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jueves, 23 de septiembre de 2010

Rompiendo mitos

MONSEÑOR ANGELELLI:
TRAIDOR A CRISTO Y A LA PATRIA
          
“Es mercenario quien ocupa el puesto del Pastor,
pero no busca las ganancias de las almas”
(San Gregorio Magno)
        
Desde hace algún tiempo, y mediante sectores habitualmente indiferentes y hostiles a la Iglesia, se viene exaltando la figura de monseñor Angelelli. En la primer semana de este agosto, sin embargo, la campaña laudatoria ha llegado a su punto culminante con motivo del aniversario de su muerte. Un homenaje en la televisión oficial, varias acusaciones de asesinato lanzadas impunemente por los organismos defensores de terroristas, declaraciones apologéticas del peor gusto, una ceremonia religiosa en la que monseñor Wite lanzó una especie de candidatura del difunto a la beatificación, carteles y afiches callejeros declamando su condición de profeta y mártir, y, como epicentro, un acto recordatorio en la Federación de Box, en el cual, la sola nómina de los homenajeantes da la pauta de la naturaleza ideológica del homenajeado: Menem, De Nevares, Pérez Esquivel, Puigjané, Pagura, Fito Páez, Soledad Silveyra y otros devotos feligreses. La izquierda en pleno, parodiando una sensibilidad religiosa por la que no se caracteriza, mas exhibiendo un cinismo y una estulticia que la definen. Como el Don Guido del poema de Machado —mas sin el garbo castellano— la zurda se hizo hermana “de una santa cofradía” y berreó su paraliturgia endiablada a favor del occiso.
               
Que Angelelli descanse en paz, si es que a Dios, como decía Anzoátegui, le gusta a veces empeñarse a fondo. Que su accidente sea interpretado como quiera por los que no creen en los castigos de la Providencia, que la justicia pruebe y castigue si ha habido falta de cualquier índole; lo que no se puede tolerar es que se pretenda presentar con ribetes heroicos y cristianos una actuación que estuvo signada por la apostasía y el connubio con el marxismo, un ministerio que no sirvió a la Cruz ni a la Patria sino a los agentes de su demolición.
              
Porque a Angelelli lo conocimos bien. Nos hemos ocupado de él, en estas páginas, desde los lejanos días de 1973 en que los pueblitos de Anillaco y Aminga —entre otros— se levantaron contra el falso pastor y sus “barbudos”, como llamaban al curerío que lo secundaba. Historia larga e ilustrativa, para cuyos detalles remitimos a los números 8 y 14 de la primera época, pero que en síntesis nos muestran un hecho inequívoco: El obispo era declaradamente tercermundista; el tercermundismo era declaradamente socio de la guerrilla, el pueblo quería la Fe de sus padres y los actos cultuales que le son propios; el equipo angelelliano privó a la población de la asistencia espiritual, pero invadió La Rioja de erpianos, montoneros y agentes de la subversión cultural.
             
Angelelli fue bautizado como Satanelli por los paisanos, llevó a su diócesis a sacerdotes expulsos, suspendidos y renegados, protegió a otros implicados en tenencias de explosivos y capellanías de campamentos terroristas, se rodeó de los Danielian, Puigjané, Paoli, Hueyo, Raolini, Gill y andemáis exponentes del mester de herejía, persiguió a sacerdotes cabales como el Padre Ferreira, castigó inquisitorialmente a los laicos que se opusieron a sus planes, amparó a religiosas implicadas en tareas subversivas, maldijo —literalmente— a las comunidades que le volvieron la espalda y les negó los servicios sagrados, se entrevistó con Santucho no precisamente para llevarle el Santo Viático, estuvo ligado al Movimiento Internacional Pax —organismo de infiltración comunista en la Iglesia— desde la década del '60, traicionó en Córdoba a monseñor Castellano, formó una generación de partisanos desde su cargo ejecutivo en la JOC, recibió el apoyo de cuanta entidad izquierdista contaba con poder o propaganda, fue cómplice por encubrimiento y/o auxilio de operaciones insurreccionales, y en la guerra de la Nación contra el Marxismo, estuvo del lado de los invasores; estuvo del lado de los asesinos de Cristo; estuvo del costado materialista y ateo.
                
Hoy, aquellos a quienes tan eficazmente sirvió, son poder en la Argentina. Por eso disponen de todo el aparato necesario para reivindicarlo y echar más tierra aún a las Fuerzas Armadas Nacionales. Cuentan además, con el aliado de la desmemoria y de la ignorancia colectiva, con la hipocresía de los simuladores por conveniencia y con la imperdonable pusilanimidad de un Episcopado, incapaz de hablar sí, sí; no, no; incapaz de estar en contra de nada ni de nadie, incapaz de expulsar de su seno a los no pocos De Nevares, Hesayne y Novak que marchan de los fofos brazos de quien ha llamado cerdo al Sumo Pontífice.
               
Entre tanto, los verdaderos mártires de Cristo, los verdaderos profetas y maestros de la Catolicidad argentina, siguen desconocidos y ausentes de los homenajes públicos. Tampoco los necesitan. Desde la diestra del Padre aguardan impasibles, el momento de celebrar con nosotros la Victoria.
              
Alonso Quijano
(publicado en “Cabildo” nº 103, segunda época, año XI)
                

viernes, 2 de octubre de 2009

A 20 años del regreso de Rosas


MILONGA DEL
REGRESO DE ROSAS


Le venía por herencia
porte de Conquistadores,
y en estirpe de señores
fue labrando su conciencia.
Cuando forjó su querencia
entre potros y desvelos
era su norte y su anhelo
restituirle a la patria
su perfil de aristrocracia
y su nostalgia de Cielo.

Como los moros al Cid
los indios lo respetaron,
Los Colorados marcharon
tras su coraje a la lid.
Porque él era el adalid
pa’acabar con los agravios
de logistas unitarios
y de herejes invasores
con puños restauradores
y un Padre Nuestro en los labios.

Patriota como el que más,
custodiaba la frontera,
saludaban la bandera
cañones de extranjería.
Y era tal la varonía
que en la Vuelta de Obligado,
los poderes coaligados
salían en disparada
si el gauchaje enarbolaba
tacuaras al descampado.

No pudo la historia ruin
menoscabar su estatura,
y si acaso alguno duda
ha de pensar cuál fue fin,
del sable de San Martín
que en gesta tan altanera
coronó de esta manera
que no conoce rival
a la estrella federal
y a la lanza mazorquera.

Los hombres que te han traído
no saben nada del pago,
viven mirando a otro lado
muy al norte de mis ríos.
Juan Manuel, por eso digo,
y es promesa y juramento
que ha de llegar el momento
en que tu Mazorca briosa,
les cante “La resfalosa”
como en tus tiempos bravíos.

Alonso Quijano

lunes, 5 de mayo de 2008

Los desaparecidos nos dicen dónde están


CONFESIONES
DEL JUEZ MEADE

Hace ya un tiempo, Alfredo Humberto Meade —el ex juez inicial de la causa del padre Grassi, recusado primero ante sus públicas declaraciones en la televisión contra el sacerdote, y renunciante después a la misma causa— terminó confesando por radio al periodista Llamas de Madariaga, lo que ya era un secreto a voces: que es él quien figura como “desaparecido” en los listados de la Conadep, dato del que tenía perfecta noticia pero que nunca intentó corregir. Leamos mejor sus palabras textuales: “Nunca supe por qué fui incluido en esa lista porque nunca fui secuestrado. Pero no aclaré porque para mí estar allí es un homenaje a los caídos”.

Permítasenos algunas reflexiones elementales. La primera sobre la falsedad —ahora ya irrecusablemente a la vista— del libelo “Nunca Más”, con el que se viene envenenando las mentes desde hace un cuarto de siglo. No es la única mentira del marxismo vernáculo, pero sin duda, ha sido una de las más promocionadas. Los fautores del mentado panfleto tienen nombres y apellidos, desde su inspirador Raúl Alfonsín, hasta sus escribas como Ernesto Sábato y Magdalena Ruiz Guiñazú. Bueno sería pedirles algún mea…de culpa. La segunda reflexión elemental es sobre la virtud de la veracidad —conexa a la justicia— que todo juez debe ejercitar y cultivar. Probado que se hubo que el susodicho árbitro faltó grave e intencionalmente a la misma, lo menos que hubiera correspondido es el alejamiento fulminante de su cargo. Algo que suena risible en el país de usías célebres por sus jarrones, sodomías, placares, amantes y antecedentes penales. La tercera es que el homenaje que se ha querido rendir “a los caídos”, es un obsequio explícito a la causa del terrorismo bolchevique, por lo que ninguna vestidura va a rasgarse. Pero sépase entonces quienes son los que dirimen justicia en la atribulada nación que nos han dejado. Sépase en consecuencia, quiénes son los que otorgan y reciben indemnizaciones en razón de desapariciones que no son tales.

Por último y desde este moderno sitio del ciberespacio, invitamos a los lectores a que se suscriban como caídos en aquellas batallas que juzguen más del agrado de sus respectivos homenajes. Por lo pronto, quien esto escribe, se da por muerto en Lepanto y en Obligado.

Alonso Quijano