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martes, 28 de abril de 2009

LA ARENA DEL RELOJ XIII


 


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Vivimos una época "alephiana", es decir, una época en la que la complejidad y la cantidad de conocimiento, sumado a la velocidad con que esa información pretende ponerse en circulación efectiva, impone formatos sorpresivamente pequeños, en comparación con los contenidos que albergan. El ejemplo paradigmático más común hoy es el pentdrive (el lápiz) .
Es como si un fragmento definido de universo contuviera al universo.
Al parecer, el saber sí ha acabado ocupando lugar. La vastedad de lo que conocemos se va comprimiendo en una espiral infinita. No tenemos más remedio.
Si tuviéramos que exponer literalmente lo que el hombre conoció y conoce del universo, eso nos obligaría a repetirlo. La era informática nos evade de realizar semejante colosal tautología, la de articular un continente de las dimensiones del contenido. La imagen global de la cultura sería la del visionamiento hologramático de todos los palimpsestos que la constituyen como estratos secretamente fecundantes.
Aunque sabemos que un par de palabras sobran para conocer lo esencial de una cosa, y que memoria y eternidad no tienen porqué ser sinónimos.


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Dos ejemplos famosos de desparasitar y desprejuiciar palabras de significaciones restringidas o negativas: Borges , con el término "inquisición" (Inquisiciones, Otras inquisiciones)
y Harold Bloom con el de "canon"(El canon de Occidente).
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martes, 15 de abril de 2008

LA ARENA DEL RELOJ VII


La unidad es dinámica (los conjuntos de moléculas que componen la unidad)


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Todo libro es una especie de aleph.


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Algo tan multitudinario como una estación (algo que está estacionado, es decir, parado) y sin embargo, convertido en constante punto de tránsito, de movimiento. Ese dinamismo le confiere, paradójicamente, una naturaleza acogedora, estática. Siendo algo estático, se convierte tanto en punto de partida como de llegada, asume la bidireccionalidad, el ser contacto de la siguiente estación o de la anterior. Y tanto a la estación anterior como a la siguiente les ocurre lo mismo, respectivamente, y así hasta el fin de todas las estaciones.


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Después de la muerte no hay nada, y después de la nada hay sorpresa, dijo un loco.


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Lo desmesurado, lo fantástico del aleph borgiano no es tanto su concepto como su concreción en un objeto: constreñir en un punto espacios y acontecimientos incalculables. El aleph es, pues, un objeto imposible en el que divisamos la multiplicidad de los mundos que han sido, el fin y el comienzo del universo. Ese carácter contradictorio que constituye su naturaleza fantástica - la convergencia de opuestos, la simultaneidad del principio y del fin - hace recordar la definición patafísico-geométrica que da Jarry de Dios: "Dios es el punto tangente del cero y del infinito". Es decir, Dios es tanto la suma virtualidad como la suma de todo lo imaginable. Aunque lo patafísico en Borges no sea tanto su venerable invención sino dónde lo pone: en las húmedas escaleras de un sótano. Esto podría significar también, siguiendo con lo contradictorio, que lo insólito puede producirse en los ámbitos más prosaicos y cotidianos.


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La cuestión no es tanto escribir o leer poesía como defenderla, pero escribir y leer poesía es ya defenderla.


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En el estereotipo la imagen coincide con su representación.


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Escribir es una acción porque no obvia el mundo sino que define- y por tanto defiende- un territorio.

jueves, 27 de marzo de 2008

EL DESIERTO




En una ocasión Borges manifestó estar de acuerdo con no sé quién en definir el desierto como el mayor de los laberintos. Cuando escuché aquello - se trataba de una emisión radiofónica - me pareció una comparación sorprendente.
El desierto es el mayor laberinto porque es imposible encontrar un término concreto, una línea de salida. No hay caminos ni linderos. Esto es aplicable a cualquier extensión vacía y sin límites visibles, es decir, un espacio liso o sin líneas, o bien con líneas pero caóticamente dispuestas, trazos, brechas y no direcciones.
Curiosamente, leyendo el libro que el marino noruego Fridjotf Nansen escribió sobre sus exploraciones árticas de 1893, encuentro que se refiere al desierto polar como "laberinto uniforme de color blanco grisáceo". Resulta muy interesante que tanto Nansen como Borges empleen el mismo concepto aunque aplicado a geografías climáticamente opuestas. En realidad se trata de una idea de carácter fantástico. Precisamente, al estar desprovisto de sendas practicables o de corredores que indiquen destinos, el espacio desértico es el más tortuoso de surcar.
Hay que imaginar corredores, por muy pululantes que sean, flancos, por muy engañosamente interconectados que estén, para que al menos, sirvan de guías probables en un espacio tan envolvente, huérfano de referencias geográficas concretas, un espacio de sinuosidades sin fin, imposibles de acotar...
Nada que estimule más la imaginación, que tiente la aparición de cualquier cosa, que un desierto. Ahí reside el carácter paradójico de su capacidad alucinatoria. La ausencia de todo estímulo, de todo movimiento, hace que poblemos la extensión desértica de desplazamientos o figuras imaginarias. Al no haber nada, es en el desierto donde uno espera con más ansiedad a que aparezca algo insólito, fuera de lo común. El desierto es la sugestión absoluta. Esto lo supo y lo sufrió bien San Antonio....
El desierto no es la repetición de una serie de elementos diferenciados, sino la repetición de un solo y único espacio. De ahí la angustia de no poder calcularlo, de no poder escapar de él.

jueves, 28 de febrero de 2008

La arena del reloj VI.


Dice Barthes que "no hay lenguaje escrito sin ostentación". Frase difícilmente rebatible. En el acto de escribir hay bastante presunción. En realidad, casi es intolerable que nos atrevamos a hacerlo, a consignar por escrito, nada más y nada menos que la verdad, lo que nos parece esto y aquello. Hemos olvidado lo que significaba ser un escriba en la antigüedad. Quizá la única escritura justificada o necesaria sería la de las leyes, una escritura sin autoría concreta, producto del consenso para el bien común. Todo lo demás son audacias, parlanchinerías. ¿Sería la conciencia de esa ostentación lo que hacía sentirse a Borges culpable de su oficio de escritor, ver en ello algo, en el fondo, frívolo? Quizá la única que se salve de la ostentación sea la poesía, por ese principio de humildad confesional, de desinterés que la rige, por ser en suma, el lenguaje de lo que está callado.


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Un tipo con cámara se convierte automáticamente en esclavo de la máquina. Grabará y filmará lo que la cámara le diga. Literalmente deja de existir: es un adminículo, un componente más del aparato.


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El devenir está produciendo nuevas lecturas del pasado, el devenir está generando ya el futuro. Y al mismo tiempo, el devenir no puede cómodamente predecirse. La última filosofía ha intentado ser un conocimiento del devenir, aunque la tarea actual de algunos filósofos (profesores universitarios) consista en publicar libros sobre la historia de la filosofía. Pero en esos libros, aparentemente formales, ya hay algún matiz, una rememoración de creación de ideas. Eso actualiza el carácter de esas ideas y lo que implican.


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Simplificando un poco, podríamos decir que un cuerpo es una multiplicidad de nexos harmónicamente activados. Lo mismo puede decirse de un texto (en tanto que leído) y de la música (cuando es interpretada).



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El que hoy nadie se escandalice por nada (o lo simule) resulta de lo más inquietante y lamentable. Lamentable porque la gente sí se escandaliza pero agacha la cabeza en un acto de sumisa asunción del alienante estado de cosas que vivimos. Ese callar que otorga, como recuerda el refrán, es un acto, un signo de derrota. Inquietante porque se confirma hasta qué grado es posible que estemos controlados, hasta qué punto la normalización de lo obsceno se ha impuesto en todos los estamentos y oficios: desde la política hasta el sexo, desde los programas de televisión hasta el último arte que sólo busca la provocación.

jueves, 29 de noviembre de 2007

La arena del reloj III

Según Borges Godot viene de God, de Dios, y Colette se pone ese seudónimo para sugerir "culotte". ¿Acierta de veras Borges, o se trata de perspicaces observaciones? En realidad ni lo uno ni lo otro, son asociaciones que Borges hace casi automáticamente. Quizá adivinó las causas de esos nombres sin que el propio Beckett ni Colette supieran porqué los habían elegido.
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Una falsificación larga en el tiempo acaba por no mentir. Se convierte en una creación más.
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Aparentemente, nadie tan alejado uno del otro como Gabriel Miró y Dalí, y sin embargo, les hermana la sensualidad, fundamental en sus obras, de la luz y del paisaje mediterráneos.
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La harmónica promiscuidad de las letras infinitas en los textos infinitos.
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Lo especulativo es espiral, subatómico o fractal; mientras que el sentimiento parece esférico y englobante: nos toma desde todos los puntos y condiciona mortificantemente lo que el pensamiento intenta proyectar para superar la circunstancia.
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Decir que la materia se compone de átomos, produce cierto efecto mágico, es como decir que posee en sí misma el poder virtual de su propia descomposición, de su súbita fragmentación. Es como si todo lo aparentemente opaco y sólido tuviera estructura de esponja. Disolución de las cosas que vuelven a solidificarse, a recomponerse en el momento en que nombro el objeto y de este modo lo preciso en el espacio.
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Todo es calculable, he ahí la presunción de la racionalidad. Pero a través de la poesía podemos decir lo que no se puede decir sin tener que violentar el delicado y complejo misterio de las cosas bajo ninguna extraña operación de cálculo.
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Errar por los libros como se vagabundea por las calles.

ABISMOS ORDINARIOS

Un editor ha rechazado publicar una obra mía. De esto hace un par de días y no paro de agitarme entre la confusión, la humillación y la con...