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miércoles, 26 de noviembre de 2014

Let's get it on


Un poco al hilo de lo que comenté ayer, a Marvin Gaye se lo cargó su padre.

A pesar de estar regresando a sus buenos años, ciertas adicciones le obligaron a aislarse en casa de sus padres. Allí se reencontró con su agria relación con Marvin sr., un rígido predicador. Varias discusiones le pusieron sobre el disparadero (nunca mejor dicho... bueno, casi), hasta que una en particular, el 1 de Abril de 1984, terminó con el músico siendo abatido a tiros por su propio padre.

Al parecer fue en defensa propia.

¿Es un alegato a favor del mito de Edipo? ¿O al menos de una parte concreta? No lo sé, supuestamente tienes que acabar con tu padre para afirmarte como hombre, aunque es un rollo más metafórico. De hecho es tan metafórico que ni siquiera "tu padre" tiene por qué significar "tu padre" realmente. Raro, ¿no? Digamos que para crecer tienes que eliminar figuras opresivas y, claro está, evitar que te vuelen la cabeza con una pistola.

Es más, morir a manos de un lunático es el secreto a voces del sueño americano, aunque otro día hablaré de eso.

La cuestión es que tal vez sea demasiado obvio poner este tema, single de su exitosísimo Let's Get It On, de 1973, pero me da igual, es una pasada, así que se convierte en mi canción de madrugar de esta semana.

Buenos días.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Día internacional de la eliminación de la violencia contra la mujer




Miedo.
Esta ahí todas las noches, me abrasa por dentro cada vez que mi madre me mete en la cama. Lo hace con prisas, mirando a todas partes mientras coge el edredón con dedos temblorosos y me tapa hasta la nariz. Como si con ese gesto me pudiera proteger.
—Buenas noches, mamá.
—Buenas noches, cariño.
Cuando mis ojos se adaptan a la oscuridad, todo se vuelve engañoso. Las sombras de los juguetes crecen y se retuercen, los crujidos del parqué suenan como pisadas de un extraño, y la mochila del cole se vuelve un monstruo inmóvil, que espera en un silencio iluminado por la luz que entra a través de los agujeros de la persiana.
Son miedos inventados. Todos. Solo son excusas para sentirme protegido por las mantas. Una forma de volver las cosas más sencillas noche tras noche.
Pero esta vez no.
Hoy he decidido que no pienso quedarme en mi cama. Cuando he oído cómo se encendía la tele, me he levantado en silencio y he abierto la puerta en una rendija lo bastante grande como para poder mirar a través de ella.
Ella está sentada en el sofá, con la espalda muy recta y la cara totalmente blanca, clavando la mirada unos centímetros más arriba del programa que están emitiendo. Sé que está esperando escuchar el ruido que yo no quiero oír, que está tensa aunque luche por disimularlo; pero hay tantas cosas que no entiendo… ¿por qué deja que la trate así? ¿Y él? ¿Por qué lo hace? Ojalá pudiera ver algo más en su rostro, cualquier cosa que no fuera vergüenza, o asco, o un miedo mayor que el mío…
Pero de día es guapa. Ya no está pálida, y juega conmigo, y sonríe todo el tiempo. No entiendo cómo puede alguien hacerla sentir tan fea, tan estúpida, tan torpe…
Quiero correr hacia el sofá y pedirla que nos vayamos antes de que él venga, pero no me atrevo, y me quedo ahí mirando mientras ella finge ver la tele.
Una llave se cuela en la cerradura, y toda la tensión que mi madre ha acumulado se rompe en un espasmo. Se encoge todo lo que puede sobre su asiento y se concentra aún más en parecer distraída. Casi puedo escuchar sus rezos inaudibles para que pase de largo.
Para que no se fije en ella.
Oigo un portazo, y al fin entra en mi campo de visión. Apesta. Apesta tanto que puedo olerlo. Se tambalea cada vez que intenta caminar en línea recta. Me reiría si no fuera por el miedo que me araña el pecho.
Su mirada enrojecida recorre el salón. Deseo que no llegue a mirar el sofá, que le caiga un rayo, que le dé un ataque, lo que sea. Pero llega, y empieza a sonreír de un modo que no entiendo.
—Hola…
Ella calla.
—Ven aquí… —insiste con voz ronca.
—El niño está en la habitación —contesta ella. Intenta apaciguarlo, pero no sirve de nada, porque las palabras ya no hacen falta. Ya está decidido.
Es la historia de todas las noches. Antes lo esperaba en la cama. Solo tenía que fingir que estaba durmiendo hasta que él llegaba y la violaba. Pero con el tiempo decidió que era mejor estar despierta. Así al menos puede controlarlo un poco.
Pero hoy es distinto. No es capaz de seguir. Ha bebido demasiado.
—No te preocupes… estás muy cansado… —empieza mi madre con voz entrecortada. Nunca la he visto así.
Mi padre no se rinde. Con una mano la obliga a recostarse sobre el sofá, mientras con la otra tira de la parte de arriba del pijama hasta que se la rompe. Oigo como llora, pero sigo en mi sitio, y los minutos pasan.
Ahora es él quien grita y se queja. La mira como si la odiara, como si no soportara ver en qué la había convertido.
—¡Serás puta! —Le da un puñetazo en el estómago—. ¡No vales ni para levantármela!
Los ojos de mi madre se llenan de lágrimas, mientras su boca se abre y se cierra, buscando una bocanada de aire que no llega mientras él sigue golpeándola. Trata de quitárselo de encima. Da patadas y clava las uñas en sus brazos, pero no es suficiente. Es demasiado tarde.
No puedo moverme. Lo intento pero no lo consigo. Quiero gritar pero de mi garganta no sale nada. Las lágrimas me abrasan las mejillas, me clavo las uñas en las palmas de las manos mientras mi cabeza me suplica que me mueva, que haga algo que pare la paliza, los gritos y los insultos.
Cuando termina de pegarla, mi madre cae del sofá. Sé de sobra que esta vez es diferente. Veo como la mira, justo a su lado, tan inmóvil como ella. Hoy se ha pasado de la raya.
Pero por fin puedo moverme.
—¡Mamá! —mi boca se decide a dejar escapar las palabras mientras echo a correr hacia el salón.
Está fría e hinchada, con el rostro amoratado y cubierto de sangre. Casi no parece ella.
—Mamá…
Silencio.
Al mirarla, siento ganas de volver corriendo debajo de las mantas, pero en lugar de eso me obligo a mirar su rostro destrozado. Quiero encontrar algo que me diga que sigue ahí, pero no estoy seguro de verlo. Todavía tiene la mirada perdida.
Oigo unos pasos que se alejan, pero no aparto la vista. Me limito a esperar el sonido que me indica que la puerta se ha cerrado, que él ya no está. Sé que no volverá, pero no me importa.
Intento recordar los momentos en los que ella jugaba conmigo, cuando me abrazaba, y me daba besos pegajosos en las mejillas y me decía que me quería más que a ninguna otra cosa; pero ahora solo veo una cara deformada y cubierta de sangre.
Me recuesto a su lado, me abrazo a ella y cierro los ojos.
Ya no tengo miedo.
Ya no tengo nada.

jueves, 26 de mayo de 2011

Lust for life


(lenguaje explícito, +18)

Una leve chispa, acompañada por el sonido del gas al escapar del mechero y mezclarse con la atmósfera, anunció la llegada de la llama. Con lentitud pero con firmeza, acercó la punta del cigarro y aspiró. Unos golpes rítmicos llegaban desde alguna parte del coche, pero había decidido ignorarlos.
—Deberías dejar esa mierda…
Tras dejar salir de su boca el humo de la primera calada, deslizó sus pupilas hacia el asiento del copiloto y analizó el rostro de ojos saltones y dientes torcidos que se encontraba a su lado.
—Cierra la puta boca, ¿quieres?
— ¡Oye! ¡Ten un poco de educación! —exclamó su acompañante, haciéndose la víctima. Sin embargo, el efecto de su protesta se perdió cuando añadió en un susurro—. Capullo de mierda…
No hacía mucho que se conocían. De hecho, aquel era el primer trabajo que hacían juntos. El jefe les había presentado esa misma mañana.
Solo llevaban media hora metidos en el coche desde entonces, pero ya estaban hartos el uno del otro.
El acompañante, de todas formas, no se daba por aludido del desprecio que mostraba el conductor. Giraba la ruleta de la radio sin detenerse en ningún canal, aunque no sabía muy bien qué era lo que estaba buscando. En el fondo, buceaba por la frecuencia modulada por el simple hecho de mantener la mente ocupada.
— ¡Me estás volviendo loco! —estalló al fin su compañero de viaje, mientras soltaba con fuerza una nueva bocanada de humo—. ¿Se puede saber qué coño buscas?
—En diez minutos empieza el debate de las primarias —contestó el copiloto al tuntún, entrecerrando sus ojos de sapo como si intentase examinar el modesto aparato con rayos X.
Una mirada socarrona precedió a la respuesta.
— ¡No me jodas! ¿Eres un votante convencido? ¿Tú? ¿Eres uno de esos jodidos obsesos de la política?
—Es un tema que nos afecta a todos.
—Ya, claro…
El conductor esbozó una sonrisa escéptica con el cigarro aún entre los labios. Parecía decidido a dar el tema por zanjado, pero su compañero de viaje no estaba tan dispuesto a tirar la toalla.
— ¿Es que lo dudas? —insistió, y, antes de que el interrogado tuviese tiempo para contestar, añadió—. Mira, cada vez que llega la campaña electoral es como si se acabase todo lo demás, ¿no? Van al primer lugar donde empiezan las votaciones y sacan a un par de paletos de mierda en un bar de carretera, un sitio de esos en los que te ponen unas tortitas rancias y un café que parece agua del retrete. —El conductor asintió en silencio y este siguió hablando—. Pero la gente en realidad no está enterada, todo es una puta cortina de humo tras otra.
Guardó silencio durante un par de segundos, con la intención de dejar que sus palabras hicieran efecto, pero el resultado no fue el esperado.
—Tío, vas a tener que explicarte un poco mejor.
—Está bien. Este año, por ejemplo, empieza la crisis de los huevos, y todos los telediarios se tiran a la yugular de los republicanos, cuando el problema no tiene nada que ver con ellos. Por así decirlo, es como buscar un chivo de esos…
— ¿Un chivo expiatorio? —murmuró el conductor, sin ocultar una sonrisa burlona, pero el copiloto no prestó atención a su mueca y continuó.
— ¡Exacto, joder! ¡Solo quieren una excusa para echar a Bush, a Cheney y a todos esos de la Casa Blanca! ¿Y qué hace la prensa? ¿Qué coño hace la puta prensa con el mundo hundiéndose? ¡Se lo pone en bandeja! Le ponen el micro en la boca a esos putos paletos de mierda y les hacen soltar que necesitamos un cambio político y que los demócratas tomen el control, cuando no tienen ni puta idea de si los demócratas podrán o no acabar con la crisis, o de qué política económica piensan llevar a cabo. Por eso hay que escuchar los debates, porque hay que enterarse de todo de primera mano. En los tiempos que corren no podemos fiarnos de la prensa.
El conductor dio la última calada al cigarro y tiró la colilla. Tras aclararse la garganta con parsimonia, dijo.
—Para empezar, me parece increíble que pueda hacer semejante alegato pseudofascista alguien que ni siquiera sabe lo que es un chivo expiatorio…
— ¡Sé lo que es un puto chivo expiatorio, niñato de mierda! —Se quejó su acompañante, abriendo desmesuradamente sus ojos saltones, con lo que su aspecto de sapo se acentuó todavía más—. Simplemente no me salía la palabra… ¿Y qué coño quieres decir con lo de “alegato pseudofascista”?
—Está bien, tranquilo… lo que quiero decir es que me resulta curioso. Dices que la gente se traga lo que les dicen los medios de comunicación y que no piensan por sí mismos, ¿pero no se supone que para eso existe el gobierno? ¿Para que la gente no piense? Todos los días oigo a algún cabrón quejándose: “en el curro me tienen explotado”, “han hecho una regulación de plantilla y me han echado a la puta calle”, “las cosas cada día están más caras”… y es lo único que hacen. Nadie sale a manifestarse, ni escribe una protesta, ni organiza algún acto…
—Sí, gracias a Dios no hacen nada de esa basura comunista…
—Será “basura comunista”, pero es hacer algo, joder. La gran mayoría de ciudadanos de este país están quemados y lo único que hacen es esperar por la ridícula idea de que un día cada cuatro años parece que tienen un poquito más de poder de decisión. Les han metido en la cabeza que ahí acaba su cometido, que lo único para lo que valen es para coger un puto voto y meterlo en una pecera, porque durante los próximos cuatro años, hasta que vuelva a ser necesario que hagan el paripé, no tendrán que hacer nada más que quejarse de todas las veces que les dan por el culo, porque en la Casa Blanca ya hay un puñado de hijos de puta con las carteras llenas que se está ocupando de pensar por ellos.
Guardaron silencio durante unos instantes, y el conductor tuvo ganas de dar gracias a Dios por la tranquilidad; pero esta situación no duró mucho. Antes de que pudiera relajarse, su compañero de viaje soltó un sonoro bufido.
— ¡Serás gilipollas! ¡A lo mejor te gustaría estar en Cuba, o en Corea, o en China, donde los ciudadanos de bien como nosotros no tienen ni un jodido respiro, pero a mí no! Es más, ¿sabes qué coño te digo? Que en cuanto acabe este trabajo y reciba mis cincuenta mil, me iré al mismísimo Bellagio y brindaré con una gran copa de champagne francés para dar las gracias por vivir en el puto país de la libertad.
El furioso discurso del copiloto sonó tan vehemente que al conductor no le quedó más remedio que estallar en carcajadas.
— ¿Qué? —Se quejó el aludido con un marcado ceño—. ¿Qué coño te pasa ahora?
—Nada… —Aún reía con ganas, pero logró sobreponerse para añadir—. será mejor que paremos aquí.
No hubo protesta alguna mientras el coche se detenía en medio del desierto y el motor se apagaba. Ya solo se escuchaban los golpes rítmicos que el conductor había decidido ignorar.
Ambos compañeros de viaje bajaron del vehículo y caminaron hasta la parte trasera.
— ¿Cómo crees que estará? —preguntó el tipo de los ojos saltones y los dientes torcidos mientras dirigía rápidas miradas al maletero.
—Supongo que ahora mismo lo averiguaremos.
El portón trasero se abrió con suavidad, y los dos compañeros echaron una ojeada a su interior. Los golpes se oían con más claridad que en ningún otro momento del viaje.
— ¿Quién crees que…?
— ¡Basta ya, joder! “¿Quién será?”, “¿Cómo estará?”… ¡Me tienes frito! ¡Saca la puta pistola!
El disparo mutiló el silencio del desierto.