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viernes, 6 de noviembre de 2009


STEVE REICH, EL SWING INMARCESIBLE


Este martes pasado actuaba en el Reina Sofía el músico norteamericano Steve Reich y su grupo. Suerte tienen los madrileños de verlo. He saqueado los cortes ingleses murcianos y alicantinos, y los fenacs respectivos (creo que debo ser el comprador exclusivo de sus discos en estas dos ciudades) buscando obsesivamente cedés suyos, que aquí, en Españaña, como decía Satie, llegan con cuentagotas. Reich es el compositor minimalista que más me gusta. Miemtras que Glass te arrebata con la locura de la repetición a escala macrocósmica, o Riley se expande ramificándose harmónicamente sin término, Reich es selecto y preciso, lineal y fundamentalmente rítmico. El universo sonoro que construye es sutil e incisivo, e igual de hipnótico que el de sus colegas.

Música para 18 intérpretes es la pieza ideal para poner en una fiesta o en cocktail, invita a la comunión colectiva, al disfrute erótico del flujo sonoro ininterrumpido. New York counterpoint retrata genialmente la extrañeza ante la gran ciudad convertida en laberinto hostil y fascinador. Las obras para dos y seis pianos, Piano Phase y Six Pianos, son puras gozadas inductoras de un articulado éxtasis. El Sexteto es una obra mistérica, con un final espectacular, ascendente y orgásmico. El Octeto es también una pieza trepidante de notable virtuosismo.

Se ha repetido que la música minimalista es una expresión mística emanada, paradójicamente, del centro de la urbe. ¿Paradójicamente? Glosar esto daría para un largo ensayo - que alguien habrá escrito ya - y que modificaría o añadiría interesantes perspectivas a nuestro concepto de lo que supuestamente tiene que ser música clásica hoy. Aunque les irrite a los europeos, enfrascados en el pulimento académico de la disonancia, y en la experimentación sin fin, la aportación de los minimalistas a la música clásica contemporánea ha sido de primera línea, suponiendo una de las más brillantes recuperaciones de la tonalidad.

A Steve Reich le debo toneladas de placer secreto y un estremicimiento particular. Recuerdo una tarde tristísima en Alicante. Adquirí un disco de Steve Reich, la única novedad en aquella pesarosa jornada. Cuando escuché Tokyo/Vermont Counterpoint, una obra breve para marimba procesada electrónicamente, la música me pareció tan delicada y vigorosa, a un tiempo, tan brillante y encantadora, que, estando como estaba con las defensas bajas, me atravesó y me eché a llorar. Me hizo pensar que la belleza era posible todavía, que ahí fuera estaba el universo, esperando ser descubierto. Escuchando imaginaba cristales de hielo, gotas de agua formando flores heladas. Por ello, me molesta la simplificación con que se prejuzga a la llamada "música minimalista", etiqueta que corre con tanta ligereza entre los comentaristas. A menudo, la expresión artística no responde a la simplificación conceptual que han hecho de ella. Por la soberanía e imprevisibilidad de la propia naturaleza estética, claro.



lunes, 12 de enero de 2009

GLASS AUTOREVISITADO


Hace más de un año que se están reeditando las obras de Philip Glass. Se trata de una selección de las piezas de su época más brillante y fieramente minimal, las creadas a finales de los sesenta y sobre todo las de la década de los setenta. Conociendo el tipo de música que hace Glass y el carácter uniformemente radical de las obras de aquellos años, ¿cómo hay que interpretar esta serie de reediciones? ¿Son gestos postminimalistas teñidos de la suave melancolía que certifica la imposibilidad de crear hoy cosas semejantes en vitalidad a las de entonces?

Hay que aclara que no se tratan de meras reediciones de las grabaciones originales sino de interpretaciones recientes, es decir, que todas las obras representativas se han grabado de nuevo.

Hay obras, las de mayor formato, que han sido grabadas por el grupo que ha acompañado siempre a Glass, el The Philip Glass Ensemble. Existen otras obras, algunas inéditas y francamente sorpresivas - por ejemplo, Piece in the shape of a Square, yo creo, la obra más compleja y alucinante que se haya escrito nunca para dos flautas solistas - que han sido grabadas en Europa y generalmente por intérpretes italianos y españoles.

Ninguna música que se preste más al estereotipo y a la simplificación equívoca, y que al mismo tiempo provoque el rechazo más incontestable o el entusiasmo más inocente. Discutir sobre la entidad estética de la música de Glass a estas alturas me cansa un poco y me hace pensar enseguida en las consabidas objeciones que se hacen siempre para cuestionarla: lo tedioso de la repetitividad infinita del minimalismo.

Confieso que más de más de una de las piezas primerizas de Glass me parecen fallidas, e incluso poco creativas. Tampoco me agrada demasiado el Glass trascendente de los noventa, el Glass sinfónico que con veladuras rítmicas minimales, intenta ofrecer una recuperación, más bien peliculera, de lo tonal y de los valores musicales tradicionales.

Pero en las obras neta, apasionadamente minimales de los setenta y las más narrativas de los ochenta, hay ejemplos espléndidos de la originalidad de Glass. Cuando el compositor norteamericano ha combinado ritmos étnicos, electrónica y minimalismo, ha conseguido obras geniales. Véase la serie cinematográfica Nooyaniquatsi, Powwaqquatsi y Koyaanisqatsi, compacto muestrario de la conjunción música e imagen.

"Música en doce partes", "El fotógrafo", las Dance Pieces, o la ópera "Einstein en la playa", para no ir más lejos, son más que elocuentes experimentos de un nuevo lenguaje; representan consumadas expresiones de un universo musical llevado hasta las últimas consecuencias de su esencia básica: el ritmo como el ave fénix de la música misma, la efectividad hipnótica de la simplicidad, el pasaje musical convertido en madeja de combinaciones continuas, el calculado cromatismo de las progresiones repetitivas, el juego vertiginoso del fluido musical liberado de la servidumbre del pago de cierto peaje cultural (la música culta contemporánea europea).

Desde luego, la música de Glass, como la de Steve Reich, o la de Nancarrow, sólo es pensable que se diera en Estados Unidos, es decir, es una extensión de la desmesura norteamericana, del mundo del rock y del jazz, de las películas cómicas y de acción, de ese fenómeno USA que significa la posibilidad delirante de todo.

Pero me molestan las críticas europeas al minimalismo. En el fondo, creo que sólo es envidia, porque no lo han inventado ellos, al menos en su fase moderna (mucha música medieval ya es minimalista).

Yo he llorado de felicidad - esta confesión es inconfesable, no hay que explicarla-, escuchando a Glass, es decir, cuando la música me llevaba, y no la miseria de ninguna discusión sobre si su música es válida o no, o si es blanca o es violeta. Oponerla a la europea es una tontería que pretende resaltar la supuesta insustancialidad del minimalismo. Puede ocurrir lo contrario: que el minimalismo dogmático nos parezca una antigualla inviable y la música contemporánea europea una pedantería atroz.

ABISMOS ORDINARIOS

Un editor ha rechazado publicar una obra mía. De esto hace un par de días y no paro de agitarme entre la confusión, la humillación y la con...