Me desperté pensando en el número cincuenta y tres, así, sin más. Aguanté en la cama como un cuarto de hora mientras oía el golpeo feroz de la lluvia en el tejado, y en mi cabeza seguía con el número cincuenta y tres estableciéndose en cábala... “53... 5+3=8... 8=un cero subido a un cero... 0+0=0... 5x3=15... 1+5=6... el 6 es un 9 invertido, que es mi número de la suerte, el que siempre llevé en las camisetas de basket cuando hacía deporte... 5-3=2... 2=1+1... 1= YO... 2=YO+YO...”... así el cuarto de hora despierto en mi cama... luego me levanté. La lluvia proseguía atacando al tejado con fiereza. Una ducha, un desayuno frugal, un cepillado de dientes mirándome el rostro en el espejo del baño... y a la calle. Van a ser cincuenta y tres años atado a este paisaje y a esta gente, cincuenta y tres años en los que solo puedo contar pequeñas huidas y algunos ataques de inestabilidad, pero no me siento mayor si dejo de lado el rastro de los avisos de la física y la química de mi cuerpo, pues...
Bitácora de Luis Felipe Comendador