Destrozado,
en el suelo,
ya sin sombra.
Su piel de ceniza,
en un charco de lluvia.
Guardián y confidente de los pasos
a pesar de las cicatrices.
Paciente y amistoso
como un perro castigado.
En su sangre me refugiaba,
sólo por el afán de verla,
sin mucha esperanza.
Indicaba el camino,
como la tarde que se vendría abajo.
Sus huellas,
mis huellas.
Y
ni rastro
de los asesinos.
M.A.N.H. (08/03/15)