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viernes, noviembre 02, 2018

Azabache en El Cuaderno



Hoy se publica en El Cuaderno un cuento que escribí hace unos años.
Una humorada negra a la que puse por título Azabache.
Puede leerse en el siguiente enlace:

lunes, octubre 01, 2018

En el Páramo

El único vestigio de cómo fue el pueblo es una espadaña que se eleva sobre la tierra como el resto amputado de una iglesia abandonada o hundida bajo un pantano. A sus pies había un cementerio. Hoy queda el rastrojo que ha dejado la siega de sus huesos, que yacen ahora en un nuevo camposanto de muros blancos, ceñidos por el silencio de las eras. Desde el caserío sale un camino del polvo hacia el horizonte. La tierra del páramo respira quieta, nunca levanta la voz ni ensancha el pecho con el aire. Un viejo viene de entre los muros de adobe pedaleando esa planicie a lomos de su bicicleta. Se cubre del sol con un sombrero de paja. Toma la senda terrera. Lleva la vista clavada en el suelo. Evita así las piedras, pero también que no lo distraigan las tapias encaladas por encima de las que crecen los cipreses. Sabe bien que tropezar con unas u otras terminaría por echarle el pie a tierra.

martes, abril 18, 2017

Cabiria en Chamartín

Cuando uno viaja en tren desde Asturias a la meseta atraviesa tantos túneles, transita por tanta oquedad ciega, que podría salir al otro lado del Pajares con el rostro tiznado de carbón como un minero al alcanzar la superficie después de una jornada de trabajo.
El sol comienza a entrar franco a través de las cristaleras de los vagones. Los pasajeros salen de su sopor. Después del puerto, recuperada la cobertura, los móviles, como pájaros domésticos, trinan reclamando de sus amos una atención que consiguen pronto.
A mis espaldas, un hombre al que no logro ver bien ni siquiera recurriendo a su reflejo en la ventanilla, mantiene una conversación telefónica con una mujer. Su tono es empalagosamente alegre. Su voz parece la de alguien a medio camino entre la juventud y la madurez. Su volumen no es el de quien pretendiera que el resto del vagón se mantenga al corriente de cuanto dice, pero tampoco el de la elemental discreción que uno piensa necesitaría lo que le oye. Algo así como que ella ya se ha duchado y lo recibirá en la estación, y que puesto que irá maquillada y sus labios lucirán un carmín fresco, él le pide que no se olvide de llevar toallitas húmedas para que, tras su encuentro en los andenes, puedan borrarse los trazos gruesos del cariño. Y hasta que llegue ese momento, le sugiere ir mensajeándose cosas calentitas por el teléfono. Ha colgado. A cada rato se oye cómo le entran recados (¿calientes?) en su móvil a este pasajero al que aún no le he podido ver el rostro y que viaja justo detrás de mí.
            Finalmente lo he visto. Se levantó hace un momento para ir al baño. Cómo me engañó su voz. Tiene bastante más edad de la que uno le imaginaba. No es demasiado alto. Luce una buena mata de pelo blanco, muy liso y cuidado. Gafas metálicas ligeras. Tez suave. Viste informalmente. Se mueve con parsimonia. En conjunto, a uno se le antoja que el tipo tiene aire de cura secularizado.
            Vuelve a llamarla. Le cuenta que el tren acaba de parar en Valladolid; y, bajando mucho el tono de voz, pero no lo suficiente, que se le ha sentado al lado una pasajera joven y gordita. No tiene incluso reparos en describirla como “un buen colchón”. Ruego al cielo que esa mujer que se ha subido al vagón hace sólo unos minutos lleve puestos auriculares. La conversación sigue luego por derroteros más lúbricos, pues le oigo preguntar a su interlocutora si ha recibido un gif que le ha mandado un momento antes. Le aclara que la cosa va de un negro. Y que a él, como al negro del gif, se le está poniendo dura pensando en verla ya enseguida en Chamartín. Y uno vuelve a desear que la muchacha que acaba de sentarse al lado de ese hombre lleve, por Dios, auriculares, y, a poder ser, a un volumen suficiente como para que la aíslen de ese ruido sin filtro que tiene tan cerca.
            Al llegar a Madrid lo veo avanzar entre los pasajeros que arrastran sus maletas desde el andén a la escalera mecánica. Giro la cabeza y va tan sólo un par de metros por detrás. En la estación procuro no perderle la pista. Me intriga saber cómo será ella. Al fin se encuentran. Y es menuda. Con cierto parecido a Giulietta Masina. Una Cabiria envejecida y demasiado maquillada. 

miércoles, agosto 14, 2013

Sanguijuelas

Nunca me he cruzado con una sanguijuela. Sé de ellas, como sabemos todos, por lo que alguna vez hemos leído o visto en el cine. Que su boca actúa como una ventosa sobre las heridas abiertas. Que chupan la sangre. Que son negras. Que producen pesadillas. Yo creo que las obsesiones son como las sanguijuelas. Una vez que han descubierto por dónde sangras, cuál es, por tanto, tu punto más débil, se lanzan sobre él, sobre ti, con la voracidad insaciable de un cáncer. Desde ese momento, y contradiciendo la evidente disparidad de volúmenes entre un hombre y una sanguijuela, pasas a ser poco más que una extensión, incongruente y exhausta, del cuerpo de un gusano.

domingo, agosto 22, 2010

El Anticiclón de las Azores

Era portugués. Retraído, pero un tipo noble. Eso sí, sin muchas luces. Hacia una buena figura sobre la lona. Cuando llegó al gimnasio le pusieron aquel nombre de guerra. O al menos, supuestamente de guerra. Nadie reparó en su significado. Se estuvo más pendiente de la música, de la contundencia fonética, que de su verdad. Fue todo un presagio. El primer combate enfrentó al Anticiclón de las Azores con un mulato cubano que respondía por Anticristo de Camagüey. El debutante aguantó de pie apenas dos asaltos. Dos tortuosos e inmisericordes asaltos. Aquel demonio caribeño se lo llevó finalmente al suelo del ring con un fulminante gancho de izquierda. Los prefijos, como la alquimia, no deben dejarse en manos de cualquiera.

jueves, mayo 27, 2010

Sérvulo


Días de hospital. En la cama de al lado está Sérvulo. De Villaviciosa. En los peores momentos de su enfermedad, cuando según quise entender hasta el médico creía que aquello era ya el acabóse, una enfermera le comentó a otra:
—Este señor es de Albandi.
Aguijoneado de pronto por lo que era un error toponímico que seguramente había venido a perturbarle la agonía, quiso el enfermo corregirlo desde su lecho con la voz misma de un lázaro supernativo (en acepción de GHB) que hubiera venido del más allá sólo a eso:
—Soy de Amandi, Villaviciosa —se oyó casi como en una sobrecogedora sesión de espiritismo—. Albandi es en Carreño, señora —y se puso otra vez a morirse como si tal cosa—.
Sérvulo se pasó así de mal unas cuantas jornadas. Lo sedaban de continuo. Viéndolo en su cama, atado, inquieto en su prolongado sueño, afilado de facciones, se barruntaba lo peor. Y sin embargo, su recuperación ha sido extraordinaria. Al punto de que hace un par de días hasta dio sus primeros pasos. De pie, y aunque no yergue aún toda su osamenta poderosa, empieza uno a creerlo salvado al menos de momento. Este tipo debió de ser en su juventud un hombre imponente. De ojos claros y barbilla aristada, de espaldas anchas y pómulos sobresalidos, de voz profunda y frente cuadrada, uno se lo imagina como a un antiguo oficial alemán al que una derrota para la que no estaba preparado lo hubiera desorientado mortalmente.
Pero Sérvulo fue, sobre todo y según lo que le dio por relatar ayer mismo, un vivalavirgen épico, que es una manera bastante aproximada de mentar a quien uno alude cuando el protagonista cuenta su servicio militar en el cuartel del Coto allá en el 46, al mando de una ametralladora, y explica que fueron aquéllos tres años de aventuras, picaresca y puterío. Esto último no tiene reparo incluso en confesarlo estando como está, sentada allí al lado, su propia mujer, que lo mira como avezada a esos excursos intempestivos y demasiado francos. Llega él incluso a teatralizar el comercio aquél con las meretrices, a las que llegaba a veces sin soldada suficiente y ante las que extendía la mano con todo su capital, que aun escaso vencía el rigor de las tarifas apoyándose tal vez en la buena presencia del mozo, logrando finalmente el propósito de la coyunda. Al recordarlo reía sin dientes. En camisón corto. Demasiado corto para sus piernas al aire, blancas y todavía fuertes.
Hoy su hija le estaba pegando la dentadura a las encías a primera hora. Sin desplegar el biombo que debería dar intimidad a estas cosas, procede tal y como si le estuviera restituyendo un ojo a una muñeca. Sérvulo camina. Eso sí, pasos cortos. Algo inestables aún. Pero suficientes como para acercarse el baño a estercar como dios manda y para quitarse de una vez por todas ese pañal humillante que le asoma por debajo del camisón. Muy poca tela para un antiguo y fornido soldado de ametralladoras.

domingo, marzo 07, 2010

Sala de espera

Sala de espera. Un anciano solo. De tez muy pálida. Tan bajo que sentado casi no le llegan las piernas al suelo. Parece preocupado. Sinceramente preocupado. Apoya la barbilla en el bastón. Se le pierde a ratos la mirada. Del gabán extrae de vez en cuando una tarjeta hospitalaria con código de barras. La acerca al lector informático. Espera el resultado: localizar a quien acompaña en el laberinto de pasillos y consultorios del centro sanitario. Vuelve a su asiento. Cuida de un bolso de mujer. De su mujer.

jueves, diciembre 17, 2009

Cerrado por Navidad

Se comentó en la cumbre de Copenhague. Se dio cuenta del suceso en los informativos. Un iceberg del tamaño de un país abandonado navegaba por el Pacífico deshaciéndose más lentamente que un par de piedras de hielo en una copa de bar.
Al crucero un armador cursi le puso por nombre Navidad. Surcaba los mares en cualquier época del año, pero el muy soplapollas le puso Navidad. Iba repleto de gente. De orquestas de night club barato, casinos de monopoly, parejas ensayando una reconciliación imposible mientras se hacían el amor entre arcadas, maricas de pelo color jena, camareros cubanos, niños sin sueño y un capitán de orillas del mar Negro, de justo encima de los detritus del Danubio, un rumano francamente desagradable.
El impacto sonó como papel de regalo cuando se desenvuelve con prisas. Fue un ruido como de grieta desbocada. De derrumbe. De cataclismo. Como si se precipitaran por el suelo todos los adornos de los abetos del mundo. Los abetos mismos. Como si los renos de Santa Claus pisaran con saña el destrozo y rumiaran irreverentes los belenes. El barco fue un nuevo y luminoso Titanic. Una Navidad a pique. Náufraga. Sin supervivientes.

(Les deseo un buen 2010, si logran salir a flote.)

domingo, noviembre 08, 2009

La piscina

Qué fin de semana tan lluvioso. Apenas si da tregua el temporal. Ha enfriado también y el cielo mantiene una opacidad sucia. Leo a Modiano. Pasea su melancolía escueta a orillas de un lago. En el verano. Refugiado en un hotel decadente de huéspedes añosos. Leo a Modiano y pienso en Cheever. En su nadador. De piscina en piscina. Compartimentos de agua azul en un laberinto que lleva a lo triste. Pienso en Cheever porque hoy me gustaría nadar. Oigo a través de las paredes el bisbiseo acuoso de los canalones. Vuelvo la vista a las ventanas. La lluvia, su consistencia de cortina ligera, se mueve al ritmo de las ráfagas de aire. Me da pereza echarme a la calle camino de la piscina. No sé incluso si merece la pena el esfuerzo de la brazada. El ritmo forzado de la respiración. Al final, me incorporaré cansado, torpe sobre las sandalias de goma, encogido quizás de frío, solo bajo las luces blancas que iluminan la cubeta, las corcheras de colores, las cristaleras perladas de lluvia. Quién sabe, además, si al volver a casa el mundo se habrá vuelto distinto e irreconocible.

martes, agosto 25, 2009

Un perfume frío

Esta mañana, como en el cuento El estudiante de Chejov, olía a invierno. Supongo que era una sensación propia de quien madruga y descubre que la luz ha menguado, y que las calles están mojadas de lluvia, y que el cielo parece una bayeta gris por escurrir, y que en el aire sopla una brisa como de estación fría. Y todo eso, de pronto y a la vez, encoge de modo irremediable el ánimo. Porque tendemos a ver en estos signos sombríos de cambio, como ocurre a menudo con los atardeceres, un reflejo de la vida misma, el de una llama débil que tiende a apagarse. Contra esa insistencia en que se afanan las muecas de los días por recordarnos que andamos de paso, no sé de otros conjuros que poner esto que uno ve y siente en negro sobre blanco, cantando como decía Machado aquello que se pierde, que suele ser siempre luz y es siempre tiempo, y arrebujarse de paso en esas líneas como los animales que hibernan, hasta que, si hay suerte, nos sacudamos la noche de nuevo cuando escampe.

sábado, agosto 15, 2009

Renglones de playa

Este pedazo de playa, que con el paso de los años va ganando arena y perdiendo lo que fuera su hosca alfombra de piedra, nos reserva todos los veranos un lugar. No necesariamente el mismo. Aunque tan igual pese a su diversidad que nada se echa casi nunca de menos, sea donde fuere finalmente que extendemos esterillas, apoyamos espaldas y leemos. O miramos la mar. Hasta donde alcanza su gravidez. Más allá posiblemente caiga en cascada sobre un mundo desconocido. O sea sólo una duplicación en otros ojos de este mismo paisaje que aquí vemos. Sobre ese borde incierto avanzan a menudo los mercantes camino del puerto, sobre el filo del océano. A esta hora de la tarde deja hoy la bajamar al descubierto una orilla de rocas, algas y llámpares. Y el trávelin de la mirada transcurre lento por las hojas que estaba leyendo y he posado unos instantes, por la arena gruesa, el pedrero, la mar en calma, los pocos bañistas, el barco lejano y el cielo limpio. A mi lado conversa una familia francesa. Tienen un niño pequeño de cinco o seis años. Llega extasiado del agua. Dice haber visto peces. Y mientras señala hacia el lugar donde supuestamente nadaba el cardumen, repara de pronto en que a lo lejos se impone el majestuoso perfil de un grand boiteau. Su padre lleva un sombrero color caqui de explorador. Lía un porro. A su lado, su mujer toma el sol. Tiene unos pechos blancos, maternales. Teme uno que se los queme esta luz casi violenta. A mis espaldas, me concentro ahora en lo que le dice un hombre joven a la chica que lo acompaña. Emplea un tono monocorde. Sentencioso. Triste. No habla alto, pero tiene una voz grave que reverbera en el aire caliente. Qué molesta resulta esa cháchara impostada de quien habla sólo por escucharse. Y sin embargo, aun siendo esa mi queja, reparo en que algo hay de parecido en escribir por leerse. Lo que uno tantas veces hace. Vuelvo a las hojas que dejé antes. He traido conmigo los apuntes de un viaje. De Avilés a Cádiz. De José Luís García Martín. Doce etapas que ha publicado en su bitácora. Hace un rato subrayé en el texto unas líneas: “Soy una persona que nunca deja de cumplir una obligación por un capricho. Pero que he tenido la habilidad de ir consiguiendo poco a poco que mis obligaciones laborales coincidan casi exactamente con mis caprichos”. Envidiable. La confesión. Y el estilo. Pocos gozan de esa suerte. No siempre se alcanza la fortuna a golpe de voluntad. Pero no es menos cierto que a veces no se pone en la tarea el empeño preciso. ¿Fue esa mi debilidad acaso? ¿Me tuve poca confianza? Ciertamente, mi trabajo no es un capricho. Aunque tenga algunas gracias no desdeñables. Entre las que no desprecio, por ejemplo, la de los respiros a media mañana cerca del puerto, a esa hora de los jubilados ociosos y de quien deja su despacho no por un café sino por un paseo. Y si me apuran, más incluso que por un paseo, por uno mismo, pues no hay mejor sitio para encontrarse que la soledad de un cabotaje.

viernes, abril 03, 2009

Slow

En estos días propicios para el viaje, piensa uno que no está de más encomendarse a un propósito de calma, la que nos pone en paz con lo que somos y con lo que se nos ofrece. Nunca es bastante la quietud, nunca se dilata uno lo suficiente en la emoción de las escasas dichas. Pasan a caballo por delante de nuestros ojos, montadas de lado, como las damas delicadas, más preocupadas de mantener la compostura que de gozar del trote. Los viajes se justifican no por la acumulación, sino por la sorpresa. Desvelarla sólo precisa un ánimo atento y una ausencia de prisa. Lo inesperado aguarda adentro, en el modo en que de repente nos descubrimos sintiéndonos como alguna vez quisimos vernos; o afuera, cuando el alma —ese difuso aliento de lo íntimo— se nos imanta a un encuadre del paisaje, a un lugar o al ritmo preciso en que todo transcurre con el diapasón del sosiego.

viernes, marzo 06, 2009

Contrastes

Andaba uno esa noche con la voluntad floja, que es cosa que ocurre frecuentemente al final de la semana y en la que tiene que ver, me imagino, el trajín de los días laborables y el sueño escaso. Lo cierto es que me dejé llevar por esa práctica malsana de quedarse en el salón a solas y en oscuro, con la única compañía de un televisor y el mando a distancia. Eso sí, en silencio, inyectando el tóxico por vena ocular pero sin más ruido que la leve pulsión de canales, algo así como la precipitación de la dosis por el émbolo de la jeringuilla. De ese modo estaba uno, embruteciendo su molicie, cuando se encontró con una entrevista a un escritor de cierto éxito. Subí el volumen y me dispuse a mirar y a escuchar la pantalla, pero ya sin remordimiento; al fin y al cabo, pensé, era como asistir a la retransmisión de un acto cultural. El novelista en cuestión es joven. No creo que tenga mucho más allá de cuarenta años. Sobre la mesa estaban dispersos sus libros. Una docena de obras editadas por casas prestigiosas y recibidas por los especialistas con buenas críticas. Alguna, incluso, se ha llevado al cine. Tiene el tipo un aire a medias entre cantante folk americano y actor canalla de encanto irresistible. A propósito de ciertas peripecias cosmopolitas de sus personajes, habló con una soltura nada impostada de sus viajes y estancias por lugares como Arizona, Tokio, Nueva York, Malasia o Lavapiés. Su voz es algo hipnótica. Suave, lenta, inalterable. Una voz como sedada. Una voz sedante. Se recogía de cuando en cuando, por detrás de la oreja derecha, un mechón lacio de la melena. Dejaba ese gesto al descubierto el extremo de un tatuaje que le subía por el antebrazo. No sólo se trató de literatura, el periodista le preguntó también por su pareja, que resultó ser cierta actriz nórdica de una belleza tan exquisita como distante. Se aludió además a una época de adicciones en la vida del escritor, y a un tiempo en que recorrió cafés, tabernas y pequeños teatros cantando a la guitarra sus propios poemas, siempre historias de road movies y de derrotas. Y todo lo contaba él con una naturalidad que de pronto se me antojó odiosa, con un envidiable estilo que convertía en interesante hasta lo más nimio, porque se le palpaba el aliento consistente de las biografías desmesuradas a las que finalmente se les pone brida, memoria y prosa.
Tirado como un pelele en un sillón, cansado por una semana de papeles y rutina, aquel espectáculo televisivo me estaba reduciendo definitivamente la vida, por comparación, casi a la nada; sabiendo, como sabía además, que antes de acostarme debía poner a remojo las alubias del pote para la comida del día siguiente.

viernes, enero 30, 2009

Camino del trabajo (2)

Saliendo hoy al Náutico el espectáculo era memorable. Por detrás del cabo de San Lorenzo iba llegando una luz encarnada que pisaba de puntillas la juntura de mar y cielo. Una luz que parecía el resplandor hipnótico de un incendio que estuviera quemando el mundo al otro lado de la silueta del cabo, por encima de su perfil aún nocturno, sobre las cuentas de ese collar de luces que ilumina la bahía hasta la mañana. Se quedó uno por un rato mirando cómo esas brasas lejanas se reflejaban entre los pliegues de las nubes, sobre la línea quebrada de la fachada marítima, poniéndole un perfil ardiente a las formas resucitadas, como si éstas precisaran del fulgor de una llama para volver a la vida. Andaba uno deseando que todo ese amanecer fuera lento y preciso, que llegase con la cansina prudencia de los viejos trenes a las estaciones, cuando, casi sin querer, reparó en la confusa mentira de esa ilusión: nada se acercaba; éramos nosotros los que viajábamos hacia el incendio. La playa, la ciudad, los paseantes de esta mañana roja íbamos al encuentro del amanecer, del sol. Ese leve matiz me puso en la pista de pronto de que ciertos deslizamientos suaves, ciertas rotaciones imperceptibles, la voluntad de la mirada y el impulso de unos cuantos pasos, nos llevan a menudo desde la noche al día.

miércoles, enero 28, 2009

Camino del trabajo

Por las mañanas temprano, camino del trabajo uno termina encontrándose a menudo con la misma gente y, poco más o menos, a la misma altura del camino. En la esquina donde estuviera Deportes Covadonga —allí me compraron de crío unos playeros John Smith de bota que juraría han sido lo más bonito que nunca han calzado mis pies—, en ese lugar, digo, suelen despedirse una pareja de novios. Uno cree que lo son por la forma un poco desesperada en como se abrazan. En como lo abraza sobre todo ella a él. Hay en esos besos como una prolongación agónica y pública de lo que más íntimamente debió de suceder por la noche. En ocasiones, antes de llegar a ese punto, me la cruzo a ella sola. Es guapa y alta. Camina con una mezcla de desaliento y enojo. Fumando. Y en la cara lleva como un rastro de amores nefastos. Eso creo. Me cuadra, además, con la manera en que se cuelga del cuello de su amante por las mañanas.

domingo, enero 11, 2009

Un reloj de saboneta

Guardo aún memoria fiel de lo soñado esta noche. Tenía que ver con un reloj de saboneta, un payaso y dos palabras: Entrego y Muerto. Un suceso extraño y desasosegante. Pensando en si ponerlo o no por escrito, me acordé de un par de citas de Andrés Trapiello que venían al pelo. La primera hace referencia a ese “principio según el cual contar sueños es de tan mala educación como contar dinero en público”. La segunda, por su parte, tiene que ver con la interpretación de estas historias algo alucinadas que se arman en lo oscuro y nos asombran a la mañana: “Ya lo han dicho otros. El psicoanálisis es un género más de la literatura. Pero yo, además, he sacado esta conclusión: lo que hizo Freud con los sueños fue un cinefórum”. Quizás sea algo hiperbólica la ironía, pero si la cito es porque haciéndole caso en esto al leonés, renuncio a darle sentido a lo que sigue, aunque finalmente no a contarlo:
Tenía él un viejo reloj de saboneta que había heredado de su padre. Un reloj con una esfera grande que parecía una luna atacada por hongos del espacio. Un reloj de la marca Entrego. Como el nombre del payaso. El payaso Entrego. Un tipo popular entre los niños. Algo repulsivo, sin embargo, a los ojos de los adolescentes. Y sobre quien los adultos mantenían un recelo que se alentaba al imaginárselo sin maquillaje. Una sospecha de pederastia, eso sí, sin más argumentos que vagas pulsiones. Toda esa leyenda algo turbia sobre el hombre que evocaba la marca de su reloj, le empujó a encargar el cambio de aquellas letras que indicaban la procedencia de su fábrica por otras nuevas que nunca supo muy bien por qué fueron las que forman la palabra Muerto. El reloj Muerto. Paradoja de una evidencia sonora: el tic tac de sus vísceras poseía una infalibilidad de orfebrería artesana que no pronosticaba avería alguna ni en su vida próxima ni en la futura más lejana. La nueva palabra elegida no propiciaba bromas como la anterior. Más bien solía torcer el gesto de quien la leía, al modo en que lo fúnebre despierta malestar por parecer siempre de mal agüero. Al reloj, además de cambiársele el nombre, se le aplicó un fungicida por las orillas y se le abrillantaron las agujas y los números romanos. Mantuvo siempre una precisión suiza. Incluso en los instantes últimos en que se detuvo el pulso de su dueño. Entonces, durante la inaprensible fracción de tiempo en que se acompasaron los silencios de la maquinaria exhausta del hombre y del impulso que transcurre entre el tic y el tac del reloj, pudo desvelarse en aquel nuevo nombre elegido un fugaz sentido que quedó en nada cuando se cumplió el rito pendular de su onomatopeya -en la que quizás un oído malévolo pudo adivinar el eco lejano de la torva risa del clown Entrego-.

domingo, diciembre 21, 2008

Versión homérica

Hay tardes que se prolongan inesperadamente en las tabernas. Todo empieza con el encuentro ocasional con un amigo o con el asco repentino. Apenas se precisan no más de un par de copas. Apenas de la cháchara confiada de quien nos acompaña o del rumor de las voces que creemos hoscas cuando entramos en los bares, pero que pronto se nos vuelven dichosamente cómplices. Allí procuras ese calor que arranca en la garganta y te baja como los consuelos hacia el pecho, ese calor que vuelve romas las aristas de todo mundo. Te acompaña esa tibieza íntima hasta la cama. Contigo comparte el duermevela de una embriaguez que siempre se te antoja gobernable. Esas noches tienen manos ásperas. Como si en la oscuridad algo indefinido pero repulsivo se te ciñera de tal modo que todo cuanto piensas se torna alucinación. Y hasta tus propios dientes, ese dominó minúsculo que has ido erosionando con malos tragos, te parece, de pronto, ajeno. Y aún así intentas desesperadamente borrar el polen amarillo con que las flores del mal lo cubren. Te miras en el espejo del baño, allí anda casi hipnótica la carne viva de los ojos. Te cepillas extenuadamente la dentadura hasta que despiertas en ella caries remotas, hasta que notas el sabor ácido de la sangre en las encías. Expías con esa higiene las culpas que te intuyes. Te acuestas luego a oscuras y sientes de inmediato un dolor angosto, subterráneo y sutilmente afilado en uno de los dientes. Te llevas el pulgar y el índice hasta el sitio mismo donde percibes la punzada. Se agazapa en un diente que no es diente, sino el preciso decorado de la nada, un sepulcro blanqueado, una endodoncia. Y esa fiebre ebria con la que te has ido a la cama escarba sagazmente en ese punto exacto la explicación de tu dolor. Te desvela que tu boca es Troya y ese pedazo de marfil intruso el caballo donde se esconden los gusanos de tu destrucción, los vermes silenciosos que minan tu ruina entre los maxilares, que se reproducen como ratas y que te desdentarán antes del amanecer si el sueño no te salva.

lunes, noviembre 17, 2008

Azogue

Siempre tuve la absurda sensación de que aquellas gafas negras no eran en realidad sino espejos vueltos. El azogue hacia fuera y los ojos reflejados en la intimidad de una montura angosta. Si estuviera en lo cierto, me decía la razón, no podría él dar dos pasos sin tropezar. Sería como un ciego. Quizás. Y sin embargo, cuando lo seguí hasta su cuarto y escondido aguardé a que posara sus oscuras lentes sobre la mesita de noche, hube de reconocer que estaba equivocado. El reflejo de los espejos no era la mirada perdida de un hombre sin visión, sino el reverso brillante de dos monedas de plata. Las que le habían sellado los párpados al morir.

martes, noviembre 11, 2008

De bichos

Algunos bichos crujen. Tienen la consistencia frágil de un cristal casi de papel. Aplastarlos con los dedos pulgar e índice produce una íntima y culpable satisfacción. Deja un rastro de desastre, una mancha viscosa, un pegamento de vísceras. Pero apenas si queda rastro en el aire, olor alguno. Vista, oído y tacto. Es una crueldad de tan sólo tres sentidos. Una costumbre que se hizo secreta desde la infancia. Mi padre me sorprendió de niño en el jardín con los dedos sucios, intentando dibujar sobre la cal de la casa con las entrañas de un grillo. Supe entonces que no hacía bien y me pareció todo mucho más placentero. La caza, mi fuerza, la presión y el ruido casi seco, el calor mínimo y fugaz en las yemas de los dedos. La muerte como la breve combustión de un fósforo oscuro.

lunes, noviembre 10, 2008

Un tácito encargo por cumplir

Que se muriera tan de repente, con sus papeles desordenados sobre el escritorio, sin tiempo para recomponer malentendidos, sin tan siquiera haber vuelto a Florencia como quería desde hacía tiempo ni haber llegado tampoco a esos años en que hablar del propio final ya no es un asunto de mal agüero sino sólo una mera cuestión de intendencia, que se muriera, digo, así, de esa forma breve y sorpresiva con que a veces el corazón se rasga, me dejó, entre otros trabajos pendientes, el de su epitafio. Sabía que quería ser enterrado, que le gustaban los cementerios y coleccionaba fotos y recortes de las tumbas de muchos escritores. La de Machado y su ligero equipaje; la de Neruda, tan próxima a la mar; la de Kafka, compartida con la sombra terrible de su padre; la de Cortázar, sobre la que siempre abundan exvotos que bien pudieran pasar en otro lugar por meros objetos olvidados. Es verdad que él nunca fue un autor de culto. Apenas un escritor de provincias al que la insistencia y una dedicación artesanal le procuraron una docena de premios literarios de cierto prestigio. Pero yo sabía bien cuánto le hubiera gustado una lápida elegante en la que se leyera algo breve y bien traído. Se había ido dejándome, paradójicamente, ese tácito encargo a mí, que era partidaria de la incineración, del viento y del olvido.

Lo dejé apoyado sobre su mesa. Entre los borradores en los que andaba en sus últimos días. Cada vez que entraba en la biblioteca, un olor punzante me recordaba que tenía algo pendiente. Postergaba lo que me había llevado a aquel rincón de la casa y me aplicaba entonces entre los libros de versos a la búsqueda de un par de renglones apropiados. Pero él no ayudaba mucho. Cada vez era más difícil concentrarse en la proximidad de tan descompuesta presencia de ánimo.