Ayer celebramos en familia el cumpleaños de Magdalena con cierto mal rollo de acabamiento. No estuvo la familia de María Adela, aunque ella se acercó unos minutos por la tarde para ver a su madre. Magdalena pasó sobre el día sin enterarse de lo que vale un peine, empecinada en irse de allí y mirando al infinito con esa cara interrogativa que se le ha quedado desde que el alzheimer le ha atacado con dureza. Del día, salvo una conversación con Antonio sobre el valor del receptor en literatura, las risas generales de los niños, la emoción de Nena cuando le cantábamos a su madre el «Cumpleaños feliz», un montón de fotos chulas con vocación de «quizás no haya más». Y el resumen... pues una tristeza alegre por las faltas absurdas y una alegre tristeza por el tranquilo afecto de los que acudimos a celebrar la familia de una forma civil y ética. (17:03 horas) El acabamiento lento de los padres tiene un no sé qué de jodida madurez que agota, ver cómo se destruye una persona a la que quieres y a...
Bitácora de Luis Felipe Comendador