Salamanca era una postal tristísima... lástima de cámara, coño. Los viajes iniciáticos llegan a veces a contrapelo, como las canas nuevas o los gansos en formación volando alto. Ayer, hasta el mediodía, fue una jornada anodina y hasta feliz por momentos, pero todo se torció a eso de las tres y cuarto, cuando oí cómo se abría de golpe la puerta de la imprenta y sonaba mi nombre... ‘¡Felipeee!’. Yo reconocí la voz de Ricardo y contesté sin ganas, como siempre a estas horas de postsiesta... ‘hola, Richi, aquí estoy’... pero volví a oír mi nombre pronunciado con cierta agitación... ‘¡Felipeeeee!’... y salí hasta la puerta para ver qué sucedía. Ricardo estaba vivamente emocionado y algo desastrado, como si se hubiera levantado de golpe de una siesta mal dormida... tenía los ojos inyectados de lágrimas y se movía nervioso de un lado a otro... ‘Felipe, tío, creo que se ha muerto mi madre!’... y me quedé helado, quieto, sin saber qué hacer ni qué decir... tan solo se me ocu...
Bitácora de Luis Felipe Comendador