sábado, diciembre 27, 2014

LA MASTINA





                                        Para nuestro querido profesor Pedro Ojeda,

                                                       que tanto nos impulsa a escribir.

No sé a vosotros, pero a mí con cierta frecuencia me ocurren acontecimientos que guardo en la memoria, no sin antes pensar  en  cómo escribirlos.

Después de un tiempo indeterminado, nos podemos encontrar con una historia parecida a la que nosotros hemos vivido sin dejar constancia de ella y es entonces cuando reaccionamos.

Así me ha ocurrido hoy. He pasado por el blog La Acequia y al leer la nueva entrada de Pedro Ojeda: Palazuelo mis circuitos de memoria a largo plazo, han actuado y han recordado una historia similar a la que hace ya un año, viví. Al hacer el comentario correspondiente para contárselo a Pedro, no ha querido publicarse. Me ha dado por pensar que esta vez no ha sido la técnica , si no más bien, una equivocación de mi incosciente. Entonces he decidido que ya tenía entrada para este sábado.

La mañana de otro sábado de diciembre en tierras de segovianas , era límpia y fría. Mariano y yo sin hacer caso al hielo y su temperatura, nos desplazamos hasta los campos donde empezaba a  reverdecer  el cereal recién sembrado que acompañaba a un cielo sin nubes cubierto de un intenso azul.

Él se quedó en el coche trasteando con la emisora. Yo decidí coger uno de los caminos que me llevaban a no sabía dónde, pero conociendo lo mucho que iba a disfrutar con el paseo. Me gusta el caminar conmigo en la soledad de los paisajes.

Tan ensimismada iba en mis pensamientos que apenas percibí cómo algo me rozaba. Miré a mis lados y allí estaba, una perra- luego supe que lo era- grande, muy grande , blanca, muy blanca, que sin ladrar me miraba.

Al tener tan cerca el peligro, recordé que otra mastina, se acercó un día por mi casa, la eché algo de comer y desde entonces se hizo mi amiga. Ese recuerdo creo que me salvó. Decidí no tener miedo  y no hacer nada, tan solo darme la vuelta, desandando las dos el camino y haciéndonos compañía.

De pronto ella empezó a correr y yo, he de decirlo, respiré aliviada ( hay que tener en cuenta que estoy superando un ancestral miedo a los perros). Seguí andando algo más deprisa y al subir una pequeña cuesta descubrí como ella, la mastina, se encaminaba hasta el coche donde Mariano seguía con sus entretenimientos ajeno a todo lo que pasaba por el camino. Fue entonces cuando comprendí:

La perra blanca, muy blanca, grande, muy grande, la mastina, sólo quería llevarme hasta un lugar seguro y apartarme de aquellos senderos solitarios y, quien sabe, si de algún peligro irremediable.

Cuando  llegué al sitio seguro y lleno de cariño, la acaricié y le di las gracias. Ella entonces me respondió contenta. Si vuelvo a los campos de Navares de Enmedio, estoy segura que las dos muy alegres nos reconoceremos.

El cerebro, a veces, nos juega malas pasadas por sus recuerdos, pero otras, como en este caso, sabe cómo protegernos.

Luz del Olmo

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