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miércoles, 26 de agosto de 2009

Actualidad


¿EXISTE TODAVÍA
LA LEALTAD?


Es curioso que “lealtad” sea una de las palabras más repetidas en la boca de nuestros políticos, y más en estos tiempos: “lealtad peronista”, “lealtad partidaria”, etc. Los psicólogos tienen su explicación, pero lo cierto es que es una paradoja: una virtud declamada y al mismo tiempo grotescamente despreciada. Veamos el carnaval de las candidaturas con que nos agobian los diarios.

Si se declama tanto, ¿será que aún queda algo de aprecio por la misma…? La realidad parece mostrar otra cosa. La lealtad no sólo no existe como realidad en el ámbito político, es algo en extinción en todos los ámbitos: en el laboral, en el religioso, en el educativo… Parecería hoy reducida a la caricatura del “amor a la camiseta”, con toda la “profundidad” que ello denota. Es más común la fidelidad a la “azul y oro” que la matrimonial, por de pronto es más estimada socialmente; entonces, ¿qué podemos esperar de la lealtad política?

En la conciencia cauterizada del argentino medio la falta de lealtad ni siquiera se contempla como pecado, es una realidad más que parece que deberíamos aceptar con los tiempos que han cambiado. No se guardan lealtades que antes eran obligantes.

Siempre me impresionó, por ejemplo, leer que de Louis de Wohl, sin dudas gran autor hagiográfico, se señale en la nota biográfica de sus libros que siendo alemán de nacionalidad trabajó como espía inglés durante la Segunda Guerra. ¡Es como exhibir que le metía los cuernos a su mujer o que mató de disgusto a sus padres! Y ojo que me molestaría lo mismo si siendo inglés hubiese espiado para Alemania.

Me consta que sus libros le han hecho bien a mucha gente… pero hay algo no me cierra. El Cid, a pesar de que su rey, Alfonso, era un pelandrún, como diría mi suegra, siguió guardando su palabra y su fidelidad… no se pasó al enemigo; altri tempi.

Parecería que todo se transforma en un objeto descartable: si soy jefe, a fulanito lo uso mientras me sea útil, después lo saco y si te he visto no me acuerdo; si soy un subalterno, lo mismo. ¿Lealtad a quien bien me sirvió?

Melancólico, creyendo “como a nuestro parecer, / cualquiera tiempo pasado / fue mejor”, releo un asombroso fragmento del Tratado del Espíritu Santo de San Basilio Magno. Lo comparto:

“Miremos este cuadro: De los dos lados, terrible, la flota se lanza contra la adversaria; después, en el brillo de una implacable cólera, se lanzan unos contra otros y comienza la batalla. Imagina, si quieres que una violenta tempestad dispersa las naves, que una densa obscuridad caída de las nubes se entretiene, tapando la vista hasta el punto de hacer imposible toda distinción entre amigos y enemigos, porque en la confusión general no se reconocen los pabellones. Añadamos a este cuadro, para darle aún más animación, un mar turbado que se hunde e inflama, cayendo de las nubes violentas cataratas y una terrible agitación de olas levantadas por marejadas enormes. Y he aquí que de todas partes, los vientos se ponen a soplar en la misma dirección. Para la flota entera es la colisión. Entre aquellos que están en la línea de batalla, unos traicionan y se pasan al enemigo en el curso del combate, otros son obligados, todo a la vez, a avanzar contra el asaltante y a masacrarse entre sí bajo el golpe de la revuelta que suscitan el rechazo de la autoridad y el deseo de cada uno de ser el amo. (…) Ya no se oye la voz del comandante, ni la del piloto, es un desorden y una confusión terrible, porque el exceso de desgracias, trayendo la desesperación de sobrevivir, suprime todo temor de cometer faltas. Añade a esto una extraordinaria, una loca pasión por la gloria, tanta y tan buena que el navío tiene a bien irse a fondo, mientras la tripulación continúa disputándose el primer lugar.

“Y ahora, pasa de la imagen al mal que es su modelo (…) ¿La tormenta de la Iglesia no es más salvaje que el tumulto del mar? Todo límite puesto por los Padres se encuentra desplazado, todo fundamento, todo lo que servía de muralla a los dogmas de la Fe está quebrantado, todo lo que se levantaba sobre las bases podridas es trastornado, la menor sacudida los derriba. Nos lanzamos unos sobre otros y nos tiramos unos a otros. Si el enemigo no ha sido el primero en alcanzaros, de vuestro auxiliar viene la herida. Y si herido quedas tirado, tu camarada de combate te pisará al pasar. No estamos unidos más que en la medida en que probamos un odio común. Una vez pasado el enemigo, nos miramos unos a otros como enemigos…”

Hasta aquí el gran Basilio.

No estamos unidos más que en la medida en que probamos un odio común.

¡Esto está escrito en el siglo IV! ¡El siglo de los doctores de la Iglesia, el siglo de oro de la Patrística! ¿Qué nos quedará a nosotros?

Sería demasiado fácil imaginar y criticar a los “compañeros”, a los “correligionarios” o a cualquier otro bicho pululante; sería demasiado fácil si no fuese algo que nos duele también en carne propia. Si alguna vez nos emocionamos escuchando que “yo tenía un camarada”, hoy deberíamos llorar porque muchos de los camaradas que alguna vez tuvimos, aquellos que llenaban las plazas los 20 de noviembre o los 2 de abril, no murieron heroicamente, sino defeccionaron acomodándose a los tiempos. Y algo peor, ni siquiera fue por una “desenfrenada pasión por la gloria”, la más de las veces, la causa fue una rastrera ambición económica, o de poder, o de algo aún más infame. Y, si es posible, algo todavía más execrable, probablemente ni se dieron cuenta de que hacían algo malo, porque los hombres sabemos encontrarnos excusas con facilidad.

Ni por asomo me voy a detener en la poca hidalguía de Lugo pidiendo exámenes ADN, no vale la pena; menos aún me preocupan los excesos de Mr. K., o el encumbramiento de Guevara, Nacha; hay ejemplos más cercanos y dolorosos que nos cuestionan como Judas: “¿seré yo Señor?” ¿Seré el próximo? Si acaso no estamos en la lista de los “desleales” a Nuestro Señor, a su Iglesia, a la Patria, a nuestra familia, a nuestros maestros, a nuestros amigos, es simplemente porque nos sostuvo Su mano. Si no, sería imposible: la lealtad hoy es una Gracia “sobrenatural”.

¿Nos queda simplemente llorar el bien perdido? Sí, lloremos, no queda otra opción si es que lo único que nos une es el odio al adversario común. Ni esas lágrimas, ni el odio (por más justificados que sean) son capaces de hacer algo más.

Una vez que pase el enemigo, nos miraremos unos a otros como enemigos No sabemos si pasarán estos enemigos, si se recambiarán, cambiarán sus caras, o si se quedarán hasta el fin. No lo sabemos.

Nuestra historia reciente nos enseña esto: las divisiones que sufrimos sistemáticamente en nuestras filas, aquellas que nos han destrozado, aniquilado, no hablan de otra cosa que de falta de verdadera caridad. “Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo de Pedro…” seguimos repitiendo sin recordar lo principal: “¿Por ventura Pablo ha sido crucificado por vosotros?” Y también es “lo principal” que el ser del Crucificado nos debe unir sustancialmente más que lo que nos desunen las diferencias que puede llegar a haber entre nosotros; muchas de ellas lícitas, dentro de lo opinable.

La falta de unión que exhibimos durante los últimos 50 ó 60 años no es otra cosa que una terrible “falta de lealtad a nuestro Rey”. “Ya no se oye la voz del comandante… el exceso de desgracias, trayendo la desesperación de sobrevivir, suprime todo temor de cometer faltas”. Y esa carencia de todo temor de cometer faltas es el supremo pecado que esteriliza los aciertos parciales que pudiésemos llegar a conseguir: la soberbia.

Conclusiones:

1. Que Dios nos ayude… porque los de afuera ya nos han devorado. Radio Colonia promociona su cobertura de las próximas elecciones diciendo algo así: “Mentiras, fraude, corrupción y más mentiras; Ud. necesita saber la verdad sobre las elecciones en Argentina, escuche Radio Colonia”.

2. No perdamos la Esperanza, porque la victoria final es del Señor de los Ejércitos, también y mejor conocido como el Buen Pastor.

Franco Ricoveri

jueves, 10 de julio de 2008

Hipótesis


¿ARGENTINA ES
“LA ESPERANZA DEL MUNDO”?

Justo al aparecer en los medios esa increíble frase supuestamente de labios papales: “Argentina es la esperanza del mundo”, andaba releyendo a Castellani en ese Prólogo-ensayo llamado “Decadencia de las sociedades”, que está en “Seis ensayos y tres cartas”. Aunque ya sé que el yo es odioso, me tendrán que perdonar porque no me queda sino hablar en primera persona, aunque el que piensa sea otro.

Al leer esa frase me dije: por aquí anda la Providencia. ¡Pero de qué modo absurdo! ¿Es una amarga ironía o una burla siniestra? “Ni lo uno, ni lo otro, ch’amigo” —como dijo el ilustre santafesino citando al sinlustre correntino—, Benedicto XVI es totalmente incapaz de eso. Absolutamente imposible, aunque me taladraba los oídos como si fuese macana…

“Hay naciones que crecen, otras que se estabilizan, otras que retroceden y aun perecen y desaparecen…” —leía al cura y creía saber por donde estábamos—. “Nación que pierde el sentido de lo sacro, está perdida” —la cita era de Platón, y analizándola en contexto de nuestra historia, pasada y presente, era demoledora—. Ni falta hace el haberse enterado por Aníbal D’Angelo de las porquerías del “Gran Hermano”.

Yo estaba convencido de que no siendo un sarcasmo, la frase debía haber sido una inocentada, fruto de la buena intención para con una nación débil en manos de “perdularios” (vamos a ser finos como Castellani y no llamarlos como me sale a mí).

¿Un invento de Scioli? Quizás… aunque… y seguí pensando y leyendo: “La cima de la actividad intelectual es la profecía. El profeta está por encima incluso del metafísico; y de hecho no hay un gran metafísico que no tenga una punta de profeta. La razón es que el profeta es a la vez profundo como el metafísico, y concreto como el político”.

¿Por qué misteriosos caminos quizás lo absurdo sea una profecía? Desde ya que las profecías no suelen ser razonables, porque si no, más que profecías serían deducciones o predicciones lógicas. Las profecías sorprenden y golpean con lo inesperado, como para mostrarnos que detrás de todo está el Misterio.

Y los profetas aparecen en las crisis, cuando hay un tironeo (como dice su etimología griega) entre lo que debemos ser y lo que somos; podría ser ahora, cuando vemos lo que no somos: un país en serio (a pesar del slogan barato del Irreprochable Mr. K.).

“Jerusalén, Jerusalén que matas a los profetas…” (San Lucas, XIII) dijo Nuestro Señor cuando el pueblo judío mostraba su infidelidad. “¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste!” ¿Y son males los que profetiza? Al fin se verá que no —al final de los tiempos, digo— “hasta que llegue el tiempo en que digáis: Bendito el que viene en nombre del Señor…”

La voz profética advierte para que esperemos y no nos sorprendamos. Y si es que el Papa Benedicto XVI profetizó algo, es todavía más sorprendente que la destrucción de Jerusalén —que se podía olfatear—: es la resurrección del muerto que ya hiede.

La Argentina está muerta, y una de las causas Castellani la describe así: “Un pueblo que mata a sus maestros naturales está perdido, y no hay más que llorar sobre él. Un pueblo que mata a sus maestros naturales se saca los ojos. No es necesario que los mate físicamente, basta que los mate como maestros. Basta que al escritor que sabe, por ejemplo, no le deje editar sus libros; basta que al escritor que construye, no le deje difundir sus escritos; al escritor que tiene la palabra de la salud, le haga el vacío delante y entorno. Ese pueblo se vuelve voluntariamente ciego. Y entonces se hace guiar por otros ciegos, pues no puede ver que son ciegos. Y se precipita al abismo”. Que es donde estamos, ¿o no?

Per crucem ad lucem; todavía hay algo esperanzador. Ciertamente que Argentina tiene la tradición hecha carne de matar a los maestros y colocar en su lugar a pseudomaestros (falsoprofetas). La historia de nuestra “cultura” es muestra palmaria “desto”. Dondequiera que se encuentra la virtud en grado eminente es perseguida y despreciada, le explicaba Don Quijote a Sancho. Y el dondequiera acá es totalitario, nada se le escapa… salvo el infinito poder de Dios. Nos duele ver cómo se ha destruido la escuela argentina, la Universidad y hasta nuestra misma Iglesia local (porque la “Santa y universal” es intocable). Ver que leemos menos, que somos menos, que ya ni con los peores nos podemos comparar (¡ay, que me da bronca decirlo!), ver eso, decía, es t-e-r-r-i-b-l-e… y sin embargo, aunque suene absurdo: hay una esperanza.

¿Se sale de la imbecilidad voluntaria? Por cierto que no con fuerzas propias. Se sale con la fuerza que viene de lo alto (si a Él le place —y quizás le plazca—), y con la fuerza milagrosa de esos maestros que matamos, pero que aún están. Castellani, por nombrar a uno, fue perseguido, ignorado, maltratado, despreciado, pero todavía está y eso es Providencial, porque no abundan por el mundo los Castellani, ni los Hernández, ni los Menvielle, ni los Sáenz (y termino aquí aunque podría escribir varios renglones).

Cuando el magisterio “católico-oficial” nos muestra terriblemente su esterilidad histórica, cuando ya no se oyen voces claras ni desde los púlpitos (que por lo pringosos y blanduchos a veces parecen pulpitos —¡oh, maravillas de la acentuación!—), cuando las reservas de la Nación ya no existen y la gente está embrutecida con Tinelli o con el “Gran Hermano”; ahí es cuando la voz del profeta se levanta y nos abre al Misterio.

La conclusión del cura era parecida: “En fin, nuestro grande y hermoso país está en decadencia política, educacional y moral en forma que no vemos el remedio. Es un proceso que viene de muy atrás y seguirá adelante si Dios no lo remedia, pues sólo Él puede remediarlo, quién sabe cómo”.

Y propongo que nos aferremos a lo dicho por el Papa como si fuese en serio una profecía (que quizás lo es), poniendo los medios posibles como para que Dios pueda obrar. Si leíamos que “un país que mata a sus maestros está perdido”, más que nunca tenemos que resucitarlos con lectura y difusión, con reconocimiento y afecto hacia los que todavía están vivos (aunque, como corresponde, anden magullados) y hacia los que ya no están entre nosotros —porque a decir verdad, nunca se los puede matar del todo—.

Si en otros tiempos el encontrarnos con alguno de aquellos maestros cambió nuestra vida, por qué no ser agradecidos y transmitir esa Vida reencontrada a los demás. Quizás alguna vez, insistiendo con el remedio, hallemos la cura. “Los sabios son aquello por lo cual se conservan, se sustentan y acrecen las naciones…” citaba el cura a Alfonso X el Sabio. Y aunque no los merecemos, los tenemos, Deo gratias!

Franco Ricoveri

sábado, 31 de mayo de 2008

Lecturas de medianoche


LA PARADOJA DE CEFERINO

LA SANTIDAD NO ES OFICIALISTA

La paradoja de la Historia, dice Gilbert K. Chesterton en su “Santo Tomás de Aquino”, es que cada generación es convertida por el santo que más la contradice. Si viviese Chesterton en nuestros días, amén de alegrarse con la beatificación de Ceferino, podría mostrarnos con claridad cómo la figura del “santo de la toldería” nos llega justo ahora, después de tantos años de espera, como especialísimo signo para la conversión de nuestra pobre Patria.

Intentaremos, de la mano del amigo Gilbert, seguir esa idea para entender lo providencial de esta beatificación y qué es lo que nos dice a nosotros hoy.

“El santo es una medicina, porque es un antídoto —dice en el mismo libro—. Y en verdad, ésa es la razón por la cual el santo es de ordinario mártir; se lo toma por veneno porque es un antídoto. Sucede de ordinario que él vuelve al mundo a sus cabales, exagerando lo que el mundo olvida… Sin embargo cada generación busca su santo por instinto y éste no es el que la gente quiere, sino lo que necesita”.

La indiferencia oficial ante la beatificación (uno de los grandes hechos en la historia de la Iglesia en Argentina) parecería contradecir esto último, pero por otro lado, ¿desde cuándo la santidad es oficialista?

La primera pregunta que al enterarse de la buena nueva se hicieron muchos fue: ¿qué hizo Ceferino? Y la respuesta, podría sorprender, porque en su corta vida no encontramos nada especialmente prodigioso. Vivió poco, tuvo un sueño que nunca llegó a cumplir, sufrió mucho y murió lejos de sus mayores afectos. Quizás podríamos nombrarlo el patrono de los fracasados… humanamente hablando, porque en lo sobrenatural, las cosas son distintas. No es hombre el que construye su santidad, sino es el Señor, quien con el asentimiento de ese hombre, el que hace las maravillas. Maravillas que se dan en primer lugar en la interioridad, y que a veces, sólo a veces, se reflejan exteriormente. Éste es el caso de Ceferino.


CRISTOCENTRISMO, NO INDIGENISMO

Podríamos decir que la primera nota de su santidad es su “cristocentrismo”. Constantemente reconoce las maravillas que obró en él Nuestro Señor, y como es justo y agradecido, su obsesión será transmitirles a los demás, especialmente a sus paisanos, cuál es la fuente de sus alegrías y consuelos.

“Quiero ser útil a mi gente”, le dijo a su padre, el temible Cacique Manuel Namuncurá, y rápidamente se dará cuenta de que la mejor forma de ayudar al prójimo es enseñarle la Verdad, “la mayor obra de caridad”, como dice Santo Tomás.

En el año 1900 escribió: “Algún día, cuando sea grande, también le ayudaré a Monseñor Cagliero a convertir a los indios. Los pobres que están allí no saben que hay Dios, no saben que Jesucristo derramó su sangre para salvarnos. Yo tampoco lo sabía…”

Es un enamorado de la Verdad y, por lo tanto, un verdadero misionero. Y aquí está nuestra primera paradoja: un santo que nos remarca lo que muchos cristianos argentinos nos olvidamos: que sólo Cristo salva y que sólo en Él encontraremos la salida para nuestra crisis. Beato Ceferino, haznos creyentes de verdad.

“Debo aprender mejor que todos el Catecismo, porque tengo que enseñárselo después a mi gente. Éstos no saben estas lindas cosas; por eso son malos y se pierden”, dijo alguna vez, y ¡que no lo escuche “el buen salvaje” de Rousseau! Si nos viera ahora, pobre Ceferino, lo diría con mayor dolor y no sólo a los de su tribu.

De la primera “contradicción”, saltamos a esta otra. Hoy está de moda un indigenismo que poco favor les hace a nuestros hermanos. Desde ya que ese indigenismo es hijo de ideologías de “huincas” que por sabidas ni vale la pena mencionar. Lo malo es que —como tantas otras tergiversaciones— el mal indigenismo parece que se impone como un nuevo dogma sostenido por la mentira histórica y, lo que es más grave, entre nosotros por el error teológico. En vez de enorgullecernos por llevar la cruz, nos preocupamos por ocultarla.

¡Y ahí está Ceferino para recordarnos que eso es una verdadera maldad! En su vida podemos ver los males que sufrieron él y su gente por culpa del liberalismo y los bienes sin número que recibieron de Jesucristo; constantemente se va a preocupar por dejarlo en claro en sus escritos.

Podría haber dicho como San Gregorio: “si no fuese tuyo, oh Cristo mío, esta vida sería un abuso”. Beato Ceferino: haznos agradecidos y estudiosos. Sí, porque en ese “debo estudiar” también vemos otra de nuestras llagas: la ignorancia presuntuosa del que cree saber, pero que nunca se preocupó por saber.


NO NOS DEJES CAER EN LA CIVILIZACIÓN

Nada más contrastante, entonces, que su figura, frente al estereotipo argentino. La puerta de entrada a la santidad de Ceferino podríamos decir que fue su humildad y simplicidad; puerta por la que él entró y por la que deberíamos entrar los argentinos como ese antídoto necesario. La humildad es realismo frente a nuestra realidad y es la única forma de mejorar. Beato Ceferino: haznos humildes, porque no lo somos y ahí está una de las raíces de nuestra decadencia.

Su humildad estaba de la mano de una profunda alegría y amabilidad. Ceferino hubiera podido escribir como lema entre sus versos esta estrofa del poema de Belloc: “La cortesía es mucho menos / que la intrepidez del corazón o la santidad /pero, bien meditado, yo diría / que la gracia de Dios está en la cortesía” (aunque esto debo aclarar que también lo robó y ya lo dijo G. K. Chesterton sobre San Francisco).

Y es curioso pensar, siguiendo nuestra línea, si los argentinos somos o no corteses. Si nos dividimos sarmientinamente entre bárbaros y civilizados, deberíamos señalar la cortesía como una cualidad bien gaucha, bien “bárbara” y la prepotencia más bien algo propio del porteño civilizado (aunque la globalización nos uniforme para peor). Beato Ceferino: no nos dejes caer en la “civilización”.

La cortesía ceferiniana, también fruto de una profunda alegría del corazón. De hecho, los primeros testimonios en el proceso de Ceferino hacia los altares remarcan siempre esta cara, también paradójica frente al mundo. “El príncipe de las Pampas”, tal como lo llamaron los diarios italianos al señalar su llegada a la península, era más que pobre, se sabía en camino a una muerte próxima e inexorable, sus sueños nunca se iban a poder cumplir y, sin embargo, siempre se lo veía con una sonrisa, fruto de la Esperanza.

También eso nos está marcando un camino hoy en esta Argentina hundida en los fracasos. Si leemos los diarios nos damos cuenta que peor no podemos estar; si nos ponemos a hacer cuentas humanas, parece que todo está perdido, ¿nos obliga eso a una triste mueca melancólica?

El “celo amargo” es una tentación fuerte en estos días, pero si es “amargo”, es signo de que es un error. Ceferino nos responde con una sonrisa de corazón, porque de última, como diría el cura Castellani, “por nosotros, Dios trampea”. “Jugaba en buena lid / luchó su lucha limpia como un Cid / escondida en la manga la gran carta / de la resurrección. Muertos, reíd. / Reíd de la Natura. Dios descarta… / De su ley inflexible de pelea / burlaos. Por nosotros, Dios trampea”.

El Papa acaba de decir en su última encíclica que la actual “crisis de la Fe” es ante todo crisis de esperanza. Y Ceferino —también en esto— es nuestro remedio y nuestro antídoto.

Toda la Argentina bien nacida debería haber festejado de corazón esta beatificación. Lo cierto es que no lo hizo. No digo que había que irse hasta Chimpay, porque para muchos era algo imposible, pero sí hubiese sido justo que en cada diócesis, en cada parroquia, en cada escuela católica se hubiese vivido con alegría y esperanza. La indiferencia es una maldad indigna de nuestra sangre, pero también es una triste realidad.

En fin, alguna vez escribimos sobre la Argentina como esperanza del mundo, pues bien hoy podíamos pensar en el Beato Ceferino Namuncurá como esperanza de nuestra Patria: marca una huella y promete un milagro.

Ora pro nobis.
Franco Ricoveri