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domingo, 19 de julio de 2009

En la semana del Alzamiento (y IV)


CARÁCTER INTERNACIONAL
DE LA LUCHA ARMADA


La Guerra Civil española o Cruzada Nacional, interesó desde el primer instante al mundo entero, particularmente a las naciones europeas. Los países del Eje: Italia, Alemania y Portugal consideraron la causa de Franco como la suya propia, ya que éste perseguía la unidad y en engrandecimiento material y espiritual de la Patria, luchando por conseguir la unidad nacional a través de un Estado unitario como el suyo.

Por otra parte, naciones como Francia, con León Blum, jefe del gobierno socialista en el poder, Rusia y México con regímenes comunistas, apoyarán decididamente al bando republicano y al pueblo levantado en armas contra la tiranía “fascista”. Hasta la lejana e inmensa China tomaría parte a favor de unos de los dos bandos: el republicano. En 1937, Mao Tse Tung escribió una carta al pueblo español en nombre del Partido Comunista Chino en la que afirmaba textualmente: “Nosotros, el Partido Comunista Chino, el Ejército Rojo chino, y los Soviets chinos, estimamos que la guerra dirigida actualmente por el gobierno español es la guerra más sagrada que hay en el mundo. Esta guerra se lleva a cabo, no sólo en nombre de la vida del pueblo español, sino para todos los pueblos explotados del mundo” (cfr. “Cuadernos para el Diálogo” nº 183, 30/10/76).

Aquí vemos, pues, que el sentido de “guerra santa” o “cruzada nacional” aplicado a la guerra civil española, no sólo era compartido por los nacionales, sino por los comunistas mismos, aunque con signo y significado totalmente diverso.

Destacando este carácter de universalidad y de fuerte carga ideológica de nuestra contienda está el parecer de un autor moderno, Maurice Berdeche, quien, bajo el título “La Guerra Civil de Occidente”, publicado en la revista “Universitas” nº 40 de junio de 1976, de la Pontificia Universidad Católica Argentina, que tiene estas significativas frases: “Repitámoslo para los que no lo saben o lo han olvidado: la guerra de España fue la primera batalla librada en defensa del Occidente contra la barbarie y la esclavitud. Fue la más diabólica de las batallas por ser la más pura: ninguna política de hegemonía, ninguna anexión mezclaban su veneno al enfrentamiento de dos concepciones de vida, de moral y de civilización. La victoria franquista aseguró, por cuarenta años, la solidez del Occidente… la guerra civil de Occidente comenzó en el instante mismo en que corrió por las ondas la famosa consigna que detuvo bruscamente al terrorismo y a los asesinos: «El 17 a las 17». Todos tomamos partido en ese momento. Y desde ese día cada país quedó dividido en dos campos: los que para conservar la palabra democracia aceptaban los excesos de la libertad, el desorden, el asesinato, la ley de las mafias sindicales de izquierda; el terror, en una palabra; y los que querían gobiernos de salvación pública para asegurar a las naciones de Europa la paz, la verdadera libertad…”

Es curioso y sintomático el comprobar este hecho: ahora que aquí, en España, los católicos parecen sentir rubor y remordimientos de conciencia por haber luchado, ¡y vencido! en la contienda del '36, del extranjero nos tiene que venir la voz significativa que nos recuerde el alcance, el valor y la trascendencia de aquel trágico enfrentamiento español, cuya victoria a favor de los nacionales es reconocida más allá de nuestras fronteras, como la defensa y la victoria de la civilización cristiana occidental. “Esta guerra simbólica —continúa diciendo nuestro autor—, que comenzó hace cuarenta años, dura hoy todavía. Se utilizan contra Franco (y su memoria) las mismas armas, destinadas a atizar el odio antes de que llegue el momento de sacar las ametralladoras: las injurias, las mentiras, las «atrocidades»… La guerra de España es la guerra del mañana, no del ayer… Porque nada ha terminado. La sucesión de España, sea como fuere, será sin duda la señal para que se levante el telón del segundo acto en la guerra civil de Occidente. Los que con tanta ligereza hablan de la muerte del «dictador», no ven que la paz que dio a España, nos la dio al mismo tiempo a nosotros… Su desaparición inicia el tiempo de las aventuras. Y este golpe de gong nos concierne a todos. Hoy como ayer la guerra de España será nuestra guerra…”

Ángel García
(Tomado de su libro “La Iglesia española y el 18 de Julio”)

lunes, 30 de julio de 2007

España: la persecución religiosa de 1936 (y IV)


CUANDO LAS CÁRCELES FUERON TEMPLOS


Ya sólo quedaba con los diecisiete estudiantes supervivientes y los tres hermanos coadjutores un solo sacerdote, el joven Padre Luis Masferrer. Los argentinos Hall y Parussini se despidieron el día 13, provistos de pasaporte para embarcar en Barcelona. La tensión espiritual y humana había llegado al máximo. Los fusilandos anotaban las horas ateniéndose a la última frase proferida por los del piquete la noche anterior:

— Mañana, a esta misma hora, os vendremos a buscar.

Sin embargo, dejaron pasar cuarenta y ocho horas. El Hermano Del Val, que figuraba en la lista negra confeccionada tres días antes, fue librado en última instancia porque interesaban al Comité sus servicios de cocinero. Gracias a ello contamos con su testimonio sobre la evacuación final del salón de actos. Mandaba esta vez a los pistoleros el famoso Torrente, cajero de profesión, que hizo a los condenados la misma propuesta escuchada la víspera por sus compañeros:

— Si queréis ir al frente, os perdonamos la vida.

— Preferimos morir por Dios y por España.

El traslado hacia la muerte fue presenciado también esta noche por curiosos y por sádicos, por indiferentes y por almas compasivas… En la madrugada del día de la Asunción de 1936, en el valle de San Miguel, sobre un ribazo de la carretera de Sariñena, a poco de pasar el kilómetro 3, vitoreando a Cristo Rey, arrodillados en oración, alzando un crucifijo y perdonando a sus verdugos, cayeron acribillados los últimos veinte misioneros del Inmaculado Corazón de María. El mayor tenía veinticinco años.

Queremos destacar aquí, y por nuestra parte, el espíritu de juvenil arrogancia, y generosidad heroica, que alentaba a estos atletas de Cristo horas antes de su holocausto final. Espíritu plasmado en esta frase lapidaria: “Christe, morituri te salutant!” Estas palabras, remedo del saludo con que los gladiadores se despedían del César romano, antes de la lucha a muerte, fueron escritas a lápiz en la cara inferior del asiento de un taburete de piano, único mueble que quedó con vida tras el saqueo inicial del salón.

Como por esta parte la madera estaba sin pintar, pudieron estampar allí sus mejores sentimientos de despedida, varios de los estudiantes. Allí dejaron para la posterior, estos intrépidos jóvenes claretianos seis bellísimas inscripciones que no podemos resistirnos a transcribir textualmente:

“Barbastro, 12 de agosto de 1936. — Con el corazón henchido de alegría santa espero confiado el momento cumbre de mi vida, el martirio, que ofrezco por la salvación de los pobres moribundos que han de exhalar el último suspiro en el día que yo derrame mi sangre por mantenerme fiel y leal al divino Capitán Cristo Jesús. Perdono de todo corazón a todos los que, ya voluntaria o involuntariamente, me han ofendido. Muero contento. Adiós y hasta el cielo. Juan Sánchez Munárriz”.

“Barbastro, 12 de agosto de 1936. — Así como Jesucristo en lo alto de la cruz expiró perdonando a sus enemigos, así muero yo mártir, perdonándolos de todo corazón y prometiendo rogar de un modo particular por ellos y por sus familiares. Adiós. Tomás Capdevila Miró, C.M.F.”.

“No se nos ha encontrado ninguna causa política, y sin forma de juicio morimos todos contentos por Cristo y su Iglesia y por la fe de España. Por los mártires, Manuel Martínez, C.M.F.”.

“Domine, dimitte illis, nesciunt quid faciunt. Verge Moreneta salveu Catalunya y sa fe. A. Sorribes”.

“Queridos padres: Muero mártir por Cristo y por la Iglesia. Muero tranquilo cumpliendo mi sagrado deber. Adiós, hasta el cielo. Luis Lladó, Viladeséns, Gerona”.

“Quisiera ser sacerdote y misionero. Ofrezco el sacrificio de mi vida por las almas. ¡Reinen los Sagrados Corazones de Jesús y de María! Muero mártir. Luis Javier Bandrés”.

“Aquellos días —afirma el superviviente Parussini— escribimos en los breviarios, en los libros, telones y escaleras…”

Escribieron muchas y aleccionadoras frases estos intrépidos y valientes mártires de Cristo, tales como ésta, que cierra, con broche de oro, el relato de este martirio colectivo emocionante: “Pasamos el día en religioso silencio, preparándonos para morir mañana. Sólo el murmullo santo de las oraciones se dejaba sentir en esta sala, testigo de nuestras duras angustias. Si hablamos, es para animarnos a morir como mártires; si rezamos, es para perdonar a nuestros enemigos. ¡Sálvalos, Señor, que no saben lo que hacen!”

Antes de pasar al relato de otros casos no menos elocuentes y aleccionadores, queremos resaltar la frase de estos mártires de Cristo ante el requerimiento y opción de salvar la vida yendo al frente rojo: “Preferimos morir por Dios y por España”.

Ya hemos podido ver y constatar, en su punto, cómo, hoy día, se desprestigia y hasta se intenta condenar, aún dentro del campo católico, esta actitud de los católicos españoles que promueven y sostienen esa unión de ideales: de Dios y de España, de la Religión y la Patria. Soplan otros vientos, ciertamente. Pero, el hecho histórico concreto que comentamos, ahí está: con la elocuencia de un testamento de sangre, dándole valor y consistencia. Ahí está la voluntad expresa de tantos héroes y mártires de nuestra Cruzada Nacional; ahí está la última voluntad de tantos y tantos españoles condenados a muerte precisamente por eso.

Y en nada empaña, ni puede empañar el valor de auténtico martirio cristiano en estos jóvenes claretianos, ese otro noble motivo por el que saben ofrendar sus vidas generosas.

Por otra parte, esta actitud, cristiana y patriótica, será una tónica general a destacar en multitud de víctimas sacrificadas pro aris et focis, por Dios y por España, por la Religión y la Patria. Es por esto que, con toda razón y derecho, sin acudir a argumentos taxativos provenientes de los documentos oficiales de la Jerarquía Española, que así lo declaró en su tiempo, podemos llamar a esta sangrienta Guerra Civil española, Cruzada Nacional. “Cruzada”, puesto que el sentimiento religioso alentó en todas sus víctimas; “nacional”, porque el sentimiento de Patria y holocausto por la misma, fue el complemento obligado de su sacrificio.

Hemos destacado el espíritu de fervor cristiano plasmado en los testimonios escritos de ese grupo de claretianos. Pero no fue, ciertamente, privativo ni exclusivo de los mismos. Este fervor cristiano y apostólico se extendió prácticamente a todas las cárceles, prisiones flotantes y domicilios particulares, sosteniendo la piedad y el temple heroico de los presos y condenados a muerte. Incontables ejemplos podrían aducirse al respecto. Baste uno, entre tantos. El entonces preso don Pompeyo Ollé, refería en carta a su familia, el ambiente de piedad reinante en la Cárcel Provincial de Lérida: “…De los 485, en efecto, que vi salir de la cárcel para ir al tribunal popular y de allí a la muerte, 482 se confesaron antes y recibieron contritos la absolución. Siempre el dolor y la muerte han sido los dos mejores misioneros de Dios. En casi todas las celdas y departamentos se rezan en común las tres partes del rosario, el trisagio y el Via Crucis, y muchos, para poder continuar satisfaciendo su devoción a solas y en otras horas, se construyen decenas de nuditos en alguna cuerda y se hacen escribir en un papel cualquiera los misterios del rosario…

“La cárcel está convertida en un templo; por las paredes resaltan las inscripciones piadosas que marcan a todos la orientación sobrenatural que como cristianos han de dar a su dolor, o son simples gritos del alma llena de fe que allí han dejado tal vez en manos anónimas, o quizá compañeros inolvidables antes de ir al martirio, y que repercuten en las celdas como voces celestes convidando a seguir el mismo camino”.

“He sido feliz y he rezado en la cárcel más que en toda mi vida”, comentaba en 1939 doña Aurelia González Escudero, cuyo esposo, don Germán Olarieta, había sido fusilado en enero de 1937.

Ésta era la actitud y el estado de ánimo de aquellas multitudes de católicos españoles, prisioneros, testigos y víctimas de una Fe que profesaban, sentían y defendían con su sangre.
Ángel García

Nota: Tomado de su libro “La Iglesia Española y el 18 de Julio”, ediciones Acervo, Barcelona, 1977.

domingo, 29 de julio de 2007

España: la persecución religiosa de 1936 (III)


RESONANCIA ESPECTACULAR
DE LAS MATANZAS COLECTIVAS.

LOS MÁRTIRES DE BARBASTRO.

En la mañana misma del 18 de julio, adelantándose precozmente a la mayoría de las poblaciones que iba a dominar la revolución, Barbastro vio sus calles extrañamente concurridas por misteriosos grupos de obreros que a las once y treinta hicieron acto de presencia, en número aproximado de 200, en el edificio del Ayuntamiento. Allí quedó constituido el primer comité rojo y allí acudieron por centenares en la madrugada del 19 todos los militantes y adictos de los partidos del Frente Popular. Desde el comienzo dieron por descontado que el triunfo sería suyo, haciendo caso omiso de la indecisión del coronel Villalba, comandante de la plaza, que terminó echándose en brazos de las milicias populares.

Éstas tuvieron mano libre para lanzarse sin rodeos, en la tarde del día 20, y exactamente a las cinco y treinta, a la invasión formal del teologado claretiano. Con menos violencia que la acostumbrada por entonces en trances similares, los sesenta asaltantes, después de reunida en el patio la comunidad íntegra, se dieron con tesón a un minucioso registro, convencidos, o al menos proclamando a gritos la convicción de que el colegio encerraba un arsenal de armas. No satisfechos por el resultado negativo del registro, detuvieron inmediatamente a los tres responsables de la comunidad: Padres Felipe de Jesús Munárriz, superior de la casa; Juan Díaz, director del teologado, y Leoncio Pérez, ministro. Les tocó a éstos, como primer estadio de reclusión la Cárcel Municipal, atestada ya entonces en un número de detenidos muy superior a su capacidad. En razón de esta insuficiencia serían trasladados el 25 al convento de las Capuchinas, plataforma postrera para su vuelo final en la madrugada del 1 al 2 de agosto.

Descontados otros tres enfermos, a los que le cupo el favor de ser trasladados al Hospital Militar, aunque poco les valiera, el resto de los padres y estudiantes, hasta 54, fueron también detenidos, una hora escasa después que sus superiores. Su paso en ternas por las calles de Barbastro, entre dos cordones de guardias y bajo las miradas amenazantes, curiosas o compasivas de la multitud, provocó un silencio casi religioso. Hasta tal punto que, al cruzarse con ellos por una bocacalle, un buen hombre no tuvo otra reacción que santiguarse devotamente como quien presencia el paso de una procesión. Remontadas las calles de Monzón, Coliseo y Mayor, la comitiva fue a parar a la plaza Municipal, en la parte superior de Barbastro, donde se asentaba el Ayuntamiento y la cárcel, frente por frente del colegio de los Escolapios… Toda la comunidad de escolapios estaba prácticamente bloqueada en el edificio, que albergó desde entonces una población penal de más de 90 clérigos. En ella se habían integrado el obispo y sus familiares, y una veintena de benedictinos provenientes del cercano monasterio de Nuestra Señora del Pueyo. Los cordimarianos habían sido “instalados” en el salón de actos de la planta baja, sin otro lecho que el desnudo suelo, sobre todo a partir del día 26, en que una expedición de milicianos transeúntes cargó con los escasos colchones de la casa. La planta superior, habilitada de ordinario para el internado, fue ocupada por todos los demás: el señor obispo y sus familiares, los escolapios y benedictinos…

Pueden distinguirse claramente tres períodos, bien definidos entre sí, en este angustioso cautiverio. Duró el primero apenas 5 días, desde la llegada de los claretianos hasta el 25 de julio por la tarde. Con ser muy dura la pérdida de la libertad y la expectación de lo incierto, resultaron estas jornadas relativamente tranquilas, si se las compara con las transcurridas desde Santiago hasta el 12 de agosto siguiente (segundo período), en las que imperó prácticamente el terror; y más aún, con las que mediaron entre ese día y la ejecución de cada grupo (tercer período), marcadas con el sello de la agonía… Fue a primeros de agosto cuando la sangre empezó a correr en serio. En la noche del 1 al 2, unos desalmados de las temidas milicias de Ginesta se presentaron en la cárcel municipal exhibiendo un papel, recién expedido por el comité. Decía así: Vale por 20 hombres. Una hora más tarde, dos docenas de cadáveres, calientes y ensangrentados todavía, daban muda fe, junto a las tapias del cementerio, de la siniestra validez del escrito. Entre los fusilados estaban los tres superiores de los misioneros claretianos y otros siete sacerdotes seculares.

Una semana de compás de espera, y el día 8 por la tarde, sale de los escolapios el señor obispo “para declarar”. (Y sufrir un lento y doloroso viacrucis nocturno ante los sayones del comité quienes le dieron cruenta muerte en el kilómetro 3 de la carretera de Sariñena).

Junto al cementerio de Barbastro, y a la misma hora aproximadamente, tuvo lugar tres días más tarde la primera matanza de religiosos cordimarianos. Al salón de los escolapios fueron llegando fatales nuevas sobre lo acaecido a sus superiores y al señor obispo. Por las mismas ventanas exteriores tenía entrada libre al recinto todo el vocabulario del odio que proferían contra ellos, en plena plaza y con ánimo de que se oyera, las gentes más rojas del vecindario. Tampoco se andaban con eufemismos sobre la suerte futura de los reclusos los que pasaban por personal de servicio en la improvisada prisión. Y por si esto no bastaba, contribuía lo suyo para ensombrecer decisivamente el cuadro el confuso fragor de las ametralladoras nocturnas en el cementerio.

Poco pudo extrañarlos que, a las tres y media de la madrugada del mencionado día 11, cedieran bruscamente las puertas del salón de actos al empuje de quince milicianos armados:

— Que bajen los seis más viejos.

Así lo hicieron desde el tablado del escenario del Padres Pedro Cunill, Nicasio Sierra, Sebastián Calvo, José Pavón, el subdiácono Wenceslao Claris y el H. Gregorio Chivirás. Les atan las manos a la espalda y luego por los codos son unidos de dos en dos. El Padre Ortega les imparte desde arriba la absolución que ellos han pedido por señas… Aún sin la visita que, a las siete de la mañana, hizo nuevamente al salón uno del Comité para elaborar una lista con los nombres de los 42 muchachos restantes, éstos daban por cierto que sus horas estaban contadas. El paso de la duda a la certeza robusteció la serenidad de aquellos héroes. Todo fue desde entonces ambientación de su suerte final, ocurrida en dos tandas consecutivas durante la madrugada del 12 al 13 y del 14 al 15 de agosto de 1936.

“Christe, morituri te salutant!” Los que iban a morir saludaban a Cristo y encontraban en Él la razón suprema de su holocausto. El pelotón de pistoleros, con las mismas cuerdas ensangrentadas que habían servido en las noches precedentes a su siniestro menester, invadieron de nuevo el salón, mientras sonaban las campanas de media noche en el reloj de la catedral. También entonces, como en la noche anterior, quisieron catalogar por edades a sus víctimas:

— Que bajen los que tengan más de veintiséis años.

Ninguno los tenía y nadie se movió.

— Que bajen los que pasen de veinticinco.

De nuevo el silencio por respuesta, por la misma razón. El miliciano sacó la lista y leyó malhumorado veinte nombres. Ninguno de los designados —allí estaban Hall y Parussini, ya en las puertas de la libertad, para contarlo— opuso la menor resistencia. Atados con los otros, atravesaron la plaza y subieron al camión, pasada la verja. Con ellos iba también el mayordomo del señor obispo, don Marcelino de Abajo y el teniente retirado de la Guardia Civil, don Felipe Zalama. Cuenta el Padre Mompel que oyó a los intrépidos jóvenes pedir permiso para cantar la salve. Paree ser que a la salida entonaron el “Cantemos al Amor de los Amores”, según los datos que obtuvo el practicante Ramón Ferrer. Todas las referencias ponderan el valor del mentado señor Zalama, que se erigió espontáneamente en jefe espiritual de la expedición y enardeció con sus vivas constantes y estentóreos a Cristo Rey el ánimo ferviente de los religiosos.

Cayeron en la carretera de Sariñena, junto a la hondonada de San Miguel, a 200 metros antes del kilómetro 3.

Refiere el doctor Manuel Mur haber oído aquella noche a los milicianos que, segundos antes de dispararles, habían propuesto a los muchachos el enrolamiento voluntario en el ejército rojo, en dilema con el fusilamiento.

— Nunca como ahora tendremos más seguro el cielo.

Y prefirieron esta solución. Era la una menos veinte de la mañana del 13 de agosto.
Ángel García

Nota: Tomado de su libro “La Iglesia Española y el 18 de Julio”, ediciones Acervo, Barcelona, 1977.

sábado, 28 de julio de 2007

España: la persecución religiosa de 1936 (II)


LA REALIDAD, LA EXTENSIÓN Y LA PROFUNDIDAD

DE LA PERSECUCIÓN RELIGIOSA

Parecerá extraño, pero hay que empezar por afirmar la realización auténtica de la persecución religiosa en España durante la Guerra Civil del 36, y concretamente en “zona roja”. Realidad que se extiende a la espectacularidad de las “sacas” colectivas, al número y calidad de las víctimas, a la crueldad y ensañamiento por parte de sus verdugos, a las causas y condicionantes de las muertes de los victimados de toda edad, sexo y categoría social y jerárquica.

A este respecto, y como testimonio de excepción nada sospechoso traemos a colación las palabras de Salvador de Madariaga: “Nadie que tenga a la vez buen fe y buena información puede negar los horrores de esta persecución. Que el número de sacerdotes asesinados haya sido dieciséis mil o mil seiscientos, el tiempo lo dirá. Pero que durante meses y aún años bastase el mero hecho de ser sacerdote para merecer pena de muerte ya de los muchos tribunales más o menos irregulares que como hongos salían del pueblo popular, ya de revolucionarios que se erigían a sí mismos en verdugos espontáneos, ya de otras formas de venganza o ejecución popular, es un hecho plenamente confirmado. Como lo es también el que no hubiera culto católico de un modo general hasta terminada la guerra, y que aún como casos excepcionales y especiales, sólo ya casi terminada la guerra hubiera alguno que otro. Como lo es también que iglesias y catedrales sirvieran de almacenes, mercados y hasta en algunos casos de vías públicas incluso para vehículos de tracción animal…” (“España. Ensayo de Historia contemporánea”, México - Buenos Aires, 1955, págs. 609-610).

Por otra parte, la misma prensa roja, no se ocultó de manifestar sus intenciones, propósitos y realidades sangrientas e iconoclastas. “La Vanguardia”, de Barcelona, del 2 de agosto de 1936, publicaba ya una afirmación escueta de Andrés Nin, jefe del Partido Obrero de Unificación Marxista (P.O.U.M.): “La clase obrera ha resuelto el problema de la Iglesia, sencillamente, no dejando en pie ni una siquiera”.

Por su parte “Solidaridad Obrera”, de Barcelona también, en su número del 15 de agosto publicaba en cabecera, y con gruesos titulares: “¡Abajo la Iglesia!”. Y como subtítulos, elocuentes y expresivos, añadía: “Treinta siglos de oscurantismo religioso envenenaron las mentes del pueblo español”. “La Iglesia se ha caracterizado siempre por su sentido reaccionario”. “El cura, el fraile y el jesuita mandaban en España. Hay que extirpar a esta gente”. “La Iglesia ha de ser arrancada de cuajo de nuestro suelo. Sus bienes han de ser expropiados”. Ya en el texto, se explayaba en estos términos: “La Iglesia ya de desaparecer para siempre. Los templos no servirán más para favorecer las alcahueterías más inmundas. No se quemarán más blandones en aras de un costal de prejuicios. Se han terminado las pilas de agua bendita”.

“No existen (ya) covachuelas católicas. Las antorchas del pueblo les han pulverizado. En su lugar nacerá un espíritu libre que no tendrá nada en común con el masoquismo que se incuba en las naves de las catedrales. Pero hay que arrancar a la Iglesia de cuajo. Para ello es preciso que nos apoderemos de todos sus bienes que por justicia pertenecen al pueblo. Las órdenes religiosas han de ser disueltas. Los obispos y sacerdotes han de ser fusilados. Y los bienes eclesiásticos han de ser expropiados”.

No es, pues, de extrañar el que las turbas, alentadas con tales soflamas periodísticas, se lanzaran a la calle a poner por obra las consignas de sus mentores y dirigentes revolucionarios. Así, José Díaz, secretario de la III Internacional, en un mitin celebrado en Valencia el 5 de marzo de 1937, podía afirmar con seguridad: “En las provincias en que gobernamos, la Iglesia no existe. España ha sobrepasado en mucho la obra de los soviets, porque la Iglesia en España está hoy aniquilada”. Por su parte “Solidaridad Obrera” del 28 de enero de 1937, confirmaba: “No les queda un altar en pie. No existe un títere con cabeza de esos que colocan en los retablos. No quedan apenas feligreses”. “¿Quiénes han caído bajo el lazo de la justicia popular? —tronaba altisonante y retador— el “Órgano del Frente Aragonés”, antiguo diario “Orientación Social”, de Huesca—. Los curas que en la sombra urdían y tramaban el aniquilamiento del pueblo… Los caciques, mil veces odiados y odiosos, que, envenenados por el curato, ponían todo su dinero al servicio de la traición. Dejad a ese pueblo, dejadlo con su soberana justicia, que él sabrá dar buena cuenta de los facciosos…”

“…militares, políticos, antigua y arqueológica aristocracia y miembros de la Iglesia retrógrada, todos juntos, en montón de infamia, han de caer en la misma maldición, y la justicia de la República, sin desmayos, implacable, serena, hará oír su voz y su sentencia inapelable”.

A la distancia de un mes tan sólo de la actuación de esta justicia popular, en cumplimiento exacto de esa sentencia inapelable, habían sido ejecutadas ilegalmente, tan sólo en Madrid, más de veinte mil personas. Este dato fue confirmado por el mismo Galarza, ministro de la Gobernación, quien hubo de frenar la ola de terrorismo que desbordaba ya las ambiciones más sanguinarias y ponía en peligro y en entredicho la razón de la lucha y la seguridad de la victoria republicana. Esta misma realidad insostenible es constatada por el prohombre de la C.N.T. Juan Peyró, que afirma y confiesa la monstruosidad del terrorismo imperante en la zona roja: “…ya no se trata de saber si esos crímenes los cometen hombres de tal o cual sector. Lo interesante sería que nos decidiéramos a acabar con esa danza macabra de todas las noches, con esa procesión de muertos, que, señalándonos ante el mundo, nos acusa de la misma ignominia que las gentes honradas acusan a los fascistas… Una civilización, por malvada que haya sido, no puede ser suplantada por el salvajismo de unas hordas carniceras”.

El dato global de estas matanzas inaugurales de la revolución roja, de las que la Iglesia, en sus ministros y en sus fieles fue la víctima propiciatoria, es confesado, pues, por los mismos actores de la tragedia. Tal vez, para dar una apariencia legal a tales matanzas, el gobierno republicano procedió a la creación, por decreto, de los famosos tribunales populares, llevaba a cabo el 24 de agosto de 1936. Este decreto concedía atribuciones para juzgar delitos por rebelión, sedición y atentados contra la seguridad del Estado. Estaban integrados por tres funcionarios judiciales como jefes de derecho y catorce jurados, designados por los partidos del Frente Popular y organizaciones sindicales afectas al mismo. Sobre la catadura moral y humana de muchos de esos jefes y jurados pronto la conoceremos por los hechos. Por de pronto, el gobierno republicano, a través de su Fiscal General de la República, en una circular a sus subordinados, daba la motivación doctrinal de su medida y su decreto: “La República es un régimen de justicia y la justicia emana del pueblo…; si ese pueblo noble y grande está dando su vida por un régimen de libertad y de justicia, démosle la justicia que él quiere que le sea dada con el ritmo y el tono que nos marque”.

Tanto el régimen de libertad y justicia popular, como el ritmo y tono del mismo, pronto vamos a verlo retratado, con toda veracidad y crudeza, en los hechos de las matanzas colectivas.
Ángel García.

Nota: Tomado de su libro “La Iglesia Española y el 18 de Julio”, ediciones Acervo, Barcelona, 1977.

viernes, 27 de julio de 2007

España: la persecución religiosa del 36 (I)


EL HECHO Y SU DIMENSIÓN UNIVERSAL Y UNIVERSALISTA


Nos hemos metido ya de lleno, y en concreto, en el relato detallado de esa gran tragedia del pueblo español, dividido y enfrentado todo él en dos bandos, dos zonas, dos posturas ideológicas antitéticas que lo llevarán a una lucha a muerte: en “comunistas” y “fascistas”, rojos y nacionales, ateos y creyentes. Y esto, no en la esfera particular de cada persona, sino en el plano general, sociológico de esos dos bandos, protagonistas de la gran epopeya nacional del 36. Es en este plano superior, universalista, desde donde cabe analizar e interpretar este hecho escandaloso, incomprensible, absurdo, para unos ojos extraños, incrédulos o superficiales.

Nosotros vamos a relatarlo en sus colosales dimensiones numéricas; en su crueldad increíble y refinada; en su sevicia satánica demoledora; en su brutalidad inmisericorde para con las cosas, los símbolos y las personas, encarnación de una Fe y una Religión que estos nuevos perseguidores del siglo XX quisieron e intentaron llevar a su total extinción y aniquilamiento. Vamos a relatar esa total inmolación y universal holocausto de la Iglesia Española, sin distinción alguna de hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, seglares de toda edad, condición y tendencia. Vamos a conocer las incontables listas de esa hecatombe martirial impresionante, segadas implacablemente bajo el plomo homicida de las patrullas de milicianos y las turbas desbocadas, en sus “paseos”, “sacas”, “checas”, y demás inventos de la insaciable crueldad humana. Vamos a destacar a su vez, el valor martirial de esos “testigos” de la Fe, miembros ilustres de la Iglesia Española que, en el siglo XX, sabe ofrecer al mundo un martirologio comparable en todo a las grandes persecuciones históricas del primitivo Cristianismo (…)

La exposición de nuestro relato tiende, más bien, a mostrar a la conciencia católica y humana de nuestros días, el carácter distintivo y manifiesto de todas esas muertes pro aris et focis en muchas de ellas. Muertes en las que se mezclaban y unían, a la causa principal de su condición religiosa, sacerdotal, católica, la causa patriótica y las inevitables adherencias políticas, sociales, bélicas. Así muchas de las célebres “sacas” sacrificadas en toda la zona roja, lo fueron con motivo y ocasión circunstancial de los bombardeos nacionales, como en el caso concreto del genocidio de Paracuellos del Jarama, con la excusa fútil y descarada de la proximidad del Ejército Nacional.

No se descarta, ciertamente, en muchas de las víctimas, el motivo pasional, individual y colectivo, causa próxima de su ejecución sumarísima sin juicio ni formalidad alguna. Pero junto a esas concomitancias circunstanciales, estaba siempre, en la intención de los verdugos y la aspiración de las víctimas, el motivo religioso, el odio a la Religión, el carácter sacerdotal, o de consagrados a un Dios a quien ellos, unos y otros, invocaban en última instancia, para bendecirlo o blasfemarlo en las palabras y los hechos. Lo que aquellos esbirros de la revolución roja intentaban, consciente o inconscientemente, era matar la idea metafísica encarnada en unos hombres y mujeres inermes, desvalidos, pero con una fuerza intrínseca en sus almas, sostenedora de su debilidad, que muchas veces tuvieron que admirar y confesar sus propios asesinos.

¡Matar la idea más que las personas! ¡Matar a Dios y reducir a la nada todos sus símbolos, objetos, templos, monumentos, junto con sus servidores y apóstoles! Este sería el sentido profundo y el fin último pretendido por ese impresionante “jaque mate” a la Iglesia Católica Española a cargo del ateísmo militante durante la Cruzada Nacional del 36.

A este respecto, queremos consignar el simbolismo bien expresivo de aquellos milicianos apuntando y disparando, con saña y desfachatez sacrílega, sus fusiles, contra la estatua del Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles, centro geográfico de España. ¡Fusilar a Dios! Este es el sentido plástico y nietzscheano de este gesto insólito en la historia de las persecuciones religiosas. Fusilar a Dios, al Dios de los cristianos, al Dios de la España tradicional, católica. Gesto, por otra parte, repetido en otros muchos lugares de la geografía nacional. En la plaza pública de Trévelez, pueblecito de Sierra Nevada, quizá el más alto de la geografía española, fue también fusilada la imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Como lo fue, a su vez, la del Templo Expiatorio Nacional del Tibidabo en Barcelona. Así tantos y tantos cristos y vírgenes venerables, y de valor artístico muchos de ellos, fueron víctimas de la furia iconoclasta, el odio y la execración de las turbas revolucionarias.

Tal vez alguien encuentre razón suficiente de este hecho escandaloso en la particular idiosincrasia del pueblo español, que, llevado de su sentimiento radical, extremista y apasionado, sabe, con toda facilidad, encender una vela a Dios y otra al diablo.

Para nosotros, no es razón suficiente ésta, como no lo son de ese violento y trágico anticlericalismo español, las motivaciones todas: históricas, sociales, políticas y económicas que hemos tratado de desentrañar en los antecedentes remotos y próximos de la Guerra civil.

Es éste un punto de meditación y estudio detallado, sereno, imparcial. Cierto es que el pueblo español es dado a esa radical ambivalencia de sus sentimientos, pero permaneciendo en el plano horizontal de las interpretaciones humanas, no hay explicación lógica de unos hechos de monstruosidad y sinrazón evidentes. Hechos que, a juicio de preclaros historiadores de nuestra Guerra Civil, vienen a simbolizar el absurdo, la locura y el suicidio de todo un pueblo. Por algo, nosotros, quermos mantener para esa guerra civil española, el apelativo de Cruzada Nacional. Para no abocarnos a la pregunta sin respuesta: ¿por qué el pueblo español, “tan católico”, que ha profesado y sigue profesando en su inmensa mayoría la Religión Católica, es el pueblo que con más saña, odio y crueldad, ha perseguido a esa Religión en sus símbolos, jerarquías e instituciones? Nosotros diríamos que precisamente por ser católico, el pueblo español, cometió, o mejor, le hicieron cometer sus mentores y clases dirigentes, ateas y anticlericales ese sacrilegio. De aquellos polvos, salieron estos lodos. De atrás y bien atrás, vinieron las aguas de este desbordamiento con caracteres de diluvio universal. De la “ilustración francesa”, y más: de la protesta de Lutero. Nuestros intelectuales afrancesados, de ayer y hoy, europeizantes a ultranza, anticlericales declarados y decididos, han pretendido acercarnos a esa Europa atea, liberal y marxista. Unos y otros, han tratando, con afán, de extirpar las raíces mismas de la vida colectiva del pueblo español: su unidad de destino en lo universal, que no es otro, según parecer de nuestros mejores pensadores nacionales, que el mantener y transmitir el signo católico de la vida y la historia. Y ese signo inconfundible de su manera de ser, única y exclusiva, es el que se comenzó a atacar en el siglo de las luces, la Enciclopedia, el ateísmo, el Liberalismo y el Marxismo.
Ángel García

Nota: Tomado de su libro “La Iglesia Española y el 18 de Julio”, ediciones Acervo, Barcelona, 1977.