Decía al respecto Santiago de Estrada: La pureza del caballero es un requisito para participar del Misterio y su fortaleza es el fruto de tal participación. La Sangre es ineludiblemente uno de los elementos que dan testimonio de la Verdad.
 
6) Se combate por dinero (o algún equivalente) o por amor. El honor de Cristo Rey no puede tener precio, o en todo caso, el precio es nuestra vida. ¿O le vamos a dar menos? El militante cristiano debe preguntarse antes de salir, por qué y por Quién. El camporista se pregunta por cuánto, porque sus amores tienen precio y condición. La prostitución generalizada en la que vivimos no se soluciona  cerrando solamente los prostíbulos.
 
7) El camporista cree que militar es sobornar masas, recolectar aplausos y llenar micros, todo en un frenético activismo. El militante cristiano sabe que en cada amanecer lo espera el combate más duro y el primero que es el interior. El camporista tiene un insuperable perfil histriónico. Valga como simple ejemplo el desempeño de la principal camporista: ella. El militante cristiano percibe a cada momento la gravedad del vencerse a sí mismo. Y por eso entiende la militancia con temor y temblor, porque sabe que en el silencio, frente a Dios, se libran los combates más duros.
 
8) Base social y demagógica o  teológica y mistérica. No se es militante porque despreciables urnas de este sistema perverso unjan al elegido ni porque el pueblo amorfo, fruto del liberalismo, lo aclame. Se es militante porque no hay paz sobre la tierra hasta que Cristo reine, se es militante porque al salir el sol entrarás en un campo de batalla, como decía Marechal; en fin, se es militante porque como dice la Palabra Divina, milicia es la vida del hombre sobre la tierra. Para el camporista la militancia viene por unción popular, para el cristiano por mandato divino.
 
9) El camporista levanta la bandera ideologizada de los derechos humanos. Bandera que ha resultado muy redituable económicamente, un excelente medio para la revolución cultural y el modo marxista de perpetuarse en el poder. El militante cristiano levanta la bandera de los derechos divinos. Hoy más que nunca, Dios es el gran ofendido, Nuestro Señor, como otro viernes santo, es el Gran Ultrajado. Y si bien con un soplo reduciría a polvo a los infames ha querido necesitar de nuestros brazos para el combate.
 
Guerrea por el Señor y el Señor guerreará por ti. Somos nosotros los que tenemos el tesoro de la verdad.  ¿Cómo dueños? No, como testigos. ¿Cómo dueños?  No, más que eso. Como hijos. Por eso, insistimos, no entregamos nada, ni los términos. O dicho mejor, no entregamos nada, empezando por el verbo.
 
Jordán Abud