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viernes, 28 de enero de 2011


CABIRIA Y LAS SIMAS DEL TIEMPO

Recuerdo que de crío lo que más me gustaba era perderme en los, entonces para mí, incontables e inabarcables volúmenes de la enciclopledia Salvat de la biblioteca de mi psadre. La enciclopedia representaba el universo, se supone que comprendía la totalidad de todo lo existente, y me encantaba curiosear por ese laberinto, descubrir músicos o escritores. Más tarde comprobé con irritación, que no todo estaba allí, que el poeta o el pintor de los que me interesaba informarme, apenas estaban representados por un raquítico artículo, o simplemente, no estaban. Un día, en el término de Cinematografía, me encontré con un buen número de páginas e ilustraciones. Me sorprendió saber que tres años antes que los hermanos Lumiére inventaran el cine, el alemán Skladanowsky, había conseguido filmarse a sí mismo. La filmación constaba de tres fotogramas en la que se ve a Skladanowsky levantar su pierna del suelo. En esa misma sección había otros fotogramas de películas del inicio del cine y entre ellas se encontraban un par de la película Cabiria. En las imágenes se veían multitudes al pie de una gigantesca escalera y el extraño monumento de un monstruo de tres ojos: el templo de Moloch. El visionamiento de aquellas fotos me remitían a tiempos remotos y exóticos.El otro día, deambulando por un centro comercial me encontré la película editada en un DVD. Inmediatamente comenzó a agitarse ese mariposeo en el estómago que siento cuando se me ofrece algo estéticamente suculento y que supone un viaje "lejos, lejos de este mundo", como reza el famoso verso de Baudelaire. Una película que creía perdida o inaccesible, de pronto, estaba en mis manos, ya había caído por acción de esa fuerza gravitatoria que, especialmente, desde estos tiempos de internet y rememoraciones históricas, hace que todo, al final, salga de su escondrijo en el tiempo y se exponga a la vista de todos. Sobra decir que cuando, tras adquirir la película, la vi en casa alrededor de las cuatro de la madrugada para crear más ambiente, el disfrute de su visionamiento comparado con mi fascinación infantil sobre lo que pudiera tratar aquella película, resultó un tanto decepcionante. Una cosa es ver una película antigua con el criterio de un adulto, comprobando la belleza pero también las torpezas y elementalismos del cine del momento, y otra fascinarse de niño con unas imágenes, fantaseando sobre el mundo que en ellas se ve. Al ver la película he fatalmente traído al presente lo que en mi memoria estaba, digamos, resguardado por la inmaculada fascinación del mito. Es semejante a lo que a veces se siente con los carteles promocionales de un film: su encanto evocador resulta a veces más emocionante que el visionamiento del propio film. Esto se explica porque en el cartel se sintetiza el contenido iconográfico-poético de la película. De todos modos, Cabiria es una obra redonda, y ofrece pasajes de peculiar hechizo panorámico: la erupción del Etna - efectos realizados por Segundo de Chomón -, personajes dispersos por las enormes escaleras del templo de Moloch, y otros de encanto más epocal: las secuencias en las que aparece Sofonisba, trasunto de una Salomé decadente, junto a sus leopardos y sus músicos, en su estancia de aire modernista a lo Klimt. Precisamente este personaje, la actriz que aparece en la foto de arriba, es el personaje más específico tanto fílmica como extrafílmicamente. Otro trallazo del tiempo. La Sofonisba de Cabiria es una cupletista de la Belle Époque cargada de maquillaje y joyas. Me fascinan esas mujeres de finales del XIX y principos del XX, envueltas en velos y plumas, delineadas por el corsé, con los ojos hundidos en sombra y que un Lartigue fotografió descaradamente en el Bois de Bologne, paseando sus diminutos perritos.



En suma ¿qué tenemos, a dónde nos lleva todo esto? Podríamos hablar de un tiempo lineal, externo y sucesivo, que ofrece sus peculiaridades históricas, sus cuasi compartimentos estancos, aunque estos sean más una creación nuestra para poder estudiar mejor los cambios, y otra cosa, bien distinta, son las edades del tiempo de la experiencia individual, lo que uno ha experimentado en esos períodos. En ese ámbito, el placer, la intensidad de la experiencia es inviolable por su carácter originario. LLevo tiempo pensando, y es algo que Leopardi también dice, que la práctica totalidad de nuestras más entrañables y encantadas sensaciones, no son sino reflejos de lo que vivimos en la infancia, que en las visiones de la infancia se gestó la materialidad primera de nuestra poética de las cosas. Lo que yo soñaba viendo los fotogramas antiguos de Cabiria no se corresponde con lo que sentí al ver la película porque, independientemente de la condición temporal de la percepción, son dos aproximaciones distintas al hecho estético. En la primera, la aproximación es estática, no tengo sino imágenes de un mundo mágico que ya fue; en la segunda, al ver la película, la visión estática cobra movimiento y "entro" en ella, la actualizo. Cabiria sucede ahora, y el movimiento diluye aquella desolación mágica de la percepción infantil de sumirme en la mera contemplación del cartel de una película que me intrigaba y que creía que nunca llegaría a ver.

miércoles, 13 de febrero de 2008

La arena del reloj V

Nada hay, probablemente, más actual y misterioso que el cine. Actual porque la gente lo consume, lo necesita, lo busca como secreta catarsis y hay toda una industria mediática de efectos mitologizantes ineludibles alrededor de él. Misterioso por el hecho de que la cantidad de personas que trabajan en él, desde los escenógrafos, maquilladores, etcétera, hasta los productores y los propios actores y directores, se pongan hasta tal punto de acuerdo para, en definitiva, poner en circulación un producto de elaboración tan compleja y costosa de goce individual, aunque de consumo masivo. André Breton ya decía que el cine era "el mayor misterio de los tiempos modernos", pero no sé si se refería a lo que yo estoy indicando.

Creo más bien, que en su observación había un deslumbramiento por la aparición de nuevos mundos, muy de la querencia surrealista. Se refería a la proliferación loca de historias y personajes anónimos, a las películas de persecuciones vertiginosas de los policías de Max Sennet de los años veinte. Breton alude a la novedad, a la espectacularidad de un nuevo arte. Yo me pregunto sobre el destino, sobre el significado profundo de las historias que se nos cuentan, para quién, en realidad, se cuentan, qué moraleja profunda y dispersa hay en cada película que vemos.
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Según Deleuze, el presente es una vasta y dinámica plataforma en la que inciden tanto el futuro como el pasado. Una lectura nueva y real del tiempo, consistiría en precisar la posibilidad de esta simultaneidad. Somos todavía el niño que fuimos, y como diría el poeta, materia de olvido, futuro nadie que modifica el mundo.
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Dice Ortega y Gasset que la intimidad es algo inespacial. Por ello no puede ser filamada. Esta es la razón por la que en programas basura como El Gran Hermano y afines, no ocurra nunca nada, aunque veamos a la gente llorar, saltar, gritar, insultarse o hacer el amor. La pobre cámara que se cree omnisciente, choca una y otra vez con el mundo fantasmático de las apariencias. Esa superficie, para el que mira, no es nada. El misterio sobre el que el patético voyeur y la cámara creen practicar un sacrilegio, está intacto a pesar de esa agresión idiota; escapa, porque la intimidad sucede en otro lugar al que la cámara no puede acceder.
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La seriedad de los niños: cuando no se ríen de las boberías de los mayores, cuando juegan con sus juguetes, cuando muestran dignidad y naturalidad frente al quisquilloso marco de referencias que el adulto se cree obligado a hacerles aprender a través de la broma constante.
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El determinismo científico me dice que son las hormonas o no se qué otro compuesto químico del cuerpo, quienes al agitarse dentro de uno, producen el enamoramiento. Naturalmente es al revés: cuando me enamoro o me gusta alguien, entonces es cuando la madeja bioquímica se altera y se revoluciona, ya que es absurdo pensar que pueda actuar, si es que existe, independientemente de mí. Como decía Nietzsche, confundir los efectos con las causas es el vicio más reincidente tanto de filósofos como de científicos.

ABISMOS ORDINARIOS

Un editor ha rechazado publicar una obra mía. De esto hace un par de días y no paro de agitarme entre la confusión, la humillación y la con...