Para
nuestro querido profesor Pedro Ojeda,
que tanto
nos impulsa a escribir.
No
sé a vosotros, pero a mí con cierta frecuencia me ocurren
acontecimientos que guardo en la memoria, no sin antes pensar en cómo escribirlos.
Después
de un tiempo indeterminado, nos podemos encontrar con una historia
parecida a la que nosotros hemos vivido sin dejar constancia de ella
y es entonces cuando reaccionamos.
Así
me ha ocurrido hoy. He pasado por el blog La Acequia y al leer la
nueva entrada de Pedro Ojeda: Palazuelo mis circuitos de memoria a
largo plazo, han actuado y han recordado una historia similar a la
que hace ya un año, viví. Al hacer el comentario correspondiente
para contárselo a Pedro, no ha querido publicarse. Me ha dado por
pensar que esta vez no ha sido la técnica , si no más bien, una
equivocación de mi incosciente. Entonces he decidido que ya tenía
entrada para este sábado.
La
mañana de otro sábado de diciembre en tierras de segovianas , era límpia y fría. Mariano y yo sin hacer caso al
hielo y su temperatura, nos desplazamos hasta los campos donde empezaba a reverdecer el cereal recién sembrado que acompañaba a un cielo sin
nubes cubierto de un intenso azul.
Él
se quedó en el coche trasteando con la emisora. Yo decidí coger
uno de los caminos que me llevaban a no sabía dónde, pero
conociendo lo mucho que iba a disfrutar con el paseo. Me gusta el
caminar conmigo en la soledad de los paisajes.
Tan
ensimismada iba en mis pensamientos que apenas percibí cómo algo me
rozaba. Miré a mis lados y allí estaba, una perra- luego supe que
lo era- grande, muy grande , blanca, muy blanca, que sin ladrar me
miraba.
Al
tener tan cerca el peligro, recordé que otra mastina, se acercó un
día por mi casa, la eché algo de comer y desde entonces se hizo mi
amiga. Ese recuerdo creo que me salvó. Decidí no tener miedo y no hacer nada, tan solo darme la vuelta, desandando las dos el camino y
haciéndonos compañía.
De pronto ella empezó a correr y yo, he de
decirlo, respiré aliviada ( hay que tener en cuenta que estoy
superando un ancestral miedo a los perros). Seguí andando algo más
deprisa y al subir una pequeña cuesta descubrí como ella, la
mastina, se encaminaba hasta el coche donde Mariano seguía con sus
entretenimientos ajeno a todo lo que pasaba por el camino. Fue
entonces cuando comprendí:
La
perra blanca, muy blanca, grande, muy grande, la mastina, sólo
quería llevarme hasta un lugar seguro y apartarme de aquellos senderos solitarios y, quien sabe, si de algún peligro irremediable.
Cuando
llegué al sitio seguro y lleno de cariño, la acaricié y le di las
gracias. Ella entonces me respondió contenta. Si vuelvo a los campos
de Navares de Enmedio, estoy segura que las dos muy alegres nos
reconoceremos.
El
cerebro, a veces, nos juega malas pasadas por sus recuerdos, pero
otras, como en este caso, sabe cómo protegernos.
Luz
del Olmo
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