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jueves, 10 de octubre de 2013

Padres de la Patria


LA CONCEPCIÓN POLÍTICA
DEL PADRE JULIO MEINVIELLE

 
El pasado 21 de mayo, el Presidente del INFIP, Dr. Bernardino Montejano, en el marco del Homenaje al Padre Julio Meinvielle, con motivo de los cuarenta años de su muerte, dictó una conferencia bajo el título arriba anunciado.  Reproducimos a continuación algunos de los pasajes más salientes.
 
 
¿Por qué ese pensamiento político, condensado en libros y artículos escritos hace ya muchos años tiene vigencia? Porque Meinvielle es un clásico de la política, un renovador de la doctrina de los grandes pensadores de la antigüedad y del Medioevo, en especial de Aristóteles y de Santo Tomás de Aquino, un hombre que apunta a discernir los principios que rigen la vida política y que tienen la misma permanencia que la naturaleza del hombre y de la sociedad.

Como destaca Monseñor Derisi […], “sabía llegar con rapidez y perspicacia al punto esencial de las cuestiones… su inteligencia era a la vez clara, brillante y de honda penetración”. Supo, con apoyo en la mejor tradición, “dar respuesta crítica a los problemas suscitados en cada momento de la historia de nuestro tiempo”. Es muy importante no olvidar todo esto en estos días, en los cuales el “complejo de descubridor” tiene tantos adeptos, y crece la amnesia respecto de la historia. en círculos aparentemente muy próximos […].

Meinvielle se ocupó de las circunstancias políticas y mostró con valor y criterio independiente, sin caer en opciones partidistas, la vigencia de la doctrina social de la Iglesia y su importancia para orientar las soluciones concretas.

En su libro “Política Argentina 1949 - 1956”, y en numerosos artículos aborda los grandes temas de la cultura, de la política, de la sociedad, del Estado, de la economía, a partir de los problemas cotidianos, encarnando en forma paradigmática la estampa de un hombre preocupado por la añadidura, sin perder nunca de vista el reino de Dios y su justicia.

Su obra “Concepción católica de la política”, comienza con una afirmación fundamental, que es un eco del Evangelio: la política debe servir al hombre. Sin embargo, en nuestros días y no sólo entre nosotros, esa política, como señala Ionesco, “se ha convertido en el medio más eficaz para envenenar, desorganizar, enloquecer, volver la vida totalmente imposible”.

Como la política es una realidad práctica, necesita un fundamento teórico, porque el obrar del hombre se apoya en el ser del hombre. Por eso, es necesario partir de un verdadero concepto de hombre, cuya naturaleza peculiar tiene necesidades materiales, morales, intelectuales y espirituales.  Porque si se renuncia a la indagación ontológica que permita discernir los principios políticos requeridos por esa específica naturaleza, como tantas veces sucede hoy, “la inteligencia desviada de su objeto propio, que es la consideración del ser, se mueve vertiginosamente en el vacío, para encontrar una infinidad de entes absolutos que fabrica el hombre y se llaman Estado, Derecho, Pueblo, Soberanía, Democracia, Libertad, Ciencia, Humanidad, etcétera”.

Este vacío, y los ídolos en cuyo seno prosperan, nos sumergen en esta política inhumana que padecemos, que envenena y enloquece al hombre, y desorganiza su convivencia. Por eso urge recuperar esa indagación ontológica que nos permita establecer las bases para restaurar una política humana.

Pero Meinvielle, como pensador político cristiano consecuente, reclama más: una política cristiana, conforme a la vida sobrenatural, que trasciende todas las exigencias de la naturaleza creada.  La gracia eleva a su plenitud a la naturaleza, sin destruirla, como en el mundo vegetal el injerto enriquece y transforma a la planta base injertada.

El hombre cristiano es una “nueva creatura”, una unidad que se proyecta en el ámbito de la familia, de la educación, de la cultura, del arte, del derecho, de la medicina, de la economía, de la empresa, de la política, etcétera […].

El Padre Meinvielle critica el “mito de la soberanía popular”, y se refiere a nuestra época sombría, “fruto maduro de aquella semilla que cultivó Rousseau y que hoy conocemos como el dogma intangible de la Democracia… solución universal de todos los problemas”.

Los argentinos tenemos memoria frágil, pero todavía recordamos las palabras del más ideológico de los presidentes que hemos soportado: “con la democracia no sólo se vota, sino también se come, se educa, se cura”, y los resultados concretos en el campo de la economía, de la educación, de la salud. La Comisión Permanente del Episcopado Argentino, en el año 2003, utilizó el argumento pragmático para evaluar las consecuencias de nuestro régimen político, y el error de los dichos de Alfonsín: “Lamentablemente durante estos años, la democracia recibida con tanto entusiasmo, no ha logrado resolver problemas tan vitales como el trabajo, la alimentación, la salud y la educación para todos”.

No hay posibilidad alguna de sanear los regímenes políticos, si no recuperamos la auténtica noción de pueblo. El pueblo existe si existen hombres arraigados a Dios, a su tradición, a su familia, a su trabajo, a su contorno geográfico, a su Patria. Hombres con interioridad, que sepan discernir y juzgar por ellos mismos; que tengan conciencia de sus derechos, de sus deberes y de sus responsabilidades; por lo tanto que sean capaces de una verdadera participación en la cosa pública.

Muy distintas son las masas de nuestro tiempo, de las que habla Meinvielle: “son sociedades de esclavos, en las que la multitud trabaja para el goce de unos pocos que usufructúan todos los privilegios; pero una multitud, por otra parte sin conciencia de sus verdaderos derechos y de su verdadero bien, desorganizada, incapaz de exigir ni de reclamar eficazmente nada, embrutecida y satisfecha con algunos desahogos, tales como el sufragio universal… sus miembros son víctimas de los consorcios financieros internacionales, los cuales después de haber corrompido las conciencias, acordando prebendas a las personas influyentes de la colectividad, manejan por medio de éstas, la misma cosa pública”.

Esto, escrito hace muchos años, no ha perdido vigencia, y ¿no es acaso un ajustado retrato de nuestra actualidad? […].

Pero Meinvielle no se agota en la crítica, sino también incluye un programa positivo para mejorar la vida política, que como un eco de la convocatoria socrática, debe comenzar por la renovación y catarsis del alma.  Y si no se dan las condiciones para la restauración de la cosa pública señala que “es preferible limitarse a una acción en lo religioso y social intensificando la vida cristiana de las multitudes, consolidando los hogares cristianos, fomentando las agrupaciones de trabajadores y las corporaciones de profesionales, estimulando la autarquía económica del propio país, de suerte que todo este mejoramiento que se vaya operando en la vida social acabará por mejorar la propia vida política”.

La autoridad estatal tiene importantes e indelegables funciones y debe ser gestora del bien común, regulando, promoviendo y ayudando la acción de los grupos infrapolíticos.

El Estado debe estar al servicio de la Nación histórica. Aquí, distingue Meinvielle al primero, como el régimen político de un pueblo, y a la segunda, como la totalidad de todas las fuerzas de la sociedad, que vinculan un pasado a conservar y un futuro a construir.

En un capítulo de la citada “Concepción católica de la política”, estudia el papel del Estado con relación a la familia, en la educación y en la cultura, en la economía, y en su inserción en la comunidad internacional.

Finaliza el mismo abordando el tema de las relaciones entre el Estado y la Iglesia, y afirma que los deberes recíprocos “se han de armonizar por medio de un régimen concordatario estipulado entre la Santa Sede y los respectivos gobiernos. La separación es inadmisible en tesis, y en las hipótesis corrientes. La unión substancial, tal como la conoció la Edad Media, por la plena subordinación de lo temporal a lo espiritual, es imposible por el desquicio que en las conciencias y en las instituciones ha sembrado el virus liberal. Sólo es posible, entonces, que ambos poderes se pongan de acuerdo y traten de armonizar sus intereses en un concordato” [...].

Aunque a veces, el Padre Meinvielle se equivocara en diagnósticos políticos particulares, por error en la apreciación de las circunstancias, y por cierta dosis de ingenuidad, que no le faltaba, esto no obsta que en general fuera ejemplar su modo de encarar la realidad cotidiana a la luz de los principios permanentes.

Como hombre, como argentino y como sacerdote, no fue amigo de las medias tintas, de las ambigüedades, tan frecuentes en nuestros días. Lo que pensaba, lo decía, con veracidad, valor y firmeza.

Sólo un valiente podía escribir en el año 1950: “el contraste entre la concepción cristiana y la peronista acerca del Estado no puede ser más significativa. Porque mientras aquella descansa en la dignidad del hombre singular, ésta se erige en función del hombre masa; la Argentina de ayer tenía las tres lacras del capitalismo, del liberalismo y del laicismo; la de hoy tiene además otras tres que son el colectivismo, el totalitarismo y el fariseísmo”.

Y si en plena época de la dictadura de Perón, que en esa época no era el “león herbívoro”, que se proclamó a su retorno, Meinvielle reivindicó la libertad y la dignidad del hombre, en el año 1956, en medio de la euforia liberal, insistió en la primacía del bien sobre la libertad: el bien que perfecciona al hombre “condiciona no sólo las acciones del obrar individual, sino también del obrar social que constituye el orden jurídico”.

Contraponer libertad y orden jurídico sin hacerles depender de una más alta realidad unificadora que es el bien, “es entregar a las sociedades a un perpetuo oscilar entre el liberalismo que disocia y subvierte y el despotismo que absorbe y aniquila”.

Como un eco auténtico y fiel del Evangelio, enseña que “mientras sólo la Verdad hace libres a los pueblos, la ignorancia y la mentira, aunque muy ilustradas, los convierte en canallas y miserables”.

Critica a la Constitución de 1949 por no contemplar suficientemente a la dimensión cultural del hombre: “al renunciar a la profesión franca de la Verdad y al erigir, al menos en apariencia, el mito de la libertad como supremo valor humano, la vida intelectual y cultural pierde su significación primera en la escala de valores. El «homo sapiens» es desplazado por el «homo faber». Y sin embargo, sólo la sabiduría merece valor sustantivo”.

Preocupado por la anemia de nuestra capacidad vital y el empobrecimiento en todos los órdenes religioso, cultural, político y económico, postula un nacionalismo abierto al ideario de la hispanidad y de la cristiandad, entendiendo que el mismo nos es valioso, “en la medida en que sabemos incorporarlo a nuestro suelo y sangre”.

Entre el chauvinismo estúpido y el cipayismo simiesco, defiende el término medio superador expresado por Antoine de Saint-Exupéry: “Guardad vuestra forma, sed permanentes como la roda de la proa de la nave y lo que tomáis del exterior, transmutadlo en vosotros mismos a la manera del cedro”.

Recuerda que el gobierno es obra de la inteligencia, pues requiere idoneidad y rectitud, “porque gobernar es poner orden en la complejidad de las realidades sociales para que haya estabilidad y paz”.

Secundariamente, exige cualidades accesorias que aquí, se han transformado en principales: “viveza, fuerza, habilidad, elocuencia”, y cuyo ejercicio sin mesura alguna, soportamos los argentinos todos los días […].

Meinvielle vivió una permanente inquietud por la Argentina del futuro. Su afán docente, la fundación del Colegio de Estudios Universitarios, de los Scouts Católicos, del primer centro de la Juventud Obrera Católica, del Ateneo Popular de Versailles, son pruebas de ello.  Y se preguntaba temeroso: “¿Qué será mañana de nuestra patria, cuando entren en la vida pública jóvenes sin ninguna formación intelectual y moral y sin otro afán que el de enriquecerse y divertirse?”

¿No es acaso el retrato de nuestro vicepresidente y de toda la cáfila de muchachones que han tomado por asalto los cargos públicos, con el único objetivo de medrar con ellos?

En la cuarta semana nacional de estudios de los asesores de la Juventud Obrera Católica, el Padre Carlos Mackinnon denunció “que entre nosotros se han boicoteado los institutos de cultura católica”; y ante esa denuncia Meinvielle precisó: “la raíz del mal está en que entre los clérigos no se le da importancia a la cultura. El intelectual es mirado como un tipo raro; por eso no sólo no se apoyó a los Cursos de Cultura Católica, sino que se contribuyó a hundirlos”.

Meinvielle fue siempre un hombre culturalmente relevante. En 1999 Monseñor Antonio Marino, y el hoy nuestro arzobispo Mario Aurelio Poli, publicaron el Libro del Centenario del Seminario de Villa Devoto y en él colaboró Monseñor Carmelo Giaquinta para quien irse a Roma en 1949 dice que le hizo muy bien, porque aquí vivía ahogado, en una Iglesia ahogada… por el nacionalismo, ya que ese ideología “encerraba a la Iglesia en sí misma, manteniéndola en permanente posición de defensa y ataque frente al mundo. Si bien en el nacionalismo católico militaban notables figuras (Castellani y Meinvielle, a quienes debo tanto) y pregonaban valores fundamentales, tenían una visión miope de la realidad y, sobre todo, de cómo evangelizarla. ¡Qué liberación cuando llegué a Roma! Y encontrarme con Pío XII”.

¡Castellani y Meinvielle, dos visiones miopes de la realidad! ¡Pedazo de infeliz!  Es evidente que si pretende contraponer las nobles figuras de Pío XII y de Meinvielle, ambos hombres cultísimos, quiere decir que no entendió a ninguno de los dos. Además, ¿quién recordará a este pobre hombre dentro de cuarenta años? ¿Quién recuerda hoy su aguda mirada que supo tan bien superar la misión miope de la realidad? ¿Dónde están los frutos de su evangelización?

Nuestro sacerdote era un patriota y un hombre de bien; por eso, señalaba que “lo necesario e imperioso es salvar a las generaciones juveniles argentinas que quieren la enseñanza y el ejemplo de sus hermanos mayores”.

Han transcurrido cuarenta años de su muerte y con su memoria estamos en deuda los argentinos. La Iglesia argentina y la civilidad argentina no le han rendido el gran homenaje debido a su vida y a su obra.

El otro día, al abrir por casualidad un libro, de la biblioteca que nos legara, leímos en la dedicatoria: “al Padre Julio Meinvielle, martillo de herejes”. Sí, martillo de Maritain, de Teilhard de Chardin, de Karl Rahner, y aquí agregamos su nombre para no confundirlo con el gran historiador de la Iglesia, y que creemos fue su hermano, Hugo Rahner.

A quien “edificó una catedral”, según el comentario del Cardenal Copello al conocer la iglesia de Nuestra Señora de la Salud, en el barrio porteño de Versailles, no se le puede responder con homenajes de capilla. Y menos sepultarlo en el silencio del olvido. La gratitud, parte potencial de la justicia, fue incluida por Santo Tomás entre las virtudes de honestidad. Saquen los máximos responsables y saquemos también nosotros nuestras conclusiones.
 
Bernardino Montejano
 

viernes, 19 de julio de 2013

En la semana del Alzamiento

 
LA EVOLUCIÓN POLÍTICA
DE JOSÉ CALVO SOTELO

I. ENCUADRE DEL ACONTECIMIENTO

Nos hemos congregado esta noche aquí, en el Instituto de Filosofía Práctica, para rendir nuestro homenaje a todos los que de un modo u otro participaron y apoyaron el Alzamiento del 18 de Julio de 1936. Muchos de ellos fueron asesinados o murieron en combate durante los años de la guerra civil.
Hace un rato hemos rezado por todos los caídos; pero nuestro homenaje se reduce a quienes, como afirma Monseñor Eijo, Obispo de Madrid, ejercieron “el derecho y el deber de rebelarse contra una autoridad prostituida y usurpadora, antinacional y anticristiana, tiránica y delincuente”.
Palabras claras que quisiéramos escuchar alguna vez en boca de nuestros pastores, declaraciones, —como diría el arquitecto Patricio Randle— que no necesitan aclaraciones.
El acontecimiento que hoy conmemoramos, es tan importante, que Manuel García Morente lo señala como uno de los cuatro momentos universales de la historia de España (cfr. España como estilo, en su “Idea de la hispanidad”, Espasa Calpe, Buenos Aires, 1938, pág. 10)
Recordaremos ahora brevemente los tres primeros, con algún agregado:

La resistencia de los celtas y los íberos a los romanos

Hispania resistió durante dos siglos antes de ser conquistada.  Roma “tuvo que enviar sus mejores legiones y sus más esclarecidos generales”, porque los primitivos habitantes de la península combatieron en serio, no como afirma el mamarracho de Evo Morales: “Nosotros, los bolivianos combatimos contra todos los imperialismos: contra el norteamericano, contra el español y contra el Imperio Romano”.
Sólo en su mente calenturienta se puede imaginar un combate entre los cholos del Antiplano y las legiones de los Césares.

La Reconquista

El segundo momento universal es “cuando el mundo árabe, desencadenado en uno de los vendavales más extraordinarios que registra la historia, invade por Occidente Europa, inunda España y amenaza con aniquilar la Cristiandad”.
El comienzo de la Reconquista lo encontramos en las montañas de Asturias y se encarna su jefatura en el rey Pelayo.  Junto a él, un puñado de españoles “oponen a la ola musulmana una resistencia verdaderamente milagrosa”.
Desde entonces, España “durante ocho siglos lleva a cabo, a la vez, dos empresas ingentes: la de oponer su cuerpo y su sangre al empujón de los árabes y la de hacerse a sí misma” (cfr. García Morente, ob. cit., pág. 12.)

El descubrimiento de América

El tercer momento universal es el descubrimiento de América, que fue un verdadero descubrimiento y no un encuentro entre dos mundos.  Curioso encuentro entre unos héroes que atravesaron el océano y otros que aquí los recibieron bien, regular o mal.
El escritor uruguayo Juan Zorrilla de San Martín sostiene que las Carabelas castellanas no buscaban América, sino el Oriente a través del Occidente. Es América la que aparece como diciendo: Aquí estoy. Entendemos que tiene razón.  Pero… ¿Quién fue capaz de provocar al abismo? ¡Solamente España!
Y ahora vamos al cuarto momento universal, el que hoy nos convoca: “España ha asumido estoicamente el papel de víctima ejemplar en el laboratorio de la historia y ha dado con su propia carne y con su propia sangre una inolvidable lección al mundo” (cfr. García Morente, ob. cit., págs. 18/ 19).

II. UN ASESINADO ILUSTRE

Como este es un Instituto de Filosofía nuestro aporte debe transitar por el camino de las ideas, de las doctrinas, aquí ideas políticas, doctrinas políticas, de un asesinado ilustre, José Calvo Sotelo, cuyo ajusticiamiento nocturno fue una razón para evitar que la alborada revolucionaria no se atrasara una vez más; fue la ocasión, la chispa, el detonante, para que comenzara pocos días después el Alzamiento.
Y ¿por qué esta reflexión en torno al pensamiento político de José Calvo Sotelo?  Porque en la Argentina estimamos que se trata de una novedad.  Es una novedad que no la conocen ni siquiera los hombres cultos que piensan que fue un hombre honesto, de derechas, conservador, católico, algo liberal y democrático.
Un poco de eso había en sus comienzos políticos, no sólo como discípulo de Antonio Maura e integrante de las juventudes mauristas, sino también como alto funcionario de la dictadura del general Miguel Primo de Rivera […]
Pero incluso, en aquella época, su visión era la de un hombre sensato, inteligente y bueno, para quien cuenta la realidad. Así cuando tiene que modificar la ley anterior que definía al municipio como una “asociación legal”, lo hace con buen sentido, reconociendo el carácter natural de la primera unidad política, a la cual define así: “es Municipio la asociación natural, reconocida por la ley, de personas y bienes, determinada por necesarias relaciones de vecindad, dentro del término a que alcanza la jurisdicción de un Ayuntamiento” […]
Calvo Sotelo no era sólo un pensador político, sino ante todo, un realizador, un hombre prudente capaz de encontrar los caminos rectos, posibles, para concretar el pensamiento político.
Era un hombre de gran formación intelectual que tenía inquietudes por hacer crecer las dosis de justicia existentes y disminuir las injusticias concretas, lo cual se prueba con el título de su tesis: “La doctrina del abuso del derecho como limitación del derecho subjetivo”, que obtuvo el premio extraordinario de doctorado en la Universidad de Madrid.  En ella escribe “que el abuso del derecho es una de las infinitas reacciones que, a fines del siglo XIX, se operan contra el influjo pulverizador del liberalismo individualista” (cfr. José Calvo Sotelo, “Mis servicios al Estado”, pág. 199).
Es interesante destacar que cuando en 1926, como funcionario de la dictadura, quiso poner orden en el ámbito tributario y establecer una mayor justicia fiscal, levantó protestas iracundas que llegaron hasta acusarlo de comunista. Y relata “que ninguna de las lógicas reacciones defensivas de las clases sociales heridas en sus intereses fue tan aguda, nerviosa y virulenta como la de… los grandes terratenientes”.
Tantas fueron las críticas que presentó su renuncia; pero Primo de Rivera no quiso ni siquiera considerarla, persuadido que esos decretos “no tenían la menor sustancia bolchevique, contra lo que decían ciertas encopetadas señoronas, y de que aquél camino habían de recorrerlo otros más alborotadamente que nosotros si lo dejáramos virgen”.

III. EL EXILIO

Después de la caída de la dictadura y de la Monarquía, Calvo Sotelo se ve obligado a partir hacia el exilio, primero en Portugal y en el año 1932 en Francia, para no ir preso.
Estando en Portugal admira la obra llevada a cabo por Oliveira Salazar, pero su transformación doctrinaria se produce al llegar a Francia. Allí tuvo contactos con grandes figuras: Charles Maurras, Bainville, Benoist, Gaxote, Daudet, Bertrand. Y en un artículo, así describe la figura del jefe de la Acción Francesa: “magro, ceño a lo Greco, dicción reposada, verbo profundo, sembrador sereno, que sabe recogerán el grano venideras generaciones en una hora de luz y tradición”.
Y como comenta Eugenio Vegas: “el encendido elogio de Maurras y de sus doctrinas son todo un símbolo de la transformación que experimenta Calvo. Si algo significa Maurras es el anti-Rousseau, el debelador implacable de la democracia y del liberalismo”.
Y en esto también tiene mucho que ver “Acción Española”, una revista cuyo primer número aparece el 16 de diciembre de 1931, que tiene como entusiasta propulsor a Eugenio Vegas Latapié y en cuya empresa participan Maeztu, Pradera, José María Pemán, Calvo Sotelo, Rodezno, el marqués de Quintanar. Respecto al primero, escribió entonces el académico francés René Benjamin: es “el doctrinario irreductible, el hombre que ha sacrificado toda su juventud en la más estrecha austeridad, para preparar el pensamiento de la revolución nacional”.

IV. EL NUEVO CALVO SOTELO A TRAVÉS DE SU PALABRA, ORAL Y ESCRITA

En un artículo publicado en 1935, el renovado hombre político critica al voto, que antes había defendido, pues “la salud no está en la representación proporcional ni en la mayoritaria. Está en sustituir el sufragio inorgánico por el sufragio orgánico”.
En un discurso pronunciado en noviembre del mismo año, se presenta como un hombre de la tradición: “Nosotros, antes que nada, somos españoles y tradicionales.  Afirmamos la jerarquía y la autoridad. Frente a ese inmoral secesionismo de una historia mal entendida, afirmamos la unidad de la Patria.  Frente a la bárbara dispersión que significan los principios democráticos, mando único… La tradición no es un pasado estérilmente momificado, sino un genio profundo que vivifica… es como la savia de los árboles”.
Y critica con dureza a la partidocracia, que pretende monopolizar la representación política.  Los partidos, para Azaña “son piedra angular de la República, Gil Robles los estima insustituibles, aunque no lo entusiasmen.  Yo los considero gangrena y guillotina, y creo que empequeñecen el horizonte político e interponen entre el pueblo y mandatarios intereses secundarios”.
En otro artículo publicado el mismo año reafirma una tesis tradicional: “el máximo derecho del pueblo no es a gobernar sino a ser bien gobernado… el pueblo es un torrente.  Necesita cauces… su máximo enemigo está en él mismo.  En sus pasiones y en su credulidad”.
Busca otro tipo de Parlamento, “que delibere menos, legisle menos y estorbe menos… un Parlamento garantizado contra los avatares de la oligarquía y las veleidades de la masa o sea representativo de intereses sociales y no de pasiones bastardas”.
En un discurso pronunciado en 1935 señala las condiciones esenciales de un buen gobierno. En primer lugar, la competencia o sea “gobierno de los mejores, lo cual no puede darlo el sufragio universal inorgánico, con el que siempre se impone el más osado y enredador, el que más habla y más promete, aunque después sea el que menos dé de sí”.
Y agrega palabras de sabor platónico: “la democracia es la improvisación…  Y todos sirven para todo, con lo cual queda logrado que los que sirven para algo no pueden utilizarse para nada”.
En segundo lugar, la eficacia que es incompatible con el parlamentarismo y sus cotorreos, donde mucho se discute y poco se resuelve: “los problemas vitales quedan en pie”.
En tercer lugar, la continuidad, imprescindible en toda obra humana.  ¿Qué pasaría en una empresa si a cada rato cambia sus gerentes? Y en último lugar, la autoridad, que debe ser de orden moral y que no se consigue aumentando los agentes del orden público. Critica al gobierno de entonces por haber multiplicado el número de presidiarios y sumir a España en la barbarie y el retraso moral.

V. LAS INSTITUCIONES ARMADAS

Es muy interesante su pensamiento acerca de la institución militar a la cual considera “consustancial con el concepto de Patria” y denuncia la política que apuntaba a la destrucción de las fuerzas armadas: “quererlas degradar a una inmovilidad de momia, quererlas entumecidas, yertas y sordomudas, aunque la Patria gima y preocuparse de disciplinar esa órbita a la misma hora que todas las demás órbitas estatales se descoyuntan y desencajan bajo el impulso del yerro, la demencia, la pasión, ¡lo que sea!”
Recuerda a un comandante laureado que hacía cuatro meses era víctima de un calvario, sin proceso y gravemente enfermo; al general Sanjurjo, “convertido en un recluso anónimo y encerrado en una mazmorra impropia de la delincuencia política, que en otro tiempo era tratada con ejemplar delicadeza”. Y finalmente denuncia una inverosímil paradoja porque “resulta que los hombres que confinan sin derecho, deportan sin ley, confiscan sin razón y encarcelan sin ética; que hunden la economía, arruinan al agricultor, paralizan el comercio y asfixian al contribuyente; que reniegan de nuestra historia y pisotean la Constitución cada día… ponen en picota a centenares de jefes y oficiales seleccionados por su arrojo y valor”. Lo que sucedía es que, ya en 1933, el Ejército era una sombra y casi no había armas en los cuarteles.

VI. LA CONDENA A MUERTE

En un discurso pronunciado en La Coruña, el 2 de febrero de 1936 denuncia la gravedad del momento y apela al heroísmo:
“La política moderna, con el juego malabar propio de todos los partidismos, ha dado lugar al triunfo de lo superficial sobre lo permanente.  Lo absoluto se ha subordinado a lo relativo, lo necesario a lo urgente, lo externo a lo profundo, lo remoto a lo inmediato.  Nosotros no queremos incurrir en ese mal.  En las horas difíciles, las fórmulas han de ser profundas… Cuando un hombre está entre la vida y la muerte no necesita cataplasmas… Es lo que tiene que saber España. España vive unas horas de vacilación entre la vida y la muerte, y para estos críticos momentos… sólo valen las fórmulas profundas que son las heroicas”.
En medio de la anarquía, de la subversión, del humo de los incendios de iglesias y conventos, de atentados y asesinatos, Calvo Sotelo es condenado a muerte en el mismo Parlamento, por el Presidente del Consejos de Ministros, Casares Quiroga. Su respuesta muestra hasta dónde llega su espíritu  de sacrificio:
“Bien, señor Casares Quiroga.  Me doy por notificado de la amenaza de su señoría.  Me ha convertido su señoría en sujeto, y, por lo tanto, no sólo activo, sino pasivo, de las responsabilidades que puedan nacer de no sé qué hechos.  Bien, señor Casares Quiroga. Lo repito: mis espaldas son anchas; yo acepto con gusto y no desdeño ninguna de las responsabilidades que se puedan derivar de actos que yo realice, y las responsabilidades ajenas, si son para bien de mi Patria y para gloria de España, las acepto también.  ¡Pues no faltaba más!  Yo digo lo que Santo Domingo de Silos contestó a un Rey castellano: «Señor, la vida podéis quitarme, pero más no podéis».  Y es preferible morir con gloria a vivir con vilipendio”.
A la madrugada del 13 de junio todo el país despierta sobrecogido de espanto: ¡Han matado a Calvo Sotelo! Y lo han matado ¡sicarios del gobierno! Un tiro en la nuca… (en realidad fueron dos), pero… ¡Allí esta España!

VII. EL ENTIERRO

Una multitud doliente acude al entierro.  Y su amigo de la juventud, Antonio Goicochea exclama al lado de su tumba:
“No te ofrecemos que rogaremos a Dios por ti; te pedimos que ruegues tú por nosotros.  Ante esa bandera colocada como una reliquia sobre tu pecho, ante Dios que nos oye y nos ve, empeñamos solemne juramento de consagrar nuestra vida a esta triple labor: imitar tu ejemplo, vengar tu muerte, salvar a España, que todo es uno y lo mismo, porque salvar a España será vengar tu muerte, e imitar tu ejemplo será el camino más seguro para salvar a España”.
José Calvo Sotelo murió asesinado por la espalda.  Ni siquiera pudo mirar de frente a sus verdugos, a quienes con seguridad hubiera dirigido frases análogas a las de su amigo Ramiro de Maeztu: “Os perdono, porque vosotros no sabéis por qué me matáis, pero yo sí sé porque muero: para que vuestros hijos sean mejores que vosotros”.

Bernardino Montejano

martes, 7 de mayo de 2013

Declaraciones


DECLARACIÓN DEL INSTITUTO
DE FILOSOFÍA PRÁCTICA
ANTE DOS DOCTORADOS
  
  
I
 
Hace alrededor de un mes, la Universidad Católica de la Plata, en un gesto que la honra, confirió el doctorado “honoris causa” al Presbítero Doctor Alfredo Sáenz.  Poco antes, la Pontificia Universidad Católica Argentina Santa María de los Buenos Aires, confirió el doctorado “honoris causa” al rabino Abraham Skorka.
 
Estos otorgamientos dicen mucho y señala dos rumbos hace tiempo asumidos por ambos institutos de altos estudios. Estuvimos en la ciudad platense y en medio de una numerosa concurrencia, se destacaban unos cincuenta sacerdotes discípulos del homenajeado. Es una prueba que el Padre Sáenz no trabajó con su arado en el mar.  En la UCA, evidentemente no estuvimos.
 
Como estos otorgamientos, dan tema para amplias reflexiones filosóficas no podemos dejar de referirnos a ellos.
 
 
II
 
El otorgamiento al Padre Sáenz es un premio a un hombre veraz, a un sacerdote de Jesucristo, a un gran teólogo, con sed de verdad, quien desde hace muchos años viene cumpliendo acabadamente con nosotros y con muchos, una obra de misericordia espiritual: enseñar al que no sabe. Una vocación docente, asumida con generosidad, condujo al Padre Sáenz por los senderos de la moral, de las bellas artes, de la historia y hasta de la política, entendida ésta como el estudio de los grandes principios que gobiernan el obrar y el hacer en este campo, y que surgen de las exigencias de la ley natural y de la ley divina positiva.
 
El rector de la Universidad platense hizo una prolija enumeración de las obras escritas por el galardonado, organizándolas como si construyera una catedral.  Apabullante.
 
Todo en la vida del Padre Sáenz ha sido constructivo.  A partir de Dios y de su palabra, expresada en las Sagradas Escrituras, se consideran las realidades eclesiásticas y temporales.  La perspectiva del premiado tiene sabor de eternidad, porque su empresa ascensional comienza en la tierra y acaba en los cielos.
 
El Padre Sáenz, como nosotros, se considera heredero legítimo de los Cursos de Cultura Católica y le agradecemos, al aceptar la distinción, el haber señalado a este Instituto de Filosofía Práctica, como uno de los pocos lugares donde desde hace muchos años, gracias al magisterio de Guido Soaje Ramos, se piensan las cosas.  Porque una cosa es estudiar y otra prestar un local para conferencias.  Una pasión del Padre Sáenz, regida por la inteligencia y que compartimos totalmente es la de la Cristiandad, realidad política que consiste en la aceptación de los criterios evangélicos para gobernar a los pueblos y conducir a sus integrantes en forma inmediata al bien común político y en forma mediata a Dios, bien común trascendente.
 
Ante esto no se puede ser neutro o imparcial, porque en lo temporal se juega nuestro último destino; como está escrito en el Evangelio: “el que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama” (Mateo, 12, 30).
 
 
III
 
El segundo doctorado, no recoge, sino que lamentablemente desparrama. Hace tiempo, desde la época del rectorado de Monseñor Zecca, la UCA sufre un triste proceso de descomposición progresiva.  Como lo hemos denunciado otras veces, el humo de Satanás parece haberla invadido. Grandes irresponsables prosperan sin escrúpulos, mientras demuelen lo que algún día pretendió ser una Universidad, herencia de los Cursos de Cultura Católica. Y ahora, premia a Skorka, por “su actividad sobresaliente en pro del desarrollo de la cultura”.
 
El actual rector Víctor Manuel Fernández, no deja inexactitud  por decir cada vez que habla o escribe. Así, organizó una muestra acerca de la “Dignidad de las Villas Miseria”, lugares que no dignifican a nadie sino que constituyen ámbitos de amontonamiento, masificación, promiscuidad, delito, corrupción, drogas. Podría haber leído a Charles Péguy que afirma: “antes de la instauración del mundo moderno, un hombre sin dinero era pobre, y estaba todo dicho; hoy es un ser miserable, es un ser disminuido… La miseria no sólo hace desgraciado al hombre, sino que provoca en él una decadencia; es el único mal incurable porque carece de sentido. La miseria niega la esperanza, niega el amor, niega la inteligencia; niega todos los valores espirituales a un ser rebajado a una categoría inferior a la de la bestia” (Daniel-Rops: “Péguy”, Difusión, Buenos Aires, 1946, págs. 115/116.
 
Este Rector, en su lamentable cortedad natural, parece que nunca podrá entender la diferencia entre la pobreza, que puede dignificar y la miseria que degrada. Así también, en un penoso artículo, publicado en un matutino, comparó al aborto con la conquista española en la cual afirmó que los españoles mataban a los indios por considerar que no tenían alma.
 
Y como si fuera tema de su competencia, apoyó la ley acerca de la venta de tierras a extranjeros, al ofrecer el discurso de apertura del Seminario sobre la ley de tierras, organizado por el Ministerio de Agricultura (cfr. Félix Sanmartino: “El extranjero, un nuevo depredador de nuestra fauna” en “La Nación”, Buenos Aires, 6 de octubre de 2011). Esta ley, si hubiera existido en otra época, hubiera impedido que surgieran en la Argentina los grupos CREA y la empresa modelo Flandria, entre muchas otras realizaciones forjadas por hombres llegados de Europa, que hicieron por la Argentina mucho más que tantos argentinos; así, también por gestión de extranjeros, surgió la Aeroposta Argentina, que compró terrenos y construyó aeropuertos en toda la Patagonia, región que en tiempos de Saint-Exupéry y otros pioneros, con elementos muy precarios, estaba por vía aérea mejor comunicada que en nuestros días.
 
 
IV
 
El novel doctor Skorka hizo la apología del “ideal profundo del movimiento sionista”, sin la mínima referencia a sus entuertos, acusó a la Iglesia de antisemita y afirmó, con absoluta falsedad, que el antisemitismo nacional socialista tuvo raíces católicas.
 
Podemos recomendar a este doctor en ignorancia, de perfil posmoderno, que lea los libros de Rohan Butler, profesor de la Universidad de Oxford, titulado “Las raíces ideológicas del nacional socialismo”, Fondo de Cultura Económica, México, 1943; del P. Julio Meinvielle, “Entre la Iglesia y el Reich”, Adsum, Buenos Aires, 1937 y de Enrique Rau, entonces pensador y sacerdote excelente, “El racismo nacional-socialista y el cristianismo”, Gladium, Buenos Aires, 1939.
 
Skorka convocó a revisar los Evangelios en su condena al fariseísmo y concluyó afirmando que “la enseñanza de Jesús sobre el amor ya estaba en el Talmud”. ¿En qué lugar de ese texto se encuentra el mandamiento nuevo, inventado por Cristo, que establece una norma muy superior a la regla clásica del amor al prójimo como a uno mismo: “Este es el mandamiento mío: que os améis unos a los otros como yo os he amado”? (San Juan, 15, 12).
 
El novel doctor exaltó la figura de su colega Marshal Meyer, pedófilo y corruptor de menores, hechos comprobados por la Justicia por denuncias de la misma comunidad judía. Y finalmente, se escuchó y aplaudió, en la Universidad Católica, la negación de la divinidad de Cristo, pues “estamos esperando al Mesías. Él va a venir cuando Dios lo disponga”. O sea que Jesús fue un gran impostor; un blasfemo, un gran mentiroso. Sin embargo, siguen resonando sus palabras en respuesta a la pregunta; “¿Tú eres el Hijo de Dios?… Vosotros lo decís; Yo soy” (San Lucas, 22, 70). Y la afirmación de su identidad divina con Dios Padre: “el que me ve a mí, ve a aquel que me ha enviado” (San Juan, 12, 45). Porque quien ve a Jesús, ve al Padre.  En esto creemos.
 
Luego, el largo aplauso de los tibios incapaces de decir ¡No! aunque sea para defender las verdades más elementales.  A Cristo nuestra adoración.  A estos viejos y nuevos idólatras, falsificadores, mendaces, a todos los “perros mudos”, que por conservar sus canonjías  y cargos docentes, todo lo callan, todo lo otorgan, nuestro desprecio.
 
Bernardino Montejano, Presidente
Buenos Aires, noviembre 23 de 2012.
 

sábado, 8 de diciembre de 2012

Declaración del Instituto de Filosofía Práctica

SOBRE EL NUEVO PROYECTO DE CODIFICACIÓN
  
“Las leyes positivas no podrán en las cosas de la vida
reemplazar totalmente el uso de la razón natural”

(Jean-Etienne Portails)


I. UNA ADMIRADORA VERNÁCULA DE NAPOLEÓN

Hace ya un tiempo, esa particular “jurista” que tenemos por presidente, expresa su admiración por Napoleón, se compara con el emperador francés, quisiera emularlo en su obra legislativa, pero además, agravia sin razón a Dalmacio Vélez Sársfield, el autor de nuestro Código Civil vigente.
Y así pontifica: “en materia civil seguimos rigiéndonos por el Código que hizo Napoleón, que fue maravilloso para la época en que lo hizo” y agrega “el Código Civil Argentino, Vélez Sarsfield lo copió… es una copia del Código Civil Francés… que fue realmente una de las cosas más revolucionarias que hizo Napoleón… un personaje que a mí me gusta mucho” (cfr. Presentación del sitio Infojus, 2011).
Aquí tenemos dos elementos relevantes: Vélez fue un copista, un plagiario, y el Código fue una de las cosas más revolucionarias del emperador.


II. VÉLEZ, ¿PLAGIARIO?

Respecto a la originalidad de nuestro Código, a fines del siglo XIX escribe José Olegario Machado: “es cierto que el codificador argentino ha tenido un guía seguro en el proyecto del Dr. Freitas, que la mayoría de las notas no son originales… pero si esto disminuyera en algo el método de su trabajo, en cuanto a la originalidad, nadie puede negar que la obra de conjunto es soberbia en su grandeza” (“Exposición y comentario del Código Civil Argentino”, Lajouane, Buenos Aires, 1898, XVI).
Lo interesante es destacar que un reconocido jurista como Machado, también sostiene que no hay demasiada originalidad, pero se refiere a la guía de Freitas, sin mencionar al Código Napoleón.
En otro Comentario, y en los mismos años, otro clásico de nuestro derecho civil, Baldomero Llerena destaca la pluralidad de fuentes que consultó Vélez: “Sólo por el deseo de ser útil en algo a todo con lo que se relaciona con los inmutables principios de justicia y de equidad, hemos consagrado más de la mitad de nuestras horas de descanso… a investigar las fuentes de que el Dr. Vélez se sirvió para formar su Código” (Carlos Casavalle, Buenos Aires, 1887, II), lo que muestra a las claras su variedad y cantidad.
Vélez jamás pensó, como sí lo hizo Napoleón, que su construcción era pétrea. Así, su biógrafo, Abel Cháneton, escribe que “un Código nunca es la última palabra de la perfección legislativa, ni el término de un progreso” (“Historia de Vélez Sarsfield”, Buenos Aires, 1937, tomo II, pág. 32).


III. MÁS ACERCA DEL PLAGIO: RESPUESTA DE UN EX PRESIDENTE

Vélez tuvo en sus tareas un secretario de lujo, entonces muy joven, que luego fue presidente de la República, el Doctor Victorino de la Plaza, quien ocupó el cargo a la muerte del Doctor Roque Sáenz Peña.
En el diario “La Prensa”, al fin de sus días terrenales, escribe un artículo titulado: “En el cincuentenario del Código Civil”. Allí, este testigo ocular destruye por anticipado la acusación de plagio, cuando escribe:
“El Dr. Vélez Sársfield, al contemplar el fin de su honrosa labor, debió respirar con una amplitud de desahogo y satisfacción bien merecidos y bien ganados, sintiéndose como eximido del enorme peso y responsabilidad que lo había abrumado por cinco años.  No se le notaba, ni en su semblante ni en su físico, el cansancio”.
Y fue así porque Vélez practicaba la virtud de laboriosidad y si hoy viviera estamos seguros que no estaría acogido a ningún plan “trabajar”, ya que era, según la misma fuente, “un hombre acostumbrado a un trabajo asiduo; sencillo y metódico en sus hábitos, lector insigne… como con una fiebre de saber; constitución robusta, espíritu templado, más bien esquivo de palabras”.
Madrugador en invierno y en verano, le ganaba horas al día.  Al contarnos como era la tarea, señala de la Plaza:
“Los cuadernos originales salían poco a poco de aquel dictado matinal, e iban abultándose con tiras de papel, en las que se ampliaba el texto, que el doctor Vélez las pegaba en los costados, escritas generalmente de su puño y letra; agregando, además, entre líneas en las páginas”.
Para concluir con el tema del plagio nos encontramos que se enfrentan argumentos de autoridad: uno a favor, el de la actual presidente, que habla después de más de ciento cuarenta años de los hechos y acusa sin ninguna prueba, y con total irresponsabilidad; y otro, en contra, expresado por un testigo presencial, secretario de Vélez, poco antes de recibir el diploma de doctor en jurisprudencia, ex presidente, con una larga vida en la función pública, de quien a su fallecimiento, se señaló como el “carácter principal de su espíritu: la serena equidad de juicio… la conducta virtuosa y recta… fue el consejero más probo y el administrador más austero… que supo guiar a la nación con prudencia y tacto” (“La Prensa”, 2 de octubre de 1919).


IV. VÉLEZ: JURISTA BIBLIÓFILO

Vélez Sársfield era un hombre culto; su biblioteca, que no la tenía de adorno, era una herramienta de trabajo intelectual.
Como no era un jurista puro, además de obras jurídicas importantes, encontramos allí a Séneca, a Cicerón, a Tácito y a Virgilio; a Moratín y a Shakespeare; a Comte y a Balmes.
Estaban las Siete Partidas de Alfonso el Sabio, glosadas por Gregorio López, la Recopilación de Las Leyes de Indias y obras de Derecho Romano, como las de Heinecio y Vinnio.
Especialmente estaba presente el Derecho Civil y entre las obras estaba el Proyecto de Código español de 1851, con las concordancias de Florencio García Goyena.  No faltaban obras acerca del Derecho Mercantil y del Derecho Canónico.
Con relación a todo esto pueden consultarse las obras de nuestro amigo José María Castán Vázquez, “Vélez Sársfield, jurista bibliófilo”, Córdoba, Argentina, 2000 y “La influencia de García Goyena en las codificaciones americanas”, Murcia, 1989.


V.  ACERCA DEL CÓDIGO COMO UNA OBRA REVOLUCIONARIA

El Código Napoleón fue una obra revolucionaria, en cuanto a la metodología, en el sentido que señala Jacques Leclercq: “en adelante el matrimonio, la venta o el alquiler, no serán reglamentados por un derecho tradicional que el Estado se limita a reconocer, sino por un derecho que el Estado establece” (“Del Derecho Natural a la Sociología”, Morata, Madrid, 1961, pág. 206).
Esto conlleva consecuencias negativas, dado que, de esa manera, la ley pretende hacerse fuente única y omnipotente del derecho y prolifera “en forma tan pluriforme como absorbente.  Lo peor es que muchos juristas empiezan a no saber moverse sin el texto legal; ante cualquier punto dudoso piden una reforma; para aplicar las leyes solicitan reglamentos y luego órdenes aclaratorias y circulares. Se ha perdido el hábito de razonar jurídicamente” (Vallet de Goytisolo, Juan: “La crisis del Derecho”, Reus, Madrid, 1946, pág. 13).
Pero no fue una obra revolucionaria respecto a muchos de sus contenidos.  Y aquí, dejamos la respuesta a uno de los redactores del Código, Jean Etienne Portalis, encargado por los otros miembros, Tronchet, Bigot de Preámeneau y Malleville, de su presentación.
La misma fue publicado entre nosotros con el título “Discurso Preliminar sobre el Proyecto de Código Civil presentado el primero de Pluvioso del año IX por la Comisión designada por el Gobierno Consular” (Abeledo-Perrot, Buenos Aires, 1959).
En dicha presentación, aparece ante todo una reflexión útil para los gobernantes de todo tiempo y lugar: “Las leyes no son meros actos de autoridad; son, sobre todo, actos de sabiduría, de justicia, de raciocinio” (pág. 21).
Luego, una afirmación de raíces evangélicas: “las leyes son hechas para los hombres y no los hombres para las leyes” (pág. 22).
En la España visigoda, ya señalaba San Isidoro de Sevilla, que la ley “debe ser ajustada al lugar y al tiempo”; encontramos aquí un eco de esto cuando se afirma que las leyes “deben adecuarse al carácter, a los usos, a la realidad humana del pueblo para el cual son dictadas” (pág. 22).
Esto es lo que hizo Vélez Sársfield, quien, según Héctor Lafaille, “tuvo el genio de la adaptación y el sentido de la realidad.  De ahí que su Código contenga lo más selecto de la doctrina y de las leyes de su época, ajustadas cuidadosamente a lo que era entonces el país” (“La Prensa”, 29 de junio de 1937).
Luego, Portalis nos da un buen consejo, en la línea de las ideas de Santo Tomás de Aquino, respecto a la cautela que debe observarse en la modificación de las leyes: “cuando se legisla es preciso ser sobrio en materia de novedades ya que… no es posible… conocer de antemano los inconvenientes que sólo la práctica habrá de evidenciar” (pág. 22).  Consejo que no ha sido tenido en cuenta por la presidente, ni por sus comisionados, en su Proyecto de reforma del Código Civil y Comercial.
Indica también un sano criterio para corregir los males de nuestro país, azotado a la vez por la anomia y la inflación legislativa, con la inseguridad consiguiente:
“No deben dictarse leyes inútiles ya que ellas debilitan la vigencia de las existentes y, en consecuencia, comprometen la certeza y majestad de la legislación positiva” (pág. 25).
En el Proyecto de Reforma presentado no queda espacio alguno para el derecho natural; otro era el pensamiento de Portalis, quien afirma que “la equidad es el retorno a la ley natural y a ella hay que acudir ante el silencio, la contradicción o la obscuridad de las leyes positivas” (pág. 42).
Entendemos que Portalis refuta en forma contundente a la admiradora vernácula de Napoleón, y que su análogo argentino llamado Lorenzetti, se le parece solamente en el blanco del ojo, para no agregar otro parecido físico poco académico: el Código napoleónico no fue lo revolucionario que nos cuenta el “relato”, contradiciendo una vez más la realidad.


VI. ACERCA DEL PROYECTO DE REFORMA VERNÁCULO

En otro lugar hemos sometido a nuestra evaluación y crítica el Proyecto de reforma del Código Civil y Comercial y el tema excede el marco de una declaración.  Pero no podemos dejar de señalar aquí, que el mismo es una herramienta poderosa para colaborar en la destrucción de esa empresa colectiva que se llama la Argentina.
La Reforma tiene aspectos positivos en el ámbito que podemos llamar técnico jurídico, con la incorporación de nuevas instituciones en los ámbitos civil y mercantil, que aparecen reconocidas y por lo general, bien reguladas.
Pero en lo atinente a aspectos sustanciales y permanentes de la organización social, comenzando por el reconocimiento de la industria y manipulación genética, por el trato dado al embrión producido en forma artificial reducido a un mero objeto, por la degradación del matrimonio, por las regulaciones del divorcio, del concubinato, de la adopción, de la familia, el Proyecto reniega de las exigencias de la ley natural y de la ley divina positiva, degrada a la persona, y si es aprobado, se seguirá favoreciendo y acentuando el proceso de pérdida de valores objetivos, degeneración en las costumbres y hasta en el lenguaje.
Hace muy poco, el gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires se ha destacado en esta materia, al inscribir a un niño como hijo de dos “padres” (¿?); criatura desarrollada en el vientre de una mujer de la India, que lo alquiló  a estos particulares progenitores.  La noticia aparece en una nota de media página del matutino “La Nación”, en la cual no aparece ninguna consideración ética, pero sí la imagen sonriente y respaldatoria de un importante referente del gobierno de la Ciudad.
Esta es una prueba contundente de lo que podemos esperar, en el orden moral, de los opositores políticos y de la prensa opositora, todos los que deseamos que se acabe esta noche oscura, sin luna, ni estrellas, y advenga un nuevo amanecer en nuestra sufrida Patria.
Bernardino Montejano, Presidente
Orlando Gallo, Secretario