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Mostrando las entradas etiquetadas como SEVERO SARDUY

La hora de todos.

10 de diciembre de 2008 Pagar es, generalmente, esa ‘hora de todos’ que nos deja resecos y engurruñados. Pagar a Hacienda, pagar el gas, pagar el gasto eléctrico, los créditos, las clases de inglés y matemáticas de los críos, la fruta semanal, los diversos seguros, la carne y el pescado... pero esa ‘hora de todos’ es una tontería si la comparamos con la ‘hora de todos’ de verdad, la auténtica, la de desaparecer del mundo al ritmo de rap de la palabra ‘basta’. Y es que no le damos importancia a lo que la tiene, mientras ponemos en rijoso valor lo que no la tiene. ¿A ti, colega, te importaría morirte mañana? ¡Responde!... pues eso. ¿Por qué no pensamos cada día poniendo en la cesta de todo lo valorable nuestra propia desaparición? Actuaríamos de otra forma muy distinta en cada una de las decisiones que tomamos y el resultado común sería otro muy diferente al que ahora arrojamos. Solo sabiendo que somos para no ser podríamos darle un giro del revés al mundo del hombre. Y es que no nos han...

El Kuriaki

El Kuriaki subía de la Plaza Mayor cuando yo bajaba a hacer fotos hasta la muralla. Iba cogiendo la nieve de los coches y armándose de bolas bien promediadas, apretadas, duritas, que metía en los bolsillos de su zamarra marrón. Le pregunté y me dijo: “se va a enterar la vieja, que anoche me tiró un jarro de agua desde la ventana, con la noche que hacía, se va a enterar hasta su puta madre…”, y tosía hasta las lágrimas, como congestionado. Le dije que no hiciera burradas, pero solo conseguí que se le calentara la boca… “por el coño se las voy a meter todas, me cago en todos sus muertos…”. Y le dejé tosiendo y jurando en arameo. Ya en la muralla, me crucé con la peluquera, que había salido a pasear al perro por la nieve con una bata azul celeste de boatiné y unos calentadores de lana en la piernas… “¿cómo está tu mama, mi niño?, dale muchos besos, que es mu buena”. Sonreí y le conté que mi madre está magnífica, y le devolví los besos mientras me zafaba de la conversación que andaba busca...

Mañana lúbrica.

Tres esquelas de sábado en la esquina y el monte de El Castañar rezumando xantofila desde sus cimas suaves hasta su falda. La ciudad está tomada hoy por los madrileños, que han madrugado para comprar viandas de cerdo ibérico y para barrer el pan de las panaderías con cierta cosa invasora. Odio estos días de puente en los que me puentean en mis lugares fijos, en los que no encuentro ni pan… ni mi sitio de siempre para tomar café tranquilo. Me encierro. Y pienso en que estos días podrían servir para coronar unos muslos con las manos, para hacer el amor en una acera o para ser el fauno que sostiene su miembro lubricado a base de pensar mujeres tendidas sobre la hierba. Soy el no casi absoluto y ardo en la cuerda de Gonzalo Alonso-Bartol, en su ‘Palabras para un cuerpo’, mientras me ofusco en Google buscando ‘vintage old sex’ o ‘naked female’ o ‘erotic mature’… Hoy necesito carne sobre carne, curvas, senos, humedades… porque tengo en el estómago mariposas calientes y necesito una estética ...

Poemas difuminados.

Hicimos puente en la imprenta y he dedicado la primera hora de la mañana para leer “Todos los rostros del pasado”, de Francisco Brines. Solo algún destello me ha llamado la atención de estos versos Brines llenos de paisajes y flores, de noches y días, de campo y mar… Y es que este tipo de poesía tan cercana al lugar común no es muy de mi gusto. Ni por asomo se acerca Brines [en mi estado de hoy como lector] a la altura de Severo Sarduy [al que leí hace un par de días]. La recurrencia a esos símbolos líricos tan gastados me hace poner mala cara [la rosa, el bosque, el atardecer, la brisa, el amor, los campos verdes, la alegría, la primavera, la gloria, los veneros, el jazmín, el cielo…], sobre todo cuando se utilizan en sus presentaciones más ‘bellas’ y, por tanto, más empalagosas. Sentí al leer a Brines que hay que hacer un esfuerzo por desnudar la poesía de esos vestidos pomposos, de esos tocados cursis, de esas expresiones que difuminan el poema hasta hacerlo una cosita flou… me jode...

Severo Sarduy.

Siempre sentí una debilidad especial por los sonetistas contemporáneos [aunque hay pocos que merezca la pena reseñar], pues acostumbro a entrenarme intentando sonetos en la búsqueda de la música y el ritmo en el poema. Hoy recalo sin querer [azares de enredar en mi biblioteca] en un sonetario muy de mi gusto y en un autor que me fascina: el poemario es “Un testigo fugaz y disfrazado”, y el autor responde al nombre de Severo Sarduy. Tiene un soneto que le viene muy bien a estas páginas, pues su título es ‘Página de un diario’, tanto como a una idea de la muerte que comparto: Pasado, todo el día, en el complejo trámite funerario. No es la muerte lo que derrumba con su hachazo –fuerte así es el hombre–, sino el turbio espejo que nos tiende. Si su mercurio muestra tetanizada de dolor y miedo una cara deforme o el remedo de una cara –un borrón–: eso es la nuestra devuelta a su verdad por la guadaña que no ahuyenta la fuerza ni la maña. Es su brasa te alumbres o te quemes, que no sepa, ni en...