Últimamente le he pillado el gustito a una hora del día que jamás me fue propicia, las diez a.m. Es la hora común del café con leche acompañado por Ríchar y Josema el bancario, como fijos, aunque cada día se van anotando nuevos añadidos que le ponen porritas al café y más de una sonrisa. Entre los itinerantes están el jefe de la guripa munícipe, un inefable empresario de pompas y sepelios, algún que otro funcionario de la casa grande, varios profesionales de sectores tan claves como el eléctrico, el de la construcción o el del gotelé y a veces mi arquitecto favorito, el niño Antúnez. El ratito de las diez se me hace ya casi obligatorio para contar con la sensación de que el día empieza en condiciones. Me gusta, coño. (15:27 horas) Leo un ratito a W. H. Auden y no resulta muy de mi gusto en este momento [algo parecido me sucedió hace unos meses con Francis Ponge]. Por lo menos me ha dado tiempo a rescatar uno de sus poemas con el que me gustaría experimentar cuando llegue la tranquilida...
Bitácora de Luis Felipe Comendador