A Eduardo Arroyo no le preocupaba tanto la propuesta pictórica de su obra como la ésthesis que le llevaba a pintar. Por aquellos días andaba enredado en una obra sobre Walter Benjamin que sería la insignia del diario «El País» en «ARCO». Yo le visitaba frecuentemente y, mientras él trabajaba, charlábamos de esa lógica estética tan bien diferenciada de la lógica del conocimiento formulada por Aristóteles o de la lógica de la voluntad que enunció y desarrolló Herbart. Así, mientras que la belleza tenía franca correspondencia con la lógica del conocimiento y la benevolencia con la lógica de la voluntad, la lógica estética se abría a nuestros ojos con un claro componente de «no utilidad» -que no «inutilidad»-. No obstante, Eduardo insistía en dotar a su obra de una enseñanza, de un antes y un después narrativos que conformasen un paréntesis poético que resultaba ser la misma creación, sumándole una ética personal a esa estética globalizadora y llegando, así, a una voz propia perfectamente...
Bitácora de Luis Felipe Comendador