Cuando era un crío feliz de ocho o nueve años, vivía con mis padres en una vieja casona de la Puerta de Ávila bejarana [Puerta Lavilla] junto a cinco familias reunidas en torno a un corralón con parra. Entre los vecinos había un matrimonio de ancianitos, La Kika y El Moreno, que mantenían una hermosa relación con mis padres, ya que mi madre les echaba una mano con la comida, con las compras e incluso con la enfermedad. La Kika, que era muy bajita y lucía una corta melena plateada, solía pasar muchos ratos en mi casa, charlando con mi madre, mientras El Moreno andaba en sus labores de recoger leña con un burro y venderla por ahí. Un día de anotar, mi padre se presentó con un hermoso televisor Telefunken junto a don Alfonso del Amo [al que llamábamos ‘El Máquinas’], que hizo una complicada instalación de la antena necesaria para recibir la señal de voz e imagen. Con la tele instalada, la casa tomó un puntito de modernidad que se rizaba en un contraste casi afroamericano. El caso es que, ...
Bitácora de Luis Felipe Comendador