En 1957 nací yo, pero Borges ya había escrito la “Historia de la eternidad” y Girondo había publicado “En la masmédula”… ¿qué podía hacer? Pasé mis años verdes en el escondite mediocre y bellísimo de Béjar, y salté a Salamanca como un gañán con mis quince años ya algo usados… allí encontré “las flores del mal”, pero no pude dar con una casa del verbo parecida a la de la calle Suipacha que cuenta Pellegrini [cruz llevaba, pero no encontraba mi Monte Calvario]. Junto a las mitocondrías y a los dondiegos de noche me llegó el aroma delicado y mordiente de Aníbal Núñez, pero tampoco supe que había que aprovechar el momento y lo dejé pasar como se mira un cuadro que gusta: con impresión y con conmiseración hacia mí mismo. Luego, poco a poco, llegaron las lecturas que me hicieron jurar en arameo, justo aquellas que decían exactamente lo que yo iba a decir… Montale, Brodsky, Cortázar, Huidobro, Octavio Paz, Roa Bastos, Pizarnik, García Márquez, Marinetti, Onetti, Nohra Lange, Carpentier… entre...
Bitácora de Luis Felipe Comendador