Los malos días tienen sabor a bilis y te dejan los labios resecos y agrietados como un planeta muerto. Nadie se compadece cuando uno está árido y hay que poner distancia y buscar soledad con la que ser sin más la piltrafa segura, los huesos ciertos, la carne dolorosa. Y es que odio con saña la semanasanta con su doble moral, con su gente de fuera usurpando el espacio que ocupo cada día, con sus coches frenéticos, con sus santas compañas y su sangre de plástico… odio que mis lugares los ocupen zorolos estos días, pijos de golf y gafas, viejas de vela y velo, guiris de sorry y güisqui, viudas de pega y perro, santeritos blazier, capillitas bemeuves, salesianos inciertos, meapilas, lloronas, calzonazos, pellejos, damotas repintadas con pieles de becerro, curitas sin sotana y blancos alzacuellos, mamarrachos morados, cucuruchos siniestros, esquiadores lusos, constructores chulescos, gargantúas del norte, fantoches de Guijuelo, chulitos madrileños, cacatúas, pendejos, mochileros de mierda, ...