Según la Biblia, Dios hizo el mundo en seis días, y dedicó el domingo a descansar, algo así como: “y Dios vio que era bueno, así que decidió que, por muchas misas que hicieran, los domingos no iba a estar para nadie”.
El caso es que los domingos no son un día para los pensamientos trascendentales. Después de una semana de actividad similar a un viaje en montaña rusa, llega el momento de pasar por la taquilla, ver la foto y comprar otro ticket.
Ya sea uno un joven que descansa de un gran sábado; un no-tan-joven que se da cuenta de que, precisamente, no es tan joven como creía; un trabajador que, por fin, descansa de una extenuante (o no tanto) jornada laboral; o un anciano dispuesto a pasar una tarde de partida y partido sin sobresaltos; el mundo se detiene el domingo, y arrastra sus resacosos restos hasta el rincón más profundo de la caverna más escondida para lamerse sus heridas y, con un quejumbroso suspiro, murmurar “juro que no vuelvo a beber”.
¿En qué pensaba Dios cuando vio que esto era bueno?