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domingo, 26 de junio de 2011

Las maletas siguen en la puerta



Hace no más de media hora que he vuelto de unas ¿merecidas? vacaciones de fin de semana en las que mi vida ha carecido de control. He vivido una espiral de orgías gastronómicas con paella, tinto de verano, ensaladilla rusa… vamos, todo un desfase, pero intestinal.

El caso es que, agotado y probablemente con algún kilo más de los que me llevé, he vuelto a casa, he hecho inventario y me he sentido viejísimo. Y es más, me he dado cuenta de que, mientras estaba allí, rodeado de vegetación, comiendo paella y escuchando las chorradas proferidas por los domingueros que pasaban por nuestro lado, no he disfrutado ni una décima parte de lo que esperaba (lo cual, claro está, sí que ha sucedido con mi irresponsable alimentación durante estos dos días).

¿A qué edad, y bajo qué circunstancias, un tipo decide que ya no necesita a sus amigos ni las cosas que solía hacer antes para divertirse? ¿En qué momento exacto se pasa de ser uno mismo a fingir ser otra persona frente a un puñado de parejas a las que nadie conoce de nada, y tener que reírle las gracias a solo Dios (si es que alguien mantiene el contacto con él) sabe qué patán?

Joven o viejo: si lo que esperas de la vida es ser feliz, no te separes nunca de la gente que consigue ese objetivo ni por todas las barbacoas choriceras del mundo.

Si es que va a ser verdad lo que decía mi abuelo: la vida no es difícil, difícil la hacemos nosotros.

martes, 22 de marzo de 2011

Tiempo al tiempo


Todos los recuerdos que tengo de mi infancia que, de alguna manera, están relacionados con los ancianos, también tienen que ver con la ira, y, en ocasiones, con la violencia.

No sé si sería cosa del ambiente, de la medicación, o de algún producto que le echasen al agua (o, simplemente, por coincidencia geográfica), pero los ancianos de mi barrio, como mínimo, podían gritar a un niño durante hasta quince minutos seguidos, y sin haber hecho éste nada para merecerlo. Y ya no os digo nada si el infante en cuestión pisaba el césped, jugaba al fútbol, corría de un lado a otro o, simplemente, saludaba.

¿Por qué esa acritud hacia los seres más jóvenes? ¿Quizás por algún resentimiento propio de la edad? ¿Que, con el paso de los años, montar en cólera es la única afición que sale a cuenta? ¿O, sencillamente,  se trata una visceral envidia al contemplar sus jóvenes cuerpos y su felicidad desbordante?

El caso es que, cuando murió el señor Ramón, uno de los ancianos que trató de amargar mi infancia, lo único que pude pensar cuando estuve ante su esquela fue “en fin, viejo, fuiste un rival digno”, pero, a día de hoy incluso le echo un poco de menos. Ains… ¡Añorada infancia!