Era ya tarde y yo iba con la intención de recogerme en mi casa, después de una larga partida de julepe con Jules, Manzoni y Antoñito de Almeida [amigos viejos y tahúres venidos a menos por sus absurdas aficiones literarias]. La calle estaba como vaciada por la falta de luz y lo alto de la hora, y debo reconocer que sentí cierto temor cuando presentí que alguien caminaba a mi espalada. Decidí detenerme para verificar mis oscuras sensaciones o calmarme. Efectivamente, al cesar mis pasos, otros fueron tomando enfoque en el ambiente enrarecido de la noche. Mi tensión bajó su tono cuando mis ojos anotaron un cuerpo liviano de mujer que se acercaba hasta donde yo me encontraba. Di las buenas noches, pues en mi educación figuran mil marbetes de ese estilo, y la mujer me miró fijamente a los ojos. Era joven y parecía contener esa belleza digna de las mujeres cuidadas. Respondió a mis palabras con un gesto y siguió su camino durante unos metros. Se detuvo. Se volvió hacia mí y me preguntó con ...
Bitácora de Luis Felipe Comendador