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sábado, 29 de agosto de 2009

Económicas


LA CRISIS NACIONAL Y GLOBAL

APRENDER A DISTINGUIR

Resulta obvio: el título que encabeza esta nota gira en torno a una circunstancia que involucra a todos, o más bien a casi todos los países del orbe. Las opiniones de “economistas académicos” y las de los que no lo son, difieren tanto en aspectos fundamentales como en aquellos que no revisten siquiera entidad secundaria. No acuerdan entre ellos, ni siquiera los tributarios de unas mismas escuelas: no podría esperarse entonces que surja un mínimo acuerdo al menos entre las figuras más autorizadas. Por lo tanto, en su conjunto, han dicho todo o casi todo lo que con alguna seriedad o careciendo absolutamente de ella pueda haberse dicho.

En lo que respecta al segundo conjunto, denominado también por Paúl Krugman el de los “economistas convencionales”: (periodistas, políticos, empresarios, mercaderes, y hasta ideólogos indoctos de esos que no toleran verse excluidos del convite) ,vale decir todos los que tengan acceso a los medios de difusión (acceso que no comporta haber adquirido derecho alguno) algo han dicho y es de esperar que sigan diciendo. Por ello no tiene sentido.

Quedan pendientes por cierto algunos aspectos que no tienen importancia menor, como:
1) Profundidad y extensión territorial del fenómeno; y
2) el tiempo durante el cual se prolongará este fenómeno indeseado y el que demandará recuperar niveles de actividad, empleo e ingresos satisfactorios.


Sin duda que no pueden distraer la atención de nadie las disimilitudes existentes entre los llamados países desarrollados y los denominados emergentes. Gobernantes y empresarios deben aprender a distinguir estas diversidades, tanto como todas aquellas que tengan su origen en las diferentes y múltiples estructuras. Ahora bien, las incógnitas a resolver escapan de las manos de los economistas: es más tarea de adivinos, ajenos a las disciplinas científicas. No es lo nuestro.

BANDIDOS CON PODER

Pero, sí debemos ocuparnos de lo que ocurre dentro de nuestras fronteras.

Aquí son muchos y grandes los desaciertos en los que han incurrido los que hoy ejercen un poder que nadie les dio, y que lo han tomado en una suerte de golpe comando más propio de bandas de delincuentes desorganizadas y carentes de todo parámetro ético; persiguen la posesión del botín que tienen al alcance de la mano por única disposición del soberano que presume de tribuno republicano. De ética pública no se atisba el más mínimo rastro, se la busque por donde se quiera. En síntesis, los gobernantes son bandidos movidos únicamente por el afán de dinero y de poder. Poder que han ejercido en todo ámbito sin recato, freno o estilo.

El ex presidente, dueño del poder real, no se ha privado de exceso alguno y no hay sector de la economía que no haya destruido. Es tal el desaguisado que ha provocado en todos los ámbitos que ni él mismo, si tuviera algún día la dignidad y la voluntad de arreglarlo no sabría por dónde empezar ni cómo hacerlo. Este es el resultado de haber saqueado el patrimonio nacional y despojado a los habitantes de sus bienes. Quedaron a salvo los amigos de la pareja gobernante que pudieron, asociados a ellos, acumular ingentes fortunas.

Dejo en claro que no intento atribuirles los daños ocasionados por un fenómeno tan indeseado como incontrolable cual es el de la sequía que asuela aún a nuestra tierra. Sí les imputo en cambio haber destrozado lo mejor de la actividad agropecuaria, saqueado las arcas públicas y aquellas que tenían por fin sostener entidades de bien público destinadas en particular a mantener y solventar necesidades de los sectores más carenciados. Es también grave la responsabilidad que les cabe por haber consentido el despojo de industrias y recursos naturales asociados con empresarios que hasta ayer ostentaban caras adornadas con forzadas sonrisas de apariencias angelicales; esta es otra variante de las bandas de bandidos a las que ya aludimos.

LAS UBRES MÁS SUCIAS

Este panorama descripto es del dominio público. Nadie lo ignora ni el menos avisado. Callan muchos por temor a perder la innumerable cantidad de planes que se cuentan entre los mecanismos más corruptores de las virtudes de un pueblo; planes trabajar, jefes y jefas de hogar y otros muchos que al menos desalientan la virtud del trabajo honesto y forzado. Paralelamente proliferan bandas de menores analfabetos en las letras pero abocados a graduarse en el comercio de armas, tráfico y consumo de drogas y siga el muestrario.

Pero todo tiene su razón de ser: El jefe máximo de la banda se encuentra frente a unas elecciones que de perderlas implicarían su muerte política; es así que a caballo de uno de los más perversos sistemas políticos que ha conocido el hombre —la democracia liberal alumbrada por la masonería y alimentada por el sufragio universal que es la leche que mana de las ubres más sucias de la historia— no se ha detenido frente a las maniobras y artilugios con fines electoralistas que se le podrían haber ocurrido. No puedo negarle al hombre que imaginación tiene; tanta como desprecio a los gobernados y a las instituciones.

Va de suyo que el cuadro se enmarca en el desprecio absoluto al bien común, que tanto significa y que se supone que él y su banda ignoran. Si lo supieran no tendríamos derecho a salir en defensa de los desprotegidos, como lo hicimos párrafos arriba. Si lo supieran tampoco tendríamos derecho a proclamar, como raíz única de nuestra identidad la defensa de nuestra tradición hispano-católica.

Alejandro Vera Barros

sábado, 20 de septiembre de 2008

Económicas


SE ACERCA
EL FIN DE LA FIESTA


Como ocurre en toda situación opinable, el cortejo de analistas, periodistas y operadores económicos se divide entre los optimistas y los pesimistas. Entiendo que contando con instrumentos de análisis, cuya eficacia está más que comprobada, no se justifica esa división. Es más, el esfuerzo honesto que exige contemplar la realidad, sumado a la aplicación adecuada de las herramientas de análisis económico a los que me he aludido es suficiente para entender —aunque más no sea por aproximación— en qué condición se encuentra la economía nacional.

Eso sí, creo que el análisis debe estar despojado de toda motivación que justifique intereses creados o cualquier ideología, venga de donde viniere.

Además, debe respetar el vocabulario que la misma ciencia económica ha adoptado, diría con uniformidad pacífica. Esta acotación viene al caso porque es dable observar cómo acerca de estos temas se está colando de rondón un conjunto, cada vez más numeroso, de verdaderos ignorantes autotitulados y agrupados bajo el rubro de ¡intelectuales progresistas! Este proceso lo está padeciendo la historia y la ciencia política. Sobre este último aspecto volveré en otra ocasión, más adelante.

Desde ya advierto que trataré de simplificar esta nota llevando la exposición al nivel de los manuales introductorios de la disciplina, que sin duda los hay y muy buenos.

Por cierto no puedo obviar una breve referencia a lo que todos conocemos: el estado de la economía nacional a comienzos del siglo que corre.

Fueron tantos y tan grandes los desatinos que nos llevaron a una situación caótica que hasta hizo dudar sobre la viabilidad que tenía la nación de continuar existiendo como tal. Creo que estas líneas son suficientes a los fines que me propongo.

En tales circunstancias llegamos al año 2003, año en el cual asume la actual administración que, al comienzo de su gestión, se encontró con una política económica diseñada y puesta en marcha por su predecesor, bien es cierto que lentamente o de a poco. Los pilares que sustentaban aquella política eran pocos y simples: una legislación de emergencia que comprendía medidas como el control de la masa monetaria —corralito y corralones mediante— y congelamiento de tarifas de servicios públicos, sustituidas por subsidios a los prestatarios, entre otras.

Paralelamente el conjunto de medidas tendió a combatir el déficit en las cuentas públicas e incrementar el superávit de la balanza de pagos. En este último aspecto se adoptó un tipo de cambio alto, con la finalidad de que el resto del mundo considerara atractiva la oferta de productos argentinos que por entonces habían perdido casi todos los mercados tradicionales, mientras el Banco Central tenía a su cargo tomar las medidas oportunas para esterilizar eventuales excesos en la masa monetaria.

Objetables, pero aparentemente necesarios, resultaban ser los mecanismos dispuestos para enjugar el déficit presupuestario doméstico: el impuesto al cheque y la extensión del gravamen al valor agregado (IVA).

A estas medidas, que no son todas, se sumaba la facultad de dictar decretos de necesidad y urgencia. Dejando a salvo que este conjunto de disposiciones pudo haber sido necesario, no cabe duda que debió limitárselo en el tiempo: hoy, ya avanzado el corriente año 2008 casi todo el paquete de medidas debió haber sido derogado y paulatinamente sustituido por los mecanismos legislativos previstos en la Constitución Nacional, a la que dicen respetar.

Sin pretender ignorar las tasas de crecimiento del PBI alcanzadas, así como negar los superávits doméstico y de la balanza de pagos, aun sin cuantificarlos, es aquí adonde quería llegar. Esto es: estábamos y estamos dentro de distintas fases de las tan conocidas fluctuaciones económicas. Este fenómeno, sin olvidar “le tableau economique” de Quesnay que lo precedió, ha sido el de mayor tradición dentro del conjunto de estudios macroeconómicos. Se lo conoció como estudio de las crisis, posteriormente se lo llamó de los ciclos económicos y más recientemente por la denominación que he consignado más arriba.

Se me preguntará el por qué traje a cuento este capítulo de la economía. Muy simple: el análisis económico aprendió a prever y manejar las fluctuaciones, lo que no pudo hacer es eliminarlas: pueden encontrarse, como un fenómeno recurrente y no periódico, en las naciones con economías más desarrolladas. Se habrán atenuado las consecuencias negativas, así como habrá disminuido la amplitud de la onda de cada fase, pero están aquí. Hoy como ayer.

Por qué lo digo: para dejar en claro que en lo más profundo de las simas comienzan las economías a experimentar un fenómeno de rebote y comienza la fase de expansión; nadie tiene mérito en el arranque, pero una política atinada podría imprimir mayor extensión en el tiempo a esta fase y significaría la recuperación de las tasas de crecimiento.

Sería misión de esa misma política postergar el advenimiento ineludible del fin de la expansión y que la depresión que le sucediera tuviera el menor costo económico-social. En síntesis: los mayores méritos que se adjudica la administración del matrimonio gobernante deben atribuirse a causas externas. El resto es demérito, pues en el orden doméstico poco o nada se ha logrado.

Hoy es innegable que nos encontramos con expectativas nada promisorias. Otra vez será la inflación el origen de los aciagos momentos que nos toca y tocará vivir. Es más, nada se ha hecho para prevenirla; antes bien la ineptitud, la avidez y el descuido de los principios elementales de la ética pública, precipitan y precipitarán con inusitada gravedad las consecuencias que acarreará el peor de los impuestos regresivos que puede imponérsele a una población.

Este extremo se halla en las antípodas de la tan declamada redistribución del ingreso que se presenta como el objetivo prioritario de la política económica de la señora Presidenta.

Ella todavía cree estar a tiempo de maquillar ante sus gobernados y ante el mundo toda la cara horrible que dentro de poco mostrará nuestra amada patria, pero adviértase también el por qué del título de mi nota.

Los medios en circulación dan cuenta de los hechos negativos más importantes; ello me exime de entrar en detalles, pero no puedo dejar de señalar que el resto del mundo no está ya en condiciones de producir nuevamente condiciones externas que nos transporten hacia los tramos más altos de una nueva fase de expansión.

Esto podría lograrse —con mucho esfuerzo y dolor— pero para ello, la presidenta debe recordar que su misión es la de conducir a la Nación al logro del bien común temporal. Algo que no está en sus planes.

Alejandro Vera Barros